100% algodón

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por David James Poissant*

Foto Ashley Inguanta/ Gentileza Edhasa

La noche es fría. Los edificios son altos. El cielo, salvo donde hay estrellas, es negro. Negro como las piezas negras del juego de damas o los rescoldos de la madera después del fuego.

También debería mencionar que hay un arma de gran calibre apuntándome a la cara.

Y como hay un arma de gran calibre apuntándome a la cara las cosas se aceleran como en los documentales sobre la naturaleza, cuando la semilla se abre, brota, saca un tallo y crecen hojas en menos de diez segundos.

Las cosas se están acelerando de esa manera. Las estrellas giran centrifugadas más allá de los edificios. La luna sube, baja, vuelve a subir. Y entonces las cosas se lentifican muchísimo.

—Si no quieres que te vean muerto con esa remera —dice—, será mejor que te la saques.

El tipo del arma no bromea. Yo no sé nada de armas de fuego, pero esta es grande. Parece de esas que tienen un montón de balas, las que dejan tu cadáver irreconocible cuando llegan los policías, lo cual está muy bien porque a mí no me va a extrañar nadie, no queda nadie en este planeta que gira como un trompo que vaya a desmayarse cuando el forense levante la sábana y descubra mi cara cosida a balazos.

El arma me apunta porque el tipo me pidió la billetera y yo le dije que no.

—No —dije yo.

Y él dijo:

—¿Cómo te gustaría morir?

Yo dije:

—Bueno, no me gustaría morir con esta remera puesta.

Lo cual no es exactamente cierto. Si yo no hubiera querido que me mataran con esta remera puesta, no me la habría puesto. Pero parecía adecuada para la ocasión. Es negra y tiene bordado el emblema de la calavera cruzada por huesos en el bolsillo, el mismo que aparece impreso en las botellas, de esas que tienen tapas a prueba de niños y viejos.

Tal vez la calavera y los huesos no hayan sido una elección inspirada, pero qué mierda. Elige con qué remera quieres morir.

Al tipo del arma no le gustó el tono de mi voz.

—No me gusta tu tono —dijo. No captó mi pedantería, no se dio cuenta de que era a propósito, así que volví a decirlo, eso de que no quería morir con esta remera puesta, y entonces me dijo que me la sacara. Cosa que seguro te atraviesa como una bala.

Me saqué la remera por la cabeza. Me arrodillé y la doblé sobre la vereda, un rectángulo perfecto como-de-tienda-de-ropa. Si uno trabaja cinco años en Gap realmente aprende a doblar prendas.

—Se ve que nunca te asaltaron —dice el tipo del arma.

Podría decirle la verdad, que es la tercera vez esta semana, que durante meses miré los noticieros locales para descubrir la intersección de Atlanta donde fuera más probable que me atacaran. Que elegí esta calle en este barrio para andar todas las noches. Que me pegaron, me insultaron y me robaron. Perdí dos billeteras, un reloj, mi teléfono, pero ninguno tiró del gatillo porque resulta ser que lo que quieren en realidad no es sangre: es dinero.

Decidí que la desobediencia era mi mejor opción.

Anoche canté, bailé un poco. My milk shake brings all the boys to the yard! La canté a grito pelado, meneando las caderas, pero lo único que conseguí fue espantar al ladrón. Ni siquiera esperó que le diera el dinero.

Pero este tipo. Este tipo da la sensación de que no le importaría vaciarte un cargador en la frente si encontraras las palabras correctas para provocarlo.

—La billetera —dice—. Ahora.

Estoy de rodillas. La remera es lo único que hay entre sus pies y yo. Estamos en la oscuridad donde me asaltó, pero la luz de la luna alcanza a iluminar la calavera, que no es del mismo material que el resto de la remera, sino de algo más firme, gomoso, como las calcomanías que se pegan con una plancha en el suéter de un chico.

Señalo la remera.

«Cien por ciento algodón», digo en lenguaje de signos. El inglés es mi primera lengua. La segunda es el lenguaje de señas.

El tipo mira a su alrededor. Se está poniendo nervioso.

Así fue como murió mi padre.

Mi padre nació sordo y me enseñó su lenguaje, aunque no era su lenguaje, al menos no lo fue durante muchos años. En la historia de este país hubo un tiempo en que el lenguaje de señas no estaba permitido y a los sordos les enseñaban a hablar en lenguas, a emitir sonidos que no podían escuchar cuando salían de sus labios, como si los Estados Unidos en pleno tuviera miedo de las manos, de lo que los sordos pudieran hacer con un lenguaje propio.

Mi padre encontró la felicidad con una mujer sorda que le enseñó a hablar con el cuerpo. Se quedó con él justo lo suficiente para darle un hijo. Él nunca se volvió a casar. Murió el año pasado cuando un hombre le pidió la billetera. Papá siguió caminando y el hombre le disparó.

—¿Tu padre no sabía leer los labios? —pregunta la gente, como si la respuesta a esa pregunta determinara de quién es la culpa de que esté muerto.

Se levanta viento. A falta de remera, se me pone la piel de gallina. La vereda me lastima las rodillas.

—Voy a hacer una cuenta regresiva desde cinco —dice el tipo—. Cinco.

En Gap yo leía las etiquetas para aprender de qué material estaba hecha la prenda con sólo tocar una manga. Incluso podía reconocer las mezclas de algodón y poliéster, errándole en menos de un diez por ciento a la proporción de la mezcla.

Mi remera, entre nosotros, se ve solitaria y me pregunto si mi padre habrá caído así, si se dobló o se arrugó como una remera arrojada al suelo.

«Lavar en lavarropas con agua tibia, con colores similares», digo en lenguaje de señas.

—Cuatro.

Yo no sé si mi padre malinterpretó a su asesino, si vio el arma, si siguió caminando sabiendo lo que iba a ocurrir.

«Ciclo suave», digo en lenguaje de señas.

—Vamos —dice el tipo. Su pulgar salta. Algo hace clic en el arma. Da un paso hacia mí y casi pisa la remera. Tienes borceguíes negros con cordones.

Esto no va a durar mucho tiempo.

—Tres.

Ustedes quieren saber por qué quiero morir, ¿pero podría darles una respuesta lo suficientemente buena para ustedes, que quieren vivir?

Poner en palabras algo así es como tratar de explicar lo que separa a la gente, lo que nos impide comunicarnos —quiero decir, comunicarnos de verdad— unos con otros.

Pasamos los días con las manos a los costados del cuerpo, y creo que es eso lo que nos arresta, lo que mantiene a la gente a raya, y tal vez sea eso mismo lo que hizo que mi madre se colgara del cuello con una soga anaranjada de las vigas del ático.

Tal vez sea lo que me canta al oído que la siga.

Ella no tuvo miedo de hacerse a sí misma lo que yo le estoy pidiendo a otro que me haga a mí.

«Secado en ciclo delicado», digo en lenguaje de señas.

Si caigo hacia adelante, mi cabeza caerá sobre la remera como si fuera una almohada. Estoy listo.

—Dos.

Nosotros hablamos en sueños, y los sordos también. Algunas noches me metía en el cuarto de mi padre y lo veía mover las manos sobre el pecho, hablando en lenguaje de señas. Era el lenguaje de los sueños, incomprensible, pero era hermoso. Sus manos subían y bajaban como pájaros al ritmo de su respiración.

—Uno.

Salvo que a veces, a veces irrumpía el sentido. Una transmisión. Mi padre, que pasó su vida extrañando a mi madre, hacía ese signo: los dedos índices llamando, después las manos agarrando el aire y llevándoselo al corazón.

Cierro los ojos y está ahí, el cañón del arma, hielo entre mis ojos.

Quiero gritar. Contengo el aliento.

Espero.

Espero.

Ustedes quieren saber lo que decía mi padre; yo se los voy a decir. Es lo que grito cuando el tipo del arma renuncia, cuando vuelve a meter el arma en el bolsillo de su chaqueta. Es lo que les grito a sus talones que rebotan contra la vereda.

Es mi voz hablándole al tipo del arma y son las manos de mi padre hablándole a mi madre en la noche, llamando: vuelve. Vuelve. Vuelve.

(De: El cielo de los animales, Edhasa, 2015. Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc)

*Nació en los Estados Unidos. Es escritor y actualmente enseña en la Universidad Central de Florida. Sus cuentos y ensayos aparecieron en The Atlantic, The Chicago Tribune, y The New York Times, entre otros medios. Ha ganado numerosos premios: el Matt Clark, George Garrett Fiction, el RopeWalk Fiction Chapbook, el GLCA New Writers, and el Alice White Reeves Memorial. El cielo de los animales es su primer libro, fue elegido por Amazon como el mejor libro de 2014 y será traducido a quince idiomas. Actualmente trabaja en una novela.

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