Adela Basch: la literatura infantil argentina transgresora

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Escribir sobre la autora infantil argentina Adela Basch (Bs. As., 1946) supone un cierto recorrido por la memoria literaria, por la memoria histórica y, agregaría yo, por una mirada antropológica en torno de principios, valores e ideales: de lo que debería ser un país particularmente más educado, en su doble acepción pedagógica y de buenos modales. Además de hacerlo en un cierto tono. Un tono, agregaría yo, amable. Un tono que fuera gentil y reconociera al semejante como un igual. Es en esta dirección en la que se orienta la dramaturgia infantil de la escritora argentina Adela Basch. En su caso se manifiesta de modo humorístico, disparatado, pero ello es la mera contracara de señaladas convicciones en torno de Derechos Humanos y de principios éticos y cívicos. También de valores de inclusión social.

En efecto, su trabajo de reelaboración sobre ciertos clásicos universales fundacionales de cultura literaria de Occidente, desde las épocas en las que se arraiga, como La Odisea a otras de nuestra lengua oficial, como El Quijote, son abordados desde la parodia pero, más aún, desde el humor cómplice siempre transpuesto al plano del lenguaje de la dramaturgia. Pero lo que parece una inofensiva operación de conversión, en verdad encubre una implícita vocación por la transgresión y la subversión. La cultura oficial, la responsable de evaluar y decretar los pilares de un canon a esta altura y revisado por varias corrientes del pensamiento, son las que mediante el trabajo urdido con astucias por Basch se ve puesta en entredicho de modo cuestionador. Pero lo más notable de Basch (y que vengo percibiendo a lo largo de toda su escritura y su profesión de escritora) es el modo como realiza estas prácticas sin acudir a mecanismos que tramiten ni violencia, ni agresión ni abierta confrontación. No obstante, ese humor es corrosivo de los signos. El permiso de acudir a ese nuevo código, el dramático, sienta las bases de un nuevo pacto de lectura y, muy en particular en el caso del teatro, de un nuevo pacto de intervención del texto literario el orden de lo real. Basch a estas obras patrimoniales de Occidente las desvía de su dimensión originaria y de su espacio simbólico merced también a operar de modo contundente sobre su forma (de una epopeya a una pieza de dramaturgia, por añadidura, infantil; de una novela a una obra teatral igualmente infantil), lo que parecía distante y hasta inaccesible para el público de los más pequeños. Ese desacato pacífico (como toda iniciativa transformadora de Basch por otra parte) se pone de manifiesto en el plano del lenguaje pero también en una reconstrucción en el orden de la representación literaria que es recreación y reconfiguración de tensiones. En efecto, hay constantes que se preservan. Y hay otras que cambian tan radicalmente de signo al punto de volverse irreconocibles. Entre otros recursos, lo hace a través de un abordaje según el cual los contenidos de sus obras de teatro infantil, son selectivamente digitados a los fines de producir un efecto letal y sacudir la inteligencia y la sensibilidad del espectador o del lector. Pero sí avivará la curiosidad del público infantil para acercarse a ellos a través de sus obras sin prejuicios en un futuro o, quién sabe, tal vez merced a relatos de adultos bienintencionados y competentes, además de dotados para esas prácticas. Los clásicos en la versión de Basch incitan a gozar de desventuras plenas de humor porque hay ridículo sin énfasis de escarnio, hay disparate, hay juego, hay desparpajo, hay una unánime voluntad por introducir en el orden del discurso estrategias asociadas al divertimiento pero no al pasatiempo. Porque las obras de Basch son divertidas pero no pasatistas. Son entretenidas pero no son endebles a nivel de sus contenidos ni tampoco de sus estrategias constructivas, altamente insurreccionales porque hablan más que ser leídas y porque se permiten un despliegue de la imaginación deslumbrante que es de naturaleza ilimitada. Nada puede detener la catarata de bienestar que empapa las salas de teatro o bien las lecturas en un aula o acaso a solas en el cuarto de una casa.

Pienso que esto es actuar con respeto y con inteligencia. Además de con destreza respecto de los recursos más adecuados y propicios para inducir a una predisposición del respeto por las personas, no simplemente niños o niñas. Basch otorga a estos niños el estatuto de dignidad que les es denegado por otras instituciones e incluso en algunos hogares, en los que su educación sensible les es completamente sustraída. También con capacidad de comprensión del fin más culminante del acontecimiento literario. Que consiste, precisamente, en ser transformador a través de la sagacidad y las emociones. El teatro, por otra parte, aporta voces, tonos, sonidos, rimas, ritmos, diálogos, acción que hacen que la reescritura (no sólo sobre los clásicos, sino también sobre momentos de la Historia americana) sea aún más intrépida e inspirada, por un lado y, por lo tanto, más radicalmente original. En las obras de Adela Basch uno siente que el lenguaje puede palparse como si de una materia maleable se tratase. Y que las obras literalmente no reproducen diálogos entre personajes sino que acuden al lector en busca de una interpelación intransferible que lo pone en situación de que sea imposible la indiferencia o el desinterés. Basch llama a prestar atención como quien hace una llamada no al orden sino desordenar ideas demasiados cristalizadas en el orden del pensamiento traducidas en el orden del discurso y, naturalmente, de las costumbres. Desde la autopercepción del cuerpo al de la propia voz.. A las palabras de sus obras se las puede escuchar leyéndolas. Las palabras aportan ideas, sensaciones de toda clase de los sentidos y, al mismo tiempo, de un cierto tipo de participación en el universo social merced al cual esos niños o niñas serán cuando madurativamente estén preparados, agentes de cambio y agentes de participación social. Adela Basch promueve la acción en el marco de una sociedad más justa, más equitativa (entre sexos,, entre grupos, entre poblaciones avasalladas y otras que las han saqueado). En tal sentido, Basch adopta una posición que no resulta en ningún momento neutral. Toma partido por causas legítimas en las que los poderosos de la Historia han sido agraviantes con las personas semejantes en tanto que comunidad igualitaria o bien la alteridad de razas, pueblos o sexos han sido denigradas, suprimidas o directamente eliminadas.

También su teatro en el cual intervienen personajes de la Historia argentina o de América Latina que remiten a un referente de naturaleza constatable construyen un sentido de la identidad nacional y continental al tiempo que edifican marcos de referencia nítidos en los cuales reconocerse como figuras no digamos heroicas pero sí con un ascendente que ha provisto su activismo independentista. Hay siempre sin embargo una mirada que no es complaciente (pero jamás pedagógica) sobre modelos tanto de interpretación como de una lectura lineal de una Historia edulcorada de conflictos por parte de versiones oficiales. Esas miradas han construido próceres de orden tan heroicos que rozan la ingenuidad o lo naïve si uno los piensa como los agentes de cambio que fueron, pese a su condición militar, que también fue oficial. Basch procede, asimismo, a una visibilización de la violencia física y simbólica ejercida sobre sujetos subalternos. Lo que supone una posición de revisión de la Historia reverencial. La versión de una Historia cuyos relatos fueron sustraídos a una lectura infantil (e incluso adulta en ciertos casos, que fue ingenua) en la que ciertas personas o comunidades habían estallado tanto física como simbólicamente producto de la invasión y la prepotencia. La codicia que Basch pone en evidencia en sus obras visibiliza en esas figuras ambiciosas la rapiña y el agravio, la profanación y la impunidad que ha cundido como nota dominante sobre estos pueblos agredidos. Interviene de modo potente con la el soplo de la escritura y con la escena en el orden de la representación tanto literario cuanto actoral con vistas a un cambio firme y pleno de convicciones por sobre una mirada hacia una pasado acuñado en memoriales que resultan inadmisibles y deformantes, que al mismo tiempo se han divulgado como las supuestamente legítimas precisamente no siéndolo. Sobre esta mirada Basch ejerce una torsión con su escritura.

En el orden de las figuraciones sobre los próceres latinoamericanos produce nuevamente un quiebre en el nivel de la representación, esta vez de los discursos sociales. Los pinta como sujetos comprometidos e íntegros pero también con capacidad de vivir existencias colmadas de plenitud (con sus altibajos), con un humor tornadizo, con virtudes y defectos. Y que, sobre todo, no sólo están carentes de toda solemnidad sino, por el contrario, plagados de la risa que desternilla y hasta les hace perder esa investidura innecesaria por falaz y socialmente construida por generaciones de devotos. De modo que en estos términos definiría el modo como Adela Basch concibe a figuras del mapa simbólico de la cultura, por un lado. Por el otro, a figuras que en el marco de un continente también ocupan o han ocupado un espacio simbólico que destituyó a otros u otras para erigirlos a ellos como unívocos guerreros plagados de personalismo carismático. Basch socaba esta imagen sin golpes bajos ni afrentas pero también deja en claro que no es el lugar que les corresponde ocupar por derecho propio. Preocupada por dotar de una profunda verosimilitud cercana al referente histórico a figuras que han tendido a ser mediante dispositivos culturales deformantes, figuras que el tiempo ha hecho devenir hombres de yeso.

En Adela Basch sumo a todo ello un sentido de la ética, de principios y también una concepción antropológica sobre la que opera para volverla dinámica y, también, vital. Porque logra hacerle comprender al público infantil desde la propuesta de la acción escénica o lectora (como dije) que las versiones de la Historia oficial pueden ser “perversiones” que han concebido a los protagonistas de nuestras experiencias más trascedentes. La literatura debe revisitarlas con ánimo revertirlas por otras más apropiadas a la verdad (histórica y constatable). Precisamente, el teatro de Adela Basch atenta contra una habitual mitomanía pública. Desenmascara el engaño o, para no ir tan lejos, la confusión, y desengaña de esa posición que se presentaba como irrevocable.

Basch jamás es patética ni es trágica. O lo es tan sólo en ocasiones imprescindibles. Combate a los manuales, a los libros de textos, a los libros eruditos y, me parece, a todo lo que impida poner en contacto la sensibilidad infantil con la belleza en todo su magnífico esplendor. El teatro Basch viene a renovar de modo indetenible las experiencias vitales. A neutralizar los libros cortos de vista para, en cambio, propositivamente proceder a sembrar la semilla de la irreverencia y la intransigencia.

Y leo, por último, tanto la labor literaria de Basch como su trabajo en el seno de las instituciones escolares públicas desde una mirada optimista sin ser ciega a los obstáculos y las celadas. A toda clase de obstinación por parte de personas tercas y conservadoras que ratifiquen un sistema represivo. De modo que el teatro de Adela Basch es suscitador de emprendimientos. Va al encuentro del espectador o del lector, esto es, del semejante, y lo invita la movilización, a no permanecer en la butaca, esto es, el lugar que la sociedad pretende adjudicarle. Y lo incita tanto a sentir como a disentir. Y en esta intervención propositiva de deslegitimar lo invisible por naturalizado, Adela Basch, en tanto que productora cultural agente insurgente de cambios no reprocha, sino que descorre el velo de lo que merecía ser visiblizado porque resultaba tan nocivo como inductor a un modelo de cultura no inquieta sino promotora de conformismo e inautenticidad. Adela Bssch llega para poner las cosas en su lugar.

Abril 2019

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero/

Un comentario

  • Adela Basch dice:

    Me siento honrada por este artículo de Adrián Ferrero. Quiero expresar mi sincera y profunda gratitud, tanto hacia él como a El Ortiba.

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