Alegato histórico

Por Horacio González

Jueces y fiscales pasaron de acusadores a acusados en un discurso histórico de Cristina Kirchner en el juicio oral en su contra. Desmantelando la categoría jurídica de “asociación ilícita”, Cristina mostró cómo fue configurada esta grosera imaginería del law fare.

Una precisa elocución, inusitada en la historia de los alegatos argentinos, ha producido Cristina Kirchner ante los jueces que la acusaban, y que terminaron ellos en las brumas inexcusables de su propia culpabilidad. No se recuerda en la memoria testimonial argentina una recusación tan terminante, fundamentada e impetuosa, hecha ante fiscales -en ese momento el símbolo de un corroído poder judicial-, que pasaron de acusadores a acusados. Esto no es simple, pues para que una querellada invierta, sobre la base de enfático acto argumental, las pobres razones por las que la imputan, hace falta valentía oratoria, briosa disposición corporal y una voz teñida de un enojo lúcido, con un vibrato interno de enfado que desnuda a una institución vacía, pero en nombre de la historia llena de angustia y pasión.

 

Sorprendente es éste, el mejor discurso de Cristina de todo su itinerario político, que es vasto y atormentado. No es fácil poner la razón histórica por delante de la razón judicial, aun cuando esta no se halle tan comprometida con lo mismo que quiere combatir. Pero es el caso que en la expresión “Comodoro PY” , edificio en donde se hallaban, Cristina estaba haciendo una reprensión irrecusable a un edificio, a una marca, a una manera de disolver la propia justicia en un folletín gótico, que fue desnudado a cada golpe de emotividad discursiva, a la que no por eso le faltaba argumentación. Al contrario, sobre la base del desmantelamiento de la categoría jurídica de “asociación ilícita” Cristina mostró como fue configurada esta grosera imaginería del lawfare. Brotó de los lodos de un inframundo de poderosos que se juzgan inimputables, gracias a una alianza entre los medios de comunicación en actitud judicial vicaria, con los jueces en actitud de participes delegados de las tramas de conjura trazadas por los entes periodísticos que conjugan su tarea con las de los servicios de informaciones.

Esta trama de gobierno, que destruye las democracias, las fórmulas constitucionales e institucionales de cualquier tipo, fue denunciada por Cristina en una arenga sólida y sapiente, honda y audaz, que puso en vilo al país político y sin duda establecerá una referencia ineludible para cualquier acto futuro que desee nombrar a la necesaria recreación de la institucionalidad democrática en Argentina.

En esta hora acuciante en América Latina, el discurso de Cristina resuena fuerte en cuanto poner el foco, radiante y férvido, sobre los modos en que actúa la justicia capturada por los modos ilegítimos de reproducir el poder financiero mundial. No ocurre esto solo aquí, sino que es la nota dominante del implacable estilo en que se ejerce un nuevo poder mundial. Pero aquí las togas encharcadas fueron tocadas y señaladas. En su propio habitáculo de Comodoro Py -a su vez, nombre del marino que en el siglo diecinueve explorara la capital de Santa Cruz-, y sentados en el banquillo de los acusados aquellos que fabricaron banquitos durante un largo período. Precaria carpintería energúmena, con la cual avanzaron sobre los mínimos fundamentos con los que debe contar un sistema judicial socialmente digno. Lo carcomieron, y he aquí a ellos, ahora, en la figura de tres impávidos fiscales, registrados como parte de un mecanismo de oscuras reproducciones de ilegalidades, por una voz que de acusada pasaba a ser la fibra reparatoria de todo lo justo que pueda concebirse en una nación.

Como numen de una voz justiciera, como la mujer vestida de tribuno de la plebe, recordaba Cristina las numerosas, pero siempre imprescindibles jornadas en la que una voz puesta en el lugar adecuado, en una momento único e irrepetible, condensa en sus diversos tonos de voz, desde la ironía sagaz a la cólera sutil, una tamaña verdad en su garganta desgarrada. Nunca se vio en los estrados del país, a los refrendantes de las minorías conjuradas contra el pueblo, puestos contra su propio espejo de ruindad por una mujer que alternaba su enojo con su extenuación. Del primero salían verdades de a puño, como dijo aquel Sarmiento, de lo segundo, frases que en el tramo final de una agonía denunciaban a los sicarios judiciales de las corporaciones, como dijo aquella Evita. No será fácil gobernar este país, pero quienes estén destinados a reimplantar una justicia basada en argumentos y leyes, les facilita la tarea los contornos que se diseñaron en este discurso. Se iría dibujando así una señal incitante, pues si se dejan recelos o prevenciones, nada será mejor que ponerse a la altura de este formidable discurso, mezcla de requerimiento y anatema. Los combustibles insignes de toda acción social reparadora.

03/12/19 Nuestras Voces

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *