A la manera de O’Henry

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Vicente Leñero

Valentín Patiño era un albañil pendenciero y cabrón que trabajaba como fierrero en las obras del segundo piso del Periférico.

Nunca, nunca, comience un cuento de este modo, querido escritor —diría O’Henry—. Difícilmente puede concebirse un principio peor.

Además del empleo de la palabrota cabrón —intolerable, según O’Henry—, la voz narrativa comete el error de condenar de entrada al supuesto protagonista de la historia. Debe usted dejar que sea el lector quien emita su propio juicio después de conocer las acciones que realiza Valentín Patiño. Son únicamente las acciones y los dichos los elementos por los cuales se puede decidir si el personaje es o no un mal tipo.

Empezaré entonces de otra manera. Vamos a ver.

Valentín Patiño llegó a su casa bamboleándose. Vivía en una humilde construcción de tabiques prefabricados y láminas de cartón como techo, levantada por él mismo y ayudado por su compadre Gabito en una colonia de paracaidistas, allá por las barrancas de Mixcoac. Empujó la puerta de fierro —que se atoraba a cada rato por culpa de las bisagras mal soldadas—, y luego de entrar y cerrar escupió un viscoso gargajo. Sacudió la cabeza. Se frotó con el dorso de la mano las babas que le escurrían de la boca.

Tal vez O’Henry vería mal los excesos de esta descripción. Basta con dos o tres datos significativos para situar el lugar de la acción —escribió alguna vez—. El amontonamiento de detalles abruma y distrae al lector.

A reserva de corregir el párrafo, prosigo:

Aniceta volvió apenas la cabeza cuando entró su marido.

En realidad, Valentín no era su marido. Se había arrejuntado con él luego de que se le murió de tifoidea su mocoso de dos años y de que enseguida la abandonó Gabito el cacarizo: ése sí, marido por el civil y por la Iglesia.

Los dos hombres, Gabito y Valentín Patiño, eran amigos, compadres y albañiles de oficio, fierreros ambos. Pero en el momento de abandonar a Aniceta, Gabito renunció a su chamba de tantos años y dejó las obras del segundo piso del Periférico para tratar de cruzar la frontera como indocumentado, por Mexicali. Si Gabito logró cruzar o no cruzó es cosa que ni Aniceta ni Valentín sabían. Nada sabían ya del paradero de Gabito, ni siquiera hablaban de él por el incidente ocurrido en el pasado, cuando el mocoso de Aniceta y Gabito vivía sano y feliz.

El incidente en cuestión —para contarlo de una vez— consistió en que una noche en que Gabito se vio obligado a trabajar turno doble en el tramo Las Flores Altavista, Aniceta se empezó a calentar y a calentar en su casa con las palabras engañosas que le decía su compadre Valentín, con una botella de aguardiente de por medio. Y en menos de que se suelda un perno a una vigueta de sostén, el perno del canijo Valentín se hundió en la entrepierna de Aniceta con la contundencia de una llamarada de soplete.

No sé que pensaría O’Henry ni qué pensarás tú, generoso lector, después de estas parrafadas de antecedentes. Se me ocurrieron, como toda la historia, en el momento mismo de escribir.

Y eso está mal porque antes de sentarse a la máquina —ha dicho O’Henry—, uno debe conocer de principio a fin la historia por contar. Por eso, porque no estoy muy seguro de haberme dado a entender, puntualizo.

Estábamos en que Aniceta fue mujer legítima de Gabito, en que Gabito abandonó a Aniceta, y en que luego de abandonada, Aniceta se arrejuntó con Valentín Patiño, quien es el protagonista del cuento.

Por lo que hace a la acción presente, estábamos en el momento en que Valentín llegó bamboleándose a su casa, en que escupió un viscoso gargajo y en que se limpió la boca babeante con el dorso de la mano.

Aniceta volvió apenas la cabeza cuando entró el hombre con quien vivía arrejuntada. La mujer se hallaba frente al fogón, calentando los tlacoyos que bajaba a vender en el lindero donde la colonia de paracaidistas se avecindaba con el barrio de Ameyulco. Cuando no vendía todos los tlacoyos, recalentaba los sobrantes y los daba de cenar a Valentín —también a Gabito, antes—. Si había tenido suerte de agotar su mercancía, entonces le preparaba quesadillas de huitlacoche o tacos de frijoles refritos y chiles cuaresmeños.

Valentín comía poco, la verdad; prefería llegarle a las chelas que guardaba celoso en una heladera o al aguardiente a pico de botella. Bebía mucho, mucho, Valentín Patiño. Antes no. Antes, a la hora en que él y Gabito regresaban del trabajo, Gabito lo invitaba a su casa de Ameyulco —donde nació el chamaco, donde se gestó la traición de Valentín y Aniceta— y el compadre del alma, es decir, Valentín, aceptaba a lo mejor un solo trago de aguardiente, se comía un par de tlacoyos y temeroso de que se le fueran los ojos tras las nalgas de Aniceta, se despedía rapidito. Rumiando malos pensamientos sobre la mujer de su amigo, Valentín trepaba luego la vereda hasta donde empezaba a construir entonces su casita de tabiques prefabricados y láminas de cartón: ésta, donde ahora se encuentra Aniceta recalentando los tlacoyos para la cena de Valentín Patiño.

Apenas volvió la cabeza Aniceta cuando entró Valentín bamboleándose y se dejó caer sobre la silla de madera y bejuco. De sopetón asentó el hombre su trasero como si regresara agotado del trabajo, más bien del largo trayecto hasta su casa: dos horas en lo que caminó a la parada de peseros, en lo que esperó al maldito camión atiborrado, en lo que sufrió el interminable recorrido entre empujones, en lo que batalló a codazos para salir, bajar de un brinco y agarrar camino a pie hasta las barrancas de Mixcoac sin detenerse, o deteniéndose, ya ni modo, en el tendajón de don Polito para echarse un aguardiente con los cuates de siempre. Ahí se daba la conversa, el chisme, el albureo cuando no las preguntas insidiosas: el qué has sabido de Gabito, ¿ya cruzó pa California?, o también las pullas maledicientes que lo hicieron esa noche levantarse porque El Mocos algo dijo, el muy cabrón, sobre Aniceta y su tenderete de tlacoyos: risa y risa la canija Aniceta con su prima la Rosario y un tal Paco, la otra tarde, cuando a ti te enjaretaron turno doble —¿si te acuerdas, Valentín?— y ya ni modo que llegaras a dormir.

Mucho coraje le dio a Aniceta ver que su hombre llegaba otra vez cayéndose de borracho. No se fue Valentín a tirar directo al catre, como casi siempre, a babear y a dormir la peda. Se quedó ahí cerquita sentadote y mudo hasta que un eructo, como gemido de toro, tronó contra las láminas de cartón y rebotó en la piel chinita de Aniceta.

—¡Pinche trabajo! —rugió Valentín.

—¿Quieres cenar? —preguntó Aniceta.

O’Henry aplaudiría sin duda: ya estamos en la acción. Pero antes de aceptar el aplauso necesito ofrecerte una disculpa, atento lector, porque tal vez sepas nada o muy poco de este O’Henry al que me he venido refiriendo desde el principio del cuento. Si lo conoces, si lo has leído, puedes ahorrarte los siguientes párrafos.

O’Henry nació en California del Norte, Estados Unidos, en 1862, y murió de cirrosis —era un alcohólico irredento— en Nueva York, en 1910, a los cuarenta y ocho años. Antes de convertirse en «uno de los grandes maestros del cuento corto» —como lo califica su antologador, el español Juan Ignacio Alonso— trabajó como peón de rancho, como dependiente de una drugstore, y finalmente como cajero del First National Bank de Austin.

Su sed alcohólica o su cotidiano contacto con los billetes verdes impulsaron un día a O’Henry a extraer, para su propio provecho, una considerable cantidad de dólares. El banco detectó el robo y a él le entró pánico. Sin avisarle a su esposa, la sufrida Athol Estes Roach —con quien tenía dos hijos—, O’Henry huyó a Nueva Orleans y de allí se embarcó a Honduras. Anduvo dos años prófugo hasta que se enteró de que su esposa estaba agonizando. Regresó a verla morir y lo agarraron. Lo sentenciaron a cinco años de cárcel.

Aunque ya había escrito cuentos humorísticos para The Rolling Stone —un semanario que fundó él mismo en Austin y resultó un fracaso—, fue en la cárcel donde el norteamericano empezó a escribir en serio. No quería firmar sus cuentos con su nombre, William Sydney Porter, porque se sentía un proscrito. En busca de un seudónimo se acordó del gato de su casa, un animal travieso de cuyas diabluras se quejaba a cada rato la familia: ¡Oh, Henry!, ¡Oh, Henry!, decían. Y William Sydney Porter se convirtió en el escritor O’Henry.

—¿Quieres cenar? —preguntó Aniceta.

Valentín negó con la cabeza. Volvió a escupir sus gargajos y a limpiarse la boca con el dorso de la mano. Miraba a Aniceta como si quisiera trepanarla la nuca.

—¡Eres una puta! —gritó.

No era la primera vez que el fierrero la insultaba con la misma palabrota, así que Aniceta permaneció de espaldas, vuelta y vuelta a los tlacoyos en el comal.

—¡Puta!

Aniceta giró en redondo y lo miró por fin. Valentín se mantenía de pie, balanceándose como un muñeco de cuerda y tratando de conservar la vertical. Los ojos inyectados. Las babas, que en sus arrebatos de beodo emplastaban los cachetes y el cuello de su vieja cuando trataba de besarla, le escurrían ahora por las comisuras de sus belfos.

—¡Te metiste con el Ojitos!

—¡No es cierto, cabrón!

—Y con el pendejo de Paco. ¡No mientas, puta, me lo acaban de contar!

En ese momento, Aniceta se dio cuenta de que ocurriría lo de siempre, lo inevitable.

O’Henry sostiene que el escritor no debe adelantar nunca lo que va a ocurrir en una historia. Y habría que hacerle caso. Lo mismo a su recelo contra el abuso de las palabrotas, ya lo dije. Los cuentos que hicieron famoso a O’Henry son pulcros, delicados. Aunque sus personajes sean de condición humilde, derrochan decencia, y si el escritor se ve obligado a utilizar a un vago o a un miserable como protagonista, lo hará hablar correctamente, incluyendo si acaso, por supuesto, un par de términos coloquiales del argot popular.

Por buena conducta —no hacía más que escribir—, a O’Henry le conmutaron la pena. Salió de la cárcel después de tres años y se fue a vivir a Nueva York, donde el New York World le encargó escribir un cuento a la semana para la edición dominical. Esos cuentos, que redactaba puntualmente, con una botella de whisky al lado, le hicieron ganar más dinero, mucho más, que el ganado por sus antecesores: Poe, Mark Twain, Saroyan, Jack London. En calidad literaria no está a la altura de ellos ni de los grandes que vinieron después —Hemingway, Salinger, Carver—, pero lo sorpresivo de sus tramas, el factor azaroso, la habilidad para atornillar las vueltas de tuerca, todo dentro de una narrativa muy apetecible al gran público lector, le dieron una fama universal que compartió —según los críticos— con su contemporáneo inglés: Somerset Maugham. Ambos, no en balde, incluidos frecuentemente en Selecciones del Reader’s Digest.

El primer trancazo fue lanzado con el revés de la mano izquierda, pero Aniceta logró girar a tiempo la cabeza y el golpe de Valentín sólo alcanzó a escocerle el maxilar. Luego vino el empellón.

Como un toro, Valentín embistió su cuerpo contra la mujer y ella recibió el encontronazo frontalmente, sobre su vientre embarazado. Cayó hacia la derecha, encima del fogón, arrastrando consigo el comal de los tlacoyos y derrumbándose luego en el piso de tierra.

Allí empezaron las patadas, una tras otra, una tras otra, con las puntas de los tenis convertidas en punzones de un taladro que magullaba sus pechos, su cuello, la cara que Aniceta trataba de proteger con las manos. Jadeante, siempre fúrico, Valentín contuvo las patadas y con ambas manos levantó a Aniceta de un envión; la prensó de la ropa con la izquierda, mientras extendía hacia atrás el brazo derecho obligando a su codo a servir de gozne. Desde ahí, igual que si estuviera en un ring, soltó con el puño cerrado un recto brutal contra el pómulo de la mujer. Aniceta cayó como un costal, sangraba.

Una guacareada apestosa brotó de las fauces de Valentín. Tuvo que detenerse por instantes de la pared, cerca de los jarros y los trastes que rodeaban el fogón. Luego retrocedió de espaldas, tambaleante, hasta dejarse caer bocarriba sobre el catre. Era Valentín el que parecía el noqueado, inconsciente en la lona de una arena de box.

Una fotografía tomada en los tiempos de gloria de O’Henry —fueron diez años los que lo hicieron sentirse el mejor escritor de Estados Unidos— lo muestran posando ante la cámara cual un dandy del continente americano. Se parece un poco al Hemingway de 1937 o a un Anthony Hopkins cuarentón. Sus ojos hundidos de importancia; el cabello en ondas peinado con raya en medio y la cabeza apoyada apenas sobre los dedos encogidos de su mano derecha. Presume un saco oscuro de amplias solapas. Un cuello postizo, de blancura almidonada, se abre apenas para exhibir el nudo de una corbata en cuyo vértice brilla un fistol redondo. La corbata se pierde un poco más abajo detrás del chaleco. El bigote de O’Henry se antoja delineado por un peluquero experto: espeso bajo las aletas de la nariz y con las puntas levantadas para formar dos arcos simétricos, impecables. Se sabía guapo el exitoso O’Henry.

Tanta era la cercanía de O’Henry con su público invisible, que en algunos de sus cuentos se permite dirigirse familiarmente a sus lectores. Utilizando el querido lector, el le ruego al lector que tenga en cuenta, el comprenderá el atento lector, suele interrumpir el discurso narrativo para deslizar, a veces, cápsulas didácticas sobre sus teorías literarias. Todo como un juego.

Aturdida, sangrante de la nariz y de la boca, Aniceta se irguió con dificultad. Le punzaba la quijada como si estuviera rota y la pierna derecha parecía incapaz de sostenerla. Nunca antes había recibido una tranquiza de tamaña brutalidad. Nunca antes había sentido, brotándole desde los adentros, esa rabia que se le atoraba en el cogote, ese sentimiento de humillación y de rebeldía, ese odio contra el hijo de su rechingada madre.

Ahí estaba Valentín, perdido de la mente en el catre, ahogado por la borrachera.

Aniceta lo miró largo rato mientras los lagrimones le escurrían por los pómulos: se llenaban de sangre, de mocos, de tierra.

Sobre el piso del cuartucho redondo se esparcían los tlacoyos, y las manchas de salsa eran una herida más en el suelo.

Desde las barrancas llegaba como un aliento alegre la música de una canción ranchera emitida por un radio en despiste. Ladraban los perros de todas las noches.

Cojeando, bufando, Aniceta avanzó hasta el rincón donde Valentín amontonaba sus triques de trabajo: una caja de herramientas, un soplete en desuso, un martillo, un rollo de alambre. Algunos trozos de varilla corrugada, residuos de las que sirvieron para levantar los castillos de aquella construcción, se erguían en una esquina apoyados contra la pared.

Aniceta tomó una de las varillas. Caminó hasta el catre. Empuñó el trozo de fierro como si fuera una lanza y lo encajó de punta, con todas sus fuerzas, henchida por el dolor y la ira, en el vientre de Valentín.

El cuerpo del hombre se sacudió como un sapo, acompañado en el espasmo por un alarido horrísono. Los ojos brincaron. Valentín despertó, y despierto, sofocado entre el dolor y el pánico y la pesadilla, recibió el segundo estoconazo, el tercero, el cuarto… todos los que logró descargar Aniceta hundiendo y extrayendo el trozo de varilla corrugada sin detenerse a pensar lo que hacía, sin dar tiempo a que Valentín se defendiera y luchara contra la muerte que le llegó en forma de vómito y lo entiesó para siempre luego de las convulsiones y el reguero de sangre y los ruidos agónicos de la panza y los quejidos que se revolvieron con ese ronco estallido del final.

Aniceta soltó el fierro. Retrocedió. Se apoyo contra la pared. Su espalda fue resbalando poco a poco hasta dejar a la mujer de nalgas, llorando.

En su prólogo a los Cuentos de Nueva York, el español Alonso dice algo muy bonito de su antologado:

«En los cuentos de O’Henry prevalece una visión positiva del ser humano, inmerso en una realidad diaria muchas veces alienante y gris, pero en la que siempre existe un resquicio para el amor, la amistad, la ventura o la esperanza.»

(De: Solo cuento, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009)

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