Por John Argerich

CUANDO LA SUERTE SONRIE

(Donde se habla de comprar huevos, y mucho más)

Si les voy a ser franco, yo ya estoy podrido de leer el diario y encontrar sólo derrotismo.“Salimos de Guatemala para meternos en Guatepeor”, dicen los que la van de piolas y niños bien. Pero su mufa no puede ser tomada como una norma. El mundo cambió, y por más que les pese a los aguafiestas, lo hizo para mejorar. Ejemplos hay muchos. No hablemos ya de ciertos adelantos que parecen milagros. Como por ejemplo la resurrección de la minifalda. Prenda muy apreciada por el sexo masculino, que luego de tocar tierra durante varios años generando desánimo, hambruna, y guerras, un buen día dijo “¡No va más!”. Como en la rula. Y deshizo el camino mal andado, hasta convertirse en una tirita apenas más ancha que cinto de señor panzón. Notable aporte a la felicidad nacional, que con remeras cortonas, deja tanta ilusión a la intemperie. Algo que nadie hubiera imaginado después del julepe producido por unas pilchas que negaban protagonismo a partes tan vitales de la percha femenina, como son la rótula y el peroné. Las naifas parecían pirujas, y por fin dijeron:
-Perdemos como en la guerra. Cuenta nueva, por favor.
Sea como fuere, el motín no pasó del susto, lo que ya es mucho decir. Pero si de luchar contra los tabúes se trata, ese no es el único caso en que la humanidad consigue dar un brinco hacia adelante. Piensen, si no, en los albores de la Astronomía, cuando a falta de cohetes y satélites, los sabios estudiaban el firmamento con un tubo de cartón apoyado en la medianera. Te quemaban vivo por decir que la tierra era redonda, porque según un libro que tenían los curas, ella parecía más bien una bandeja. Y ésta languidecía inmóvil en el firmamento, sobre las espaldas de cuatro elefantes. Pero eso no era todo. Además ocupaba el centro del universo, con el sol, las estrellas y los cometas, dándole vueltas alrededor. Como si fuera la maratón de los barrios, en versión Extra-Large.
-¡E pur si mouve! -gritaba, medio incómodo, el bueno de Galileo Galilei cuando vió que los frailes iban a buscar fósforos.
Pero no por ganas incontenibles de fumarse un importado, sino para tener todo a mano, y poder meterle fuego a la hoguera cuando llegara el momento, sin demoras que desalientan al personal.
-¡Pecatore cornudo e charlatane! -repuso furioso el obispo, antes de poner su firma en la sentencia condenatoria, escrita con la mejor caligrafía del reino. ¡La tierra non si muove uno corno, che!
Pero Galilei no estaba solo.
-¡Que se quema! ¡Que se quema! -empezaron a gritar sus amigotes, previendo la situación. Y eso lo salvó, porque al cundir la voz de que el sabio andaba en galletas, se vio que tenía buenas cuñas en la cofradía de saltimbanquis y bomberos. Para quienes
inventaba mangueras de alta tecnología, que confieren estatus. Con ese antecedente, ningún tribunal eclesiástico quiso jugarse una regada capaz de arruinar sotanas, mitras y casullas, con lo cara que estaba la ropa de trabajo. Sea como fuere, la verdad de la milanesa es que por un pulgar apuntando hacia abajo, al pobre sabio casi más lo queman vivo. Como mandan las escrituras que nos ha dejado el Señor, en su infinita bondad. Un relato de intolerancia que ahora espanta. Aunque normalito, cuando se gobernaba en nombre de la cruz. Así que vamos al grano: El astrónomo se salvó. Entonces no sigamos con el verso de que este mundo es una basofia, y cada día se embrolla más.
-Aunque hablando de versos, nobleza obliga, siendo injusto no referirnos a quien se lleva la palma olímpica. Nada menos que Jorge Manrique, un clásico acostumbrado a agriarle la sobremesa al dueño de la pensión. El pobre quedó medio orsái del coco por una desgracia familiar, y cuando podía se tomaba la revancha, recitando pesados poemas para compartir su dolor. Después del feca le gustaba arremangarse, como preludio de unos buenos eructos. Luego comenzaba el recital, con creaciones que contaban sus muchas penas. Como en el tango, pero sin música. Y no hace falta rajar a las antípodas, para buscar testigos de la mufa que contagiaban sus palabras. Yo tropecé con la sombra de Manrique, una vuelta que vi dos viejas tomando mate en un zaguán. Quienes leían odas como para tirarse al río, de tanta yeta.
Recuerde el alma dormida,
-decían sus versos-
avive el seso y despierte,
contemplando,
cómo se va la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando.
Cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado da dolor,
y cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado fue mejor.
“¿Dos intelectuales, trabajando en un manual de motivación para suicidas?”, me pregunté. Habrá que investigar.
-Disculpen, señoras -dije - Seré curioso...
-Rajá, chauchón, que ya estamos viejas para el levante -me frenó la más fulera.
-Es sana curiosidad -repuse- ¿Qué poeta están leyendo?
-Jorge Manrique.
-¿El jugador de Primera B?
-No sea bruto, hombre... ¡es un clásico de la literatura española!
-Thank you -dije en inglés, para mejorar mi imagen.
Y después pensé: “¡Pobre colifa nacido capaz un martes 13, que debía andar con el ánimo por las cloacas para mandarse una diatriba así contra el destino!”
Pero la verdad, el chou me dejó tan mustio, que acabé metiéndome en una compraventa de libros, a ver si encontraba algo sobre este ñato que tanto me intrigaba. Y como bien sabemos, quien busca, encuentra. Así que por fin aparecieron unos cuadernillos amarillentos, por la módica de tres mangos cincuenta. Lectura ideal para acortar el viaje en bondi a Chacarita. Pero apenas terminé de leer el índice, me asaltaron las sombras de una duda. ¿Cómo pudo tan distinguido autor guardar silencio sobre el número 13, que quizás fue su favorito? Un olvido, seguramente, por el que deberíamos excusarlo visto el tiempo transcurrido. Porque el perdón y la memoria son dos caras de igual chirola. No escapará a la sutileza del lector que con este comentario, asumimos la paternidad intelectual de una institución que es pilar en nuestra cultura. La prescripción liberatoria. Dicho en buen romance: “Las deudas viejas no se pagan”. Nadie debería pasarse la noche en vela por un pagaré protestado, o el vencimiento del alquiler. Nuestro avance está a la vista, aunque falte agregar algo: “Las nuevas, se dejan envejecer”.
-¿Entonces, vos decís que la vida va en carroza, che? -preguntaron dos pesimistas.
- Yo paro tranqui la olla -dije, y quise abrirme.
Pero ellos no se quedaron satisfechos con la respuesta, y disparaban a matar.
-¿Vivís en la luna, tan tanqui, con el despiole que hay por todos lados? ¡Contáte una de combóis, andá!
Yo no les di más esférico que el estrictamente indispensable, para no rajar de la mesa a piñas Y satisfecho íntimamente, me bajé otra birra. Después leí un diario gratarola que había sobre el mostrador, donde encontré la historia del Fúlmine González, un mufa que le mata el punto a cualquiera. Hasta al mismísimo Manrique, creo. Si iba a la rula y jugaba a par, cada tiro le salía impar. En caso de comprarse un perro, le fallaba la genética, y el engendro decía “miau”. Si después del corso se llevaba a casa un minón, cuando las papas queman resultaba ser travesti. ¡Pobre desgraciado! Si abría un vinacho, de fija era vinagre. Si quería viajar a Quilmes, terminaba en Mar del Plata. Para no decir nada de la tragedia en que culminó su última visita al super.
-¡Cuidado, che! -gritó, al ser embestido por un carrito, al mando de dos alemanes oliendo a schukrut.
Porque era pascua, y ya sabemos con qué pasión se la celebra en Villa Ballester. Así que Fritz y Franz llevaban una carga de grandes cajas. Y con el porrazo se supo la verdad. Esos gorditos de aspecto bonachón eran dos traficante de huevos rellenos, aunque no con marcipán, como pensará el buen lector. Sino de cocaína, que quedó desparramada por todo el local. En el super la distribuían con toda clase de garantías, pero la protección policial no alcanza a los clientes, que se deben arreglar solos.
-Marche preso -se oyó, en medio del escándalo.
Pocos segundos después, los alemanes había desaparecido, y Fúlmine quedó frente al destino.
-¡Vamos miti-miti y me hace la vista gorda, señor juez! -atinó a decir.
- Arreglar al juzgado y a la comisaría te sale setenta y cinco por ciento, parte baja -repuso aquel.
Eso corrobora la teoría que expusimos desde el comienzo. En este mundo todo se simplifica, y los cambios son para mejorar. El éxito está en ubicarse bien.


THE END
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