Por John Argerich

Tolvas del recuerdo
(Donde se habla de amueblar la casa y satisfacer al corazón)

La primera diferencia impactante entre el exilio en Río de Janeiro y la nueva vida que nos aguardaba cuando llegamos a Suecia era que allá corríamos la coneja, y acá de puro dolce far niente, te ibas poniendo pipón. ¡Había que ver la facha con que llegaban los colegas! Barbudos, con el pelo tapándoles las orejas, y pilchas anticlimáticas. O sea abrigadas en verano y con los quesos a la intemperie, cuando el invierno descargaba su blanca furia. Primero te recibían en el aeropuerto como a un bicho raro, pero después venía lo bueno. Porque a pesar de haber lastrado como salvaje en el avión, llevabas aún clavada la espina de un año y medio, comiendo frijoles con arroz.
-¿Me puedo servir otra albóndiga?
-¡Marche uno plato de köttbullar para nuestro huésped! -respondía, sonriente, el traductor.
Obviamente, habíamos aterrizado en el primer mundo. Y si había algo que nos llamaba la atención, era la abundancia que muchos nunca habían soñado.
-No comas tanto, compañero, que te vas a indigestar.
Un llamado a la prudencia que solía caer al vacío, porque el que una vez corrió la coneja, queda marcado para siempre como aspirante a gordinflón.
-Más vale que sosobre y no fafalte -solían responder los recién llegados, con cierto fatalismo.
Y llegado el primer almuerzo, aquello no era comer sino morfar. El que menos, se mandaba a la bodega tres platazos, postre, fruta y café. A la mañana siguiente cuentan los enfermeros que había una procesión en la sala de primeros auxilios. Caras verdes, mirada vidriosa, explosiones incontrolables, y pulso irregular.
-Tómese un vomitivo, así vacía el estómago!
-¡Mirá si voy a dejar esos brócolis en las cloacas, con lo buenos que estaban! Más mejor, me banco la tembladeira, don.
Nunca se sabe si cuando se acabara la mosca, empiezan a darte mate cocido y pasto. Como hacían con los presos políticos en Buenos Aires. Que a los chorros y mafiosos profesionales nunca les faltó un vinacho bien frappé, ni torta para el día del cumpleaños.
-Afecto societatis -dijo un púa que estudiaba Derecho Comercial.
Y ahora entraremos en detalles de nuestra nueva vida. Después de efectuar algunos hallazgos trascendentes, lo que más alborotaba al campamento eran las tolvas. Enormes recipientes metálicos, entonces desconocidos en mi tierra, donde la gente tiraba cajas de ropa limpia y planchada aunque quizás algo “demodé”, televisores funcionando, máquinas de coser, electrodomésticos, y mobiliario de todo gusto y color. La gente, chocha con el descubrimiento. Aunque siempre estaban los giles que para alcanzar algún liderazgo, te acusaban de tener inclinaciones burguesas por recoger lo que otros tiran. Sin embargo, vale más pájaro en mano que buenas razones, y los más sueltos de cuerpo amoblaron sus hogares sin más gasto que comprar lamparitas nuevas, porque con frecuencia éstas se dañaban al aterrizar en la tolva. O alguna cuchara para completar el juego, si los cubiertos venían incompletos.
-¿Qué es lo que más le impresiona de su nuevo país? -dijo un periodista, de esos que te acribillan a preguntas.
-¡Las tolvas, señor...! -repuso el entrevistado, sin vacilar.
-¿Las qué?
-Esos recipientes que ponen en las calles, para que la gente tire todo lo que no precisa. Trajes, tapados, sobretodos, bibliotecas enteras, máquinas casi nuevas... En mi país nadie lo creería.
Pasaron los años, y esos recuerdos de nuestra llegada al exilio se enturbian con las
nieves del tiempo. Esas que “blanquearon mi sien”, como dice el tango, pero las tolvas siguen de pie. Unas azules, otras anaranjadas, ni siquiera el color les han cambiado. Sólo que antes, quienes las revolvían eran solamente extranjeros, con mayoría de complexión trigueña. Hoy hay de todo, con un ejército de tolveros cada vez más rubiecitos. La globalización, un decir. Llegan en grupo, tripulando lo que en otras latitudes serían modernos automóviles. Bien vestidos, eso sí, nada de prendas baratieri como los cartoneros de Buenos Aires. Que total, si sabés rebuscártelas, acá todo es gratarola. Ni afanar hace falta, para lograr esa pilcha que te da estatus. Fijáte donde vive el punto, y revisale la tolva. Seguro que una o dos semanas después aparece el objeto de tus sueños. O cualquier otra cosa de igual mérito, como gratificación compensatoria. Porque la gente no sabe conservar lo que tiene. Hasta cartas de amor, para copiar cuando le escribís a la Porota y no te viene nada bueno a la peluda. Pero para el disfrute integral de esta ventaja tenés que entender sueco, que si no, poco ibas a pescar. Y la Porota, menos.
“Älskling, kan du skicka mig lite pengar?”, decía la misiva de un pechador, que cierta vuelta cayó en mis manos.
-¿Entendés algo, negrura? -preguntó un correntino nacido para ser líder espiritual, en el equipo de reciclaje.
-Está pidiéndole guita a la nami.
-Otro que vive del garrón. Ya encontramos varios. Si seguís escarbando, aparece la respuesta de ella.
Dicho y hecho. Al ratito nomás vimos una carpeta celeste para archivo de fuelle, con muchos nombres de mujer. “Amalia”, “Elisabeth”, “Romualda” (una extranjera, quizás). Pero esa lista distaba de estar completa. Después venían Lillian, Rosemarie, Birgitta, Karin, Petra, Annika, Gudrun, Margareta, Eva, y muchas más. Un ejército de minas sometidas a prolijo vaciamiento. Las razones no faltaban, aunque después de leer una carta te podías imaginar el contenido de todas las demás. Y se las podría clasificar en dos grupos. Cartas recaudatorias y explicaciones por la desaparición del galán, poco después.
“Mandame pronto el dinero para los muebles, querida, porque hay mucha inflación, y con lo que tenemos ahorrado apenas puedo dejar la seña.”
“Sos la mujer de mi vida. Pedile plata al banco, nomás. Con tres mil quinientos dólares, tenemos para empezar.”
“Es muy cierto que después de cobrar tu giro, no te volví a escribir. Pero estoy en un submarino atómico, bajo los hielos del polo norte, mandado por la C.I.A. en una misión estratégica de varios años. Mi dirección es un secreto de estado. Cuando el expediente se desclasifique, volveremos a comunicarnos.”
“Acabo de descender en Marte. El viaje ha sido un éxito, pero hay problemas con el cohete de regreso. Te cedería con gusto mi lugar.”
Cosas de las tolvas, cuya visita siempre era una caja de sorpresas que daba tema a largas sobremesas. Y en invierno los aficionados al tolveo salíamos en viajes exploratorios, provistos de ropa pesada, mate y fasos. En una de esas vueltas encontré a Kerstin.
-¡Para, cabro, para te digo! -empezó a gritar un chileno con varios años de exilio, que hacía de guía turístico, catador y lenguaraz.
-¿Qué sapa? -atiné a preguntar, mientras aguzaba la vista, para perforar la tormenta de nieve.
-¡Una rubia sentada al lado de la tolva!
A mí no me hizo falta más motivación, con el síndrome de abstinencia que llevaba encima. Meses sin más descarga a tierra que con las revistas de caballeros. Como Lektyr o Aktuell Rapport, que antes se vendían en todos los kioscos y supermercados. Y bajo tal influencia, pisé suavecito los frenos del Volvo, para no dar un trompazo que te deja en la cuneta. No porque anduviéramos con gomas de verano, propiamente, pero en Suecia las calles de pueblo distan de ser autopistas para correr picadas.
-¡Huija, rendija, la madre y la hija! -gritó el indio mesturado que llevo adentro del corazón.
Pero ella no entendió nada.
-Förlât? -dijo, clavando en mi retina los ojos azules más suaves, tenues, e ingenuos que vi en mi vida. Y me miraba sonriente, como una estrella que opacara a todas las diosas vikingas del firmamento.
Ese fue mi último acto en libertad. Después la vida empezó a fluir al ritmo de Kerstin. Conversamos poco, es bien cierto. Pero con el embale que yo llevaba, no se puede pedir más. Lo cierto es que a las dos semanas la invité a tomar el té, y cayó como Caperucita Roja. O sea que la nami no regresó más a su domicilio legal. Empezamos a convivir, y ahora cuando los changos me llaman para salir de tolvas, les digo que no, que no tengo tiempo, que hoy me toca lavar la ropa, que muchas gracias.
-¡Te engancharon, cartón! -dicen los garcas.
Pero yo no me quejo. La vida en Suecia fue siempre así.

THE END

Copyright: John Argerich, 2008
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en medios impresos y virtuales de diez países.

 

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