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"Más vale caballo regalado que pájaro en mano", dice el refrán.
Y cuando Per Kokenholler oía verdades tan de Perogrullo, se las anotaba en una
libreta. O sea, los borradores de lo que alguna vez sería su obra cumbre. Un
libro con que trabajaba desde que llegó de Europa, y que se iba a llamar "Notas
de un sueco en la Argentina". Pero no era el único que estaba en esa milonga,
pues en este mundo la exclusiva no te la asegura nadie. Y escribir libros está
de moda. Especialmente cuando se los salpica de turismo aventura. ¡Fíjense
entonces si habrá colifas por las huellas de tierra adentro, o en esos
callejones con trazo de damero, que dibujan el centro de cualquier ciudad! Un
muestrario como el de las urbes que los acogen. Unas grandes, otras pequeñas,
casi todas esperando la autonomía municipal, para que empiecen los buenos
negocios. Conglomerados urbanos que son distintos en muchas cosas, pero con un
denominador común.
-¡Qué tanta parte de fino te mandás pueblero, si a todas las ciudades las
hicieron en el medio del campo, chei! -dijo con voz firme un payador.
-Cada comarca en la tierra tiene un rasgo prominente, aparcero... -le repuso
otro paisano que hacía de contrapunto, para sobrarlo- Igual que las islas del
delta, puestas por el destino entre las olas del Paraná.
Y los turistas llegaban con la retina atiborrada de imágenes inolvidables.
Pampas infinitas donde no hay charco sin bagres, ni caserío sin club social y
deportivo, ni despacho de bebidas sin anexo cancha de bochas. Donde tampoco
falta el ombú majestuoso, ni un cementerio destartalado al que visitan solamente
lechuzas y almas en pena. Ni la osamenta blanquecina de un caballito criollo
"del galope corto, del aliento largo, y del instinto fiel".
Un ambiente casi épico, donde se encuentran exploradores, turistas y científicos
para intercambiar recuerdos, y disfrutar de largas charlas. Tomando mate amargo
a la usanza tradicional, eso sí, aunque la charla sea en inglés. Un ambiente
idílico, pero después de llenar muchas páginas de su crónica viajera, algunos
corazones empezaban a añorar el confort de la gran ciudad.
-Dame uno boleto a Retiro, che –dijo el gringo Per.
-Son veintidós cincuenta.
-Sírvase.
"Chuck, chuck, chuck" hizo el tren, y salió como rata por la vía.
Primero no se veían más que montes muy verdes, y campos sembrados de soja.
Después aparecieron algunas casitas, y la construcción se fue compactado hasta
convertirse en una urbe gigantesca.
"Alquilo habitación sin muebles", decía un aviso, "barata, amplia, y con vista
al Jardín Botánico".
Una ubicación ideal, y codiciada por todos... ¡Había que apurarse, antes de que
otro alquilara la pieza!
-Para empezar, lo único que necesita es una cama, una silla, y una mesita -dijo
la dueña- Es poco dinero, y seguramente los encuentra en Segunda Mano, o Avisos
Clasificados de cualquier diario. En la esquina hay un locutorio para llamar por
teléfono. Pero tenga cuidado, que a los extranjeros siempre los quieren
madrugar.
-¿6754-9821?
-Si, ¿quién habla?
-Es por el aviso de los muebles, señora.
-Buen día.
-¿Todavía los tiene?
-Si, pero va a tener que apurarse, porque apenas son las diez de la mañana, y ya
han llamado varias personas.
-¿Cómo es la dirección, por favor?
-Vea, señor, yo soy una persona prudente. Antes de darle la dirección de mi
casa, necesito saber algo más de usted.
Entonces sobrevino un largo interrogatorio. País de origen, profesión, color de
la piel, estudios realizados, hobbies, si fuma o toma alcohol, si tiene novia
"cama adentro", si cuenta con permiso de residencia. Si sabe manejar, si posee
medios de vida honestos. A aquella señora sólo le faltó preguntar si el buen Per
era hincha de River Plate, porque en la casa son xeneixes, y un detalle tan
importante puede dar lugar a entredichos a la hora de cargar los muebles en el
camión.
-Entonces, ¿cómo nos encontramos, señora?
-Antes de darle mi dirección, debo conocerlo mejor.
-Pregunte, nomás.
-¿Paga en dólares o en pesos?
-En pesos.
-¿No serán truchos?
-Espero que no, los cambié en el Banco Nación.
-Los bancos son poco confiables, para estas cosas.
-Entonces le puedo pagar en dólares.
-Peor todavía, porque desde que aparecieron las computadoras, los falsifican en
cualquier imprenta.
-Otra pregunta. ¿Vd. cocina en su pieza?
-Cosas livianitas, solamente.
-Espero que sea con la ventana abierta, porque si no, va a venir con la ropa
oliendo a ajo, y se me quejan las visitas.
-Señora, yo solamente quiero comprarle el colchón que Vd. tiene en venta. Dígame
dónde debo retirarlo, así terminamos con este asunto.
-¡Desfachatado! ¿Me está tomando por una loca, para que le diga dónde vivo, sin
conocernos?
-No tuve dobles intenciones, se lo puedo asegurar. Pero si Vd. no quiere ver al
cliente, va a ser medio difícil que le venda nada a nadie.
-No insista, señor. Dónde vivo yo, es asunto mío. Y hable con mi marido si tiene
algo que agregar.
Per necesitaba los muebles, y los que ofrecía esa señora tenían buen precio. Una
cabecera de cama en madera sólida, un colchón y una máquina para masajearse los
pies. Es cierto que podía arreglarse con menos, porque lo único que realmente le
interesaba era el colchón, pero estaba dispuesto a llevarse todo, para acabar
con la charla. Así que lo llamó al marido.
"¡Buenas!", decía el primer correo electrónico, "Llamé sin otro ojepto que el
comercial, pero tu señora se lo tomó por un golpe bajo, y no me quiere decir
dónde vive. Te imaginás que para llevarme las cosas necesito ir a buscarlas. Si
no habría que andar rastreándola por todo el barrio.
-¿Oiga, don, sabe dónde vive la Isabel?
-¿La Católica?
-No, la que vende un colchón.
-¡Ála, ála... niño! ¡Mira si uno va a zabé la vida y milagro de to’l vezindario!
-diría el primer andaluz con que intercambiara dos palabras.
La respuesta del dorima no se hizo esperar. Simpaticón, el hombre. Que para
colmo resultó medio tocayo de Per, porque entre tanto nombre como hay en la guía
telefónica, le habían puesto nombre de papa. Pedro, como el primero del gremio.
"Mirá, flaco", decía su respuesta, "la señora tiene sus cosas, pero no es mala
persona. Un poco histérica, nada más, pero éso no es congénito, sino por las
cosas que lee en los diarios. Secuestros, asesinatos, afanos, la mar en bote. A
vos te tomó por chorro, que es un poroto, comparado con otras veces. La semana
pasada denunció a unos linyeras que comían asado en un baldío junto a mi casa,
porque uno de ellos le pareció sospechoso. Es que tenía la napia ganchuda, como
Bin Laden, y un trapo tapándole la cara. Llegó la cana, y resultó que el ñato
era un paraguayo con dolor de muelas.
-¡Oia, mi dio! No te puedo...
-¡Podéme, que es la pura, che!
-¿Y vos no me harías de intermediario, así compro esos mueblecitos?
-Trataré de ayudarte, y si te aguantás un cacho, mañana te contesto. Pero ahora
cortemos, porque oigo pasos, y puede ser la patrona.
-¡Buena suerte, y gracias!
Sin embargo, no hubo "mañana" en la circunstancial relación. La nami prefirió
dejar los muebles en la quema, antes que vendérselos al gringo Per, con tal de
no verlo nunca. No fuera que él y Pedro se hicieran amigos, y el dorima
encontrara inspiración para pararle el carro de una buena vez. O que, harto ya
de la vida escandalosa, se tomara el primer bondi rumbo al Tibet para hacerse
monje budista. Con pasaje de ida, me ha dicho. Nada más.
THE END
Copyright: John Argerich, 2008.
All rights reserved.
www.corrmalmo@hotmail.com
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en medios impresos y
electrónicos de 10 países.
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