Por John Argerich

BAILANDO EL CHIKI-CHIKI
(Donde se habla de cómo pasaron a retiro la gaita, la muñeira, y el cantaór)

-dedicado a mi primo Juan-

La inmigración procedente de Galicia empezó a llegar al Río de la Plata cuando espichaba el Siglo XIX. Y como a los pioneros les fue bien, pronto siguieron su camino familia, amigos, vecinos y conocidos. Tantos, que en la Argentina a los españoles se los empezó a llamar "gallegos". Y el nombrecito sobrevive hasta el día de hoy.
-¿Prá ónde vais tan apuradiño, rapaz?
-Prá A Coruña, señor.
-¿Te tomas o barquiño a Buenos Aires?
-Claro está, como tudo o mundo faz.
-As rúas de Galicia se va quedando vacías, chaval.
-Vea don Jesusiño, la charla está muito bonita, pero nao teu tempo pra falar mais, o me quedo en terra firme. Adeu.
Y al ratito nomás, el barco estaba haciendo "tuuu", "tuuu", proa recta cortando la mar. Hacia la tierra prometida, hacia América. Más concretamente, rumbo al Hotel de Inmigrantes de la capital argentina. El único sitio del mundo donde te daban catrera y morfi gratis durante una semana, hasta que te las rebuscaras solo. Lo cual, sumado al pasaje también gratis, era una ganga. Así que el país era un hormiguero de extranjeros. Italianos, españoles y alemanes, más que nada, pero también muchos franchutes, rusos, moishes, y yugoslavos. Locos de contentos los pobres, en su nueva tierra. Más que nada por el morfi espectacular. Tiraban manteca al techo, de tan pipones, y hacían turnos para poder cantar en las fondas y restaurantes. Cada uno en su propio idioma, como es lógico. Pero quienes realmente pisaban fuerte eran los gaitas, que aunque los cargaran por sus rarezas, dominaban la situación.
-Te espero en el Centro de Almaceneros, y ya verás cómo nos divertimos, Manuel. Hay carreras de embolsados, sapo, dominó y un juego de hacerse trampas que los argentinos llaman "truco".
-¿Nada más?
-Hombre, después bailaremos la jota, la muñeira, el pasodoble y algún vals.
-Y si tenés suerte la embocás con alguna minusa en edad de merecer. Así se hace patria, che -dijo un rana que había llegado al país hacía tres años.
Muy acriollado, el hombre, como todos los gallegos con más de seis meses en Buenos Aires. Peinado a la gomina , de sonrisa Kolynos , y fumando un "43", o sea lo más granado que ofrecía la fumoteca nacional.
-Si van pensando en chapar, lo más piola es esperar que la orquesta se pudra de gallegadas, y empiecen dándole al gotán -dijo el experto, con gestito sobrador- ¡No falla nunca!
E impulsados por tan nobles motivaciones, los recién llegados se mezclaron con los nativos, como los huevos duros y el tomate en la ensalada rusa. Pero a la gente se la conocía por la dicción, la forma de vestirse, y por los coros que formaban junto a las zanjas de Obras Sanitarias. A la hora del almuerzo, luciendo un pañuelo atado con cuatro nudos en el marote, mientras esperaban su ración. Generalmente asado de tira, o medio kilo de chorizos al asador.
"Por sus obras los conoceréis", dijo el profeta, y la pegó nomás. Porque era suficiente escuchar un pomito lo que cantaban para localizar a cualquiera en el mapamundi.
-"La donna é mobbile..." -un tano.
-"Bei mir bist du schein..."-un jacoibo.
-"Allons enfants de la patrie..." -un francés.
-"Fefe siempre el alemán, fefe siempre la cerfeza,
la cerfeza da calor, y se sufe a la cafeza... -sin duda, un alemán.
Los españoles era de una evidencia tan grande, que no hacía falta romperse mucho el balero para dar con la tecla.
-"¿Dónde vas con mantón de Manila, dónde vais con vestido chinés? -cantaban a viva voz- "Voy a ver y a lucir la berbena, y a los toros de Carabanchel..."
Pasaron los años, vino cada vez más gente, se volvieron a abrir mil veces las zanjas que hacen intrnsitable el centro de la ciudad, y llegamos al Siglo XXI. Las avenidas fueron fagositadas por autopistas, y de un día para el otro levantaron un enjambre de rascacielos. Y llegó el destape. Baste agregar un dato. El cantito que decía "De Cadiz a Vigo de un salto llegué, tan sólo por verte la punta del pié:" se convirtió en pura joda.. Porque las naifas ya no ocultaban sus encantos, y los porteños cuando tenían ganas de quedarse medio bizcochos de tanta emoción, no se metían más en el teatro de la Galería Güemes. En vez de eso, iban a pasear con la familia por la Avenida Santa Fe. Superminis a medio muslo, escotes de una generosidad que acelera los latidos del corazón, curvas e insinuaciones, hasta que el pobre varón desfallece en un postrer estertor.
-¿Qué mirás, idiota? ¿No ves que esa tipa es una chusma, vestida así? -dice la señora.
A lo que el dorima contesta negando todo interés, mientras se esfuerza para que la expresión no lo traicione. Pero la mente, ese lugar inexpugnable a cualquier allanamiento, se rebela. "Cuando veo una pollera, no me fijo en el color. Las viuditas, las casadas, las solteras, para mí son todas peras en el árbol del amor...", cantaba un tangazo en los tiempos de Gardel.
Si vamos a batir la justa, Buenos Aires se volvió un bolonqui, se volvió. Y dentro de esa mestura, lo único que seguía identificando a la gente era su folklore nacional. O seguiriola, más bien. Porque nada es para siempre. Un día prendí la tele y me avivé de que el mundo ya no era como yo lo tenía grabado en mi disco duro.
-Buenas noches, respetable público -dijo un pelado, junto a unas minas semidesnudas que por su juventud, podían ser nietas suyas- Vamos a presentarles al creador de la melodía que hace furor en Europa. ¡Roberto Chikilecuatre y su creación, "El chiki.chiki"! Un músico argentino nacionalizado español, que llevó nuestra creatividad musical al viejo mundo. ¡Su aplauso para este paisano, por favor!
Las dos rubias que rodeaban a locutor se pusieron de pie, y arrojaban besos sin mirar a quién. Mientras tanto, daban pasitos de baile, bamboleando sendos pares de lolas. tamaño XL, apenas contenidas en vestidos que les quedaban chicos. Después se prendió una pantalla gigante, que abarcaba media pared. Y yo sentí que me lastraba el pánico. Porque el representante de la cultura hispanoargentina era un bicho, que otro adjetivo no lo pinta. Esquelético, vestido con zapatillas viejas y unos vaqueros gastados, camisa de "tres por cinco mangos", como venden en el Once, y una cornetita de plástico colgando del pescuezo. Si a esto le sumamos una peluca con enorme jopo, que le bailaba en los costados, el buen lector puede imaginarse qué quemo de imagen pensaba llevar ese loco al Festival de la Canción.
"Por el aspeutu sajáz del endividuo ha de ser un cadáver", decía un parte policial de la época en que se reclutaban canas entre los gaitas recién llegados.
Pero ese coso ni siquiera le mataba el punto a tan pobre imagen. Más bien me dejó pensando en los monos del zoológico. Y para empeorar las cosas, redepente se le vinieron al humo unas locas vestidas de brujas. Empezaron a dar saltos todos juntos, y su melodía no la olvidaré jamás.
"Chunk pim pam, trac trac, trac, tuuuuuuu"
"Chank pim pim, tric, tric, tric, koooooooo"
"Ven a bailar el chiki, chiki, pues"
Chiki chik, chiki chik, chicki chik, chik, chik.
"Pom, pom, pom, pom, pom, chiki chiki pom"
"Chiki pom chiki pom, chik chik.
"¡Ven a bailar el chiki chiki ya!"
"Pom, pom, pom, chiki pom, chiki pom, pom, pom"
"Si esto es la música española moderna", pensé yo, "va a ser difícil reconocerlos por lo que tararean en el laburo."
Dicho de otra forma, adiós al recuerdo de Manuel de Falla, del Curro Carmona, de los cantaóres de la Costanera Sur, del Parque Retiro, qué sé yo. Y dado mi origen sudamericano, la muchachada del bar me miraba pidiendo sangre.
-Házte humo, sudaca! -dijo uno.
Así que puse un euro cincuenta delante del mosaico para garpar el feca, y esa noche me rajé sin saludar a nadie. Hombre prevenido vale por dos, dice el refrán.

THE END

Copyright: John Argerich, 2008.
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La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en medios electrónicos e impresos de diez países.

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