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Hace
poco leí la opinión de un colega insigne, sustentando ideas con que disiento a
rabiar. "A mí no me gustan las rubias", decía el loco, en un juicio valorativo
apto para la historia. Es decir, si alcanzamos sus umbrales antes de producirse
una reacción popular que lo deje pintado al bleque.
"¡Qué balurdo tiene en el coco este paisano!", pensé yo.
Es que hablando mal y pronto, no podía creer lo que estaba leyendo. Y después
del primer sacudón, me puse a fantasear con la imagen de unos churros notables
que no conozco personalmente, pero como los veo tanto en la tele, ya es como si
fuéramos de la familia. Paris Hilton, Anita Ekberg y la princesa Madeleine, por
ejemplo. Entonces decidí escribir una contraofensiva como acto de desagravio,
porque las pobres minas están que matan, y no es justo darles vuelta la cara
porque sí. Ni hablar de la finadita Monroe o de su competidora Brigitte Bardot,
que otrora revolucionaron nuestros corazones aún imberbes. Recuerde Vd. a
Marilyn, si no, en esa foto toda despatarrada sobre un paño de terciopelo rojo,
que dio al vuelta al mundo, y hasta el día de hoy nos hace suspirar. ¡Otra que
la topless! Ese fue el destape que las revistas para caballeros bautizaron como
"no-less". Pura pechuga y pata de exportación, a ver si pescan.
De la heredera de la cadena Hilton no les cuento nada, porque seguro que la
conocen mejor que yo. Medio flaca pero contundente gracias a la biaba de
silicona que se dió con el aguinaldo. Y muy afecta a ventilarse por los cuatro
costados, para locura de amigos y conocidos. Pero como los que se destacan no
conforman nunca a todo el mundo, la pobrecita tiene un tremendo lobby de
contreras. El sindicato de fabricantes de ropa interior, que la mira como si
encarnara la propia quinta columna. O sea un ejemplo que de hacerse popular,
dejaría al gremio en Pampa y la vía. Así contaba otra rubia que me pone nervioso
de mirarla en fotos, nomás. La lechuguita de Madonna, un bombón con varias
campañas en el libro de bitácora. Pero sin despreciar lo presente, una hembra de
mi flor. Por eso vuelvo a preguntarme. ¿Ese loco que defenestra a las rubias,
habrá tenido alguna relación en vivo y en directo con ellas, o andará mal de la
vista? ¿Tendrá seso en el melón? ¿Se le habrá acabado la testosterona, o habría
desayunado con cianuro la mañana que escribió ese artículo? Porque ejemplos de
calidad sobran entre las rubias.
Mire si no el caso de Anita Ekberg, que el que más, el que menos, todos nos
agarramos alguna vuelta un rebruto metejón con sus contornos. Una rubia
impresionante, blindada contra el pirulaje asesino. Como los trajes de Roveda.
El tiempo pasa, y Anita queda.
Pero hay mucho más que decir. Por ejemplo, está el caso de la princesa de mi
patria adoptiva, el churro de Madeleine, también conocida como Magdalena de
Suecia. Una rubia espectacular, que si tiene sangre azul no se le nota, porque
es de una blancura rosadita para dejar piantado de los nervios al más bacán. Me
dirán que el ejemplo no sirve, porque su origen era una garantía desde el vamos,
porque salvo raras excepciones, las suecas en edad de merecer todas están
rebien. "¿Y por qué están rebien?", dirán algunos. La contraflor cae por su
propio peso. Porque son unas rubias espectaculares, que de intelecto hablaremos
en otra oportunidad. Aunque, dicho sea sin mala intención, no deja de
sorprenderme que un rey tan feo y cartonazo como el papá haya tenido mesejante
cría. Vaya Vd. a Estocolmo a catar la merca, si no me cree. La primera vuelta
que estuve allá sentí que los ojos me pegaban saltos adentro de las órbitas, y
el corazón me sacudía las arterias, sin saber hacia dónde enfocar. Era verano,
cuando el minaje muestra sus encantos sin compadecerse por uno. "Para mí, para
vos, para ninguno de los dos", parecía ir diciendo la generosa anatomía del un
sexo que le dicen "débil" de pura desfachatez. Y para que vean cómo viene la
mano a veces, al atravesar las murallas vi a la princesita entrando en una
festichola del Premio Nobel. Y se había puesto un vestido de fiesta con escote
de infarto tan imponente, que mis principios republicanos hicieron crisis.
"¡Viva la princesa!", quise gritar, pero preocupado como estaba con ese
artículo, se me trabucó la luenga, y salió "¡Vivan las rubias, carajo!" –antes
de que un par de ursos me bajaran del candelero.
-¡Chupamedias del establishment! –dijo un morocho, sin ocultar su indignación.
Y enseguida surgió un debate.
-¡Basta de balabra hueca, baisano! –gritó un turco- ¡Que si no fuera por la
tintura, Fátima la basaba al cuarto a tu brincesa!
Yo repuse enardecido que la pricesita era rubia natural, y que de Fátima ni me
hablara, porque las turcas son un peligro, tapadas hasta el gorro. El día del
casorio te encajan cualquier escracho que apenas si llega a cuarta, y cuando a
la mañana siguiente querés quejarte, en la mezquita no te dan bola. Dicho en
buen romance: Despedite de los mangos que formaste y no te hagás el piola con
los derechos del hombre, porque la familia de ella te declara la guerra santa y
sos boleta.
El turco estaba embaladísimo con mis argumentos, porque sabía que le estaban
batiendo la justa y me clavaba unos ojos negros impregnados de sangre. Pero
entre pitos y flautas se había hecho medio tarde, así que la tuerca venía
robusta, y empezaba a hacerse sentir.
"¡Diez bajo cero, al menos!, pensé.
El diálogo había terminado, y de seguir la conversa, capaz acabábamos todos en
galera. Así que me tomé el once, y rajé a patacón por cuadra. Meta pensar en las
rubias, porque el berretín que llevaba encima no se me iba, después de esa
discusión. Todas pasaron por mi mente. La Rubia Mireya, la pulpera de Santa
Lucía, Evita Duarte, qué sé yo. Y con el embale que llevaba, pensé que hasta la
Difunta Correa debe haber sido rubia. De la Virgen María ni hablar, con el
cóctel genético que cualquier palestino lleva en las venas. Era creer o
reventar, che. Todas las minas con cierto protagonismo que me pasaban por la
pensadora, peinaban cabellos tan dorados como el sol de la bandera que Belgrano
nos legó. Dorados y platinados, que son los que se han puesto de moda
últimamente. O sea, lo que va del agua oxigenada a la tintura buena. Primero y
tercer mundos, un decir. Y con el coco distraído en estas cuestiones, no me
percaté de que media cuadra atrás me venía siguiendo una pandilla de forajidos.
-¡Vení acá, cabeza negra, que te vamos a dar una lección de sueco para
inmigrantes! –gritó uno, que hacía de punta.
El corazón casi me se para en seco. ¡Eran los punks! Y por más ganador que uno
haya venido al mundo, si te chapan te hacen pomada. Noches de Estocolmo en que
mueren los principios, y solamente cuenta el número. Ya cantaron un problema
afín los santos cruzados del medioevo con la denuncia de sus guitarras, cuando
se sentaban frente al fogón:
Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos...
-decían-
¡Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos!
No había dónde guarecerse, y llamando al 112 con acento latino vas muerto,
porque si no da ocupado y vienen los azules, su primer instinto va ser
amasijarte a vos. Después quejate a Magoya, o al defensor del pueblo si te
parece, que ese es un derecho constitucional. Te van a pedir disculpas, pero los
casotes y garrotazos que te chupaste en la volada, no te los saca ni Cristo.
-¡Vení para acá, morocho! –dijo, de pronto, una voz femenina.
Miré queriendo ver algo en la oscuridad de las paredes grises de aquel barrio
fantasma, como son todos los barrios suecos después de las 20 horas, sin un alma
en la calle, pero no vi nada.
-¡Vení, boludo, que te hacen pomada! –insistió aquella la voz, en un tono más
imperioso.
Miré de nuevo hacia la negrura, y entonces pude distinguir una rayita de luz,
como filtrándose por una puerta entornada.
-Entrá y pongamos la tranca –dijo ella.
-¿Nos encontraste otro papá, vieja? –preguntaban con insistencia los nenes.
Kerstin me miró en silencio y yo le devolví la mirada, agradecido. Afuera los
punks rompían todo el barrio, en el berretín de buscarme. Pero yo había llegado
a buen puerto, en casa de ese minón. Una rubia dotada de impresionantes martonas
que sacudía con firmeza, a pesar de sus cuarenta. Toda una valkiria.
-¿No será otro borracho, como el de la semana pasada? –gritó una señora mayor.
Yo preferí callarme, porque mi posición no era de fuerza, y miré alredor con una
morisqueta que podía ser sonrisa. Ahí estaban los tres nenes, el perro y la
mamá, mirando televisión.
-¿Querés comer? –dijo la rubia- Cuando ellos se acuesten, podemos convesar para
conocernos mejor. Ahora dejémosles disfrutar de la tele.
Yo dije que sí, y a la noche el horno no estaba pa’ bollos, con el atraso que
los dos llevábamos encima. La conversa fueron más bien grititos, soplidos y
monosílabos. Teníamos toda la vida por delante para charlar, dijo ella. Al día
siguiente pasó igual, y ya me estoy acostumbrando a la nueva relación. Hechos, y
no palabras, dice el refrán. Trabajo cuando la guita del Social se acaba, y con
lo que le dan a ella alcanza para morfar. O sea que la relación está cada vez
más linda. ¡Rubio tenía que ser mi ángel guardián!
-¿Querés un tecito, Cacho?
Por eso pienso que el que escribió esa diatriba contra las rubias no conoció
bien a ninguna. Ningún paisano puede ser tan pajarón.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
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La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 33 medios de 10
países.
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