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Cuando
yo era péndex tenía un berretín. Ser invisible. Porque había leído unas
historias bárbaras de ñatos que podían junar las naifas sin despertar sospechas,
mientras ellas se duchaban en el club, y eso era un plato di cardinale. Una
vocación irrefrenable, que se hacía presente en todos los momentos importantes
de mi vida. Inclusive en el laburo, a pesar del control antifantasía que hacían
los olfas de Producción, no fuera que de tanto darle al coco, uno terminara
haciéndose comunista.
-Hoy las cosas van diez puntos, pero debemos pensar en el futuro -dijo la
supervisora en un descanso, mientras preparábamos el mate cocido -¿Qué querrían
ser Vds. cuando tengan diez años más?
-Yo, ser aviador -contestó el Mono Fraboschi.
-Yo quiero ser jugador de fóbal -dijo el flaco Maldonado.
-Fútbol se dice -corrigió un capataz que había estudiado alineación de tuercas
en la Central de Miami, todo un pensador.
La respuesta demostró con qué velocidad se iba logrando un plantel bilingüe.
-Okey, boys, fúlbo, entonces –repitieron a coro los operarios más piolas del
plantel.
-¿Y vos qué has pensado ser, Fernández?
-Yo quiero ser donante de sangre.
-Con una especialidad así, no parás la olla, gilandrún... -se oyó decir a un
espíritu práctico, desde la puerta.
-Entonces me hago domador de fieras.
-¡Eso demuestra un valor a toda prueba! -comentó la delegada sindical, orgullosa
por la estirpe de hombres que tenía en su grupo, destinados a manejar un día el
sindicato.
-To be or not to be... –comentó un gringo que por allí pasaba.
Todos lo miraron con el respeto que merecen los que hablan en inglés. Salvo un
servidor, cada vez más indignado por tener que seguir escuchando pelotudeces.
-Vea, doña Sofi -dije con facha desencajada- Yo voy a poder vivir aventuras
mucho más emocionantes que ese boludo, y con bien poca molestia.
-¡Cerrá la escupidera, chauchón! –contestaron los hermanitos Cachafeiro, unos
ursos que medían como un metro noventa de estatura, con apenas diecinueve
pirulos recién cumplidos.
-¿Más emocionante que domador de fieras? Se ve que este salame nunca fue al Gran
Circo Sudamericano, che.
Pero el bomboncito que teníamos como delegada gremial, seguía anidando dudas
sobre mi futuro. Más inquieta que ratón en quesería, un decir.
-No termino de entender qué pensás hacer en los próximos diez años -rezongó,
como increpándome, mientras cruzaba las de andar entre suspiros del personal
masculino en estado de celibato.
-No me hagás repetir cosas viejas, piruja -dije- Yo quiero ser invisible. A vos
ya te lo dije, y mi mamá también lo sabe.
-Cuando me lo contaste, creí que era en broma...
-Lo que te digo no tiene nada de joda, porque estoy seguro de mi vocación.
Cuando me raje de aquí, yo solamente quiero hacerme invisible. Ese fue siempre
mi gran berretín.
Hubo un momento de desconcierto en el taller.
-¿Y por qué querés ser invisible? -peguntó por fin la mina, intrigadísima por lo
insólito de mis aspiraciones -Solamente podrías laburar en un circo, y si no te
ven, nadie te aporta un fasul.
-Ahí está el error de tu razonamiento, che. Si soy invisible no tengo que
laburar. Cuando preciso guita entro al banco, me agarro unos mangos, y ¡a
disfrutar la volada! Total, todo queda entre nosotros.
-Eso es un delito, che. Sería tristísimo haber hecho tantas horas extra, para
terminar en cafúa.
“A mí no me den consejos” -dije yo con cara de piola, y le canté las cuarenta,
al compás de un viejo tango- “¡Démen guita, mucha guita, que así será mejor!”
-¡Oia, mi dió! –exclamaron los Cachafeiro- Este coso pierde aceite por el
balero... ¿Se cree que es Carlitos Gardel, ahora?
-Tein a mente fallada -comentó un negrito con acento portugués.
-¡Pará la mano, macaco! -le sacudí sin dejarlo acabar la frase- Sólo falta que
las críticas las hagan ustedes, que vienen a sacarle el laburo a uno, como dicen
en el café donde paro.
-¡Basta de discutir y laburen! -chilló la Sofi.
Y así pasaron las horas, sonando por fin el timbre que nos mandaría a baraja.
-¡Hasta mañana, señora delegada!
-¡Hasta mañana, compañeros!
Pero el conflicto había dejado profundas huellas en mi corazón. ¿Era posible que
la sociedad no entendiera que un joven veinteañero pueda soñar con culminar su
carrera haciéndose invisible? ¿Dónde estaba el respeto por mis ideales? ¿Dónde
había ido a parar mi libertad de elección? ¿Así protegía la ley mis derechos
humanos? Muchas preguntas sin respuesta, que me hicieron poner en duda el
futuro. Por eso al pasar frente a la casa de doña Clota, la curandera, tuve una
inspiración que cambió mi vida. Algo me tiraba hacia adentro.
-¿Que querés, pibe? -preguntó la vieja.
-Consultarla sobre un problemita- respondí.
-Tá güeno, pero yo no trabajo gratis.
-Tengo ahorrados veinticinco mangos, señora.
-Entonces, pasá nomás.
Nos sentamos frente a una mesita triangular, en la que había una bola de cristal
y una lechuza embalsamada. En las paredes, fotos de Ceferino Namuncurá, Perón,
Maradona, Pancho Sierra y la Madre María. En el aire, un tufo espeso de incienso
mezclado con humedad.
-¿Qué te está pasando, m’hijo? -dijo la vieja.
Yo le conté mi drama. Quería ser invisible, y había tomado un tecito de yuyos
que me recomendaron en la farmacia, pero nada. Había ido caminando hasta Luján.
Le llevé agua a la Difunta, y tampoco ocurrió el milagro. Estaba desesperado,
sin saber cómo solucionar mi gran problema.
-Yo te lo arreglo por veinte mangos.
-¿Se puede pagar en cuotas mensuales?
-Si, pero en dólares, con el uno y medio mensual.
-Ni una palabra más.
-Entonces volvé mañana temprano, pero dejáme algo, para comprar velas.
-Sírvase.
Me tomé el bondi de todas las tardes, y al ratito estaba en casa. Cansado de
tanta malaria, pero alentando una esperanza. A lo mejor doña Clota le encontraba
la vuelta a mi entuerto. Y me puse a soñar con bancos y cajas fuertes.
Vestuarios para damas y este valor sentado en una esquina, sacando fotos del
chou. Casas de moda, piscinas populares, el vestuario de la fábrica. En todas
partes cabía un hombre invisible, sin molestar. Esa noche no pegué un ojo,
soñando despierto con la llave de la felicidad, que iba a obtener por la módica
de veinte nacionales. Lo que se dice un pichinchón.
“¡Cliing... cliing... cliing...!”, chilló el reloj, anunciando la mañana con
tosudez digna de mejor causa.
Yo me levanté como un tiro, y en vez de ir al laburo, enfilé a lo de doña Clota.
Allá estaba ella, sacándole lustre a una cacerola, en la puerta de su casa.
-Buenas -dije
-¿Trajiste los veinte mangos?
-Si, señora.
-Entonces, pasá al salón.
Una cosa estaba clara: Había llegado la hora de la verdad.
“Crach, crach”, hizo la lechuza embalsamada.
Las cosas pintaban bien, pero no nos engañemos. Los interrogantes sobre mi
futuro eran más que las certezas, porque como está el país, ya ni las curanderas
son de confianza.
¿Se concretará por fin mi sueño de hacerme invisible?
¿Ganaré tanta guita para bañarme todas las mattinas en champán?
¿Terminaré harto de junar las ricuritas más sabrosuchas de la Creación?
Lea el próximo número, y lo sabrá.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007.
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 10
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