Abrir ventanas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Marcos Giralt Torrente

Las cosas no estaban saliendo conforme a lo planeado. Por la mañana había malgastado el tiempo ante el ordenador sin lograr escribir dos frases con una mínima convicción. Elena, mi hija adolescente, entró en el estudio cuando ya había desistido.

–¿Qué haces?

Tuve que decirlo, no me quedaba otra:

–Pensar.

Elena ha recibido en herencia por los dos lados el gen MC1R, lo cual significa que es pelirroja. Pocos saben que los pelirrojos tienen otras características que los singularizan, además del pelo, las pecas y la piel pálida. Su umbral de resistencia a los cambios térmicos es más bajo y necesitan mayores dosis de anestesia. Asimismo son infrecuentes entre ellos los ojos azules. Tanto que a quienes, como Elena, contravienen la estadística, se les consideraba en las culturas nórdicas portadores de buena suerte. Quizá por eso siempre se ha creído especial. A diferencia de mí, jamás se deja vencer. Tiene una envidiable seguridad en sí misma y me atrevo a calificarla de terca, aunque también es infantil y no se permitiría hacer un desplante. Se enfada, por supuesto, pero no conoce la ironía.

–He comido. Me voy a dar una vuelta.

Dos frases, dos perdigones de tan apurada economía que quedaba fuera de lugar pedirle un beso, lo mismo que preguntarle adónde iba. De pequeña quería saber cómo iban mis libros, y sus ojos mostraban un brillo de orgullo al referirse a mi oficio. Ahora, cuando la descubro mirándome, siento que ninguno de mis secretos escapa a su escrutinio.

La madre de Elena decía que no debíamos confiar en su invulnerabilidad de ninfa, que en la aguda conciencia de su rareza residía su fuerza y también su principal debilidad, y que la gente así no soporta las grandes crisis cuando llegan. Procuro no olvidarlo.

Dos horas y pico después hablaba de todo y de nada con nuestro vecino, al que a menudo acompaño en sus largos paseos con el perro.

La condición de forastero en un pueblo pequeño es permanente y, hasta que lo descubrimos, las fases son similares para todos: la etapa del aterrizaje en la que auscultamos el lugar, la etapa en la cual nos esforzamos en ser aceptados y la etapa de las primeras decepciones. Al lado de un forastero quejoso hay por lo general un lugareño renegado que alienta su desafecto, y este habría sido el caso de Claudio si mi desengaño no hubiera residido tanto en el exterior como en el interior de mí mismo y su laboriosa desmitificación del entorno no hubiese resbalado en mis oídos al vaivén de un malestar más profundo. Ni mi vida estaba efectivamente allí ni sabía, por lo demás, dónde se hallaba.

Caminábamos de vuelta. Era el verano en que el Ejército Islámico comenzó a decapitar rehenes en el desierto, pero Claudio y yo estábamos llegando a esa edad en la que cualquier acontecimiento parece una repetición cansina de vicisitudes conocidas y el asunto apenas nos había arrancado un comentario estremecido. Claudio vivía desde hacía pocos meses con la mujer de su hermano y el hijo de ambos. Una situación entendía que difícil, sobre la cual él no hablaba y yo no preguntaba. Desde que me había aficionado a acompañarlo en sus caminatas, nos reuníamos después de cenar y, dependiendo del ánimo, elegíamos entre subir al monte o hacer el camino del faro. Ese día nos habíamos decidido por la primera opción, que era la larga, a cambio de adelantar la salida unas horas. Se celebraba San Samuel, el patrón del pueblo, y habría supuesto una afrenta llegar tarde a unos festejos que este año sumaban al acostumbrado espectáculo musical un concurso gastronómico y la representación de una obra a cargo del grupo de teatro del instituto donde estudiaba Elena.

–Hoy habrá mucha gente pendiente de tu hija.

Claudio demostraba escasas simpatías por Elena. Fuera de su casa, territorio vedado acerca del que me era imposible conjeturar, cumplía el arquetipo de hombre hecho a sí mismo: por lo general intransigente con cualquier comportamiento juvenil susceptible de calificarse como débil o abusivo.

–¿Por qué lo dices?

–Ahora mismo ella y otros tres son la comidilla.

Si bien nadie me lo había dicho tan claramente, no era el primero en alertarme. Elena se había encaprichado de un chico que no la correspondía y que a su vez estaba enamorado de su mejor amiga, la cual, tras un breve noviazgo, lo había cambiado por otro. En un guión de los que solía vender a la televisión, la historia solo habría tenido dos desenlaces posibles según optase por el drama o la comedia. Por fortuna, en la vida el abanico no suele ser tan reducido. Mi único motivo de preocupación era la terquedad de Elena, que la exponía demasiado, y sobre eso, supongo, trataba de alertarme Claudio.

–¿Ha pasado algo que deba saber?

–No por ahora.

La fiesta tenía lugar en la pradera de la ermita. Había un escenario, dos puestos de bebidas y mesas de madera donde se servían embutidos y queso. María, la farmacéutica, me miró desde una de ellas. Dos años antes, al poco de instalarme, nos habíamos acostado un par de veces y ahora era la única persona que tenía por mí una inquina declarada. Su marido también me miró, aunque en su caso lo hizo sonriente e inescrutable. Me pregunté cuál habría sido mi actitud de ser yo él. Mi experiencia con el adulterio era abultada, pero, hasta donde conocía, yo siempre había ocupado el mismo lado. Oscar Wilde escribió que «el amor comienza por engañarse a uno mismo y a veces logra engañar al otro».

En lo que a mí toca, creo que sería más exacto invertir los términos.

–Qué considerado: te has vestido para la ocasión –me espetó Claudio, que llevaba el mismo cortavientos y los mismos vaqueros embarrados con los que había salido a pasear.

–Ya sabes que tengo menos libertad que vosotros. A mí se me escudriña más cuidadosamente.

Me había cambiado de pantalones y zapatos, y me había puesto la americana de lana fría que la madre de Elena llamaba mi uniforme veraniego. La compramos juntos, al principio de conocernos, en un viaje a Londres, y la había vestido en infinidad de ocasiones compartidas con ella. Cuando murió la relegué a un rincón de mi armario. Es extraño que los mismos recuerdos que durante el duelo nos hacen rehuir ciertos objetos, acabado este sean un acicate para recuperarlos.

–¿Has visto a Elena? –pregunté.

–No –dijo Claudio–. Pero estoy buscando a mi sobrino por encargo de su madre y no me cuesta incorporarla a mis pesquisas. ¿Le digo algo cuando la vea?

–Basta con que me pases el informe.

–A sus órdenes.

Acto seguido, se volvió con gesto burlón y desapareció entre la multitud que acudía a la llamada del alcalde desde el escenario. Mientras se alejaba pensé en las esclusas mediante las que acotamos nuestros afectos. Tenía amigos a quienes llevaba años sin ver, y con los cuales difícilmente volvería a tener la familiaridad de antaño, pero que sin embargo formaban parte de mi vida de un modo más indisoluble que recién llegados como él, a quienes ya solo consideraría meros figurantes. Y algo parecido cabía decir del resto de las cosas. Con frecuencia nos aferramos a lo que fuimos sin dar entrada cabal a lo nuevo. ¿Qué metas sustituyen a las que quedaron obsoletas? ¿Con qué ideales nos quedamos tras el despojo de los antiguos? Juzgado en esos términos, el transcurso del tiempo es aterrador: a medida que reduce nuestro equipaje, nos aleja de nosotros mismos. Una pésima enseñanza para los hijos, que debieran conocer el esplendor de sus padres, no sus derrotas. Los hijos merecen creer que las ilusiones no se consumen, que aquello que somos, sea lo que sea, es un valor seguro con el que no regateamos a medida que nuestro brío mengua.

El alcalde, tras terminar el parlamento de bienvenida, llamó al escenario a los jurados del concurso gastronómico y les vendó los ojos conforme ocupaban su puesto. Detrás subieron los participantes. Una de ellos la farmacéutica, que tropezó en el último escalón y estuvo a punto de dejar caer su guiso. ¿Por qué la elegí a ella y no a otra? Salvo la sospecha de que no sería rechazado, carecía de motivos. Qué vanidoso juego el de la seducción, que se agota ya consumada y solo deja tras de sí penuria moral y endebles propósitos de enmienda. Iba a darme la vuelta para ir por bebida cuando vi a Elena pasando a mi lado. Caminaba deprisa, pero aun así alcancé a retenerla tomándola del hombro.

–¿Qué pasa? –preguntó. Su voz sonó contrariada, sus ojos no se quedaron quietos. Una fugaz arruga en su frente hizo que sus cejas naranjas parecieran de pronto más próximas.

–¿No te apetece pasar un rato conmigo?

Durante su infancia había sido constante mi temor a abandonarla antes de tiempo, a morir prematuramente. Sin embargo, nunca había contemplado la posibilidad de quedarme solo a su cargo.

–Ahora no, papá. Me esperan.

Como para aseverarlo, Elena se sacudió mi mano del hombro y dio un paso hacia atrás. Llevaba un tiempo pintándose los ojos y las uñas. ¿Cómo procedían las madres con sus hijas? ¿Se atrevían a sugerirles que se arreglaban demasiado? ¿Les aconsejaban no perseguir a ningún chico? ¿Se lo prohibían si el elegido tenía el corazón ocupado?

–Como quieras. Pero no me olvides.

Sin yo esperarlo, vino hacia mí y me besó.

–Qué tontería. Pues claro que no te olvido.

Había intentado hacerle un guiño cómplice y el resultado había superado mis expectativas. Luego, como si su gesto de cariño hubiese sido la última penitencia para recobrar la libertad, se escabulló y ya solo pude ver su espalda alejándose. Tenía un caminar parecido al de su madre, enérgico y algo descoyuntado. Hubiera dado casi cualquier cosa a cambio de que encontrase lo que perseguía. Si de verdad era ese chico, qué importaba. Mi única hija no se merecía el desaire de sufrimientos superfluos. Unos meses antes, al cumplirse el segundo aniversario de la muerte de su madre, le había preguntado si la echaba de menos. Su respuesta fue al mismo tiempo tranquilizadora y desasosegante.

–Mamá no está muerta –dijo–. Está en mi interior.

Desde muy pequeña, Elena se habituó a presenciar discusiones entre su madre y yo que jamás debió presenciar. Con evidente desconsideración, la hicimos partícipe de cada crisis. Me había visto salir de casa con portazos y no regresar en días, había oído a su madre recriminarme infidelidades y casi cualquier cosa –injusta o no– que le sirviera para devolverme el daño. Las consecuencias fueron inquietantes. Con cinco años nos pasaba a diario el parte médico de una amiga imaginaria a la que hizo agonizar durante meses. Con ocho, nos había regalado semanas de zozobra después de que la jaula de su periquito apareciera inexplicablemente abierta y vacía. Más tarde, todo mejoró. La separación, que parecía inexorable, no se produjo. El amor la evitó, pero ese amor, aunque mayor que los obstáculos que su madre y yo le opusimos, no tuvo expresiones tan rotundas como las palabras con que lo habíamos cuestionado. Para quienes no participan directamente de sus entresijos, al amor lo corrobora el tiempo, y nosotros no habíamos tenido el suficiente. Podía estimarse un milagro que Elena no albergara rencor. Habíamos confiado demasiadas cosas a su entendimiento. ¿Las había comprendido? La realidad, escurridiza, me proporcionaba señales equívocas.

Entre tanto, Elena se había dirigido al extremo más alejado de la pradera donde se celebraba la fiesta y allí su rastro rojizo se había diluido entre las sombras dispersas de un copioso grupo de jóvenes que aguardaba el comienzo del concierto; los jurados del concurso deliberaban y yo me había acercado a una de las barras.

–Es maravilloso veros juntos. Parecéis tener muy buena relación.

Quien me hablaba era la cuñada de Claudio. Le había pedido una cerveza sin reconocerla debido a que llevaba el pelo recogido bajo una cofia. Nuestro trato, como revelaba mi despiste, era escaso.

Hasta la muerte de su marido vivía con este y su hijo en el pueblo de donde provenía, y desde que por motivos económicos poco claros había acabado en casa de Claudio, no solíamos coincidir.

–Gracias.

–¿Te ha dicho Claudio que quiero que aconsejes a Amleto?

Amleto era su hijo. Al parecer ella y su marido habían pasado en Roma la luna de miel y habían vuelto con ese dudoso obsequio para su futuro vástago.

–Sí –mentí.

–Todo su dinero se lo gasta en libros. Es muy sensible. Creo que conocer a un verdadero escritor podría serle de ayuda.

Ahí estaba de nuevo la acusación: escritor. No pasaba un día sin que alguien la enunciara. Un recordatorio, formulado con la mejor intención, que en teoría debía halagarme.

–Dile que venga a mi casa.

Pero no renegaba. Pese al dique seco, tenía claro que casi todo aquello de lo que me sentía orgulloso, aparte de Elena, se lo debía a la escritura. Simplemente las excusas con las que intentaba justificar mi poco rendimiento ya no me valían, las había ensayado todas. Y para colmo tenía la sensación de haber actuado egoístamente en la búsqueda de soluciones. Me refiero a nuestra marcha de la ciudad, que había decidido pensando más en mí que en Elena.

–Se lo diré, aunque es probable que no se atreva. Mejor sería que vinierais tú y tu hija a la nuestra. No entiendo por qué ella y Amleto no se han hecho amigos.

Mi hija no quiere huérfanos. Mi hija está ahora en el bosque persiguiendo a un gañán que no la quiere. Mi hija es una maravillosa tozuda que prefiere tapar un dolor con otro dolor, y yo debería llevármela de aquí y darle algo mejor que lo que le estoy dando. Pensé todo lo anterior como lo he transcrito, pero no lo dije. En lugar de eso, le propuse un día para visitarlos en su casa y a continuación cogí la cerveza y, tras comprobar que la farmacéutica había sido eliminada y que la cosa se dirimía entre dos finalistas, me marché fingiendo interés por lo que sucedía en el escenario. Justo cuando me alejaba, tropecé con Claudio, que venía en sentido contrario.

–Elena está en la fuente –me dijo–. Ni te imaginas el guirigay adolescente que hay allí. Es imposible dar un paso sin tropezar con una parejita. Pero por ella no sufras. Lo suyo es más bien un trío.

–¿Sois siempre así de graciosos en los pueblos?

–Lo digo en serio –replicó–. Yo diría que se ha producido un cambio imprevisto en la partida y que ahora el juego es más favorable a sus intereses. El donjuán principal parece dudar entre las dos damitas, y es el otro el que anda desesperado. De todas formas, no te hagas ilusiones.

Claudio sonrió y yo me limité a dar un sorbo a la cerveza. Si bien una parte de mí agradecía la información, la otra sentía tedio y pudor. Aunque como escritor me alimentara de historias reales, me resistía a hablar de intimidades ajenas desde que mi matrimonio había estado a punto de zozobrar por culpa de lenguas no tan escrupulosas. El miedo a las habladurías había influido asimismo en mi decisión de cortar mi brevísimo affaire con la farmacéutica: no quería de ningún modo que Elena se enterara. Había sido inútil, imagino. Claudio no era peligroso en ese sentido, pero me molestaba su desparpajo por el contraste con el mutismo con que protegía sus propios asuntos.
–He tenido suerte con Elena, pero en cambio no he visto a mi sobrino –añadió Claudio–. Voy a decírselo a su madre y vuelvo.

–Acabo de estar con ella. No sabía que atendiera el puesto de bebidas.

–Oh, sí, bueno –titubeó–. Ya sabes: supongo que es parte de su campaña para que la acepten en el pueblo.

Esta vez Claudio no esperó mi respuesta, una señal de que según sus estándares había dicho demasiado. Echó a andar apresurado y yo proseguí mi camino hasta la explanada frente al escenario. Acababan de proclamar a la alborozada vencedora del concurso y el micrófono volvía a estar en manos del alcalde, que exhortaba a los vecinos a tener paciencia. Antes de que comenzara el concierto, recordó, se celebraría una pequeña representación teatral a cargo de algunos muchachos del pueblo.

–¡Menudo rollo! –vociferó alguien a mi lado.

–¡Menudo rollo, sí! –corroboraron varias voces en cadena.

Contradiciendo las muestras de desgana, muchos de quienes habían terminado de cenar comenzaron, diligentes, a abandonar las mesas de madera y se situaron frente al tablado portátil, donde el alcalde acababa de ceder el lugar a dos chicos atareados en disponer los enseres de un precario decorado: un tresillo, una lámpara de pantalla… Otros chicos se incorporaron al público, en pequeños grupos, desde la zona apartada por la que se había ido Elena. En una farola, un enjambre de polillas se golpeaba contra la luz. Claudio seguía en el puesto de bebidas atendido por su cuñada. Predominaba cierta expectación, no exenta de curiosidad, que se traducía en un runrún festivo y dicharachero. No obstante, la mayoría no pareció apercibirse cuando los aprendices de tramoyista abandonaron el escenario y, tras una pausa, comenzó la primera escena: un joven caracterizado de niño jugaba tirado en la alfombra con un avión mientras una pareja de su misma edad, tal vez los padres, se hacía arrumacos en un sofá próximo.

–Dime que me quieres, dime que esto no se va a acabar.

–Pero ¿qué vamos a hacer? Hay que decidir algo.

–Joder, ¿qué está haciendo ahí Amleto? –preguntó Claudio, que se había puesto a mi lado y me ofrecía una cerveza y jamón en un plato de cartón.

Yo había descubierto la cabellera roja de Elena deambulando entre el público y llevaba unos segundos pendiente de si se quedaba en la función o volvía a marcharse, así que no había visto que el sobrino de Claudio había subido a las tablas y se mantenía en un rincón. Su postura erguida no ofrecía dudas de que su aparición estaba escrita.

–¿No lo sabías? –pregunté, agachándome para dejar en el suelo el casco de mi cerveza.

Claudio se demoró en responder.

–Su madre lleva días notando que sale más de lo habitual.

–Habrá querido daros una sorpresa. –Dije lo obvio, que no era lo más adecuado, porque fue lo primero que se me ocurrió. A través de un hueco entre la gente vi que Elena había encontrado acomodo con sus amigos tres o cuatro filas por delante y miraba la representación al lado del chico que le gustaba.

Un ruido de pasos mal calibrado atronó desde los altavoces.

–¡Deprisa! Tienes que irte.

La pareja del sofá se había levantado y corría hacia un lateral, donde enseguida ella simuló levantar una ventana de guillotina por la que su compañero salió justo antes de que un segundo actor, haciendo el gesto de empujar la hoja de una puerta, irrumpiera en la estancia. Lo que aparentaba ser una plácida escena familiar se transformó así en una grosera escena de adulterio. Para redondear el cliché, la mujer se apresuró a recibir al recién llegado, que, ignorante de lo que había interrumpido, se dejó avasallar satisfecho.

–Siéntate, descansa. Voy a prepararte una cena.

–¿Y el niño? –preguntó Claudio, sarcástico y absorto–. Todo el mundo se ha olvidado del niño.
La observación no era trivial. La madre multiplicaba las atenciones a su probable marido, mirando de vez en cuando la ventana por la que había escapado su amante, y el niño seguía ensimismado con el avión de juguete sin que fuera posible distinguir si su obstinación respondía a un olvido del actor o estaba, al contrario, dirigida. Quedó en evidencia que era esto último cuando el personaje de Amleto, todavía mudo, avanzó un paso hacia el interior de la escena. A continuación, el actor que hacía de niño abandonó su pose infantil y se irguió y el que hacía de padre se tumbó en el suelo como un muerto recién amortajado mientras la esposa/madre, ahora con un chal que pretendía simbolizar el transcurso del tiempo, simulaba llorar.

Salvo nosotros y unos pocos entre los que se contaba Elena, nadie miraba la obra. Probablemente no faltarían los notarios aficionados que la archivaran en la memoria del pueblo, pero en ese momento nadie parecía seguirla. Había grupos de jóvenes comedores de pipas y de adultos charlando, y solitarios que hacían la ronda parándose con unos y otros. Le dije a Claudio que el niño había crecido pero no respondió; su sarcasmo quedaba lejos, vagaba a trasmano. Imaginé que no tardaría en reaparecer el amante y por supuesto fue así. Antes se había ido el cadáver andando y habían quedado sobre las tablas el hijo y la madre. Su modo de regresar a escena traía un golpe de efecto que proyectó la acción al futuro: entró con su llave repitiendo los mismos gestos del marido muerto. Claudio no decía nada, el universo había enmudecido y Elena tampoco se pronunciaba. Ni miraba alrededor para buscarme ni sus movimientos, observados a distancia, revelaban señal de inquietud. En eso, llegó lo que todos esperábamos: el discurso de Amleto. Caminó despacio hacia el centro del escenario, cogió una silla y se sentó de frente al público apoyando el pecho en el respaldo:

–Madre, me acuerdo de todo. De lo tuyo y lo mío. No debiste convertirme en tu cómplice. ¿Era necesario? Ahora sabría lo mismo, pero tendría otros recuerdos. ¿Qué crees que sentía él? ¿Fueron por mí todos esos años de clandestinidad en los que yo veía y escuchaba? Lo que voy a decir no está preparado. Nadie ha abusado de nosotros, no hemos sido maltratados. He comido cereales con leche por las mañanas y todos los días había alguien esperándome a la puerta del colegio. Me di cuenta de que tenía bigote el invierno de hace dos años. Desde entonces me afeito, al principio con tijeras y de un tiempo a esta parte con maquinilla. Ocurre que no puedo acordarme del día en que papá se rió al verme con las tijeras sin acordarme de que ese día también estuve entreteniéndolo mientras tú te despedías en la habitación del jardín. Por la mañana aún se veían las huellas en el rosal. No pasa nada: alguien rastrilló la tierra días después. Pocas cosas no permanecen inalteradas. Lo que nos importa hoy no es lo mismo que nos importará mañana. Puedo hacerme una idea de cómo lo recordaré dentro de treinta años. Con distancia. Sin embargo, no es posible arrancar de raíz el recuerdo. Ese es tu crimen.

Amleto enfatizó la última frase y guardó silencio. Era un silencio retórico. Además de su inmovilidad, así lo indicaban sus ojos, que mantenía muy abiertos. El alcalde había regresado al estrado y aguardaba que terminase. Miré intrigado a Claudio cuando, alzado sobre los tobillos, parecía buscar un mejor ángulo desde el cual observar el puesto de las bebidas. Su mirada resbaló en la mía sin tocarla, imposible saber si porque me evitó o porque no llegó a percatarse. El romance de Elena progresaba. La otra pareja se había escabullido y ella se había quedado a solas con el chico. Lo que nos importa hoy no nos importará necesariamente mañana. El mañana trae nuevas preocupaciones que envejecen las de ayer. No lo juzgaba del todo cierto, pero era mejor confiarse a esa idea, aunque imperfecta, que arriesgarse a perder lo bueno que el presente nos regala.

Alguien en el público gritó «que empiece ya la música» y otras voces lo secundaron. Para entonces Amleto se había levantado de la silla igual de parsimonioso que como había llegado. De pie, con las manos en los bolsillos, afrontó la última parte del monólogo.

–Madre, mi experiencia es escasa. No sé qué se puede hacer con las faltas cometidas, pero imagino que hay momentos en que la única salida es hacer un paquete con ellas y arrojarlas a un río. Tu proceder ha sido el contrario. Has construido un monumento y, agarrada a él, te has sostenido a flote achicando el espacio entre nosotros sin darte cuenta de que ya no quedaba sitio para el misterio ni para la alegría. Actuando así has perpetuado aquello que querías borrar y de paso has sido injusta con aquel a quien amas. Has creído que, por compartir la cama, ya lo compartíais todo. Madre, no nos sobra el tiempo. Alivia tu presión sobre mí y libéranos a los tres. No me obligues a salvarme yo solo, no me empujes a calmar tu remordimiento con el mío.

Tras lanzar una inexpresiva mirada al público, Amleto se dio la vuelta y descendió del entarimado.

–No he oído. ¿Qué ha dicho? –me preguntó Claudio.

El alcalde pedía un aplauso para los actores.

–Que no lo obligue a calmar su remordimiento con el suyo.

–¿El de quién?

Pensé en decir «el de la madre», pero sin querer cedí a un impulso menos considerado. Amleto estaba de vuelta, cogido de las manos con el resto del elenco. Elena aplaudía, silbaba y aplaudía. Quería verla de frente, sondear su mirada. Al fin y al cabo a lo mejor era posible vivir como ella deseaba, con levedad.

–El de tu cuñada –murmuré.

Aunque Claudio acusó mi atrevimiento de inmediato, su ademán no fue de contrariedad sino de extrañeza. Aguardó un instante, como si calculara qué decirme, y optó por el regate.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó–. ¿Te quedas en el concierto?

–Un rato –contesté–. ¿Tú?

–No lo sé. Creo que me voy a casa.

Elena ya no aplaudía y su amigo aprovechó el impasse para robarle un beso. Rieron. Luego Elena lo tomó de la mano y se dispusieron a marcharse. Claudio me había dado una segunda oportunidad y no la desdeñé.

–¿No es mejor que vayas con ella? –inquirí, apuntando con la barbilla hacia el puesto de bebidas atendido por su cuñada. Los músicos se afanaban en poner a punto sus instrumentos, Elena y el chico caminaban a contracorriente de quienes acudían a los primeros acordes. Antes de un minuto, si no se desviaban, pasarían a nuestro lado. Lo que se hace en un minuto, lo que se decide y también lo que se dice, puede durar para siempre. Actuar como si solo dispusiéramos de ese tiempo para ser juzgados acaso sea el mejor servicio que podemos brindar a quienes nos rodean y a nosotros mismos.

–Tienes razón –contestó Claudio por sorpresa.

Moví la lengua dentro de la boca, inflé los carrillos, desentumecí los músculos de la cara, sonreí. Elena me había visto y, en lugar de rehuirme, venía hacia mí sin avergonzarse de llevar la mano cautiva. Ver a un hijo crecer es contemplar la vida en movimiento. Apartarse de la vida para escribir sobre ella es la curiosa paradoja donde habitan los escritores. Había que abrir las ventanas y dejar que la vida entrara. No solo porque el espectáculo mereciera la pena: sin convertir el agua y la savia y el aire y la sangre en tinta era difícil lograr algo realmente bueno.

–Aunque me tienta ir antes en busca de mi sobrino –añadió Claudio con una leve inflexión irónica–.
Que llamándose Amleto se haya atrevido a perpetrar este esperpento merece una reprimenda.

–A mí me ha gustado –intervino tajante Elena, que por fin había llegado a nuestra altura.

La orquesta estaba lista, el cantante pronunciaba las palabras de salutación preceptivas mientras los instrumentistas interpretaban en sordina la melodía con la que arrancaría el concierto; un repentino olor a humedad, como de tormenta, impregnaba la brisa procedente del monte.

–No es que no me haya gustado, lo digo por su nombre… –insistió Claudio, sin atinar a explicarse.
A pesar de la notoria felicidad que le procuraba la compañía de su amigo, Elena había mirado a Claudio con impaciencia, y quise sacarlo del embrollo:

–Amleto es el nombre en italiano del príncipe más famoso de Dinamarca.

Los ojos de Elena, dos linternas azules en un bosque en llamas, se pararon apenas unos segundos para procesar la información. Detrás de ella, rezagados de casi todas las edades corrían a las barras para aprovisionarse de bebida.

–Que, por cierto, también tuvo la debilidad de representar una obra de teatro para su madre y su tío.

Si Claudio recibió el golpe involuntario contenido en el también, no lo hizo visible. Después de pronunciar la última frase, di un beso a Elena, agarré el plato de papel con el jamón casi intacto, así la botella de cerveza que Claudio sujetaba, petrificado, desde su llegada, y me agaché para recoger la mía. «Venga, marchaos cada uno a lo vuestro», dije tras incorporarme. Como ninguno se movió, esbocé una elocuente sonrisa a modo de despedida y me alejé en busca de una papelera. Las estrellas estaban cubiertas por una densa capa de nubes pero no parecía que fuera a llover. Por segunda vez en la noche tuve el presentimiento de que la madre de Elena no podía andar muy lejos y me sentí en paz.

(De: Mudar de piel)