A dónde vas, oriundo Kicillof

Por Eduardo Blaustein

De resistir con aguante a gobernador en pandemia

No es poca cosa ser gobernador de Buenos Aires -en medio de desastres múltiples- para alguien que hasta hace pocos años daba perfil presunto de «mero» cuadro académico o ex líder estudiantil. Lo que hizo Kici, lo que aprendió, su crecimiento político y una mirada sobre su futuro, apenas tentativa, como para no decir muchas pavadas.

Eran las remotas épocas en que comenzaba a abrirse paso la pandemia macrista. Cuando el kirchnerismo se mostraba un tanto ayuno de orgánica y descendencia, una vez perdido el aparato de Estado. Cuando nacía el verbo resistir-con-aguante y CFK necesariamente debía quedarse al margen de las cosas, perfil casi nulo, más que bajo. Cuando por lo menos medio peronismo le mostraba los dientes a la ex Presidenta. Fue entonces que el desafiante Axel Chiquito Kicillof salió al ring y a las plazas para aguantar los trapos. Bien que hizo, nada de quedarse callado en penitencia como quien asume culpas arrojadas por otros. Nada de falsos modales exquisitos para «ayudar al que gobierna, porque entonces nos va a ir joya». A resistir lo que se venía, aunque mucho no se pudo resistir.

Pasaron los años. Chiquito se subió al Clío. Se subió -esto lo recuerdan los mayorcitos- un poco al estilo de la política que había hecho Alfonsín en la interna del radicalismo hace eones, antes de la célebre campaña electoral, cuya parte publicitaria estuvo en las manos modernas de David Ratto. Aquel Alfonsín combinaba presunta vieja política y novedades de época. La parte vieja era la de subirse a un auto para ir a cuanto asado pequeñito o acto parroquial existiera en el interior profundo del país. Fue así como se accidentó muy feo en una ruta rionegrina en junio de 1999, ya siendo un señor más que maduro. Política de comité, le decían. Como el peronismo podía hablar de hacer política territorial o de unidades básicas. No era tan horrible, visto a la distancia. Chiquito lo hizo cuando aquello sonaba a televisor sin control remoto en blanco y negro.

Chiquito -así le llamaba Cristina, con cariño y quizá con mal gusto siendo que lo hacía en actos públicos televisados- se subió al Clío, una que sabemos todos. Recorrió hasta el último caserío pampeano-bonaerense y el conurba. Dio batalla, se hizo simpático y abierto no solo ante audiencias propias sino ante audiencias por ganar. Combinó aquella campaña de Turismo Carretera con sus propios modos modernos: bonitos videos y cantitos para entretener y ponerle mística a la hinchada, que circulaban, uh, ah, oh, ¡¡por las redes sociales!! Lo cual es la posta, política 5.0 que asegura el triunfo, o eso dice la leyenda urbana.

Subiendo y bajando del Clío, esto es conocido también, se posicionó primero en las encuestas de cara a una eventual interna trans (con perdón) peronista por el premio de la gobernación. Al ganar las voluntades que reflejaron las encuestas, intendentes y dirigentes, peronistas de todo pelaje y gentes de por ahí se dijeron -uh, ah, oh- este pendejo no es tan pendejo como creíamos. Qué bueno, qué cagada, a respetarlo, tenemos que hablar, no queda otra. Chiquito se ganó ese respeto -paralelismo con Máximo Kirchner- e hizo morder polvo electoral a María Eugenia Vidal, de quien suponemos -perdonen el #Niunamenos- que no le deben gustar ningún tipo de polvos.

Hoy el Kici es para la derecha representación prístina de recontra ultrakirchnerismo –danger– y sin embargo, por el momento, no le han encontrado corrupciones, desastres de gestión, asesinatos seriales o armas de destrucción masiva. Puede haber una pista de algo ahí. Aun con el Estado provincial pulverizado, Kicillof se las trata de arreglar y no tienen nada groso con qué pegarle. Pero es también posible que las prácticas porteño-céntricas del periodismo simplemente estén haciendo lo que es de rutina: la complejidad de la provincia, los problemones del conurbano, los asuntos ligados a la pobreza o a la pésima calidad de vida (agua, cloacas, hacinamiento, contaminación de napas, etc) no es tema agradable ni de interés para esos periodismos, aunque hoy con pandemia hacemos una excepción. El campo sí es agenda. Agrobusiness corazón. Las ciudades y pueblos bonaerenses no, salvo crímenes o notas de color. Es como si, por ese lado de su interior profundo, la provincia solo fuera tierra vista y apetecida desde una ruta, a explotar. Demás está decir que Kicillof no da bien para la Sociedad Rural, sus filiales bonaerenses, ni para CARBAP.

De marxista presunto a yerno ideal

Este texto se va a meter poco con el futuro político del nieto del rabino oriundo de Odessa, como lo llamó Carlos Pagni para la inmortalidad. No lo va a hacer por falta de información propia, por inoportunidad política y porque -con crisis pavorosa, más pandemia en ascenso, más incertidumbre- proyectar el eventual futuro del Kici sencillamente sería un ejercicio vano, o una pelotudez.

Amén de otras muchas rutinas, hoy el Kici se aparece cada dos, tres semanas en los Días Alberto, cuando se renuevan y/o/u oxigenan cuarentenas. De uno y otro lado de la grieta presunta, medio exitosamente corroída por los saberes presidenciales, cada vez que Kici aparece en los Días Alberto se lo gasta por su incapacidad para la síntesis, sea de modo repulsivo o empático.

El que escribe no se acuerda si era a Felipe Solá a quien sus compañeros definían de este modo: «Felipe es así». En relación con los largores discursivos, asunto no del todo relevante, el Kici es así. Mientras fue ministro de Economía, Chiquito (ex-Chiquito) casi nunca perdió la gestualidad y discursividad del dirigente universitario en contexto de asamblea. Pero ya en el llano tuvo sus momentos Wellapon. Explicado a los niños: «Soltate el pelo con Wellapon» decía el jingle, al que rendimos tributo acá:

El Kici se soltó el pelo, el discurso, los tonos, entendiendo que -crecido políticamente- debía hacerse comprender y acaso querer por audiencias más vastas. Maduró, con la no poca ventaja de que es naturalmente un muchacho natural, espontáneo, grato de escuchar, aunque larguero. Al igual que Alberto y al contrario que medio Sergio Massa, todo Macri y Alica Alicate, el Kici no necesita coaching. Si lo necesita es apenas para abreviar un poco los párrafos y afinar el modo de encarar al prójimo, como sucede a menudo con gente proveniente del kirchnerismo más o menos paladar negro. En ese sentido, también la ex-muchachada (o muchachade) de La Cámpora creció, interpela mejor, perdió sectarismo y solemnidad, maduró.

El Kici -ex pibe hace añares, tampoco la pavada- es naturalmente simpático, entrador, espontáneo. Transmite honestidad ética e intelectual. No estamos diciendo en absoluto que esa lectura presunta sea universal, es apenas un approach arriesgado desde la subjetividad del que escribe. A veces no solo es largo en el discurso sino que se dispersa. Pero eso le ocurre por una virtud: tiene mucho por asociar y por decir, se atropella en su propio entusiasmo, cosa que no le sucede en absoluto a los híper formateados, que compactan el vacío en píldoras de nada, asunto milagroso siendo que el vacío carece de moléculas.

Se han visto preciosas imágenes del Kici rodeado de gentes del común queriéndolo en pagos chicos, medianos y grandes. Se sabe que es una cara bonita aunque su talla no da basketbolista. Si no fuera medio marxistoso o keynesiano o kirchnerista, casi que podría ser lo que antes las señoras llamaban el yerno ideal. Sin entrar en la trampa de las proyecciones políticas, si fuera por estas virtudes reseñadas y opinables (los que lo odian por efecto transitivo de la letra k son inganables), más sus saberes académicos y de gestión, si fuera por alguno de tales encantos, el Kici sería un político con mucho futuro. Esto es una pavada: de hecho tiene flor de presente, gobernador de la recontra enorme y chúcara provincia de Buenos Aires. Lástima cómo se la dejaron Macri, María Eugenia y la pandemia.

 

Chiquito en emergencia

Lo que venía sucediendo en provincia con el manejo de la pandemia -de no dispararse muy feo los números y lo que parecía curva aplanada- es un logro que puede calificarse de extraordinario, dado el territorio minado. ¿A qué persona sensible o lector de Socompa, progre, kirchnerista, zurdo o filoká, no le dio y da pánico lo que pueda hacer el Coronavirus con las barriadas del conurbano, o el Gran La Plata o las villas de Mar del Plata? Por ahora, con recursos magros reforzados por el Estado nacional, la gestión provincial no solo que está reconstuyendo un sistema de salud a pura voluntad política y militante sino que, hasta hace días, mantenía al bicho maldito relativamente a raya.

Según una encuesta reciente de Ricardo Rouvier, Kici pasó de una imagen regular/ buena del 43 por ciento en abril pasado a una un poco mejor del 45,2. La imagen de Rodríguez Larreta -que siempre se mantuvo oronda- pasó del 50,7 al 52,9. La suba en ambos casos puede tener relación con el manejo de la pandemia. Es lo que refleja otro trabajo reciente, de Analogías, que dice que «las medidas tomadas por el gobernador Kicillof en materia sanitaria» son positivamente valoradas por el 77 por ciento de los encuestados.

Al Jefe de Gobierno porteño se le puede y debe reprochar que ya que «siempre dijimos que los geriátricos y los barrios vulnerables eran lo que mejor debíamos atender» no se haya preparado para impedir los contagios masivos que finalmente sí ocurrieron. Si las cosas no evolucionaron peor (hasta hace días) en las villas porteñas en buena medida fue por la colaboración del gobierno nacional, entre otras herramientas con el plan Detectar (Dispositivo Estratégico de Testeo para Coronavirus en Territorio de Argentina).

Aun así, hipócrita o no, políticamente correcto o no, hay que reconocer que Larreta, y más aún su ministro de Salud, que sorprende por su buen discurso siendo un funcionario cambiemita, venía siendo generoso con los halagos a ese apoyo nacional. O con el solo hecho de decir «Axel» en lugar de «futuro tirano prófugo». Por lo menos hasta la caída masiva de runners, era un momento político para dejar en suspenso por un tiempito, solo un tiempito, el sustantivo Guasón y decir qué bueno que exista colaboración entre dos fuerzas adversarias de cara a la prioridad sanitaria. Y que también es o era bueno para la política, para salir de la lógica de la grieta y para dejar más solos a los gurkas del macrismo, a contramano de las fisuras reales o no que fuerzan los medios de la derecha. Es gracias a esa colaboración sanitaria y política que los gritos de Patricia Bullrich suenan fuerte pero pesan más bien poco, o resultan endogámicos. Eso era hasta los runners y la curva aplanada, ahora veremos.

Mientras Larreta dijo «Axel» en plan amigote, el Kici, ejerció el derecho de cuestionar en sus apariciones junto a él y AF no solo el desastre que dejó Mariu Vidal, aliada estrecha de «Horacio», sino de poner en comparación al menos un par de asuntos. El primero: cuánto más difícil es gestionar pandemia o no pandemia en la provincia, sin recursos y con infinitamente mayor cantidad de villas, barriadas populares y asentamientos. Segundo: comparar números de contagios. Envolviendo ambos asuntos se diferencia también ideológicamente en su discurso, mientras Alberto les roza las manitos a ambos y les agradece, gesto político que acá no se cuestiona en absoluto.

Que la ciudad de Buenos Aires siga teniendo un número de contagiados superior al bonaerense, cifras que acaso cambien en poco tiempo, habla de algo importante. De nuevo, mientras el presidente, sosegado, se remite al (riguroso) concepto AMBA y evita comparaciones -apenas las explota a nivel regional e internacional-, el Kici de algún modo transmite la severidad discursiva de CFK, más frontal, más ideológico, menos perdona vidas. Lo hace con su tono, que, se dijo más arriba, hace tiempo mixtura el estilo asambleario intenso por otro más político, menos estudiantil, más de gestión y también -como CFK- de mayor protagonismo. Cada vez más encara las cosas con la mayor serenidad posible, pero si tiene que mostrarse preocupado lo hace. Ser más político significa, por ejemplo, decir que cuando compara cifras de contagios, curva o muertes, no pretende «competir» con otros distritos o países, sino mostrar los resultados de lo que se hizo y debe hacer. Y otra vez, complementariamente, Alberto reitera siempre que la contención de la pandemia es producto, palabras más o menos, «no del esfuerzo de un gobierno sino de todos, gracias». No está nada mal que cada cual ejerza su modo de hablar e interpelar, ni que el Frente de Todos exprese su diversidad.

Lástima los runners. El efecto runners, muy mal manejado por el gobierno porteño, que quiso complacer a la platea, obligó a Alberto a decir públicamente «Horacio, esto está mal». Cambia, todo cambia. Casi que ya podemos volver a decir Guasón.

 

¿Camiseta negra o kipá?

Los índices de aprobación al Kici suben a medida que se desciende -feo verbo- por la escala social y merecería un fino análisis de laboratorio saber cuántos votos recibió en su momento por transmisión directa de CFK, cuántos de/ los peronismos y progresismos y las izquierdas, cuántos con el Clío, cuántos con lo que sea. Ese fino análisis de todos modos resultaría en fotografía y para colmo en sepia.

La dificultad para superar el 50 por ciento de aprobación habla a la vez de una porción de ancho voto antiperonista, de los problemas de gestionar en crisis brutal, de ataque mediático, de los anteriores desafíos que ya tuvo y tiene Cristina en materia de aceptación social y electoral. Este último problema ahora mismo Alberto lo tiene en menor medida, merced a su destreza, aun cuando su imagen positiva bajó levemente a golpe de angustia por cuarentena, problemas para reactivar la economía con cuarentena y sin antes renegociar la deuda, etc… El anuncio de intervención y eventual expropiación del grupo Vicentin y el estallido de las muchas causas de espionaje acaban de modificar mucho ese escenario que tenía algo de estanco. Larreta ya se presentó silbando bajito como querellante en la causa por espionaje, por sentirse, auch, damnificado. ¿Es para ya confrontar con Macri, y lanzarse aprovechando que vio la luz encendida o para diluir las cosas?

Volviendo a Kici, si hubiera que aventurar futuros -pero muy aventuradamente- uno imaginaría problemas de crecimiento político por el lado satánico de la cosa K a la que suele faltarle un cachito más abrir mejor el juego en la cancha o hacer estallar el síndrome Venezuela tan bien instalado por el poder y la imbecilidad. Medio rubión y bonito, sí, eso puede dar bien. Las camisetas negras repetidas puede que también lucieran lindo e informal pero ya no tanto. Porque ahora usamos no solo camiseta sino saco y cuello de camisa abierto, comentario que no conduce a nada pero es que dicen que hay que cuidar la pilcha y el look en política (caso Kirchner y saco cruzado, cuac). Todavía transmitiendo rasgos de militante, por haber sido ministro querido de CFK, todavía asambleísta estudiantil, al Kici aún le falta algo -decimos aventurando mal- para ganarse la simpatía de mayorías no politizadas o, un decir, «neutrales», esas que van y vienen con el voto. Es un desafío muy complicado. A la vez tiene también su dosis de barrio -no la explota-, de Merlo, de voy/ iba a hacer las compras con la patrona y cero ostentación de guita, cero político-doctor trajeado y en formol.

¿Y qué hacemos con el apellido? Socorro: Kicillof es judío o descendiente de aquel rabino. Suena a vodka Smirnoff, asunto jodido, aunque es cierto que las marcas se naturalizan. Si quisiera presidir la Argentina tiene a su favor el artículo 93 de la Constitución reformada en el ’94 que dice que el juramento del presi y del vice debe prestarse «respetando sus creencias religiosas». Alguna vez el periodista Pablo Mendelevich se preguntó con picardía qué onda con la eventual ausencia de creencias religiosas, el agnosticismo o el ateísmo. No imaginamos de todos modos que Kicillof asumiera la presidencia con la kipá puesta, rodeado de rabinos ortodoxos, que de todos modos estudian el Talmud según el Evangelio Ayn Rand de Macri.

Por si las moscas, diccionario Oxford. Kipá: «Sombrero circular, sin ala, que cubre solamente la coronilla, usado por los hombres judíos en ciertas ocasiones rituales o festivas».

¡Leninista!

Aunque en los últimos tiempos el Kici seguramente aprendió un montón acerca de cómo manejarse y dialogar con intendentes, peronismos diversos y otros, su estilo no parece ni el tipo tejedor y muchachero de Néstor Kirchner, ni el más distante de CFK, ni tampoco el del muy crecido Máximo Kirchner, quien sin perder también su propio estilo natural, sonreidor, simpático, informal -con rasgos y gestos de su viejo- hoy es jefe del bloque del Frente de Todos, habla con todos y ya es un peso pesado y de mesa chica presidencial.

La mirada puede ser equivocada o impresionista, opinable, pero aún persiste un aura en el Kici que lo sigue asociando al funcionamiento algo endogámico entre viejos compañeros de militancia, una suerte de amistosa orga leninista informal. El Kici y los más estrechos de los suyos parecen funcionar 24×24 horas, con enorme vocación por cambiar las cosas, enorme voluntad y capacidad de trabajo, intercambio permanente de información, mucho estar en la calle, poniendo la trucha ante los estragos de la rrrealidad. En eso el Kici es tan kirchnerista como los mejores, o como lo mejor del kirchnerismo.

Mientras pasan las semanas de cuarentena su vice, Verónica Magario, cuadro interesante, parece haber pasado a un segundo plano en las últimas semanas. Algo parecido sucede con Teresa García, ministra de Gobierno, y, de nuevo, otro buen cuadro político. Ambas, a la vez, bancan muy fuerte en entrevistas periodísticas el cuidado extremo de la cuarentena, si es necesario entrando en fricción y de frente manteca con quienes tiran para el otro lado. También el gabinete del ex Chiquito trabaja con bajo perfil. No hay por ahora otros voceros visibles del gobierno de Kicillof que él mismo, su Jefe de Gabinete y dos ministros: Sergio Berni y Daniel Gollán junto con su vice de Salud. Más que seguramente es signo de los tiempos de pandemia.

El caso de Berni tiene su especificidad tan visible que hasta es gritona. Varias veces se dijo acá -se supuso más bien- que Berni es hombre puesto por Cristina. Cuesta asociar la biografía personal y la mirada política de Kici con las ídem de Berni, y con la misma Cris, que tiene esas cosas. Puede imaginarse que antes de asumir el cargo de gobernador, CFK le haya dicho: Axel, esto tiene que ser así. Acaso Cristina agregó: el tema de la seguridad y el manejo de la policía es demasiado para vos, que ya vas a tener bastantes quilombos que resolver. Un poco más de imaginación para ese diálogo imaginario: te falta un golpe de horno, todavía sos un poco pichi para manejar el infierno de la policía y la seguridad en la provincia. ¿Habrá dicho «Necesitamos un duro»?

Desde cierto realismo político cruel, siempre entre imaginando y razonando, puede que si fue así Cristina haya tenido su dosis de razón. Pero no necesariamente para que Berni se haya convertido en un agente 007 discursivo, con licencia para alardear, provocar, jugarla de duro y hasta darse el lujo inentendible de arriesgar la fortaleza política presidencial cada vez que dice «Soy un soldado de Cristina» -metáfora de espanto que nunca gustó al que escribe, la use quien la use- y de reiterar que la única jefa de todes les jefes es la Cris. Acá viene el típico «a la hora de repasar estas líneas». Se trata de un título fresquito de Clarín donde Berni, horrible, dice que anduvo en un operativo en la calle con el fusil al hombre «porque el soldado está más tiempo con el arma que con la mujer». Más que horrible. Menos mal que le dijo a Viviana Canosa «Cuando vi a los runners me sentí un pelotudo».

Es seguro que a la vez Berni es otro funcionario laburador, 24×24. Lo que se teme siempre de él -lo que se teme desde miradas tan particulares como las de Socompa, no las del conjunto social- es esa cosa castrense, el discursito marcial que le dedicó a la fuerza policial, su mirada sobre eso que se llama delito. Esos temores reaparecieron -para miradas como las de Socompa, pero si las cosas hubieran salido mal también para el uso político de Clarín, La Nación y hasta de Patricia Bullrich- cuando se produjo el contagio masivo en Villa Azul, con riesgo de derrame masivo a Itatí. Necesariamente, allí Berni tuvo participación activa en el despliegue e instalación de las llamadas fuerzas de seguridad. Hubo algún incidente menor cuando se aisló el barrio -imposible que no lo hubiera- y aunque la presencia policial resultara desagradable a la vista, por ahora la evolución del tratamiento sanitario que recibió el barrio parece haber resultado exitosa. Con una aclaración. Eso no fue mera guetización de un barrio, si es que puede apelarse a la horrorosa palabra gueto (el gueto de Varsovia se hizo primero para aislar judíos, luego para matarlos literalmente de hambre de a miles, luego para exterminarlos en los campos de concentración). En Villa Azul hubo derivación de recursos cuantiosos para la asistencia social, alimentaria, el cuidado de la salud mental. Y ya se había dicho oficialmente, muchas semanas antes que el caso de Villa Azul, que ciertos territorios sociales complejos como los de las villas iban a ser tomados, en caso de contagio, como unidades sociales. En lugar de un individuo en cuarentena, un barrio en cuarentena. Hoy, los trabajadores esenciales de Villa Azul tienen libertad para ir y venir, hace días que el aislamiento social es focalizado, no comunitario.

El modo en que se abordó el contagio de Villa Azul habla también de Kicillof y de que Kici es Kici y también confirma que Kici es pragmático, él mismo dijo eso sobre su modo de abordar problemas. No es ni CFK, aunque su carrera política haya nacido con ella, ni Néstor Kirchner, ni Máximo.

Ahora vamos con delicadeza al asunto de pensar el futuro del Kici, suponiendo que saliera bien de la misión casi imposible de mejorarle la vida a los bonaerenses. En las bases del kirchnerismo más «puro» (¿qué sería eso?) hay el sueño de Kici presidente. Aunque ya hicimos el chiste del presidente judío o agnóstico no vamos acá a meternos con eso, demasiado apresurado. Ya se dijo: sería frívolo proyectar nada dada la volatilidad de las cosas, aunque no hubiera ni crisis económica de terror ni pandemia en ascenso. Peeeeero, si fuera por zambullirse de manera fantasiosa en el futuro, podría ser probable que tanto el Kici como Máximo (de salir las cosas más o menos bien, etc.) se apuntaran como presidenciables, dejando deliberadamente al margen la otra alternativa verosímil de una reelección de Alberto.

Kici y/o Máximo. El tiempo pasa, ambos están grandecitos. Kici versus Máximo. Este tema sería un hermoso ejercicio de morbo periodístico. Preferimos dejar el encanto del juego morboso en manos de la derecha mediática. Con un título que más o menos preguntaría esto, con toda malicia: ¿a quién elegiría la Yegua? ¿A su hijo biológico o al adoptivo?

Ese juego no. Menos con pandemia en ascenso.

Socompa. Periodismo de Frontera

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