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La
inmigración procedente de Galicia empezó a llegar al Río de la Plata cuando
espichaba el Siglo XIX. Y como a los pioneros les fue bien, pronto siguieron su
camino familia, amigos, vecinos y conocidos. Tantos, que en la Argentina a los
españoles se los empezó a llamar "gallegos". Y el nombrecito sobrevive hasta el
día de hoy.
-¿Prá ónde vais tan apuradiño, rapaz?
-Prá A Coruña, señor.
-¿Te tomas o barquiño a Buenos Aires?
-Claro está, como tudo o mundo faz.
-As rúas de Galicia se va quedando vacías, chaval.
-Vea don Jesusiño, la charla está muito bonita, pero nao teu tempo pra falar
mais, o me quedo en terra firme. Adeu.
Y al ratito nomás, el barco estaba haciendo "tuuu", "tuuu", proa recta cortando
la mar. Hacia la tierra prometida, hacia América. Más concretamente, rumbo al
Hotel de Inmigrantes de la capital argentina. El único sitio del mundo donde te
daban catrera y morfi gratis durante una semana, hasta que te las rebuscaras
solo. Lo cual, sumado al pasaje también gratis, era una ganga. Así que el país
era un hormiguero de extranjeros. Italianos, españoles y alemanes, más que nada,
pero también muchos franchutes, rusos, moishes, y yugoslavos. Locos de contentos
los pobres, en su nueva tierra. Más que nada por el morfi espectacular. Tiraban
manteca al techo, de tan pipones, y hacían turnos para poder cantar en las
fondas y restaurantes. Cada uno en su propio idioma, como es lógico. Pero
quienes realmente pisaban fuerte eran los gaitas, que aunque los cargaran por
sus rarezas, dominaban la situación.
-Te espero en el Centro de Almaceneros, y ya verás cómo nos divertimos, Manuel.
Hay carreras de embolsados, sapo, dominó y un juego de hacerse trampas que los
argentinos llaman "truco".
-¿Nada más?
-Hombre, después bailaremos la jota, la muñeira, el pasodoble y algún vals.
-Y si tenés suerte la embocás con alguna minusa en edad de merecer. Así se hace
patria, che -dijo un rana que había llegado al país hacía tres años.
Muy acriollado, el hombre, como todos los gallegos con más de seis meses en
Buenos Aires. Peinado a la gomina , de sonrisa Kolynos , y fumando un "43", o
sea lo más granado que ofrecía la fumoteca nacional.
-Si van pensando en chapar, lo más piola es esperar que la orquesta se pudra de
gallegadas, y empiecen dándole al gotán -dijo el experto, con gestito sobrador-
¡No falla nunca!
E impulsados por tan nobles motivaciones, los recién llegados se mezclaron con
los nativos, como los huevos duros y el tomate en la ensalada rusa. Pero a la
gente se la conocía por la dicción, la forma de vestirse, y por los coros que
formaban junto a las zanjas de Obras Sanitarias. A la hora del almuerzo,
luciendo un pañuelo atado con cuatro nudos en el marote, mientras esperaban su
ración. Generalmente asado de tira, o medio kilo de chorizos al asador.
"Por sus obras los conoceréis", dijo el profeta, y la pegó nomás. Porque era
suficiente escuchar un pomito lo que cantaban para localizar a cualquiera en el
mapamundi.
-"La donna é mobbile..." -un tano.
-"Bei mir bist du schein..."-un jacoibo.
-"Allons enfants de la patrie..." -un francés.
-"Fefe siempre el alemán, fefe siempre la cerfeza,
la cerfeza da calor, y se sufe a la cafeza... -sin duda, un alemán.
Los españoles era de una evidencia tan grande, que no hacía falta romperse mucho
el balero para dar con la tecla.
-"¿Dónde vas con mantón de Manila, dónde vais con vestido chinés? -cantaban a
viva voz- "Voy a ver y a lucir la berbena, y a los toros de Carabanchel..."
Pasaron los años, vino cada vez más gente, se volvieron a abrir mil veces las
zanjas que hacen intrnsitable el centro de la ciudad, y llegamos al Siglo XXI.
Las avenidas fueron fagositadas por autopistas, y de un día para el otro
levantaron un enjambre de rascacielos. Y llegó el destape. Baste agregar un
dato. El cantito que decía "De Cadiz a Vigo de un salto llegué, tan sólo por
verte la punta del pié:" se convirtió en pura joda.. Porque las naifas ya no
ocultaban sus encantos, y los porteños cuando tenían ganas de quedarse medio
bizcochos de tanta emoción, no se metían más en el teatro de la Galería Güemes.
En vez de eso, iban a pasear con la familia por la Avenida Santa Fe. Superminis
a medio muslo, escotes de una generosidad que acelera los latidos del corazón,
curvas e insinuaciones, hasta que el pobre varón desfallece en un postrer
estertor.
-¿Qué mirás, idiota? ¿No ves que esa tipa es una chusma, vestida así? -dice la
señora.
A lo que el dorima contesta negando todo interés, mientras se esfuerza para que
la expresión no lo traicione. Pero la mente, ese lugar inexpugnable a cualquier
allanamiento, se rebela. "Cuando veo una pollera, no me fijo en el color. Las
viuditas, las casadas, las solteras, para mí son todas peras en el árbol del
amor...", cantaba un tangazo en los tiempos de Gardel.
Si vamos a batir la justa, Buenos Aires se volvió un bolonqui, se volvió. Y
dentro de esa mestura, lo único que seguía identificando a la gente era su
folklore nacional. O seguiriola, más bien. Porque nada es para siempre. Un día
prendí la tele y me avivé de que el mundo ya no era como yo lo tenía grabado en
mi disco duro.
-Buenas noches, respetable público -dijo un pelado, junto a unas minas
semidesnudas que por su juventud, podían ser nietas suyas- Vamos a presentarles
al creador de la melodía que hace furor en Europa. ¡Roberto Chikilecuatre y su
creación, "El chiki.chiki"! Un músico argentino nacionalizado español, que llevó
nuestra creatividad musical al viejo mundo. ¡Su aplauso para este paisano, por
favor!
Las dos rubias que rodeaban a locutor se pusieron de pie, y arrojaban besos sin
mirar a quién. Mientras tanto, daban pasitos de baile, bamboleando sendos pares
de lolas. tamaño XL, apenas contenidas en vestidos que les quedaban chicos.
Después se prendió una pantalla gigante, que abarcaba media pared. Y yo sentí
que me lastraba el pánico. Porque el representante de la cultura
hispanoargentina era un bicho, que otro adjetivo no lo pinta. Esquelético,
vestido con zapatillas viejas y unos vaqueros gastados, camisa de "tres por
cinco mangos", como venden en el Once, y una cornetita de plástico colgando del
pescuezo. Si a esto le sumamos una peluca con enorme jopo, que le bailaba en los
costados, el buen lector puede imaginarse qué quemo de imagen pensaba llevar ese
loco al Festival de la Canción.
"Por el aspeutu sajáz del endividuo ha de ser un cadáver", decía un parte
policial de la época en que se reclutaban canas entre los gaitas recién
llegados.
Pero ese coso ni siquiera le mataba el punto a tan pobre imagen. Más bien me
dejó pensando en los monos del zoológico. Y para empeorar las cosas, redepente
se le vinieron al humo unas locas vestidas de brujas. Empezaron a dar saltos
todos juntos, y su melodía no la olvidaré jamás.
"Chunk pim pam, trac trac, trac, tuuuuuuu"
"Chank pim pim, tric, tric, tric, koooooooo"
"Ven a bailar el chiki, chiki, pues"
Chiki chik, chiki chik, chicki chik, chik, chik.
"Pom, pom, pom, pom, pom, chiki chiki pom"
"Chiki pom chiki pom, chik chik.
"¡Ven a bailar el chiki chiki ya!"
"Pom, pom, pom, chiki pom, chiki pom, pom, pom"
"Si esto es la música española moderna", pensé yo, "va a ser difícil
reconocerlos por lo que tararean en el laburo."
Dicho de otra forma, adiós al recuerdo de Manuel de Falla, del Curro Carmona, de
los cantaóres de la Costanera Sur, del Parque Retiro, qué sé yo. Y dado mi
origen sudamericano, la muchachada del bar me miraba pidiendo sangre.
-Házte humo, sudaca! -dijo uno.
Así que puse un euro cincuenta delante del mosaico para garpar el feca, y esa
noche me rajé sin saludar a nadie. Hombre prevenido vale por dos, dice el
refrán.
THE END
Copyright: John Argerich, 2008.
All rights reserved.
www.corrmalmo@hotmail.com
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en medios electrónicos e
impresos de diez países.
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