Amor conyugal

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Rosa Beltrán

Hace algunos años decidimos entrar en el matrimonio con la alegre certeza de quienes entran en su perdición. No es que no nos guste la intimidad; a ella debemos una serie de canonjías insospechadas porque, bueno, él y yo no éramos tenidos como personas respetables, quiero decir, no éramos de fiar. Por lo demás, no me parece que esto fuera injustificado, porque no hay nada de respetable en eso de entrar caprichosamente a los mingitorios, por ejemplo, a escribir cosas. Mejor dicho, a uno, su favorito. Ignoro lo que escribirá; no es eso lo que me importa. Él y yo lo decidimos así: cada quien su vida. Se trata de mí, de tener que mirar siempre la misma fachada, esperándolo. ¿Tiene esto algún sentido? Temo que igual que lo otro, estos deseos también se hallen corrompidos por la urgencia o el deber, por la necesidad de cumplir con la imagen que nos hemos impuesto. Antes tuvimos que padecer en silencio el rechazo que los demás se empeñaban en hacernos evidente —nuestra indignidad no se debía a otra cosa que a nuestra situación de solteros—, y hoy, en cambio, podemos agradecer a nuestro estado civil, o al desprecio hacia todo a lo que éste nos ha llevado, la relativa facilidad con que podemos ocuparnos de cumplir nuestros deseos sin ser recriminados mayormente. Ya no resultamos ostentosos: estamos felizmente casados. Pero queda un estigma: él sigue exhibiendo su antigua libertad como si fuera la de hoy. No obstante, poco a poco hemos ido plegándonos a las fatales convenciones que en un principio nos resultaron hasta divertidas, inmersas en el hálito misterioso que rodea todo lo nuevo. A veces pienso que todavía nos quedan muchas cosas por compartir. La noche y la memoria; quizá también la indiferencia. O quién sabe. A lo mejor tampoco eso.

A él le gustaba asistir a lugares donde no era conocido. Nunca echó raíces; su día estaba constituido de pequeños fragmentos imposibles de relacionar, pero carentes de toda significación. De toda una serie de actos recurrentes nunca pudo sacar nada en claro, por la sencilla razón de que no había nada que sacar: siempre que podía, evitaba concienzudamente nutrir cualquier idea o seguir una conversación que empezara a incursionar más allá de lo trivial. Tampoco permanecía en el mismo sitio demasiado tiempo. Le aterraba ser reconocido por alguien, ser buscado, invitado. Su terror partía de la necesidad de no ser identificado ni identificar las cosas como familiares. No tener que definirse. Ser cómodamente anónimo. Libre. Y ser libre era entonces ser informe.

De vez en cuando asistía a los baños generales con la ilusión de encontrarlos casi vacíos; evitaba todas esas miradas ante las que sentía la necesidad de justificar algo. Le bastaba decirme que iba con T., para que yo comprendiera. No era T., no era alguien en particular. Pero siempre hay que poner nombre a las cosas. Hermosos cuerpos amorfos; cuerpos sin ojos. A veces, le bastaba con rozar una pierna tibia sin rozarla, o mirar una instantánea, única vez otros ojos para después rechazar esas naturalezas masculinas sin redondeces que deformaran la perfecta erección de su altura mientras él, casi acostado, los veía de arriba abajo sin emoción. El entusiasmo por hacer cómplices a quienes no lo conocían y en pocos minutos lo olvidarían por completo, lo impulsaba a llevar los contactos furtivos un poco más allá de lo ambiguo. Y luego, salir casi de inmediato a respirar el aire atestado de otros vahos y tomar algún café; hojear alguna revista o entrar a escoger largamente un disco que no iba a comprar. Más tarde venía por mí. A las siete. Entonces, mi cuerpo abría una ventana y poco a poco, a hurtadillas, entraba el placer.

A intervalos, pero de modo muy lento, nos fuimos habituando a otras costumbres. Por mi parte, adopté partículas entrecortadas de una lengua desconocida hasta ese momento, y comencé a hablar con demasiada frecuencia de la cocina, el clima y las últimas noticias, es decir, de todos aquellos lugares comunes con los que compartía la dicha de una vida sin complicaciones. Comencé a disfrutar del placer de reconocerme cada día, idéntica y fiel a la persona que había sido el día anterior. Él, en cambio, permanecía inmaculado. Ser fiel a sí mismo significaba repetirse. Pero en ambos casos nuestro verdadero mundo permanecía oculto, y esa superioridad nos aislaba de un modo sorprendente del juego que nos incluía y nos hacía identificables. Por las noches dejábamos a sus padres en la compañía de los nietos que raramente disfrutaban con sinceridad, y salíamos a toparnos con una ciudad tibia y llena de esperanza. Nos entregábamos a la mañana de una noche que se abría para recibir nuestros mustios cuerpos anhelantes de observarlo todo, de embeberse de todos sus rincones. Para él hubiera sido un insulto hablar de lo ridículo que lucía con esa ropa anacrónica y envejecida con deliberación. Amaba los sombreros. Es curioso que ahora lo refiera de este modo, porque entonces me resultaba encantador. Me gustaba que sudara, por ejemplo. Ahora lo detesto. Pero en ese tiempo, un agradable tedio nos hacía disfrutar de todo lo que considerábamos sensual. A veces entrábamos separadamente en un bar y yo me alejaba para observarlo a distancia. Al invitarme, algunos minutos después, a compartir lo que de este modo podía resultar más interesante, ambos teníamos que admitir que la secreta complicidad que nos unía, obraba también en nuestra contra. Más tarde nos dirigíamos silenciosos a nuestra cama de esposos, y eso bastaba para que una distancia se nos interpusiera. Yo comenzaba a desvestirme dándole la espalda y él, sin notarlo, se volteaba hacia el lado opuesto, durmiéndose a los pocos segundos. Pasaría algún tiempo antes de que el sueño que súbitamente lo invadía todo fuera más un motivo real de incomunicación que una tregua: nuestras naturalezas están confeccionadas con tal meticulosidad que la memoria, siempre acechante, nos libera con cierta eficacia del apuro de la inconstancia. El temor que se oculta entre las valvas de nuestra noche era entonces sólo bálsamo y descanso.

No recuerdo cuándo empecé a disfrutar de la tristeza que mi adaptación le causaba. Él hubiera deseado que me buscara un amante, que intentara una vida alejada de lo vulgar, como la que antes compartíamos. Con su curiosidad antigua me miraba sin comprender la traición que con ello hacía a mi posible adulterio, mientras yo le sonreía, invadida de una extraña generosidad. Empecé a ocupar mis horas al lado de Alicia, mi cuñada, y de mi suegra. Tenaces como pulgas, los niños rondaban entre tanto, gritando, jugando, gritando:

Juan Pirulero mató a su mujer
con siete cuchillos y un alfiler;
todos creyeron que era un cordero
pero era la esposa de Juan Pirulero.

Hablábamos de los quehaceres, de los deberes, de los ciclos. Los rituales cotidianos nos hacían sentirnos seguras, próximas a la tierra; la purificación del diálogo incansable nos aislaba del miedo. Pequeños incidentes, como el hecho de que María, o Alberto, o Ramón sufrieran algún percance insignificante, cortaban la conversación por momentos y yo me regalaba, al tiempo de levantarme, una modesta convicción: “soy una fracasada”, y me agradecía en silencio el placer de las humildes satisfacciones que la vida aún podía reservarme. Extrañamente, era feliz. Las visitas al interior de mis deseos eran cada vez menos frecuentes y la ausencia de caricias se fue volviendo una costumbre. Habíamos aprendido a expresar nuestro afecto a través de la tradición y la vida en familia a que nuestros parientes nos habían orillado con un esmerado proteccionismo, aunque no recuerdo que él hubiera estado en esas tertulias presente del todo sino muy rara vez. Yo hablaba por su boca y eso era suficiente. Desconocía sus gustos y opiniones deliberadamente con el fin de reinventarlo, y él se ocupaba de aprenderse con aplicación. Trataba de hacer suyas todas esas frases que no entendía y que se referían a su persona, y asentía con deferencia. Muy rara vez la distracción permitía que se hiciera algún silencio y entonces la angustia se nos metía entre la ropa, desconocida y perfecta. Empezamos a salir con menos frecuencia y a hacer más sencillas nuestras diversiones: al cine más próximo, al restaurante de la esquina. Él, sin embargo, buscaba con cuidado el momento más propicio para exhibir su disidencia. Se conformaba con poco; un tímido grafiti, una provocación. Y una atención moderada cuando exponía sus fingidas hazañas con demasiado aparato. La última de ellas había sido proponerme matrimonio.

¿Nos proponíamos imitar a nuestros padres, o una suerte de designio nos empujaba a actuar como ellos? Se hubiera podido registrar con precisión, de haberlo querido, la causa por la que esa suerte de complicidad se nos infiltraba cuando coincidíamos en la misma reflexión: desayuno a las ocho/niños a la escuela/trabajo/breve intercambio con el café; niños del trabajo/parque/trabajo/cena y sueño: mirábamos nuestro pasado con desconfianza.

A nadie se le puede reprochar que odie y ame a la vez, así que, ¿cómo saber lo que él y yo hubiéramos querido recriminarnos cuando nos mirábamos? Una tibia sonrisa: difícilmente podía convencerme de que algo iba a cambiar y sin embargo tampoco lo deseaba. Me gustaba verlo frente al televisor, gastando sus horas con indolencia; me gustaba que todo fuera siempre tan igual. Una muerte decorosa y a tiempo es todo lo que puede honestamente desearse, pensaba.

Los niños duermen; casi puedo oír el suave ritmo de sus pulmones y él está terminando de desvestirse: “este muñequito de hule ya se va a dormir”, pero antes, apenas unos instantes, una larva pálida y sin esperanza: un sexo. Lo tomo con cautela entre mis manos y lo beso. También hubiera querido estrujarlo, torturarlo y morderlo y no obstante, lo beso con suavidad en espera de mi próxima ocasión de brillar: la comida, la limpieza, una fiesta de cumpleaños.

(De Amores que matan, Seix Barral, 2008)