Alan Nahuelmilla y la humanidad despedazada

Por Claudia Rafael

(APe).- Los arrastraron amarrados con sogas a una camioneta. Los llevaron a una casa y dieron rienda suelta a su furia planificada: hacer sufrir lentamente como destino final. Utilizando cada una de las herramientas de la crueldad para aplicarlas sobre los cuerpos inermes de Alan Nahuelmilla, de 17 años, y de su amigo de 19 (J.G.), que sigue luchando por sobrevivir. Les dieron –según describió la fiscal- “golpes, patadas en diversas partes del cuerpo, golpes en la cabeza con una pala, provocándoles cortes, los desnudaron y les tiraron agua fría con bidones de 20 litros, a J.G le cortaron la oreja en reiteradas oportunidades con un alicate. Les pusieron sogas al cuello para ahorcarlos, tiraban tiros al aire, y a su vez los amenazan con matarlos si no decían dónde estaba el televisor”.

Uno de los cuatro hermanos Ibáñez, victimarios de una premeditación aterradora, pedía más y más municiones por teléfono. Algunos de ellos filmaban la sesión de torturas de largas cuatro horas. Vecinos comunes y corrientes que compran el pan, comparten un mate en la vereda o saludan a diario como cachorros de buenas personas.

Comodoro Rivadavia fue el escenario. En la zona de Quintas. La excusa fue que Alan y su amigo habían robado un televisor que la justicia, luego desestimó por completo. ¿Importaría acaso en el contexto de lo que ocurrió luego? ¿Puede haber algo más que deseo de torturar, de redoblar una y otra vez la apuesta de la crueldad en ese ser humano que tiene como objetivo primigenio llevar el sufrimiento al sitial del paradigma?

Michel Foucault analizaba que “la tortura y los malos tratos son utilizados no tanto para la obtención de un fin (confesión, intimidación, etc.), sino como un hecho rutinario y disciplinario”. Destinado a saciar una sed de depredación, avalada y naturalizada hasta el extremo de la muerte. Quién será la presa codiciada puede pasar por el azar o por alguna anécdota banal. Y probablemente la muerte sea un hecho secundario en todo el proceso construido por los torturadores. Porque ahí, lo que vale no es el final sino la triste y dolorosa construcción del proceso que tiene, seguramente, componentes de goce y satisfacción.

Pero Alan Nahuelmilla sufrió cada impronta, cada gota de hiel derramada por sus torturadores. Recibió en su piel joven de 17 años todo el peso de lo peor de la condición humana que va siendo abonada a diario con cada aplauso institucional y social. Como Facundo Agüero, de 22, salvajemente golpeado por la policía neuquina y sobreviviente por puro azar. Acusado de robar un perfume del que tenía el ticket. Justo una semana después del crimen policial de Facundo Ferreira, de 12 años, en Tucumán, que ocupó las primeras planas pero no lo hizo el resultado de toxicología de los policías que lo asesinaron que (al menos uno) tenía cocaína en sangre.

Es la condición humana que se está rompiendo a pedazos. Que tiene despedazadas sus fibras fundamentales. Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre se escucha que transita solamente la rabia, escribía Rafael Alberti y decía siento esta noche heridas de muerte las palabras.

Habrá que empezar de nuevo, con el espejo del ayer clavado en el centro de la memoria.

Pelota de Trapo

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