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Por
John Argerich
PASEANDO CON LA ROSITA
(Donde se habla de un linyera y de un azul)
-¿Va
sola? -dije yo.
-Mirá, negro -repuso ella- Ahora estoy muy ocupada para la joda. Primero voy de
la tía, después compro un tubo de bochas para el partido de mañana, vengo al
bulín para cambiarme y rajo al laburo.
-¡Qué pena...! –dije yo, y eso inició el deshielo, porque la nami agregó, con
una sonrisa tibia:
-Entonces, vamo a tomar un feca, Y si querés profundizar, te espero mañana a las
nueve para ir al biógrafo. Porque están dando una película hermosa.
-¿Qué película?
-“¿Quo vadis?”
-¿Y qué quiere decir “Quo vadis”?
-“¿A dónde vas?”
La verdad de la milanesa, es que ahí saqué patente de gil. Porque de honesto que
es uno, pisé el palito sin barruntar la malicia con que esa turra venía
embarrándome la cancha.
-Al cine. –dije, embolado como turco en la neblina delante del respetable, que
paraba la oreja alrededor.
Pero, hablando mal y pronto, esa confianza en la honestidad ajena fue un error
garrafal. Porque la muy turra había empezado a reirse despacito, mientras yo la
miraba enloquecido de amor. No por la fina dentadura, ¡que bueno fuera, con las
curvas que vestía esa guacha! Sino pensando cómo le iba a bajar la caña después
del biógrafo. Y mientras me mandaba un viaje considerando los detalles del
encuentro, el silencio se hizo prometedor. Entonces ella me semblanteó, como
sobrándome, para disparar el tiro de gracia. Mientras tanto, su boquita de
ensueño se arrugaba en una mueca cargadora.
-¿Y qué vas a ver? –dijo.
Yo me sentía empantanado hasta el cogote con los vericuetos de mesejante
trabalenguas, y caí como un chorlito.
-Esa película vieja, ¿te acordás? -repuse, sin pescar cómo venía la mano.
-¿Cuál?
- “¿Quo vadis?”.
-¿Y qué quiere decir “Quo vadis”?
-¿A dónde vas? –contesté otra vez, ratificando mi papel de punto.
-Al cine -repuso ella, y saltaba en la silla agarrándose la panza, meta juá, juá
juá.
Lo cual alcanzó para que un loco peinado a la gomina metiera la púa por hacerse
el piola.
-¡Hay que joderse, si será cretino, este coso! -dijo con facha de sobrador.
Yo no aguanté más, y me puse de pié para enchufarle el tortazo que meritaba
tanto afán. Pero entonces se oyó el silbato de un botón.
-¡Tranquilo, Venancio! –gritó el sardo- Y sosegáte, que de no, apoliyás con los
curdas, en el patio de la seccional.
-Son seis mangos veinte –dijo el mosaico, previendo que es mejor cobrar a
tiempo, y después mirar el espectáculo.
Pero esa noche el destino iba a sonreírme, porque acababa de cobrar el sueldo.
Así que cuando saqué la de cuero, asomó la punta un billetazo de cien. Y, sin
refregárselo en la jeta por buena educación, me aseguré de que el loco lo junara
tupido. Aunque no para mandarme la parte, que con este físico esa onda me ne
frega, sino para hacer ver quién era quién. El gaita sudaba de nervios ante mi
demostrada solvencia, que un chou así no se ve todos los días. Y se fue a la
caja a comentarlo con los colegas, mientras buscaba refuerzos para formar el
vuelto. Minutos más tarde apareció con un platito metálico en la mano, y cara de
chupamnedias. En el mismo había un toco de billetes y monedas, como sugiriendo
el propinazo. Y hasta aquel urso engominado a la cachetada que me había
provocado se quedó más callado que conejo en escabeche, con mi ostentación de
liquidez. Chato como fleco de felpudo, a ver si pescan. Había llegado el momento
de retirarse del campo de la gloria.
-¡Chau, salames! -dije.
-Que lo pase bien, señor...
En el fondo del salón, una voz dijo:
-¿Puntería, che!
Y ajenos a la codicia desatada, tomamos la vedera rumbo a Avenida Constitución.
Tranquis y agarrados de la mano, como en el biógrafo. Entonces por el espejo de
retrocontrol que llevo adosado a los anteojos, vi que nos seguía una pandilla
bastante tupida. Rosita también se dio cuenta del peligro, y me dijo al oído:
-¡Araca, flaco, que los pendex de la joda nos estuvieron semblanteando!
-Cuando llegue a siete, ponemos los de andar en povolrosa –dije yo, y ella pescó
volando, porque a buen entendedor, pocas palabras bastan.
Entonces yo me puse a cantar, para meter la contraseña en la hora H.
“Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril...
cinco de mayo, seis de junio, siete de julio San Fermín...”
-¿Dijiste siete?
Y como las rimas no daban para más, empecé a correr como no corría desde pibe,
cuando vestía la número diez y llevaba una pelota rumbo al gol.
-¡Apuráte, que nos alcanzan!
-¡No puedo ir más rápido! -dijo la Rosita, que llevaba puestos unos tamangos con
diez centímetros de taco.
-Entonces hay que defenderse. ¿Trajiste las bochas? -pregunté.
-Sí.
-¡Dámelas, che!
Ella puso un bulto en mis manos, y yo lo abrí. Adentro había cinco pelotas,
redonditas y durañonas. Formidables para el noble juego, pero un arma temible en
la vía pública, si se las sabía manejar. Adelante iba corriendo un morocho con
todos los pelos parados, y pinta de barrendero en camiseta.
-¡Agarrálos, Juancito, que no se tomen el pire con la mosca! -lo alentaban
varias voces desde atrás.
Yo me arrodillé con la práctica inherente a mi experiencia como jugador de
bochas en día franco, y le apunté el bochín despacito hacia un tamango. El loco
lo pisó de plano, y pegó un doble salto mortal/, cayendo planchado en medio de
la vedera. Y con tanta yeta se debe haberse dado un porrazo de mi flor, porque
echaba espuma por la boca, musitando pelotudeces.
-¡Lo mataron al Juancito! -gritó un rubio con cara de chancho -¡A ese oligarca
no lo salva ni Cristo, no lo salva. Y embalado por el triunfo, yo repetí la
maniobra poniéndole otra bocha abajo del caminante izquierdo, justo cuando
tocaba tierra. “Plaf” le hizo el bocho al irse de zabeca contra un poste. Y de
puro groggy, no jodió más. Los otros frenaron en seco.
-Ese hijo de puta debe ser pariente de Supermán -dijo uno.
-¡Hay que matarlo! –dijo otro.
Pero yo seguía tirando bochas, y a la final no quedaron en pie más que dos
purretes con facha de jabón.
-¡Rajemos que vienen los azules! -dijo uno.
Y dando vuelta a la esquina, apareció un patrullero de la Bonaerense.
-¿Qué carajo sapa acá? -gritó un oficial, mientras me pedía documentos.
-Quisieron robarme.
-¿Andás con mosca, encima?
-Llevo el sueldo.
-Entonces, metéte en ese zaguán.
Lo que pasó después es una perla de la sociología contemporánea. El cana se
levantó el cuello de un pullover azul que llevaba para no mostrar la cara, y me
afanó hasta la pinza china de cortar uñas. Después dijo:
-Rajáte caminando despacito, y sin mirar para atrás.
-¿Y la Rosita? -pregunté.
Por todo respuesta, dos carcajadas rompieron la noche del Gran Buenos Aires.
-Mirá, chitrulo –dijo ella- Yo con la cana voy en carroza, porque soy la novia
del capitán ¿Creíste que ibas a bajarme la caña con una invitación al cine?
De la forma relatada perdí no solamente un sueldo, sino mi confianza en la
sociedad, para no hablar del berretín de encontrar otro minón así. Lo más
triste, sin quedarme siquiera el espiante de que habla el tango. “Cuando me juna
una mina... ¡ponerme al láo del botón”.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
www.johnargerich@malmo2.net
www.johnargerich@ya.com
La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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