A medio siglo de una polémica sobre la Guerra del Paraguay

Por Marcos Mele

En abril de 1969 el historiador Juan Pablo Oliver publicó en el Boletín del Instituto Rosas un artículo sobre la Guerra del Paraguay que dio lugar a una encendida polémica en la que intervinieron Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde y Fermín Chávez. En el marco de su centenario, la guerra era uno de los puntos principales de estudio para los historiadores revisionistas en su tarea de desarticulación del relato historiográfico oficial. En este sentido, fueron de enorme relevancia los libros La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas de José María Rosa (1964) y La Guerra del Paraguay: gran negocio de León Pomer (1968). Es precisamente este último libro el que motiva la crítica de Oliver que trataremos a continuación.

Juan Pablo Oliver: la historiografía marxista como una nueva historia falsificada

Al momento de desarrollarse la polémica, Juan Pablo Oliver era un autor de gran prestigio en las filas del nacionalismo argentino. Abogado, economista e historiador, había integrado el Instituto Rosas desde la década de 1940 y para 1969 continuaba desempeñándose como miembro de la Comisión Directiva. Además, era una figura ampliamente valorada como defensor del patrimonio nacional, ya que entre 1943 y 1944 investigó y denunció los escandalosos actos de corrupción de la Compañía Argentina de Electricidad (CADE) durante la Década Infame. Asimismo, en el primer gobierno de Juan Domingo Perón, Oliver elevó un informe al Poder Ejecutivo donde demostraba la grave evasión impositiva de la empresa cervecera Bemberg, que por decreto presidencial pasó a ser administrada por sus trabajadores. Sin embargo, con la «Revolución Libertadora» de 1955 los bienes fueron devueltos a los Bemberg, quienes no pagaron ni un centavo de lo denunciado por Oliver.

Una vez aclarado esto, ingresaremos al núcleo argumentativo de la polémica. Oliver titula a su artículo Rosismo, comunismo y lopizmo, y afirma que el libro de León Pomer refleja la aparición de una corriente pseudo revisionista de origen marxista que ha falsificado la historia de la misma manera que lo han hecho los liberales. Según Oliver, es posible constatar una creciente infiltración comunista en las corrientes nacionales de los países coloniales o dependientes, y esto tendría su correlato en el terreno de la historiografía. A partir de estos usos políticos del pasado que denuncia Oliver, la reivindicación de las montoneras federales del siglo XIX no sería más que el intento de legitimar desde la historia las acciones guerrilleras que florecían por esos tiempos en la región.

Oliver plantea que en 1948 la Academia de Ciencias Sociales de la Unión Soviética confeccionó el manual Nueva Historia de los Países Coloniales y Dependientes, con el fin de divulgar en cada país de Iberoamérica un relato historiográfico en el que se explicara su atraso y su pobreza a partir de los conflictos suscitados con los países limítrofes que actuaban como agentes del imperialismo británico. De esta forma, según Oliver, se originó la «fantasía de que bajo el gobierno socialista y paternalista de Francisco Solano López ese país se había convertido en el más rico y progresista de Hispanoamérica, condición que perdió junto con la mitad de su territorio a causa de la artera y deliberada destrucción que le llevaron Argentina y Brasil, inducidos por los industriales de Birmingham y Manchester, alarmados ante la creciente competencia industrial paraguaya».

Según Oliver, este falso revisionismo analiza la Guerra del Paraguay haciendo apología de la deserción nacional, al plantear que los argentinos que intervinieron en ella fueron «mercenarios pagados por las esterlinas inglesas o esclavos cobardes empujados por las bayonetas brasileñas». De esta manera, los verdaderos patriotas serían los paraguayos, los argentinos desertores y las montoneras rebeldes que, para Oliver, no eran más que bandas reclutadas en países vecinos por iniciativa británica para abrir nuevos frentes de combate contra la Argentina. Del argumento de Oliver se desprendería que Felipe Varela, en vez de ser un combatiente federal contra el imperio británico como lo presentaban otros autores revisionistas, en realidad era utilizado por Inglaterra para debilitar a la Argentina.

Después de esto, Oliver califica como una zoncera el argumento de que la Argentina inició el conflicto y cuestiona las críticas dirigidas contra Mitre, que en su opinión representaba al país y cumplía con el deber de rechazar una intempestiva invasión al territorio nacional. En esta línea, Oliver considera a Mitre como un continuador del trunco proyecto rosista de reincorporar al Paraguay al territorio argentino. Para Oliver, la continuidad histórica del proyecto nacional de Rosas no estaría representada por Francisco Solano López –tal como podemos ver en la obra de José María Rosa– sino por Bartolomé Mitre. Por esta razón, Oliver se dedica con especial dedicación a cortar todo vínculo entre la figura de Rosas y el mariscal López. La relevancia del primero radica en haber preservado la unidad del país con una visión de grandeza nacional. Francisco Solano López y su padre, por el contrario, son calificados como campeones de la disgregación territorial. Oliver analiza a la Independencia de Paraguay como un fruto más de la política tradicional de Gran Bretaña, siempre dirigida a parcelar, dividir y balcanizar a la Argentina en diversas republiquetas débiles. De ese modo, Oliver remarca que el Paraguay de los López se caracterizó por su hostilidad al gobierno de Rosas al promover la libre navegación de los ríos, y al manifestar su solidaridad con los unitarios y la alianza anglofrancesa en el combate de Vuelta de Obligado.

En su afán de rebatir al revisionismo marxista, Oliver cuestiona el tan mentado progreso industrial de Paraguay, al considerar que siempre fue la provincia más atrasada del Continente. Asimismo, intenta refutar el argumento de la injerencia británica que llevó a aniquilar la economía proteccionista paraguaya. Lejos de ser el último reducto de Iberoamérica por fuera de la órbita inglesa, Paraguay constituía para Oliver una especie de protectorado británico, ya que estos dirigían o tenían bajo su control el ferrocarril, el telégrafo, los talleres, los hospitales, las obras públicas, la marina mercante y de guerra, y los establecimientos militares.

Hacia el final de su artículo, Oliver aborda un tópico caro para el revisionismo histórico de la década de 1960. El supuesto vínculo del Paraguay de López con Inglaterra encontraría en Juan Bautista Alberdi a uno de sus más notorios agentes. El autor de Bases, presentado por Oliver como «la figura más anglófila del pasado argentino», fue adepto de la causa paraguaya durante la guerra y mantuvo un estrecho vínculo con el gobierno de López por intermedio de Gregorio Benites.

Para concluir su trabajo, Oliver resalta la contradicción entre el rosismo y el lopizmo, y asevera que el revisionismo es la expresión historiográfica del nacionalismo, motivo por el cual impugna las interpretaciones marxistas del pasado nacional.

Las respuestas a los inesperados planteos de Oliver no se hicieron esperar y serán el tema principal de la actividad historiográfica del Instituto Rosas durante los meses siguientes.

Ortega Peña y Duhalde acusan a Oliver de «revisionista mitrista»

La principal réplica al artículo de Oliver provino de las plumas de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, quienes en el número 5 del Boletín del Instituto Rosas publican el artículo La Guerra de la Triple Alianza y el revisionismo mitrista.

En el comienzo de su trabajo, esta dupla de historiadores se aboca a desentrañar las raíces del por ellos denominado «revisionismo mitrista» que aqueja a Juan Pablo Oliver. Los autores manifiestan su sorpresa ante la deliberada omisión en que incurre Oliver, quien no menciona a los revisionistas que historiaron la guerra, contando entre los más destacados a José María Rosa, Fermín Chávez, Atilio García Mellid y Elías Giménez Vega. Para Ortega Peña y Duhalde, dicha omisión no respondería a un involuntario descuido de Oliver, sino a su negativa a estudiar en profundidad la temática, carencia que lo condujo a desnudar la educación liberal-mitrista de la que aún no pudo sobreponerse.

Ya en tren de desmentir las tesis esgrimidas por Oliver, los jóvenes historiadores se detienen en la supuesta incitación británica de los levantamientos federales en el Interior argentino. Ortega Peña y Duhalde consideran que este argumento sólo existe en la imaginación de Oliver y lo invitan a revisar la correspondencia entre Bartolomé Mitre y Rufino de Elizalde, donde constan pruebas del ofrecimiento del ministro británico en Buenos Aires para brindarle ayuda al gobierno mitrista ante el avance de la montonera federal.

Por su denodada defensa de la figura de Mitre, Oliver es calificado por estos autores como un «buen cronista del diario La Nación», ya que imputa el origen de la guerra a López y fustiga a las montoneras, presentándolas como bandas insurrectas al servicio de Inglaterra. Para negar la destrucción del Paraguay, Oliver arguye –erróneamente, según Ortega Peña y Duhalde– que esta nación era la más atrasada de todos los tiempos.

Ortega Peña y Duhalde subrayan la ausencia en el texto de Oliver de cualquier referencia a la guerra civil originada con la expedición al Uruguay del líder colorado Venancio Flores, quien antes había secundado al mitrismo en la campaña de exterminio de las montoneras del Chacho Peñaloza. De esta manera, la Guerra del Paraguay sería un eslabón más en la cadena de aniquilamiento de las rebeliones federales iniciada a partir del ascenso de Mitre en Pavón.

El siguiente tópico que abordan Ortega Peña y Duhalde es el vínculo entre Rosas y el Mariscal López. Para ello, recuperan las cartas de Rosas con José Roxas y Patrón, en especial la del 17 de febrero de 1869, en la que Don Juan Manuel informó a su amigo la decisión de legar a López su espada militar por la firmeza con que defendió los derechos de su patria.

Por último, Ortega Peña y Duhalde reafirman que Inglaterra, lejos de apoyar a Paraguay como dice Oliver, fue la insidiosa promotora de su destrucción. Según estos historiadores, Oliver silencia los diversos empréstitos otorgados por Inglaterra a los aliados; oculta los ardides diplomáticos a favor de Argentina y Brasil; y omite la decisión inglesa de invadir militarmente el Paraguay en caso de no producirse el triunfo de la Triple Alianza.

Con todo ello, Ortega Peña y Duhalde concluyen que es correcto defender al Paraguay del Mariscal López, y afirman que al revisionismo le corresponde evaluar las actitudes nacionales o antinacionales, por lo que debe optar por ser antimitrista, montonero y prolopizta. Por último, sostienen que la reivindicación del Paraguay de López contribuyó a un acercamiento fraternal entre ambos países y que es necesario eliminar definitivamente cualquier resabio mitrista-sarmientino del nacionalismo rosista popular.

Carta de Fermín Chávez: Oliver, de Aristóteles a la CIA

En este mismo número del Boletín del Instituto Rosas se publica una carta de Fermín Chávez acerca de la polémica abierta por Juan Pablo Oliver. Chávez afirma haber leído el artículo primero con extrañeza, luego con desconcierto y finalmente con la sostenida esperanza de que sea apócrifo. La desazón de Chávez se funda en la reconocida admiración que siente por Oliver, a quien ve dar un gran paso en falso al asumir las tesis de la historia mitrista para refutar la interpretación marxista de la Guerra del Paraguay.

En lo sucesivo, Fermín inicia el desagravio de la figura del nacionalista paraguayo Natalicio González, calificado como agente comunista por Oliver, quien habría «abandonado las categorías de Aristóteles para hacer suyas las de la CIA». Chávez manifiesta que, si Natalicio González es acusado de comunista por denunciar las intrigas de la diplomacia británica en la destrucción del Paraguay, la misma imputación debería hacérsele al propio Luis Alberto de Herrera.

Luego de esto, Chávez refuta a Oliver por sostener que la impopularidad de la guerra se debía a su excesiva prolongación. El historiador entrerriano le recuerda a Oliver que los desbandes y los motines de los federales argentinos tuvieron lugar en los primeros ocho meses del conflicto. Después de ello las deserciones se tornaron infrecuentes porque «los criollos iban al matadero atados codo con codo».

Fermín acusa a Oliver de silenciar el conjunto de episodios que fueron preparando la contienda desde la Batalla de Caseros. El asedio militar y diplomático británico sobre el Paraguay de los López sólo se aquietó a partir de Pavón, precisamente cuando Bartolomé Mitre se adueñó del campo político argentino, y los porteños y brasileños se dispusieron a hacer la guerra en lugar de la pérfida Albión. Chávez reconoce aquí la tradicional política imperial: «dejar que los nativos se encarguen de liquidar a los líderes del proteccionismo; e intervenir solamente allí donde no encuentran cipayos como instrumento».

Oliver incurriría en un grave error al exculpar al partido liberal porteño, presentándolo como un prototipo de patriotismo. Para finalizar su intervención, Fermín Chávez le recalca a Oliver el apoyo de Juan Manuel de Rosas al Paraguay de López durante la guerra. Siguiendo el hilo argumentativo de Oliver, se pregunta Fermín: ¿Rosas también fue un desertor y un agente inglés?

Últimos coletazos de la polémica

En el número 5 del Boletín del Instituto Rosas también se reproduce una carta de réplica a Oliver firmada por Faustino Tejedor, quien trata tópicos similares a los desarrollados por Ortega Peña, Duhalde y Chávez. Por su parte, la Dirección del Instituto aclara que «el doctor Oliver ha cosechado durante su vida un rotundo derecho a ser escuchado por los revisionistas», independientemente de sus argumentos. Por otro lado, el Instituto explica que no ha asumido una posición oficial sobre la Guerra del Paraguay, dado que escapa al período histórico que le compete según lo establecen sus Estatutos.

En el número 6 del Boletín, publicado en septiembre de 1969, aparece un nuevo artículo de Oliver, con el que el Instituto da por concluida la polémica. En esta nueva intervención, Oliver responde a las acusaciones de índole personal que se esgrimieron en su contra y se aboca a ampliar la documentación respaldatoria de sus argumentos. Además de no revisar ninguno de sus planteos, Oliver no renuncia a su calidad de polemista al invitar a sus detractores a que abandonen el Instituto Rosas y funden uno nuevo, denominado Instituto de Investigaciones Históricas Justo José de Urquiza.

El gran ausente de esta polémica fue León Pomer, autor del libro que motivó el artículo de Oliver. Su ausencia no se debió a una falta de interés o al temor a participar de la querella historiográfica. En el número 7 del Boletín, la Comisión Directiva del Instituto Rosas informa la recepción de una carta de Pomer «con extensión de folleto y poblada adjetivación», razón por la cual se la consideró impublicable.

Revista Movimiento

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