Por John Argerich

EL MIEDO AL AGUA

(Donde se habla de que para no hundirse de culo, vale más hacer la plancha)

En este valle de lágrimas hay fatos que caen por su propio peso. Las mil doscientas pelotudeces con que te bombardean los medios desde que suena el despertador. Una antigua tradición.
-No diga "hola", diga "Olavina" -enseñaban los locutores sin pantalla de las viejas radios que dieron carta de ciudadanía porteña al éter de mi ciudad.
-Radio Splendid, Radio El Mundo, Radio Callao. ¿Te acordás, hermano? -dijo un pelado.
-También estaba Radio del Estado, que después le pusieron Radio Nacional -contestó el almacenero, profundo conocedor de la historia patria.
-¡Olavina, Olavina! Gritaban las señoras gordas cuando sonaba el teléfono, ansiosas por esos diez mil pesos extras que prometían los anunciantes del famoso aceite. La varita mágica capaz de llevar un poco de color a las fiestas tradicionales.
Y el vozarrón de Alberto Castillo ponía sabor a Buenos Aires en el feca con chele matinal. Un rito hecho de tango y medias lunas.
"...Uno va arrastrándose entre espinas,
y en su afán de dar su amor
-decía su garganta de oro-
sufre y se destroza hasta entender,
que uno se ha quedao sin corazón...
Precio de castigo que uno entrega
por un beso que no llega o un amor que lo engañó,
vacío ya de amar y de llorar tanta traición.
Si yo tuviera el corazón...."
-¡Qué gran cosa, la radio, che...! -dijo el dorima de la Dominga Muzzi, celebrando ahorrarse las diez guitas que salía comprar "El Mundo".
-Descubriste la pólvora, Osvaldito... -repuso una voz anónima desde las sombras que daban sabor de altar al mostrador.
Pero nada ocurre por pura carambola. Que si en el feca te hacés el políglota diciendo "¡Habráse visto mesejante perogrullada!" vas a vía muerta. Porque el chamuyo reo tiene una virtud, que es ir derecho al grano. Así sabía decir el púa de mi tocayo Juancito Pellegrini, descalificando cualquier falso brillo intelectual, mientras escupía de costado. Ceremonia de hombría que culminaba haciendo bolsa al bataraz con su taquito militar, como aprendió de los nonos, cuando llegaron de Nápoles.
-"¡Me cache’n dié!" -decían por fin, poniendo epílogo a tanto verso.
Entonces la voz melancólica de un bandoneón rompía otra vez el silencio de tarde. Y ahí estaba el médico cantor, para hacernos volar de nuevo con su música, por mil mundos de ilusión.
"Garúa... solo y triste por la acera
va este corazón transido con tristeza de tapera
-lloraba-
sufriendo, muriendo, por aquella que con su olvido
hoy ha abierto una gotera..."
O sea que a la larga se tuvo que colar el tema que yo venía esquivando con piruetas de malambo. El agua, señores, esa gran ausente cuando la hacienda baguala llega al jagüel, por la seca. Pero en este mundo no es posible hablar de las cosas complicadas, si no arreglamos primero las cosas simples, que las hay por todas partes. Y ya que estamos peloteando a nivel didáctico, echemos un vistazo a la Creación. Los frailes dicen que esa semana todo anduvo diez puntos, pero a la gente que habla con fanatismo no se le puede cargar la baza. Sin duda el dulce de leche fue una pegada, pero no todo salió igual. Porque si en el segundo día el Gran Bonete separó las tierras de las aguas, aquí entramos de lleno en la mayor de sus pifiadas. La creación del agua. Porque para chupar, lo que se dice chupar, no sirve. Y si te caés de culo en un charco sin saber hacer la plancha, te hundís hasta el jopo. De allí surge la primera regla nemotécnica antes de pasar un fin de semana en el Tigre: Aprenda la flotación, o lleve una cebolla en el bolsillo. Lo primero es fácil de incorporar al acervo cultural, pero lo segundo porta tecnicismos cuyo volumen a veces supera el espacio libre que al interesado le queda en la terraza después del fóbal. Explicaremos tan sutil contexto, para no acabar el año con sanbenito de globeros. "El que llora se desahoga", dicen las viejas, y todos sabemos qué ocurre cuando nos ponemos a pelar una cebolla con la ventana cerrada, especialmente si es verano. Acosan los aromas del Cairo nuestra retina, y lo que era un tímido murmullo, asume por fin la pasión del temporal.
-¡Ay mí Manolito lindo! –dijo una gallega, mientras apartaba de su camino al esposo con gesto que no admitía réplica. -¡Ala, que tengo prisa por ir al servicio y hemos comido porotos! ¡Vive Dios!
-¡Qué temperamento, mujé...!
-Pues déjame pasar, si no has de ratificarlo...
Y empujón va, empujón viene, la señora terminó abriéndose paso en la planchada. Entonces es cuando le dieron un empujón y se cayó al agua. Una persona con menos mundo habría empezado a los gritos, o a las puteadas, que es peor. O a intentar alcanzar a nado la costa uruguaya antes de que apareciera otra lancha colectiva afectada al servicio de Interisleña. Sea como fuere, ella estaba muy lejos de vivir esas carencias, porque había ensayado muchas veces la crítica escena del tablón.
-¡Saca la cebolla, Ernestina! -le gritó un apuntador.
Y ella se revolvió sobre sí misma, buscando frenética la prenda de su segura salvación. Por fin la encontró, y se la frotó bajo las narices, dándole también algún oportuno tarascón. La noche se llenó de tufo a pasión vegetariana, y la víctima se puso de pié, con una sonrisa triunfadora. Embarrada y con las facciones cubiertas de lágrimas, es bien cierto, pero feliz de poder relatar el desenlace.
"El que llora se desahoga", dice el refrán. Así fue como doña Ernestina Torres pasó raudamente al 2008, sin acusar más novedad.
Mas volvamos a los grandes inconvenientes que ha causado al género humano el invento del agua, que, aunque inconfesado, fue nuestro tema desde el principio. Pero delimitemos el campo de nuestra investigación. Estamos hablando del agua dulce y aún de la salada, incluso del agua de azahar. Pero cuidándonos bien de tocar aunque fuere tangencialmente, al agua de asar las tripas, en sus distintas variaciones. Verbigracia caña, vodka o vino barato de ensobar pavos, que quisieron llevar buen gusto a las sacudidas insoportables del verbo lavar.
Habría mucho más que decir del agua. Y para traerlas a colación no es preciso estrujarse mucho el coco. En efecto, otra de las grandes tragedias que ocurrió por acción del agua fue el hundimiento del Titanic. Que con mesejante cacho de transatlántico, dígame Vd. cómo hubiéramos hecho para hundirlo en cerveza o en champagne francés, que es bastante más caro. Ni el consumo de todos los pubs irlandeses del mundo hubiera dado tanto néctar rubio. Y seamos realistas: Ni reforzándolo tampoco con toda la cerveza que toman en Baviera durante meses, se habría conseguido una cantidad así. Ni hasta la mismísima cervecería Quilmes hubiera dado abasto para tanto brindis. Porque ahogarse en agua es un asquete, pero hacerlo en bebidas finas y gratis, tiene mucho más sabor.
-¡Andá a lavarte las orejas, nene! -gritaba furiosa mi vieja, cuando llegaban visitas.
Más que nada si era su consuegra Margarita con los hijos de la Tota. Siempre tan limpitos, de pantalones blancos, y bien peinados.
-A ése boludo, de la primera patada, le dejo los leones color camuflaje -decía Pepe, mi hermano, mientras le daba un abrazo, con las manos llenas de barro.
-¡Ay, primito, que me ensucias la ropita! -sollozaba el perejil.
Pero entonces venía la primer revolcada, y cuando aparecía tía Tota, la monada de los primitos estaba como si hubieran pasado la tarde en el chiquero, visitando a la chancha Aurora y sus siete vástagos.
-¡Yo te mato, idiota, tan limpio como te traje! -le gritaban al Albertito.
Después lo llevaban a una tinaja que tenía la vieja para lavar los tachos de la leche, y lo metían adentro a bofetazos. Ahí se vió para lo que sirve el agua. Sacar a los pibes con olor a bosta y tiritando, pero sin una sola mancha verde, reveladora de que habían estado con los parientes del campo. El contraestatus, un decir.
Con el pasar de los años ya no hay más calles de barro, y los rencores de la niñez se van borrando. Pero aquellas experiencias dejan huella. Además el Albertito ahora es un urso de cinturón negro, y aunque le siguen gustando las ropas de colores finos, tiene flor de bodega. Temedor del agua, como deben ser los hombres. Por eso de tanto ir al pueblo nos hicimos todos curdas, pienso yo.

THE END

Copyright: John Argerich, 2008
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
corrmalmo@hotmail.com

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10 países

Todos los libros están en Librería Santa Fe


VOLVER A LA PRESENTACION DE EL AMASIJO



Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting