|
|

Cada
vez que llega el día 14 y uno anda sin una corona pa’ solventar los vicios, me
chapa la misma preocupación. ¿Qué pasaría en Suecia si se fundiera el Social?
Porque así seas hincha de Ferrocarril Oeste, pelado, ñato o barrigón, con las
doce campanadas se extraña un buen ambigú. No viá decir morfar puchero de faisán
como hacían los califas, que uno no aspira a tanto, pero al menos dos salchichas
fritas con arroz. Porque la verdad de la milanesa es que no obstante treinta
pirulos de exilio, a las albóndigas suecas con dulce de frutilla no me he podido
acostumbrar. Las “köttbullar med lingonsâs”, como dicen los vikingos en su parla
gutural. Al falafel, menos. Pero hay una norma que conviene tener presente: Para
vivir tranqui no aspirés nunca a más de lo que te da el cuero. Que si miramos la
historia, en otras épocas de la vida nos fue bastante peor. Por ejemplo, cuando
esperábamos en Montevideo los mangos de ACNUR cada dos semanas. El preludio
nunca era menos de tres o cuatro días a pan y agua, o algún mate con que nos
convidaban los vecinos, en la casa de pensión. Y cuando la ONU formaba... ¡qué
farra, mamá querida! Nos íbamos a celebrarlo en patota, tomando feca con chele,
a un barcito de 18 y Nosecuánto.
-¿Con qué lo va a acompañar, señor? –decía el mosaico.
-Con fantasía, purrete, que acabo de pagar la pieza, y el cuero no da pa’ más.
-La casa invita –decía en voz baja un gaita republicano desde atrás del
mostrador –¡Hoy por ti, mañana por mí, chaval!
Pero que nadie lo oyera, porque en aquellos tiempos cualquier conversa que no
fuera alabar al régimen, era jugar a la ruleta rusa. Nunca sabías si el
interlocutor era sincero, o si era un garca de civil estirándote la luenga, para
después darte una pasada por bleque en el Departamento. Y esos días sin huella
me dejaron una enseñanza que nunca olvidaré. A la coneja, en todas partes se la
corre igual.
“Cuando rajés los tamangos,
buscando ese mango
que te haga morfar...”
-cantaban los filósofos de antaño.
Y uno, empujado por la maldita costumbre de lastrar a diario, se pelaba el coco
para encontrar nuevas fuentes de recursos. Ir al puerto a pescar, cantar tangos
en la terminal de ómnibus, cuando llegaban los bondis llenos de argentinos que a
pesar de la corta ausencia, ya sentían añoranzas de su país.
“Mi Buenos Aires querido,
cuando yo te vuelva a ver
no habrá más penas,
ni olvidos...”
-¡Tomá un mango, pebete, que te lo ganaste en buena ley!
-Yo te doy un dólar.
-Si le sobran, déme dos...
Así pasaban los días, tirando la manga con oficio. Pero no podemos decir que
gozáramos la sal de la vida, porque a veces la guita no alcanzaba para comprar
más que fideos, y había que manducarlos sin condimento alguno. Ni sal, siquiera.
Un trago jodido, pero no importaba, porque pronto nos abrirían las puertas del
país de Nunca Jamás. Entendámonos, el país de “nunca jamás vivir a dieta” como
allende el río color de yaguareté.
-Siéntese, señor –dijo la blonda azafata, con una sonrisa.
-Muchas gracias –contesté.
-En sueco se dice “tack”, y vaya aprendiéndolo porque esa palabrita abre todas
las puertas –me susurró un señor.
-Tack! –dije yo.
-¡Qué rápidos son los argentinos para aprender idiomas! –comentó la señora que
iba al lado de la ventana, mientras se ajustaba el cinturón de seguridad.
“BRRRR” rugieron los motores, y salimos disparados hacia el cielo azul. Por lo
menos, en Suecia íbamos a sacarnos ese hambre que perforaba la busarda. Y se
acabaría el sueño obsesivo que me ponía en cortocircuito la pensadora todas las
noches. Que estaba en un país donde no había más que restaurantes, y todos me
invitaban con morfichupi gratarola.
-Pase por aquí...
-No he traído la tarjeta de Visa.
-¡Faltaba más! Es por el gusto de servirlo, compañero.
Entonces yo me despachaba unas sabrosas tortillas de papas, con pesheto al
horno, empanadas, humita y salpicón. Todo bien regado de vinito mendocino,
coronando el menú un postre vigilante o medio kilo de dulce de leche casero.
Después feca y cognac, para bajar la digestión.
-¡Despertá, pierrot, que llegamos a Estocolmo! –me disparó una voz en el oído
derecho- ¡Has dormido como un marmota todo el viaje!
-Välkommen! Dijo el sistema de altoparlantes, dándonos la bienvenida oficial.
Cuando bajé del avión apenas pude mirar el aeropuerto, porque una barra de
asistentes sociales me llevó a tomar un tecito que me pareció asqueroso,
mientras esperábamos el bondi. Después me metieron en un ómnibus, con cuatro o
cinco grasas más, llegados en el mismo vuelo. Pero de ojito pude observar
algunos escaparates. Los precios no eran como en mi país, sino que parecían
multiplicados por diez. Y lo que más me llamó la atención fue que en los bares
si pedías un vaso de agua, te lo hacían garpar.
-Acá debe ser triste la pobreza, con lo que cuesta todo –comenté.
Pero una intérprete que dirigía la batuta me oyó y dijo:
-Te equivocas, chico. en Suecia no hay pobres. Pagamos los impuestos más altos
del mundo, y esa plata hace que todos vivamos igual.
-No la pesco.
-Muy sencillo. Al que gana mucho le damos con el hacha, porque tener demasiada
pasta es malo para el sistema nervioso. Y al que no para la olla, lo apuntalamos
con subsidios. En resumen, no hay ricos ni pobres. Todos se llevan a casa de mil
quinientos a dos mil verdes por mes. Y el sistema da resultado, porque casi
desaparecieron los ladrones, las putas y los secuestros.
-¿O sea que todos corren la liebre a igual velocidad?
-Llámelo así.
-Entonces los que contaban que en Suecia se vivía tirando manteca al techo, me
engrupieron.
-¿Manteca al techo? Acá siempre tenés para morfar –dijo un mendocino que
trabajaba de chofer- pero se vive más seco que lengua de loro. Al borde de la
insolvencia, un decir. Porque si ganás un mango extra, te lo saca Impositiva. Y
para evitar problemas, alguien propuso que se borren del almanaque los primeros
cinco días del mes, que es cuando caen todos los vencimientos.
-¡Qué sentido práctico, viejo!
La llegada fue impresionante, lo reconozco. Nos dieron ropa, guita, techo y
lastre gratis. Pero con el tiempo, me fui dando cuenta de una cosa: No todo lo
que brilla es oro. Que nadie espiche morfado por los piojos está fenómeno, pero
si te querés dar un gustito extra, ¡pobre ilusión! Las pilchas, por ejemplo.
Todo está a tu alcance, pero no pretendas vestirte a la moda de París, porque no
morfás más hasta fin de año. Las minas andan con unos pantalones sin forma, que
en otras latitudes, serían moda de linyeras. Arriba llevan una remera desteñida
y un saco viejo, que parecen bolsas, varios tamaños más grandes que la percha.
El pelo hecho chuzas, y un gorro para protegerse del viento. De los tamangos con
taquito aguja, olvidáte también. En invierno las suecas calzan botas para el
hielo, y en verano andan descalzas o con zapatillas viejas. Los hombres se
visten igual, y como está de moda el pelo largo, vistos de atrás es difícil
saber quién es quién.
-¡Adiós, princesa! –dijo un inmigrante medio morochazo, de puro piropeador.
-¡Te rompo el alma, negro de mierda! –repuso un urso con todos los pelos
parados, aritos de oro y tatuajes hasta el cogote.
Ahora hablaremos del parque automotor. Un piróscafo está al alcance de todos los
bolsillos, es bien cierto. Pero debés bancarte el óxido, algún bollo, y diez
pirulos de antigüedad. Los autos buenos son para las empresas, no para vos. Otro
punto crítico es el morfi. Porque morfar, morfan todos, como ya se dijo. Pero
morfan lo que en mi tierra les dan a los chanchos para hacerlos engordar. Vino
ni pensarlo, porque la botella de un quebracho roña sale diez verdes. O sea,
costo de importación un dólar, y nueve de impuestos para mantener nuestro
sistema social. Porque estamos asegurados contra los accidentes, las
enfermedades, el desempleo, la vejez, y cuanta calamidad pueda ocurrir. Así es
mi tierra adoptiva. Al que no le guste andar siempre gambeteando la insolvencia,
y brindar con agua para vivir segurola, sólo le queda un camino. Rajar.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 22 medios de 10
países
|
|