20-20: Argentina y América caminan sin red sobre el precipicio

Por Carlos A Villalba *

Grafiti porteño. Venezuela y Tacuarí, Buenos Aires, Argentina

Si la decisión de una persona pone al mundo al borde del abismo en base a su única voluntad, significa que el mundo está en problemas más graves de los previsibles. Implica que la política, la lógica multinacional, la diplomacia multilateral y “los códigos” internacionales ya no existen, fueron reemplazados por una voluntad, por supuesto, funcional a la más poderosa maquinaria industrial y militar del planeta.

Ese, exactamente, es el mundo en que vive la humanidad en este enero del 20-20; es el tiempo que viven Latinoamérica, el Caribe y, también, la Argentina, que no termina de despertar de la peor de las pesadillas, que fue el gobierno de las corporaciones, la deuda externa imposible de pagar y el hambre que, aunque algún “ex” lo niegue, es lo que padecen millones de personas.

Sin embargo, habitar un escenario global, en el que los hechos se relacionan, no significa que todo tenga que ver con todo ni, mucho menos, que cualquier acontecimiento mundial constituya una variable negativa para el gobierno con 30 días de vida de Alberto Fernández.

En la Argentina los hechos internacionales más destacados de las últimas semanas fueron presentados como condicionantes para el futuro de la nueva administración, sobre todo, de su relación con el gobierno de Estados Unidos y con el Fondo Monetario Internacional, acreedor de una deuda contraída por la administración Macri, cuya forma de pago sí es condicionante del futuro de las argentinas y los argentinos. Los medios de mayor peso en la agenda nacional, junto a los que se dedican a realizar operaciones orientadas hacia las finanzas y la política, anuncian cada día, por ejemplo, que los intentos de mantener una agenda internacional propia, sobre todo ante situaciones como el golpe en Bolivia contra Evo Morales o la presión desestabilizadora sobre la Venezuela de Nicolás Maduro, perjudican las negociaciones con el FMI. O que el asesinato del general iraní Qassem Suleimani, decidido por el presidente Donald Trump, debilitaría las posibilidades de inversión en Vaca Muerta. Ya en el colmo del dislate informativo, publicaciones locales fueron utilizadas por la diplomacia del brasileño Jair Bolsonaro para consignar que la víctima “estaría involucrada en ataques a la entidad judía que existía en la Argentina”, una suposición que volvió a rebotar en Buenos Aires como una poco feliz pelota de pingpong, con el solo afán de enarbolar, otra vez, la bandera del “homicidio” del fiscal de la Causa AMIA, Alberto Nisman, muerto de manera violenta el 18 de enero de 2015.

La construcción de las notas publicadas, apoyadas en fuentes que siempre exigen “estricta reserva de identidad”, lejos de parecerse a un intento de reconstruir discusiones en el seno de la administración Trump lucen como minutas de grupos económicos interesados en lucrar al menor costo con las reservas argentinas de gas y petróleo no convencionales y con los papeles de la deuda sobre los que los fondos buitre ya revolotean e impiden que los principales analistas económicos se hagan eco de los dichos de fuentes muy confiables de Wall Street que, por ejemplo, el martes 7 adelantaban que “La suba de los bonos (argentinos) se debe a que nos acercamos a un acuerdo. Ya hay negociaciones con los mayores acreedores, que se van a ver beneficiados por semejante reestructuración»; esa misma jornada ponderaban “las expectativas del mercado” alrededor de las negociaciones, con posibilidades de que tanto el país como los acreedores “ganen”, al descomprimirse el perfil de vencimientos gracias a diferir el pago de intereses entre dos y cuatro años, con la extensión de los plazos de pago de capital por un periodo aún mayor.

Vaca… yendo gente al baile

La decisión del gobierno argentino de presentarse a la renegociación de la deuda externa tomada por Mauricio Macri con un proyecto presupuestario equilibrado implicó abrir caminos hacia la reducción del déficit fiscal a través de un control riguroso de gastos superfluos, la administración de la inversión previsional y el diseño de una escala impositiva progresiva, que implica la transferencia de determinada cantidad de recursos desde los sectores de mayores recursos hacia quienes menos tienen, es decir, en sentido inverso al de los últimos cuatro años.

A partir de un diagnóstico de situación poco menos que terminal para una población que ronda los cinco millones de personas, a las que se suman otros diez millones sumidas en un mundo de pobreza con escasas o nulas posibilidades laborales, se diseñó una serie de medidas destinadas a generar un shock de consumo, alimentación y nutrición. Congelamiento de tarifas de servicios públicos, transporte y precio de los combustibles, aumento fijo de sueldos para enero y febrero, bono al sector mayoritario de jubilados, pensionados y tenedores de la Asignación Universal por Hijo, tarjeta alimentaria, suspensión del pago de cuotas de Anses y las primeras líneas de microcréditos, no bancarios y a tasas reducidas, destinados a la compra de máquinas, herramientas, insumos y bienes de capital por parte de trabajadores de la economía popular, forman parte de esa batería de arranque.

La búsqueda de divisas necesarias para poner en marcha una economía productiva hoy paralizada y para abastecer, cuando sea el momento, el drenaje que implicará el pago de la deuda, determina en parte la expectativa impositiva de la nueva gestión, vía impuestos a las exportaciones granarias, y en parte impulsan el esfuerzo por encontrar un formato que permita multiplicar la explotación de Vaca Muerta, asentado en las provincias de Neuquén, Río Negro, La Pampa y Mendoza, en busca de ese horizonte sin ateos de u$s 40.000 millones de anuales en exportaciones para 2023.

La producción del mega yacimiento hoy ronda los 100.000 barriles/día de petróleo y unos 60 millones diarios de metros cúbicos. Para llegar a aquel número mágico, debería multiplicar su producción, con ritmo de inversiones que se agreguen a las actuales por encima de los u$s 10.000 millones anuales. El ex presidente de YPF, Miguel Galuccio, hombre de consulta de la vicepresidenta Cristina Kirchner, calculó pocos días después del triunfo de Los Fernández que su “petrolera boutique” podría generar 65 mil barriles por día en tres años y con otras diez empresas de tamaño medio se estarían produciendo divisas por los mismos 19.000 millones de dólares que genera el conjunto del complejo sojero, Por su parte, YPF -a la que pertenece un 40 % del yacimiento- podría generar 15 mil millones de dólares en exportaciones en 2023. Es decir que los ingresos brutos rondarían los 35.000 millones, sin contar lo producido por gigantes que ya se desplegaron en el desierto patagónico como Chevron, Shell, Petronas, Total, Statoil, Exxonmobil o Wintershall, además de las argentinas Pan American Energy y Tecpetrol.

Ese es el panorama sobre el que intentan operar los intereses de Washington y sus voceros locales, para ellos son negocios que arrojan ganancias. Para la Argentina es la posibilidad de crear 500 mil puestos directos o indirectos de trabajo, con desarrollo de pymes de bienes y servicios, aumento de las exportaciones, mejora sustantiva de balanza de pagos y mayores ingresos fiscales, abaratamiento de los costos de la energía de consumo interno y sustitución de importaciones agroquímicas.

Cambio de época

Como en casi toda renovación gubernamental, la llegada de Alberto Fernández, su equipo y sus políticas, generaron una expectativa que dieron vuelta la opinión de la población hacia la administración nacional, trepando del apenas 37% que miraban con buenos ojos las decisiones de la casa Rosada habitada por Mauricio Macri al actual 62% positivo destinado al flamante mandatario.

Si se perfila la calidad de esos números, la problemática económica, que incluye el trauma inflacionario del 57% anual que dejó la gestión Cambiemos y el desempleo de dos cifras, se mantiene como primordial, pero 28 puntos por debajo de los 70 que sumaba en octubre pasado. A eso se agrega el nivel de “Expectativas” positivas para el año en curso, en el que más del 45% considera que mejorará la situación laboral y por encima del 40 especula con mejoras en la economía en general y la pobreza en particular.

La campaña “antik” o “anti Cristina” que los medios más jugados con las corporaciones filtran día a día y página a página, también parece haber jugado un papel en la mejora de la imagen presidencial que, trepada a su estilo moderado, su didáctica al exponer posiciones y la frontalidad para responder a las críticas sin elusiones ni enojos, lo colocan por encima del 70% de simpatías, con la cercanía con las necesidades más sencillas, como la característica más valorada.

Según las encuestas difundidas por propios y extraños, la gran mayoría de la población (cerca del 70%) acuerda con la concepción “solidaria” hacia quienes menos tienen. Sin embargo, humanos y humanas al fin, ante la batería de políticas concretas para lograr ese objetivo, que incluye suba de impuestos, incluso al dólar no productivo, sube al 40% la oposición a las mismas.

Así comenzó el año en la Argentina, un país que estaba contra las llamas de un estallido cuando la ciudadanía vislumbró la posibilidad de un cambio de políticas y, finalmente, impuso un gobierno con propuestas antagónicas a las del neoliberalismo derrotado en octubre pasado.

En la silla eléctrica

Si las elecciones y el recambio dieron un respiro en el país de Messi y Maradona, el vecindario recostado sobre el Pacífico terminó el año en medio de un proceso compuesto por tres eslabones: a) acuerdo con el FMI y ajuste o modelo construido en base a los mismos principios del organismo, b) protesta social ante las consecuencias de esas políticas que arrinconan a las mayorías contra la pobreza y la miseria y ahondan las desigualdades y c) represión estatal. Con diferentes calendarios pero iguales consecuencias, Chile, Colombia y Ecuador transitaron ese camino, y sus ardores siguen vivos.

La correlación de fuerzas internas, el contagio con los movimientos que se sucedan en la región e, incluso, la deriva de determinadas luchas parciales como las de género, tenencia de la tierra, anticorrupción, derechos originarios o anti extractivismo minero, definirán el sentido del rumbo en cada una de esas naciones como en cualquier otra que camine por aquellos surcos, incluido el Brasil de Bolsonaro, con sus fuertes contradicciones con los militares que lo sostuvieron, su hiperalineamiento con Trump y su rechazo a todos los sectores vulnerables y a cualquier política inclusiva, con un líder como Lula Da Silva sumando entusiasmos en las calles.

En Uruguay, los votantes no asociaron las políticas liberales de sus vecinos “del otro lado del río” con situaciones que pueden enfrentar en el corto plazo a partir de la asunción del líder de la coalición de centroderecha Luis Alberto Lacalle Pou, el próximo 1° de marzo. La transformación en oposición de un Frente que gobernó el país durante 15 años y que tiene una fuerte tradición popular, antioligárquica, antiimperialista y de movilización, seguramente tardará menos que una “luna de miel” en responder a cualquier intento de reversión de derechos que intente una administración que, aún sin asumir, ya se alineó de manera incondicional con el Departamento de Estado de Estados Unidos, que encabeza Mike Pompeo, tanto en temas económicos como en la política de presión sobre la República Bolivariana de Venezuela.

Bolivia es el otro eslabón de la encrucijada, con los despojos de su democracia pisoteada por el golpe de Estado que derrocó a Evo Morales apuntando hacia unas elecciones para la Presidencia y a la Asamblea Legislativa programadas el 3 de mayo próximo, con la proscripción del propio mandatario y de su vicepresidente Alvaro García Linera. Si la decisión de Estados Unidos y su Organización de Estados Americanos fue desconocer el resultado de los comicios del 20 de octubre pasado y exigir el desplazamiento de las autoridades constitucionales a través de grupos paramilitares, de la propia policía y de la presión de los jefes de las Fuerzas Armadas, será difícil generar condiciones de respeto por cualquier decisión electoral de la población, distinta a los designios de la Casa Blanca y su interés por controlar la extracción de hidrocarburos, litio y coltán.

Cuando la humanidad asoció el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol con una unidad de medida temporal, creo la ilusión extraordinaria de algo “finito” que, determinado día, termina, para volver a empezar, renovado. Sin embargo, los procesos históricos, como los económicos o los sociales, constituyen un continuo, una extensión en la que no hay brindis ni disrupciones y, a lo sumo, las bengalas multicolores son reemplazadas por misiles Hellfire, guiados por láser y disparados desde drones MQ-9 Reaper, de 64 millones de dólares de costo y 20 metros de largo.

* Periodista y Psicólogo argentino. Investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (http://estrategia.la). Miembro de La Usina del Pensamiento Nacional y Popular (http://www.usinadelpensamientonacional.com.ar)

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