NOTAS EN ESTA SECCION
Entrevista por Astrid Riehn, 29/05/11  |  Entrevista por Irene Amuchástegui, 30/10/05  |  Entrevista sobre "El espejo que tiembla" (2005)
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Entrevista por Astrid Riehn

Aunque se resiste a ser “el vademécum” de una época, es el depositario de la memoria de un momento de oro de la literatura argentina. Comenzó a escribir a los 12 años y asegura que ser escritor es un destino que no le impuso ninguna divinidad, sino él mismo.

En rigor, y parece una invención, la primera obra de teatro que vi completa en un escenario fue El otro Judas, mi propia obra”, confiesa Abelardo Castillo que, en 1959, a los 24 años, ganó el concurso Gaceta Literaria con una reinterpretación de las Sagradas Escrituras en la que el accionar del célebre apóstol obedecía a la lealtad y no a la traición.

Hasta ese entonces, el fundador de revistas literarias como El escarabajo de oro y El Ornitorrinco, que se convertiría en uno de los novelistas, cuentistas, dramaturgos y ensayistas argentinos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y que había comenzado a escribir a los 12 años con fervor adolescente “muchísima poesía, relatos cortos, cuentos gauchescos, lo que fuera”, aún no había publicado nada. Lo curioso fue que saliera al ruedo literario con una pieza dramática cuando, según explica Castillo, su relación con el teatro era “muy remota, casi inexistente”, debido a que la provinciana San Pedro no contaba con salas ni recibía compañías teatrales “que valiera la pena ver”.

Sin embargo, como en cualquier rincón de la Argentina de los años ’40 y ’50, existía la radio, que transmitía los domingos por la noche una audición de Radio Nacional llamada Las dos carátulas: El teatro de la humanidad, donde actores como Alfredo Alcón interpretaban clásicos. De esta forma, Castillo palpitó a través de la radio el celoso amor de Otelo por Desdémona, o el periplo del Edipo desterrado. El resto del tiempo, el que no se llevaban los juegos a orillas del Paraná o la escuela, leía novelas y cuentos, pero también mucho teatro, desde los isabelinos William Shakespeare, Ben Jonson y Christopher Marlowe, hasta autores norteamericanos contemporáneos como Tennessee Williams y Arthur Miller.

Este año se cumplen 50 años de la publicación y estreno de El otro Judas en el Teatro de los Independientes de Buenos Aires, pieza que ganó el Gran Premio del Festival Mundial de Teatro de Cracovia y que permitió a Castillo ocupar de allí en más un lugar destacado en la literatura nacional.

Por eso, Seix Barral reeditó ahora El otro Judas junto a otras dos obras teatrales: El señor Brecht en el Salón Dorado, un alegato libertario que cruza la Guerra de Malvinas y el nazismo, estrenada en el Salón Dorado del Teatro Colón en 1982, y Salomé, una tragedia musical en la que la hija del Herodes bíblico muta en una sensual candombera de la Triple Frontera.

–Es llamativo que la primera obra publicada de un escritor joven haya sido una obra de teatro.
–El hecho de que fuera así es muy extraño, no sólo porque mi relación con el teatro en San Pedro era casi inexistente, sino también porque el Judas comenzó siendo un relato más de los que escribía en esa época, algunos pésimos. En algún momento, mientras lo escribía, sentí que los personajes estaban como acostados sobre la página: necesitaban ponerse de pie. Ahí se me reveló la forma del teatro. La escritura teatral no está fuera de mi relación con la literatura, cosa que no es ninguna novedad: escritores que han hecho prosa de ficción y que además han escrito teatro, hay muchos. Sartre y Camus, por ejemplo. O Pirandello, que fue uno de los mayores cuentistas italianos. Y lo mismo puede decirse de Anton Chéjov: nunca sabremos qué fue más importante para la literatura, si sus obras de teatro o sus narraciones. Literatura y teatro son el mismo modo del acto poético, con una forma que se adapta en cada caso a la materia que estás tratando.

–La actual edición de El otro Judas incluye a modo de prólogo un texto de Leopoldo Marechal en el que le reconoce una vocación existencial poética. ¿Cómo lo conoció?
–Un día Sabato me dice: “¿Por qué no le hace una entrevista a Marechal?” Recuerdo haber respondido: “¿Pero cómo, Marechal no está muerto?” En esa época no se lo leía a Marechal, era como si estuviera exiliado en su propio país por haber sido peronista y no haberlo negado nunca, como hicieron tantos. Él se llamaba a sí mismo “el poeta depuesto”, en un juego de palabras con “el tirano depuesto”, como le decían a Perón. Lo llamé por teléfono, me invitó a la casa, y nos hicimos todo lo amigos que pueden ser un tipo de 30 años y un gran escritor de 65.

–En su novela El evangelio según Van Hutten, usted retomó el tema del origen del cristianismo. ¿De dónde viene este interés por lo religioso?
–No puedo más que atribuirlo al hecho de que tuve una muy sólida, y diría agradable, educación religiosa. Cuando mis padres se separaron entré de pupilo en un colegio salesiano, antes de irme a San Pedro, el Wilfrid Baron de los Santos Ángeles, de Ramos Mejía. Yo no nací en San Pedro, como dicen casi todas mis biografías, sino acá, en Buenos Aires; me he inventado una historia personal porque me gusta ser sampedrino. De hecho, me fui a vivir a los 11 años a San Pedro y a los 18 estaba de vuelta. También me siento muy cristiano, aunque no creo en Dios. El cristianismo es una ética, una manera de comportarse en el mundo.

–Por eso usted dice que el cristianismo tiene que ver menos con la teología que con la revolución…
–El Jesús que descubrí en mi infancia era un ser apasionado y subversivo, que entraba en el templo y les sacudía unos buenos latigazos a los mercaderes que comerciaban en la casa de su Padre, y que si una higuera no le daba higos la maldecía y la secaba. Un muchacho de carácter medio atravesado, digamos. Después me lo transformaron en una especie de flor azteca rodeado de pajaritos y buenas maneras. De aquella remota época viene seguramente la idea de El otro Judas, o la búsqueda del evangelio perdido que escribí en El Evangelio según Van Hutten.

–Las ideas que van a conformar la obra de un escritor, ¿tienen su germen en sus primeros años de vida?
–Suelo decir, a veces en broma, a veces en serio, que a mí no se me ocurrió ninguna idea después de los 25 años. Es más, creo que a nadie se le ocurre una idea nueva a partir de los 30 años. Todo lo esencial que se descubre, todo lo que tiene que pasar, está entre la adolescencia y la juventud.

–¿Pero la literatura no tiene que ver con poder volcar cierta experiencia?
–La experiencia te ayuda a escribir, pero no a inventar. La idea de “Triste le ville”, publicado en Las panteras y el templo en 1976, la tuve a los 17 años: era, claro, un macanazo de dimensiones colosales, imposible de leer. Veinte años después lo corregí. Pero hay poetas que han escrito sus mejores versos en la adolescencia. Rimbaud, esa especie de perpetuo niño prodigio, empieza a escribir a los 16 años, y a los 19 se olvida para siempre que escribió poesía. Un caso similar más cercano es el de Neruda. Los 20 poemas de amor y una canción desesperada están escritos antes de los 20 años. Ni siquiera tenía experiencia amatoria.

–¿Es decir que en todo adolescente ya existe ese adulto que será a los 50 años?
–Yo creo que sí. En la adolescencia descubrís todo y encontrás el sentido de las cosas y tu propio sentido. ¿Te acordás de Siddharta? El secreto de Siddharta no es llegar a ser como Buda, es llegar a ser lo que él debe ser: escribir es más o menos eso. Yo veo la literatura como destino; pero un destino que no te lo otorga la divinidad ni las fuerzas del mal: es un destino que te imponés a vos mismo. Lo sentí con mucha fuerza hacia los 20 años. Hasta ese momento escribía versos que no mostraba a nadie, a lo sumo le leía algunos a mi novia. Pero un día sentí que la literatura era aquello que me permitía comunicarme con el mundo: ser yo en el mundo. Por eso es tan difícil entender a ciertos escritores si los separás de sus libros. En el verdadero escritor, su ser central está en la literatura.

–¿Qué está escribiendo ahora?
–Cuentos, pero sobre todo estoy pasando a la computadora mis diarios, que escribo desde los 18 años. Salvo un año, 1975, lo he escrito desde 1953 hasta hoy. Debe tener 1000 páginas. Va desde “hoy siento esto y quiero matar a todo el mundo”, o momentos de mi vida, como cuando conocí a Sylvia (Iparraguirre, su esposa), a lo que pienso acerca del mundo, de los escritores, de mí mismo, que en general nunca es muy piadoso. Ahí está también todo el problema de mi alcoholismo o mi relación contradictoria, violentísima a veces, con Ernesto Sabato, y hasta una polémica que tuve con David Viñas en los ’60, entre otras cosas.

–¿Es consciente de que es una especie de guardián de la memoria literaria argentina?
–Con la muerte de Sabato fue la primera vez que me hicieron sentir como depositario de cierta memoria, y no sé si tengo ganas de ser el vademécum de un cierto momento de la literatura argentina. Pero sí, en parte es así, yo hablé con Marechal, con Borges, con Bioy Casares, con Cortázar… Debo ser de los pocos que los ha conocido a casi todos. Recuerdo que cuando se reeditó El otro Judas, Manuel Mujica Láinez me escribió una carta muy generosa, con su hermosísima letra de académico, diciéndome que lo había leído con mucho gusto y que yo tenía la suerte de poder escribir teatro porque consideraba que el drama era la piedra de toque del escritor y que él no había podido hacerlo nunca. Fue muy conmovedor, sobre todo porque nosotros habíamos criticado sin piedad a Bomarzo en El escarabajo de oro. También recuerdo que un día caminábamos por la Feria del Libro y había una gran fotografía de Sabato con esa cara atormentada que tenía siempre, con la vena terrible, y Mujica Láinez miró la foto y dijo: “Sí, sí, este sufre y sufre, pero nos va a enterrar a todos.” Y en efecto, estuvo a punto de enterrar a todos (risas). En esa época todavía estaban vivos Cortázar, Borges, Bioy Casares, Marco Denevi, Beatriz Guido, Viñas, tipos de mi generación como Juan José Saer, Fogwill, Isidoro Blaisten…

–Sin embargo, usted era más joven que muchos de los escritores que frecuentaba. ¿En qué generación se enmarca?
–Sé que desde un punto de vista sociológico pertenezco a la generación del ’60, pero siempre sentí que los escritores se dan de a uno. Pertenecés a una época, ¿pero a una generación? Yo tenía probablemente más puntos de contacto con Cortázar, que me llevaba 22 años, o con Marechal, que me llevaba 35, que con los escritores de mi generación. El otro Judas o Israfel no son una obra de la generación del ’60; El que tiene sed y Crónica de un iniciado, tampoco.

–Volviendo a sus obras de teatro, en El señor Brecht en el Salón Dorado, el protagonista, Hauser, afirma: “cuando no es tu puerta la que están tocando, y eso te da alegría (…) agradecer a Dios es un pecado inmundo”. ¿Cómo sonaron esas líneas en 1982, durante la dictadura?
–Supongo que esa pregunta hizo correr como un escalofrío de malestar entre la gente que estaba en el Salón Dorado del Colón, y me han dicho que también molestaba cuando la hizo Teatro Abierto en el ’83, antes de que asumiera Alfonsín.

–¿Sintió miedo en esos años?
–Intenté seguir escribiendo como siempre y poniendo el compromiso en El Ornitorrinco, donde publicamos un editorial antimilitarista contrario a una posible guerra con Chile o una solicitada de las Madres. La cuestión era ver hasta dónde se podían desplazar los límites de la censura. En 1977, cuando se hizo Israfel en Mar del Plata, me vinieron a entrevistar La Capital o La mañana. Acepté con la condición de poder intercalar una pregunta: “¿Dónde está Haroldo Conti?” Y la pregunta se publicó. El que tuvo problemas luego fue el periodista, y ahí descubrí otro secreto en relación con la censura: a veces, el que corre riesgo no es tanto el autor de una declaración, sino el que pregunta. Yo tenía la postura casi mágica de no permitir que el miedo invadiera mi mundo personal. Me repetía la frase aquella de Sartre en La República del silencio: “Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana.” Y es así; la libertad se ejerce en acto. Hoy puedo decir lo que quiero del gobierno, de los dirigentes sindicales, de los militares, y no pasa nada. Sólo cuando te animás a decir ciertas cosas en tiempos de gran opresión estás realmente ejerciendo tu libertad.

Narrador, dramaturgo, ensayista,  Abelardo Castillo, nacido en Buenos Aires en 1935, es uno de los escritores argentinos contemporáneos más reconocidos. A principios de la década del 60 se publicó su libro de cuentos Las otras puertas, con el que fundó una serie –Los mundos reales– que continúa con Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche y ahora suma El espejo que tiembla (Seix Barral): once relatos fantásticos en los que se cuelan Buenos Aires y San Pedro.

Es autor de las obras teatrales Israfel y El otro Judas, y de las novelas El que tiene sed, Crónicas de un iniciado (en las dos aparece su alter ego Esteban Espósito) y El evangelio según Van Hutten. 

Creó las recordadas revistas literarias El grillo de papel, El escarabajo de oro y El Ornitorrinco.

–Usted recibió la visita de un grupo de tareas en su casa, ¿no?
–En 1978 vino la policía a mi casa. Un oficial me tocó la puerta y a dos metros de él había un policía con una ametralladora, y en el descanso, otro. No parecía que vinieran a darme las buenas noches… El oficial miró de lejos un cuadro que había en la pared y dijo: “Carlos Alonso, qué gran pintor.” Creo que fue la única vez que sentí miedo. Un policía que reconoce a tres metros un dibujo de Alonso no es un policía cualquiera, es una especie de especialista en intelectuales. El tipo me dijo que el problema era que venía mucha gente a mi casa. Yo le dije que era lógico porque era escritor, dictaba cursos, sacaba una revista literaria, y además en el primer piso una señora daba clases de danza jazz, por lo que entraban muchas chicas al edificio, y recuerdo que agregué: “infortunadamente no todas suben a mi casa” (risas). El tipo me dijo cortésmente que sabía quién era yo: “Sabemos quién es usted, Castillo”, lo que sonaba bastante ambiguo, pero que un vecino había hecho la denuncia y que mejor no fuera a pisar una comisaría por una tontería. Un vecino. Eso ero lo que realmente daba miedo: un vecino.

–Usted ha reflexionado mucho sobre el papel del intelectual. ¿Quién cree que ocupa hoy ese lugar en la Argentina?
–No sé, la relación del intelectual con la sociedad ha cambiado mucho, y si ese intelectual viene de la literatura, ese papel es mucho menor. Esto pasa en la Argentina y en el mundo. La Constitución nacional fue hecha con el trabajo y el pensamiento de los grandes intelectuales argentinos como Sarmiento, Alberti, Echeverría, que eran escritores también. Hoy en día, en cambio, sólo escucho opiniones de vedettes, de cantantes, de futbolistas, de lanzadores de jabalinas… El peso espiritual que un hombre como Miguel de Unamuno pudo haber tenido en España, o el de Camus y Sartre durante su famosa polémica de los ’50 en Francia eran decisivos. Ese tipo de relación entre intelectual y sociedad ya no existe.

29/05/11 Tiempo Argentino
 


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Un escritor en la noche

El notable narrador acaba de publicar un nuevo volumen de cuentos: El espejo que tiembla, que se interna en el territorio de lo fantástico. Habló conViva sobre su escritura, su pasión por la noche, San Pedro y las polémicas literarias de las que prefiere tomar distancia.

Entrevista por Irene Amuchástegui, Clarín, 30/10/05, iamuchastegui@clarin.com

Un tablero de ajedrez listo para comenzar la partida y el noticiero vespertino del Canal 26 conforman el paisaje desde el sillón de Abelardo Castillo. Cuando anochece en Balvanera empiezan a correr las horas favoritas de este noctámbulo conspicuo y porteño renegado. Su nacimiento en San Pedro es una impostura
que él ventila con una graciosa disposición a desmentir su propio mito, las afirmaciones de 12.700 sitios de Internet y todas las solapas de sus libros. Nació en Palermo, precisa, y vivió en Caballito hasta los ocho años, pero se reivindica sampedrino por derecho de sangre y temperamento: "Mis padres lo son, yo nací en
Buenos Aires y llegué con mi padre a San Pedro a los 10 años. Ahí me encontré con el lugar de mi nacimiento, aunque a posteriori ."

En cuanto a su nocturnidad, aclara que no ha llegado al extremo de Proust, que se acostaba metódicamente a las once de la mañana. "Es cierto que prefiero escribir de noche. Las ideas y la tranquilidad me ocurren de noche –admite–. Esto viene desde muy lejos: debe ser que nací de noche y tengo los ciclos más o menos cambiados. Me gusta ver cosas que suceden de día: partidos de fútbol, la Copa Davis... Pero prefiero recorrer Buenos Aires de noche: es cuando yo juzgo que la ciudad se ve mejor, mucho mas nítida".

¿En qué aspectos la oscuridad la vuelve más visible?

De día no ves la ciudad, ves a la gente. Yo viví durante mucho tiempo en Pueyrredón, entre Corrientes y Lavalle, y no recuerdo haber visto una sola casa en esa zona. Sí gente, que da la impresión de venir siempre en contra tuyo, como si fuera una manifestación que viene decididamente en contra de vos, y no hay tiempo ni de mirar las caras: estás muy ocupado en que no te pasen por encima, en no chocar a una anciana o pisar a un niño. En cambio de noche, solo, recorriendo los barrios te podés llevar sorpresas. Aparece una Buenos Aires real porque se puede ver hasta el trazado de la ciudad: lo sinuoso de ciertas calles únicamente se aprecia siguiendo la fila de los faroles de alumbrado. En invierno o en otoño, cuando la calle está mojada por la lluvia o por la humedad, es como si Buenos Aires brillara, pero eso no se advierte durante el día.

Su descripción de la Buenos Aires real es fantástica.

Justamente: es una Buenos Aires real envuelta en una capa fantástica que le da la noche. Pero es real, porque ves a los verdaderos pordioseros, a la gente que duerme en la calle, a las violeteras, a los locos, seguramente te cruzás en algún momento con algún suicida o con algún ladrón, si es que ese ladrón no viene directamente hacia vos.

Desde detrás de una puerta llega el rumor de la voz de su esposa, la escritora Sylvia Iparaguirre, hablando por teléfono. "Ahora es casi más conocida que yo", exagera Castillo. "La conocí en 1969. Fue en una clase de la facultad. Ellos estaban estudiando estructuralismo. Me llamaron para hacer un análisis comparando un personaje mío y el personaje de la Maga de Julio Cortázar. Era un grupo de estudiantes que ya habían rendido unas cuantas materias, pero cuya ignorancia de lo que yo entendía por literatura era asombrosa. Entre ellos estaba Sylvia, que me fascinó inmediatamente. Entonces organicé (forcé, en realidad) una especie de taller literario con la esperanza y con el único fin de que Silvia asistiera. Una vez que empezó a funcionar y pude conversar directamente con ella, el taller quedó reducido a una sola persona, que era Sylvia."

Elogio de la postergación


Abelardo Castillo -  Fuente: Canal Encuentro

En setiembre, Castillo presentó El espejo que tiembla , que reúne once relatos, después de trece años sin publicar un libro de cuentos. "Hay una especie de demora, de indecisión que no es característica de este libro sino de mi literatura en general. Hasta diría que en los términos en los que yo suelo plantearme la escritura, éste fue un libro bastante veloz: llevó cinco años. La última novela que publiqué, El evangelio según van Hutten , desde la primera palabra hasta la última también llevó cinco años. Pero Crónicas de un iniciado la empecé a escribir en el 61 y la publique en el 91. Me gusta demorar las cosas, creo que hay en la postergación una cualidad casi metafísica de la espera, que es la que te hace sentir en algún sentido inmortal. Al poner un proyecto en el futuro, cambia tu relación con el tiempo. Es decir: no se te termina el tiempo mañana o pasado, sino "en algún momento". Es una relación que siempre he tenido con el mundo. Por eso también me elegí sampedrino, porque los tiempos del río son distintos de los de Buenos Aires.
Acá uno dice: "Te encuentro mañana a las siete en tal lado". En San Pedro se dice: "Bueno, nos vemos mañana...", pero no se dice ni dónde ni a qué hora: en alguna parte lo vas a ver, no es tan difícil encontrar a una persona en San Pedro. Será en el Club Náutico o será en el Bar Butti, en tu propia casa o en la casa
del otro, pero ese "nos vemos mañana" abarca un período larguísimo, y mi relación con la literatura está hecha de ese tiempo.

¿La edad no fue modificando ese tipo de relación con el futuro, tanto en la literatura como en su vida en general?

Se fue modificando en términos de realidad, pero no para mí internamente. Cuando estoy escribiendo un texto, lo planeo como si fuera eterno. Pero hay ejemplos bastante ilustrativos de esto, que son los irrefutables porque pertenecen a nombres irrefutables: a los setenta años, más o menos, Thomas Mann empieza a escribir Doctor Fausto , su novela clave. Para empezar a escribir a los setenta Doctor Fausto , hay que sentirse inmortal. Y hoy hablábamos de Proust: él siguió escribiendo En busca del tiempo perdido , estaba al borde de la muerte y seguía.

¿Cómo transcurre el impasse entre un libro del que se desprende y el comienzo de otro?

Tiendo a no terminar nunca un libro sin tener otro a medio hacer, o algunos cuentos en el cajón. Claro que mientras más intensa haya sido la escritura, más lento resulta el trance de desembarazarte de un libro. Y
eso no tiene nada que ver con la extensión, ni siquiera con la calidad. Huxley decía que da tanto trabajo escribir un gran libro como uno pésimo. Podés poner toda tu alma en un libro, y que ese libro sea malo.
Y de pronto un libro que has escrito casi sin darte cuenta será aquel que te represente.

Alguien tan reconocido como usted, ¿qué percepción valorativa tiene de su propia obra?


Artículo de Abelardo Castillo en la "Revista de la Liberación", año 1, Nº 1, primer trimestre de 1963, sobre la situación del escritor argentino. La revista (solo salieron 3 números) era dirigida por José Speroni y Ricardo Piglia oficiaba de secretario de redacción. Clic para descargar.

Ante todo, el giro "tan reconocido" no lo puedo medir. Yo no me siento "tan reconocido". Eso no quiere decir que me sienta insuficientemente reconocido, ¡no!, sino sencillamente que no lo advierto para nada. Siempre me asombra y me seguirá asombrando que alguien me haya leído.

Pero no dejará de advertir el volumen de sus ventas, ni su influencia sobre escritores de nuevas generaciones.

Me doy cuenta cuando se reedita un libro, cuando se hace una monografía sobre mi obra en una universidad o cuando de pronto algún escritor que yo admiro me cita con adjetivos, por así decirlo, deslumbrados. Eso me hace sentir que algún lugar debo ocupar en la literatura argentina, pero no es un problema que me preocupe. En cuanto a los escritores más jóvenes, cuando uno busca en los otros la influencia que ha tenido, naturalmente, lo que encuentra casi inexorablemente son los propios defectos. Hace años Sabato dijo algo que había dicho Quintiliano hablando de Séneca: Sabato decía que a Arlt se lo admira por sus defectos. En general eso es cierto. Durante muchos años hemos admirado de Cortázar
su habilidad verbal y su humor, que a veces eran sus defectos. Hemos admirado la erudición de Borges, que probablemente sea su defecto como escritor imaginativo. Tal vez ese Arlt feroz y bárbaro al que todos admiramos no sea el esencial, porque el Arlt esencial es el que escribía muy bien. Pero volviendo a la influencia sobre otros escritores: yo a veces me he encontrado con giros o con textos que me hacen acordar a mí mismo y eso me eriza los pelos de la nuca, porque lo primero que siento es: esto está muy
mal. Pero muy mal en mí, no en el que lo copia.

A propósito del lugar de unos y otros en la literatura argentina, es un debate que involucra a Piglia, Aira, Viñas, por citar algunos nombres, y que alcanza en la revisión a Borges, Arlt, Cortázar. ¿A usted le resulta indiferente?

Yo vengo de una generación, la del 60, que polemizaba mucho, pero sobre cuestiones esenciales, que no tenían que ver directamente con la lieratura: la literatura tenía que ver con esas cuestiones esenciales, que es totalmente distinto. Cuando Camus y Sartre polemizaron, no estaban polemizando sobre literatura, sino sobre problemas históricos, ideológicos, políticos. Yo estoy acostumbrado a ese tipo de debate, por eso el otro no me interesa. Lo que me preocupa en la literatura es otra cosa, no el lugar que ocupo… Puede preocuparme, a lo sumo, el lugar que otro escritor ocupa, o el lugar que ya no ocupa y que debería ocupar.
Puede preocuparme, por ejemplo, el olvido en el que hoy se tiene a Manauta, a Kordon o a Benito Lynch. Me puede preocupar eso, pero ni siquiera me inquieta el lugar preminente que ocupan escritores a los que considero menores: que lo ocupen, dentro de cien años años se sabrá cual era el verdadero lugar de cada
uno. Y entonces, ni los que ahora discuten ni nosotros estaremos acá.

¿Por qué se desconoce casi toda su obra como poeta?

Sigo escribiendo poemas. Empecé cuando tenía 15 o 16 años. Me había hecho una especie de script de vida que no llegaba más allá de los 23. Pensaba morirme, dejar una obra poética terminada y que todos pensaran: ¡Qué muchacho talentoso hemos perdido! Cuando descubrí que no era el poeta que aspiraba a ser, tuve que asumir la prosa y la longevidad. Pero tengo un libro de poemas inédito que se llama La fiesta secreta : es algo que hago para mí, no necesito publicarlo.

¿Considera la posibilidad de publicarlo?

Considero la posibilidad. Pero como también considero la posibilidad de morirme sin publicarlo, sospecho que en algún momento se editará: no hay más que ver cómo se termina publicando la obra de los escritores muertos, en la Argentina. La obra de Borges, que uno consideraba limitada y lacónica, se ha transformado en una de las más vastas de la literatura en lengua castellana... Así que, cualquiera que tenga un libro en un cajón, que no pierda las esperanzas.

 


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"Tus personajes son como tus parientes"

Entrevista por Angel Berlanga sobre "El espejo que tiembla" (2005)

"A los 70 me permití que predominaran los cuentos fantásticos", dice Castillo, que habla de lo real, lo ficticio, lo soñado, el tiempo, los hijos y los padres. De literatura, en síntesis.

Abelardo Castillo. Nació en San Pedro, pero no tanto.

Parece contento Abelardo Castillo, aunque diga que en cierta forma ya vive como una carencia la publicación de El espejo que tiembla, el volumen de cuentos largamente anunciado, el quinto eslabón de la serie Los mundos reales. Lo real: ¿no dice, en la primera línea de la solapa de sus libros, desde hace décadas y miles de ejemplares, que nació en San Pedro? El hombre cuenta, en su casa de altos de la calle Hipólito Yrigoyen, que en realidad nació en Buenos Aires y que a los ocho años, cuando sus padres se separaron, se fue a su ciudad natal, a orillas del Paraná, en la que siente haber nacido. Acaso el dato, que desliza sin énfasis particulares, tenga que ver con la presencia en estos relatos de calles y barrios y atmósferas del sitio donde realmente nació. "Es como si hubiera vuelto al mundo de mi infancia", dice Castillo, y echa humo de tabaco de pipa, y recuerda que cuando era muy chico ya disfrutaba con irse, los martes a la tarde, desde su casa en Terrero y Gaona hasta una librería de Caballito, a comprar la revista del Pato Donald. "Y no la abría hasta volver, y a veces me iba hasta la Plaza Irlanda sin mirarla. Ese trayecto entre la librería y la plaza, o mi casa, era como un modo de la eternidad", dice, y la historia resulta una raíz bastante lejana del placer que le da dilatar la aparición de sus libros.
Los personajes –hombres, mujeres, fantasmas, sombras– que habitan los once cuentos de El espejo que tiembla viven extrañas bifurcaciones y confluencias que, luego, o antes, pueden desembocar en el abandono, la muerte, la pesadilla o el horror, la concreción de sueños, reales o imaginados. Castillo ya había anticipado que en este libro predominarían los relatos fantásticos y que, de alguna forma, se estaba permitiendo una libertad que "el compromiso" de décadas pasadas juzgaba "impertinente". Más allá de géneros: no puede alejarse aquí del fabuloso manejo de los tiempos, de la singular forma en la que hace hablar a sus criaturas, de la fluidez con la que se instalan el humor o la amargura, lo patético o lo encantador, sin que se tenga la sensación de que esos adjetivos no dicen demasiado frente a lo que realmente pasa al leerlo. Sobre el implantamiento de una lógica regida por un "deber ser" que parece inconmovible, el narrador superpone otra que tuerce, desmiente, prueba que ese "deber ser" no es tal y que tampoco es tan rígido.

–En abril del año pasado decía que el libro saldría en octubre; en enero, que iba a salir en marzo. ¿Qué pasó?
–En octubre lo tenía listo, pero en la editorial decidieron que sería mejor sacarlo este año. Y todavía no estaba decidido el orden de los cuentos. Después quedamos en que saldría para la fecha de mi cumpleaños, en marzo, pero ahí surgió lo imprevisible: el arreglo entre Ballcels, la agencia de España, y la editorial, porque para publicar este libro había que renovar el contrato de toda la obra. Ahí empezaron las conversaciones, que ignoro totalmente. Mientras saqué algún cuento, lo cambié por otro, lo organicé de otra manera. En algún sentido me divertí bastante, porque es la parte de la literatura que más me gusta: corregir. Y, sobre todo, dilatar. Nunca me preocupó dilatar nada: ni un viaje, ni un encuentro, ni un libro. Tener un proyecto que se alarga es como sentirse inmortal.
–Es una postura que anda bastante a contramano de estos tiempos.
–Creo que sí: mis tiempos no coinciden en general con los de la gente. Vivo prácticamente de noche. Y aunque nací en Buenos Aires, me crié en San Pedro, pueblo de río, chico, donde el tiempo fluye de otro modo.
–Más allá de las alusiones a Buenos Aires, hay también una fuerte presencia de lo fantástico. ¿Por qué diría que estos dos elementos predominan ahora en sus relatos?
–San Pedro sólo aparece nombrado en el cuento donde el tipo se encuentra con Poe en una especie de sueño; es cierto, hay una presencia mayor de Buenos Aires, con calles y lugares. En cuanto a lo fantástico, es como una deuda que viene desde los ’60 que me he pagado a mí mismo. Para mi generación escribir cuentos fantásticos producía mala conciencia, porque se suponía que había que ser realista, coloquial, politizado, "comprometido". Aunque desde mis primeros tiempos fui publicando algunos, siempre tuve pudor por mis cuentos fantásticos: era como hacerle demasiada concesión a lo intimista. Así que fui acumulándolos. Diría que, a la inversa de Borges, que a los 70 años dijo que había aprendido a contar historias realistas sin tanta retórica –él nota casi con asombro el predominio de lo realista en El informe de Brodie–, yo sentí que a los 70, con algún dominio del oficio, ya podía volver a contar historias fantásticas.
–¿Usted no recomendaba, en su decálogo sobre la escritura de cuentos, que se evitara hacer ficción con los sueños?
–En realidad decía que no hay nada más aburrido que escuchar que te cuenten un sueño, igual que zamparle a otro lo que uno soñó. En La calle Victoria, el personaje más joven le dice al otro, que tiene mi edad: "Yo no sueño, tu generación soñaba, y así le fue, en la vida y en los sueños". El cuento siguiente es Fordham, que es como la historia de un encuentro soñado. Yo soy un gran soñador: los momentos más estupendos de la vida real son los sueños. Por eso mis libros se llaman Los mundos reales, porque concibo que los sueños forman parte de la realidad. Algunos cuentos míos, como Erika de los pájaros o Week end, están literalmente basados en sueños.
–¿Cuándo descubre que tiene un cuento?
–Es muy raro: para mí un cuento nace como una especie de punto en el tiempo y en el espacio, ya terminado. En el momento en que se me ocurre el final tengo resuelto el resto: lo único que tengo que hacer es escribir hacia atrás lo que justifica ese final.
–¿Un ejemplo de "final" de alguno de estos cuentos?
–Aunque parece un cuento totalmente fantástico y disparatado, Noche de epifanía surge de un hecho real que me contaron en San Pedro: un nene de cuatro años le había pedido algo a los reyes y no podían hacerle decir cuál era el pedido. Porque el tipo, con esa lógica abrumadora que tienen los niños, decía por qué iba a contar, si los reyes ya sabían: eran magos, ¿no? En el momento en que recibí la historia el cuento estaba completo, aunque tardé muchos años en escribirlo, cosa que me suele ocurrir. Una vez que lo tengo terminado en la cabeza, no me importa cómo se escribe. Noche de Epifanía es la narración de una nena que ha escrito una carta a pedido de su hermano.
–Ya en Conejo (un cuento anterior) el narrador era un nene. A propósito, ¿por qué no tuvo hijos?
–Desde muy joven sentí que no iba a tenerlos, lo cual me llevó a grandes conversaciones con Sylvia (Iparraguirre, su compañera). Después, dada mi edad, tampoco hubiera querido tener un hijo al que le llevara, cronológicamente, demasiado tiempo. Pero probablemente tenga que ver con mi historia personal: soy hijo de un matrimonio separado. Conejo, por cierto, es prácticamente uno de mis pocos relatos autobiográficos: mis padres se separaron y yo sentí eso como un abandono. Sin duda eso fue traumático, sobre todo para la época en que ocurrió: hoy es muy común ser hijo de un matrimonio separado, pero en los años ’40... Recuerdo una frase que me marcó mucho cuando tendría ocho o nueve años: iba caminando por Terrero y oí que un chico decía "éste es al que se le fue la vieja". También diría que no lo viví con dramatismo: para mí fue como una recuperación de la libertad. Decirlo así puede dar la impresión de frialdad o desdén, pero no me llevaba bien con mi madre, que tenía un carácter muy fuerte, y sí, en cambio, con mi padre, que era mucho más apacible. Mi tía, por otra parte, fue como una madre sustituta.
–Es un tema que también aparece en sus relatos.
–De alguna manera me debe haber marcado, porque en muchos cuentos, y en las novelas también, la figura de la madre es esencial, para bien o para mal. Probablemente del fracaso matrimonial de mi padre heredé la enorme responsabilidad que implica tener un hijo. Diría que siempre tuve hasta miedo de tenerlos. Al mismo tiempo eso da una mirada hacia los de mis contemporáneos, de mis amigos, casi paternal: siempre me he llevado muy bien con los chicos y con los jóvenes. A lo mejor hubiera sido un padre pésimo, totalmente absorbente, con terror a que le pasara algo, sobreprotector. Lo sé por mi gato, que cuando se sube al balcón me da vértigo; los gatos no suelen caerse de los balcones, pero a mí me produce un enorme sentido de protección. Y entonces siempre pensé que de haber tenido un hijo únicamente me hubiera dedicado a ser padre, y tal vez no hubiera escrito una línea.
–¿Qué le dio y qué le sacó la literatura? Sobre todo qué le sacó, porque lo que le dio parece más claro.
–Y, la literatura saca muchas cosas. En lo económico, sin duda... No vivo como un hombre pobre, pero lo fui durante mucho tiempo. Elegir la literatura es elegir la carencia. Es una elección que hace que a veces haya que deponer, sin demasiado conflicto, una cantidad de cosas referidas a las relaciones afectivas; no digo que elegí entre la literatura y la paternidad, pero de alguna forma siempre sentí que eran incompatibles en mí. Ese tipo de carencias, que están dentro de un mundo imaginario, a veces me hace pensar todo lo que podría haber sido si no me hubiera dedicado únicamente a escribir libros. Instalar un mundo imaginario como uno real es, de hecho, una carencia, porque no creo que alguien que tiene, o cree tener, todo lo que le hace falta como ser humano, se ponga a inventar mundos de ficción: le basta con la realidad. Y lo que me dio la literatura es poder salir, también, de esa zona de carencia y de angustia. Hay un momento en que tus personajes llegan a ser tus parientes más cercanos. Y hasta también, como dicen los escritores puerilmente, pero no es tan falso, tus hijos: recuerdo que Marechal decía que sus hijos verdaderos eran sus libros.

Página|12, septiembre 2005  |  La imagen pertenece al artista Ricardo Ajler
 


Ciudadano ilustre

Mediante un proyecto de Ley, el Senado y la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires sancionaron la declaración de ciudadano ilustre al escritor sampedrino Abelardo Castillo, por su destacada y prolífica actuación en el ámbito de la cultura.

FUNDAMENTOS

Abelardo Castillo nació en Buenos Aires, en 1935, y enseguida su familia se trasladó a la localidad de San Pedro, en la Provincia de Buenos Aires. Será por eso que desde siempre eligió identificarse como “sampedrino” y es en esa ciudad donde reside en la actualidad.

Castillo es uno de los escritores nacionales más importantes, abordando a lo largo de su carrera todos los géneros: poesía, ensayo, cuento, novela y este año publicó sus memorias en forma de Diarios.

Comenzó a escribir a los 12 años, se formó bajo la influencia de Jean-Paul Sartre y de Albert Camus. Su obra literaria responde a intereses variados y a su propia vida. Desde muy chico, leía con voracidad y alcanzó un reconocimiento considerable cuando aún no había cumplido los 30 años. Junto a otros prestigiosos escritores fundó la revista de literatura El Grillo de Papel, de la que llegaron a aparecer seis números, ya que el gobierno de Arturo Frondizi prohibió la publicación por su adscripción al pensamiento de izquierda y, singularmente, a la lectura del marxismo desarrollada por Jean-Paul Sartre.

En 1961 fundó y dirigió, conjuntamente con Liliana Heker, El Escarabajo de Oro. Esta revista -editada hasta el año 1974- apuntó a una fuerte proyección latinoamericana y fue considerada una de las más representativas de la generación del 60. Formaron parte de su Consejo de Colaboradores: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Juan Goytisolo, Félix Grande, Ernesto Sábato, Roberto Fernández Retamar, Beatriz Guido, Dalmiro Sáenz, entre otros. Allí publicaron por primera vez sus textos Liliana Heker, Ricardo Piglia, Humberto Constantini, Miguel Briante, Jorge Asís, Alejandra Pizarnik y Haroldo Conti. A fines del mismo año, la Editorial Goyanarte de Buenos Aires publicó su libro de cuentos "Las otras puertas" que mereció el premio Casa de las Américas, otorgado por Cuba.

Por otra parte, una conocida editorial porteña, publicó su tragedia "El otro Judas", con la que obtuvo el premio Gaceta Literaria. Dicha obra consistió en una reinterpretación de las Sagradas Escrituras en la que el accionar del célebre apóstol obedecía a la lealtad y no a la traición. Se estrenó en el Teatro “Los Independientes” con dirección de Onofre Lovero. Sobre la misma, ha explicado Castillo que la suya, fue la primera obra de teatro que vio sobre un escenario, ya que su relación con el teatro era casi inexistente, porque la localidad de San Pedro no contaba con salas ni recibía compañías teatrales. Más adelante, esta obra representó a la Argentina en los Festivales Mundiales de Teatro Universitario de Varsovia y Cracovia, y obtuvo el Primer Premio y el Gran Premio. No obstante, Abelardo Castillo incursionó una vez más con este género y en el año 1963 su obra "Israfel" recibió el Primer Premio Internacional de Autores Dramáticos Latinoamericanos Contemporáneos del Institute International du Theatre, UNESCO, París.

Entre 1977 y 1987 dirigió la revista El Ornitorrinco, la primera y más importante revista de la resistencia cultural durante los años de la dictadura. Allí se publicó el primer reclamo de las Madres de Plaza de Mayo por sus hijos y se habló del silenciado Premio Nobel de la Paz entregado a Adolfo Pérez Esquivel.

Su obra se completa con “Cuentos crueles”, “Las panteras y el templo”, “El que tiene sed”, “Las palabras y los días”, “Crónica de un iniciado”, “Las maquinarias de la noche”, “Ser escritor”, “El oficio de mentir”, “El evangelio según Van Hutten”, “El espejo que tiembla” y “Desconsideraciones”.

Traducida a catorce idiomas, toda su producción literaria ejerce una clara influencia en autores de promociones más tardías. “El espejo que tiembla” obtuvo el Premio José María Arguedas (La Habana, 2007). En 2011, le fue otorgado el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.

Por último, en el 2014 acaba de publicar sus “Diarios”, cuyo primer volumen abarca desde 1954 hasta 1991 y refleja sus años de formación solitaria que pueden leerse como una verdadera novela de iniciación, su pasión por la música y el ajedrez, sus relaciones amorosas, el conflictivo vínculo con el alcohol, los claroscuros de su amistad con Ernesto Sábato, los encuentros con Borges y Cortázar, su labor al frente de las revistas culturales que encabezó, así como la génesis y fragmentos inéditos de sus novelas “Crónica de un iniciado” y “El que tiene sed”, así como de un gran número de sus cuentos y ensayos. La publicación de los Diarios de Abelardo Castillo constituye un verdadero acontecimiento editorial, sobre todo en el marco de una literatura argentina en la que no abundan ni diarios ni epistolarios ni autobiografías. Desde 1954 hasta 1991 pueden seguirse los pasos de un aprendizaje intelectual y emotivo muy personal; también los avatares de una trama cultural que encuentra un momento crucial en los años 60 y un punto de resistencia durante la dictadura, a través de las distintas revistas que, como proyectos grupales, Castillo supo encabezar. Los Diarios, cuya publicación constituye sin duda un acontecimiento literario y editorial, iluminan y complementan la obra de este escritor fundamental, aportan valiosas reflexiones sobre la literatura, el arte y el proceso creativo, y dan cuenta de gran parte de la vida cultural argentina de la segunda mitad del siglo XX.

En alguna oportunidad dijo Abelardo Castillo: …”yo creo que la literatura debe pasar siempre por el cuerpo, del mismo modo que el amor, la amistad y la libertad. Está bien que se escriban libros, y que uno mismo los escriba, pero no se aprende nada en un libro que no se encuentre en vos previamente”. Estamos ante un escritor que pese a haber sido multipremiado conserva una gran humildad. Su vida es un ejemplo de coherencia y lealtad con sus criterios literarios y políticos y es por esas razones que solicitamos declararlo ciudadano ilustre de nuestra Provincia.


Septiembre 2015

Las panteras y el templo

Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme.
Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella historia del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no estaba allí, llamándome desde la pared con un grito negro, desafiándome a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía, justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada), y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la historia original. Inútilmente, traté de reescribirla. Como si alguien me hubiese robado las palabras, era incapaz de de narrar la sigilosa inmovilidad de la luna en la ventana, el trunco dibujo del hacha ahora detenida en el aire, el pelo de la mujer dormida, los párpados del hombre abiertos en la oscuridad, su odio tumultuoso paralizado de pronto y transformándose en un odio sutil, triunfal, mucho más atroz por cuanto aplacaba, al mismo tiempo, al amor y a la venganza.
Me sentí incapaz, durante días, de hacer algo con aquello. Una tarde, mientras hojeaba por distraerme un libro de cacerías, vi el grabado de una pantera. Las panteras irrumpen en el templo, pensé absurdamente. Más que pensarlo, casi lo oí. Era el comienzo de una frase en alemán que yo había leído hacía muchos años, ya no recordaba quién la había escrito, ni comprendí por qué me llenaba de una salvaje felicidad. Entonces sentí como si una corriente eléctrica me atravesara el cuerpo, una idea, súbita y deslumbrante como un relámpago de locura. No sé en qué momento salí a la calle; sé que esa misma noche yo estaba en este cuarto mirando fascinado el hacha. Después, lentamente la descolgué. No era del todo como yo la había imaginado: se parece más a un hacha de guerra del siglo XIV, es algo así como una pequeña hacha vikinga con tientos en la empañadura y hoja negra. Mi mujer se había reído con ternura al verla, yo nunca me resignaría a abandonar la infancia. El día siguiente fue como cualquier otro. No recuerdo ningún acontecimiento extraño o anormal hasta mucho después. Una noche, al acostarse, mi mujer me miró con preocupación. "Estás cansado", me dijo, "no te quedes despierto hasta muy tarde." Respondí que no estaba cansado, dije algo que la hizo sonreír acerca del fuego pálido de su pelo, le besé la frente y me encerré en mi escritorio. Aquélla fue la primera noche que recuerdo haber realizado la ceremonia del hacha. Traté de engañarme, me dije que al descolgarla y cruzar con pasos de ladrón las habitaciones de mi propia casa, sólo quería (es ridículo que lo escriba) experimentar yo mismo las sensaciones (el odio, el terror, la angustia) de un hombre puesto a asesinar a su mujer. Un hombre puesto. La palabra es horriblemente precisa, sólo que ¿puesto por quién? Como mandado por una voluntad ajena y demencial me transformé en el fantasma de una invención mía. Siempre lo temí, por otra parte. De algún modo, siempre supe que ellas acechan y que uno no puede conjurarlas sin castigo, las panteras, que cualquier día entran y profanan los cálices. Desde que mi mano acarició por primera vez el áspero y cálido correaje de su empuñadura, supe que la realidad comenzaba a ceder, que inexorablemente me deslizaba, como por una grieta, a una especie de universo paralelo, al mundo de los zombies que porque alguien los sueña se abandonan una noche al caos y deben descolgar un hacha. El creador organiza un universo. Cuando ese universo se arma contra él, las panteras han entrado en el templo. Todavía soy yo, todavía me aferro a estas palabras que no pueden explicar nada, porque quién es capaz de sospechar siquiera lo que fue aquello, aquel arrastrarse centímetro a centímetro en la oscuridad, casi sin avanzar, oyendo el propio pulso como un tambor sordo en el silencio de la casa, oyendo una respiración sosegada que de pronto se altera por cualquier motivo, oyendo el crujir de las sábanas como un estallido sólo porque ella, mi mujer que duerme y a la que yo arrastrándome me acerco, se ha movido en sueños. Siento entonces todo el ciego espanto, todo el callado pavor que es capaz de soportar un hombre sin perder la razón, sin echarse a dar gritos en la oscuridad. Acabo de escribirlo: todo el miedo de que es capaz un hombre a oscuras, en silencio.
Creí o simulé creer que después de aquel juego disparatado podría terminar mi historia. Esa mañana no me atreví a mirar los ojos de mi mujer y tuve la dulce y paradojal esperanza de haber estado loco la noche anterior. Durante el día no sucedió nada; sin embargo, a medida que pasaban las horas, me fue ganando un temor creciente, vago al principio pero más poderoso a medida que caía la tarde: el miedo a repetir la experiencia. No la repetí aquella noche, ni a la noche siguiente. No la hubiese repetido nunca de no haber dado por casualidad (o acaso la busqué días enteros en mi biblioteca, o acaso quería encontrarla por azar en la página abierta de un libro) con una traducción de aquel oscuro símbolo alemán. Leopardos irrumpen en el templo, leí, y beben hasta vaciar los cántaros de sacrificio: esto se repite siempre, finalmente es posible preverlo y se convierte en parte de la ceremonia.
Hace muchos años de esto, he olvidado cuántos. No me resistí: descolgué casi con alegría el hacha, me arrodillé sobre la alfombra y emprendí, a rastras, la marcha en la oscuridad.
Y sin embargo sé que algún día cometeré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano. Cada noche es mayor el tiempo que me quedo allí hipnotizado por el esplendor de su pelo, de rodillas junto a la cama. Sé que algún día ella abrirá los ojos. Sé que la luna me alumbrará la cara.

[Foto: Alejandra López]

Muchacha de otra parte

Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como de desagrado, como suelen mirar las mujeres muy jóvenes cuando el tipo que está con ellas y al que acaban de conocer dice alguna estupidez. La edad, más tarde, les enseña a disimular estos pequeños gestos helados, estas barreras de desdén, de ahí que asienten, consienten y a la larga hasta nos estiman, cuando lo que de veras sucede es que han crecido y ya no esperan demasiado del varón. Lo que estoy contando sucedió hace quince años, en otoño. Sé que era otoño porque la encontré en Parque Lezica y una de las primeras cosas que dijo fue que el camino del puente siempre está cubierto de hojas, como este sendero de la plaza. Le pregunté qué puente, y ella me lo describió. Al bajar del tren, tomando a la derecha, hay un camino con una doble hilera de plátanos, en seguida está el puente de madera. Después habló de los médanos. Yo no le presté mucha atención. Estaba considerando seriamente si esa chica me gustaba o no, lo que sólo podía significar que no me gustaba, cosa que (hoy lo sé) era realmente la peor manera de empezar una historia de amor. No hay más que ir descubriendo virtudes, transparencias, hermosuras parciales en una mujer, para que esa mujer se transforme en una fatalidad. Ya he cumplido cincuenta años; ella, hoy, no tendría más de treinta. Con esto quiero decir que la noche del parque andaría por los dieciséis, aunque no sé por qué escribo que hoy no "tendría". Tal vez porque sólo la concibo como era entonces, una adolescente un poco demasiado intensa para mi gusto, más bien sombría, alta, de pelo muy negro y piernas delgadas. No había nada en su rostro, salvo quizá la nariz, que llamara mucho la atención. Tenía eso que suele describirse como una nariz imperiosa. Sus ojos, vistos de frente, no eran grandes ni de uno de esos colores hipnóticos e inhallables como el malva, por ejemplo, ni siquiera verdes. Vivió a mi alrededor durante dos años y no tengo ningún recuerdo sobre el color de sus ojos. Tal vez fueran pardos, aunque podían virar a un tono más oscuro que los volvía casi negros. O acaso esta impresión la daban sus pestañas, y por eso he dicho que sus ojos, vistos de frente, no tenían nada de particular. Vistos de perfil, en cambio, era asombrosos. Y ésta fue la primera belleza parcial que descubrí en ella. La segunda, fue el pie. No hay en todo el arte gótico un modelo adecuado para un pie desnudo como el que se me reveló esa misma noche en uno de los hoteles de las cercanías del parque. Imagino que alguien estará pensando que, si ella tenía dieciséis años, su aspecto no debía ser muy infantil, o no la hubieran dejado entrar en un hotel conmigo. Lo cierto es que nunca supe su edad real, parecía de dieciséis. Y nunca dejó de parecerlo. Claro que a esa edad crecer uno o dos años es lo mismo que crecer un día, así que no tenía por qué cambiar demasiado, aunque ya hace mucho tiempo que empecé a preguntarme si su primera confesión de esa noche (no soy de acá) no significaba algo distinto de lo que yo imaginé. Hay otros mundos, es cierto. Son tan reales como éste; y no diré ninguna novedad si aseguro que están en éste.
En cuanto al hotel, requiere alguna explicación. En esa época las mujeres usaban aquellos bolsos enormes, tipo mochila. Nunca supe que metían ahí adentro; pero era como si se desplazaran por Buenos Aires con la casa encima, como los caracoles. Lo increíble solía ser su peso. Y bastaría reflexionar un segundo sobre el peso de aquellos bolsos de Pandora y sobre la cantidad de cuadras que eran capaces de caminar llevándolos a cuestas, para dudar seriamente de la fragilidad física de las mujeres, al menos de las de mi tiempo. Si no fuera por la cara que tenés, te propondría ir a dormir a un hotel, le había dicho. No creo haber pronunciado en mi vida una frase tan directa ni con menos intención de ser tomada en serio. Ella me miró, frunciendo las cejas, como si considerase el aspecto práctico del problema. Estábamos sentados en un banco del parque; ahí mismo abrió su bolso, sacó unos anteojos negros, sacó una impresionante capelina de paja, la restituyó a su forma original con dos o tres toques parecidos a pases magnéticos, sacó unas sandalias doradas de taco más que mediano, que cambió rápidamente por sus zapatillas de tenis y sus medias de jugador de fútbol, se puso la capelina y me dijo: "Vamos." El poder mimético de las mujeres no es un descubrimiento mío. Con poseer dos o tres atributos básicos, cualquier chica que ordeña vacas puede transformarse en condesa, si la visten adecuadamente; y la historia del mundo prueba que esto ocurre a cada momento. Un minuto antes, yo tenía sentada a mi lado a una adolescente de pantalones bombachudos, chiripá y zapatillas de delincuente juvenil; ahora tenía, de pie frente a mí, a una altísima joven de babuchas más o menos orientales, capelina, chal sobre los hombros y anteojos negros. Una actriz de cine dispuesta a no revelar su identidad o una princesa de la casa de Mónaco viajando de incógnito por la Argentina. En la media luz violeta de la conserjería del hotel, era realmente un espectáculo sobrecogedor. Acaso aún parecía algo joven; pero nadie en el mundo se hubiera atrevido a importunarla preguntándole la edad. De más está decir que a estas alturas el bolso faraónico lo cargaba yo. Ella levaba en la mano una carterita, que luego resultó ser de útiles relativamente escolares y que podía pasar por ese otro tipo de objetos misteriosos, por lo liliputenses, que las mujeres llevan a las fiestas y que acaso contienen un pañuelito de diez centímetros cuadrados, un geniol, una estampilla. Subimos y caí extenuado sobre la cama, a causa de la mochila. Y ahora tal vez debo decir que he visto desnudarse a algunas mujeres. No tantas como me gustaría hacerle creer a la gente; pero he visto a algunas. Nunca vi a ninguna que se desnudara, por primera vez, como ella. Ni artificio ni cálculo ni erotismo: se desvistió como una chica que se va a pegar un baño, cosa que por otra parte hizo. Cuando por fin se acercó a la cama, envuelta en un toallón, yo dije la segunda de las muchas estupideces que iba a decirle en mi vida. Le pregunté cuántas veces había practicado el número transformista de las sandalias, los anteojos y la capelina. No recuerdo si habló; recuerdo que abrió los ojos y se llevó las manos al pecho, como si se ahogara. Las pupilas le brillaban en la oscuridad como las de un animal aterrorizado. En más de una ocasión sospeché que estaba algo loca o que no era del todo real; esa noche fue la primera. Calmarla me llevó mucho tiempo; acostarme con ella, también. Más tarde le pregunté por qué había aceptado venir. "Por el modo en que me lo pediste", dijo sonriendo. Lo que pasó esa noche, lo que pasó hasta la madrugada de ese día y de otros días, prefiero no recordarlo con palabras. Lo que una mujer hace con un hombre, cualquier mujer lo ha hecho y lo hará con cualquier hombre. Sólo los imbéciles creen que esa fatalidad es la pobreza del amor, no saben que ahí reside su eternidad, su linaje, su misterio. Tal vez no todas las mujeres murmuran casi con odio no soy de acá, no soy de acá, cuando el sexo las pierde en esa región que sólo ellas conocen; pero digan o callen lo que quieran, cualquier hombre ha sentido que cuando por fin todo termina parecen volver de otro lugar. Ella, a veces, me lo describía. Hay allá la cúpula de una pequeña iglesia, que se ve entre los árboles si uno se detiene en el sitio adecuado del puente. Hay a veces un arroyo de aguas traslúcidas entre cuyas piedras nadan pececitos negros, que acaso son pequeños renacuajos, aunque a ella esa idea le resultara desoladora. Otras veces no había arroyo, y sí largas veredas arboladas de moras. Sólo una vez hubo un faro. Esas inesperadas variantes, que al principio me parecían caprichos, distracciones o mentiras, dibujaron con el tiempo un mapa preciso que ahora yo puedo recontruir árbol por árbol, casa por casa, médano por médano. Porque los médanos estaban siempre, en sus palabras y en sus sueños. Como estaba siempre el camino de los plátanos dobles, cubierto de hojas y, al terminar ese camino, el puente de madera desde donde se ve el campanario de la pequeña iglesia. De la primera noche no recuerdo estas cosas, sino de otras noches, en las que volvíamos de un cine de barrio, caminábamos por el puerto y nos despertábamos en mi departamento o en cualquier hotel donde la capelina había sido reemplazada por un vestido rojo de escote escalofriante y los ojos maquillados como un oso panda.
Sé que lo que voy a escribir ahora suena pueril, novelesco, demasiado fácil de ser escrito; pero nunca supe su verdadero nombre. Tampoco supe dónde vivía ni con quién. Con un abuelo muy viejo, me dijo a desgano una tarde en que insistí casi con violencia. El abuelo, por lo menos esa tarde, estaba casi ciego y apenas tenía contacto con la realidad, lo que significaba que ella podía volver a cualquier hora y hasta faltar de la casa uno o dos días, con tal de no dejarlo morir de hambre. Una madrugada le propuse acompañarla. Me preguntó si estaba loco. Qué iba a pensar la tía Amelia si la veían llegar con un hombre que era casi una persona mayor después de haber faltado un día entero a su casa. Esa noche me había hablado del faro; me desperté de golpe y la vi sentada en la cama, mirándome desde muy cerca, con los ojos muy abiertos. "Volví a soñar con el faro", me dijo. Yo dije que no era cierto y la oí gritar por primera vez. "Qué sabés de mí", gritó. "No sabés nada de mí. Volví a soñar con el faro y era el faro al que iba a jugar cuando era chica; ahora ya no está, pero era el mismo faro." Le contesté que no era posible que hubiese vuelto a soñar con un faro, ya que nunca me había hablado antes de ningún faro. Me miró con rencor, después me miró con miedo. Comenzó a vestirse y parecía desconcertada. "No puedo haber soñado con el faro", dijo de pronto. "Lo inventé todo." Ésa fue la madrugada en que le propuse acompañarla y ella me habló de la tía Amelia. Le hice notar que hasta hoy había vivido con su abuelo. Mi miró sin ninguna expresión, o quizá con la misma mirada desdeñosa del primer día. "No voy a volver a verte nunca más", me dijo. Y, por un tiempo, no volvió. Si no hubiera vuelto nunca, tal vez yo ahora no estaría buscando el pueblo que está más allá de la arboleda y el puente. Pero ella volvió. Un día, al llegar a mi departamento, la encontré sentada en mi cama. Miraba fascinada una revista de historietas y estaba comiendo una torta de azúcar negra. Tenía el pelo más largo. Levantó una mano y, sin apartar los ojos de la revista, me saludó moviendo apenas los dedos. No tuve tiempo de asombrarme porque sucedieron dos cosas. Verla ahí, tan irrefutable y casual, me hizo tomar conciencia de que si ella no hubiera vuelto yo no habría tenido manera de encontrarla. La otra, fue algo que dijo. Yo le había preguntado dónde estuviste todo este tiempo, y ella, con distraída alegría ,contestó de inmediato: "En casa." No fueron las palabras, sino el tono con que las pronunció. Supe que no hablaba de la casa del abuelo ciego o de la tía Amelia, admitiendo que existieran. Ni siquiera pensaba la palabra casa en el mismo sentido que yo, en el sentido convencional de objeto para habitar. Había dicho casa como una sirena diría que ha vuelto unos meses al mar. Iba a preguntarle cómo había entrado en mi departamento pero me callé. Desde ese día, aprendí a callarme. Para empezar, me resultaba un poco alarmante admitir que su casa, su casa real, en algún barrio de Buenos Aires, me importara mucho menos que el lugar con el que soñaba y del que me hablaba a veces, como si hablara en sueños, sin poner ninguna atención en que ciertos detalles descriptivos coincidieran o no. En segundo lugar, noté algunas cosas que podría haber notado mucho antes, lo que de paso agravó mi temor retrospectivo, el miedo inesperado de lo que podría faltarme si ella no hubiera vuelto. Me di cuenta, por ejemplo, de que la quería, y me pareció inconcebible haberlo descubierto gradualmente. También me di cuenta de que no había que hostigarla con preguntas, ni atemorizarla. La violencia le daba miedo, y la ironía y la vulgaridad la llenaban de tristeza. Hoy sé que cuando un hombre comienza a tener en cuenta estos detalles mejora mucho su visión general de la vida o se vuelve idiota. Yo sigo pensando que la vida es horrible; tal vez por eso estoy buscando el pueblo. Una o dos semanas después de ese regreso me preguntó, por primera vez, qué me pasaba. No era de hacer este tipo de preguntas, lo que bien mirado podía ser un rasgo de egoísmo infantil, y la palabra "infantil" explica, mejor que ninguna otra cosa, lo que digo más arriba sobre la visión generosa del mundo y la idiotez. Tuve una intuición súbita y le dije que no, que no me pasaba nada, que sólo estaba pensando en si habría vuelto a ver el faro, cuando estuvo allá. Después la tomé del hombro y le señalé el baldío de una demolición. Mirá aquella pared, le dije, con los dibujos que quedan en la medianera uno puede reconstruir cómo era la casa. "Sí", dijo, "es cierto, pero no se puede saber si eso es lindo o triste. No, el faro no está más y yo creo que nunca lo vi, debe ser una de esas historias que me cuenta el abuelo." Le pregunté por qué habrían plantado una hilera doble de moreras a los costados del camino. Se rió y me preguntó de qué estaba hablando. "No son moras", dijo, "son plátanos altísimos y viejísimos, la calle de las moras es la de la vieja Eglantina, la que nos regalaba semillas de mirasol." Yo insinué que los médanos, al correrse con el viento, debían taparlo todo. Seguía riéndose. Los médanos están hacia el otro lado, como quien sale del pueblo. Y no tapan las casas pero es cierto que se mueven, a la noche, y cuando uno despierta todo está cambiado y es como si el pueblo entero se hubiera ido a otro lugar. Se calló. Me estaba mirando con desconfianza, no lo sentí en sus ojos, que no veía, sino en la rigidez de su piel bajo mi mano. Era como si cualquier lugar de su cuerpo estaría tramado con la misma materia sensible e intensa. Le dije que tenía sueño, que tal vez debiera ponerse la capelina. Me dijo que no había traído la capelina ni los anteojos negros ni las pinturas y que odiaba los hoteles. Iba a contestarle que la última vez no parecía odiarlos tanto, pero reconocí con cautela que, si lo pensaba un poco, yo también les tenía rencor. Caminamos hacia mi departamento. Me siguió. Cuando llegamos al dormitorio tuve otra intuición. Y ahora te ponés la capelina y me mostrás el pie. Volvió a reírse, y, por lo menos esa noche, sentí que a veces poseo cierta habilidad natural para hacer bien algunas cosas.
Todos tenemos tendencia a creer que la felicidad está en el pasado. Yo también he sentido que algunos minutos de ese tiempo fueron la felicidad, pero no podría vivir si pensara que todo lo que se me ha concedido ya sucedió. Un día de estos voy a envejecer de golpe, lo sé; pero también sé que si cruzo aquel puente ella podrá reconocer mi cara. Ya conozco el lugar como si yo mismo hubiera nacido en él, no con exactitud porque la memoria altera, sustituye y afantasma los objetos, pero con la suficiente certeza como para saber cuáles son sus formas esenciales. Una vez leí que todos los pueblos se parecen. El que escribió eso debe odiar a la gente. No hay un solo pueblo, tenga médanos o no, que sea idéntico a otro, porque es uno el que inventa sus lugares, levanta sus casas, traza sus calles y decide el curso de sus arroyos entre las piedras. Todos los que no somos de acá sabemos esto. Me costó más de cuarenta años aprender esta verdad, que una alta chica loca de pie árabe conocía a los dieciséis. Cuando ella por fin desapareció, yo todavía ignoraba estas cosas, pero ya conocía los detalles, la topografía, el color del pueblo. A las siete de la tarde, en otoño, uno entrecierra los ojos en los médanos, y es como una ceniza apenas dorada. Cuando existe el arroyo, la zona del puente, a la noche, parece un cielo invertido, de un azul muy oscuro, móvil, porque las luciérnagas se reflejan en el agua y es como si las constelaciones salieran de la tierra. Hay dos molinos. El viejo Matías tiene un caballo matusalénico, de más de treinta años. "Tiene casi tu edad, Abelardo", me dijo alarmada una de las últimas noches que nos vimos. Yo le contesté que los caballos, por lo menos en algún sentido, no son siempre como las personas. Ya he dicho que el tono irónico la molestaba o la desconcertaba. "Por qué decís eso", me preguntó. Yo estaba cansado y algo distraído esa noche, hice una broma acerca del comportamiento sexual que ciertas jóvenes de su edad consideraban natural en el varón. Tardé una hora en explicarle que era una broma, y otra hora en convencerla de que debía acostarse conmigo. El cansancio produce efectos paradójicos; el pudor herido de las mujeres, también. Aquello fue como ser sacrificado y asesinar al mismo tiempo a una deidad loca, como cambiar el alma por un cuerpo y vaciarse en el otro y llenarse de él y despertar diez veces en un cielo y en un infierno ajenos. Lo que aún no conocía del lugar lo conocí esa noche. No sólo porque ella habló horas en el entresueño, sino porque lo vi. Lo vi dentro de ella mientras yo era ella. Cuando se despertó, a las cuatro de la mañana, simulé estar dormido. Cuando salió de casa, me vestí a medias, me eché un sobretodo encima y la seguí. El cansancio me daba la lucidez y la decisión de un criminal. No era sólo el afán de saber adónde iba cuando me dejaba; era la voluntad de recuperarla cuando no volviera. Porque esa noche supe también que, por alguna razón, aquello no podía durar mucho tiempo más, y que ella, sin saberlo, decidiría el momento de la separación. Vi su casa, su casa real, en un sórdido y real barrio casi en el límite de Buenos Aires. Era una casa baja, en una cuadra de tierra de esas que aún quedaban, o todavía existen, por la zona de Pompeya. Tenía una verja de alambre tejido y, al frente, un arbolito raquítico. Ella cortaba algo del arbolito y lo iba poniendo en la palma de su otra mano. Después se llevó la palma de la mano a la boca y entró en la casa sin encender la luz. Esperé más de una hora y no volvió a salir. Ahí vivía, y no sabía que la había seguido. Cuando llegué a mi departamento iba repitiendo el nombre de la calle y la numeración de la cuadra. No era ése el modo de volver a hallarla, pero uno se aferra hasta último momento al consuelo de lo real. Volví a verla, por supuesto, algunas veces. Nada cambió. Ni los cines de barrio ni los encuentros en el parque ni siquiera el rito de la capelina en los hoteles. Un día me dijo que el abuelo estaba muriéndose, y supe, por fin, lo que ni ella sabía: que ya no iba a verla más. Dejé pasar un tiempo y fui hasta Pompeya. Pensé algo en lo que no había pensado hasta ese momento. Me van a decir que no la conocen, que nunca la vieron. La conocían, sin embargo. La chica del pelo negro, que visitaba al abuelo de la casa amarilla. Ya no andaba por allí, a decir verdad no vivía en la casa, venía y se iba, y cuando murió el señor no volvió más. Pregunté por la tía Amelia. Nunca hubo una tía Amelia, eran ellos dos. En realidad, él sólo; la chica venía a veces.
Y es todo. Esto fue hace quince años, desde hace diez estoy buscando el pueblo. Sé que existe, porque ella soñaba con él y sabía cómo se llega. Tengo también otras razones, que ustedes no compartirán. En una cortada de tierra, en Pompeya, ví unos plátanos. El árbol del jardín de la casita era una mora.

La garrapata

Se imaginará: yo estaba acostumbrado a sus decisiones rápidas, a veces hasta insólitas. No me extrañó. Por otra parte no tenía nada de extraño (aparentemente, al menos, no lo tenía) que ella fuera viuda. Norah se llamaba, y era hermosísima. La descripción que Sebastián me hizo esa noche no exageraba, no, la belleza de aquella mujer temible. No se ría: ella era, es aún, temible. Mucho más tarde supe también que era diez años mayor que Sebastián.
Pero, ¿de veras se acuerda de él? Entonces no me negará que fue uno de esos pocos seres raros y espléndidos que parecen llevar, no sé, como una marca: estampada sobre la frente. Un elegido. Desde muchacho lo veo así. Y sin embargo, amigo, ya ve. Pero le hablaba de ella. Sí, una mujer temible: diabólica, si lo prefiere. Me cuesta explicarle qué originaba esa, digamos, impresión que me causó desde la primera vez que la vi. Tal vez, sus ojos. Aunque sé perfectamente que usted está pensando "qué tontería": si fantaseamos que una mujer es misteriosa, nada mejor que atribuírselo a sus ojos, ¿no es cierto? De cualquier modo, su mirada tenía cierta cosa profunda y estremecedora. Magnética, como los fondos de aljibe. ¿Se ha asomado alguna noche a un aljibe? Hay una atracción tortuosa, algo secreto que brilla en el fondo, que sube de allá abajo: algo oscuro y fascinante que hace sentir no sé que vacío en la cabeza. ¿Vértigo? Bueno, llámelo así. Pero el vértigo es una sensación nuestra, no una cualidad de las cosas. Y yo creo que, en el caso de Norah, venía de ella. Estaba en ella.
Sebastián me la presentó unos días después. Cosa extraña; creí notar en él, en sus palabras y en sus gestos, una especie de orgullo. De satisfacción pueril. La mujer era en realidad un ejemplar soberbio, pero qué quiere, a esto sí que yo no estaba acostumbrado: a que un hombre como Sebastián se dejara sorber el seso por una pollera. Le digo que le sorbió el seso. Lo atrapó, ésa es la idea, como entre las babas de una araña. Se miraban de un modo tan... salvaje, que, para serle franco, uno se sentía molesto con ellos, o intruso: como espiándolos. Y en la mirada de Norah había eso que digo, una urgencia, algo perentorio que sólo he visto en algunas mujeres y en contados momentos; en ella, aquel abismo era permanente.
No me asombré ni me alarmé al principio. Quizá mi único motivo de extrañeza al verla fue sospechar que tendría dos o tres años más que Sebastián. Diez años está pensando usted. Claro que eran diez, pero eso lo supe mucho más tarde. Él tenía veintiocho entonces; ella no aparentaba más de treinta. Y cuando volvieron de Bariloche yo estaba tan acostumbrado al rostro de Norah (el suyo es uno de esos rostros inolvidables, más que inolvidables debí decir: perdurables) que la diferencia resultaba todavía más insignificante. Tal vez, ya ni siquiera había diferencia. Él parecía mayor. O no sé: sólo más maduro. Y éste, ¿se fijó?, es un fenómeno que se opera frecuentemente en los hombres recién casados. Seguían mirándose de aquel modo feroz que le he dicho, aunque ahora -o quizá fueron ideas mías- me pareció que Sebastián ya no estaba a la altura del conflicto.
Sí, lo he llamado conflicto. Estoy convencido de que el amor, la pasión, es un conflicto. Una conflagración. Usted se ríe. Yo le digo que uno busca no sólo subordinar la voluntad del otro; busca aniquilarlo, no exagero, ni siquiera pretendo que la idea sea original. Simplemente, sucede así. En el amor, mi amigo, uno devora o lo decapitan. Y demos gracias que la mayoría de los casos termine, inocentemente, con el triunfo de una voluntad sobre otra. ¿Qué si hay otros casos? Lea, lea los diarios.
En el verano del 59 recibí una carta de Sebastián. Me invitaba a pasar unos días en su casa de Bragado. Una hermosa casa. Había pérgolas a la entrada; un gran parque. Yedras, enredaderas. Él mismo la diseñó. Usted sabe que era -que pudo ser- un notable arquitecto: imaginación, talento, y aquella capacidad de trabajo asombrosa. Ese verano, sin embargo, lo encontré algo fatigado. "Mucho trabajo", me dijo, como si se disculpara. Norah no estaba. Llegó casi al anochecer; nos dejó evocar nuestros viejos tiempos de estudiantes y sólo entonces apareció, sabiamente, soberbia y exultante como siempre. Un espléndido animal. Durante su ausencia me había parecido notar que Sebastián estaba preocupado, o inquieto. Como si no pudiese, como si le costara pasarse sin ella. Tenía motivos, por supuesto. Y ahora creo que fue entonces cuando borrosamente vi aquello, lo de no estar él a la altura del conflicto. Norah ya lo trataba con cierta superioridad, maternalmente. Todas las mujeres tienen esa virtud: hacernos recordar, de algún modo, que venimos de su vientre. Hasta cuando hacen el amor. Se diría que quisieran volver a meternos dentro. No, no las odio, las adoro. Pero le juro que me dan miedo. Y Norah era el tipo "clásico" de mujer; o acaso el arquetipo. Cuidaba de su hombre como si le perteneciera por derecho divino. Lo mimaba. Y a él le gustaba eso. Ella misma empleó aquel día esa palabra de gelatina: mimoso. Lo dijo al explicar que, desde hacía meses, Sebastián no tocaba para nada sus planos. Él me miró confuso como un chico. "Mucho trabajo", había dicho antes, sí.
Tomaré un café, gracias. Usted dice que hay algo deliberadamente siniestro en mis palabras, en mi manera de contar las cosas. Puede ser. De cualquier modo no creo que lo inquietante, lo extraño digamos, esté sólo en mis palabras. Volví a verlos muchas veces. Hará cosa de tres años me pareció advertir, ahora sí alarmado, que Sebastián estaba realmente enfermo. Claro, usted lo conoció por el 56 o el 57: en aquel tiempo, es cierto (pero no se imagina hasta dónde dice la verdad), él era un hombre "lleno de vida". ¡Lleno de vida! Ya hablaremos de esto, es una teoría que tengo. Hace tres años estaba verdaderamente mal, gastado. Él seguía repitiendo: "Mucho trabajo", pero, yo la sabía desde mucho tiempo antes de aquel verano, ya no se preocupaba más por la arquitectura. Había perdido la pasión, aquel encarnizamiento vital de su juventud. O si en algo los conservaba era en el modo de comportarse con ella, con su mujer. Digo juventud, ¿ha visto?, y en realidad apenas me refiero a unos pocos años atrás. Creí notar, por otra parte, que aun en el modo de comportarse con ella algo había cambiado.
Fue una de aquellas noches de Bragado, una noche calurosa, agujereada de grillos y sonidos vagos cuando lo comprendí. O para ser exacto, cuando estuve a punto de comprenderlo. No podía pegar los ojos y salí al jardín. Caminaba bajo las pérgolas, suponiendo que ellos estarían dormidos, y, asombrado, vi luz en la sala. Al acercarme oí un sonido bajo, premioso: la voz de Norah. Luego, en un tono indescriptible, una respuesta que no entendí: la voz de Sebastián. Entré. Ella estaba parada junto a él, inexorable. La encarnación misma del pecado o de la tentación: la hembra. Pero no, algo mucho más complejo y malsano. Fue un segundo, tan rápido y sorpresivo todo que no comprendí su significado real hasta muchos años más tarde. Ellos me vieron antes de que yo pudiera regresar al jardín, o esconderme, y todo volvió a ser normal. Norah, con un gesto rápido, casi candoroso, apretó el deshabillé a la altura de su pecho. Parecía una muchacha turbada. Una muchacha, exactamente. Hice ademán de retirarme pero la voz de Sebastián me detuvo: "No", dijo, "no te vayas". Había algo en su mirada, no sé, como una súplica profundísima. Norah, al subir a su cuarto, dijo simplemente: "No tardes"; él hizo un gesto vago con la mano y luego hablamos. No recuerdo de qué. Hablaba él. Como si quisiera retenerme, pienso ahora. Y mientras tanto yo no podía apartar de mi cabeza la imagen de Norah, su juventud persistente, incólume. Todos aquellos años sólo habían pasado para Sebastián; ella se me figuró idéntica al primer día, y si me hubieran dicho que era Eva, igual a sí misma desde el Génesis, no me habría asombrado. Hoy, al menos, no me asombraría.
Quiere que se la describa. No sé de qué manera. Existe, sin embargo, una forma de mujer que en cierto modo responde al tipo de aquélla: una forma, lo repito. Las que le digo son mujeres hermosas, de cuerpo fino, escuche bien esto, de cuerpo bello y perfecto pero que da la sensación de ser plano. Sé que no me explico, lo sé. En la escala zoológica hay una especie, un bicho abominable, aplastado, que da la idea exacta de lo que no puedo describirle. Mujeres que parecen haber nacido para adherirse, para pegarse al cuerpo de un hombre. Puede verlas en las fiestas, sobre todo ahí: hermosas mujeres. Su posición habitual es la de un arco, caminan, bailan, imperceptiblemente combadas hacia atrás, no me interrumpa: apenas tienen, cómo le diré, apenas tienen modulada la curva del vientre, eso es, son planas en la cintura, especialmente allí. Por eso dan la sensación de aplastarse. Como esos insectos chatos y horrendos que mencioné antes. Oh sí, exactamente hay un tipo de mujer como el que digo. ¿Sus ojos? No sé, no importa. Sólo importa lo que le he dicho, y que es hermosa.
Después de esa noche comencé a tener mis ideas, ideas vagas, oscuras, acerca de lo que estaba ocurriendo. Usted vuelve a sonreír, por supuesto; pero no debiera sonreír. Acaso, no todo es tan simple, tan así como usted lo piensa. La vida, por ejemplo.
Pero venga, salgamos de aquí.
Me gusta hablar mientras camino, una cuestión de ritmo. Mírelos: robustos, hermosos como percherones. Toman a las muchachas por el cuello, como si las robaran. Pero, ¿ve aquél?, le apuesto a usted que ese hombre... ¿se ha fijado, en cambio, lo que ocurre con ellas cuando se casan? Engordan, sí. ¿Grotesco?: es siniestro. Muchas veces he meditado el oculto sentido de esas palabras: lleno de vida. Usted mismo las pronunció hoy. Sebastián, dijo, era un hombre lleno de vida. Y entonces es como si uno fuera el recipiente, el ánfora que decían los antiguos de esa cosa enigmática: la hermosa vida, la rara vida de la que estamos plenos pero que por lo mismo, por lo mismo que nos colma, puede quizá derramarse. O agotarse. O, acaso, mientras nos vaciamos, sernos robada.
Escuche. Le decía que al principio mis ideas sobre lo que estaba ocurriendo eran vagas. Yo recuerdo a Sebastián sentado en su mecedora de esterilla, con las piernas cubiertas por una manta, temblando súbitamente al oír el ruido de una puerta que se abría o los pasos de alguien en la escalera. Norah llegaba entonces, radiante y perfecta como siempre. O quizá, no exactamente como siempre. "Te fijaste", me preguntó él alguna vez, "no te das cuenta." Norah acababa de salir del cuarto y yo pensé que él se refería a los cuidados irritantes que la mujer le prodigaba por aquel tiempo. Sí, lo protegía como a una planta, cono a lo que era en realidad: un miserable desecho. Nunca he visto a otra mujer que con mayor abnegación cuidara a un hombre, lo preservara. Alguna vez imaginé monstruosamente una analogía: esos fetos conservados, sabe Dios con qué propósitos, en un frasco con formol. De cualquier modo, pensé que había una cierta grandeza en aquella abnegación. Y quizá por eso no advertí lo que a ella le pasaba. Por eso o por una costumbre que había adquirido, y que no me pareció extravagante dada su edad: elegía siempre ángulos extraños, equívocos, para hablar conmigo. Como si no quisiera mostrarse de frente ni a plena luz.
"No te vayas", me pidió Sebastián esa tarde. "No deberías irte." Miedo era lo que se oía en el fondo de su voz: miedo auténtico. Y sin embargo, yo me fui. Muchas veces he querido justificar mi indolencia alegándome a mí mismo que, en el fondo de aquella voz, se oía también otra cosa, en rebelión con sus palabras: el deseo terrible y contradictorio de que yo me fuera, de que los dejara solos... No, mi amigo, no debe seguir sonriendo. Claro que cualquier hombre normal tendría motivos más que suficientes para querer estar a solas con su mujer así, aun casi diez años después de haberse casado. Claro que esa mujer era joven y hermosa; pero usted no debe seguir sonriendo. Ella era demasiado joven, demasiado igual a sí misma a pesar de los años. Oh, por supuesto: yo también pensé eso que usted piensa. Yo también creí -sensata, razonablemente- que la enfermedad de Sebastián, o lo que fuera, creaba la ilusión de juventud inmutable en la mujer. Claro que ella no era inmutable. Claro que, como usted razonablemente sospecha, ella cambiaba también. Imperceptiblemente, sí. Imperceptiblemente. Escuche:
En marzo de este año recibí una carta. En el sobre reconocí la letra de Sebastián, o debo decir que la intuí. La carta, escrita con una caligrafía febril, como trazada por la aguja de un sismógrafo, era apenas inteligible. Advertí en ella, en ciertos rasgos, esa falta de sincronización entre las operaciones mentales más simples, típica de aquellos a quienes los estragos de una enfermedad han acabado por destrozarles el sistema nervioso. Me suplicaba que fuera. No sé si me asombró que hallándose él en semejante estado Norah no redactara sus cartas, ni siquiera recuerdo si reparé en este hecho. De haber sospechado lo que ahora sé, que la carta fue escrita en secreto, de a ratos (quizá en la oscuridad), por un hombre sobresaltado, un hombre con el oído atento al menor roce, listo acaso para esconder aquel papel bajo su manta al primer crujido de un mueble o creyendo enloquecer porque una persiana, súbitamente, ha golpeado contra los vidrios... ¿Gran imaginación, dice usted? No crea. Oscuridad, persianas, crujidos de muebles, son cosas inofensivas, perfectamente comprensibles, reales e inocentes como esta calle y este crepúsculo. Hay alrededor de nosotros, sin embargo, en ese mendigo que pasa o en aquella mujer que corre, enigmas más tenebrosos, monstruos más fantásticos que los ángeles deformes del Apocalipsis: en el hombre, amigo mío, están los monstruos. Él los inventa y de él se alimentan, como los vampiros de las historias góticas. Usted se estremece. Es bueno eso. Apurémonos un poco, está anocheciendo.
Cuando llegué a la quinta, la tarde, como ahora, estaba exactamente en ese clímax desgarrado, sangriento, en el que yo diría que las potencias oscuras y la luz se entreveran en una cópula enfurecida, antigua igual que el mundo, pero única cada vez; como un acoplamiento de libélulas monstruosas. Decía que, si me asombró la carta, de ningún modo me asombró, al llegar a la quinta, ver eso que quedaba de Sebastián. Sólo que ahora parecía resignado. Al entrar, lo vi, como siempre en aquellos tiempos, sentado frente al ventanal que daba al parque. La sala, en penumbras, tenía todas las apariencias de un claustro. Cuando me oyó entrar, levantó los ojos con cansancio. "Es demasiado tarde", dijo con naturalidad, como si me saludara. Supongo que traté de responder algo, pero él sonrió con tristeza. "No hace falta", agregó y me llamó a su lado. Norah no estaba allí. Imaginé, o quise imaginar, que estaría en alguna de las habitaciones del piso alto. Antes, al cruzar el parque, me había parecido verla entre los árboles, es decir: vi la silueta de una muchacha que recogía alegremente unas flores. Fue un segundo, pero bastó para que no me atreviera a llamarla: se trataba de una jovencita, poco más quizá que una adolescente. Me figuré que sería alguna muchacha de los alrededores, por qué no. Y ahora, a través del ventanal, podía verla nuevamente. Comprobé que no me había equivocado, al menos en lo que respecta a la edad. Era, en efecto, casi una chiquilina: no debía tener más de dieciocho años. Sentí que mis dedos estaban clavados en el brazo de Sebastián.
"Te das cuenta, ahora", preguntó.
Todavía quise no entender, me forcé a imaginar que Sebastián se refería a sí mismo, a su propio estado. Después, aparentando calma, pregunté por Norah.
Él sonrió, y señaló el parque.
Nunca olvidaré los ojos ni la sonrisa de aquel hombre. Usted, que lo conoció, tampoco los habría olvidado.
No, no debe mirarme así. No estoy loco, amigo mío: jamás me he sentido tan enteramente cuerdo como esta noche. ¿Se va?; lo esperan en su casa, seguramente. Buenas noches.

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