Alejandro Galliano: «Se pueden usar males presentes para bienes futuros»

El historiador publicó «¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?»

El texto propone un debate fundamental en tiempos en que el empleo asalariado disminuye y el trabajo se precariza.

Por Silvina Friera

Galliano es docente de Historia y Ciencias de la Comunicación de la UBA.

Las subjetividades deshilachadas son controladas por un capitalismo que despliega su poder omnipresente en todo el planeta. “El intento de transformar a cada uno de nosotros en un empresario de sí mismo chocó con la imposibilidad de ampliar el mercado para todos”, escribe Alejandro Galliano en ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro (Siglo XXI), por ahora solo publicado como ebook, un texto fundamental para el debate en estos tiempos donde el empleo asalariado disminuye y el trabajo se precariza. El capitalismo siempre se las ingenia para seguir soñando más -plantea el autor del libro, docente en las carreras de Historia y Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires- mientras que el pensamiento de izquierda, portavoz de las utopías del siglo XX, parece arrinconado y sin capacidad de imaginar un mundo radicalmente alternativo.

Galliano, colaborador de la revista Crisis -en la que escribe sobre ideas políticas, el impacto social en las nuevas tecnologías y las diferentes concepciones sobre el futuro-, advierte que es “muy difícil pensar nada constructivo a partir del confinamiento más allá de una especie de estrés post traumático colectivo; es una situación excepcional imposible de perpetuar”, dice sobre el impacto que está teniendo la pandemia de coronavirus. “De esta experiencia en general es posible imaginar, no cambios dramáticos, pero sí la intensificación de algunas tendencias previas bastantes pesimistas: una sociedad más vigilada o más inestable, por ejemplo. Otras son las que traté de desarrollar en el libro: a grandes rasgos, crear lazos más solidarios entre las personas y entre humanos y no humanos, sea aprovechando la escasez de recursos, sea acelerando y reorientando las transformaciones tecnológicas. En cualquiera de los dos casos, no son futuros predeterminados sino horizontes hacia donde dirigir la acción política”, explica el historiador a Página/12.

-¿Cómo será el capitalismo pos pandemia? ¿Será un capitalismo con trabajos más precarizados, más “uberizados” y desigual?

-Soy bastante escéptico sobre un reseteo total del capitalismo. La historia de este tipo de crisis demuestra que la salida sólo acentúa tendencias previas, las sociedades no sacan soluciones de la galera. A la salida de la “peste negra” del siglo XIV, por ejemplo, se consolidaron la centralización estatal y el desarrollo mercantil que ya se venían dando. Esta crisis puede estimular mayor automatización de la producción y los servicios, mayor desregulación de las relaciones laborales y mayor centralización de datos, sea de parte de estados o de empresas. Nada nuevo, sólo otra intensidad. Desde la izquierda es necesario entender las tendencias previas para darle un sentido progresista a esos cambios: no buscar retornar a un pasado de oro sino trabajar con lo que hay para armar una sociedad más vivible. De última, las plataformas de delivery que tanto combatimos, hoy facilitan el confinamiento; el “capitalismo de vigilancia” que tanto condenamos permitió rastrear contagios en China y Corea. Se pueden usar los males presentes para bienes futuros.

-¿Qué peligros implica no poder movilizarse en las calles? ¿Se está en las vísperas de una suerte de “totalitarismo 5.0”?

-Es cierto que la cuarentena desmoviliza pero, al menos en un país tan conflictivo y poco institucionalista como la Argentina, dudo que frene por mucho tiempo la movilización. Más bien la veo cediendo por ese lado. Y quedan las formas digitales de movilización. Cualquier tecnología de comunicación es un arma de doble filo que hay que saber usar. La radio era la herramienta para alienar a las masas hasta que aparecieron las emisoras independientes, la web 1.0 era un invento de DARPA para controlarnos hasta que el open source y la tecnología p2p permitieron socializar conocimientos y crear comunidades. La web 2.0 en principio privatiza con plataformas a la vieja internet y facilita la minería de datos. Hay que aprender a domarla con leyes estatales y prácticas civiles. Más que un totalitarismo 5.0, me preocupa el avance de formas nada nuevas de vigilancia y autoritarismo, muchas de ellas avaladas en nombre de la pandemia incluso por sectores aparentemente progresistas.

-Hay una frase muy repetida y gastada que recordás en el libro: “Hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. ¿Cómo opera esta frase ahora, encerrados y consumiendo información?

-Esa es una frase que se memificó sin que nadie se hiciera del todo cargo de su autoría (¿es de Fisher, de Zizek o de Jameson?). Sirvió para describir la cerrazón de alternativas posthatcherista, en especial en los países anglosajones. Creo que en América latina la sensibilidad fue distinta. El problema hoy sería más bien que el fin del mundo no nos deje pensar el fin del capitalismo: que la parálisis que produce este clima apocalíptico (y que viene a cumplir las fantasías morbosas de décadas de cine catástrofe y distópico) nos impida pensar el día después como algo bajo nuestro control.

-Si “el capitalismo no alcanza para todos y quizás el planeta tierra tampoco”, ¿qué consecuencias tendría el hecho de que el pensamiento utópico tiene como frontera la lógica de la escasez y como horizonte un deseo “ilimitado”? ¿Hacia dónde te parece que se dirige esa tensión?

-Supongo que el pensamiento utópico siempre vivió con esa tensión y va a seguir haciéndolo. La historia pasa por cómo cada época la calibró. La escasez hoy tiene dos caras: la finitud de los recursos naturales, que es un dato hace al menos cincuenta años, y nuestra capacidad para gestionar esos recursos, que ha mejorado gracias al mayor volumen de información y las nuevas posibilidades tecnológicas. Lo que faltan son nuevos formatos políticos (instituciones, identidades) acordes con esas nuevas capacidades. Esos nuevos formatos políticos deberían ser la dirección que tome un pensamiento no tanto utópico sino, como dice Ezequiel Gatto, “posutópico”: que no sea un camino recto hacia el futuro sino que deje espacio para la improvisación y la contingencia. Las utopías demasiado cerradas y direccionadas salieron muy mal.

-Ante la pandemia de coronavirus, con parte de la población que no puede trabajar, el ingreso familiar de emergencia, ¿puede ser una herramienta para volver a plantear el rol del Estado en la distribución de un ingreso básico universal?

-Sí, obvio, y en el libro me ocupo del tema. Aquí hay que hacer una distinción entre dos versiones del IBU (ingreso básico universal). Una de ellas es la sostuvieron personas como Milton Friedman: entiende que hay que desmontar todo el Estado de Bienestar y reemplazarlo por un pago de subsistencia calculado según el mercado, sin fuerzas sociales capaces de negociarlo. La otra, que con variaciones encontramos desde la Atenas clásica hasta Keynes, supone que es un derecho ciudadano sobre la riqueza compartida. En un momento en que el capitalismo se estructura sobre bienes como los datos, las energías renovables o el suelo, es dable pensar un IBU como renta sobre esa riqueza colectiva, contando con todo el abanico de organizaciones sociales como fuerzas negociadoras.

-“Pensar el futuro hoy requiere pensar después del fin del mundo, porque el apocalipsis ya llegó y nosotros seguimos aquí”, escribiste en ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?. ¿Cómo resuena esta frase hoy?

-Cuando la escribí, obviamente no esperaba una pandemia así, pero esta crisis terminó reforzando el sentido de la idea. La humanidad ya pasó varios apocalipsis. Los treinta años que van de 1914 a 1945 fueron lo más parecido a un colapso civilizatorio: genocidios, pestes, crisis, guerras totales, revoluciones. Pero al día después los sobrevivientes siguieron estando en este mundo y debieron reconstruir sus vidas en gran medida sobre las ruinas de lo anterior. Son momentos de sacrificios colectivos pero también de cierta creatividad y oportunidades. El sentido de la frase es que no nos paralicemos ante el apocalipsis que nos tocó y veamos cómo organizarnos colectivamente para aprovechar esas oportunidades. Y tener en vista horizontes de sociedades alternativas es un primer paso, si no para alcanzarlas al menos para acercarse a ellas.

-Hacia el final del libro te preguntás cuál es la política postapocalíptica para el tiempo y lugar que toca vivir. ¿Sigue en pie tu propuesta de parasitar al capitalismo luchando por un ocio civilizatorio, por el control social de las rentas naturales, digitales y financieras?

-Sigue en pie. Cuando escribí el libro pensaba en las “nuevas derechas”, que son preapocalípticas: proponen acantonar a toda la sociedad ante un riesgo siempre inminente: los inmigrantes, el comercio chino, la “ideología de género”. El efecto era paralizar a la sociedad ante un riesgo que nunca se concretaba. Son esas nuevas derechas justamente las que peor afrontaron la amenaza concreta de la pandemia, negándola. Entonces, sí, hoy una izquierda posapocalítpica tiene aún más sentido, porque la página de la sociedad pospandemia está por escribirse y la nueva derecha finalmente no estuvo a la altura: no portaban ninguna idea de futuro, solo resentimiento y nostalgia. Es una oportunidad para que una izquierda últimamente defensiva, nostálgica o melancólica vuelva a apropiarse del futuro.

21/04/20 P/12

 

ADELANTO

A continuación, un fragmento a modo de adelanto de ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro.
Autor: Alejandro Galliano
Publicado por: Siglo XXI
Fecha de publicación: 04/01/2020
Edición: 1a
ISBN: 978-987-629-995-4

 

Economía postescasez

Desde el Génesis 3:19 (“ganarás el pan con el sudor de tu frente”) hasta Paul Samuelson (“los bienes son escasos porque no hay suficientes recursos para producir todo lo que de seamos consumir. Toda la economía se deriva de este hecho fundamental”), la escasez signa la existencia humana. No es raro entonces que tantas escatologías prometan un futuro de ocio y abundancia después de la muerte, el fin del mundo o la revolución. El más atildado de esos profetas, John Maynard Keynes, señaló en cambio que la escasez y el trabajo habían quedado atrás porque el capitalismo ya nos había dado todo lo que tenía para dar.

 

De Keynes a Star Trek

En un año tan difícil como 1930, Keynes escribió un pequeño ensayo sobre las “ Posibilidades económicas de nuestros nietos”. Allí explicaba la crisis como una dolorosa transición hacia una sociedad mejor: “ Padecemos una nueva enfermedad cuyo nombre quizás aún no sea conocido por algunos lectores, pero de la que oirán mucho en los años venideros – esto es, el de sempleo tecnológico– ”. Para atajar el pesimismo, tanto de los revolucionarios como de los reaccionarios de su época, Keynes optó por ver más allá de la recesión, subrayando un de sarrollo tecnológico que le permitiría a la humanidad trabajar tres veces menos “en pocos años – en el plazo de nuestras vidas quiero decir– ”. Para 2030, vaticinó que habría que repartir el poco trabajo necesario: “ Turnos de tres horas o semanas laborales de quince horas podrían resolver el problema durante un buen tiempo”. El resto del tiempo quedaría disponible para actividades no económicas.

Claro que semejante salto existencial exigiría un cambio de código moral: “ No hay ningún país, ni ningún pueblo, creo yo, que pueda mirar hacia la era del ocio y la abundancia sin temor. Porque hemos sido habituados durante mucho tiempo a esforzarnos y no a disfrutar”. Keynes era particularmente crítico con la clase alta, que según él debía educar al resto de la sociedad en el ocio creativo pero seguía aferrada a la cultura del trabajo y la austeridad.

La historia del pensamiento económico ha querido separar al Keynes ensayístico y casi utópico de 1930 del economista serio de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero de 1936. Robert Chernomas, profesor de Economía de la Universidad de Manitoba, en Winnipeg, intentó unir a ambos bajo el signo de la sociedad postescasez. El punto de partida sería, paradójicamente, el “estado estacionario”, el punto en el que la economía ya no crece más. Ya economistas clásicos como Smith, Ricardo o Malthus habían previsto un punto de equilibrio entre la población y los recursos escasos que obligaría a detener el crecimiento económico. Sin embargo, la economía del siglo XX se entregó, con pocas excepciones, al sueño petrolífero del crecimiento ilimitado.

Keynes retoma la hipótesis del estado estacionario pero no en la concepción clásica de escasez de recursos, sino en el sentido que le dio John Stuart Mill: máximo de sarrollo del capital. La acumulación disparada en el siglo XVI por el interés compuesto había llegado, gracias a la Revolución Industrial, a su punto más alto en el siglo XX. Keynes calcula que cada libra que Francis Drake llevó a Inglaterra luego de saquear la flota española en 1580 había rendido por 100 000. Ya no se podía esperar otro crecimiento de esa magnitud. Y no era necesario: “ Si el capital crece, digamos, un 2% anual, el equipamiento de capital del mundo habrá crecido un 50% en veinte años, y siete veces y media en cien años. Pensemos lo que esto significa en términos materiales”. Para 1929, en promedio, todos los individuos habían alcanzado el ingreso absoluto a partir del cual su consumo comenzaría a decrecer, ya que una parte de ese ingreso se destinaría al ahorro, y la demanda agregada caería por debajo de su nivel óptimo. El problema de la escasez estaba técnicamente resuelto, solo hacía falta mejorar la tecnología y la teoría económica para distribuir sus beneficios. “El problema económico no es demasiado difícil de resolver”, le confió Keynes, arrogante, a George Bernard Shaw en 1934, “debes saber que estoy escribiendo un libro que creo que a la larga revolucionará la teoría económica”.

El problema que se propone solucionar la Teoría general es, como ya sabemos, el margen entre la producción y el consumo como factor de la tasa de acumulación. En promedio, ninguna persona consume todo lo que gana. Ese rezago de la demanda es la causa de la disminución precoz de la inversión y del consiguiente de sempleo. Piedras en el camino hacia el estado estacionario óptimo. En el corto plazo, la misión es sostener el potencial productivo al máximo, priorizando el consumo sobre la acumulación, que ya es suficiente y que alimenta de sigualdades ineficaces: magnates que al dudar en invertir paralizan la economía entera.

En el largo plazo, la meta es la inversión total del capital ya acumulado, “aumentar el stock de capital hasta que deje de ser escaso”. Semejante volumen de inversión solo podría ser gestionado por el Estado. La consiguiente abundancia de capital reduciría su costo y su retorno, fuera interés o beneficios. Llegado este punto, es inevitable preguntarse qué rol otorga Keynes a los capitalistas en su sociedad postescasez.

El último capítulo de la Teoría general reafirma el axioma ortodoxo sobre el empresario como el mejor asignador de recursos. Pero Chernomas considera que se trata de una concesión de clase de Keynes a sus compañeros de Eton y el King’s College, y se aboca a rastrillar otras afirmaciones a contrario sensu, como la siguiente:

Sin embargo, nada de esto sucederá por sí solo. El sistema no se ajusta a sí mismo y, sin una dirección intencional, es incapaz de traducir nuestra pobreza real en nuestra abundancia potencial […]. Espero ver al Estado, que está en condiciones de calcular la eficiencia marginal de los bienes de capital a largo plazo y sobre la base de la ventaja social general, asumiendo una responsabilidad cada vez mayor de organizar directamente la inversión.

Para Keynes el fin de la escasez implicaba necesariamente una eutanasia del capitalismo. Al final nos esperaría un sistema híbrido y estancado, en el cual una “ Junta de Inversión Nacional” conviviría con una ciudadanía ociosa abocada a las artes y las letras, empresarios reducidos a empleados calificados, e incluso algunos especuladores que jugarían codiciosamente a la Bolsa, reliquias de otro tiempo como los aristócratas monegascos de la revista Hola.

* * *

El futuro llegó pero no como Keynes lo esperaba. En 1984, año en que Chernomas publicó su artícu lo sobre Keynes y la postescasez, primaban la austeridad, el de sempleo y un récord de acumulación. Por su parte, el “estado estacionario” había vuelto a su sentido clásico de escasez de la mano del economista ecológico Herman Daly, miembro del Club de Roma y crítico del crecimiento económico. El sueño de la abundancia, en tanto, se escondió en la ciencia ficción, último reducto del pensamiento utópico. Muchas especulaciones sci fi fueron más realistas que el propio Keynes en medir las consecuencias sociales de la abundancia. George O. Smith, por ejemplo, en Venus Equilateral (1947) imagina que un replicador de materia provoca tal distorsión económica al multiplicar infinitamente los bienes que es necesario crear una materia no replicable para usar como moneda. Otros especularon con posibles “economías de reputación” en las que la abundancia material desplazaría la competencia por los bienes hacia la competencia por el prestigio, como el “whuffie” que concibió Cory Doctorow en Tocando fondo (2003), una suerte de versión monetaria del like de las redes sociales. Pero la ficción que mejor capturó la fantasía de la postescasez fue Star Trek. La serie fue creada en 1966 por Gene Roddenberry, un humanista que quiso imaginar un futuro sin dinero en el cual una tecnocracia racionalista hiciera posible la convivencia multirracial. Sin bien Roddenberry terminó por perder el control sobre la franquicia, los 733 capítulos y 13 largometrajes de Star Trek brindan material suficiente para teorizar sobre su economía.

Es lo que hizo Rick Webb, consultor económico y startuper preocupado por la concentración de la riqueza y el futuro del trabajo ante la automatización. Webb buscó en la economía de Star Trek un posible sistema poscapitalista más allá del comunismo y la economía social. Y encontró que la Federación “es, esencialmente, el capitalismo socialista europeo expandido hasta el punto de que nadie tiene que trabajar a menos que quiera”: una economía democrática que prescinde del dinero pero preserva la libertad individual de comprar y vender. En Star Trek no hay planificación centralizada (aunque Webb admite la posibilidad de que la asignación la realicen algoritmos), existen las jerarquías sociales y la propiedad privada: los personajes poseen objetos, incluso casas; Sisko, un restaurante; Picard, un chateau con viñedos. La eficiencia productiva de los replicadores permite de sacoplar el trabajo del salario y la extensión de la asistencia social hace redundante el dinero. La contabilidad se hace en unidades energéticas y el comercio exterior se realiza mediante trueque. El individuo puede tener dinero y comprar cosas, pero la presión social inhibe a los ciudadanos de que se extralimiten en el uso de recursos: el gobierno no permite que nadie compre, por ejemplo, cien naves espaciales. Quien quiera puede trabajar en tareas no automatizadas a cambio de un salario para incrementar su consumo o por prestigio (otra vez, la presión social). Quien tenga el vicio incluso puede buscar ser “rico”. Las trekonomics de Webb son sugestivamente keynesianas, y no solo por la referencia al Estado de bienestar europeo.

Como Keynes, concibe una economía de alta productividad gestionada por la autoridad pública sin abolición de la propiedad privada, en la que las prácticas y los sujetos capitalistas perviven residualmente y en libertad. Incluso Webb explicita un rasgo que Keynes apenas insinuaba en su “nuevo código moral”: la necesidad de una fuerte presión social para que el individuo no malgaste la riqueza pública.

 

Así en el cosmos como en la web

Pero lograr el fin de la escasez, la gratuidad absoluta de los bienes, supone un de safío físico: superar la finitud de la materia. En la ciencia ficción eso por lo general se resuelve con “replicadores”, máquinas capaces de multiplicar el mismo objeto infinitamente. ¿ Qué tecnología hará realidad los replicadores? Para Eric Drexler, ingeniero del MIT, es la nanotecnología: la fabricación de materiales y máquinas a escala y precisión molecular. En especial los ensambladores (robots con forma de célula capaces de descifrar moléculas y átomos) y los autorreplicantes (nanobots capaces de duplicarse a sí mismos a gran velocidad).

La maquinaria autorreplicante reduciría el costo de capital a casi cero, y en caso de ser programable, también los costos laborales y de organización. Toda la nanotecnología posible y los de sechos que genera caben en el espacio de un dedal.

Las materias primas nanotecnológicas (hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno, aluminio y silicio) se encuentran en la suciedad y en el aire, o en escombros y piedras de asteroides si queremos ahorrar tierra y usar recursos extraterrestres. Al igual que la energía solar, infinita y desperdiciada por la humanidad en un 99,9999999%.

Drexler asume que el fin de la escasez trastornaría los principios de la economía pero no se molesta en proyectar otro sistema económico. En 2013 dos empresas se lanzaron a la minería espacial. Deep Space Industries ( DSI) y Planetary Resources, esta última financiada en parte por Google, se propusieron extraer metales de asteroides. Luego del clásico espasmo financiero de toda startup, terminaron absorbidas por otras firmas en 2019. La abundancia espacial deberá esperar a que los terrícolas pongamos nuestra tecnología en manos más confiables.

* * *

Mientras tanto, aquí abajo en la Tierra, otra fuente de abundancia palpita en nuestro bolsillo, dentro de cada smartphone. La capacidad de digitalizar parte de la materia y convertir átomos en bits anula el principio de la escasez. A diferencia de un objeto material, un objeto digital tiene infinitos usos simultáneos. Cortar y pegar un archivo digital no tiene costo de oportunidad; convertir el formato tampoco. Y en un sistema ciberfísico de producción, ese costo marginal cero se extiende a una parte creciente de la economía. Esto llevó al gurú digital Chris Anderson a afirmar que “el nuevo modelo de negocios es uno en el que las empresas se enriquecen al no cobrarles nada a sus clientes”. WhatsApp, Gmail, YouTube, entre otros, no nos cobran directamente por sus servicios. Por ahora.

Anderson sabe bien que esa gratuidad es resultado de estrategias empresariales como los subsidios cruzados entre productos o usuarios, o la venta de espacio de publicidad, conocidas desde hace años. Entre 1901 y 1903, Gillette regaló navajas de afeitar para de sarrollar un mercado de cuchillas de sechables. Por otro lado, Anderson hace silencio sobre la poderosa industria de extracción de datos, que convierte a los usuarios en productores involuntarios, un destino triste para los “prosumidores”, los productores- consumidores que vaticinó Alvin Toffler.

Aun así, la no escasez de los objetos digitales generó un debate entre los ortodoxos, que dicen que la deflación de los bienes digitales no perforará el piso de la venta al costo, y los entusiastas, que especulan con un nuevo tipo de economía de costo marginal cero. Para estos últimos, vivimos un período de transición hacia la postescasez en el que los viejos principios, instituciones y modelos de negocios conviven con los nuevos. Pero tarde o temprano este sistema de sembocará en otro. La pregunta es cuán lejos estará ese sistema del capitalismo. La eutanasia del capitalismo que previó Keynes no aclara qué vida habrá después de la muerte.

 

Del costo marginal cero al poscapitalismo

Estancamiento, fin del trabajo, bienestarismo y postescasez: la trayectoria política e intelectual del consultor estadounidense Jeremy Rifkin parece montada sobre los grandes temas de Keynes. Durante la crisis de los setenta el joven Rifkin participó en los debates sobre el fin del crecimiento, muy influido por Nicholas Georgescu- Roegen. En los noventa aventuró su propia profecía sobre el fin del trabajo y ya en el nuevo siglo apostó por el “tercer sector”, la economía social europea que describimos en el capítulo 4. En la búsqueda de un sistema económico sustentable social y energéticamente, desde 2011 Rifkin intentó dar forma a su propio modelo de sociedad postescasez.

Según su visión, la historia de la humanidad es la de las fuentes de energía y los medios de comunicación. Luego de las antiguas civilizaciones hidráulicas que descubrieron la escritura, podemos definir el capitalismo 1.0 por el carbón y la imprenta, y el capitalismo 2.0 por el petróleo y las telecomunicaciones. El sistema ciberfísico de sarrollado entre los capitalismos 3.0 y 4.0 sería la solución para la crisis climática y social del presente. De hecho, Rifkin extiende la lógica de la internet más allá de la industria, hacia la energía y la logística.

La internet energética sería una red descentralizada de captación y distribución de energías renovables. A diferencia de las “energías élite” (carbón, petróleo, uranio), la energía solar, la eólica y el reciclaje de de sechos no solo son infinitos, sino que son accesibles para cualquier empresa, vecindario, edificio de departamentos e incluso para un hogar bien equipado con molinos y pantallas solares. Cada consumidor podría transformarse en un prosumidor de energía. Una vez captada, esa energía se almacenaría y transportaría mediante hidrógeno en una red inteligente que conectaría a los diferentes prosumidores y evitaría colapsos y cuellos de botella mediante algoritmos.

La internet logística es la “internet física” propuesta por Benoit Montreuil, de la Universidad de Laval, en Quebec: una reorganización del sistema de transporte de mercancías inspirada en la red de redes. Es casi una devolución de metáfora, si tenemos en cuenta que la web se pensó en su momento como “autopista de información”. Para montar una internet física, en primer lugar habría que de sarrollar un contenedor universal para cualquier tipo de mercadería, similar a los contenedores marítimos y ferroviarios. Luego, establecer protocolos de transporte, similares a los de la web, entre las diferentes empresas de logística para aprovechar los viajes de vuelta y otros tiempos muertos, que representan el 90% del tiempo de un camión promedio. Así se racionalizaría una actividad que supone el 15% del PBI y emite la mitad del CO2.

Por último, la vieja internet de la información cumple dos roles en la sociedad de costo marginal cero de Rifkin. Por un lado, abarata los bienes gracias a la reproducibilidad digital, la impresión 3D y el futuro almacenamiento de datos en ADN sintético, que ocupa mucho menos lugar. Por otro lado, es el germinador de ese “nuevo código moral” que cualquier economía postescasez parece requerir para funcionar de manera eficiente. En efecto, Linux, Wikipedia y CouchSurfing, entre otros, serían el espacio de prácticas colaborativas e intercambio no lucrativo de donde surgiría el “procomún colaborativo”, concepto al que ya nos referimos cuando tratamos el decrecionismo, pero que Rifkin desarrolla más. “ Procomún” es la mala traducción de “commons”, las tierras de uso común presentes en casi todas las sociedades precapitalistas. En la Inglaterra del siglo XVI se cercaron estas tierras, lo que marcó el comienzo del capitalismo, la “acumulación originaria” estudiada por Marx en el capítulo 24 de El capital.

Desde entonces, la privatización avanzó en todos los campos de la vida. Para Rifkin esta tendencia comienza a revertirse con la aparición de plataformas en las que los internautas comparten archivos, experiencias o servicios sin espíritu de lucro. Es la nueva moral, ni individualista ni materialista, propia de los nativos digitales que se criaron con el procomún colaborativo.

Sobre el procomún, Rifkin proyecta una nueva sociedad en la cual el “valor de compartición” desplazaría lentamente al valor de intercambio en el mercado; la reputación digital y las monedas virtuales, al dinero; el derecho al acceso, al derecho a la propiedad (pública o privada); el mecenazgo cívico vía crowdfunding o similares, al financiamiento bancario o estatal; el tercer sector solidario, al empleo asalariado y al Estado de bienestar. Los capitalistas podrían adaptarse a la nueva economía reconvirtiéndose en empresarios sociales, agregando servicios y soluciones en red, o sufriendo las consecuencias del costo marginal cero como las discográficas o los medios masivos de comunicación.

Aun así, Rifkin prevé que corporaciones como Google o Facebook intentarán cercar el nuevo procomún, no solo con patentes, sino también con plataformas que distraigan y privaticen datos de la red común, como lo viene denunciando Tim Berners- Lee, creador del protocolo http que dio origen a la web. Quienes conocimos la web 2.0 de principios del siglo XXI vivimos la versión digital del comunismo primitivo de los campesinos medievales que usaban las tierras sin dueño para talar, pastar e incluso vivir: entre el vacío legal y el efecto de red, pudimos descargar e intercambiar todo tipo de archivos sin pagar un centavo. A partir de 2011 conocimos nuestro propio cercamiento: a la ofensiva legal por parte de los Estados Unidos (las leyes SOPA y PIPA) siguió el cierre de muchos sitios de descarga ( The Pirate Bay, Megaupload, etc.) y la mercantilización de esos consumos vía plataformas de streaming como Netflix o Spotify.

La internet energética renovable y descentralizada de Rifkin también tiene sus enemigos. Uno de ellos es la ganadería, que contamina tanto como el parque automotor y consume dos terceras partes del grano cultivado. Rifkin apuesta por una dieta omnívora que incluya muy pequeñas cuotas de carne. El otro es la energía nuclear. Para ambientalistas como Michael Shellenberger, la energía nuclear tiene menos costo ambiental que los combustibles fósiles y más eficiencia que las renovables, usa recursos naturales mínimos y genera el menor volumen de residuos. Para Rifkin los números no dan: las 439 plantas nucleares del mundo producen solo el 5% de la energía en uso. Para lograr un cambio sustantivo, habría que levantar 2000 plantas más, tres por mes a lo largo de sesenta años, y afrontar no solo los riesgos sino una escasez de uranio para 2030.

Países como Francia todavía basan su de sarrollo energético en plantas nucleares. Incluso en una nación subdesarrollada como la Argentina, la energía nuclear no solo estuvo atada a su imaginario de grandeza, desde el proyecto Huemul hasta el Instituto Balseiro, sino que representa una alternativa a megadesarrollos extractivistas como Vaca Muerta. Aun así, América Latina tiene una matriz energética comparativamente limpia que los países sin hidrocarburos ya están explotando: el 40% de la electricidad uruguaya proviene de la energía eólica, y el 8% de la chilena de parques solares. Costa Rica aspira a proveerse íntegramente con energías renovables en 2021. En la Argentina, incluso, ya hay una ley de Generación Distribuida de Energía que conectará paneles solares y molinos de viento de tamaño y costo reducidos a una red de usuario-generadores para que sea posible inyectar eventuales excedentes.

Con todo, el peor enemigo de la sociedad postescasez de Rifkin es ella misma. El materialismo no dialéctico de Rifkin lo lleva a ver el motor del cambio histórico en tecnologías y fuentes energéticas sin preguntarse por las fuerzas sociales que las conducen. La extracción de datos que Berners- Lee denuncia y que Rifkin menciona de pasada es la precondición de la gratuidad aparente de muchas de las plataformas por las que circula el “procomún colaborativo”. La privatización no es un riesgo: es la tendencia propia del sistema. Claro que puede revertirse con decisión política, pero para eso hacen falta actores más precisos que los internautas y su poco comprobable “nueva moral no individualista”. Rifkin disuelve el Estado en el tercer sector y espera que los empresarios se adapten a las nuevas condiciones de unas tecnologías que, por otra parte, controlan. Hasta Chris Anderson asume que la gratuidad de internet es un modelo de negocios y nada hace pensar que una nueva moral vaya a aflorar espontáneamente de allí. Es el riesgo de este tipo de planteos horizontalistas que esperan que las tendencias encuentren por sí mismas su destino cuando, en términos tenísticos, el capital siempre saca.

Abril 2020

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