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1
Mi historia, la historia de "cómo me hice monja", comenzó muy temprano en mi
vida; yo acababa de cumplir seis años. El comienzo está marcado con un
recuerdo vívido, que puedo reconstruir en su menor detalle. Antes de eso no
hay nada: después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e
ininterrumpido, incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos.
Nos habíamos mudado a Rosario. Mis primeros seis años los habíamos pasado,
papá, mamá y yo, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires del que no
guardo memoria alguna y al que no he vuelto después: Coronel Pringles. La
gran ciudad (era lo que parecía Rosario, viniendo de donde veníamos) nos
produjo una sensación inmensa. Mi padre no demoró más que un par de días en
cumplir una promesa que me había hecho: llevarme a tomar un helado. Sería el
primero para mí, pues en Pringles no existían. Él, que en su juventud había
conocido ciudades, me había hecho más de una vez el elogio de esa golosina,
que recordaba deliciosa y festiva aunque no atinaba a explicar su encanto
con palabras. Me lo había descripto, muy correctamente, como algo
inimaginable para el no iniciado, y eso había bastado para que el helado
echara raíces en mi mente infantil y creciera en ella hasta tomar las
dimensiones de un mito.
Fuimos caminando hasta una heladería que habíamos localizado el día
anterior. Entramos. Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema
americana y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color
rosa me encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo
lo que viniera de él. Nos sentamos en un banco en la vereda, bajo los
árboles que había en aquel entonces en el centro de Rosario: plátanos.
Observé cómo lo hacía papá, que en segundos había dado cuenta del copete de
crema verde. Cargué la cucharita con extremo cuidado, y me la llevé a la
boca.
Bastó que las primeras partículas se disolvieran en mi lengua para sentirme
enferma del disgusto. Nunca había probado algo tan repugnante. Yo era más
bien difícil en la alimentación, y la comedia del asco no tenía secretos
para mí, cuando no quería comer; pero esto superaba todo lo que hubiera
experimentado nunca; mis peores exageraciones, incluidas las que nunca me
había permitido, se veían justificadas de sobra. Por una fracción de segundo
pensé en disimularlo. Papá había puesto tanta ilusión en hacerme feliz, y
eso era tan raro en él, un hombre distante, violento, sin ternuras visibles,
que echar por la borda la ocasión me pareció un pecado. Pasó por mi mente la
alternativa atroz de tragar todo el helado, sólo por complacerlo. Era un
dedal, el vasito más chico, para párvulos, pero ahora me parecía una
tonelada.
No sé si mi heroísmo habría llegado a tanto, pero no pude siquiera ponerlo a
prueba. El primer bocado me había dibujado en el rostro una mueca
involuntaria de asco que él no pudo dejar de ver. Fue una mueca casi
exagerada, en la que se conjugaba la reacción fisiológica y su
acompañamiento psíquico de desilusión, miedo, y la trágica tristeza de no
poder seguir a papá ni siquiera en este camino de placeres. Habría sido
insensato intentar ocultarlo; ni siquiera hoy podría hacerlo, porque esa
mueca no se ha borrado de mi cara.
-¿Qué te pasa?
En su tono ya estaba todo lo que vino después.
En circunstancias normales el llanto me habría impedido contestarle. Siempre
tenía las lágrimas a flor de ojos, como tantos chicos hipersensibles. Pero
un rebote del gusto horrendo, que me había bajado hasta la garganta y ahora
volvía como un latigazo, me electrizó en seco.
-Gggh...
-¿Qué?
-Es... feo.
-¿Es qué?
-¡Feo! -chillé desesperada.
-¿No te gusta el helado?
Recordé que en el camino me había dicho, entre otras cosas cargadas de una
agradable expectativa: "Vamos a ver si te gusta el helado". Claro que lo
decía dando por supuesto que sí me gustaría. ¿A qué chico no le gusta? Los
hay que, adultos, recuerdan su niñez como un prolongado pedido de helados y
poca cosa más. Por eso ahora su pregunta tenía una resonancia de incrédulo
fatalismo, como si dijera: "No puedo creerlo; también en esto tenías que
fallarme".
Vi construirse la indignación y el desprecio en sus ojos, pero se contuvo
todavía. Decidió darme una oportunidad más.
-Cómelo. Es rico -dijo, y para demostrarlo se llevó a la boca una cucharada
cargada del suyo.
Yo ya no podía retroceder. Estaba jugada. En cierto modo no quería
retroceder. Se me revelaba que mi único camino a esta altura era demostrarle
a papá que lo que tenía entre manos era inmundo. Miré el rosa del helado con
horror. La comedia asomaba a la realidad. Peor: la comedia se hacía
realidad, frente a mí, a través de mí. Sentí vértigo, pero no podía echarme
atrás.
-¡Es feo! ¡Es una porquería! -Quise ponerme histérica. -¡Es asqueroso!
No dijo nada. Miraba el vacío delante de él y comía de prisa su helado. Yo
había errado una vez más el enfoque. Lo cambié con aturdida precipitación.
-Es amargo -dije.
-No, es dulce -respondió con una contenida suavidad cargada de amenaza.
-¡Es amargo! -grité.
-Es dulce.
-¡¡Es amargo!!
Papá ya había renunciado a toda satisfacción que pudiera haber esperado de
la salida, de la comunión de gustos, de la camaradería. Eso quedaba atrás,
¡y qué ingenuo de su parte, debía de estar pensando, en haberlo creído
posible! No obstante, y sólo para ahondar más su propia herida, emprendió el
trabajo de convencerme de mi error. O de convencerse él de que yo era su
error.
-Es una crema muy dulce con gusto a frutilla, riquísima.
Yo negaba con la cabeza.
-¿No? ¿Y qué gusto tiene entonces?
-¡Es horrible!
-A mí me parece muy rico -dijo tranquilamente, y engulló otra cucharada. Su
calma me espantaba más que cualquier otra cosa. Intenté hacer las paces por
un camino retorcido, muy típico de mí:
--No sé cómo puede gustarte esa porquería. -Traté de darle un tonillo de
admiración.
-A todo el mundo le gustan los helados -dijo lívido de furia. La máscara de
paciencia caía, y no sé cómo yo todavía no estaba llorando. -A todo el mundo
menos a vos, que sos un tarado.
-¡No, papá! ¡Te juro...!
-Come ese helado.- Frío, tajante. -Para eso te lo compré, taradito.
-¡Pero no puedo...!
-Comelo. Probalo. Ni lo probaste.
Abriendo grandes los ojos por mi honestidad puesta en duda (tendría que
haber sido un monstruo para mentir por gusto) exclamé:
-¡Te juro que es horrible!
-¡Qué va a ser horrible! Probalo.
-¡Ya lo probé! ¡No puedo!
Se le ocurrió algo y volvió a un nivel más condescendiente:
-¿Sabes qué debe ser? Que te dio impresión lo frío. No el gusto, sino lo
frío que está. Pero enseguida te vas a acostumbrar y vas a ver qué rico es.
Me aferré a un clavo ardiente. Quise creer en esa posibilidad, que a mí no
se me habría ocurrido en mil años. Pero en el fondo sabía que no valía la
pena. No era así. Yo no tomaba habitualmente bebidas heladas (no teníamos
heladera) pero las había probado y sabía bien que no era eso. Aun así, me
aferré. Tomé con suma precaución una pizca de helado en la punta de la
cucharita, y me la llevé a la boca mecánicamente.
Me resultó mil veces más asqueante que la vez anterior. Lo habría escupido,
de saber cómo hacerlo. Nunca aprendí a escupir a distancia. Me chorreó por
las comisuras de los labios.
Papá había seguido cada uno de mis movimientos de reojo, sin dejar de comer
su helado a grandes cucharadas. Las tres capas de distintos colores iban
desapareciendo velozmente. Con la cucharita aplastó la crema dejándola a
nivel con los bordes del vasito de barquillo. En ese punto comenzó a
comérselo. Yo no sabía que esos vasitos se comían, y me pareció una
manifestación de salvajismo que desbordó la capa de mi espanto. Empecé a
temblar. Sentí subir el llanto. Me habló con la boca llena:
-¡Probalo bien, idiota! Una buena porción para que puedas sentirle el gusto.
-Pe... pero...
Terminó el suyo. Arrojó la cucharita a la calle. Milagro que no se la
comiera también, pensé. Con las manos libres, se volvió hacia mí, y supe que
el cielo se me estaba cayendo encima.
-¡Cómelo de una vez! ¿No ves que se está derritiendo?
Efectivamente, el copo de helado se estaba haciendo líquido, y unos
arroyuelos rosa corrían por el borde del vasito y me goteaban sobre la mano
y el brazo, y sobre mis piernas flacas bajo el pantalón corto. Eso me
inmovilizaba definitivamente. Mi angustia crecía al modo exponencial. El
helado se me aparecía como el más cruel dispositivo de tortura que se
hubiera inventado. Papá me arrancó la cucharita de la otra mano y la clavó
en la frutilla. La levantó bien cargada y me la acercó a la boca. Mi única
defensa habría sido cerrarla, y no volver a abrirla nunca más. Pero no
podía. La abrí, redonda, y la cucharita entró. Se posó en mi lengua.
-Cerrá.
Lo hice. Las lágrimas ya me velaban los ojos. Al apretar la lengua contra el
paladar y sentir cómo se deshacía la crema, se formó un sollozo en todo mi
cuerpo. No hice los movimientos de tragar. El asco me inundaba, me explotaba
en el cerebro como un rayo. Otra cucharada bien cargada venía en camino.
Abrí la boca. Ya estaba llorando. Papá me puso la cucharita en la otra mano.
-Seguí vos.
Me atraganté, tosí, y empecé a llorar a los gritos.
-Ahora estás encaprichado. Me lo haces a propósito.
-¡No, papá! -tartamudeé de modo ininteligible. Sonaba: "pa no pa no no pa".
-¿No te gusta? ¿Eh? ¿No te gusta? ¿No ves que sos un tarado?- Lloré.
-Contestame. Si no te gusta no hay problema. Lo tiramos a la mierda y ya
está.
Lo decía como si eso fuera una solución. Lo peor era que papá, por haber
comido tan de prisa su helado, tenía la lengua entumecida y hablaba como yo
nunca lo había oído, con una torpeza que me lo hacía más feroz, más
incomprensible, muchísimo más temible. Creía que era la rabia lo que le
endurecía la lengua.
-Decime por qué no te gusta. A todos les gusta y a vos no. Decime el motivo.
Increíblemente, pude hablar; pero tenía tan poco que decir.
-Porque es feo.
-No, no es feo. A mí me gusta.
-A mí no -imploré.
Me tomó el brazo y guió la mano con la cucharita hasta el helado.
-Tómalo y nos vamos. Para qué te habré traído.
-¡Pero no me gusta! Por favor, por favor...
-Está bien. Nunca más te vuelvo a comprar uno. Pero tomá éste.
Cargué la cucharita mecánicamente. De sólo pensar que ese suplicio iba a
seguir me sentía desfallecer. Ya no tenía voluntad. Lloraba francamente, sin
embozos. Por suerte estábamos solos. Al menos esa humillación papá se la
ahorró. Se había callado, no se movía. Me miraba con el mismo disgusto
profundo, visceral, con que yo consideraba mi helado de frutilla. Yo quería
decirle algo, pero no sabía qué. ¿Que el helado no me gustaba? Ya se lo
había dicho. ¿Que el sabor del helado era inmundo? También se lo había
dicho, pero era algo que no valía la pena decir, que aun después de decirlo
seguía en mí, incomunicable. Porque a él le gustaba, le parecía exquisito.
Todo era imposible, para siempre. El llanto me dobló, me quebró. Y no podía
esperar ningún consuelo. La situación era inexpresable por ambos lados. Él
tampoco podía decirme cuánto me despreciaba, cuánto me odiaba. Esta vez, yo
había ido demasiado lejos. Sus palabras no me alcanzarían.
2
La discusión, como dije al terminar el capítulo anterior, había llegado a su
fin, si es que puede hablarse de discusión. Habíamos caído en un silencio
que ni siquiera el ruido entrecortado de mis sollozos alteraba en
profundidad. Mi padre era una estatua, un bloque de piedra. Yo, estremecida,
trémula, húmeda, con el vaso de helado en una mano y la cucharita en la
otra, la cara roja y descompuesta en un rictus de angustia, no estaba menos
inmovilizada. Lo estaba más, atada a un dolor que me superaba con creces,
dando con mi infancia, con mi pequeñez, con mi extrema vulnerabilidad, la
medida del universo. Papá no insistió más. Mi último y definitivo recurso
habría sido terminar por mi cuenta el helado, encontrarle el gusto al fin,
remontar la situación. Pero era imposible. No necesitaba que me lo dijeran.
Ni siquiera necesitaba pensarlo. En mi suprema impotencia, tenía firmemente
dominadas las riendas de lo imposible. La calle vacía bajo los plátanos, el
calor asfixiante del enero rosarino, devolvían el eco de mis sollozos. En la
quietud, el sol hacía dibujos de luz. Me caían lágrimas innumerables, y el
helado se derretía francamente, los hilos rosa me corrían hasta el codo,
desde donde goteaban a la pierna.
Pero no hay situación que se eternice. Siempre pasa algo más. Lo que sucedió
entonces vino de mi cuerpo, de lo profundo, sin preparación alguna por la
voluntad o la deliberación. Una arcada me sacudió el plexo. Fue algo
grotesco, de caricatura. Era como si algo en mí quisiera demostrar que tenía
enormes reservas de energía, listas a desencadenar en cualquier momento. De
inmediato, otra, más exagerada todavía. A los muchos estratos de mi miedo se
agregaba éste de ser presa de un mecanismo físico incontrolable. Papá me
miró, como si volviera de muy lejos:
-Basta de farsa.
Otra arcada. Otra más. Otra. Eran una serie. Todas secas, sin vómito.
Parecían las frenadas de un auto loco. Frenadas ante el abismo, pero
repetidas, como si el abismo se multiplicara.
Un interés nació en el rostro de papá. Yo conocía tan bien ese rostro,
cetrino, redondo, con la calva prematura, la nariz aguileña que heredó mi
hermana, no yo, y el espacio excesivo entre la nariz y la boca, que él
disimulaba con un bigote bien recortado. Lo conocía tan bien que no
necesitaba mirarlo. Era un hombre previsible. Al menos lo era para mí. Yo
también debía de ser previsible para él. Pero las arcadas lo habían
sorprendido. Las miraba casi como si yo me hubiera objetivado, como si
hubiera salido de él, de su destino. Yo seguía en la mía. Arcada. Arcada.
Arcada.
Al fin amainaron, sin que hubiera llegado a vomitar. Ya no lloraba. Me
contenía, me aferraba a una triste parálisis. Otra arcada remanente. Un hipo
hepático.
-Pero será posible, la puta madre que te parió...
Vacilaba un poco. Debía de estar pensando cómo haría para llevarme a casa.
No sabía, pobre papá, que ya nunca más me llevaría a casa. Aunque estoy
segura de que si alguien se lo hubiera dicho en ese momento, habría sentido
alivio.
Con todas las sacudidas, y siempre sin soltar el vasito, yo me había
asperjado de helado de pies a cabeza, ropa incluida. De modo que su primera
medida fue quitármelo; hizo lo propio con la cucharita de la otra mano. Yo
era muy pequeña, muy menuda, inclusive para mis seis años recién cumplidos.
Papá era un hombre grande, sin ser corpulento. Pero tenía dedos largos y
finos (que yo sí he heredado), y me alivió de mis dos cargas con precisión.
Buscó un lugar donde tirarlos. Pero no lo buscaba en realidad porque no
había dejado de mirarme. Entonces hizo algo sorprendente.
Metió la cuchara en el vaso, en los restos del heladito rosa ya medio
líquido, pero todavía manejable, la cargó y se la llevó a la boca. No
insultaré la memoria de mi padre diciendo que no quería desaprovechar el
helado ya pago. Estoy segura de que no era ése el caso. Podía tener gestos
de tacaño, como los tenemos todos, pero no en una ocasión como aquélla. En
su simplicidad de hombre de pueblo, era coherente. Estoy segura de que no
concebía siquiera la posibilidad de complicar la tragedia. Prefiero pensar
que quiso deleitarse, una sola vez, una sola cucharada, con el más cabal
sabor del helado de frutilla. Como una última, secreta, sublime
confirmación.
Pero se produjo un giro completo. Frunció los rasgos de inmediato en una
mueca de asco, y escupió con fuerza. ¡Era inmundo! Yo estaba desorbitada
(estaba desorbitada de antes, por las arcadas) y lo veía doble, o triple.
Debería haberme transportado el conocido sentimiento de triunfo, el triunfo
de los débiles de ver que se les da la razón después de lo irremediable.
Algo de eso hubo, quizás, porque el hábito es fuerte. Pero no me sentí
transportada. De hecho, no entendía bien qué podía estar pasando. Estaba tan
arraigada en el desastre que buscaba otra explicación, más barroca, una
vuelta de tuerca que no anulase lo anterior, como habría tendido a anularlo
cualquier persona moralmente sana.
Se llevó el vasito a la nariz y olió con fuerza. Su gesto de disgusto se
acentuó. Hubo esa impasse de movimientos imperceptibles que anuncia el paso
a la acción. Él no era un hombre de acción; en ese aspecto era normal. Pero
la acción a veces se impone. No me miró. En todo lo sucesivo de esa tarde
funesta no volvió a mirarme. Aunque debo de haber sido un considerable
espectáculo. Ni una sola vez volvió sus ojos a mí. Una mirada habría
equivalido a una explicación, y ya era imposible explicarnos. Se levantó y
fue adentro de la heladería, me dejó sola en el banco de la vereda, llorosa
y enchastrada. Pero yo fui tras él.
-Señor...
El heladero alzó la vista del Tony. Quiso componer la cara porque adivinó
que había problemas, y no acertaba a imaginarse de qué índole eran.
-Esta mierda de helado que me vendió está en mal estado.
-No.
-¡Cómo que no, carajo!
-No señor, todo el helado que vendo es fresco.
-Bueno, éste está podrido.
-¿Cuál es? ¿Frutilla? Me lo trajeron esta mañana.
-¡Qué mierda me importa! ¡Esto está podrido!
-Más fresco, imposible -insistió el hombre. Buscó rápidamente entre las
tapas de aluminio de los tambores alineados en el mostrador, y abrió una.
-Ahí está, sin empezar. Lo empecé con usted.
-¡Pero no me va a decir a mí!
-¿Qué culpa tengo yo si al pibe no le gustó?
Papá estaba rojo de furor. Le tendió el vasito.
-¡Pruébelo!
-Yo no tengo por qué probar nada.
-No... Usted lo va a probar y me va a decir si...
-No me grite.
A pesar de esta sugerencia sensata, los dos estaban gritando.
-Lo voy a denunciar.
-No me haga reír.
-¡Qué se cree!
-¡Qué se cree usted!
En realidad, habían llegado a una competencia de voluntades. Eso impedía que
el problema encontrara su solución natural. Mi padre debía de saber que si
él hubiera probado el helado de frutilla de entrada, las cosas no habrían
llegado tan lejos. Pero no lo había hecho, y ahora le devolvían la misma
moneda, que él no podía ver sino por el reverso, el de la malevolencia.
Adiviné que estaba dispuesto a hacérselo probar por la fuerza. El otro, por
su parte, se enfrentaba a una alternativa en la que creía tener todas las de
ganar. Podía probar el helado, encontrarle o no algún sabor extraño,
ligeramente amargo o medicinal, y embarcarse en una interminable discusión
sobre lo incomunicable o indecidible. En ese momento entraron dos chicos. El
heladero los miró, con el triunfo pintado en el rostro.
-Dos de un peso.
Los de un peso eran grandes, de cuatro gustos. Dos pesos en aquellos años
eran algo. La escena cambiaba radicalmente. Ahora ponía a la heladería bajo
la luz de la prosperidad, de la normalidad, el ancho mundo entraba bajo la
figura de esos dos adolescentes. Quedaba atrás la figura siniestra del loco
reclamando por un matiz del sabor en un helado de diez centavos. Esa
apertura de la situación significaba nuevas reglas. Reglas de racionalidad,
que habían estado faltando. Toda relación, incluida (y sobre todo) la mía
con papá, tenía sus reglas. Pero además estaban las reglas de juego
generales del mundo. El heladero lo percibió con fluidez, y fue lo último
que percibió. Sin alterar su gesto de triunfo, dijo:
-A ver qué pasa con esa frutilla.
Se dirigía más a los recién llegados que a papá. Era su definitiva
demostración de dominio. Mi padre seguía con el patético vasito de helado
derretido en la mano. El otro no probaría esa porquería: probaría su buen
helado del tambor, fresco y virgen. Papá se alarmó. Se sentía derrotado.
-No, pruebe éste... -dijo. Pero lo dijo sin verdadera convicción. No tenía
la razón de su parte. Y a la vez la tenía. Dentro de todo, le convenía
reservarse esa carta. Si el helado del tambor se revelaba correcto, le
quedaba el recurso del vasito.
El heladero alzó la tapa, tomó una cucharita limpia, raspó superficialmente
y se la llevó a la boca como un conocedor. El gesto de asco fue instantáneo
y automático. Escupió a un costado.
-Tiene razón. Está feo. No lo había probado.
Lo decía como si tal cosa. Como lo más natural del mundo. No pensaba pedir
perdón. En realidad, no cuadraba. Fue demasiado para papá. El odio, el
instinto destructor, se hizo presente con la contundencia de un mazazo.
-¿Y así me lo dice? ¿Después de...?
-¡No se altere! ¡Yo qué culpa tengo!
A esta altura, lo único que les quedaba, a los dos, para poder seguir
adelante, era la violencia más desencadenada. No retrocedieron. Papá se
lanzó por sobre el mostrador a abofetearlo. El heladero se hizo fuerte
detrás de la caja registradora. Los dos chicos salieron corriendo, pasaron a
mi lado (yo estaba clavada en el umbral, fascinada, hilvanando de modo
enfermizo las distintas lógicas que se sucedían en la controversia) y
miraron desde afuera. Papá había saltado al otro lado del mostrador y
dirigía todas sus trompadas a la cabeza de su rival. El heladero era gordo,
torpe, y no atinaba a devolver los golpes, sólo a cubrirse, y eso apenas.
Papá gritaba como un energúmeno. Estaba fuera de sí. Un cross que acertó por
casualidad en plena oreja hizo girar al heladero noventa grados. Quedó
dándole la espalda, y papá lo tomó con las dos manos por la nuca, se le pegó
con todo el cuerpo (parecía como si lo estuviera violando) y le metió la
cabeza en el tambor de frutilla, que había quedado abierta.
-¡Te lo vas a comer! ¡Te lo vas a comer!
-¡Nooo! ¡Saquenmeló... ggh... de encima...!
-¡Te lo vas a...!
-¡Gggh...!!
-¡Te lo vas a comer!
Con fuerza hercúlea le hundía la cara en el helado y apretaba y apretaba.
Los movimientos de la víctima se hacían espasmódicos, y más espaciados...
hasta que cesaron por completo.
3
Nunca supe cómo salí de la heladería, cómo me sacaron... qué pasó... Perdí
el conocimiento, mi cuerpo empezó a disolverse... literalmente... Mis
órganos se hicieron viscosos... pingajos colgados de necrosis pétreas...
verdes... azules... La única vida que producían era el ardor frío de la
infección... de la descomposición... hinchazones... manojos de ganglios...
Un corazón del tamaño de una lenteja latiendo aterido en medio de los
despojos... un silbido irregular en la tráquea torcida... Nada más...
Yo había sido víctima de los temibles ciánidos alimenticios... la gran marea
de intoxicaciones letales que aquel año barría la Argentina y países
vecinos... El aire estaba cargado de miedo, porque atacaban cuando menos se
los esperaba, el mal podía venir en cualquier alimento, aun los más
naturales... la papa, el zapallo, la carne, el arroz, la naranja... A mí me
tocó el helado. Pero hasta la comida hecha en casa, amorosamente... podía
ser veneno... Los niños eran los más afectados... no resistían... Las amas
de casa se desesperaban. ¡La madre mataba a su bebé con la papilla! Era una
lotería... Tantas teorías contradictorias... Tantos habían muerto... Los
cementerios se llenaban de pequeñas lápidas con inscripciones cariñosas...
El ángel voló a los brazos del Señor... firmado: sus padres inconsolables.
Yo la saqué barata. Sobreviví. Pude contar el cuento... pero a un precio de
todos modos muy alto... Por algo dicen: lo barato sale caro.
La enfermedad se hizo doble en mí. Debería habérmelo esperado... en el caso
inconcebible de que hubiera podido esperar algo. El mal se manifestó en una
especie de equivalencia cruel. Mientras mi cuerpo se retorcía en las
torturas del dolor, mi alma estaba en otra parte, donde por motivos
distintos sufría lo mismo. Mi alma... la fiebre... En aquel entonces no se
usaba bajar la fiebre con medicamentos... La dejaban cumplir su ciclo,
interminablemente... Yo estaba en un delirio constante, me sobraba tiempo
para elaborar las historias más barrocas... Supongo que tendría altos y
bajos, pero se sucedían en una intensidad única de invención... Las
historias se fundían en una sola, que era el revés de una historia... porque
no tenía más historia que mi angustia, y las fantasmagorías no se posaban,
no se organizaban... No me permitían siquiera entrar, perderme en ellas...
Uno de los avatares de la historia era la inundación. Yo estaba en mi
casa... En la casa de Pringles que habíamos dejado al mudarnos a Rosario...
que ya no era nuestra y donde no volveríamos a vivir. El agua subía, y yo en
la cama mirando el techo paralizada... ni siquiera podía volver la cabeza
para ver el agua... pero en el techo se reflejaban los bucles blanquecinos
de la creciente... Era una ficción salida de la nada, porque nunca habíamos
estado cerca de una inundación... Otro: yo convidaba a mi familia con
bombones envenenados... Cobertura de chocolate, una capa finísima de vidrio,
y adentro arsénico alcohólico... No tenía antídoto... Lo irreparable... Papá
aceptaba uno, mamá también... Yo quería volver atrás, me arrepentía, pero ya
era tarde... Iban a morirse... la policía no tendría problemas en averiguar
la causa... me interrogarían... Yo decidía confesar todo, llorar a mares,
dejar que me arrastraran las aguas... Pero ni siquiera la muerte podía
consolarme porque ¿cómo iba a vivir yo sin mi papá y mi mamá? Y lo peor era
que nunca se había visto una hija que matara a sus padres... nunca...
Otro (pero eran distintas caras de la misma pesadilla): un animal nadando
dentro de la casa inundada, una nutria... Nos mordía los pies si
intentábamos caminar en el agua que subía... Si mi mano resbalaba de la
sábana me comería los dedos uno por uno...
Otro más: yo seguía paralizada, la cabeza apoyada en una almohada alta, y mi
mamá abría el armario con puertas de vidrio verde que había frente a la
cama, donde yo guardaba mis libros... En realidad no tenía libros, era
demasiado chica, no sabía leer... El pánico me cortaba la respiración...
¿Qué había ido a buscar en el armario mi mamá? ¿Acaso sabía...? Aprovechaba
mi impotencia para... En cualquier momento lo encontraría... mi secreto...
¡Alto, mamá! ¡No lo hagas! ¡Te causará dolor, el dolor más grande de tu
vida! Su dolor sería tan grande como mi vergüenza, mi espanto...
No necesito decir que yo no tenía ningún secreto... Nunca tuve secretos, y a
la vez todo era secreto, pero secreto involuntario... El delirio daba el
modelo, y algo más que el modelo... Mamá hurgaba en el armario... en medio
de la inundación... ¡en lugar de tomar medidas más prácticas, como tomarme
en brazos y ponerme a salvo, a campo traviesa, por las llanuras inundadas!
La odiaba por eso... Ella seguía buscando, alucinada, aunque la nutria, de
pronto mi cómplice, le roía los tobillos sumergidos... y yo sabía además que
le quedaban minutos de vida, el veneno ya estaría actuando... si es que
había comido el bombón, ¡y ojalá lo hubiera comido!
Ojalá... dentro de todo... Pero no. No era cuestión de que pasara esto o
aquello... Era una combinatoria, o mejor dicho un orden... Los hechos se
ordenaban de otro modo... Se repetían... O mejor dicho, derivaban... En los
peores momentos me preguntaba a mí misma: ¿estoy loca?
Por encima de estas historias se suspendía otra, más convencional en cierto
modo, al mismo tiempo más fantástica. Funcionaba aparte de la serie, como un
"fondo", todo el tiempo. Era una especie de cuento detenido... un episodio
de terror, muy preciso y con detalles escalofriantes... La angustia que me
provocaba hacía parecer en comparación un entretenimiento de fin de semana
el delirio cuadripartito... Salvo que no era un detalle, un relámpago en el
cielo tormentoso... Era todo lo que me pasaba... todo lo que me pasaría en
una eternidad que no había empezado ni terminaría nunca... Yo estaba
dibujada en un librito de cuento de hadas, me había hecho mito... y lo veía
desde adentro...
Desde adentro... Yo estaba sola en casa. Papá y mamá habían tenido que ir a
un velorio y me habían dejado encerrada... en aquella vieja casita de
Pringles en la que ya no vivíamos... sola con mis cuatro historietas dando
vueltas en la cabeza... mi corona de espinas... Las dos puertas estaban con
llave, bajadas las persianas de madera de las ventanas... una caja fuerte
para el tesoro de vida que tenían mis papás: yo. El realismo era minucioso,
hermético... Pero cuando digo que estaba sola, que la casa estaba cerrada,
que era de noche... no son circunstancias, no son elementos sueltos con los
que armar una serie... La serie era exterior (la inundación, la nutria, los
bombones, el secreto) y agotaba todas las reservas delirantes de mi
fiebre... Aquí ya no quedaba sino el bloque de realidad inmanejable, el
verosímil rabioso...
Me habían recomendado severamente que no le abriera a nadie, bajo ninguna
circunstancia. ¡Como si fuera necesario! De eso dependía mi vida y algo más.
Nunca me habían dejado sola antes (en la realidad nunca lo hicieron) pero
esto era fuerza mayor... La primera vez siempre asusta, por lo que pueda
pasar... Yo estaba segura de mí, la consigna era simple... No abrir. Podía
hacerlo. Era fácil. Podían confiar en mí. Además, ¿quién iba a venir, a la
medianoche...? Mi vida dependía de eso, mi integridad... ¿Quién, quién,
quién podía venir?
¡Pero estaban llamando a la puerta de calle! ¡La estaban golpeando, como si
quisieran echarla abajo! No era sólo que llamaran: querían entrar... ¿Para
qué iban a quererlo sino para asesinarme? ¡Y yo estaba sola...! Debían de
saberlo... lo sabían perfectamente, por eso venían... Eran ladrones, venían
a desvalijar la casa, en la hipótesis más benévola... Estaba en mis manos
impedirlo, pero mis manos eran tan débiles... Temblaba como una hoja, atrás
de la puerta... ¿Por qué me habían dejado sola? ¿Qué era tan importante que
tuvieran que abandonarme?
Lo peor es que... eran ellos... ¡Eran papá y mamá, los que llamaban a la
puerta! Los dos monstruos habían adoptado la forma de mi mamá y mi papá...
No sé cómo los veía, supongo que por el agujero de la cerradura, que
alcanzaba poniéndome en puntas de pie... Me erizaba de pies a cabeza, me
congelaba... al verlos tan idénticos... les habían robado las caras, la
ropa, el pelo... a papá muy poco porque era calvo, pero los rulos rojos de
mi mamá... Eran símiles perfectos, sin errores... ¡El trabajo que se habían
tomado! Esos seres que no tenían forma, o no me la revelaban... esos
simulacros... sus pésimas intenciones... El espanto me helaba la sangre, no
podía pensar...
Sacudían la puerta con frenesí, no sé cómo no se venía abajo... Gritaban mi
nombre, hacía horas que lo estaban gritando... con las voces de papá y
mamá... ¡Las voces también! Un poco alteradas, un poco roncas... Habían
tomado cognac en el velorio, y no estaban acostumbrados... se ponían como
locos... Habían perdido la llave, o se la habían olvidado... cualquier
cosa... la mentira era tan transparente... ¡Me insultaban! ¡Me decían cosas
feas! Y yo lloraba de horror, muda, paralizada...
Papá saltaba el muro del patio, iba a la puerta de la cocina, empezaba a
golpearla, a patearla... Yo cruzaba la casa oscura, como una sonámbula, me
paraba frente a la otra puerta, le rogaba a Dios que resistiera... Mi
plegaria era escuchada, por una vez... Volvía a la puerta de calle...
Y aunque quisiera abrirles, ¿cómo hacerlo? Estaba encerrada, no tenía la
llave... ¿O sí la tenía?
Eso era secundario. ¿Quería o no quería abrirles? Por supuesto que no. No me
engañaban... ¿O sí me engañaban? ¿Cómo saberlo? Eran exactamente como mis
padres, más reales que la realidad... No sacaba el ojo del agujero de la
cerradura, bebía esa escena irreal... Pero dentro de lo irreal eran ellos,
ellos mismos, mis padres... No sólo en la máscara sino en los gestos, en los
tics, en el estilo, en sus historias... Ése era mi modo de ver a mis padres,
sobre todo a papá... con mamá era otra cosa... a él lo veía no en la persona
exterior como podía verlo cualquiera... veía su modo de ser, su pasado, sus
reacciones, su razonamiento... a mamá también, ahora que lo pienso... Y no
porque yo fuera especialmente perspicaz sino porque ellos, por ser mis
padres, no tenían forma, o no me la revelaban... se negaban a hacerlo... fue
la tragedia de mi infancia y de toda mi vida... Mi mirada no podía detenerse
en la visión, se precipitaba más allá, a un abismo, y yo atrás...
Los golpes eran atronadores, la casita se estremecía en sus cimientos... los
gritos arreciaban... me decían todas las verdades que se me podían decir...
ya sin palabras... no importaba porque yo entendía igual... ¿Pero no ves que
somos nosotros? ¿No ves que somos nosotros, idiota? ¡Idiota!
¡No! Mis papas no me tratarían así... ellos me querían, me respetaban... Y
sin embargo... a veces se ponían nerviosos... yo era una niña difícil... una
niña problema en algún sentido... Los atacantes se aprovechaban de eso...
toda la maldad del mundo era una arcilla con la que habían hecho esos dos
muñecos atroces...
¿Qué sería de mí? ¿Caería en sus manos? ¿Entrarían? ¿Me daría un ataque de
imprudencia y les abriría yo misma, sin pensar, llevada por un optimismo
imbécil...? ¿Les creería?
¿Cómo saberlo? Eso era lo peor: que no hubiera desenlace... O mejor dicho:
que lo hubiera. Porque si sólo faltara el desenlace, habría podido quedarme
de algún modo tranquila, esperándolo... procrastinar, dejarlo para
después... ¡Pero éste era el desenlace! Era y no era... Casi habría podido
decir que no era nada. Porque no veía nada, el delirio no era lo bastante
fuerte, o lo era demasiado... No veía la casa donde estaba encerrada, no
veía a los maniquíes horrendos que la sitiaban... las almas de mamá y
papá... No era una alucinación... ¡Qué descanso si lo hubiera sido...! Era
una fuerza... una onda invisible...
Duró un mes. Increíblemente, sobreviví. Podría decir: me desperté. Salí del
delirio, como se sale de la cárcel. El sentimiento lógico habría sido el
alivio, pero no fue mi caso. Algo se había roto en mí, una válvula, un
pequeño dispositivo de seguridad que me permitiera cambiar de nivel.
4
Cuando recuperé el sentido, me hallaba en la sala de pediatría del Hospital
Central de Rosario.
Abrí los ojos a una experiencia nueva para mí. El mundo de las madres. Papá
no fue a visitarme una sola vez. Pero ni un solo día dejé de esperarlo, con
una mezcla de anhelo y aprensión que conservaba algo del encadenamiento de
los delirios. Mamá sí estaba presente, y ella traía el aroma del espanto,
como una sombra de papá. Era inevitable, porque yo había entrado para
siempre en el sistema de la acumulación, en el que nada, nunca, queda atrás.
No le pregunté por él. Mamá no era la misma. La veía distraída, inquieta,
angustiada. No se quedaba mucho, decía que tenía que hacer, y yo entendía.
En las otras camas había una madre o una tía o una abuela turnándose las
venticuatro horas. Yo estaba sola, abandonada en un orbe materno.
Había unos cuarenta chicos internados conmigo, por las más diversas causas,
desde fracturas a leucemia. Nunca los conté, ni hice amistad con ninguno; ni
siquiera le dirigí la palabra a nadie.
Tardaron una eternidad en darme de alta, así que toda la población se renovó
durante mi estada, algunas camas hasta diez veces o más. Había de todo,
desde chicos que parecían gozar de excelente salud y hacían una bulla
fenomenal, hasta otros decaídos, inmóviles, dormidos... Yo era de estos
últimos. La debilidad me tenía paralizada, en un sopor permanente. Durante
largas horas, a partir de la media tarde, entraba en una especie de
letargia. No movía siquiera las pupilas. Pasaba días enteros, semanas
enteras, en ese estado; me sentía recaer en él sin haber salido, o sin haber
tenido conciencia de salir... Y la caída era muy profunda...
Todos los días, a la peor hora, al comienzo de la peor hora, me visitaba el
médico. Debía de estar interesado en mi caso: eran pocos los que sobrevivían
a los ciánidos. Alguna vez le oí pronunciar la palabra "milagro". Si había
milagro, era por completo involuntario. Yo no colaboraba con la ciencia. Por
una manía, un capricho, una locura, que ni yo misma he podido explicarme,
saboteaba el trabajo del médico, lo engañaba. Me hacía la estúpida... Debo
de haber pensado que la ocasión era tan propicia que habría sido una pena
desaprovecharla. Podía ser todo lo estúpida que quisiera, impunemente. Pero
no era tan simple como la resistencia pasiva. La mera negativa era demasiado
aleatoria, porque a veces la nada puede ser la respuesta acertada, y yo
jamás habría dejado mi suerte en manos del azar. De modo que pudiendo dejar
sus preguntas sin respuesta, me tomaba el trabajo de responderlas. Mentía.
Decía lo contrario de la verdad, o de lo que me parecía más verdadero. Pero
tampoco era tan simple como decir lo contrario... Él aprendió pronto a
formular sus preguntas de modo que la respuesta fuera "sí" o "no", nada más.
No habría tardado en aprender a traducir al opuesto, si yo mentía siempre. Y
yo me había auto-impuesto el deber de mentir siempre; de modo que para
protegerme debía hacer sinuoso el procedimiento, lo que no era tan fácil si
uno debe responder por la negativa o la afirmativa, sin medias tintas. A lo
que debe sumarse otra autoimposición: la de no intercalar verdades en las
mentiras. Esto último por miedo a no llevar bien la cuenta, y que el azar
interviniera. No sé por qué lo hacía, pero me las arreglé. Algunas de mis
maniobras (no sé para qué las cuento, como no sea para darle ideas a un
enfermo): me hacía la sorda a una pregunta, y cuando él formulaba la
siguiente, yo respondía a la anterior, con la mentira por supuesto;
respondía, siempre falaz, a un elemento de la pregunta, por ejemplo a un
adjetivo o a un tiempo verbal, no a la pregunta en sí: me preguntaba "¿era
aquí dónde te dolía?" y yo contestaba "no" arreglándomelas, con un
movimiento de las cejas, para darle a entender que no era ahí donde me dolía
antes, pero me estaba doliendo ahora; él captaba esos matices, no se perdía
uno, se desesperaba, se corregía: "¿es ahí donde te duele?"; pero yo ya
había pasado a otro sistema de mentir, a otra táctica... Debo decir en mi
descargo que lo improvisaba todo. Aunque tenía verdaderos eones para pensar,
nunca los usaba para eso.
-¿Cómo anda hoy don César? Qué bien se lo ve don César. ¿Ya quiere ponerse a
jugar al fóbal don César? A ver cómo andamos don César...
Su alegría era contagiosa. Era un hombre joven, pequeño, de bigotito.
Parecía venir de muy lejos.
Del mundo. Yo lo miraba poniendo una cara especial que había inventado, que
significaba ¿qué? ¿qué? ¿de qué me está hablando? ¿por qué me hace preguntas
difíciles? ¿no ve el estado en que estoy? ¿por qué me habla en chino y no en
castellano? Él bajaba la vista, pero lo tomaba lo mejor que podía. Se
sentaba en el borde de la cama y empezaba a palparme. Hundía un dedo aquí y
allá, en el hígado, en el páncreas, en la vesícula...
-¿Duele aquí?
-Sí.
-¿Duele aquí?
-No.
-¿Aquí?
-¿Sí?
Empezaba todo de nuevo, desorientado. Buscaba los lugares donde fuera
imposible que no me doliera. Pero no los encontraba, no encontraba lo
imposible, de lo que yo era dueña y señora. Yo tenía las llaves del dolor...
-¿Duele un poquito aquí?
Le daba a entender que el interrogatorio me había fatigado. Me largaba a
llorar, y él trataba de consolarme.
Me ponía el estetoscopio. Yo creía poder acelerar el corazón a voluntad, y
quizás lo hacía. Acto seguido empezaba a manipularme con mil precauciones.
Se le ocurría auscultarme por la espalda, para lo cual debía sentarme, y le
resultaba tan difícil como dejar parado un palo de escoba. Si lo conseguía
al fin, yo me ponía a bambolear la cabeza con frenesí y a hacer arcadas. En
ese punto la ficción se confundía con la realidad, mi simulacro se hacía
real, teñía todas mis mentiras de verdad. Es que las arcadas tenían para mí
un carácter sagrado, eran algo con lo que no se jugaba. El recuerdo de papá
en la heladería las hacía más reales que la realidad, las volvía el elemento
que lo hacía real todo, contra el que nada se resistía. Ahí ha estado desde
entonces, para mí, la esencia de lo sagrado; mi vocación surgió de esa
fuente.
Cuando el doctor se iba, me dejaba hecha una piltrafa. Lo oía hablar y
reírse en las camas vecinas, oía las voces de los enfermitos respondiendo a
sus preguntas... Todo me llegaba a través de una niebla espesa. Me sentía
caer en un abismo... Mi mala voluntad no era deliberada. Era sólo mala
voluntad, de la más primitiva, algo que se había apoderado de mí como la
evolución se apodera de una especie. Me había hecho su presa durante la
enfermedad, o quizás un poco antes, un paso antes, porque yo no era así
normalmente. Al contrarío, si algo me caracterizaba era mi espíritu de
colaboración. Ese hombre, el médico, era una especie de hipnotizador que me
transformaba. Lo peor era que me transformaba dejándome intacta la
conciencia de mi mala voluntad.
Mamá no se perdía pasada del doctor... Se apartaba por discreción, se
acercaba para ayudar en cuanto yo me hacía inmanejable... Tenía una
verdadera ansiedad por sacarle datos. Él hablaba de un shock... No debía de
ser un verdadero intelectual, porque mostraba mucho interés en lo que le
contaba mamá. Se alejaban, cuchicheaban, yo no tenía idea de qué podía
tratarse... No sabía que habíamos salido en los diarios. Él decía una vez
más "shock", y lo repetía una y otra y otra vez...
Pero el médico, y mamá, eran apenas una breve diversión en mi jornada. El
día se extendía con impávida majestad, se desenrollaba de la mañana a la
noche. No se me hacía largo, pero me infundía una especie de respeto. Cada
instante era distinto y nuevo y no se repetía. Era la definición misma del
tiempo, y se efectuaba sin cesar, con todos... Hacía parecer tan pequeñas
mis pequeñas estrategias malévolas, que me atontaba de vergüenza...
El día se encarnaba en Ana Módena de Colon-Michet, la enfermera. Había una
sola enfermera en la guardia diurna de la sala; una sola para cuarenta
pequeños pacientes... Puede parecer muy poco, y seguramente era poco. El
Hospital Central de Rosario era una institución bastante precaria. Pero
nadie se quejaba. Quien más quien menos, todos esperaban salir de él con
vida, y todos con la irracional ilusión de no volver. Hasta los niños, sin
saberlo, se ilusionaban.
Pero los días se estacionaban en la gran sala blanca y donde se volviera la
vista, allí estaba la enfermera. Ana Módena era un jeroglífico viviente. No
se iba nunca del hospital, no tenía ilusiones. Era un fantasma.
Las madres siempre estaban quejándose de ella, la combatían, pero debían de
saber que era inútil. Las madres se renovaban todo el tiempo, mientras ella
permanecía. Se forjaban y disolvían alianzas en su contra, y más de una vez
hicieron participar a mamá, que débil de carácter como era, no sabía negarse
ni siquiera cuando advertía que no le convenía. Las quejas se dirigían
contra su brusquedad, su impaciencia, su grosería, su ignorancia rayana en
la locura. Las madres se hacían una imagen (basada en su semana promedio de
experiencia hospitalaria) de la enfermera ideal para el pabellón de niños,
el hada de delicadeza y comprensión que debía ser, que sería cada una de
ellas... No les resultaba difícil imaginárselo; sin saberlo se referían a la
delicadeza y comprensión que habría que tener con ellas, y nadie sabe mejor
que uno mismo cómo ser delicado y comprensivo con su propia persona. No se
las podía culpar, eran mujeres pobres, ignorantes, amas de casa en
desgracia. En nueve casos de cada diez sus hijos se habían enfermado por
culpa de ellas... No se les podía impedir soñar... creían saber, y sabían
realmente, cómo debía ser la buena enfermera. Su error era ir un paso más
allá y pensar que esas cualidades podían reunirse en una mujer... Que Ana
Módena, la enfermera-Perón de la Sala de Pediatría, coincidiera con el
opuesto de esa imagen, las ponía en un estupor del que no percibían más
salida que hacer un petitorio, o implementar una política... para que la
echaran... Eran esos sueños los que la hacían un fantasma. Yo, que no
entendía nada, entendía bien esto porque era una soñadora... Y también
porque Ana Módena era un fantasma en otros sentidos. Siempre estaba apurada,
atareadísima, como tenía que estarlo necesariamente la única enfermera en
una sala de cuarenta camas. Pero nunca estaba disponible para nadie. Estaba
ocupada con los otros, y los otros nunca eran uno... Me acostumbré a verla
del amanecer al crepúsculo, de reojo desde mi horizontal, pasando a gran
velocidad... Nunca se detenía... Es que no se ocupaba sólo de los niños en
sus camas, sino de los que partían al quirófano, a los rayos... y lo hacía
tan mal, según los susurros de las madres, que casi todo fracasaba por culpa
de ella... Se le morían los chicos, decían... Se le mueren... se le mueren
en las manos... Se le morían en las manos, decía la leyenda que a mí me
rodeaba como un vendaje de filacterias parlantes... Dejaban de vivir cuando
pasaban a ser los otros imposibles de su ocupación, de su velocidad... Pero
esa repetición maldita no impedía que las madres la cortejaran, la mimaran,
le dejaran propinas, le trajeran pastelitos... con un servilismo increíble,
chocante... Después de todo, sus hijos, el mayor tesoro que tenían, estaba
en sus manos.
Era una mujer gorda, corpulenta. Cuando caía sobre mí, era un elefante
chapoteando en un charco... yo era el agua... Su torpeza tenía algo de
sublime... Sufría de un mal extraño: para ella la izquierda era la derecha,
y viceversa. Abajo era arriba, adelante era atrás... La extensión tan pobre
de mi cuerpo se descuartizaba en sus manos... piernas, brazos, cabeza...
cada extremo era afectado por una gravedad diferente... me fragmentaba en
caídas, en desequilibrios... Con ella no valían mis simulaciones... me ponía
en otra dimensión… eran partes súbitamente lejanas de mi cuerpo las que
tomaban la iniciativa de simular por su cuenta... algo, no sabía qué... Sus
manos, en las que se moría, amasaban una verdad absoluta...
Me mantenían en vida con suero. Ana Módena me renovaba los frascos, siempre
a destiempo, y me pinchaba el brazo... Clavaba la aguja en cualquier parte.
Me empezaba a chorrear la nariz. Todo lo que entraba por el brazo salía por
la nariz, en un goteo constante. Era un caso rarísimo. A ella le parecía
normal... En todo caso no era una prioridad para ella. Temprano a la mañana,
antes de que llegara la primera madre, Ana Módena traía a la enana, y le
hacía ejecutar sus ensalmos frente a cada cama, inclusive las vacías. La
enana era una autista iluminada. La traía tomándola por los hombros como a
un triciclo, la enana no parecía ver nada, era un mueble... Era de esos
enanos de cabeza desmesurada... La ponía frente a una cama, a un niño
dormido o demudado... se hacía un gran silencio en la sala... le daba un
golpecito entre los omóplatos y la enana bisbiseaba un ave maría con raros
movimientos de los bracitos...
-¡La Madre Corita los salvará, no los médicos! -tronaba Ana Módena.
El pasaje de la enana era como un cometa... Todo se hacía automático... Era
la cura a ciegas: bendecía las camas ocupadas como las vacías... La religión
entraba al mundo de la enfermedad, clandestinamente. Por otra parte, era un
secreto a voces, y la primera salvedad que oponían las madres con ínfulas de
decencia científica a los desvaríos de esa bestia... pero bastaba una
reticencia del doctor, una recaída, un vómito, y ahí eran los Tráigame a la
enanita, se lo ruego, señora, que me salve a mi ángel... Hipócritas. Y ella,
austera: La Virgen salva, no la enana... Tráigame a la enanita, o me
muero...
La Madre Corita era la verdadera consistencia del Hospital; la enfermera era
apenas su representante. La enana impedía que el Hospital estallara en mil
pedazos... y mi cuerpo hiciera lo mismo... la cabeza al norte, las piernas
al sur, un brazo, un dedo... La fe en la enana era la coherencia... por ella
corría el líquido de la vida, por el tubo, del brazo a la nariz... Pero
había que creer. Había que simular no creer, y en realidad creer.
Entonces se me ocurrió que yo... podía llegar a un punto, en mis
desmembramientos... en que no creyera en la enana. ¡Yo! ¡Justo yo, que creía
en todo! ¡Y que dependía de que la creencia se sostuviera como un todo! ¡Yo
la hipnotizada!
¿Y si la enana fuera un simulacro? ¿Si yo no podía creer en ella? ¿Acaso no
era lo mismo que me pasaba a mí? ¿No era yo una imposibilidad objetiva de
creer? ¿Qué le impedía a la enana ser como yo? O, mucho peor, ¿por qué no
iba a ser yo una especie de enana, una emanación de la enana...?
Necesitaba una confirmación. Quise arrancársela a Ana Módena... Quise ir al
fondo. Y así fue que una mañana, cuando la tuve a tiro...
-Soñé con una enana.
-¿Qué?
-Que soñé con una enana.
-¿Qué? ¿Cuál?
La había desconcertado.
-Soñé con una enana que tenía una espina clavada en el corazón.
-¡¿Pero cuál enana?!
-Una enana... una enanana... nuena naana...
"Cuál" estaba fuera de cuestión... Mi maniobra consistía en darle a entender
que yo tenía algo "difícil" que expresar. Debía recurrir a lo indirecto, a
la alegoría, a la ficción lisa y llana. Y ella se veía arrastrada a lo
mismo, a investigar esa sutileza... que se le escapaba... Y entonces empecé
a mentir con la verdad (y viceversa) no sé cómo... A mí también se me
escapaba... Mis estrategias se me morían en las manos... pero resucitaban
agigantadas... En la desesperación de hacerse entender en una materia
indócil por un niñita completamente entontecida por la miseria física, Ana
Módena empezó a ayudarse con gestos... el gesto tomaba la delantera... Era
una mujer precipitada, sin método: cayó en la trampa de la intuición que
vuela a oscuras y da en el blanco antes de que el entendimiento pueda
empezar a hacer lo suyo... Y el apuro, la torpeza, hicieron que todos los
gestos se precipitaran unos sobre otros... por su parte. Por la mía, el
desmembramiento me hacía gesticular en espejo... pero era un vértigo, la
acumulación de significados de los mohines y miradas y entonaciones se hacía
excesiva... parecía acercarse a un límite, a un umbral... se acercaba más y
más...
Y en ese momento algo se quebró. Creí que se quebraba no exactamente en mí,
sino entre las dos. Pero no; fue en mí nada más. De ese instante data una
curiosa falla perceptiva mía: no puedo entender la mímica, soy sorda (o
ciega, no sé cómo habría que decirlo) al idioma de los gestos. Me ha
sucedido después presenciar actuaciones de mimos... y mientras los niños de
cuatro años a mi alrededor entienden perfectamente lo que se está
representando y se desternillan de risa, yo no veo más que unos movimientos
sin objeto, una gesticulación abstracta... Qué curioso, ahora que lo pienso,
ningún mimo, ni los mejores, ni el mismo Marcel Marceau (a él lo entiendo
menos que a cualquier otro) ha intentado nunca representar a un enano... Por
qué será. El enano debe de ser lo irrepresentable para los gestos.
5
Por causa de mi enfermedad, empecé la escuela tres meses tarde, en junio.
Todavía no me explico cómo me aceptaron a esa altura del año, cómo me
pusieron entre los alumnos que habían empezado en término. Sobre todo
tratándose de primer grado, del comienzo absoluto de la escolaridad (en mi
época no existía el jardín de infantes), momento tan crucial y delicado.
Menos todavía me explico por qué mamá insistió en hacerme ingresar, por qué
se tomó el trabajo de conseguir que me tomaran, lo que no debe de haber sido
fácil. Seguramente rogó, suplicó, se puso de rodillas. Eso era muy de ella;
era su idea de la maternidad. Habrá pensado que no sabría qué hacer conmigo
un año entero en casa. Pero el trabajo de llevarme a la escuela, irme a
buscar, lavar y planchar los guardapolvos, comprarme los útiles, conseguir
que le prestaran un libro de lectura usado, a la larga habrá hecho parecer
poca cosa el alivio de tenerme ubicada durante las horas de la siesta. Habrá
pensado que lo hacía por mi bien. No se le ocurrió que estar tres meses
atrasada, los tres primeros meses, en primer grado, era excesivo hasta para
mí. En fin. Hay que perdonar, y yo he perdonado. Tres meses no tienen por
qué parecer más que tres meses, tres meses en bruto. Y la pobre mamá tenía
demasiadas preocupaciones en aquel entonces. Claro que a la maestra, a la
directora, es más difícil disculparlas. Quizás ellas estaban demasiado cerca
de la problemática del aprendizaje, como mamá estaba demasiado lejos.
Las primeras semanas pasaron en forma de imágenes puras. El ser humano
tiende a darle sentido a la experiencia mediante la continuidad, lo que
sucede se explica por lo que sucedió antes; no puede sorprender que yo
persistiera en mi reciente acomodación a Ana Módena y siguiera viendo
gestos, mímica, historias sin audio, ante las cuales no podía hacer nada.
Nadie me había explicado el objeto de la escuela, y yo estaba lejos de poder
adivinarlo. Hasta ahí, el problema no me parecía grave. Lo tomaba, y con
cierta obstinación, como un espectáculo, como una volatinería...
El drama empezó después... ¿Por qué será que el drama siempre empieza
después de comenzado? La comedia en cambio, parece empezar antes, antes del
comienzo inclusive. Pero después las perspectivas se invierten... El drama
se desencadenó en mí cuando comprendí que esa escena muda que presenciaba,
esa mímica abstracta de maestra y alumnos, me concernía hasta el tuétano.
Era mi historia, no una ajena. El drama había comenzado en el momento en que
pisé la escuela, y estaba todo frente a mí, entero, intemporal, yo estaba y
no estaba en él, estaba y no participaba, o participaba sólo por mi
negativa, como un agujero en la representación, ¡pero ese agujero era yo! Al
menos, y debería haberlo agradecido, había llegado a entender por qué el
audio de la escena se me escapaba: porque no sabía leer. Mis compañeritos sí
sabían. En esos tres meses habían aprendido, quién sabe por qué milagro, un
abismo se había abierto entre ellos y yo. Un abismo inexplicado, un abismo
precisamente porque era un salto que no admitía descripción, un vacío. Ni
ellos, ni mucho menos yo, ni siquiera la maestra, podía decir cómo habían
aprendido, en qué momento exacto. Era algo que había sucedido, y basta. Para
la maestra (que tenía cuarenta años de experiencia en primer grado) era
rutina: pasaba todos los años, había desarrollado una ceguera localizada.
El telón se levantó para mí un día, en el baño de varones de la escuela...
Pero debo explicar algunas circunstancias, sin las cuales esta anécdota
resultaría oscura.
Vivíamos en las afueras de Rosario, en un área modesta, y el distrito
escolar correspondiente abarcaba una mayoría de niños de baja extracción
social, de hogares que muchas veces bordeaban la miseria, o pertenecían de
pleno derecho a ella. En aquel entonces los ahora llamados marginales
asistían a la escuela, por lo menos a los primeros grados. Además, no
existían gabinetes psicopedagógicos, ni escuelas diferenciales... El clima
era muy bárbaro, muy salvaje, muy "struggle for life". Las peleas eran
sangrientas, literalmente. El vocabulario que las acompañaba, brutal. Yo
sabía lo que eran las malas palabras, inclusive sabía cuáles eran, pero por
algún motivo nunca les había prestado mucha atención. Tenía algo así como un
segundo oído para captarlas, y para trasladarlas a otro nivel de percepción.
Había terminado por hacerme la idea de que tenían un sentido en bloque, un
sentido-acción, y no estaba lejos de la realidad. Una sola cosa-particular
había salido de ese bloque. En general entre mis compañeros varones se
pasaba de las palabras a los hechos cuando uno decía de pronto, ante la
nebulosa (para mí) de malas palabras: "insultó a la madre".
En sí, ese detalle no presentaba dificultades para mí, porque estaba de
acuerdo en que la madre era sagrada, y había notado que en el flujo de malas
palabras solía estar la palabra "madre": creo que si me lo hubiera propuesto
habría podido repetir la frase completa, de tanto que la había oído: "la
puta madre que te parió". Ahora bien, salvo esa palabra central, el resto
eran para mí sonidos sin significado. Yo era distraída a un grado difícil de
concebir. Era distraída no porque me faltara inteligencia, sino porque no me
importaban las cosas. La paradoja aquí era inmensa: porque a mí todo me
importaba, todo me era montañas, ése era mi problema más que ningún otro...
Era como si me faltara interés, pero yo sabía que era lo contrario. Este
caso es un ejemplo. Yo debía de haber notado que a veces se decía "insultó a
la madre" sin que la palabra "madre" hubiera sido pronunciada, pero lo había
dejado pasar, y en retrospectiva, en bloque, pensaba cómodamente que sí se
había dicho "madre" y que a mí se me había escapado. Una vez, sin embargo,
no tuve más remedio que notar que no era así. Hubo una pelea en un recreo,
cerca del molino que había al fondo del patio. En las peleas, todos iban a
ver, se formaban unos círculos multitudinarios: eso hacía que nunca pasaran
desapercibidas. Entonces alguna maestra acudía a interrumpir el box
silvestre. Pero no cualquiera; había un grupito de maestras "bravas" que se
atrevían (porque no era poca cosa, ir a meterse al avispero), sobre todo
una, machona, enérgica. Fue ésta la que vino. Los contendientes, dos chicos
de tercero, estaban cubiertos de sangre, los guardapolvos desgarrados, locos
de excitación. La maestra los separó, no sin trabajo. Uno, el más grande, se
retrajo entre su barra de amigos. El otro se largó a llorar a gritos. Le
había dado ese hipo de llanto... ¡Si lo conocería yo! La maestra pedía
explicaciones a los gritos pero él no podía hablar. Era como si la pelea
todavía persistiera en su corazón. Tan patético resultaba que la maestra lo
abrazó y lo apretó contra su pecho. Adivinaba la explicación, que
efectivamente salió entre sollozos turbulentos: "me insultó a la madre".
Ella lo calmaba, lo apretaba... Es que esa clase de maestras, las bravas,
podían entender eso, después de todo era el mismo mundo en que vivían ellas.
El otro miraba de lejos, entre sus amigos, los ojos llameantes de furia y
resentimiento... Y yo mientras tanto, sentía resonar por primera vez la nota
de una perplejidad sin límites: ¿madre? ¿qué madre? ¿de qué estaba hablando?
¿Por qué todos parecían darle la razón?
Yo había presenciado la riña desde el primer momento, estaba segura de no
haberme perdido nada, y sabía que la palabra "madre" no se había pronunciado
en ningún momento. Las otras sí, pero ésa no. Era tan obvio que no tuve más
remedio que convencerme de que la madre estaba implícita. Y habiendo tantas
cosas aptas para intrigarme, ésta lo hizo más que cualquier otra, y no pude
sacármela de la cabeza.
Pues bien, un día en medio de la clase le pedí permiso a la maestra para ir
al baño. Lo hacía siempre, y lo hacían todos. Yo, y supongo que con los
demás pasaba lo mismo, ni tenía ganas ni calculaba el momento de pedir
permiso. Era un súbito. El único triunfo pleno que puedo recordar de mi
infancia. Para la maestra, ver la manito levantada, adivinar de qué se
trataba (porque nunca era algo que valiera la pena, por ejemplo preguntarle
en qué casos se usaba la b y en cuáles la v) y estallar, era todo uno:
¡Vaya! ¡Pero es el último! ¡El último! Y el que había tenido la brillante
inspiración de pedir en aquel momento, en aquel momento que se revelaba como
el último, salía corriendo loco de felicidad bajo las miradas de odio y
amargura de todos los demás, que se sentían excluidos para siempre, sentían
perdida la oportunidad... Pero la oportunidad se repetía, idéntica, y era
consumada, cuatro o cinco veces cada hora de clase. Siempre la vivíamos como
un absoluto, y la maestra repetía siempre su ultimátum, aunque nunca negaba
el permiso, porque las maestras de primer grado vivían con el terror, el
único efectivo en ellas, de que alguno se hiciera encima. Pero no lo
sabíamos. Cosas de chicos. Lo que me asombra es que yo haya entrado tan bien
en el juego. Más propio de mí, mucho más, habría sido aguantar hasta que se
me reventara la vejiga. Pero no. Pedía sin ganas, como todos los demás. En
eso me ponía a la altura de mi generación.
Había una coincidencia mágicamente repetida que quizás explique esta
incongruencia de mi carácter. Cada vez que yo pedía ir al baño, dos o tres
veces por día, en cualquier momento casual que caía del cielo, y atravesaba
el patio desierto, otro chico también lo hacía, un chico de otro grado, no
sé de cuál. Habíamos terminado por hacernos amigos. Se llamaba Farías. ¿O
Quiroga? Ahora que quiero acordarme, se me mezclan los nombres. Quizás eran
dos.
Esta vez, no faltó a la cita, que jamás habíamos soñado en concertar. Las
paredes gris oscuro del baño estaban cubiertas de grafittis. Los chicos
robaban tizas todo el tiempo para escribir ahí. Yo nunca les había dedicado
sino la más distraída de las miradas.
Farías me señaló una de las escrituras, grande y reciente. Cuando pasaban
unos días en la pared, los vapores amoniacales fortísimos del baño
degradaban la tiza; ésta debía de ser del día, porque las letras brillaban
de tan blancas, eran letras de imprenta, furiosamente legibles, aunque no
para mí; yo veía sólo palos horizontales y verticales en una combinación
disparatada. Hasta ese momento había creído que los grafittis del baño eran
dibujos, dibujos incomprensibles, runas o jeroglíficos. Farías esperó a que
yo lo "leyera", y después se rió. Yo me reí con él, sinceramente. ¡Qué
dibujo gracioso! De veras me causaba gracia. ¡Qué idea!, pensé: ¡Dibujos
incomprensibles! Pero algo me retuvo de comentarlo en voz alta; mi
hipocresía tenía repliegues que a mí misma se me escapaban. Farías sí hizo
un comentario, sobrador, alusivo... No recuerdo qué dijo. Era algo sobre la
madre. Eso me bastó, para mi desgracia. Comprendí, y fue como si el mundo se
me cayera encima.
Lo que comprendí fue qué significaba leer. ¡La madre estaba implicada ahí
también! Lo que yo había tomado por dibujos, por una especie de álgebra
rebuscada en la que se especializaban las maestras por motivos que no me
incumbían, significaba en realidad lo que se decía, lo que podía decirse en
todas partes, lo que yo misma decía. ¡Había creído que era cosa de la
escuela, y era cosa del mundo! Eran las palabras, era el enmudecimiento de
las palabras, la mímica, el proceso por el que las palabras se
significaban... Comprendí que yo no sabía leer, y que los demás sí sabían.
De eso se trataba, todo lo que había estado sufriendo sin saberlo. La
magnitud del desastre se me reveló en un instante. No es que yo fuera muy
inteligente, muy clarividente; eso se entendía en mí sin que yo pusiera casi
ni da de mi parte, y ahí estaba lo más horrible. Me quedé clavada frente a
la inscripción, mirándola como si me hipnotizara. No sé qué pensé, qué
resolví... quizás nada. Lo que recuerdo a continuación fue que en mi pupitre
donde vegetaba tarde tras tarde abrí el cuaderno todavía en blanco, tomé el
lápiz que todavía no había usado, y reproduje de memoria aquella
inscripción, raya por raya, sin saber qué era eso pero sin equivocarme en un
solo trazo:
LACONCHASALISTESPUTAREPARIO
Debo decir que Farías no lo había leído en voz alta, así que yo no sabía a
qué sonidos correspondían esos dibujos. Pero mientras lo escribía, lo sabía.
Es que saber nunca es un bloque. Se sabe parcialmente. Por ejemplo yo sabía
que eran malas palabras, que era una nebulosa, que la madre estaba en cierto
nivel de implicación, sabía de las violencias, de las peleas, del insulto a
la madre, la furia, la sangre, el llanto... Otras cosas las ignoraba, pero
estaban tan inextricablemente mezcladas con las que sabía que no habría
podido discernirlas. De hecho, en este caso particular había cosas que yo
ignoraría mucho tiempo más. Hasta los catorce años creí que los niños nacían
por el ombligo. Y el modo en que me enteré de que no era así, a los catorce
años, fue muy peculiar. Yo estaba leyendo en una Selecciones un artículo
sobre educación sexual, y en un párrafo donde se hablaba de la ignorancia en
que se mantenía a las niñas japonesas, encontré este ejemplo de enormidad:
una joven japonesa de catorce años manifestó creer que los niños nacían por
el ombligo. Era exactamente lo que creía yo, una joven argentina de catorce
años. Salvo que desde ese instante sabía que no era así. Y no sé si con
razón o sin ella, compadecí a la japonesita.
Aquel día, cuando volví a casa, no veía el momento de que mamá viera lo que
había escrito. Pero no lo veía no tanto por anhelo como por terror. Sabía
que pasaría algo terrible, pero no sabía qué. No saqué el cuaderno de la
cartera, no se lo mostré a mamá. Ella fue a sacarlo y lo miró. Quién sabe
por qué lo hizo; después de los primeros días, al comprobar que mi cuaderno
volvía siempre en blanco, no lo había tocado en semanas. Quién sabe qué
señal le mandé. Al leerlo gritó y se demudó. Siguió protestando todo el día,
con la idea fija. Ese pequeño cartel le vino de perillas, porque desencadenó
su espíritu combativo, que lo tenía y que los acontecimientos recientes
habían tenido refrenado. Le dio aire. Al día siguiente entró conmigo a la
escuela y tuvo una conferencia de una hora en la dirección con mi maestra.
Me hicieron comparecer, pero por supuesto no me sacaron una palabra. Ni la
necesitaban. Desde la galería abierta donde me quedé (del grado se había
hecho cargo la Secretaria mientras duraba la reunión) oí los gritos de mamá,
los insultos feroces con que cubría a la maestra, sus argumentos implacables
(basados en que yo no sabía leer). Fue uno de los escándalos memorables de
la Escuela 22 de Rosario. Al fin, poco antes de que sonara la campana, la
maestra salió de la dirección y se metió en el grado, que era el primero de
la galería. Al pasar a mi lado ni me miró ni me invitó a seguirla: de hecho,
no volvió a dirigirme la palabra ni la mirada en todo el año. Durante el
recreo, mamá se fue: entre la barahúnda de chicos y maestras no la vi salir.
Cuando volvió a sonar la campana, me metí en el aula como siempre y me senté
en mi banco. La maestra se había recuperado un poco, no mucho. Tenía los
ojos enrojecidos, estaba terrible. Para variar, se hizo un silencio de
muerte. Los treinta pares de ojos infantiles se clavaban en ella. Estaba de
pie frente al pizarrón. Quiso hablar, y le salió un cuac quebrado. Ahogó un
sollozo. Con movimientos bruscos, de maniquí, dio un paso adelante y
acarició la cabeza de un niño sentado en un banco de adelante. Quiso poner
mucha ternura en el gesto, y estoy segura de que de veras la tenía, quizás
nunca en su vida había tenido más ternura en su corazón, pero sus
movimientos eran tan rígidos que el chico se echó atrás asustado. Ella no lo
notó y le acarició igual la cabecita piojosa. Lo mismo a otro, y a un
tercero. Aspiró fuerte, y habló al fin:
-Yo digo siempre la verdad. Yo verdo siempre la digo. Yo niños. Yo soy la
verdad y la vida. Yo vido. La verda. La niños. Soy la segunda mamá. La
mamunda segú. Yo los quiero a todos por igual. Yo los igualo a todos por
mamá. Les digo la verdad por amor. La amad por verdor. La mamá por mamor.
¡Por segunda verdanda! ¡A todos! ¡A todos! Pero hay uno... Uro hay peno...
Uy ay pey...
La voz se le quebraba, demasiado aguda. Levantó el índice, vertical. Fue el
único gesto que hizo en ese discurso memorable... El dedo estaba firme y
ella era un temblor general; a continuación, y al mismo tiempo, el dedo
temblaba y toda ella estaba firme como un metal... Las lágrimas le corrían
por la mejilla. Continuó, tras la pausa:
-El niño Aira... Está entre ustedes, y parece igual que ustedes. Quizás ni
lo han notado, tan insignificante es. Pero está. No se confundan. Yo les
digo siempre la verda, la sunda, la guala. Ustedes son niños buenos,
inteligentes, cariñosos. Los que se portan mal son buenos, los repetidores
son inteligentes, los peleadores son cariñosos. Ustedes son normales, son
iguales, porque tienen segunda mamá. Aira es tarado. Parece igual, pero
igual es tarado. Es un monstruo. No tiene segunda mamá. Es un inmoral.
Quiere verme muerta. Quiere asesinarme. ¡Pero no lo va a lograr! Porque
ustedes van a protegerme. ¿No es cierto que van a protegerme del monstruo?
¿No es cierto...? Digan...
-…
-Digan "sí señorita".
-¡Sí señorita!
-¡Más fuerte!
-¡¡Síí seeñooriitaa!
-Digan "ñi sisorita".
-¡Ri soñonita!
-¡Más fuerte!
-¡ ¡Ñoorriiñeesiireetiitaa!!
-¡¡Mááás fueeerteee!!
-¡ ¡Ñiiitiiiseetaaasaaañoooteeeriiitaaa!!
-Mmmuy bien, mmmuybien. Protejan a su maestra, que tiene cuarenta años de
docencia. La maestra se va a morir en cualquier momento y después va a ser
tarde para llorarla. El asesino la mata. Pero no importa. No lo digo por mí,
que ya viví mi vida. Cuarenta años en primer grado. La primera segunda mamá.
Lo digo por ustedes. Porque a ustedes también quiere matarlos. A mí no. A
ustedes. Pero no tengan temor, que la maestra los protege. Hay que tener
cuidado, de la yarará, de la araña pollito y del perro rabioso. Pero de Aira
más. Aira es mil veces peor. ¡Tengan cuidado con Aira! ¡No se acerquen a él!
¡No le hablen, no lo miren! Hagan como si no existiera. A mí ya me había
parecido que era tarado, pero no sé... nnno sé... Nnno me daba cuenta...
¡Ahora sí me di cuenta! ¡No se ensucien con él! ¡No se enfermen con él! No
le den ni la hora. No respiren cuando él está cerca, si es necesario
muéranse de asfixia pero no le den bolilla. ¡El monstruo mata! Y sus mamas
van a llorar si ustedes mueren. Me van a querer echar la culpa a mí, yo las
conozco. Pero si se cuidan del monstruo no va a pasar nada. Hagan como si no
existiera, como si no estuviera aquí. Si no le hablan ni lo miran, es
inofensivo. La señorita los protege. La señorita es la segunda mamá. La
señorita los quiere. La señorita soy yo. Yo digo siempre la verdad...
Así siguió un buen rato. En cierto punto empezó a repetir, y repitió todo lo
que había dicho, como un grabador. Yo veía a través de ella. Veía el
pizarrón donde ella misma había escrito: Zulema, zapato, zorro... con su
caligrafía perfecta... La letra era lo más lindo que tenía. Y ya había
llegado a la zeta... Yo la encontraba alterada, pero no me parecía que
estuviera diciendo barbaridades. Todo me parecía transparente de tan real, y
leía las palabras en el pizarrón... Leía... Porque ese día aprendí.
6
A todo esto, papá estaba preso por lo del heladero. Una tarde mamá me llevó
a visitarlo. Era lógico, porque yo había estado en el centro de la
desgracia, en el nudo. Ellos dos me culpaban y no me culpaban. No podían
culparme, habría sido demasiado injusto, y al mismo tiempo no podían no
culparme, porque todo había salido de mí. Y yo a mi vez podía y no podía
culparlos de estos sentimientos. Sea como sea, uno de ellos, o los dos,
habían decidido que era buena política llevarme a la hora de visita. Para
dar imagen de familia y todo eso. Qué ingenuos eran. La cárcel de encausados
de Rosario estaba lejos de casa, al otro lado de la ciudad. Tomamos un
colectivo. En la mitad del viaje a mí me dio un ataque de angustia, sin
motivo, y me largué a llorar. Se levantaba el telón de mi teatro íntimo.
Mamá me miró sin asombro. Digo bien: sin.
-¿Se puede saber qué te pasa?
Yo no tenía nada muy preciso que decir, pero me salió algo totalmente
inesperado, para ella y para mí también:
-¿Adonde está mi papá?
¡La voz que puse! Fue un graznido... Pero cristalino, sin nada de balbuceo.
Mamá echó una mirada alrededor. El colectivo estaba atestado, y los que nos
rodeaban se habían puesto a mirarnos, alertados por mi llanto. No atinó a
decir nada.
-¿Adonde está mi papá? -Empecé a levantar la voz.
Pobre mamá. Habría tenido motivos para pensar que se lo hacía a propósito.
-Ahora lo vas a ver -dijo sin comprometerse. Trató de cambiar de tema, de
distraerme: -Mirá qué lindas flores.
Pasábamos frente a una casa con soberbios parterres en el jardín delantero.
-¿Está muerto?
Yo estaba lanzada. Los pasajeros del colectivo ya habían entrado en la
historia, lo que me excitó fuera de toda medida. Porque yo era la dueña de
la historia. Mamá me pasó un brazo por los hombros, me acercó a ella.
-No, no. Ya te dije -susurró bajando la voz a un nivel casi inaudible.
-¿Qué? -chillé.
-Shh...
-¡No te oigo, mamá! -grité sacudiendo la cabeza, como si temiera que la
incertidumbre por mi papá me estuviera volviendo sorda. No tuvo más remedio
que hablar alto:
-Ahora lo vas a ver.
-Sí, lo voy a ver. ¿Pero muerto?
-No. Vivo.
Yo palpaba el interés de la gente. El paisaje urbano se deslizaba por los
vidrios de las ventanillas como un accesorio olvidado.
-Mamá, ¿adonde está papá? ¿Por qué no viene a casa?
Le di a esta pregunta una entonación que significaba: "no me mientas más.
Portémonos como personas adultas. Tengo seis años, aparento tres, pero tengo
derecho a la verdad."
Mamá me había dicho toda la verdad. Yo sabía que estaba preso, esperando el
veredicto de ocho años por homicidio. Lo sabía todo. Estas dudas
intempestivas mías no tenían razón de ser, como no fuera hacerle contar la
historia para beneficio de unos perfectos desconocidos. Ella no podía creer
(y yo tampoco) que su hija fuera capaz de una traición tan idiota. Pero la
angustia que yo estaba desplegando en el colectivo era demasiado real. Como
siempre, me las arreglaba para confundirla. Era fácil: no tenía más que
confundirme a mí misma.
-Está enfermo -me dijo, otra vez inaudible, en un susurro-. Por eso vamos a
visitarlo.
-¡¿Enfermo?! ¿Se va a morir? ¿Como la abuelita?
Una de mis abuelas había muerto antes de nacer yo. La otra gozaba de buena
salud, en Pringles. Nunca se hablaba de "abuelita" en casa. Era un detalle
que incluí para dar verosimilitud a la escena.
-No. Se va a curar. Como vos. ¿No estuviste enfermo y te curaste?
-¿Le hizo mal el helado?
Así seguí hasta que llegamos, mamá todo el tiempo tratando de hacerme
callar, yo alzando la voz hasta hacer un verdadero escándalo. Cuando
bajamos, no me dijo nada, no me pidió explicaciones. Yo sentí que mi teatro
había terminado, había terminado mal, y ella estaba avergonzada de mí.... La
angustia se multiplicó, y volví a llorar, con muchísimo más ahínco que
antes. Lo lógico habría sido que se detuviera en la plaza, que esperáramos
sentadas en un banco hasta que se me pasara. Pero mamá estaba cansada, harta
de mí y de mis trucos, y enfiló directamente a la cárcel. Mis ojos se
secaron. No quería que papá me viera llorosa.
Era la hora de visitas, por supuesto. Hicimos la cola, una señora que me
pareció bastante amable nos palpó, revisó la bolsita de red con comida que
traía mamá y nos dejó pasar. Ya estábamos en el patio de visitas. Papá se
hizo esperar un rato. Mamá, pensativa y sola (no hablaba con las otras
mujeres) me dejó en libertad para explorar.
El patio estaba rodeado de entradas y salidas. No daba impresión de
hermetismo como debería haberse esperado. Es inevitable que uno se haga una
idea romántica de una cárcel, aunque, como era mi caso, yo no supiera lo que
era el romanticismo. Ni una cárcel, para ser sincera. Ésta daba una
sensación de realismo acentuada y destructora; las ideas previas, aunque no
las hubiera tenido, caían.
Me dirigí a una puerta, atraída como por un imán. Noté con un trasfondo de
conciencia que había otros chicos en el patio, todos de la mano de sus
madres. Un fuerte sol de otoño volvía blancas las superficies. Era una hora
algo adormecida. Me sentí invisible.
Lo que más se acercaba a la cárcel en mi experiencia era el hospital. En
ambos casos se trataba de encierros prolongados. Pero había una diferencia.
Del hospital no se podía salir por una causa interna: el paciente, como yo
había demostrado, estaba imposibilitado de moverse. De la cárcel en cambio
no se podía salir por otro motivo. No sabía bien cuál: la fuerza era un
concepto todavía confuso para mí. Me hice una idea mixta, cárcel-hospital.
Había un invisible que se trasladaba de uno a otro. El desvanecimiento de la
enfermedad, y una transferencia al prójimo de la conciencia enferma... Era
el plan de evasión perfecto. Quizás papá podría volver a casa con
nosotras... En este edificio demasiado realista, yo irradiaba mi magia... Si
papá estaba aquí por mi culpa...
Pero mi magia empezó actuando sobre mí: una ensoñación melancólica
transportó de pronto mi alma a una región muy lejana. ¿Por qué yo no tenía
muñecas? ¿Por qué era la única niña del mundo que no tenía una sola muñeca?
Tenía un papá preso... y no tenía una muñeca que me hiciera compañía. Nunca
la había tenido, y no sabía por qué. No por pobreza o avaricia de mis padres
(eso nunca es obstáculo para un niño), sino por otra razón misteriosa...
Dentro del misterio, empero, la pobreza era una razón. Y ahora lo iba a ser
más. Ahora íbamos a ser pobres de verdad, mamá y yo, abandonadas, solas. Por
eso mismo, la muñeca se me presentó como un deseo agudo, doloroso. Con mi
habitual estilo dramático, me dejé invadir por un discurso nostálgico, lleno
de variaciones. La muñeca había desaparecido para siempre, antes de que yo
aprendiera las palabras con las que pedirla, y dejaba un hueco aspirante en
el centro de mis frases... Me vi como una muñeca perdida, arrumbada, sin
niña...
Eso era yo. La niña que no era. Viva, estaba muerta. Si yo estuviera muerta,
papá estaría en libertad. Los jueces se habrían compadecido del padre que se
cobraba vida por vida, sobre todo si una vida era la de su hija adorada, y
la otra la de un completo desconocido. Pero yo había sobrevivido. Yo me
conocía. No era la misma de antes. No sabía cómo ni por qué, pero no era la
misma. Por lo pronto, mi memoria había quedado en blanco. Antes del
incidente en la heladería, no recordaba nada. Quizás tampoco eso lo
recordaba bien. Quizás se había hecho en realidad un trueque de vidas: la
del heladero por la mía. Yo había empezado a vivir con su muerte. Por eso me
sentía muerta, muerta e invisible...
Cuando esta reflexión cesó, estaba en otro lugar. En un interior. ¿Cómo
había llegado ahí? ¿Dónde estaba papá? Esta última pregunta fue la que me
despertó. Me despertó porque se parecía tanto a mis sueños. Estaba sola,
abandonada, invisible...
O había subido una escalera sin darme cuenta, o, más probable, el edificio
tenía sótanos reformados. Porque, al extremo de un pasillo solitario que
recorrí volviéndome noventa grados con la intención de regresar al patio y
abrazar a mi papá, me encontré en una suerte de plataforma que colgaba sobre
un recinto cuadrado, dividido por rejas a la mitad. No sin alarma, creí
haber llegado demasiado lejos. Buscando la salida, con la desesperación que
tan bien conozco, cometí el error que me faltaba: desconfié de volver sobre
mis pasos, y entonces me metí por el primer agujero que encontré, un agujero
situado en la pared, donde debían de estar haciendo algunas reformas; era un
hoyo, casi una grieta, de cuarenta centímetros de alto y veinte de ancho
como mucho, a la altura del zócalo. Lo vi como el atajo perfecto para volver
al punto de partida. Fui a parar a una especie de cornisa a diez metros del
piso. Me deslicé por ella pegada a la pared (le tenía terror a la altura).
El techo estaba cerca. De lo que había abajo, como no me acerqué al borde
irregular, sólo vi un pasillo. Además, estaba bastante oscuro. La cornisa,
que en realidad era el resto de un cielo raso de yeso, terminaba en un
cubículo en el que me metí. Era un tragaluz. Un espacio de un metro por un
metro, y las paredes de dos o tres metros de alto; arriba, un cuadrado de
cielo. En las cuatro paredes, a la altura de mis pies, cuatro ranuras que
daban a profundos cuartos en sombras. Una vez ahí adentro, me quedé quieta.
Me senté en el piso. Pensé: voy a pasar toda la noche aquí. Eran las cuatro
de la tarde, pero para mí había empezado la noche. No podía avanzar más
porque ese lugar no tenía salida. Y no se me ocurrió volver... En esto
último era coherente. La actitud de mis padres para conmigo tenía siempre el
fondo de "esta vez has ido demasiado lejos". Nunca era de "has vuelto desde
demasiado lejos", seguramente porque de ahí no se volvía.
Tanto como para ocupar el tiempo, y acallar otras preocupaciones, pensé en
papá. Lo multipliqué por todos los hombres que había allí adentro, los
hombres desesperados, los expulsados de la sociedad, que no podían abrazar a
sus hijos... Y yo allá arriba, planeando inmóvil sobre todos ellos... Yo era
el ángel. Eso no podía asombrarme. Todas las peripecias que habían sucedido,
desde el comienzo, desde el momento en que probé el helado de frutilla, me
conducían a ese punto supremo, a ser el ángel... El ángel de la guarda de
todos los criminales, de los ladrones, de los asesinos...
Todos los hombres presos eran mi papá. Y yo lo amaba. Si antes, al estar en
sus brazos, al ir de su mano, había creído amarlo, ahora sabía que el amor
era más, mucho más, que eso. Había que ser el ángel de la guarda de todos
los hombres desesperados para saber qué era el amor.
Fue una experiencia mística, que duró muchas horas. La experiencia de la
contigüidad absoluta con el hombre, que sólo puede vivir su ángel. Ni
siquiera la falta de alas pudo sacarme de mi idea. Al contrario: con alas yo
habría podido marcharme, por ese cuadrado de cielo que veía encima.
Fue, como digo, un episodio prolongado. Duró toda la tarde y toda la noche.
Me encontraron a las diez de la mañana siguiente. La busca a que dio lugar
mi desaparición, la viví como una fantasía en ausencia (yo sabía a qué
atenerme). Inclusive oí voces que me llamaban; las oí sonar por altavoces:
"el niño César Aira..." "el niño César Aira..." Eso ya no era una fantasía,
una reconstrucción mental. Eran voces a las que debía responder. Y a las que
quería responder, decir por ejemplo "aquí estoy, socorro, no sé cómo bajar".
Pero no podía. En la impotencia, me adelantaba a los hechos. Inventaba una
escena en la que yo le explicaba al director de la prisión lo que había
pasado en realidad: "fue mi papá. Él me atrapó y me llevó a un lugar... me
escondió para usarme como rehén en la fuga que planea con sus cómplices"...
Todo eso se me podía perdonar, el mismo papá podía perdonarme, considerando
mi inocencia, mi carácter, mis temores... Aun así, por puro lujo de
conciencia, lo mejoraba: "pero mi papá lo hizo obligado, por el Rey de los
Criminales, él nunca le haría eso a su propia hija..." Y temiendo que el
Director se hiciera una idea errónea, aclaraba: "Pero mi papá no es ese
Rey..." Me embarcaba en lo complicado de la mentira. El mentiroso
experimentado sabe que la clave del éxito está en fingir bien la ignorancia
de ciertas cosas. Por ejemplo de las consecuencias de lo que está diciendo.
Es como hacer que sean los otros los que inventen. "Eso sí, no oí a papá
hablar del Rey... eran los otros los que hablaban de él, con miedo, con
reverencia... A papá lo llamaban... Su Jamestad... No sé por qué, mi papá se
llama Tomás..." El director de la cárcel caería en la celada. Pensaría: es
demasiado complicado para no ser cierto. Siempre tenían que pensar lo mismo,
es la regla de oro de la ficción. Me creería plenamente. Papá, no; papá
conocía mis trucos, él era mis trucos... Lo sabría, y me lo perdonaría, así
le costase diez años más de cárcel... No eran exactamente las reflexiones de
un ángel. El altavoz (ya era de noche, las estrellas brillaban en el cielo)
barría la cárcel llamándome: "salí de tu escondite, César, tu mamá te está
esperando para llevarte a tu casa..." Voces de mujer, de las asistentes
sociales... La voz de la misma mamá... inclusive creí oír, con una dolorosa
palpitación, la voz adorada de papá, que hacía tantos meses que no oía, y
ahí sí habría deseado tener alas, precipitarme... Pero no podía. Ésa era la
sensación más repetida de mi vida, tanto que era mi vida misma, yo no tenía
más vida que ésa: oír una voz, entender las órdenes que me daba esa voz,
querer obedecer, y no poder... Porque la realidad, que era el único campo en
el que habría podido actuar, se separaba de mí a la velocidad de mi deseo de
entrar a ella...
En este caso, y quizás también en todos los otros, tuve el maravilloso
consuelo de saberme un ángel. Eso transformaba la situación, la volvía un
sueño, pero como realidad. Era una transformación de la realidad. Los
crueles delirios que había sufrido durante la fiebre eran una
transformación, pero de signo opuesto. El sueño real era la forma de la
realidad como felicidad, como paraíso. En el mismo movimiento la realidad se
hacía delirio o sueño, pero el sueño también se hacía sueño, y eso era el
ángel, o la realidad.
7
Llegó el invierno, y mamá se hizo planchadora. Pasábamos encerradas las
tardes eternas, escuchando la radio, ella con la espalda curvada sobre las
telas humeantes, yo con la vista fija en mi cuaderno, las dos con el alma
bailoteando en los más curiosos lugares. Nos habíamos hecho una rutina
inmutable. A la mañana la acompañaba a hacer los mandados, almorzábamos
temprano, me llevaba a la escuela, me iba a buscar a las cinco, y ya no
volvíamos a salir. Nos perdíamos por los caminos de la radio, por un
laberinto que puedo reconstruir paso a paso.
Todo este relato que he emprendido se basa en mi memoria perfecta. La
memoria me ha permitido atesorar cada instante que pasó. También los
instantes eternos, los que no pasaron, que encierran en su cápsula de oro a
los otros. Y los que se repitieron, que por supuesto son los más.
Pues bien: mi memoria se confunde con la radio. O mejor dicho: yo soy la
radio. Por gracia de la perfección sin fallas de mi memoria, soy la radio de
aquel invierno. No el aparato, el mecanismo, sino lo que salió de ella, la
emisión, el continuo, lo que se transmitía siempre, inclusive cuando la
apagábamos o cuando yo dormía o estaba en la escuela. Mi memoria lo contiene
todo, pero la radio es una memoria que se contiene a sí misma y yo soy la
radio.
No concebía la vida sin la radio. Es que, en realidad, si uno se decide a
definir la vida como radio (y es una pequeña operación intelectual que vale
tanto como cualquier otra), se da automáticamente una plenitud sobre la cual
vivir. Para mamá también era importante, era una compañía... Hay que tener
en cuenta que la desgracia nos había golpeado inmediatamente después de
nuestro traslado a Rosario, donde no teníamos parientes ni amistades. Las
circunstancias fueron poco propicias a hacer estas últimas, de modo que mamá
estaba sola de toda soledad... Estaba yo, claro, pero yo, aun siendo todo,
era muy poco. Ella era una mujer sociable, conversadora... Sin hacerse el
propósito, fue conociendo gente, entre los comerciantes donde hacía las
compras, entre los vecinos, después entre su clientela de la plancha. Todos
estaban ávidos de su historia reciente, que ella contaba una y otra vez...
Se repetía un poco, pero eso era inevitable. Su vida estaba dirigida
fatalmente a la sociedad, aquel invierno fue apenas un paréntesis... La
radio cumplía una función; en su caso era instrumental: le devolvía sus
partes dispersas, le devolvía su coherencia de señora, de ama de casa... Yo
en cambio lograba una identificación plena con las voces del éter... Las
encarnaba.
Esas tardes, esas veladas en realidad, porque se hacía de noche muy
temprano, y más en nuestra pieza, tenían una atmósfera de abrigo, de
refugio, en la que sobre todo yo me complacía al extremo, no sé por qué.
Eran una especie de paraíso, y como todos los paraísos logrados a muy bajo
costo, se parecía a un infierno. El trabajo de la plancha obligaba a mamá a
ese encierro, al que se prestaba por otra parte de buen grado, complacida en
el paraíso aparente, porque no era una mujer que viera más allá de las
apariencias. Su reingreso a la sociedad tendría que esperar. Yo me arrojaba
como un vampiro sobre la ilusión: vivía de la sangre del paraíso fantasmal.
En ese tipo de situaciones, lo que domina es la repetición. Un día se hace
igual a todos los otros. La emisión de la radio era todos los días distinta.
Y a la vez se repetía. Se repetían los programas que seguíamos... No
habríamos podido seguirlos si no se repitieran; habríamos perdido el rastro.
Por otro lado, los locutores leían siempre las mismas propagandas, que yo me
había aprendido de memoria. Nada nuevo por ese lado, ya que en mí la memoria
era, y sigue siendo, lo primero. Las repetía en voz alta a medida que ellos
las decían, una tras otra. Lo mismo las presentaciones de los programas, y
la música que las acompañaba. Me callaba cuando empezaba el programa en sí.
Seguíamos tres radioteatros. Uno era la vida de Jesucristo, en realidad la
infancia del Niño Dios; era un programa de sesgo infantil, auspiciado por
una marca de maltas, bebida que yo nunca había probado a pesar de los
panegíricos que se hacían, siempre iguales (yo repitiendo sobre la voz del
locutor), de sus propiedades nutritivas y promotoras del crecimiento. Jesús
y sus amiguitos eran una pandilla simpática, que incluía un negro, un gordo,
un tartamudo, un forzudo; el Mesías niño era el caudillo, y operaba un
pequeño milagro pueril por capítulo, como para ir practicando. No era
infalible, todavía, y solían meterse en problemas en su afán de ayudar a los
pobres y descarriados de Nazaret; pero siempre las cosas terminaban bien, y
la voz grave y retumbante del Padre, o sea Dios, daba al final la moraleja,
o sabios consejos en su defecto. Esos chicos se habían vuelto mis mejores
amigos. Adoraba tanto sus aventuras y travesuras que mi fantasía trabajaba a
toda velocidad imaginando variantes o soluciones para sus peripecias; pero
al fin siempre me conformaba más el desenlace propuesto por los guionistas;
claro que yo no sabía que había guionistas. Para mí era una realidad. Una
realidad que no se veía, de la que sólo se oían las voces y ruidos. Las
visiones las ponía yo. Salvo que dentro de esa realidad estaba la voz del
Padre, mi momento favorito, en el que todos, ya no sólo yo, tenían que poner
la visión. Dios era la radio dentro de la radio.
El segundo radioteatro también era de historia, pero profana, y argentina.
Se llamaba Cuéntame Abuelita, y ponía en escena, en una especie de prólogo
siempre igual, a la anciana Mariquita Sánchez de Thompson y a sus nietos,
que cada vez le pedían el relato de algún hecho de la historia patria, de la
que la dama había sido testigo presencial. Una vez era la Primera Invasión
Inglesa, otra la Segunda, o algún episodio durante cualquiera de ambas, o
las jornadas de Mayo, o una fiesta en el Vierreynato, o bajo la Tiranía, o
algún pasaje de la vida de Belgrano o de San Martín... Lo que me encantaba
era el azar del tiempo, la lotería de años; yo no sabía nada de historia,
por supuesto, pero los diálogos preliminares, las adorables vacilaciones en
la voz de la viejecita, dejaban bien en claro que se trataba de una extensa
playa de tiempo en la que se podía elegir... Y la memoria de la Abuelita
parecía frágil, pendiente de un hilo a punto de cortarse... pero una vez
lanzada, su voz cascada se borraba y en su lugar aparecían los actores del
pasado... Ese reemplazo era lo que más me gustaba: la voz que vacilaba en el
recuerdo, la niebla, a la que se superponía la claridad ultra-real de la
escena tal cual había sido...
Este radioteatro no era ni para niños ni para adultos, y a la vez era para
unos y para otros. Era algo intermedio: a los adultos les recordaba lo que
habían aprendido en la escuela, a los niños les señalaba lo que recordarían
cuando lo aprendieran. Doña Mariquita y sus nietos formaban un bloque: ella
era la eterna niña... Su memoria débil y senil, en realidad era formidable:
las escenas de su vida remota revivían no como revive el pasado
habitualmente, como cuadros mudos, sino en cada una de sus inflexiones
sonoras, hasta el último suspiro o roce de una silla al ponerse de pie
precipitadamente el caballero virreynal muerto sesenta años atrás cuando
entraba al salón la dama muerta cuarenta años atrás, de la que él, por
supuesto, estaba enamorado.
El tercero, el de las ocho (duraban media hora) era decididamente para
adultos. Era de amor, y actuaban todas las estrellas del día. De algún modo,
esta novela desembocaba en la realidad plena, que las otras escamoteaban.
Una prueba de ello, o lo que a mí me parecía una prueba, era su
complicación. La realidad que yo conocía, la mía, no era complicada. Todo lo
contrario, era simplísima. Era demasiado simple. A la Novela Lux no podría
resumirla como hice con los dos radioteatros anteriores; no tenía mecanismo
de base, era una pura complicación flotante. Había una circunstancia que
garantizaba su complicación perpetua: todos amaban. No había personajes
secundarios, de relleno. Era un radioteatro de amor, y todos amaban. Como
pequeñas moléculas, todos extendían sus valencias de amor en el espacio, en
el éter sonoro, y ninguno de esos bracitos anhelantes quedaba libre. Era tal
el embrollo que se creaba una nueva simplicidad: el compacto. El espacio
dejaba de ser vacío, poroso, intangible; se volvía roca de amor sólido. La
simplicidad de mi vida, en cambio, era equivalente a la nada. Desde mi
desamparo, el mensaje que me parecía oír en el "radioteatro de las
estrellas" era que se llegaba a adulto para amar, y que sólo el
multitudinario cielo nocturno podía hacer de la nada un todo, o por lo menos
un algo.
Además de ésos, escuchábamos toda clase de programas: informativos,
preguntas y respuestas, humorísticos, y por supuesto la música. Nicola Paone
me subyugaba. Pero no hacía distingos: toda la música era mi favorita, por
lo menos mientras la estaba oyendo. Hasta los tangos, que en general a los
niños los aburren, a mí me gustaban. La música me resultaba maravillosa por
el vigor con que se adueñaba de su presente, y expulsaba de él a todo lo
demás. Cualquier melodía que escuchara me parecía la más hermosa del mundo,
la mejor, la única. Era el instante llevado a su máxima potencia. Era una
fascinación del presente, un hipnotismo (¡otro!). Me obstinaba en ponerlo a
prueba cada vez; quería pensar en otras músicas, en otros ritmos, comparar,
recordar, y no podía, estaba inundada por ese presente hecho música, presa
en una cárcel de oro.
Hablando de música. Una vez, por Radio Belgrano, en un espacio fuera de
programa, hubo una cantante que actuó por primera y única vez, y que mamá y
yo escuchamos con la mayor atención y no poca perplejidad. Creo que en esa
oportunidad la atención de mamá se puso a la altura de la mía. La mujer que
cantó era lo más desafinado que se haya atrevido a cantar nunca, ni en
broma. Nadie con tan poco sentido de lo que eran las notas ha llegado a
terminar un compás; ella cantó cinco canciones enteras, boleros, o temas
románticos, acompañada al piano. Quizás era una broma, no sé. Todo fue muy
serio, el locutor la presentó con formalidad y leyó con voz lúgubre los
nombres de las canciones entre una y otra... Era enigmático. Después
siguieron con la programación habitual, sin más comentarios. Quizás era
parienta del dueño de la radio, quizás pagó por su espacio para darse el
gusto, o para cumplir una promesa, quién sabe. Cantar así, era como para
avergonzarse de hacerlo a solas, bajo la ducha. Y ella cantó por la radio.
Quizás era sorda, discapacitada, y lo suyo tenía mucho mérito (pero se
olvidaron de decirlo). Quizás cantaba bien, y se puso nerviosa. Esto último
es menos probable: era demasiado mala. Ni a propósito podría haber sido
peor. Desafinaba en cada nota, no sólo en las difíciles. Era casi atonal...
Es inexplicable. Lo inexplicable. Lo verdaderamente inexplicable no tiene
otro santuario que los medios de comunicación masivos.
Pues bien, la presencia inexplicable de esta cantante en medio de mi
memoria, en medio de la radio, en medio del universo, es lo más raro que
contiene este libro. Lo más raro que me pasó. Lo único de lo que no estoy en
condiciones de dar la razón. Y no porque mi propósito sea explicar el tejido
de acontecimientos rarísimos que es mi vida, sino porque sospecho que en
este caso la explicación existe, existe realmente, en algún lugar de la
Argentina, en la mente de algún hijo, algún sobrino, algún testigo
presencial... O ella misma, la Desafinada... quizás vive todavía, y
recuerda, y si me está leyendo... Mi número está en la guía. Siempre tengo
encendido el contestador automático, pero estoy al lado del teléfono. No
tiene más que darse a conocer... No el nombre, por supuesto, que no me diría
nada. Que cante. Unas notas nada más, cualquier pasaje, por breve que sea,
de una de aquellas canciones, y con toda seguridad voy a reconocerla.
8
La radio me ayudó a vivir. La repetición que a veces se repetía y a veces
no, me daba algo de vida, como un regalo sorpresa que yo desenvolvía loca de
felicidad, en el momento en que el flujo sonoro decidía si iba a ser igual o
diferente... Mi memoria exacerbada se aplacaba entonces... Ya no era como si
empezara a vivir, con la crueldad rabiosa de un comienzo, sino como si
siguiera viviendo...
No sé si mis lectores lo habrán notado, pero es un hecho que el tiempo
siempre transporta otro tiempo, como suplemento. El tiempo de las
repeticiones vivas de la radio traía consigo otro: el tiempo que pasaba. El
palanquín llevaba al elefante. Y transcurría de veras, lento y majestuoso.
En él, la catástrofe se revelaba posibilidad de catástrofe, y quedaba atrás.
Me daba la impresión de que ya no habría más catástrofes en mi vida: yo
tendría vida, igual que todo el mundo, y miraría las catástrofes desde la
altura de la existencia del tiempo... Los hechos parecían darme la razón. En
la escuela la maestra seguía ignorándome, y eso estaba bien. A la cárcel
mamá no volvió a llevarme. De salud, bien. La simplicidad de mi vida no me
angustiaba. Una cierta paz se había hecho en mí. Descubría que el tiempo, el
tiempo extenso hecho de días y semanas y meses, ya no de instantes
horrendos, actuaba a mi favor. Que fuera el único que lo hacía no me
preocupaba. Lo encontraba suficiente. Me aferré al tiempo; y
consiguientemente a la pedagogía, la única actividad humana que pone al
tiempo de nuestra parte.
De ahí que haya caído en algo, por una vez, característico de una niña de mi
edad, como es la identificación con la maestra. Todas las niñas pasan por
esa etapa, y por esa actividad casi febril de darle clase a sus muñecas o a
los niños imaginarios que las habitan. Qué ridículo, que quien nada sabe se
ponga a enseñar con tanto ahínco. Pero qué ridículo sublime. Qué catecismos
de dogma didáctico salvaje están esperando ahí al observador sagaz. Qué
moral de la acción.
Como yo no tenía muñecas, tuve que atenerme a los niños mentales. Como no
los tenía inventados, me ocupé de niños reales, a los que recreaba
fantásticamente en la imaginación. Eran mis compañeros de grado; no conocía
otros, y éstos se hallaban en la posición ideal, ya que no los conocía fuera
de la escuela. Para mí, eran escolares absolutos. Por un lujo lúdico, les di
personalidades retorcidas, difíciles, barrocas. Todos sufrían de complicadas
dislexias, cada uno la suya. Maestra ideal, yo los trataba individualmente,
a cada cual según sus necesidades, y exigía de cada cual según sus
posibilidades.
Por ejemplo... Si quiero contar esto, debo ceñirme a ejemplos. Es un cambio
de nivel, porque hasta ahora vine sorteando la lógica nefasta del ejemplo.
Ahora lo hago por motivos de claridad, para después volver a lo mío. Por
ejemplo, entonces, un chico tenía la particularidad disléxica de agrupar en
cada palabra primero las vocales y después las consonantes; la palabra
"consonantes" la escribía "ooaecnsnnts". Ese era un caso fácil. Otros
fallaban en el dibujo de las letras, las hacían en espejo... El primer caso
era plenamente fantástico, jamás se ha dado en un ser vivo; el segundo era
más realista, pero por pura casualidad, por combinatoria. Yo no sabía lo que
era la dislexia, ni la sufría ni tenía ningún compañero que la sufriese. La
había reinventado por mi cuenta, para darle más sabor al juego. No
sospechaba siquiera que en la realidad hubiera una enfermedad así, me habría
sorprendido saberlo.
En el grado éramos cuarenta y dos (cuarenta y tres conmigo, pero a mí la
maestra no me tomaba asistencia ni me dirigía la palabra ni me mencionaba
nunca); eran cuarenta y dos en mi grado imaginario. Cuarenta y dos casos
distintos. Cuarenta y dos novelas. Restar uno siquiera, para tener menos
trabajo, me habría resultado inconcebible. Y era un trabajo titánico. Porque
a cada dislexia, encima, le había dado una génesis familiar distinta y
adecuada, en los términos algo delirantes en que yo me manejaba. Pero eso
muestra una curiosa intuición en una niña de seis años. Por ejemplo, el
chico que dibujaba las letras en espejo tenía un papá mujer y una mamá
hombre. Lo cual, además, tenía efectos sobre su rendimiento escolar, ya
porque tuviera que ayudar a su mamá a hacer la comida (su mamá era un
hombre, por lo tanto no sabía cocinar), y por ello no tenía tiempo de hacer
los deberes, ya porque la miseria en su hogar fuera excesiva (su papá era
mujer, y fallaba en el mundo del trabajo) y entonces yo debía ocuparme de
que la cooperadora lo proveyera de útiles. Y así cada uno de los otros
cuarenta y uno. Era un infierno de complicaciones. Ninguna maestra real se
habría embarcado en una tarea de ese porte.
Complicaba más todavía la situación la postura pedagógica inflexible que yo
me había impuesto: la complicación no debía simplificarse nunca, sólo podía
avanzar. La enseñanza para mí era un sistema, aunque laberíntico (por la
cantidad de alumnos), unidireccional, de válvulas orientadas todas en el
mismo sentido. Porque yo no me proponía de ningún modo corregir la dislexia
de cada alumno. Quería enseñarles a leer y escribir en sus términos, cada
cual con su sistema jeroglífico particular; sólo dentro de ese sistema se
podía avanzar, por ejemplo, en el caso del que escribía en espejo, se podía
empezar escribiendo en espejo la palabra "mamá" y terminar escribiendo, en
espejo, un libro de mil páginas, un diccionario, todo. Es que en realidad yo
no había inventado enfermedades, sino sistemas de dificultad. No estaban
destinados a la curación sino al desarrollo. "Dislexia" es un término que
uso ahora, por una similitud puramente formal que he encontrado; y para
hacerme entender.
De modo que yo hacía un dictado (mental, imaginario, por supuesto), después
pedía los cuadernos (también imaginarios) para corregir, y con esa
honestidad absoluta que sólo se da en los niños que juegan, me hacía cargo
concienzudamente de cuarenta y dos discursos jeroglíficos que corregía cada
uno según su regla única e intransferible.
Como si esto fuera poco, había tenido que hacer equivalencias lo más
adecuadas posibles entre cada dislexia y el rendimiento del alumno en otras
materias que no fueran Idioma Nacional: en Matemáticas, Desenvolvimiento,
Dibujo, etc. Para seguir con el ejemplo más fácil (los había completísimos),
el de la escritura en espejo: ese chico las cuentas las hacía no sólo con
los números dibujados al revés sino con los resultados también invertidos,
de modo que dos más dos le daba cero, y dos menos dos cuatro: los criollos
pedían Cabildo Cerrado, Colón descubría Europa, el fruto venía antes que la
flor; los dibujos, era cuestión de imaginármelos.
Debía imaginármelo todo, porque daba mis clases sin escenificación, sin
elementos materiales, sin un papel siquiera para ir apuntando (en mi estado
precario de aprendizaje, por otro lado, escribía tan lento que no era cosa
de andar tomando notas de prisa, como un taquígrafo; y debía ir rápido para
avanzar algo, con tantísimos alumnos). Lo hacía inmóvil, concentradísima,
los ojos abiertos, escuchando la radio con algún resto de conciencia. Mi
castillo de naipes siempre estaba a punto de derrumbarse, la menor
distracción me haría perder el hilo para siempre. Un esquema habría sido mi
salvación. Aprendí a añorar el esquema. Si hubiera podido jugar en voz alta
habría sido menos difícil, pero no lo hacía, porque en el secreto estaba la
estética del juego. De modo que mamá nunca supo que yo estaba dando clases.
Quién sabe qué creería al verme paralizada, tensa como un mármol...
Me vi obligada a emplear un arte de la memoria. Mi memoria era perfecta,
pero no bastaba. Me las había arreglado para necesitar algo más. Necesitaba
un método, y utilicé la imagen de mi aula en su momento de plena ocupación.
Para hacer imagen debía tener las figuras en silencio. Ahora bien, en el
aula, y supongo que será igual en cualquier aula de cuarenta y dos chicos
(yo no me cuento) de seis años, eran muy escasos los momentos en que todos
ocupaban sus bancos y se quedaban en silencio. Había un solo momento así:
cuando la señorita tomaba asistencia. Era una letanía de nombres, el
apellido primero, el nombre de pila después -faltaba yo, que debería haber
estado segundo, entre Abate y Artola. Repetida todos los días en el mismo
orden, me la había aprendido de memoria. Y estaba fundida, como el audio de
una imagen, al recuerdo utilizable mnemotécnicamente de toda el aula en su
lugar... Lamentablemente, esa fusión me impedía usar la imagen tal como la
tenía almacenada. Porque el orden sonoro de los niños, que era el
alfabético, no coincidía con el de las ubicaciones. Eso me obligaba a un
penoso zigzag, eran dos órdenes sobreimpresos...
Este entretenimiento me absorbía. Me absorbía tanto que llegó a producirme
placer, el primero extenso y manipulable que yo experimentara en mi vida.
Era un placer doloroso, casi abrumador, pero así era yo. Y no tardó en
sublimarse, en trascenderse... Un poco al margen de mi voluntad creó un
suplemento sobre el que se lanzó mi imaginación con una avidez loca.
Trascendí la escuela. Empecé a dar instrucciones. Instrucciones de todo, de
vida. Se las daba a nadie, a seres impalpables que había dentro de mi
personalidad, que ni siquiera tomaban formas imaginarias. Eran nadie y eran
todos.
Las instrucciones que yo daba se referían a cualquier cosa. A algo que
estuviera haciendo, en principio, pero también a otras actividades que no
hacía ni iba a hacer jamás (por ejemplo trepar a una montaña) y sobre las
cuales sin embargo especificaba los detalles más mínimos. Pero la base, el
modelo, el grueso de mis instrucciones, se refería a lo que yo estaba
haciendo en ese momento. A tal punto que mis actividades se duplicaban en
las instrucciones para llevarlas a cabo, actividades e instrucciones eran
una misma cosa. Caminaba, y lo hacía explicándole a un discípulo fantasmal
cómo era que se caminaba, cómo se debía caminar... No era tan simple como
parecía, nada lo era... Porque la verdadera eficacia era una elegancia, y la
elegancia dependía de un saber minuciosamente detallado, caprichoso de tan
detallado, una idiosincrasia esotérica que sólo yo estaba en condiciones de
transmitirle a... nadie, no sabía a quién, quizás a alguien. El juego
invadía toda mi vida. Cómo sostener el tenedor, cómo llevárselo a la boca,
cómo beber un sorbo de agua, cómo mirar por la ventana, cómo abrir una
puerta, cómo cerrarla, cómo encender la luz, cómo atarse los zapatos... Todo
acompañado de un flujo incesante de palabras, "hágalo así... nunca lo haga
así... una vez yo lo hice así... tenga la precaución de... hay gente que
prefiere... de este modo los resultados no son tan..." Era un discurso
rápido, muy rápido, no disponía de ninguna lentitud en la que refugiarme
porque la velocidad justa era parte esencial de la corrección, y yo estaba
dando el ejemplo. Y además eran tantas las actividades sobre las que debía
instruir... eran todas... algunas simultáneas, lanzar una mirada ligeramente
a la derecha y algo arriba del horizonte, controlando el movimiento de la
pupila, de la cabeza (¡y había que tener algún pensamiento adecuado y
elegante como acompañamiento de esa mirada, sin lo cual no valía nada!), al
mismo tiempo que se recogía una piedrita, con el gesto preciso de los
dedos... Cómo usar los cubiertos, cómo ponerse el pantalón, cómo tragar
saliva. Cómo estar quieto, cómo estar sentado en una silla, ¡cómo respirar!
Hacía yoga sin saberlo, ultrayoga... Pero para mí no era un ejercicio: era
una clase, daba por supuesto que yo ya lo sabía todo, ya lo dominaba... Por
eso debía enseñar... Y en realidad lo sabía, cómo no iba a saberlo si era la
vida en todo su despliegue espontáneo. Aunque lo principal no era saberlo,
ni siquiera hacerlo, sino explicarlo, desplegarlo como saber... Y tan
curiosos son los mecanismos de la mente y el lenguaje, que a veces me
descubría dándome las instrucciones a mí misma.
9
Mi mamá era mi mejor amiga. Pero no por una elección que me definiera, ni
por una elección de cualquier otro tipo, sino por necesidad. Estábamos
solas, aisladas, ¿qué nos quedaba sino tenernos la una a la otra? En esos
casos la necesidad se hace virtud, y no es menos virtud por eso. Ni menos
necesidad. La nuestra no era profunda, no tenía raíces o concomitancias. Era
una necesidad casual, de momento. Difícilmente podría encontrarse dos seres
con menos afinidades que nosotras dos. Ni siquiera éramos opuestos
complementarios, porque nos parecíamos. Ella también era una soñadora.
Habría preferido ocultármelo, pero lo descubrí por alguna señal mínima. Las
personalidades secretas se revelan en lo furtivo, y eso era lo que yo
captaba antes que nada, de modo que la pobre mamá no tuvo ninguna chance de
hacerse imperceptible conmigo. Mis ojos horadantes de monstruo impedían que
ningún ser vivo se mimetizara con mi vida.
Aun así, tuve un amigo, ese año. Un niño, un vecinito, con el que solía
jugar, un amigo en el sentido corriente de la palabra... Un poco más, y yo
me volvía una niña corriente en el sentido corriente de la palabra (de la
palabra "corriente"). Pero no, no es para tanto. La historia de mi amistad
con Arturo Carrera es de lo más peculiar.
Vivíamos, como creo haberlo dicho ya, en un inquilinato ruinoso en los
arrabales de Rosario, del lado del río. Ocupábamos una pieza, por casualidad
no de las peores, del piso alto. En marcado contraste con lo que suele pasar
en tales lugares, no había casi niños. Los dueños no los admitían. Conmigo
habían hecho una excepción porque no tenía hermanos, porque mamá estaba
desesperada, y sobre todo porque les dijo que yo era retrasada mental, cosa
que mi aspecto hacía tan verosímil. La excepción de la que se había
beneficiado Arturo Carrera era más complicada, y nunca he intentado
explicármela. (Pero es la clave de todo.)
Era huérfano de padre y madre, y no tenía otro pariente vivo que su
abuelita, que a su vez no lo tenía más que a él. El mismo caso que mamá y
yo, pero mucho más acentuado: nosotras estábamos momentáneamente solas en
Rosario, ellos lo estaban definitivamente, en el mundo. Su relación además
era muy diferente de la nuestra, como ellos eran distintos de nosotras. La
abuela era viejísima, pequeñita como un niño, pelo blanco, vestido negro;
hablaba en dialecto siciliano y el único que la entendía era su nieto. No
obstante, salía sola a hacer las compras, y hablaba con todos los vecinos.
No sé cómo se las arreglaba.
Arturito por su parte era muy bajo para su edad; tenía siete años, uno más
que yo, pero no me llegaba al hombro; y yo no era alta. Era muy pálido,
ceroso, rubio, se peinaba con gomina. En la ropa sobre todo se notaba que no
tenía madre ni padre ni tías ni nada. Cualquier adulto razonable lo habría
hecho vestir de un modo más adecuado a su edad. Como no era así, hacía su
capricho. Usaba trajes, con camisa blanca almidonada, gemelos, corbata, a
veces los trajes eran de tres piezas, con chaleco, o bien sacos sport a
cuadros, pantalones de franela gris, mocasines color guinda muy lustrados.
Parecía un enano. El gusto con que elegía telas y cortes era deplorable,
pero eso era lo de menos, habida cuenta de su fantástica inadecuación. Con
todo, debe decirse que no llamaba demasiado la atención. Quizás la gente del
inquilinato y del barrio se había habituado. Quizás ese atuendo ridículo era
lo que más sentaba a su tipo. Era un chico con personalidad, eso no podía
negarse. Lo inadecuado parecía ser el precio justo de la personalidad. Yo en
cambio no tenía personalidad. Estaba dispuesta a pagar el precio, pero no se
me ocurría cuál podía ser. Imitar a Arturito, además de ser materialmente
imposible, no me habría servido de nada, pero no tenía otro modelo. Entonces
renunciaba a imitarlo, renunciaba a tener personalidad, y adivinaba
oscuramente que en la renuncia estaba mi única posibilidad de ser alguien.
Llegué a angustiarme. Me miraba al espejo y no me encontraba un solo rasgo
por el que se me pudiera reconocer. Era invisible. Era la niña-masa. Habría
cambiado sin vacilar mis lindos rasgos armoniosos por la nariz de
Arturito...
Porque para terminar su retrato me faltaba mencionar el rasgo más notable,
la desmesurada nariz ganchuda que tenía, tan pero tan grande que le daba su
forma a todo el rostro, lo proyectaba hacia adelante. Otra característica
notable: la voz. O mejor dicho, la manera de hablar, como si le hubieran
inflado la boca con gas o le hubieran metido una papa caliente. Le daba una
afectación medio oligárquica, indescriptible pero no inimitable. Nada es
inimitable.
Arturito se consideraba rico. Se creía un heredero. Vástago final y único de
una familia de acomodados estancieros, la lógica le decía que en él se
acumularían las propiedades, las rentas... No había nada de eso. Eran
pobrísimos. Sobrevivían a duras penas con unos trabajitos de costura que
hacía la abuela, que se arruinaba con los gastos de sastrería del nieto. Era
extraño que él persistiera tan inconmovible en su delirio, cuando ella no
hablaba más que de plata y de la miseria y del temor de dejar en la
mendicidad a su nieto si ella moría... Es cierto que eso lo decía en su
dialecto, y nadie más que él lo entendía. Pero justamente si entendía, ¿cómo
no entendía el significado, lo que le concernía, es decir que no era rico?
La oía como quien oye llover. Como si ella se quejara para otros, pour la
galerie, ¡para los que no podían entenderla!
A pesar de estas peculiaridades, o a causa de ellas, Arturito era un niño
feliz, un niño típico (o sea: de los que no existen), libre de los rasgos
atormentados de la infancia de la clase media, de la que yo era un exponente
tan acusado. No tenía preocupaciones. Era popularísimo en la escuela,
propulsor de todas las modas, sociable, triunfante. Sólo la circunstancia de
que viviéramos en la misma casa lo acercó a mí, de otro modo yo jamás habría
tenido acceso a su círculo dorado. Se hizo mi protector, mi agente, siempre
poniendo por las nubes mi inteligencia. Era de una cortesía loca, como todo
lo suyo. Toda ocasión le era buena para poner en relieve mis virtudes, lo
alto que me elevaba mi intelecto por encima de él... Y quizás acertaba sin
saberlo. Por lo pronto, yo reservaba mi interioridad, mientras él ponía la
suya a la vista. Ocultar algo es tener algo que ocultar. Yo no lo tenía,
pero ocultaba, asomaba al mundo como quien viene de enterrar un tesoro. Ya
mi asombro ante el azar que me había hecho la amiga más íntima del chico más
popular de la escuela era un ocultamiento. Por lo pronto, me cuidé de
ocultárselo a Arturito. Y además, no tomé lecciones de elegancia de él. En
eso no me servía. La elegancia alucinada de la que yo era suprema
instructora siguió intacta en mí, sin tomar nada de él ni de nadie. Arturito
en ese sentido representaba otra esfera, la de la riqueza... Su alucinación
coloreaba la mía... Ser rico era pasar de largo, ir más allá de la
elegancia, de la precisión, de la finura: la riqueza conducía a una vida en
bloque, radiante y compacta, pero sin los claroscuros, los pequeños
movimientos diferenciales, que eran el motivo de mi vida. De modo que, sin
proponérmelo realmente, sin maldad, me oculté enteramente de Arturito. Le
oculté una pequeña parte de mí, y esa parte ocultó el resto... Traicioné la
única amistad que pude haber tenido... No sé cómo pude hacerlo. O quizás lo
sé. Es como si me hubiera puesto una máscara, para salvaguardar detrás de
ella los giros de un sujeto sin límites.
Una de las fantasías más arraigadas en Arturito era la de las fiestas de
disfraz, grandes mascaradas que daba para sus innumerables amistades todos
los años, para Carnaval. Sonaba como un disparate, pero hablaba de ellas con
la más inquebrantable certeza, y era inagotable en anécdotas de sus fiestas
de carnavales anteriores. Mamá y yo habíamos ido a vivir al inquilinato poco
después del Carnaval (muy poco después), y faltaba bastante para el próximo,
así que yo no tenía forma de saber si esos relatos tenían algún asidero o
no. Para Arturito una fiesta de disfraces era un sine qua non de la vida. Él
mismo parecía siempre disfrazado, con sus trajecitos. Aunque apenas apuntaba
la primavera, ya estaba pensando su disfraz para la fiesta que daría en el
próximo carnaval, a la que yo estaba invitado desde ya... si es que me
dignaba asistir, si le hacía el honor, si condescendía a divertirme un rato
con esas frivolidades tan por debajo de mi nivel...
Yo no lo encontraba muy imaginativo. No lo era, en comparación conmigo. Era
demasiado imaginativo, también aquí se pasaba un poco (para mi gusto) y
quedaba en una especie de niebla radiante en la que se podía ser feliz,
siendo demasiado imaginativo, es decir rico, aristocrático, despreocupado,
pero se perdía el vigor creativo de la imaginación. Se le había ocurrido que
usaría un disfraz de Astrónomo, y de ahí no lo sacaban. No podía precisar
nada en cuanto a los contenidos: para él era sólo una palabra, "astrónomo",
y algunas cosas anexas subyugantes y "hermosísimas" (una palabra muy suya)
como las estrellas, las constelaciones, las galaxias...
Pero cuando me preguntaba de qué iría yo, yo que era mil veces más rica en
imaginación que él, no atinaba a decirle nada.
Entonces quiso colaborar. Era una tarde, después de la escuela, antes de los
radioteatros. Estábamos en el patio del inquilinato, y reinaba uno de esos
silencios muertos que sólo los niños, viajeros a lo más profundo del día,
pueden tener alrededor. Me dijo que tenía algo que podía servirme, algo que
si bien no era un disfraz, podía darme una punta, un comienzo... Se
escabulló adentro de su pieza. El silencio persistía. No se oyó a la
abuela... Había ese silencio de cuando todos se han dormido al mismo tiempo,
pero no era la hora de la siesta: era una casualidad. Sentí una inquietud,
un desasosiego; Arturito era tan impulsivo, entendía tan poco del mundo
fuera de él... ¿con qué se aparecería? Podía ofenderme sin quererlo. Tuve un
escozor de alarma que no duró mucho. Confiaba en mi impasibilidad, que era
sobrenatural.
No había de qué preocuparse. Lo que trajo era una nariz de cartón. La había
usado para una de las bromas que estaba haciendo siempre... Su filosofía
primera y última era que una vida social intensa exigía mucho consumo de
humor, por lo menos humor como lo entendía él, humor bromista, que dejara un
recuerdo risueño. Era nada más que una nariz, enorme eso sí, con una gomita
para ajustársela... Una nariz grande como la de él, más grande... pero con
la misma forma... Tuve una erupción de entusiasmo, tan infantil. ¿Era para
mí? Eso ni se preguntaba. Arturito era la mar de desprendido, a veces. A
veces era maniáticamente avaro. Era tan contradictorio. Me la puso él mismo.
No porque me considerara torpe... Me sabía poco habituada a gestos mundanos,
pero por la superioridad que me atribuía. Me iba perfecta. Me miró y me dijo
que ya estaba a medias disfrazada. Tenía el embrión, la gayadura del
disfraz, lo demás era suplementario... Un vestido viejo de mi mamá... De
pronto él también estaba entusiasmado, o ya lo estaba de antes... Pero su
entusiasmo empezaba a curvarse sobre él... yo ya me lo veía venir. Teníamos
seis y siete años, nos dominaba la urgencia... Era como si la fiesta fuera
esa misma noche... El silencio sobrenatural que reinaba en la casa había
anulado el tiempo. Arturito tuvo una idea y volvió corriendo a su pieza...
Volvió castañeteando algo en la mano. Era la dentadura de porcelana de la
abuela. No me asombró que se la hubiera podido robar, la anciana no la usaba
permanentemente... El tac tac que venía sacándole resonaba en el silencio,
en el mismo silencio, en el que todo podía robarse... Era lo que
correspondía después de la nariz: la dentadura. Quiso que me la probara...
pero por supuesto me negué... Yo jamás me metería en la boca eso, era
obsesivo de todo lo chupado... Se la puso él, lo deformaba, sobre todo al
reírse... Me imaginé lo que seguía: ahora querría la nariz... Me llevé las
manos a la cara para protegerla, en un gesto instintivo. Tuvo la inocencia
de mentar al Astrónomo, quería ser el Astrónomo con dentadura y nariz... Si
me la hubiera pedido se la habría devuelto sin vacilar... Pero no, hubo una
segunda curvatura, su generosidad se imponía y al mismo tiempo se
trascendía... Le pondría un hilo a la dentadura y me la colgaría del cuello,
sería Caníbal... O mejor... la nariz colgada del cuello, la dentadura como
hebilla del pelo... o una nariz superfetatoria en el pecho, la dentadura en
la axila... Hubo un instante de combinatoria absoluta, de ir y venir por mi
cuerpo... nariz y dentadura... Era inevitable que se le ocurriera... quizás
se me ocurrió a mí un momento antes, eso nunca se sabe, es casi objetivo...
La nariz debía ir sobre mi nariz, no podía haber otro sitio... Y la
dentadura mordiéndola... Era el disfraz completo, sin más: la niña mordida
por el fantasma... Gracias al fantasma, no importaba que el Carnaval fuera
seis meses después, hendía todo el tiempo... La aplicó mordiendo, en un
ángulo perfecto... Hay improvisaciones que valen todo el arte... hincó los
dientes en el cartón, sin sacarme la nariz... Me preocupaba que estuviera
estropeando su nariz de cartón, pero Arturito más que generoso era
sacrificial, no le importaba destruir sus cosas, si era por reírse, por
pasarla bien, a lo rico... Esos dientecitos de porcelana parecían de rata,
afilados... Yo no sabía que eran de porcelana, creía que eran de un muerto,
creía que las dentaduras postizas se hacían con dientes de muerto; hay mucha
gente que lo cree... Atravesaron el cartón... Arturito se reía hasta el
llanto, trabajaba sobre mí con esa torpeza hábil... Yo quería mirarme a un
espejo... aunque en realidad no lo necesitaba, podía verme en los ojitos
grises de mi amigo... era fenomenal... la niña que había sido mordida por un
fantasma... Pero en su pasión, en la pasión por el disfraz que dominaba su
vida, Arturito fue demasiado lejos. Apretó demasiado. La pinza de dientes,
de dientes que se revelaban de pronto como horribles dientes de muerto, se
clavó en mi nariz... Porque abajo de la narizota de Arturito (la de cartón)
yo tenía mi nariz, la verdadera... No fue tanto el dolor como la sorpresa...
Me había olvidado de mi carne, y la recordé con terror, mordida,
asfixiada... Di un grito escalofriante... Estaba segura de que me había
mutilado, ahora sería un monstruo, una calavera... Arturito dio un paso
atrás asustado. Mi expresión le heló la sangre en las venas... nunca se
olvidaría de eso... pero como anécdota chistosa, una más, de las tantas que
tenía, quizás la mejor, la más graciosa... aunque por el momento no
entendía... Me vio, y yo me vi en sus ojos espantados, extraerme de sus
manos retorciéndome y salir corriendo, llorando y gritando... a toda
velocidad, despavorida... ¿Adonde iba? ¿Adonde huía? ¡Si lo supiera! Huía de
las bromas, del humor, de las anécdotas futuras... huía de la amistad, y no
con desdén o para ir a hacer algo más importante, como creía el ingenuo de
Arturito: era sólo el horror el que le daba alas a mis pies, el horror más
sombrío.
10
Todas las cosas que habían ocurrido, habían contribuido a h