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Hace
poco yo iba medio apretujado, viajando en el legendario colectivo 60. Un
piróscafo que casi da la vuelta al mundo, y en horas pico hace acto de presencia
cada tres minutos. Por la noche, cada diez. La máquina de escupir bondis con
relojería suiza, para batirla bien. Y una ruta formidable: Constitución al Tigre
Hotel, con desvíos y paradas de intercambio hacia los cuatro puntos cardinales
-¡Corrasén al interior del coche, señores pasajeros! –vociferaba el chófer,
medio afetado por la calor.
Y un inspector con ropa deportiva y gorra azul reforzó esa orden.
-¡Adelante, que hay lugar!
Dos viejitos cargados de bártulos para la venta ambulante, intentaron resistir:
-Vamos muy apretados, señor...
-¡Si quiere lujo, viaje en tasi! –sentenció el funcionario, poniendo fin al
debate.
Pero en este mundo no todo es egoísmo, y entre los rudos compases del tráfico
automotor, una radio a transistores colgada de la ventanilla interpuso el
rezongo de mi ciudad.
"Cuando gastés los tamangos,
buscando ese mango
que te haga morfar..."
-lloraba el cantor.
Los ánimos empezaban a caldearse, y el diálogo terminó convirtiéndose en un
intercambio de alta sonoridad. A grito limpio, un decir.
-¡Sáqueme ese paquete de la cara, pedazo de bruto! –rugió una señora gorda, que
iba sentada junto al pasillo.
-¡No me toque el culo, atrevido! –dijo un churro con minis coloradas, en plena
edad de merecer.
Pero si hemos de ser francos, eso no fue nada. Porque de pronto, la conversa se
ahogó en una gritería infernal que venía del fondo.
-¡Sacáme la mano del bolsillo, negro de mierda! –rugía un gordinflón vestido con
traje azul a rayas blancas.
Sin embargo a veces las cosas vienen con la pata izquierda, y por más razones
que lo asistieran, su queja estaba destinada a fracasar. Porque al oírlo, se
pusieron de pie tres morochos más. Uno se acercó al conductor, pistola en mano,
y poniéndole el fierro en la nuca, le gritó con voz ronca que no admitía
réplica:
-Arrimáte despacito a la vedera, y cerrá la puerta.
El inspector quiso abrir la boca, pero su indignación fue inútil, a la vista de
un Colt 45 que lo hizo desistir.
-Señores pasajeros: ¡Esto es un asalto! –exclamó el chorro que llevaba la
batuta.- ¡Entreguen la guita, las joyas, los celulares, y todo ojepto de valor!
El golpe parecía bien planeado, por la seguridad con que se manejaban aquellos
crápulas, dando cada paso con espectacular sangre fría. Así que en pocos minutos
habían desplumado al pasaje, y ya estaban por ganar la calle. Pero entonces, el
diablo metió la cola. Arrinconado en la parte de atrás del colectivo viajaba un
barbudo al que le habían sacado una medallita de oro de la Virgen de Luján. En
zapatillas de jugar al fóbal, y vistiendo pantalones vaqueros viejos, una remera
blanca cruzada por la franja roja de River Plate, y gorra deportiva con la
visera hacia atrás. Quien, siendo hombre de temple, presentó con vehemencia su
reclamo.
-Señores ladrones –dijo- Antes de bajarse, exijo que me den un recibo por las
pertenencias de que fui despojado.
-¿Lo qué?
-Para presentarlo al seguro, señor.
-¡Rajá, colifa!
Esa fue la gota necesaria para colmar el vaso. Pues Raulito Chilibroste acababa
de salir del Hospital Neuropsiquiátrico, y no soportaba que nadie pusiera en
duda su recuperado buen juicio, que le dio la libertad. Por eso siempre llevaba
consigo una honda, con declarados fines deportivos. Pero que en aquellas manos
hábiles para el tiro, era más que nada un instrumento de defensa personal. Lo
habían ofendido en sus sentimientos más íntimos, y con la velocidad de reacción
que da el entrenamiento cotidiano, la respuesta apropiada no se hizo esperar.
-¡Más colifa será tu madre! –dijo, mientras en una rápida maniobra sacaba el
arma del bolsillo trasero del pantalón.
Del otro lado llevaba piedras, para romper algún farol mientras caminaba por la
calle, como sano esparcimiento. Pero esta vuelta, las mismas eran un arma apta y
contundente para defender su honor. Los hechos se precipitaron, y en menos
tiempo de lo que toma contarlo, voló un proyectil.
"¡Zuuuuuuum!"
El Pescado Bataruci estaba mirando hacia atrás, y la pedrada le dió en plena
frente. Como consecuencia de lo cual, cayó fulminado sobre su hermano Luis, y en
el manoteo, éste perdió el Colt. Circunstancia que fue aprovechada por el chófer
para dejarlo fuera de combate con un acertado fierrazo en el melón. Dos bandidos
fuera de combate. La situación empezaba a tomar color. Entonces otro de los
asaltantes, de nombre Coki Bermúdez e hincha de Chacarita Juniors, gritó:
-¡Quedesén piola, señores pasajeros, o los cago a tiros!
Pero no había terminado su amenaza cuando se volvió a sentir el zumbido de otro
envío. Mala suerte de funebrero
"¡Zuuuuuuum!"
Y la piedra le dió de lleno en la nariz. Esta sangraba abundantemente, y el caco
debió bajar la ferretería, para apretarse el naso con un panuelo. Su restante
colega sintió pánico por la forma como se había dado vuelta la tortilla, y
empezó a gritar que abrieran la puerta, para poder tomar un poco de aire.
-Pase por aquí, señor ladrón.
Pero nunca se debe pecar por exceso de confianza. El inspector ponía facha de
buen tipo, pero le hizo una zancadilla aprendida en la cancha durante su
juventud. Cuando iba a ver partidos de fóbal amistosos. Y lo planchó contra el
parabrisas. La batalla campal había terminado con el triunfo de los buenos. Así
que el pasaje rompió en aplausos.
-¡Viva el chófer!
-¡Viva el inspector!
-¡Viva el colectivo 60!
-¡Viva yo! –dijo el loco.
El conductor volvió a su asiento, y puso otra vez en marcha el motor. Mientras
tanto, cuatro señores bien dispuestos, ataban de pies y manos a los ladrones.
-Así no van a joder más –dijo el chófer.
-Dura lex, sed lex –comentó un estudiante de Derecho.
Dos monjas se persignaron.
-Ha sido la mano del Señor.
El vehículo se puso en marcha lentamente, retomó la calle, llegó a un semáforo,
y dobló a la izquierda.
-Nos salimos de ruta... –dijo un señor, que se había puesto de pie para bajarse
en la esquina siguiente.
-Yo creo que estamos yendo a la comisaría, para entregar a los detenidos y hacer
la denuncia –repuso su compañero de asiento.
Los representantes de la empresa no hablaban, y así llegaron al bosque de
Palermo. Entonces ocurrió lo inesperado. El colectivo se metió entre los
árboles, frenó hasta detenerse, y apagó las luces.
-Esto es un asalto –dijo el chófer.
-Si se quedan tranquis y entregan la plata, las joyas, los celulares y cualquier
otro ojepto de valor que tengan, no les va a pasar nada –agregó el inspector.
-Y con los chorros, ¿qué hacemos?
-Siéntenlos en algún tacho, para que se los lleve el basurero –ordenó el chófer.
Después hicieron bajar al pasaje, y tomaron despacito rumbo al norte, hasta
perderse en lontananza, por la Avenida del Libertador.
-Menos mal que se fueron –dijo el loco- acá hay unos faroles bárbaros para
romper.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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