Alejandra Pizarnik, vestida de cenizas

Por Mariana Enríquez

–Es ella –susurra Fernando Noy, y apunta a la llama de la vela, que tiembla tocada por una súbita brisa.

La encendió para hablar de su amiga, para convocarla.

–Es Alejandra. Ella viene cuando se la nombra, es terrible.

Fernando Noy es uno de los mejores poetas de Buenos Aires, agitador cultural, gay, ex-reina del Carnaval de Bahía. Fue también el amigo más cercano de Alejandra Pizarnik durante su último año de vida, cuando ella ya era una poeta famosa y él un adolescente de 19 años recién llegado de la Patagonia, que vagabundeaba por la ciudad con el pelo largo, en trances psicodélicos. Una noche de sexo y lisergia encontró, en el baño de una casa, un ejemplar de Extracción de la piedra de locura, el libro que ella había publicado en 1969. Quedó conmovido: «Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche», dice allí Alejandra Pizarnik, en el poema «Linterna sorda». Al día siguiente buscó a Alejandra Pizarnik en la guía telefónica y la llamó. Ella atendió con voz asmática.

–Parecía que estaba teniendo sexo, era un susurro orgásmico.

Quiso verlo de inmediato: «¡Por fin alguien que no viene recomendado!», le dijo. Quedaron en encontrarse al día siguiente. «Montevideo 980 7° D», indicó, «pero no hay portero eléctrico, tenés que llamarme desde la esquina, desde el bar El Cisne».

El edificio donde vivió y murió Alejandra Pizarnik conserva su puerta de hierro pintada de verde y tiene una amplia entrada con espejos, un patio interno. Está en el elegante barrio de la Recoleta, donde ella no resultaba una vecina típica. Cuando Fernando Noy la vio por primera vez, en el hall de ese edificio, creyó que era un muchachito de pelo largo, jeans y camisa blanca.

–El encuentro tuvo algo extraño: los dos estábamos muy drogados y los espejos de las paredes hacían un aleph calidoscopal. Le dije: «¿Sabés que te confundí con un Rolling Stone? Con Brian Jones.» Y ella: «Y yo te confundí con una prostituta alemana». Así fue nuestro primer encuentro, una carcajada de ella, que era de tamboriles y de llamas.

Desde esa primera vez, a principios de 1971, Fernando y Alejandra pasaron muchos días y noches en el departamento de la calle Montevideo, pero el momento que él recuerda con especial escalofrío fue la tarde en que ella le pidió ayuda para «exterminarse». «Cuando yo tome mis pastillas me voy a meter en la bañadera y sólo necesito que me sostengas la cabeza cinco minutos bajo el agua», le dijo. Él decidió seguirle la corriente. «Está bien. Cómo no». Alejandra se quedó boquiabierta, pero no dijo nada ni volvió a pedirle ayuda. Él estaba en Brasil cuando ella finalmente se suicidó en el mismo departamento en que la había conocido, en septiembre de 1972, a los 36 años, con cincuenta pastillas de Seconal sódico, un barbitúrico que se usa como sedante e hipnótico y que en dosis elevadas causa depresión respiratoria y muerte. Hasta hace diez años, cada vez que pasaba por Montevideo 980 Fernando Noy tocaba el timbre del 7° D, sólo para recibir la reprimenda del portero: «¿No sabe que ella no vive más acá? Se mudó».

El portero fue despedido por la administración, nadie sabe demasiado bien por qué, y en el bar El Cisne, de la esquina, sólo un mozo recuerda vagamente a «una poeta judía que se mató».

*

Elías Pizarnik y su esposa Rejzla Bromiker –más tarde, Rosa– llegaron a Buenos Aires desde Europa Oriental –su pueblo natal era Rovne, hoy en Eslovaquia– en 1934. Es posible que el apellido original de la familia haya sido Pozharnik, y que los funcionarios de migraciones lo hayan consignado erróneamente. En cualquier caso, Alejandra lo pronunciaba acentuando la segunda sílaba, Pizárnik. La pareja se instaló en Avellaneda, una localidad en las afueras pero muy cercana a la ciudad de Buenos Aires. Avellaneda fue un polo industrial pujante hasta los años ’60, y en decadencia desde mediados de los ’70, pero nunca, ni en su esplendor, fue un lugar bonito. Allí nació Flora Pizarnik, la futura Alejandra, el 29 de abril de 1936. El padre trabajaba como cuentenik, un oficio tradicional de la comunidad judía: vendía joyas puerta a puerta; a veces ropa blanca y electrodomésticos. Era socialista, tocaba el violín, había sido integrante de una orquesta. Durante la segunda guerra toda la familia que había permanecido en Europa, tanto los Pizarnik como los Bromiker, fueron masacrados primero por los nazis y luego por los soviéticos. Sólo había quedado un tío Pizarnik, residente en París. Alejandra era muy pequeña para comprender lo que sucedía pero el terror, la muerte y el exilio debieron atravesarla. Con el tiempo, encontraría en la identidad judía un refugio a su permanente sensación de extranjera.

La familia pronto pudo mudarse a una casa de dos plantas en la calle Lambaré 149, muy cerca de la avenida Mitre, la calle principal de Avellaneda. Las dos hijas, Myriam (la mayor) y Flora (a quien llamaban Buma o Bumita, «flor» en idish) fueron enviadas a dos escuelas simultáneamente: la Normal Mixta de Avellaneda, y la Zalman Reizien Schule, donde recibían educación judía.

La infancia es el lugar al que Alejandra Pizarnik volverá una y otra vez en su poesía, como a un espacio ideal. Sin embargo aseguraba haber sido una niña infeliz. Escribe en su diario, en 1958: «¿He tenido yo una infancia? No, creo que no. No tengo ni un recuerdo bueno de mi niñez (…) El solo hecho de recordarla me cubre de cenizas la sangre. Sólo algunas angustias, algunos sucesos lamentables, sobre todo lamentablemente sexuales» (Diarios, Lumen, 2003). Se refiere varias veces en esas páginas a una pérdida de la inocencia, a una infancia arruinada. Muchos estudiosos de su obra creen que sufrió un abuso sexual cuando era chica: «Tanto sus diarios como su prosa poética dejan entrever un abuso sexual sufrido durante la infancia, aunque no revela ningún detalle que esclarezca dicho episodio», escribe Eve Gil («Abrazar el infinito», suplemento cultural «Arena», del diario Excelsior, México, marzo de 2010).

–Hay muchas expertas en España que están convencidas de un caso de abuso, incluso de incesto –dice Cristina Piña, poeta y crítica literaria argentina, autora de Alejandra Pizarnik. Una biografía (Corregidor, 2005)–. Yo creo que pudo haber una experiencia sexual en la infancia que, unida a una sensación de carencia profunda, debe haber producido efectos devastadores. Pero no creo que haya sido un caso de incesto. Estoy absolutamente segura de que, si hubo un abusador, no fue el padre. Sí es evidente que ella se siente la más fea, la menos querida, la que está en desventaja con respecto a su hermana.

Ingresó a la secundaria en la Escuela Normal Mixta, entonces posiblemente el mejor establecimiento educativo público de la zona sur del conurbano bonaerense. Estudió allí entre 1949 y 1953. Por esos años se sentía fea. Tenía acné. En su biografía, Cristina Piña la retrata en su entrada a la adolescencia: usaba mochila –algo insólito en los años ’50–, falda tableada escocesa, medias amarillas o verdes, sweater de cuello alto también verde. Llevaba el pelo muy corto, castaño. Fumaba desde los 15 años. Puteaba con maestría. Había empapelado su habitación con fotos de revistas y pintado una pared de negro. Escuchaba ópera y a Edith Piaf. La preocupación por su físico la torturaba. «Buma era gordita», escribe Cristina Piña, «no gorda, apenas rellena y con piernas fuertes, y vivió la adolescencia entera matándose de hambre. También, a partir de cierto momento, se acostumbró a las anfetaminas; luego descubriría que le daban una lucidez especial para escribir y vivir la noche». El nombre de las pastillas para adelgazar que usaba era Parobes; tomaba tantas que sus amigas la llamaban «la farmacia». Pero nadie se alarmaba demasiado porque las anfetaminas eran, en esa época, de venta libre. «En algún momento Buma empezó a pedirles a todos que la llamaran Alejandra, que luego sería su único nombre literario», escribe Piña. «¿Por qué Alejandra? Puedo suponer que por sus resonancias rusas: años más tarde les pediría a sus amigos que la llamaran Sasha, el diminutivo ruso de Alejandra. O por sus resonancias triunfales».

*

Su forma de hablar era extraña. Ella decía que era tartamuda, pero no está claro qué producía su dicción personalísima, su forma de arrastrar las palabras con esa voz gruesa, hipnótica.

–Alejandra hablaba literalmente desde el otro lado del lenguaje –dice la poeta, ensayista y lingüista argentina Ivonne Bordelois, una de sus mejores y más constantes amigas–. El ritmo de sus palabras entrecortadas imprevisiblemente, «pa-raque-veasel-po-e-ma» producía un cierto hipnotismo, como un tren en que cada vagón corriese a diferente velocidad.

De su diario, 1959: «Cada día tartamudeo más. Pero no sé si es tartamudez. En el fondo, no quiero hablar. Así como me alimento sin querer hacerlo sino que lo hago por compulsión o por temor del vacío, así hablo, sabiendo no obstante, que debería callar».

A pesar de sus inseguridades, se mantuvo firme en el deseo de estudiar algo relacionado con la literatura. La decisión tenía algo de rebeldía: si era la hija diferente, la rara, lo sería hasta las últimas consecuencias. No tenía ninguna intención de ser lo que su familia y su clase esperaban de una mujer en los ’50. En los últimos años de la escuela secundaria ya les hablaba a sus compañeros de sus deseos de ser escritora, y leía desordenadamente a Jean Paul Sartre, William Faulkner, Rubén Darío.

De su diario, 1954: «Acá, entre el cansancio y el humo, entre el Miedo y las ansias inmortales, me digo: he de escribir o morir. He de llenar cuadernillos o morir».

Ese año se inscribió en la escuela de periodismo, que entonces estaba en la calle Libertad, entre Diagonal Norte y Tucumán, pleno centro de Buenos Aires. También se anotó en filosofía y letras. La facultad estaba por la misma zona: en Viamonte entre San Martín y 25 de Mayo. Esa parte de la ciudad era de circulación obligatoria para artistas e intelectuales de la época, que discutían en los bares de la calle Florida y la avenida Corrientes, que compraban libros en las librerías Galatea –que traía las últimas novedades francesas–, en Verbum, en Letras. Ella recorría esos lugares a los 18, deslumbrada, pero le hacía falta un guía y lo encontró ese mismo año.

Juan Jacobo Bajarlía era poeta, narrador, ensayista, abogado, y uno de los intelectuales más peculiares de la Argentina, gran conocedor del ocultismo y las vanguardias europeas, especialista en literatura de horror y vampirismo. En 1954 tenía 36 y era profesor de literatura moderna en la escuela de periodismo. Durante el mes de abril, después de una clase sobre el dadaísmo y Tristan Tzara, reparó en su alumna Alejandra Pizarnik, que se sentaba en la primera fila. Una tarde, después de clase, ella se acercó para preguntarle si era posible conseguir el libro Le surrealism et l’aprés-guerre, de Tzara, que Bajarlía traducía y del que hablaba en clase. Se lo prestó –era imposible encontrarlo en Buenos Aires– y la invitó a tomar un café a la Confitería Real, cerca de allí, en Corrientes y Talcahuano. Alejandra le contó que su padre era «joyero a domicilio» y su madre «una vieja rezongona». Que tenía escoliosis, que eso le provocaba dolores de espalda y que estos, a su vez, no le permitían respirar bien. Por eso debía consumir analgésicos, cosa que hacía constantemente. Bajarlía se sintió atraído, tempranamente fascinado. Se ofreció a acompañarla hasta su casa. En la puerta prolongaron la despedida, él contando anécdotas insólitas de Tzara, ella riendo. El encuentro fue interrumpido por la madre, que los obligó a separarse gritando «¡Buma, Buma, hasta cuándo!».

Alejandra y Bajarlía comenzaron una relación de un año. Cuando tenían dinero comían en el restaurant Edelweiss, un bodegón alemán tradicional. Después de la cena se quedaban hasta tarde en el estudio jurídico de Bajarlía, frente al Obelisco. Él le hablaba de Artaud, de Joyce, de Breton, de Lautréamont, de Trakl; ella fumaba, calentaba café y consumía analgésicos. Él la recuerda cambiante, melancólica: «En Alejandra las reacciones se generaban sorpresivamente. Era obsesiva e inestable. Diría que era circular. Estar exaltada o deprimida era cuestión de segundos». (J.J Bajarlía, Alejandra Pizarnik, anatomía de un recuerdo, Ed. Almagesto, 1998)

Alejandra había acertado al acercarse a Bajarlía: él estaba fuertemente vinculado a los poetas de la vanguardia, especialmente del invencionismo y el surrealismo. Esto significaba que era amigo de personalidades como el poeta surrealista Aldo Pellegrini; del psicoanalista Enrique Pichón-Rivière, pionero de la disciplina en el país, estudioso de los poetas malditos, que muchos años más tarde sería analista de Alejandra; de Oliverio Girondo, de Edgar Bayley, de Raúl Gustavo Aguirre.

De su mano, Alejandra entró al círculo esencial de la poesía argentina que, por supuesto, incluía a editores y directores de revistas. Bajarlía la llevaba a los bares, donde se discutía y se leía hasta la madrugada. A mediados de 1954 la inició en el sanctum de Oliverio Girondo y Norah Lange, la pareja de poetas más famosa de Buenos Aires, en la calle Suipacha 1444. Ellos se interesaron en la opinión de la adolescente sobre los poemas que había leído Oliverio Girondo durante la velada, y ella dijo que le habían dado la sensación de un río que se abría camino entre las rocas. Después de esa noche, insistió en que quería publicar. Bajarlía prometió ayudarla.

A esa altura, la relación entre ambos era íntima. Cuando se les hacía tarde para volver a Avellaneda, dormían en el estudio de él. Una vez, alrededor de las cuatro de la madrugada, Bajarlía se despertó con los gritos de Alejandra. «Debatiéndose entre la asfixia y la taquicardia, lloriqueando, Alejandra sólo atinaba a decir ‘me muero, me muero’». Asustado, fue a buscar al portero y a su mujer, que lograron tranquilizarla. Cuando se sintió mejor, le contó la pesadilla que la había angustiado: en una montaña rodeada de un laberinto de laderas, buscaba la salida y no la encontraba. Aparecía entonces un ser extraño con una capucha que la miraba y se reía a carcajadas. Le decía: «Los que suben aquí sólo bajan cuando yo lo ordeno». Asustada, ella se arrojaba al vacío. Entonces despertó. Las pesadillas eran frecuentes y después de esos terrores nocturnos solía deprimirse y llenarse de miedos y preguntas sobre la muerte.

Otras jornadas en el estudio eran más gratas. Allí corrigieron los poemas del que sería su primer libro, en una noche literalmente en vela a causa de un apagón. De los cuarenta y cinco poemas originales quedaron veintiocho, y Bajarlía habló con su amigo Arturo Cuadrado, editor de Botella al mar, una editorial prestigiosa que solía interesarse en poetas jóvenes. A Cuadrado le gustó el libro, y decidió cobrarle a Alejandra sólo el 50% del costo de edición. El gasto lo cubrió el padre de ella.

Su primer libro, La tierra más ajena, se editó el 10 de septiembre de 1955, firmado por Flora Alejandra Pizarnik. En adelante eliminaría para siempre el «Flora». Un mes después aparecía la primera reseña en el diario La Época, firmada por el poeta Rubén Vela. Decía: «Una voz original se levanta de esa tierra ajena, de esa tierra extraña que es Flora Alejandra Pizarnik (…) Creemos estar en presencia de un crecimiento imprevisto, de una personalidad fuerte y vigorosa». Rubén Vela era miembro del grupo Poesía Buenos Aires, otro de los círculos sagrados de la poesía argentina.

A Alejandra siempre le había gustado mucho dibujar y, durante un tiempo, estudió con el pintor surrealista uruguayo Juan Battle Planas, pero no duró. Le importaba más corregir los poemas de su segundo libro, que Bajarlía le llevó a Raúl Gustavo Aguirre, director de Ediciones Poesía Buenos Aires.

Antes de que se iniciara su despegue definitivo como poeta, la relación con Bajarlía entró en crisis. Una tarde de noviembre de 1955, ella apareció en el bar Montecarlo, de Marcelo T. De Alvear y San Martín, donde Bajarlía corregía una de sus piezas teatrales. Cargaba una valija. Se sentó y la abrió: llevaba ropa interior, faldas, pañuelos, papeles en blanco, borradores y algunos ejemplares de La tierra más ajena. Se había ido de su casa después de una pelea con su madre. «Nos dijimos de todo», le explicó. La madre le había gritado «mala hija» y «mujer de la calle». Y Alejandra había tomado una decisión. «Quiero casarme», le dijo a Bajarlía. «La vieja ya me había dicho en otra ocasión que me casara con vos. Quiero casarme ahora mismo, no aguanto más». Bajarlía buscó excusas racionales: el dinero, la diferencia de edad, la precipitación. Ella se mantuvo firme. Pasaron toda la noche discutiendo en bares de Buenos Aires y, hacia el amanecer, en bares y plazas de Avellaneda. Finalmente, él le pidió tiempo para pensarlo, pero ella se lo negó. Ahora o nunca, dijo. Bajarlía no quiso o no se atrevió a tomar una decisión y con un beso la dejó en la puerta de su casa.

Con los años, Alejandra renegó de su primer libro, al punto que no lo consideraba parte de su obra. Las interpretaciones del rechazo son varias. Quizá le disgustaba que hubiera sido pagado por su padre y por eso no lo consideraba del todo propio. Quizá le disgustaban sus defectos de debutante. Quizá lo asociaba con el romance frustrado. Pero tomando como base el material biográfico disponible no se puede saber. Los años 1954 y 1955 de sus Diarios no tienen una sola referencia a esos recorridos o a la relación con Bajarlía. Eso no significa que las referencias no existan: el diario está incompleto. En la versión editada faltan 120 entradas, suprimidas por su albacea Ana Becciú que, además, ha excluido casi por completo el año 1971 y en su totalidad 1972.

«Dentro de las omisiones más ideológicas destacan las referencias a sus relaciones lésbicas, pasajes con fuertes connotaciones sexuales y violencia física» explica Patricia Venti, académica venezolana, en «Lectura de los diarios de Pizarnik: censura y traición», Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2004).

Algunos de estos fragmentos han sido rescatados por Venti; en su artículo «El cuerpo de la letra» (marzo 2011) incluye, por ejemplo, los siguientes fragmentos inéditos: «D vuelve a mostrar sus fauces de hembra de alcoba. La deseo profundamente. Su cercanía es como una pre-masturbación. Todo mi ser se reduce a la piel. La peau! La peau! Ni que decir de lo que daría yo por su cuerpo cuando me mira sonriente! D. Tan sucia y superficial. Tan adorable. Tan lejana! (…)». (Entrada del diario íntimo, 3 de agosto de 1955. Alejandra Pizarnik Papers, Archivo 1, carpeta 3. Biblioteca de la Universidad de Princeton.) O: «Hoy llegué a un pobre orgasmo después de imaginar mucho tiempo que los nazis me apuntaban y me entregaban a un militar tenebroso y muy temido, que me castigaba mientras fornicaba conmigo (…) De todos modos lo esencial es esto: me excita que me castiguen». (Entrada del 30 de diciembre de 1959. Alejandra Pizarnik Papers, Archivo 1, carpeta 8.) La mayoría de los especialistas que han tenido acceso al diario, depositado en Princeton, se reservan el contenido, en general porque lo usarán en futuras publicaciones. Cristina Piña asegura que no solamente se han eliminado entradas sexuales, supresión que habría sido un pedido de la familia. También quedaron afuera, inexplicablemente, referencias a escritores y varias lecturas. Se han eliminado opiniones sobre Gabriel García Márquez (que le encantaba), referencias a lecturas de textos de pueblos originarios americanos y los pasajes en los que habla de su culpa por haber sobrevivido a toda su familia, muerta en el Holocausto. La arbitrariedad en estas decisiones resulta desconcertante y descuidada.

En 1956, Alejandra no regresó a la escuela de periodismo ni a la Facultad de Filosofía y Letras. No volvería a estudiar y, desde entonces, se dedicó exclusivamente a la poesía. Quizá por el vértigo de encontrarse sin la universidad, sin trabajo y sin pareja, sumado a sus angustias, su tartamudez, sus pesadillas, decidió ver a un psicoanalista. Llegó así al consultorio de León Ostrov, psicólogo y profesor de psicología experimental. Se enamoró de él y le dedicó su segundo libro, La última inocencia (1956), publicado por Poesía Buenos Aires, que guarda uno de sus poemas más célebres, el ínfimo y genial «Sólo un nombre»: «alejandra alejandra / debajo estoy yo / alejandra».

Para entonces aún vivía con sus padres y se relacionaba con otros grupos de poetas, como el Grupo Equis, donde conoció a Roberto Juarroz, que reseñaría muy elogiosamente La última inocencia en el diario La Gaceta de Tucumán. También en estos años conocería, en el bar La Fantasma, a Olga Orozco. A pesar de las muchas diferencias personales serían inseparables. Orozco era una poeta enorme, la gran representante del surrealismo argentino que estaba en su mejor momento. Ella, con su enorme prestigio, le presentó muchos poetas y editores a Alejandra y fue enormemente comprensiva cuando debió escuchar sus angustias, su miedo a la locura y a la muerte.

De su diario, noviembre, 1957: «Cada mañana despertar, tener que llorar y tomar café. No puedo gozar de la vida. No encuentro en ella ningún interés. Ojalá enloquezca o muera pronto». Llamaba a los amigos de madrugada, angustiada. Olga Orozco, para tranquilizarla, le escribía «certificados de bruja blanca», notas que le dictaba por teléfono como amuletos protectores. Cristina Piña recoge uno de ellos en su biografía: «Yo, gran cocinero del rey, mientras miro pasar las nubes atestiguo por el mismo árbol que da sombra a mi balcón que Alejandra Pizarnik está perfectamente sana, que no hay nadie que le vaya a pisar siquiera su sombra (…)».

En 1958 publicó Las aventuras perdidas (1958), dedicado al poeta Rubén Vela, de quien también estaba enamorada, platónicamente hasta donde registra la memoria de quienes los conocieron. En Las aventuras perdidas ya estaba claramente demarcado su universo poético y personal: el epígrafe de Georg Trakl que nombra a «la ardiente enamorada del viento»; el hermoso poema para Olga Orozco, «Tiempo»: «Yo no sé de la infancia / más que un miedo luminoso / y una mano que me arrastra / a mi otra orilla»; «Exilio» dedicado a su editor Raúl Gustavo Aguirre; «El despertar» para su analista León Ostrov: «¿Cómo no me extraigo las venas / y hago con ellas una escala / para huir al otro lado de la noche? /… Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / Qué haré con el miedo».

Sin embargo, sentía que le faltaba completarse como poeta. Y soñaba con que esa culminación sucedería en París. Su fascinación por Francia no es extraña entre los jóvenes de su generación.

–En aquella época el francés todavía era la segunda lengua de la mayoría de la gente, muy por encima del inglés –dice el escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, autor de Vudú urbano, que conoció a Alejandra–. De Francia llegaba la vanguardia y la filosofía más leída y prestigiosa. El francés era el idioma que a la gente joven de la época le permitía acceder a otro mundo.

Ella, enamorada de los surrealistas y los poetas malditos, necesitaba formarse allí. En 1960 se fue en barco a Europa, con el dinero que le dieron sus padres.

–No hay un mango que no venga de los padres –dice Cristina Piña–. Ella no tiene ningún tipo de ayuda económica. En París se mantuvo con el dinero que le mandaron. No hay ninguna ayuda oficial ni extra oficial, ni una beca ni nada. Alejandra nunca había trabajado, ni nunca va a trabajar, salvo por algunas colaboraciones en revistas.

Las primeras semanas las pasó en casa de sus tíos, pero aguantó muy poco y alquiló una pequeña habitación frente a la iglesia de St. Sulpice. En ese barrio, en un pequeño restaurant, conoció a Ivonne Bordelois, que cuenta:

–Nos presentó mi tía. Alejandra se vino con todo, camionera, puteando. Se imaginaba que iba a encontrar a una niñita acartonada porque yo era de una familia francesa. Y a mí me causaba gracia porque había en ella un esfuerzo demasiado intenso, algo infantil, en tratar de chocarme. Pero cuando empezamos a hablar de literatura, entendí que ella sabía. Era menor que yo y sabía más que yo. Me di cuenta de que no debía dejarla pasar.

Ivonne empezó a alternar sus clases en La Sorbonne con visitas al departamento de la rue St. Sulpice.

–Alejandra destruyó ese departamentito desde todo punto de vista, nunca limpió nada, era un caos de papeles, hacía frío. Era maravilloso escucharla hablar de poesía esas tardes y noches: decía cosas que yo no había escuchado antes, que ciertamente jamás había escuchado en la academia. Era agudísima en sus juicios. Tenía un humor increíble, negro, judío, delirante. Tampoco había conocido a nadie capaz de hacer lo que ella hacía con el castellano: la sonoridad que le encontró a la lengua es única. Yo creo que Alejandra es la Rimbaud del español: llevó el lenguaje a lugares donde nadie más llegó. Con una diferencia: fue más valiente que Rimbaud. Él abandonó la poesía, mientras que Alejandra luchó con el lenguaje hasta el final, puso el cuerpo. Era fascinante. Todos los que la conocían quedaban fascinados.

Entre los fascinados estaban sus dos amigos más famosos: Julio Cortázar y Octavio Paz. Cortázar la invitaba a comer, la protegía, la hacía escuchar jazz y blues, la llamaba amorosamente «bicho».

–En París no solamente había argentinos– dice Cristina Piña. Estaba todo el boom latinoamericano, estaba García Márquez, Vargas Llosa, todos divinamente muertos de hambre. Comían tarde, mal y nunca. En una época, lo único que tomaba Alejandra era té. Los papás le mandaban una pequeña cantidad de plata con la que se moría de hambre, pero en París.

Octavio Paz estaba en una mejor posición: era agregado cultural de la embajada de México y solía mandar un auto oficial a buscarla cuando la invitaba a cenar, junto a su esposa Elena Garro. Para que tuviera un ingreso extra, Julio Cortázar le dio el manuscrito original de Rayuela para que lo pasara a máquina. Alejandra no lo hizo jamás y estuvo al borde de cometer un pecado literario sideral:

–Casi perdió el manuscrito– cuenta Cristina Piña. Lo extravió y Cortázar lo logró salvar no sé cómo. Le insistió para que se lo devolviera hasta que ella lo encontró.

También se enamoraba. De Georges Bataille, a quien veía en el Café de Flore, aunque nunca le habló. Del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, director de la revista Mito (que publicaba a Borges y al por entonces desconocido García Márquez), que murió en un accidente de avión en 1962. Hizo amigos que le durarían toda la vida, como Elvira Orpheé, narradora y poeta argentina de belleza legendaria que entonces se encontraba en París con su esposo diplomático, Miguel Ocampo. A sus 90 años, Elvira recuerda:

–No teníamos cosas en común. Yo creo que la amistad pasaba porque yo hablaba siempre en serio y ella hablaba siempre en broma. Lo que ella decía en broma me gustaba, y lo que yo decía en serio le gustaba a ella. Era muy graciosa, pero no exageraba. Estaba en su justo punto.

A pesar de que era famosa por su humor, sus angustias seguían siendo muchas.

De su diario, 1962: «Sólo después de haber tomado diez cafés y de haber tragado varias pastillas de revitalizantes cerebrales puedo respirar con libertad, andar sencillamente por las calles sin que el deseo de matarme se haga imperioso».

Sin embargo, en esa ciudad fue feliz y se convirtió en una poeta madura. En París escribió el que para muchos es su mejor libro, Árbol de Diana. En 1962 lo publicó en Buenos Aires Editorial Sur, el sello asociado con la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, gracias a que el libro tenía un prólogo de Octavio Paz, que hubiera abierto las puertas del infierno. Escribía Paz: «El producto no contiene una sola partícula de mentira». Fue un gran triunfo. Árbol de Diana guarda sus líneas más populares, «una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos», y un mapa de sus afectos. Le gustaba homenajear a sus amigos y, de paso, exhibirlos: Aurora Bernárdez y Julio Cortázar o Ester Singer, que sería la esposa de Italo Calvino. Sus años parisinos no podían ser mejores: había crecido como poeta, era amiga querida de los más importantes escritores latinoamericanos. Pero los miedos, la angustia y el sufrimiento psíquico la atormentaban. En una carta a su psicoanalista León Ostrov escribe: «Aquí me asalta y me invade muchas veces la evidencia de mi enfermedad, de mi herida. Una noche fue tan fuerte mi temor a enloquecer, fue tan terrible, que me arrodillé y recé y pedí que no me exiliaran de este mundo que odio, que no me cegaran a lo que no quiero ver, que no me lleven adonde siempre quise ir».

*

Amaba el papel, los cuadernos, los lápices. Cuando Ivonne le envió un cuaderno desde Boston, escribió en su carta de agradecimiento: «¡Qué cuaderno, mi madre, me mandó mi amiguita! Viene a ser el Rolls Royce o el Rolex o la Olympia en materia de cuadernos.

Tan perfecto, simple, como salido de chez Hermés, hermoso y serenamente lujoso». Julio Cortázar, en su poema «Alejandra Pizarnik» recuerda su fetiche: «Amabas, esas cosas nimias / aboli bibelot d’inanité sonore / las gomas y los sobres / una papelería de juguete / el estuche de lápices / los cuadernos rayados».

No le gustaba tomar sol. No quería tener plantas ni flores en sus departamentos: «Aquí adentro, viva, solamente yo», decía. Le gustaba el blues, Lotte Leyna, Janis Joplin, Bach y Vivaldi. Odiaba los bancos, creía que eran templos del mal y no sabía hacer trámites. Le tenía miedo a los subterráneos, a los trenes y a cualquier forma de transporte público. Gastaba fortunas en taxis. Cuando hablaba mezclaba juegos de palabras, obscenidades, humor judío, humor absurdo. Sus amigos recuerdan mucho más su humor que su desdicha.

–Yo lamento que haya trascendido con el halo trágico. Suicidarse se suicida mucha gente: ella era distinta, era una visionaria. Su humor tenía cantidad de matices y hacía cosas preciosas cuando conversaba –dice Ivonne Bordelois.

Arturo Carrera, uno de los más importantes poetas argentinos contemporáneos, y su amigo desde 1966, dice:

–Divertía mucho a sus amigos, aunque les hacía cosas terribles. Una vez, por ejemplo, llamó a las 4 de la madrugada a casa de Enrique Pezzoni –uno de los editores de Sur y Sudamericana, su gran amigo–, atendió la madre y Alejandra le dijo: «Su hijo es puto».

–Era muy difícil caminar con ella por la calle, porque se fascinaba constantemente. Era como llevar a un niño de la mano, porque para ella en la calle todo era un orgasmo. ¡Esa sombra! ¡Ese árbol! ¡Esa esquina! Todo desfalleciendo. No se podía avanzar –dice Fernando Noy.

–Podía ser muy linda y podía ser muy fea, cambiaba muchísimo.

Era muy seductora. Tenía una mirada muy rara, ojos de un color perturbador, violáceo; andrógina, parecía un niño de catorce años, un poco cabezona y chiquita de hombros –dice Ivonne Bordelois.

–Alejandra tenía ojos violetas, verdes, a veces rojos, el fuego sagrado de esa cara, era un hombre hermoso, era Orlando, era un niño, era una mujer bella –dice Fernando Noy.

–No era bonita. Era fea. Creo que eso era parte de su tragedia. Y que por eso era tan graciosa. Pero una mujer con esa gracia no tenía por qué deprimirse por su físico, a menos que se encontrara con idiotas. Y generalmente ocurría eso. Como mucha gente que tiene un complejo con su físico desarrolló una actitud mental que le hacía gracia a todo el mundo, para seducir a los demás y ocultar lo que le pasaba –dice Elvira Orphèe.

–Le quedaban muy bien las faldas pero siempre usaba pantaloncitos. Yo le pedía que usara falda porque tenía unas piernas preciosas. Tenía un pullover grandote para el invierno todo manchado de Coca-Cola porque tomaba directamente de la botella, y se le caía sobre la ropa, era un enfant sauvage –dice Arturo Carrera.

*

En 1964 estaba otra vez en Buenos Aires, a disgusto. Vivía en la casa familiar, que ahora quedaba en el barrio de Constitución, en la calle Montes de Oca 675. Años más tarde escribiría en el diario: «No sobrellevo esta ciudad fea… No quiero morir en este país… No soy argentina, soy judía». La extrañeza y la angustia no le impedían ser una estrella en la escena literaria: aparecía en vernissages con una túnica gris y una rosa roja en la mano; exponía sus dibujos influenciados por Paul Klee y Odilon Redon. En esos años las oscuridades estaban demasiado iluminadas por el brillo de su estancia en París.

–Cuando Alejandra volvió tenía una aura. Se sabía que ella había estado con Octavio Paz y Julio Cortázar. Volvía con mucho prestigio, pero ella no se daba corte con eso. No había ninguna arrogancia de su parte, nunca sacaba el tema de París, solamente si le preguntaban. Una vez le pregunté: «¿Cómo es Calvino?». Y me dijo, sencillamente, «Muy divertido» –recuerda Edgardo Cozarinsky.

Alejandra volvía a circular por las mismas calles, librerías y bares que la habían visto nacer como poeta en los años ’50, pero estaban cambiados, eran más de su gusto.

–Alejandra pertenecía a una subcultura juvenil que a partir de mediados de los ’60 empezó a circular por los alrededores del Instituto Di Tella, la base del arte contemporáneo de Buenos Aires –dice Cozarinsky–. Fue un renacer. La primera vez en mi vida que yo vi chicos de pelo largo con maquillaje en los ojos fue en los años ’60 en esas calles. Había mucha gente rara que frecuentaba la zona: fue un corte en las costumbres de la ciudad, una irrupción de jóvenes y de excéntricos.

Un corte que, sin embargo, no se extendía al resto de la ciudad, todavía conservadora y provinciana.

–Una vez la acompañé al Jockey Club de Florida y Viamonte – dice Cozarinsky–. No era un lugar demasiado exclusivo. Pero a ella no la dejaron entrar porque llevaba pantalones. Era 1965, creo. Las excentricidades de Alejandra, que después se hicieron tan legendarias, a veces eran cosas así, relacionadas con el contexto de la época, muy represivo y pacato.

En 1966 ganó el Premio Municipal de Poesía por Los trabajos y las noches, su libro de 1965 editado por Sudamericana. Festejó en un salón privado del Edelweiss junto a Girondo, Lange, Orozco, Manuel Mujica Láinez. Colaboraba habitualmente con la revista Sur, a través de la que se relacionó con intelectuales extranjeros como Evgeni Evtouchenko o el alemán Hans Magnus Enzenzberger. Por estos años también se empezaron a conocer sus relaciones amorosas con mujeres.

–Había una chica, Daniela, que después nadie volvió a ver, muy misteriosa, linda y seca, muy desafiante –recuerda Edgardo Cozarinsky–. Siempre silenciosa, midiendo a la gente. Pero su pareja más constante y larga fue con Marta Moia, una fotógrafa y traductora. También estaba Ana Becciú, que ahora es su albacea, pero no fue pareja de Alejandra, era una amiga. Alejandra no ocultaba su lesbianismo, pero tampoco lo ponía en primer plano.

Becciú no fue pareja ni una de sus amigas más cercanas –así lo afirman, al menos, quienes las conocieron– pero estuvo muy presente en sus últimos meses de vida, incluso oficiando como asistente, de modo que, por persistencia, quedó encargada de su obra. Pero Marta Moia sí fue su compañera de 1970 a 1971 y la ayudó a mudarse sola por primera vez al departamento donde iba a morir, en la calle Montevideo. También le hizo una entrevista célebre, publicada en El deseo de la palabra (Barcelona), en 1972. Allí, Alejandra le confiesa que escribe «para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo… Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos».

A pesar del éxito y la intensa vida social en Buenos Aires, su deseo más ferviente era volver a París, a sus años felices. Pero en 1966 ese sueño se resquebrajó: el 18 de enero murió su padre de un infarto, en el departamento que la familia tenía en la ciudad balnearia de Miramar. Desde entonces idealizó a su padre, que se convirtió en un personaje de sus poemas. («Ojos azules, ojos incrustados en la tierra fresca de las fosas vacías del cementerio judío», escribió en «Los muertos y la lluvia», 1970). Pero, en realidad, la relación con sus padres siempre había sido compleja. Dependía de ellos en extremo, como si estuviera incapacitada, y se resentía por eso. Escribe en su diario: «Debo repetir por milésima vez que mis padres se esmeraron en arruinarme. Y lo lograron. Por ignorancia, por estupidez y por falta de afecto». Ivonne Bordelois cree que Alejandra fue injusta con ellos:

–Su madre la cuidaba, evitaba que muriera de hambre o de roña. Ella la trataba muy mal. Al padre, que después idealizó, yo la vi tratarlo como a un perro, con gran desprecio. A mi juicio los padres eran gente decente, muy amable, trabajadora y esforzada, y ella los trababa como sirvientes, como si fuera una princesa.

Fue un tiempo de hacer nuevos amigos, poetas jóvenes. En 1966 apareció Arturo Carrera, recién llegado del pueblo de Coronel Pringles, donde había leído Árbol de Diana. Como Noy, lo primero que hizo fue llamarla por teléfono.

–Le llevé Gitanes y una tortuga de juguete que no le gustó nada. A partir de ahí fuimos muy amigos y ella fue generosa: me presentaba a sus amigos literarios como «el poeta adolescente».

Gracias a él existe un registro muy importante de su voz: en 1972, Carrera publicó su primer poemario, Escrito con un nictógrafo, y ella quiso presentarlo. Fue la única vez que Alejandra Pizarnik presentó un libro. Y la única vez que grabó un poema ajeno.

–Primero lo grabamos en mi casa con un chico que nunca volvimos a ver: a veces me pregunto si no habrá desaparecido en la dictadura –cuenta Arturo Carrera–. Y después pasamos la grabación en el Centro de Arte y Comunicación de Buenos Aires. La voz salía de la oscuridad. Era tan impresionante que ella se asustó de sí misma y me apretaba el brazo.

Tenebrosa, la voz oscura de Alejandra repite los versos del poema de Carrera, que tanto recuerdan a los suyos propios: «estos muertos son míos».

*

A fines de los ’60 y principios de los ’70 el deterioro de Alejandra era claro. La crisis tan temida explotaba lentamente. Desde la muerte de su padre la situación económica de la familia había empezado a ser más endeble y ella seguía sin trabajar y recibiendo ayuda de su madre. En 1968 ganó la beca Guggenheim, que la alivió. No sólo tenía dinero propio por primera vez, sino que podía demostrar que era capaz de ganarse la vida con la poesía. Por algún motivo decidió ir a Estados Unidos a recibirla –algo muy poco habitual: no es necesario viajar para recibir la beca– pero duró muy poco en Nueva York: la ciudad la horrorizó. No conocía a nadie, se sentía perdida, no hablaba inglés. Tenía intenciones de visitar a Ivonne, que estaba estudiando su doctorado en lingüística en el MIT –Massachusetts Institute of Technology– pero no logró reunirse con ella porque no pudo soportar y huyó a París. Ivonne, que la estaba esperando en el campus donde residía, se sintió aliviada. Estaba en temporada de exámenes, y sabía la dificultad que implicaba la compañía de Alejandra.

–Era como estar con un niño de tres años. Era terriblemente demandante. Cuando me anunció que no venía fue un alivio. También me sentí mal, culpable, porque yo la adoraba.

En París, no encontró su ciudad luz. Octavio Paz ya no estaba, Cortázar estaba ocupado. Fue como si incendiaran su último refugio. Ivonne cree que a partir de entonces empezó el declive.

–Yo no sé qué diagnóstico se podría haber hecho. Si era bipolar… Para mí era un genio. Pero sí era una persona con problemas de convivencia y aterrizaje en la realidad, y eso con el tiempo se fue acentuando. Alejandra sentía que no encajaba. Hasta con los mejores amigos la relación se resquebrajaba. Todos estaban más o menos anclados en la tierra, o flotaban por momentos. Ella flotaba todo el tiempo.

En 1970 estaba otra vez en Buenos Aires, muy atormentada. Dependía intensamente de su nuevo terapeuta, Enrique Pichon- Rivière, el hombre que había conocido cuando era adolescente, que la trataba en forma gratuita, no sólo porque no era una extraña sino porque era amiga de su hijo, Marcelo. Muchos creen que los métodos heterodoxos de Pichon-Rivière no eran el tratamiento ideal para ella.

–Pichon Rivière experimentó medicaciones con ella –dice Cristina Piña–. En mi opinión fue un encuentro fatídico. Yo no sé qué diagnóstico se puede hacer de Alejandra y además no puedo hacerlo, pero se maneja que pudo haber sido maníaca depresiva o, en los términos de hoy, bipolar. Siempre había consumido anfetaminas, calmantes y sedantes pero iniciada la década del ’70 su consumo era muy intenso, y cuando se mudó a vivir sola la heladera solía contener pastillas como único alimento. Estaba tan delgada que a veces abría la puerta del departamento completamente desnuda, para que la vieran: por primera vez en toda su vida le gustaba su cuerpo. Sus amigos se alejaban.

–En sus últimos años ella estaba muy interesada por la obscenidad, me costaba seguirla –cuenta Cozarinsky–. Siempre llamaba de madrugada, pero llegó un momento en que se volvió demasiado demandante y podía ser agotadora.

En 1970 tomó una sobredosis de anfetaminas y debió ser trasladada al Hospital Pirovano, donde le salvaron la vida. Durante la internación escribió un poema extraordinario llamado «Sala 18-Pirovano»: «Una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice: / El doctor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí / (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía». El episodio –el hospital, el intento de suicidio– quedó registrado en una intensa dedicatoria que escribió para su amigo Julio Cortázar en una plaquette llamada La pájara en el ojo ajeno, publicada ese mismo año en la revista cultural española Papeles de Son Armadans. Allí, en una página en blanco, con letra cansada y en tinta azul, dice: «Julio fui tan abajo. Pero no hay fondo Julio, creo que no tolero más las perras palabras. La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote tampoco. Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad. PS Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte.

(Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio –que fracasó, hélas) PS En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo. Empecé a leer Diarios. Te apruebo mucho políticamente. Tu poema de Panorama es grande porque me hizo bien (lo leí en el hospital)».

Por entonces, ya vivía en el departamento de Montevideo, por primera vez sin su familia.

–Cuando murió el padre, le dieron ese departamento con la herencia –dice Ivonne Bordelois–. Favorecieron a Alejandra por sobre Myriam. Myriam estaba casada y Alejandra necesitaba contención.

Fernando Noy recuerda a la madre, Rosa:

–Le decíamos Mamushka. Era incomparable, una Mary Pickford trágica. Siempre estaba desesperada por su hija, cocinaba, le compraba ravioles. Y Alejandra le decía: «Los quiero quemados». Rosa quería alimentar a su hija, quería cuidarla, ella veía el horror.

A veces organizaba reuniones, invitaba a amigos a cenar, pero no cocinaba porque no sabía cómo. En 1971 publicó La condesa sangrienta, un texto en prosa basado en el libro del mismo título, publicado en 1962, por la poeta surrealista francesa Valentine Penrose. El texto, preciso, aterrador y elegante, contaba la vida y obra de Erzébeth Báthory, una condesa húngara del siglo XVI que asesinó a más de 600 muchachas en su castillo de los Cárpatos, por sadismo, por satisfacer su deseo y para usar la sangre de las vírgenes con el objetivo de mantenerse siempre joven. Erzébeth no es una vampira mítica: fue una cruel asesina real que se bañó en la sangre de muchachas pobres. Alejandra debió sentir un enorme atractivo y hasta una peculiar identificación con la macabra condesa: la belleza convulsiva del personaje, el hecho de que Julio Cortázar también se fascinara con ella en su novela 62/Modelo para armar (1968), la relación erótica con las muchachas, el deseo de juventud, la voracidad.

Los relatos que los amigos hacen de estos años son fragmentarios, están llenos de zonas oscuras y de silencios. Se habla del desenfreno sexual de Alejandra, que tenía relaciones con el florista de la cuadra, con empleados de comercios del barrio y con perfectos desconocidos. Fernando Noy cuenta que con frecuencia quería tener sexo con él, y se sentaba sobre sus rodillas. Cuando Fernando no podía aplacar su deseo más que con algunas caricias, ella se enojaba. Es posible, sólo posible, que esta hipersexualidad estuviera estimulada por el consumo de Artane, nombre comercial del trihexifenidilo, un medicamento que se usa para el Parkinson y la depresión psicótica, y que en combinación con anfetaminas –así lo usaba, mezclado con benzedrina o fenacetina– provoca alucinaciones y un efecto afrodisíaco caracterizado por la desinhibición y la euforia. Pero quizá su voracidad fuera anterior. Después de todo, La condesa sangrienta apareció originalmente en 1965, en la revista Diálogos, de México, así que debió haber escrito el texto en París. Explorar la sexualidad de Pizarnik es casi imposible sin tener acceso a esa parte de los diarios que no ha sido publicada, y a una serie de manuscritos en prosa que continúan inéditos.

A muchos amigos, especialmente a quienes la conocían desde la adolescencia, Alejandra les negaba que tuviera relaciones con mujeres. A Olga Orozco, por ejemplo, le decía: «Olguita, ¿vos no vas a creer que soy lesbiana, no? Porque no es cierto». A Ivonne Bordelois tampoco le hablaba de las mujeres:

–Ella me ocultaba a sus amantes, amigas y novias mujeres, tenía ese pudor. Era una pavada. Nuestro amigo en común Enrique Pezzoni decía que estaba enamorada de mí, pero yo jamás me di cuenta: si fue así, nunca me lo dejó saber.

Según se desprende en sus diarios, Alejandra no se consideraba lesbiana: no se estaba ocultando sino que, sencillamente, no creía que eso definiera su identidad: «Estoy cansada de este supuesto clima homosexual, que no es auténtico en mí. No sólo no soy lesbiana ni lo puedo ser (…) Cuando desperté imaginé mil llamadas telefónicas a M. Imaginé mil cartas, imaginé que me moría y la mandaba llamar en mi agonía. Y no comprendo por qué tiene que ser así. Pero pasa que me asusta la palabra «homosexual». Prejuicios viejos en mi vida joven». (Entradas del diario íntimo, 18 de diciembre y 25 de diciembre de 1960. Alejandra Pizarnik Papers, Archivo 1, carpeta Biblioteca de la Universidad de Princeton, citadas en «El cuerpo de la letra», Patricia Venti, 2011)

Hay otra identificación, la de la eterna juventud, que se relaciona con su deseo de ser una niña eterna. Deseo o necesidad o imposibilidad de crecer. Muchos creen que ese estar detenida, ese negarse a ingresar al mundo adulto, precipitó su muerte. ¿Cómo puede sostenerse más allá de los treinta años esa desatención absoluta de los ritos sociales y del mundo del trabajo sin un mecenas, o una familia millonaria, o una pareja dispuesta a proveer? Para mantenerse pura y niña, Alejandra debía morir, real o metafóricamente, porque era imposible mantener esa infancia prolongada.

Pero, a pesar de la crisis, en su departamento de la calle Montevideo su trabajo continuaba. Tenía un pizarrón en el que escribía versos, una colección de muñecas rusas, un teléfono verde, lápices de colores, carpetas, varias bibliotecas. Sobre la mesa de trabajo, las dos máquinas de escribir: una con tipos normales, la otra con tipos en cursiva. En la biblioteca, los libros favoritos forrados de distintos colores y cubiertos con celofán.

En 1971 recibió la beca Fullbright, pero como consistía en una invitación al International Writers Program de Iowa, Estados Unidos, no pudo usufructuarla, porque su inestabilidad emocional le impedía viajar.

En los últimos años, su proverbial humor se volvió más y más negro. Impregnaba sus textos. En uno de ellos, La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa (1971), que fue publicado después de su muerte e incluido en Textos de sombra y últimos poemas (1982) «algo huele a podrido en las palabras», define la escritora y crítica María Negroni. El lenguaje escapa a la perfección formal, se desfigura, se enloquece. Estos textos suelen llamarse «obscenos» o «humorísticos» y para muchos revelan un costado muy verdadero y tangible de Pizarnik, el de la mujer audaz, algo salvaje, sexuada, divertida que era. Ivonne Bordelois no es una apasionada de esa parte de la obra, pero por motivos lejanos a lo literario.

–Siempre me pareció una especie de síntoma de deterioro. Me parecían más gritos de angustia que chistes. Yo nunca se los pude festejar. Son graciosos pero hay algo oscuro, algo que raspa.

En el capítulo de La bucanera… llamado «Una musiquita muy cacoquímica», dedicado a su novia Martha Moia, escribe: «Aunque turbada, la enturbanada se masturbó. Torva caterva de mastinas pajeras, grutas agrietadas, culos pajareros, ¿sabréis piafar como un pifano?». En estos textos, cree Cristina Piña, está la clave de su derrumbe psíquico:

–Ella apostó todo al lenguaje. Y cuando el lenguaje se fue a la mierda, o ella lo hizo irse a la mierda, se destruyó lo que había armado, lo que la contenía. Esa experimentación con el lenguaje de los textos obscenos le hacía mal. Por algo no publicó ninguno. Alejandra se tomaba la poesía en serio: escribía «hacer con mi cuerpo el cuerpo del poema», y era la verdad. Y cuando empieza ese estallido de voces, ese infierno musical… Es como cuando un chico se enoja y rompe un juguete. Queda devastado, después se quiere morir, porque no lo puede arreglar. Alejandra rompió la casa de muñecas donde podía vivir y quedó a la intemperie. En esa casa había un espacio, una patria. La devastación que supone La bucanera de Pernambuco es terrible. Un viento violento arrasó con todo.

El último tiempo estuvo marcado, además, por una gran pasión: la que vivió con Silvina Ocampo. Alejandra había conocido a la narradora y poeta en 1967, a través de su participación en la revista Sur, que dirigía Victoria, hermana de Silvina. Tenían muchos gustos e intereses en común: la infancia, los juegos de palabras, el misterio, el erotismo. Silvina era la esposa de Adolfo Bioy Casares e íntima amiga de Jorge Luis Borges. Alejandra le enviaba cartas acompañadas de litografías de Odilon Redon, dibujos de niñas en la nieve, niñas llevando flores y cometas, cartas escritas con tinta verde y turquesa. Hay mucho de juego en ellas, y de un amor dedicado, cuidadoso. Escribe Cristina Piña: «Si bien se veían y se visitaban, la relación utilizaba la mediación del teléfono como factor de escamoteo y fetiche central. En esas conversaciones se leían mutuamente textos, se reían de sí mismas y de los demás, jugaban a ser crueles entre sí. A veces, en el período de mayor frecuentación, una de ellas se limitaba a respirar del otro lado del auricular». Fernando Noy recuerda una visita a Silvina; fue la única vez que Alejandra lo llevó a casa de los Bioy:

–Me dijo: «Quiero que me acompañes a la casa de Silvina y Adolfito. Él enseguida te va a leer su libro de citas». Quería que lo distrajera para que ella pudiera hablar con Silvina. Yo me quedé con Bioy charlando, y Alejandra se fue con Silvina. Una hora después salieron. La Ocampo bajó la escalera en chancletas. Nunca más la vi. Era inabordable. Alejandra quedaba tan triste después de los encuentros, porque se le escapaba el amor.

¿La relación llegó a ser sexual? Nadie parece poder afirmarlo. Era una relación sin dudas erótica. Alejandra envió su última carta a Silvina ocho meses antes de suicidarse, el 31 de enero de 1972. Es una carta de furiosa despedida: «… Silvine, mi vida (en el sentido literal) le escribí a Adolfito para que nuestra amistad no se duerma. Me atreví a rogarle que te bese (poco: 5 o 6 veces) de mi parte y creo que se dio cuenta de que te amo SIN FONDO… Te dejo: me muero de fiebre y tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette mon amour, pronto te escribiré. Sylv, yo sé lo que es esta carta. Pero te tengo confianza mística. Además la muerte tan cercana a mí (tan lozana!) me oprime (…) Sylvette, no es una calentura, es un re-conocimiento infinito de que sos maravillosa, genial y adorable. Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré. Pero te quiero, oh no imaginás cómo me estremezco al recordar tus manos… Silvina curame, ayudame, no es posible ser tamaña supliciada. Silvina, curame, no hagas que tenga que morir ya». (Correspondencia Pizarnik, Ivonne Bordelois, Seix Barral, 1998). No es extraño que amigos como Fernando Noy estén convencidos de que Alejandra murió por amor.

–Ella lo escribió: «La que no supo morirse de amor y por eso nada aprendió». Fue la imposibilidad de concretar esa relación fantástica, maldecida por todos los biógrafos de su época. Para los que fuimos testigos, la supresión de ese amor es un asesinato de Alejandra. Demonizan su sexualidad. Todo poeta es hermafrodita. Hay una conjura en contra de la verdad. Ella se mató por amor, no porque estaba cansada, aburrida y loca.

Fue internada nuevamente en el pabellón psiquiátrico del Hospital Pirovano en 1972, tras una crisis depresiva intensa. Pocos la visitaron. Ivonne estaba en Estados Unidos. Se cuenta que Adolfo Bioy Casares fue una vez, a leerle y decirle que Silvina Ocampo no iba a poder ir. Su madre y su hermana iban seguido: después de años de conflictos, la relación familiar acabó siendo amorosa. Fernando Noy fue varias veces.

–Estaba más tranquila, menos desgarrada. Dibujaba. Eran internaciones ambulatorias, salía los fines de semana y yo me quedaba con ella en su casa. Los domingos tenía que volver antes de las 8. Y siempre volvíamos volando en taxis, tratando de llegar a tiempo. Las enfermeras la dejaban entrar con mucho amor cuando llegaba tarde, porque ya la querían, ella seducía a todo el mundo.

Al salir del hospital, el 24 de septiembre de 1972, recibió en su casa la visita de su elegante amiga Elvira Orphée. Para no «ofenderla», ordenó y limpió su departamento.

–Pasamos una tarde muy divertida, haciendo cadáveres exquisitos. No comimos en su casa porque no la íbamos a poner a Alejandra a cocinar, y por lo visto nadie tenía plata para ir a comer a un restaurant. Yo tampoco sé cocinar. No recuerdo bien quién nos acompañaba, creo que era Ana Becciú. Me fui temprano, porque no soy de acostarme tarde. Fue una cosa completamente normal: Alejandra hacía los chistes que le festejábamos, todo muy pacífico, muy tranquilo. Jamás se me hubiera ocurrido que ella tomaría una decisión tan trágica, que albergaba una desdicha semejante.

En la madrugada del 25 de septiembre, Alejandra fue a buscar a Fernando Noy pero la portera del edificio le dijo que él se había ido de vacaciones. Entonces regresó a su casa y, en algún momento, tomó cincuenta pastillas de Seconal. Por la mañana la llamaron por teléfono varias amigas –Olga Orozco, entre otras– pero, aunque no fueron atendidas, ninguna sospechó nada. Finalmente una de ellas, que tenía llaves, entró al departamento de la calle Montevideo a buscar unos libros. Hay quienes afirman que esa persona fue Anna Becciú, la futura albacea, pero otros tienen dudas. Sea como fuere, la encontró agonizando. En su pizarrón de trabajo, donde solía escribir las palabras como si fuera una tela de pintor, se leía: «no quiero ir / nada más / que hasta el fondo». Alejandra Pizarnik murió camino al hospital y su cuerpo fue velado el 26 de septiembre en la Sociedad Argentina de Escritores, recién inaugurada.
Durante los días que siguieron, sus amigas Olga Orozco, Ana Becciú y Elvira Orphée se encerraron en el departamento para preservar y ordenar sus papeles. A pesar de la fiel custodia, alguien se llevó una caja de fotos y otras personas tomaron objetos y libros. Los diarios y las obras inéditas tuvieron un recorrido accidentado: Aurora Bernárdez, la esposa de Cortázar, los tuvo durante un tiempo en París, con la excepción de un cuaderno que Marta Moia decidió conservar. Por pedido de Miryam Pizarnik, hermana de Alejandra, Ana Becciú se convirtió en la albacea literaria y los papeles y diarios se depositaron, finalmente, en Princeton.

Y, aunque ya estaba muerta, Fernando Noy vio a su amiga todavía una vez más, en París.

–Yo estaba muy deprimido porque había perdido un amor. Decidí morir por él. Fui al Bois de Boulogne y colgué una soga de una rama, a modo de horca. Pero me quedé dormido y en el sueño llegó la Pizarnik con su gamulán verde. Me dijo: «Fernando, no te suicides. Estos son los pasadizos secretos de la desesperación, aún peores que los de la vida. Si te matás, vas a sufrir diez veces más. Y yo te imploro que no». Le vi bigote y barba, la vi masculina. Me desperté y ya estaban el patrullero y la ambulancia. Estuve nueve meses internado, pero ella me salvó la vida.

Alejandra era una capitana de vuelo, una exigente astronauta del alma, y muy dulce. Era bravísima y dulce.

Alejandra Pizarnik está enterrada en el cementerio judío de La Tablada, al oeste de Buenos Aires. Cada dos o tres meses su foto desaparece de la tumba y hay que reemplazarla. Alguien se la lleva, pero los guardias del cementerio, uno de los más custodiados de la Argentina, jamás han podido atrapar, o ver, a ese ladrón furtivo.

(De: Los malditos, Leila Guerriero, Ediciones Universidad Diego Portales, Chile, 2011)

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