Por John Argerich

EL REGRESO A CASA

(Donde se cuenta, con pelos y señales, la triste historia de Mambrú)

Rudolf Matafok tenía cuatro hijas: la Petra, la Dolores, la Mecha y una petiza que ya no me acuerdo el nombre. La Cuqui, me parece que se llamaba, aunque no podría asegurarlo. De todos modos, poco importa, porque la prima donna de esta historia no es ella, sino Margot, como le decían a Dolores desde el día que tomó la primera comunión. Un día tan helado y ventoso como todos los de Escandinavia. Pero esa mañana iba a ser distinta, y cuando ella hizo entrada a la capilla húmeda y oscura de las Hermanitas Esquimales del Santo Rosario, fue como ver salir el sol. Porque ocurrió un milagro, mientras los fieles tomaban café. Un tango canyengue rompió el silencio, como si fueran suspiros venidos de la nada. No nos confundamos: Un tango hecho mujer, con curvas como para revolucionar el avispero que cualquier vikingo lleva entre pecho y espalda. Y con la emoción hasta cambió el viento, colándose una copla por las rendijas. "Rosa, la milonguita, era rubia Margot..." decía una letra torturada de nostalgia. Es que, a pesar del entorno tan poco estimulante, esa piba no parecía la madre Teresa de Calcuta, sino una diosa del carnaval entrerriano. Rubia, tetuda, y con un nombre que evocaba noches en vela. Y absorto con la aparición, el organista empezó a darle fuerte al tres por dos. Los curitas jóvenes ensayaban algún pasito con cortes, y los viejos se santiguaban en el confesionario. Hasta las imágenes llorosas de María parecieron cobrar vida, como celebrando algún chimento celestial. Había ocurrido un milagro, ya dijimos. De esos que sólo ocurren en primavera, cuando el aire del Mar Báltico lleva polen de jazmín, y la gente dedica su fantasía a los juegos de sociedad. Pero algo rompió la paz del templo.
-Qué carajo mirás? -dijo don Rudolf.
Así entra en escena el músico Mambrú, cuyo epílogo perdura en el recuerdo Un chango que cuando parecía resignado a su triste suerte, se tomó el bondi rumbo a las Cruzadas.
"Mambrú se fue a la guerra, chiribín, chiribín, chin, chin"
-decían inspirados juglares, en su gangoso dialecto sureño.
"Mambrú se fue a la guerra y no sé cuándo vendrá, juajuajuá, juajuajuá.
No sé cuándo vendrá..."
Una espera angustiosa, sin duda, cuando no había internet para comentar la diaria, ni teléfono móvil que matara las horas, chusmeando con amigos y conocidos. Años de soledad para Dolores, a quien el buen organista debió desposar por haberle guiñado el ojo, bajo la mirada moralizante del papá.
"¿Vendrá para las pascuas, chiribín, chiribín, chin, chin?
¿Vendrá para las pascuas, o para la Trinidad?, juajuajuá, juajuajá.
¿Para la Trinidad?"
Pero las cosas nunca son tan sencillas como parecen, y vaya a saber la procesión que le caminaba por adentro del coco al buen Mambrú. Hasta el día de hoy se discute su partida. Capaz que rajó porque la rutina del barrio lo tenía más podrido que escabeche de francés, pero también podía haber sido para no garpar la cuenta del sastre, o para piantarle al suegro. Sea como fuere, su silencio resultó tan intrigante, que los péndex de la barra iban palpitándose un mal fin.
"La Trinidad se pasa, chiribín, chiribín, chin, chin.
La Trinidad se pasa, y Mambrú no vuelve más, juajuajuá, juajuajuá,
Mambrú no vuelve más."
¿Qué le podía haber ocurrido a este valor, jugado por su patria y por su fe? Lo más probable es que lo hubiera agarrado un par de turcos peso pesado, haciéndolo pomada ipso facto. Triste fin que el cantito recogía con palabras capaces de amargar la tertulia a la hora del vodka con cerveza.
"Mambrú se ha muerto en guerra, chiribín, chiribín, chin, chin.
Mambrú se ha muerto en guerra, y ya nunca volverá, juajuajuá, juajuajuá.
Ya nunca volverá..."
Digámoslo por fin: El camino de la gloria está lleno de sueños truncos. O sea tanta molestia, al cuéte. Comprarse un burro capaz de patear desde Helsinborg hasta Jerusalén, morfando poco y nada. Hacerse pilchas aptas para el viaje, que sería parte por tierra y parte sobre la mar azul. Entre bosques, montañas, focas, tiburones y despeñaderos. Pero la mayor obsesión antes de poner distancia era conseguir herramientas de laburo para cuando aparecieran los sarracenos. Por fin, una paloma mensajera blanca, que llevara a su amada la ramita más verde del olivo con que las legiones de Cristo coronarían su victoria. "Sir Mambrú", iban a decirle los caballeros de Albión.
-¡Viva Mambrucito, macho y peludo! -gritarían, locos de alegría los legionarios suecos, mucho menos aferrados al protocolo de los desfiles con bandera y banda, que sus colegas de Albión.
"¡Mambrú, Mambrú, qué grande sos...!" sería, quizás, el nuevo top ten de algún napolitano, porque la tendencia de poner música grandiosa a las miserias del diario devenir, es un berretín mediterráneo.
Pero a pesar del entusiasmo de las primeras armas, ningún sueño de gloria se cumplió. Después dijeron que al pobre Mambrú lo habían hecho pomada, tras propinarle una biaba de órdago. Y según cuentan las viejas, hasta ayer nomás lo anduvieron rejuntando con cucharita en los baldíos de Jerusalén. ¡Tan virtuoso para tocar el órgano, como era! De nada vale despotricar contra el destino, pero parece injusto que por un detalle así se haya quedado para siempre en tierra de moros. Añorando la albóndigas con dulce de fresa, y el minaje de la Escandinavia que lo vio nacer. Pues mientras progresa cualquier guerra, el sueño de irse a casa va convirtiéndose en una obsesión. Pero una obsesión imprecisa, que cambia con las circunstancias personales. ¿Volver concretamente a qué y a quién? Es que, como bien sabemos, más de uno regresó cubierto de gloria, para encontrar que le habían puesto los cuernos hasta con el jumento del panadero. Y tras diez años luchando para arrancar la tumba de Cristo de manos infieles, ahora tiraban más los arrumacos de Fátima, que un lecho vacío en la cabaña de troncos, bajo las nieves de Trelleborg. Con Dolores o sin ella, digo Margot. Porque lo que contaban las viejas era pura imaginación. A Mambrú lo encanaron los sarracenos, es bien cierto, pero, como buen sueco, él no iba a andarse con medias tintas, que un tropezón cualquiera da en la vida. Llamó al Social, y le mandaron guita para salir del paso. Así que coimeó al califa, y después de descansar unos días, se fue caminando de vuelta a casa, tan pancho como llegó.
-¡Attenti que viene Mambrú! -le gritaron unos amigos al Maese Olaf , el amigovio de Dolores, digo Margot.
Mientras tanto, ese rufián se perfumaba la barba con orines, tras un opíparo banquete de pescado, caballo y foca. Y pegó un salto, en la silla del peluquero.
-¡Saquen mis hachas de guerra de la cocina, porque si llegó ese coso, son un requemo!-expresó, luego de meditar.
-¿Las ponemos adentro del aljibe, como hicimos durante el último armisticio, jefe?
-No, porque si la paz es larga, se oxidan. Y en este país, los milicos son capaces de cualquier cosa, con tal de sacar ventaja.
-No solamente aquí, jefe. En todas partes pasa igual.
-¡Papita p’al loro...! -repuso el papagayo que habían traído de Marruecos.
Dicho en buen romance, cualquier amistoso avenimiento conduce siempre a nuevos conflictos. Y la historia de Mambrú no tiene nada de particular, porque se repite a diario. Una trenza de coimeros igualita que en Buenos Aires, cuando se disputa algún evento internacional. Cuya mayor diferencia con las Cruzadas es que el premio sea en dólares, no en estampitas con la foto del papa. Fuera de eso, igual calentura, aunque no esté Maradona para los brindis. Así son las zancadillas que aplica la realidad. Aunque en trance de cantar la justa, también aporta una barra de gringos con divisas frescas. Por eso la oferta es más movida que junar ruinas donde el diablo perdió el poncho, como le gustaba hacer al célebre organista.
"20 señoritas, 20", decían las luces del cabaret.
"Veinte años no es nada" cantaba el bandoneón.
No hay duda de una cosa. Cuando Mambrú fue a sacar boleto, se equivocó de itinerario. Meta visitar catedrales, pero ni una sola vuelta por los amueblados de la Panamericana ni los bailongos del Paseo Colón. Jamás oyó hablar de Gardel ni de Aníbal Troilo. Descuidos culturales que a la final se pagan. Aunque con su lado positivo también, sabiéndolos semblantear. Porque en el fondo del tacho, quedó una enseñanza para las futuras generaciones. No guiñarles el ojo a las naifas cuando van a la iglesia con el papá. Y si a pesar de todas las precauciones, tenés que casarte, no rajar a Jerusalén dejándolas para vestir santos. En la vida hay límites para todo, como se verá en el ejemplo siguiente. Dolores, digo Margot, conoció al Maese Olaf, un toña peinado a la cachetada, que jugaba de arquero en el Atlético Kattegatt. "Veni, vide, vici", dijo el loco. Y así le fue al pelotas de Mambrú..

THE END

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