Por John Argerich
 
La serie quincenal "El amasijo" creada y producida por John Argerich -un argentino que vive en Suecia desde hace 30 años pero tiene el corazón en el Río de la Plata- se publica regularmente en 32 medios de 10 países. Con sagacidad, ironía, y fundamentalmente con buen humor, el autor recrea escenas y personajes que habitan el imaginario social colectivo, recurriendo al habla popular y el lunfardo.
 

EL AMASIJO - ULTIMAS ENTREGAS

Cuando la suerte sonríe
Tolvas del recuerdo 
Bailando el Chiki-chiki
Vendo colchón usado  
El que espera desespera
Por si las moscas: "No Name"  
Camino de Buenos Aires  
El regreso a casa 
Lo que no hubiera dicho el Juan
Amor con amor se paga 
El miedo al agua 
Torres de Buenos Aires 
Los forjadores de imágen (cap 2) 
Los forjadores de imágen (cap 1)
 25 años comiendo pescado  
 Vida de perros  
 Dos años con María Soledad
 Paseando con la Rosita 
 Los calores de agosto 
 Mi amigo Julián
 Fanático del fóbal
 La guerra del pudor
 El evangelio de San Benito
 Un boleto a Palermo
 Reflexiones de un primero de mayo
 Gambeteando la insolvencia
 Un milagro de semana santa 
 La pasión por laburar
Canas, chinos y un gotán 
Reivindicando a las rubias
Vida de perro 
¡Volando a Río!
Un pirulo que piantó
Luna de Kiruna
Llegaron los parientes
Historia de un copetín 
Los angelitos no tienen ombligo
Meditaciones sobre el casorio binacional


   
     
El autor

John Argerich. Escritor, periodista y dibujante nacido en Buenos Aires, Argentina, y residente en Suecia desde 1978. Es contador público por la Universidad de Buenos Aires, con trabajo de postgrado en economía y en ciencias políticas. Debió exiliarse a raíz del golpe militar de 1976, habiendo viajado extensamente por Europa y las Américas. Residió en varios países, entre ellos Brasil, Canadá, España, Estados Unidos y Uruguay.
Fue director de la revista "Juventud", de Buenos Aires, y jefe de redacción en la casa editorial W.M. Jackson Inc., de Nueva York. Fue traductor del "Readers’ Digest", y ha colaborado en libros y periódicos de ambos continentes, destacándose su aporte al semanario sueco en lengua española "Liberación", donde publicó más de doscientos artículos. Escribe en castellano, inglés, y sueco, habiendo sido traducido al holandés. Actualmente cultiva el periodismo cultural, la sátira, el cuento costumbrista, y la poesía e ilustra personalmente la mayor parte de su trabajo. Sus temas favoritos son la caricatura y el relato "multiplot".
Ha publicado los siguientes libros: "Lo que trajo el mar", novela, 1995; "Rimas de soledad", poesía, 1ª. edición 1995, 2ª. edición 2002; "La idea fija", cuentos satíricos, 1ª. edición 1994, segunda edición 2003; "El libro de todos", antología, 1999; "El tiro por la culata", cuentos satíricos del campo argentino, 2003; y "Relatos del fin del tiempo", cuentos fantásticos, 2004.
Creó la serie satírica quincenal "El amasijo" que se publica regularmente en treinta medios de nueve países, y la serie "De todo, como en botica", que se publicó en la prensa escrita durante varios años.
Su obra como dibujante fue expuesta al público en 1997 y 2004, bajo el auspicio de la Municipalidad de Malmo, Suecia.


johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
corrmalmo@hotmail.com

Otoño en el Campo de la Ribera

A la sombra de Menéndez

Por John Argerich

Corría el mes de marzo de 1978, cuando ocurrieron los acontecimientos que les voy a relatar. Entonces yo vivía en una pequeña ciudad del sur de Córdoba, y había viajado a Río Cuarto, para concurrir como perito a Tribunales por un asunto profesional. A la salida del juzgado, me encontré con un conocido, y fuimos a tomar un café. Decisión que estaba destinada a cambiar el curso de mi vida.

-Perdón, pero tengo que hacer una llamada telefónica -dijo mi circunstancial compañero, y se fue al interior del establecimiento, dejándome ante una mesa ubicada en la vereda.

Al ratito regresó, y se sentó a mi lado. Hablamos de muchas cosas, entre otras del incipiente campeonato mundial de fútbol.
Entonces sentí una mano que me agarraba el brazo.

-Levantáte y seguinos -dijo una voz.

Me llevaron a la comisaría de Río Cuarto, y como primera media revisaron todos mis bolsillos. Después, mi portafolios. En éste había varios escritos, y fue difícil explicar en lenguaje comprensible para la patrulla, que la intervención del fiscal en un juicio, no significaba que éste fuera por delitos comunes. Tampoco entendieron algunos términos contables, como “amortización”, “punto de equilibrio”, o “acreditar en cuenta”, y flotaba la desconfianza de estar frente a una terminología creada para desconcertar a la autoridad.

-¡Hablá en cristiano, cuando te pregunten! -dijo un sargento.

-Querría saber por qué me han detenido- repuse, y los vigilantes se miraron entre ellos.

-¡Paselón pa’ dentro! -ordenó un morocho de bigotes finos, por toda respuesta.

Y sin decir más, me llevaron a empujones hasta un calabozo que no tenía más de 2 x 1,50. Cerca de una esquina había una lata para que los presos atendieran sus necesidades físicas. Del medio del techo pendía una bombita eléctrica, permanente encendida. En el espacio libre había una cama de cemento, y en todo el ambiente un olor nauseabundo a transpiración, orina, caca y miedo. Porque el miedo tiene su olor. Un olor ácido, muy peculiar, que nunca había percibido antes.

-Prrr... -hizo la pasarela del cerrojo, y quedé aislado del mundo hasta que a mis carceleros se les ocurriera volver. Como no tenía nada más concreto entre manos, me tumbé sobre la cama de cemento, y cerré los ojos. Así llegó la noche. Tenía sed, hambre y frío, pero a nadie le interesaban mis desventuras. Llamé a los gritos a la guardia, mas tampoco obtuve respuesta.

En mi cabeza se daban cita toda clase de pensamientos. La gente que me esperaba, los compromisos pendientes, qué diría mi familia cuando esa noche yo no apareciera en casa. Y naturalmente, también pensaba en mi seguridad y en mi futuro. Un bombardeo de pensamientos, que se fueron desdibujando hasta caer en un profundo sopor, vencido por el sueño. No sé cuántas horas dormí ni qué día era al despertar. La celda no tenía ventanas, y sólo me llegaban algunos resplandores por el marco de la puerta. De pronto ésta se abrió, y un vigilante me hizo parar bajo la luz enceguecedora del sol. Había un grupo de gente que me miraba, y hacía comentarios. Después volvieron a encerrarme, y así estuve, sin comer ni beber, hasta que a la madrugada del tercer día vinieron a decirme que me iba a casa. Me llevaron a la oficina del oficial de guardia, y debí firmar unos papeles donde yo certificaba que había recuperado mis pertenencias y salía en libertad.

A los pocos minutos me llevaron a otra habitación, y allí había cuatro hombres esperándome. Un conscripto de uniforme, y tres tipos con traje de calle, que luego supe eran militares. Me hicieron sentar en el medio del asiento trasero, y salimos rumbo a la noche. Dos horas después llegábamos a la ciudad de Córdoba, y entramos a un cuartel. El hombre que manejaba el auto regresó con una carpeta que llevaba mi nombre en la carátula. Después salimos hacia un parque, donde había un mirador desde el que se observaba la ciudad. Allí estacionamos, hasta que apareció otro auto, y se puso al lado nuestro. Entonces me hicieron cambiar de vehículo, me colocaron gafas pintadas, y volvimos a partir. Había comenzado mi secuestro. Al rato llegábamos a una nueva instalación militar, con soldados haciendo guardia. Era el Campo de la Ribera.

Entramos, me vendaron los ojos, y me pusieron en un rincón, de cara a la pared. Al rato, debí sentarme frente a un escritorio, donde había varios hombres. Estos me interrogaron sobre mi familia, mis amigos, mis costumbres, mis creencias religiosas, y mi orientación política.

-¿Alguna vez te invitaron a una reunión de Montoneros?

-No.

-Te allanamos la casa y encontramos muchos libros sobre el marxismo. ¿Sos bolche, vos?

-No.

-¿Para qué llevabas 300.000 pesos encima?

-Para depositar en un concurso civil preventivo.

-¡Hablá claro, hijo de puta! ¿Qué sabés del cope del RIM?

-No le entiendo.

-Ya lo vamos a hacer entender a éste. Déjenlo en la amansadora.

-¡Caminá, che!

De esa habitación pasamos a un patio, al fondo del cual había una cuadra. Por el costado de la venda pude ver varios hombres sentados en el suelo, con los ojos vendados, igual que yo. Así llegó la noche, y aunque la luz estaba siempre encendida, logré dormir un poco, aunque sin cama ni frazada. Para el desayuno nos dieron mate cocido con trozos de pan duro, enverdecido por la humedad. A mediodía el “rancho” fue agua caliente con dos o tres fideos. No hace falta decirlo, pero los presos estaban tan flacos y blancos que parecían cadáveres.

Continuamente se llevaban a unos y traían otros nuevos. Pero era prudente no entablar conversación con nadie por si aparecían tipos que te acribillaban a preguntas.

También había celdas de mujeres, y otras de reclusión solitaria. A estas últimas iban los que por cualquier tontería disgustaban los guardias. Las noches eran horrendas. Hacía mucho frío, estábamos traspasados de hambre, y nos despertaban los ruidos de las excavadoras, que trabajaban junto a nuestra prisión, en el cementerio de San Vicente. Después supe que allí aparecieron fosas comunes, llenas de cadáveres sin nombre. A veces, también nos aterrorizaba la gritería de los torturados. Y por la mañana, veíamos cuerpos en el suelo de la cuadra, que era difícil decir si estaban muertos o con vida. Yo recuerdo el de una mujer embarazada, y el de un hombre cubierto de quemaduras, que gemían sin cesar. Así me tuvieron varios meses, no sé cuántos, porque en circunstancias tan extremas se pierden los puntos de referencia temporales. Hasta que un buen día vino un gendarme, y me dijo que quedaba en libertad.

-Disculpá el picaneo, pero fue por la Patria -agregó.

Me hicieron subir a un camión militar, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Anduvimos un rato, hasta que el vehículo se detuvo. Entonces vino un suboficial, me desató las manos, y me dijo que me bajara. Que caminara en sentido contrario y no mirara hacia atrás, y que cuando ellos hubieran desaparecido, me sacara la venda. El dinero que llevaba encima cuando fui detenido, me lo habían robado. Pero poco me importaba ya, porque estaba con vida. Entonces vi una iglesia, y me metí adentro, para pedir ayuda. Tuve suerte, porque di con padres de la teología de la liberación, que, sin cuestionar nada, me dieron de comer, comprándome un pasaje a Buenos Aires. Sin embargo, nunca llegué a mi casa, porque, al verme, un vecino me avisó que los milicos me andaban buscando otra vez.

-¡Rajá, que hoy vinieron tres veces!

Nunca supe si me habían soltado para estudiar mis movimientos. De ser así, quizás la intervención de los curas los desorientó, y en un minuto se les rompió el esquema. Lo cierto es que ya estaba marcado, y manos amigas me dejaron en la costa uruguaya. Así comienza mi marcha hacia el exilio.

John Argerich, junio de 2008

El tiro por la culata

Breve crítica del libro de John Argerich "El tiro por la culata"

Por Sara Becker, docente y escritora argentina

Doña Julia, la abuela del autor, se hubiera sentido conmovida al leer los cuentos de su nieto, porque él heredó de ella algo más que la pasión por relatar de que habla la dedicatoria. Ella puso en sus genes el poder de la narración, y ésta cristaliza como decantándose, en un escritor que no olvida sus raíces ni reniega de ellas. Con "El tiro por la culata", John Argerich nos entrega una obra que, más allá del enfoque satírico que utiliza como técnica literaria, es un testimonio sociológico de la Argentina de ayer y de la actual.

El autor vive en Suecia pero no olvida las luces de la Av. Corrientes, el bullicio de la Av. de Mayo, los lagos de Palermo y su verde Rosedal. La esquina de Diagonal y Florida, la Plaza San Martín, y tantos otros lugares de nuestra gran ciudad cuyo carácter excede en mucho la familiar imagen del Obelisco, repetida hasta el hartazgo. Es que para el porteño, Buenos Aires es más que una ciudad. Buenos Aires es un pedacito del cielo en que anidan sus recuerdos, alojado en lo profundo del corazón. Y la Argentina un punto de referencia amargo de lo que fue y de lo que pudo ser. Dolorosa punzada que provoca la impotente frustración.

Comencé la lectura del libro y fue irrefrenable mi deseo de ir por más; no me cansé de reírme y de llorar, de sumergirme en las realidades de los protagonistas, de admirar el ingenio que salpica comentarios, modismos y el uso de algunos términos caídos en desuso, que con la pluma del autor, recobran vigencia en determinados párrafos o expresiones.

Mientras leía vinieron a mi memoria personajes de mi infancia, inmigrantes que llegaron a estas tierras a "hacerse la América" escapando de la hambruna europea producto de guerras y persecuciones. Todos ellos sabían que las cosas se consiguen con esfuerzo, haciendo honor a la cultura del trabajo. Esos inmigrantes están presentes en todos los relatos, y el autor emplea con agudeza las expresiones idiomáticas creadas por la mezcla de sus lenguas natales con el idioma que tuvieron que aprender, apareciendo un código que sólo era válido entre pares. No omite tampoco sus referencias al lunfardo, resultado final del proceso de mestizaje lingüístico, esa lengua tan particular que nació del vulgo, y quedó inmortalizada en las letras de tango.

La obra muestra el conocimiento profundo que tiene el autor de la idiosincrasia de sus paisanos; la picardía expresada en dos actitudes vitales tan distintas: la porteña y la provinciana. El culto al ego de aquélla, que de la mano de la soberbia lleva a situaciones disparatadas. Pero también sueños y anhelos nunca concretados, aunque se los disimule bien.

El libro que comento es también un muestrario de "berretines". El ufanarse por llegar de… El esmerarse por llegar a… La lucha por el prestigio tan manoseado, que los argentinos de hoy estamos renegando. En uno de sus relatos, "Adivina, adivinador", vemos cómo se entrecruza el camino de vivillos y trepadores. Otro relato, "Luces de la ciudad", nos muestra el viacrucis de un campesino por integrarse a Buenos Aires. Y en "God save the Queen" vemos coronado nuestro sueño supremo: ¡Convertirnos, sin ningún esfuerzo, en la primer potencia del mundo!

Antes proclamábamos nuestra nacionalidad a los cuatro vientos. Hoy evocamos a nuestros antecesores que vinieron de otras tierras, con menguado orgullo por aquella, y por el remedo de ciudadanía que tenemos en los papeles. Es que hemos asumido como propias la vergüenza y la desfachatez ajenas, que nos llevaron adonde estamos: en el extremo sur, no sólo geográficamente hablando, sino de espaldas al progreso. Un hecho inimaginable cuando nos contábamos entre las naciones más prósperas de la tierra.

"El tiro por la culata" nos deja con más preguntas que respuestas. ¿Qué ocurrió con todo lo sembrado por quienes hicieron grande a este país? Eso apenas puede responderse conjeturando: los hijos y nietos de esos inmigrantes, que transitan por sus páginas, no padecieron las penurias vividas por sus mayores, marchitando con desidia los " laureles que supimos conseguir". Y arrebatándonos el sueño de vivir "coronados de gloria" o morir con ella, como proclama una marcha victoriosa convertida en himno nacional.

Discepolín dejó versos inmortales en "Cambalache":

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor…
ignorante, sabio, chorro,
generoso, estafador.
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
¡Lo mismo es un burro
que un gran profesor!

Casi 100 años después, esas palabras vuelven a tomar vigencia, aunque ya no estoy segura de que dé lo mismo ser un burro que un gran profesor. Leyendo "El tiro por la culata" veo ratificada mi sospecha. Pues, como muestran sus imágenes satíricas de la sociedad argentina, quizás hoy valoricemos más al primero por sus habilidades, que al segundo por su saber.

Un país que siempre tuvo sus brazos abiertos para recibir a quienes quisieran habitarlo, contempla ahora impávido el éxodo de quienes no encuentran futuro en su tierra. No es sólo estar de espaldas al progreso, estamos presenciando la muerte del futuro. El relato "Bienvenido, Mr. Radrizz" nos cuenta las desventuras de un santiagueño en Nueva York.

Para terminar, quisiera decir que una de las mayores virtudes que le encuentro a la nueva obra de John Argerich, "El tiro por la culata", es rescatar nuestras raíces, exponiendo sus vergüenzas a la luz del sol…

Buenos Aires, abril de 2004
Copyright: Sara Becker, 2004.
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¡Adiós, Pinocho!

La muerte del odiado dictador Augusto Pinochet, más conocido como "el chacal chileno", es un acto de injusticia divina. Ese mandamás que, según dicen algunos, hay allá en los cielos, debió haberlo dejado vivir para terminar entre rejas, como una de las bestias depredadoras más ruines y despreciables de nuestra América Latina.
Un traidor a los intereses del pueblo que lo vio nacer, porque amasaba fortunas millonarias en las cuentas numeradas del banco Riggs, mientras los chilenos se morían de hambre con sus enjuagues neoliberales de la economía.
Un desubicado en la historia, enemigo a muerte del pueblo argentino, los hermanos a quienes Chile debe la campaña libertadora de San Martín y O’Higgins, sin la cual se habría demorado muchos años su sueño de libertad.
Un traidor, que llegó a defender al usurpador colonialista británico en la guerra del Atlántico Sur, para entregarle un girón de la patria grande a cambio de ventajas materiales, conseguidas sin honor.
Un estafador que en sus delirios de avaro contaba las riquezas arrebatadas al pueblo de su patria, mientras él asumía un papel de héroe intachable, tan lejos de su verdadera personalidad.
Un genocida, que dejó una estela de cadáveres y hogares destrozados por el asesinato impune de cuantos criticaban a su régimen autoritario, inmundo, despótico, y de un salvajismo difícil de creer.
Un asesino, que cubrió su nombre de vergüenza por la muerte y la desaparición forzada de miles de opositores, algunos de los cuales sólo eran puestos en la lista fatídica por disentir con él.
Un ladrón, como todos los dictadores de América, que mientras cantaba loas al soldado desconocido, se llenaba los bolsillos hasta hartarse.
Un fantoche de la iglesia reaccionaria y fascista, cuyos principios trasnochados usaba para justificar una enloquecida búsqueda del poder.
Un mentiroso, que no tuvo hombría de bien para reconocer sus errores.
Un cobarde, incapaz de aceptar sus culpas y pedir perdón.
Un gusano, con perdón de los gusanos, como ha dicho Aristóteles España.
Así te recordaremos, miserable fantoche del mundo mercachifle. Falso, corrupto, sin sentimientos humanos. ¿Te van a cremar, me han dicho? Que se apuren, antes de que manos sin tacha arrojen tus restos a la basura. Porque eso fuiste siempre, basura, y así te vamos a recordar.

John Argerich, 10 de diciembre de 2006

 

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