Alberto Szpunberg, en su selva de sílabas

El recuerdo para un poeta notable

Por Horacio González

Imagen: Joaquín Salguero

Alberto Szpunberg se nos ha retirado en Barcelona, haciendo una reverencia sutil y demorada a las gaviotas, mientras veía caer la última lluvia. Muchos extrañaremos su aire que parecía ausente, pero que no significaba otra cosa que, mientras conversaba, tenía que capturar poemas que pasaban irónicamente, con sílabas que se resistían a ser encapsuladas. De sus múltiples ocupaciones, recuerdo una que no supe que se mencionara demasiado: Szpunberg había sido empleado administrativo de la carrera de Psicología, en la Facultad de Filosofía y Letras, años 64, 65. Escuchaba tangos y leía el Origen de la Propiedad y la Familia de Engels.

Solo puedo afirmar que de ese primer gesto saldrían los poemas del Ché amor, que se confunde con los acordes de Che bandoneón. Pero esa cuerda que latía en el corazón de Alberto estaba acompañada por un humor popular, de naturaleza irónica y de lejano sabor jazídico. Hay un tono en Szpunberg que se revela especialmente en la Academia de Piatock, un personaje que hace de su amoroso delirio narrativo una muestra majestuosa del cuento jazídico, cuyo secreto consiste en colocar lo intrascendente como el origen del mundo, en tanto absurdo mágico.

Piatock es portador de una profunda fórmula educativa, la locura de pequeños personajes que llevan a una cordura que resuelve inocuas cuestiones personales y de repente se lanza a la gran historia revolucionaria. Piatock y sus compañeros son hombres de la Torá, y poseen el secreto de la poesía de Szpuberg, tal como una sílaba se transforma en perfil, el perfil se transforma en árbol, un árbol en pájaro, un pájaro en puño, y un puño en “encendida calma”. Es que no poco del panteísmo porteño yacía en la delicadísima poética de Szpunberg, con su personaje Piatock, el vidente, el alquimista. Los hombres triviales en los que de repente se refugia el destino de la humanidad, son personajes que el humor jazídico convierte en defectuosos -el tartamudo Moisés-, lo que hace que el poema se desarme, y en un rasgo cabalístico reaparezca todo reconstituido bajo formas traviesa y piadosas.

La reconstitución se hace en el recuerdo, en la melancolía fugitiva que nos envían los militantes que agonizaron en lugares desconocidos. Szpunberg siempre los tuvo en su memoria y ahora le toca a él, custodiado por los Guardianes de Piatock, interrogarnos en los momentos de descuido, que son los mejores momentos para que fluya lo que él enseñaba. Es que Szpunberg enseñaba el asombro risueño por esas pequeñas migajas huidizas, que finalmente pueden ser lo más importante del mundo.

18/11/20 P/12

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