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Cuenta
el Pelusa Galvarini que una vuelta cuando la lorca apretaba, iba en samiqueta
gambeteando la calle principal. Meta junar las minas, que en mi tierra es el
deporte con más hinchas. ¡Otra que River, Boca, San Lorenzo de Almagro, o
Estudiantes de La Plata! El fóbal termina siempre a lo bruto, pero en un buen
levante todo es fineza.
-¿Va sola, mi reina?
-No, si viá estar paseando con el hombre invisible...
“Poco piola, desde el vamos. Hay que intentarlo otra vez”, pensó el galán. Y
estaba programando la próxima movida, cuando patapúfete hizo aporte un
funcionario del correo nacional. El loco escupió un toscano que casi más
empezaba a quemarle los mostachos, y sin decir “buen día”, clavó los frenos del
triciclo, pegando el grito.
-¡Oiga, don Pelusa, raje pa’las casas, que tiene una certificada de la capital!
-¿Algo serio?
-No... son buenas noticias. Vienen de visita tu suegra y los cuñaditos, nomás.
-¡La boca se ti’haga a un láu! –alcanzó a responder el Pelusa, paralizado de
espanto con el futuro incierto.
“¡Otra vuelta, esos salvajes!”, pensó.
Y como las malas nuevas van siempre en yunta, el minón que quería apuntarse le
echó una mirada sobradora.
-¡Andá a barrer la vedera, papito, que con casados no me meto, y a mí no me
engrupís! –alcanzó a decir, antes de tomarse un bondi amarillo rumbo al espacio
exterior.
Pero a pesar de que nadie lo notó sobre el pucho, ambos quedaron flechados, como
tendremos ocasión de ver.
“¡Qué mal se presenta el día!” –pensó el Pelusa, mientras recordaba a su suegra,
con una mueca de asco. Había que rajar al bulín y combinar con la patrona una
respuesta adecuada a mesejante amenaza. Así que se caló bien los anteojos
negros, y puso en primera las de andar.
-¡Buenas noticias, querido! –gritó doña Pepa, saltando en una pata de contenta-
Viene mamá, con Cachuso, la Loli y Sebastián...
-Ya lo sabía, con esa costumbre que tienen los carteros de abrir la
correspondencia para enterarse de los chismes primero que uno.
-En todos los pueblos pasa igual...
Y luego de un corto elogio de las tradiciones nacionales, fueron al grano. Era
necesario preparar la casa para el gran día.
-Llegan el domingo.
-Entonces, empiezo a hacer la lista –dijo él- Primero, ponerles candado a los
roperos, esconder el vino y meter la compota de ciruelas que hiciste el jueves
pasado, en cajas con una etiqueta que dé pavura. “¡Peligro! Ungüento mataloros
al nitrato de sodio”, si el ejemplo te parece bien.
-Estás exagerando un poco, querido...
-Cuando se trata de tu familia, tenés cada ataque de amnesia que me viene la
viaraza, Pepita... Acordáte la última visita, que les pagué el taxi a la
estación, para no echarlos a patadas. O llamando a la cana, que hubiera sido
peor, con lo chismoso que es el vecindario.
-¡Te faltan sentimientos, che!
-De cuore no, percanta, que soy puro corazón. De mosca, para bancarles los
destrozos, afanos y despelotes que arman cada vez que aportan en Rafaela,
Provincia de Santa Fe.
La discusión siguió un buen rato, y cada cual pisaba fuerte en sus cuarenta.
Pero el texto de la carta era una sentencia inapelable, y la suerte estaba
echada, como veremos después. Iban a llegar el domingo. Así que como ese día era
martes, quedaban apenas cinco jornadas para prepararse. Según la Pepa, sobre
todo poner el domicilio en condiciones, así mamá no decía que vivían como
chanchos. Pero en opinión del Pelusa, las prioridades eran otras. Había que
apurarse, para instalar a tiempo un sistema defensivo, así esos vándalos no
dejaban la casa en ruinas. E hicieron la lista, antes de partir raudos hacia el
súper.
-Tapas para empanadas, vino tinto y dulce de leche –dijo ella.
-Cartuchos para la escopeta –dijo él.
-También harían falta unas revistas de cine, así mamá se entretiene leyendo
algo, cuando nosotros vamos a trabajar.
-Y una mordaza, para que se quede callada cuando volvemos.
-¡Calláte, idiota! –gritó la Pepita- ¿Cómo podés hablar así de tu suegra, que te
quiere tanto?
-Ya vas a ver...
Dicho en otras palabras, la espada de Damocles pendía sobre la cabeza del Pelusa
Galvarini, sostenida apenas por un hilo de seda. Así que los días posteriores
fueron para venirse monos. Correr de acá para allá, guardar los zapatos que
estaban tirados abajo de la cocina, arreglar la cuerda de colgar la ropa,
cambiar un vidrio roto en la ventana del fondo, bañar al perro, y más que nada,
dejar los bofes en una limpieza general. Que la entrada, que el comedor, que la
pieza de mamá.
-¿Me estás diciendo que esa vieja va a dormir con vos en la cama doble, mientras
yo apoliyo con los pibes?
-Tranqui, Pelusa, que nadie se va al tacho por dos semanas de ayuno.
Las cosas pintaban mal, pero en este mundo todo llega. Así que los días rajaron
como turco en bicicleta, y después del sábado, llegó el domingo. Lo que sin ser
primicia, marcaba el comienzo del día “D”.
-Expreso “don Bartolo” procedente de Buenos Aires, por andén 6 –dijo la voz
metálica de los altoparlantes.
-¡Mamá!
-¡Pepita!
-¿Qué hacés, boludo? –gritaban los niños, a viva voz- ¿Nos compraste algo como
la gente, esta vez?
Y el cura del pueblo, que había bautizado al Pelusa cuando todavía era
cristiano, resumió la situación en latín de seminario.
-¡Sonaten, fraten!
Se subieron al Renault, metieron valijas, trastos y paquetes en el baúl, y ya
estaban por poner rumbo a la maison, cuando uno de los angelitos empezó a
gritar.
-¡Falta la jaula del loro, mamá!
-¡Pobre de mí, si se perdió Periquito! -gemía doña Hortensia- Exijo hablar con
el jefe de la estación.
-Octavio Sosa, servidor.
-¿Dónde está mi loro, quiere decirme?
-Si lo ha despachado como equipaje, tenga a bien entregarme el remito.
-¡Vea si voy a despachar a mi lorito como si fuera una bolsa de papas!
-Billete con número de asiento, entonces.
-¿Y desde cuándo, los loros viajan sentados?
-Eso no es cosa mía, señora. Factura de carga, o billete de pasaje. Otra vuelta
no hay.
-¡Pobre Periquito!-dijo la señora, enjugando una lágrima.
“¡Loro de mierda!” –pensó el Pelusa Galvarini, de puro contrera.
-Lo más acertado sería llamar primero a Buenos Aires y ver si la jaula se
embarcó. Después, a todas las paradas, para comprobar si fue descargada por
error –dijo el jefe.
-¿Qué será de mí, sin mi loro? –gemía doña Hortensia.
-La culpa es de ese tacaño del Pelusa –decían los niños- ¡Hacernos venir en
ómnibus, con lo barato que sale viajar en avión...!
Y como las causas justas enervan los sentimientos, el escándalo fue tomando
proporciones. Allá no es como en Escandinavia, y la gente siempre está dispuesta
a jugarse por sus principios. Al ratito nomás ya había más de veinte tipos
furiosos que se gritaban de todo, amenazando con irse a las piñas, y llegó la
cana. Chillidos de mujeres histéricas, insultos procaces en la voz de algún
varón, empujones, “marche preso”, y como epílogo, un largo alegato sobre los
derechos del loro. El Pelusa todo colorado, porque este papelón se comentaría
durante mucho tiempo en el bar González, donde paraba. En eso apareció un bondi
amarillo, proveniente del espacio exterior. Se abrió la puerta, e hizo irrupción
en escena el minón con que empezó esta historia. Sensible, la diva, y más linda
que mañanita de campo.
-¡Papucho! -dijo cuando lo vió al Pelusa- ¡Yo sabía que nos íbamos a encontrar
otra vez!
El, al verla, sintió que el corazón le pegaba un salto. Pasión a primera vista,
sin duda. Porque le agarró la mano y sin decir una palabra más, salieron
corriendo.
-¡Hijo de puta! –gritaban los cuñaditos, al verlos perderse en las sombras de la
estación- ¡Dejá que te agarre mi mamá!
THE END
Copyright: John Argerich, 2006
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios, de 9
países.