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Por
John Argerich
LA PASIÓN POR LABURAR
(Donde se habla una historia que casi más es verdad)

La
muchachada de Quilmes andaba contenta, celebrando el 4 a 0 con Defensores del
Pantano, en su última visita a Santa Fe. Y todo el mundo hablaba de la
recuperación del fóbal argentino, que perfilaba otra vez como un grande, en la
arena internacional.
-Está bien- dijo el Rolo Machado- pero con fóbal solamente, no vamos ni a la
esquina, no vamos.
-Es la única gloria que nos queda –arrimé.
-¿Por qué batís tanta mufa, que le arruina el ambigú a la platea? -dijo un
valor.
-Son los recuerdos, negro- repuse, prendiendo un faso.
-Explicáte, por favor.
-Una vuelta, cuando raspando llegaba a péndex –dije- el celador del cole leyó un
artículo de “La Prensa” que hoy parece ciencia ficción. Eramos grandes, che.
Alemania, Italia, y España estaban hechas bolsa, y no pasaban de ser nuestros
proveedores de mano de obra barata. Los ingleses nos debían la guita loca, y les
quedaba poca cuerda. De Francia ni hablemos, con quilombos políticos semanales.
Y el resto de Europa reventada, tras un conflicto que dejó millones de fiambres.
De Canadá y Australia no te acordabas ni borracho, porque eran solamente unos
páramos en la loma del pepino. Así que la verdad de la milanesa estaba al dente.
El único rival serio que los argentinos teníamos en el mundo era Estados Unidos.
La maldita Yanquilandia, de los rascacielos y las rubias teñidas. Pero con el
embale que llevábamos, íbamos a dejarla resoplando bofes en la banquina, antes
de fin de siglo.
-Parece una de combóis –comentó el mozo.
-¿Y cómo terminamos en el tacho, si todo iba tan bien? –dijo un chino, que
estaba empezando a manyar despacito la castilla.
-Porque apareció un general –contesté yo- que en vez de proponer rompernos el
orto con un proyecto para cambiar la historia, se despachaba discursos color de
rosa.
“Que labure el patrón.”
“Que nos den más guita.”
“¿A Vd. alguna vez le pidieron dólares en la feria, che?”
La gente se miraba, como no pescando gran cosa, porque ésas son historias
viejas, y el mosaico preguntó:
-¿Qué pasó después?
-Así nos fue -dije yo- Como si la canción del linyera se hubiera convertido en
nuestra declaración de principios.
Un piola puso diez guitas y apretó el botón.
“No le importan los rigores del frío ni del calor,
no le importan las tormentas ni vivir sin un amor.
-decía el de la vigüela-
El mesmo me lo ha contado, con entero desparpajo...
¡Lo único que lo asusta de verdad, es el trabajo!
Entonces yo agregué:
-Los argentinos estábamos hartos de ser un país en serio. Joda viva pedía la
muchachada. Y entonces, comenzamos el proceso de linyerización, que nos ha hecho
ganar un lugar destacado entre la bazofia del tercer mundo.
Las preguntas para abonar mi tesis abundaban:
¿Para qué matarse estudiando, si las alpargatas son más mejor que los brolis?
¿Para qué ahorrar un sope, por cuatro días locos que vamos a vivir?
¿Para qué banderas rojas, si tenemos la de Boca Juniors?
¿Para qué rumiarse el cerebelo con ideas profundas, si la literatura oficial te
pone todo más fácil que levante en Plaza Italia?
¿Para qué fundar un sistema que elimine para siempre la pobreza, si cuesta menos
repartir guita a la marchanta? Total, Dios es argentino y después arregla el
déficit.
¿Para qué cantar un himno nacional lleno de palabras raras, si es más facil
tocar el bombo, gritando “¡Qué grande sos!”?
¿Para qué enseñar en las escuelas el socialismo científico, si nuestra tierra
está llena de curas que se babosean por predicar los disparates que les vende el
gran bonete con asiento en Roma?
¿Para qué fundar la patria socialista, cuando hay mayoría y money para cualquier
proyecto, si es más fácil fundar la “Triple A” así revienta a todos los zurdos,
para que no se lleven la clientela?
-El que nació chirola, difícil que pase a mango –sabía decir mi finado suegro,
que en paz descanse.
-Y quedamos para chirola, en el tablero internacional -agregué- Los ingleses se
afanaron las Malvinas, las fronteras fueron desdibujándose a mordiscos, y una
vieja provincia nos hace el pito catalán, envenenando las aguas que hemos de
beber. El río que nuestros ancestros llamaban “río de los pájaros”, y su
descendencia seguramente llamará “río del tumor terminal”. Así fuimos
retrocediendo posiciones. Del sexto lugar entre las economías del mundo, hasta
un puestazo a la altura de Bangla Desh. “Barranca abajo”, decía un gotán de
cuando los muchachos del Abasto no cantaban en inglés.
-¡Pará la mano! –dijo un morocho con campera azul.
Todos lo miraron en silencio, más que nada por fiaca de contestar, que la
conversa se había puesto medio durazna.
-Lo que contás es bien cierto, negro –dijo mirando al techo- Lo que vino después
fue como una bola de nieve. Cuando querés pararla, se hizo un alud. Si la santa
no se hubiera ido al cielo cuando todavía era un pimpollo, otra habría sido la
milonga.
-¡Pobrecita! ¡Qué ejemplo eterno nos dejó...! –dijeron todos.
-El hombre tenía conocimiento, pero lo engrupieron los otarios,–agregó uno que
tallaba para político.
-¡Somos de carne y hueso, y cualquier añamembuí te hace dar un trompezón!
–agregó un toña que tomaba café con medias lunas.
-Pluma, pluma... -dije yo.
La charla estaba linda, y así fue como redepente se hicieron las 22:00.
-Me rajo, pibes, para que la señora no se ponga cabrera, que es peligroso –dijo
el Ñato Radrizzani.
-¿A qué hora fichás? Mirá que empieza “El gran hermano”.
-Ya estoy llegando tarde, viejo –contestó el loco- y en mi casa empieza la
tercera guerra mundial, si no aporto dentro de cinco minutos.
-Tenés orto, viviendo tan cerca del café.
-Es por el laburo –repuso él.
-¿Cambiaste de samiqueta y no vivís más del subsidio para los jefes de hogar?
-El subsidio es una paponia que, entre coimas y adhesiones, me costó sus buenos
mangos, che. No voy a ser tan boludo de perderlo.
-¿Te alcanza?
-Es poca guita pero mi señora recibe otro tanto, porque nos anotamos como
separados, cada uno con dos pibes. Y como no pagamos alquiler y seguimos
cartoneando, a la final parás la sartén. Todos los okupas andamos igual. Viene
la municipalidad para venderte el globo de que te anotés en algún plan de
fomento, pero nadie agarra viaje. Total, acá la pasás como gato panza arriba, de
puro tranqui.
-¡Qué desfachatado! –dijo un panadero que esperaba el mionca de la harina- “Si
encontrás al inventor del laburo, lo fajás”...!
-Tómeselo con calma, don Pepe, repuso el mosaico. Ya va a ver que ésa no es
vida, y le agarra la pasión por laburar, como a todos el mundo.
-¿Vos, pasión por laburar, Fernando? No me hagás reir.
Pero él insistía en proclamar sus virtudes, haciéndolo con tanto entusiasmo que
a los demás se les empezó a pegar el bicho. Y como sabemos, los estados de ánimo
populares, pronto llegan a la TV. Entonces lo que había empezado como otra fanfa
de sobremesa en un un almacén de Quilmes, terminó convirtiéndose en cultura
nacional. Hasta los hábitos heredados de nuestros mayores, cambiaron.
-El puesto es suyo, José. Su horario es de 20 a 6.
-Vaya tranqui, patroncito, que me quedo hasta las 10.
-¿Al ciento cincuenta por ciento?
-¡De eso, ni hablar!
-¿Limpió la cuadra, soldado?
-Dos veces, y después lavé las paredes de afuera, para que el trabajo quedara
perfecto, mi coronel.
Así fue como el país tomó envión y empezó a crecer otra vez. Los trenes eran
puntuales, la fábricas producían cada vez más. Todo el mundo tenía guita, y la
coima fue sólo un mal recuerdo. Las arcas del Banco Central se hincharon de oro,
y todo iba viento en popa. ¡La pasión por laburar! Así pasamos otra vez a la
punta, y no quedando más rivales, asumimos el liderazgo mundial.
-Aparecieron nuevos valores –dijo el mosaico.
-¡No, negro! –repuso un púa- ¡Fue el pedo que te agarraste anoche, nada más!
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal “El amasijo se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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