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Obispo de la Iglesia Católica, Enrique Angel Angelelli nació el 17 de junio de 1923. Ofrendó su vida al servicio de los más humildes, su lema "Con un oído puesto en el Evangelio y otro en el pueblo", concitó el odio de las clases conservadoras que lo tildaron de "comunista". El 4 de agosto de 1976, a principios de la dictadura militar, fue asesinado, fraguándose el atentado en un accidente de tránsito.

NOTAS EN ESTA SECCION
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La Iglesia de los oprimidos | Entrevista a Fray Antonio Puigjané, Revista Humor, 1983

ENLACES RELACIONADOS
http://usuarios.lycos.es/angelelli
Grupo De Sacerdotes En La Opción Por Los Pobres
http://www.servicioskoinonia.org/martirologio

LECTURAS RECOMENDADAS
CELS - Muertos por la represión (pdf 100K)


Marcha 24 de marzo 2006: Angelelli vive en la memoria de su pueblo
 

Detenciones en La Rioja por el asesinato de dos sacerdotes

Mártires de la otra iglesia [Página/12, 24 de abril 2008]

El vicecomodoro Luis Fernando Estrella, ex segundo jefe de la Base Aérea de Chamical, y el ex alférez Miguel Ricardo Pessetta fueron arrestados por su participación en los asesinatos de los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Rogelio Gabriel Longueville.

Por Diego Martínez

Dos oficiales retirados de la Fuerza Aérea fueron detenidos ayer en La Rioja por su participación en los secuestros y asesinatos en 1976 de los sacerdotes tercermundistas Carlos de Dios Murias y Rogelio Gabriel Longueville, más conocidos como "Los Mártires de Chamical". Se trata del entonces vicecomodoro Luis Fernando Estrella, ex segundo jefe de la Base Aérea de Chamical y figura central de la dictadura en La Rioja, y del ex alférez Miguel Ricardo Pessetta. Citados a prestar declaración indagatoria, ambos hicieron uso de su derecho a no quebrar el pacto de silencio. Son los dos primeros detenidos por crímenes de lesa humanidad en La Rioja. "Es un pequeño gran paso después de tantos años de buscar pruebas", celebró Cristina Murias, querellante y hermana del cura asesinado, quien espera con paciencia cristiana que la Iglesia "deje de mirar para otro lado" y se constituya como querellante.

El párroco francés Longueville y su vicario Murias fueron secuestrados en la noche del 18 de julio de 1976 en la parroquia El Salvador, de Chamical. Sus cuerpos fusilados, con los ojos vendados, aparecieron en un descampado al sur de la ciudad. Murias tenía signos de torturas. Hoy el sitio se denomina Los Mártires y un oratorio honra sus memorias.

El 23 de marzo de 2007 el fiscal general Alberto Lozada, de la Cámara Federal de Córdoba, promovió junto con los fiscales Graciela López de Filoñuk y Horacio Salman la acción para que se investiguen sus crímenes. Adjudicaron el secuestro a Pessetta, al capitán Miguel Angel Escudero, los policías Juan Carlos "Bruja" Romero y otras dos personas. Como emisores de la orden, a los vicecomodoros Lázaro Aguirre y Estrella, jefe y subjefe de la base, y al coronel Osvaldo Pérez Battaglia, jefe del Batallón de Ingenieros 141, todos bajo la órbita del comandante del Cuerpo III, general Luciano Benjamín Menéndez. El 5 de marzo último Murias se presentó como querellante con el patrocinio de las abogadas Cristina Herrera, Adriana Mercado Luna, Viviana y María Elisa Reinoso. El 19 el juez federal Daniel Herrera Piedrabuena citó a los policías Romero, director de Informaciones, y Benito Vera, por su rol en el espionaje previo a los secuestros. Ambos se negaron a declarar pero no quedaron detenidos.

Ayer, Franco Grassi subrogó a Herrera Piedrabuena, ausente por viaje. Estrella, de 74 años, a quien hasta el fiscal daba por muerto, se presentó por la mañana. El defensor oficial Daniel Narbona se negó a asistirlo. Adujo "violencia moral": su padre Nicolás Narbona, ministro de Acción Social riojano de 1973 a 1976, fue preso político durante la dictadura. Lo asistió el defensor Juan de Leonardi, pero Estrella se negó a hablar. Luego hizo lo propio Pessetta. El suboficial Sergio Martínez también estaba citado a indagatoria pero no se presentó a declarar. Ante la ausencia del fiscal Darío Illánez, su secretaria Martha Kinath y las cuatro abogadas pidieron las detenciones, que ordenó Grassi. A las dos de la tarde Estrella y Pessetta fueron trasladados a una dependencia de la Policía Federal. Un hombre de unos cuarenta años vestido con clerygman que dijo ser capellán castrense pero prefirió no identificarse asistió al ultracatólico Estrella antes de la partida. El comodoro retirado es el mismo que el 18 de enero de 1988 comandó la banda que copó el aeroparque Jorge Newbery durante tres horas en un golpe fallido contra el presidente Raúl Alfonsín, a quien consideraba marxista.

La Rioja tiene cuatro causas paradigmáticas. La más avanzada es la que investiga el asesinato del conscripto Roberto Villafañe. Le sigue la de los mártires. A paso lento marchan las que investigan los crímenes del obispo Enrique Angelelli y del catequista Wenceslao Pedernera. Francia también abrió una causa por Longueville a pedido de sus hermanas. "Es un paso muy importante, son los primeros detenidos. Estrella participó en la logística de los crímenes de mi hermano y Gabriel, pero también de Angelelli y Pedernera", apuntó Murias, quien lamentó "que no se acumulen las causas" y confesó que la exigencia de justicia por el crimen de su hermano "ha sido una de las razones de mi vida en todo este tiempo".


La Iglesia recuerda a Angelelli a 30 años de su asesinato

La hora del reconocimiento oficial

Con todo, la figura de Angelelli sigue generando controversias entre los distintos sectores de la Iglesia. Por primera vez habrá reconocimientos institucionales.

Por Washington Uranga

Treinta años después de su asesinato, el 4 de agosto de 1976, la figura de Enrique Angelelli, quien fuera obispo de La Rioja, sigue generando controversia en el seno de la comunidad católica argentina. Pero hoy el reconocimiento llega incluso a los niveles institucionales, a la jerarquía de la Iglesia que durante tantos años estuvo reacia a asumir el hecho mismo del asesinato y, en términos cristianos, la condición de mártir de Angelelli. Ahora los obispos, encabezados por el propio cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal, irán hasta La Rioja para recordar y conmemorar lo que antes reconoció la sociedad y, sobre todo, el pueblo católico de La Rioja, que siempre consideró "al Pelado", como cariñosamente le decían, como un "santo". Aunque la Iglesia institucionalmente ni siquiera ha progresado en el proceso de canonización de Angelelli, existen en todo el país, particularmente en La Rioja, muchos altares populares que recuerdan y veneran la imagen del obispo asesinado mediante un accidente fabricado en la ruta que une El Chamical con la capital riojana.

Gran parte de la feligresía católica ha reconocido a Angelelli invocando su nombre en los actos litúrgicos, bautizando con su nombre capillas, salones, seminarios y hasta una radio como la del obispado de Neuquén, en la capital de aquella provincia. Su imagen no sólo se venera, sino que acompaña y preside la mayoría de los actos que celebran los sectores católicos que pueden identificarse con la "opción por los pobres". De la misma manera, los conservadores tratan de ignorarlo y, como estrategia, siguen aferrándose a la burda explicación que los militares dieron para su muerte violenta en 1976: "fue un accidente". No opina lo mismo el obispo emérito de Viedma, Miguel Hesayne, quien desde siempre viene sosteniendo –junto a un puñado de otros obispos entre los que siempre se contaron los ya fallecidos Jorge Novak y Jaime de Nevares– que está probado "en forma definitiva e incontrovertible" que hubo "homicidio calificado" y califica de "patraña criminal" la versión sobre el accidente (ver aparte).

Para Rodolfo Viano, sacerdote franciscano que trabaja en Aguaray (Salta), "en la Iglesia jerárquica la figura de Angelelli aún no ha cobrado mucha importancia". Eso porque, señala, "se huele una (¿exagerada? ¿ideológica?) ‘prudencia’ por no llamar a la cosas por su nombre: ‘asesinato’, y, por ser consecuente con el Evangelio: ‘martirio’". Según Viano, "quizás este año, con los treinta años ‘puestos de moda’ por el gobierno ‘progre’ que sigue acaparando y usurpando el poder, se diga o se recuerde algo más". Sin embargo, sigue pensando que "no veo mucho interés en que se lo conozca (a Angelelli), y se sigue dudando de su ortodoxia y de alguna contaminación ‘zurda’ a su pensar y obrar". Aclara no obstante que "en el ’76, ni me enteré cuando lo mataron. Yo tenía 17 años, vivía en la militarizada Bahía Blanca Natal, y aún no pensaba en ser franciscano y cura. Es más. Me tranquilizaba ‘el orden’ que había puesto ‘el proceso de reorganización nacional’".

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Monseñor Enrique Angelelli - La Iglesia

Para Eduardo de la Serna, coordinador del Grupo de Sacerdotes por la Opción por los Pobres, "hacer memoria es traerlo (a Angelelli) al presente para que viva y hable. Si Angelelli fuera una estampita no sería "hacer memoria sino vaciarlo de sentido". Y refiriéndose al anunciado acto de La Rioja, asegura que "si varios obispos van a participar de su memoria puede ser un ‘culto vacío’, como el que frecuentemente denunciaron los profetas, o puede ser hacer presente al obispo que quisiéramos –y creemos que Dios quiere– para nuestro presente: obispo del Vaticano II y Medellín, obispo cercano a los pobres, adversario de los poderosos, comprometido con la historia. Hasta dar la vida". Porque "Angelelli es un grito de Dios que dice dónde está Dios en este drama de la historia".

¿Qué es lo que piensan los curas de hoy de Angelelli? Para Marcelo Colombo, de la diócesis de Quilmes, "su figura tiene una gransignificación para mí como sacerdote, no sólo por el momento histórico en que desarrolló su ministerio, sino también por lo que él, como buen pastor, supo generar en su diócesis y en los distintos espacios de comunión de la Iglesia argentina en la que actuó". Angelelli, agrega, "fue testigo generoso y fiel de Cristo en años dramáticos para nuestro pueblo; amó y actuó en consecuencia hasta derramar su sangre".

Javier Buera, otro que cuando mataron a Angelelli cursaba el colegio secundario y hoy es cura, asegura que "estando en el seminario oí hablar por primera vez de él, de su cercanía a la gente y su manera de vivir la fe expresada en la frase ‘un oído en el pueblo, el otro en el Evangelio’, la valentía para buscar y decir la verdad, enfrentando pacíficamente el poder del gobierno militar". Todo esto, dice Buera, "me sigue hablando de un hombre de fe sencilla, llana y hermanado con los demás hombres, mirando sobre todo por los más pobres, los menos favorecidos". Y subraya: "Me habla de un modo en el que realmente vale la pena ser hombre, cristiano, cura... que aunque te demande la vida, no te la quita".

 
Trailer del documental dirigido por Víctor Laplace y Fernando Spiner
 

Carlos Saracini, un joven sacerdote de los misioneros pasionistas, párroco de la Iglesia de Santa Cruz en Buenos Aires, dice que "Angelelli me hace creíble el Evangelio y el discipulado de Jesús en la Iglesia, ayer y hoy. Su vida, su entrega y su martirio es inspiración constante para mi vida consagrada y para mi ministerio sacerdotal. Gracias a él y a muchos testigos quiero gestar una Iglesia más fraternal, más sencilla, participativa y colegiada, que crea y ama profundamente la historia, buscando con otros y otras instituciones, desde y con los pobres". Para el cura Jorge Marenco "en una Iglesia que no se ha caracterizado por su voz profética encontrarnos con un obispo que fue profeta, y también testigo hasta el fin de la fe en la cual creía nos da, a los que creemos, en la fuerza del Evangelio, como grito silencioso y gesto de amor al más desprotegido, un aliento profundo de esperanza, de creer y pensar que una Iglesia comprometida con el pobre, la realidad, el propio tiempo que le toca vivir, no sólo es posible sino maravilloso de vivir".

"El Pelado, desde su vida y sus opciones, es para algunos de nosotros, los curas, una síntesis que nos exige esta sociedad: ‘con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio’, y agrego, ‘en el corazón de los pobres’", sostiene Gustavo Gleria, el joven párroco del Niño Jesús de Praga, en el Barrio Junior de la ciudad de Córdoba. Para este cura, lo anterior "nos obliga a hablar de justicia, de memoria y de dignidad. Aunque estas palabras nos encasillen en ser comunistas, tercermundistas o curas que se meten en política. Si así lo identifican al Reino, seremos curas comunistas".

Coincidiendo con la mayoría de sus colegas, Gleria asegura que la jerarquía de la Iglesia "no puede detener la fuerza de éste y de otros mártires latinoamericanos y, por esto tal vez, busquen suavizar la figura de Angelelli, colocándolo en los altares, santificándolo, pero santidad sin memoria no existe. Angelelli sin la palabra asesinato sería repetir lo que hicieron con Jesús a través de los siglos: nos convencieron de que murió por nosotros, que ‘entregó su vida’, tapando que lo mataron por defender una justicia social".

Fuente: Página/12, 30/07/06


Cardenal angelizado

Kirchner declarará día de duelo nacional la fecha del asesinato de Angelelli y Bergoglio presidirá un homenaje en La Rioja. La excursión angelizadora procura remover obstáculos en la marcha del cardenal hacia el papado. Este mismo año, un libro editado por Bergoglio mutiló un documento histórico sobre el proceso de liberación inspirado por Angelelli. Esto no quita significado político al tardío reconocimiento de su asesinato. La Iglesia lo negó mientras pudo y ahora intenta capitalizarlo.

Por Horacio Verbitsky

"Si la Iglesia hubiese hecho lo que correspondía, no hubiera muerto Angelelli"

El 28 de febrero de 2003 murió Miguel Ramondetti, una verdadera leyenda entre todos aquellos que conocieron la epopeya del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que alcanzó a reunir a más de 500 curas de parroquias populares en la Argentina de los años ‘70. En este reportaje, uno de los últimos que concedió, Ramondetti recorre los momentos más importantes de su vida y analiza el papel jugado por la Iglesia frente a su Movimiento y la represión dictatorial.

Por Luis Bruschtein

Miguel Ramondetti trabajó de obrero la mayor parte de su vida, en la construcción como albañil, y fue metalúrgico y electricista. Cerca de los 80 años decía que el cuerpo ya no le daba y se ganaba la vida con una computadora haciendo publicaciones. Fue cura obrero, uno de los fundadores y secretario general del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que protagonizó una de las gestas más comprometidas de los años ‘70 y muchos de esos curas fueron asesinados, desaparecidos o presos. "Nosotros estábamos con el Jesucristo profeta, el que luchaba con la gente, insultaba al gobernador romano y enfrentaba al imperialismo de la época", afirmaba con vehemencia. Estuvo preso, fue reprimido y estuvo exiliado en Nicaragua. "Al regresar no quise presentarme a filas, no volví al ministerio después de todo lo que había pasado en Argentina ante la pasividad de la Iglesia", explica en este reportaje, uno de los pocos que otorgó en los últimos tiempos, en el que repasa su vida y la historia del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
–Yo siempre digo que no hubo una voluntad de fundar algo. El Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo no se creó, nació. Surgió de una serie de situaciones previas. Parto de la posguerra en Europa y del ámbito específico donde se generó el Movimiento, que es la Iglesia. Por ejemplo, en Francia y Alemania y un poco en Bélgica había surgido el movimiento de los curas obreros. Estaban los sacerdotes que habían sido llevados por los nazis a campos de concentración. Al volver eran otras personas por lo que habían visto y vivido. Pensemos en un sacerdote tradicional, dentro de una estructura muy cerrada, verticalista y autoritaria que de pronto se encuentra inmerso solo en un ámbito brutal como eran los campos de concentración. Al volver llevaron esa experiencia a sus lugares de origen y comenzó todo un movimiento. Estaba el Concilio Vaticano II y había algunas experiencias previas en las cuales participé en Buenos Aires. Algunos sacerdotes habíamos estado en Europa, yo estuve cinco años estudiando teología en Roma y había tenido contacto con sacerdotes con las mismas inquietudes. Al principio fue un deseo de renovación interna, pero a algunos nos llevó rápidamente a tomar contacto con una realidad popular, sobre todo con una realidad obrera.
–¿Dónde fueron esas experiencias?
–Cuando terminé mis estudios en 1952, volví al país y me destinaron a una parroquia en la capital, Todos los Santos. Allí ya estaba funcionando esta idea, había dos sacerdotes con los que habíamos convivido en Roma y yo me integré con ellos. Después fui tomando más opciones de tipo social, no tan a la interna de la Iglesia. Ya tenía la idea de los curas obreros franceses. Se creó un centro dependiente de esa parroquia, pero que funcionaba en Paternal, del otro lado del Warnes. Ahí empecé a trabajar.
–¿Trabajaba como obrero?
–Bueno, no te daban permiso y sin permiso no se puede hacer nada. Pero bueno, le buscábamos la vuelta. Trabajaba en lo social nada más. Empecé a ayudar a la gente del barrio y allí aprendí el oficio de albañil, porque los ayudaba a hacer sus casitas. El primer día que llegué de uniforme, con sotana, me miraban y no podían creerlo. Me saqué la sotana, la colgué de un alambre, se creó una relación y empecé a ayudarlos con la mezcla. Se creó una mutual de ayuda a la construcción de viviendas y yo trabajaba de eso. Todavía no me daban permiso para trabajar en una fábrica, que era lo que yo quería.
–¿Pero entonces no pudo entrar a una fábrica?
–Pasaron varios años, hasta que presionando y presionando conseguí una media autorización y ahí me fui. Estuve trabajando un año y medio en una fábrica metalúrgica donde hacían las primeras multiprocesadoras, pero me echaron por revoltoso. En realidad me echaron porque me afilié al sindicato cuando nadie estaba afiliado. Por suerte, después que me echaron los muchachos se avivaron y se afiliaron.
–¿Y cómo surgió la idea o el impulso inicial para fundar el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo?
–Se iba armando así la cosa: yo estaba en Paternal, pero me quería ir a trabajar al interior. Estábamos a fines del ‘67. Había un compañero del grupo donde nos reuníamos en Buenos Aires que había sido nombrado obispo de Goya. Un grupo de curas queríamos trasladarnos allí, hablé con él y lo fui a ver. En la conversación, en su despacho de la curia, me dijo: "Ah mirá, acá me llegó esto, a vos te puede interesar" y me tiró un folleto. Decía: "Proclama de 18 obispos del Tercer Mundo". Eran obispos que se habían reunido en Roma a partir del Concilio. Entre los latinoamericanos estaba Helder Cámara, que era quien lideraba eso. Lo hojée y me entusiasmé a lo loco, porque me pareció una cosa de avanzada y desde un ángulo que nos ayudaba mucho porque eran obispos, no eran curas sueltos, loquitos, como nos consideraban a nosotros, y hablaban con un lenguaje distinto, con una posición diferente, sobre la situación de los pobres en el mundo. Por primera vez, que yo sepa, en un documento eclesiástico de esa envergadura aparecía una especie de opción por el socialismo.
–¿Convocaron a una reunión?
–Ni eso, simplemente decidimos difundir el documento y pedir adhesiones. Ahí empezó a nacer, sin grandes esfuerzos. Hicimos una lista entre tres o cuatro curas y lo mandamos. Nos sorprendió cuando empezamos a recibir una cantidad impresionante de adhesiones, nos llovían cartas, casi todos respondían. Y había un denominador común: subrayaban la necesidad de hacer una reunión. Entonces desde Buenos Aires organizamos el primer encuentro en Córdoba. El envío de la carta fue en noviembre del ‘67. A principios del ‘68 empezaron estas reuniones.
–¿Era heterogénea la composición?
–Curas obreros éramos pocos, dos o tres, pero muchos estaban en parroquias en zonas populares, humildes. Era heterogéneo, pero nos unía una misma idea de renovación de la Iglesia.
–¿Usted estuvo preso en Goya?
–Pero por pocas horas, un día. Dos veces, una con Onganía y otra con Lanusse. Pero lo de Goya no tenía que ver con el Movimiento. Yo fui secretario general del Movimiento durante casi todo el tiempo. A nivel nacional me visualizaban de todos lados, tanto los obispos como la policía y el Ejército, pero lo de Goya más bien fue por cuestiones locales. Yo trabajaba en un barrio pobre con muchos problemas, se inundaba frecuentemente. Habíamos creado una comisión vecinal. Goya era una ciudad chica, muy tradicional y de pronto le armamos una manifestación por las calles de asfalto. Ese día fue glorioso. El comisario se estaba afeitando en una peluquería y nos vio pasar por el espejo. Salió furioso, llamó a las tropas, nos metieron adentro, nos tuvieron toda la noche. Después vinieron abogados para sacarnos. Otra vez vinieron a mi casa. Vino el comisario con cinco policías, me allanaron la casa. Empezaron a sacar libros, cosas. Un policía encontró una Biblia que tenía como título El libro de la Alianza y creyó que había encontrado material subversivo. Me tuvieron hasta la madrugada y a la medianoche comenzaron a interrogarme. Otra vez nos metieron presos como a cincuenta curas en Rosario porque habíamos manifestado a favor de los presos políticos. También surgió la idea de mandar una carta a la reunión que se iba a celebrar en Medellín. Pensamos que los obispos iban a cerrar la cosa condenando a los movimientos populares. Entonces hicimos una carta que en síntesis decía que no se podía condenar la violencia de los oprimidos sin atacar la violencia de los opresores. Conseguimos más de 500 firmas de curas argentinos y más de 400 de sacerdotes latinoamericanos. Eso llegó a Medellín y tuvo mucho efecto. Incluso algunos documentos tomaron ideas de esa carta.
–¿No tenían problemas con la jerarquía eclesiástica?
–Yo creo que todo esto nació en buen ambiente, nació fuerte. Todo lo del Concilio, toda la renovación que había dentro de la Iglesia y lascondiciones externas. Cinco o diez años antes nos hubieran cortado la cabeza. Hubo presiones y ese tipo de cosas. La más fuerte fue una declaración de la Comisión del Episcopado, con el cardenal Antonio Caggiano a la cabeza. Hicieron un comunicado de condena al estilo tradicional. Les respondimos con un libro como de ciento y pico de páginas con argumentos teológicos, citas de la Biblia y de filósofos.
–Cuando un cura tenía un problema de represión, ¿se solidarizaban con él?
–Se han dado cosas muy divertidas. Si había un conflicto interno de la Iglesia o a uno lo llevaban preso o lo que fuere, ahí íbamos todos, huelga de hambre o nos sentábamos en la catedral. Hubo un conflicto en Corrientes y otro en Rosario. El obispo echó a todos los curas en un momento determinado y ahí fuimos para solidarizarnos. Pero tratábamos de que no nos adormeciera la interna de la Iglesia, nosotros no surgimos para cuidar la situación de los curas, nos hizo surgir la realidad sociopolítica.
–¿Y cómo empezó el desgaste?
–Hay diferentes interpretaciones. Algunos piensan que fueron las discusiones sobre cuestiones de la Iglesia, como el celibato. Alguno se había casado y discutimos si podía seguir en el Movimiento. Unos pensábamos que sí, otros que no. Yo pienso que lo fundamental fueron los temas que tenían que ver con la realidad externa. Analizando la situación social del país y puestos plantear soluciones en grandes líneas, atacábamos al sistema, como se decía en el lenguaje de la época, y proponíamos como alternativa un socialismo "a definir", no planteábamos el socialismo de los países del Este ni mucho menos, ni nombrábamos al marxismo, aunque algunos pensábamos que iba por allí. Habíamos quedado en eso. Cuando el país comienza a movilizarse por la vuelta de Perón, en los años ‘70, ‘71, ‘72, ‘73, empieza la gran interna. Con la vuelta de Perón hubo un recalentamiento interno que era una cosa positiva porque respondía a nuestro contacto con la realidad, no a cuestiones personales, subjetivas o de poder, sino a un requerimiento exterior, era el país que estaba en esa lucha del Perón vuelve. No éramos curas encerrados en nuestros templos con nuestras viejitas alrededor. Eran curas que vivían en barrios humildes, que estaban en contacto con la gente. En Buenos Aires, el Movimiento Villero surgió de todo eso. Había un contacto muy fuerte con la realidad social, que necesariamente, a poco andar, lleva a la realidad política.
–Debería ser muy difícil mantener la discusión política dentro del encuadre religioso que tenían como sacerdotes...
–Sí, pero soluciones para lo social dentro de lo social no existen. Entonces se trataba de incursionar en lo político desde nuestro ángulo. Nunca se nos ocurrió perder esa condición, armar un partido ni nada por el estilo. Reflexionábamos desde nuestro punto de vista y desde lo religioso. Nos preguntábamos ¿qué significaba ser cristiano en Argentina? ¿Qué se nos exigía a nosotros como cristianos, como sacerdotes? Eramos sinceros, y respondía a una exigencia de nuestro ser como curas. Igual se armó una gran interna. La mayoría estaba por el peronismo y una minoría seguimos planteando la opción original. Eso nos llevó a un enfrentamiento serio. La cohesión del principio se fue como resquebrajando. Yo pienso que esa grieta interna sola no explicaría la desaparición del Movimiento. Pero justo cuando estábamos debilitados comenzó una terrible represión, primero con la Triple A que asesinó a Mugica y después los militares. Y nosotros estábamos muy expuestos, no teníamos experiencia de clandestinidad. Aparte de las organizaciones armadas que tenían esa experiencia, nosotros trabajábamos en la superficie, firmábamos lo que decíamos, hablábamos con los periodistas. Cuando empezó la avalancha de Videla y compañía, nos agarró así, era irse o morir. Muchos murieron, fueron desaparecidos o presos y otros pudimos salir.
–¿Usted pudo salir del país?
–Estuve dos años y medio en Francia, un año en México y en 1980 fui a Nicaragua, donde estuve cinco años. Después del golpe aguanté tres meses en Goya hasta junio. Habían intentado secuestrar al presidente de la comisión vecinal. Los compañeros me dijeron "te vas o morís". Esa noche dormí en el rancho de un vecino por seguridad. Pero fueron a la casa del presidente. En Buenos Aires estuve casi un año y medio, medio clandestino, viviendo en el sur, trabajaba de albañil, pero cada día era más difícil.
–¿Y la Iglesia no lo ayudó?
–No es que no haya tenido apoyo, apoyo tuve, lo que pasa es que también era una cuestión de opción política y de opción personal. Yo no podía comprometer a gente que no se hubiese comprometido también conmigo en mi propia opción. Hubo curas que me ayudaron, pero ¿con qué derecho iba a pedirles ayuda? Dormí en parroquias de amigos míos en días difíciles, pero yo pensaba: "¿descubren esto y se llevan a este amigo mío?". Pobre tipo, que era más bueno que el pan aunque nunca se había metido en nada, pero se jugaba porque era mi amigo. Yo no tenía derecho a exigirle ese nivel de riesgo. El que me ayudó realmente fue monseñor Jorge Novak, porque yo había quedado descolgado de Goya, había perdido contacto con la gente y con mi obispo. Con un seudónimo había conseguido trabajo de albañil en un caserón grande y me dejaban dormir en la obra. Antes paraba en el sur y tenía que cruzar todos los días el puente de Avellaneda y siempre había milicos parados ahí que pedían documentos, había pinzas. Novak era uno de los pocos obispos que comprendía la situación y se jugaba. Por medio de él conseguí que la Nunciatura me renovara el pasaporte para salir del país.
–¿En el tiempo que estuvo exiliado seguía en la Iglesia?
–Sí, a Nicaragua fui con el único obispo que estaba más o menos enganchado con el Frente Sandinista. Después el obispo medio se enfermó y quedó a un lado. Estaba en Estelí y trabajaba como en Goya, vivía en un barrio, trabajaba de albañil, de electricista, trabajé en la municipalidad y en el mantenimiento de una escuela. Ahí me hice amigo de Fernando Cardenal.
–¿Sigue siendo cura en la actualidad?
–Sí y no. No me presenté a filas, como dicen los milicos. Estuve en el ministerio hasta que volví en el ‘85. Ahí me planteé todo lo que había pasado, sobre cien obispos argentinos en la época del Proceso, a uno lo asesinaron, que era Angelelli, quedan tres o cuatro que relativamente entendieron la situación y salieron al frente. Creo que al obispo Ponce de León también lo mataron, aunque lo hicieron aparecer como accidente. Estaban Hesayne, De Nevares y Novak, ¿dónde estaban los demás? Yo me preguntaba ¿quién puede frenar esto?, y siempre me respondía que la única que podía era la Iglesia Católica si hubiera querido comprometer realmente a la Iglesia internacional, al Vaticano. Todos sabían lo que estaba pasando, que no vengan con el cuento. Si hubieran hecho lo que correspondía no hubieran muerto Angelelli y muchos miles más.

Fuente: www.lafogata.org

El miércoles 2, el gobierno honrará al asesinado obispo Enrique Angelelli con la firma de un decreto que declarará el 4 de agosto día de duelo nacional. El viernes 4 el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Jorge Mario Bergoglio, encabezará la delegación de obispos que rendirá homenaje al mártir en La Rioja. Los prelados lo harán en la ciudad capital, mientras sacerdotes y laicos, junto con el secretario de Culto de la Nación, Guillermo Oliveri, peregrinarán hasta el sitio en las afueras de El Chamical donde hace treinta años se cometió el crimen, en un fraguado accidente de carretera.

La excursión angelizadora de Bergoglio es parte del intento de remover cualquier obstáculo que se interponga en su camino hacia el papado. Su principal aliado en esta operación es el Comisionado Episcopal de Pastoral Social, Jorge Casaretto, uno de los únicos tres obispos de los años de la dictadura que quedan en actividad. El cardenal procura blanquear su conducta durante los años de la dictadura militar, cuando era superior provincial de la Compañía de Jesús y mantenía una cordial relación con el jefe de la Armada, Emilio Massera, que secuestró a varios de sus sacerdotes. Esto no implica minimizar la importancia política del gesto, por parte de una institución que primero aisló a Angelelli, luego aceptó a sabiendas de su falsedad la versión de un accidente y aun cuando comenzó a honrarlo, hace cinco años, omitió cualquier referencia a las causas de su muerte. Ya no hay espacio social para continuar con la falsificación de la historia. Unidos a la verdad que no pueden combatir, Bergoglio y Casaretto ven favorecido su intento por la composición actual del Episcopado. Su único contendiente interno de algún peso, disminuido por la anunciada jubilación del Secretario de Estado Angelo Sodano, que lo sostenía, es el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer. Su cruzada personal consiste en impedir que la hemeroteca de la Biblioteca Nacional pase a llamarse Rodolfo Walsh en lugar a Gustavo Martínez Zuviría, como proponen legisladores de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Martínez Zuviría fue el ministro de Educación del golpe de 1943 que obligó a modificar las letras de los tangos. Por eso la queja de "Cafetín de Buenos Aires" de Discépolo y Mores no rima con "mi vieja" sino con "mi madre", y "Los dopados" de Cobián y Cadícamo pasó a llamarse "Los mareados". También es autor de novelas antisemitas con el seudónimo Hugo Wast y fundador de un linaje de militares golpistas en el Ejército y la Fuerza Aérea.

Mutilaciones

Si algo no implica el homenaje de Bergoglio a Angelelli es respeto por su obra. Este mismo año, el presidente de la Conferencia Episcopal editó un volumen titulado Iglesia y Democracia, en el que mutiló los conceptos centrales de un texto histórico a cuya redacción contribuyó en forma decisiva el ex obispo riojano. Se trata del Documento de San Miguel que en abril de 1969 adaptó a la realidad del país las conclusiones de la Conferencia del CELAM en Medellín y del Concilio Vaticano Segundo. Angelelli era vicepresidente y animador de la Comisión Episcopal Especial del Plan de Pastoral (COEPAL) que, bajo su orientación, cobijaba al grupo de teólogos y peritos que prepararon el texto. El libro editado por Bergoglio sostiene que "no debemos tener miedo a la verdad de los documentos". Pero el punto 2 del Documento de San Miguel se interrumpe en forma abrupta y, sin explicaciones, se pasa al 4. El final del truncado punto 2 dice que es el deber evangelizador de los obispos "trabajar por la liberación total del hombre e iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado". El omitido punto 3 es aquel en que el Episcopado sentenció que "la liberación deberá realizarse en todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural, el económico y el social". La introducción del mismo documento, también suprimida por Bergoglio, decía que en ese proceso de liberación los obispos participarían con "la violencia evangélica del amor para proclamar públicamente nuestro compromiso en todas sus dimensiones". Cuando una generación de jóvenes católicos formados por esos maestros tomaron esos conceptos inequívocos como guía de su conducta, el Episcopado bendijo las armas de los opresores que los masacraron. Hoy homenajea a Angelelli pero silencia su pensamiento.

La etapa antiperonista

Ordenado en 1949, Angelelli pasó algunos años de la primera presidencia de Perón en Roma. Allí conoció al fundador de la Juventud Obrera Católica (JOC) José Cardijn. De regreso, comenzó su labor pastoral en los barrios pobres de Córdoba. En 1952 fue designado como primer asesor de la JOC cordobesa y a cargo de la capilla Cristo Obrero. Junto a la capilla había un Hogar Sacerdotal, frecuentado por curas del interior de la provincia, en el que Angelelli instaló su vivienda. Pronto se convirtió en lugar de reunión también para jóvenes obreros y estudiantes. Angelelli era el principal colaborador del sacerdote italiano Quinto Car-gnelutti, a quien el arzobispo Emilio Fermín Lafitte encargó la organización de un Movimiento Católico de Juventudes destinado a competir con la UES peronista, con la consigna "la conciencia vale más que una motoneta". En noviembre de 1954, Perón prometió sanciones para diecinueve sacerdotes de todo el país, entre ellos Cargnelutti. También ordenó arrestar a otro sacerdote amigo de Angelelli, Eladio Bordagaray, por haber dicho que había que elegir entre Cristo o Perón. Como Jaime De Nevares, Miguel Ramondetti o Rodolfo Walsh, Angelelli militaba en el más cerrado antiperonismo.

Después del ’55

Después del derrocamiento de Perón por un golpe militar cuyos tanques y aviones llevaban pintada la V y la Cruz que significaban "Cristo Vence", todos ellos descubrieron a la clase obrera y entendieron el rol que adquirió con el peronismo. Angelelli integraba el Equipo Nacional de Asesores de la JOC, en el que se planteó un debate que tendría eco años después. Para algunos, el peronismo obraría como un freno al comunismo, por lo cual debía merecer la atención de la Iglesia. Otros, como Julio Meinvielle, sostenían que, por el contrario, al favorecer la lucha de clases, abría las puertas al comunismo. "Debemos confesar humildemente que hemos estado alejados de la clase obrera y nos hemos presentado ante ella como una Iglesia burguesa", confesó Angellelli en 1958.

Su popularidad era tal que a nadie sorprendió que en diciembre de 1960 fuera designado por Juan XXIII arzobispo auxiliar de Córdoba y nombrado vicario general de la Arquidiócesis. El día de su consagración, la Catedral se pobló de obreros y gente humilde. Hijo de chacareros italianos que lo llevaban al seminario en el carro de la verdura, el Canuto Angelelli tenía 42 años y no aceptó la sugerencia del arzobispo Ramón José Castellano de abandonar su pequeña moto una vez consagrado obispo. Tampoco el reclamo de los empresarios de una fábrica que le pidieron que sancionara a los sacerdotes que apoyaban a un grupo de trabajadores en conflicto. "Si estas injusticias continúan, algún día estaremos en el mismo paredón los patrones y los curas. Ustedes por no haber sabido practicar la justicia social. Nosotros por no haber sabido defenderla", les dijo.

En una de sus primeras decisiones dispuso que los alumnos del Seminario Mayor visitaran las capillas y barrios obreros para tomar contacto con esa realidad. Los sacerdotes que volvían de Europa se apartaban con naturalidad del antiperonismo y el antimarxismo prevalecientes en Córdoba. Esto los puso en conflicto con el arzobispo, cuando se pronunciaron por una Iglesia pobre y evangélica y en favor del plan de lucha de la CGT. Incluso llegaron a objetar la oposición del Arzobispado a una ley de educación del gobernador Justo Páez Allende. La libertad de enseñanza que defendía Castellano era una hipocresía porque sólo beneficia a "alguna clase privilegiada" y las inversiones edilicias de los colegios católicos "una bofetada que suena a sacrilegio en el rostro de los pobres". Cuando la situación se escapaba de control, la Santa Sede retiró a Castellano y designó como nuevo arzobispo a Raúl Primatesta, quien confirmó al auxiliar Angelelli, como forma de congraciarse con el clero joven.

El pequeño Concilio

Durante una reunión de equipos de sacerdotes de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires realizada en Quilmes y bautizada como "El pequeño Concilio" se criticó con aspereza a la jerarquía. El Nuncio Humberto Mozzoni, el cardenal Antonio Caggiano y otros obispos tradicionalistas denunciaron que se asistía a un "derrumbe de la obediencia". Angelelli defendió el Pequeño Concilio en la asamblea episcopal con un estilo temperamental y apasionado: "Nuestras opiniones a veces son anticonciliares. Esto escandaliza a los sacerdotes, que nos ven asustados del clero, con miedo de tocar temás tabú, como el celibato, la obediencia y los encuentros sacerdotales".

En torno de la Parroquia Cristo Obrero y del Hogar Sacerdotal en el que vivía Angelelli, conectados por un patio interno, se nuclearon los grupos de cristianos revolucionarios que luego de una larga huelga de hambre de 1966 consideraron que se cerraban los caminos de las reivindicaciones estudiantiles y se entregaron a una militancia de base en sectores obreros que derivaron en la formación de distintos grupos, como el Peronismo de Base, el Comando Camilo Torres, el Peronismo Revolucionario y Montoneros.

En 1968 Angelelli fue designado obispo de La Rioja pero siguió atento a lo que sucedía en Córdoba. Al Cordobazo lo llamó grito de rebeldía lanzando por la juventud y la clase obrera y le dio una interpretación profética. A "la luz que se ha encendido con las fogatas de la destrucción" había que asumir un compromiso para que nadie muriera de hambre ni fuera excluido. En su primera homilía riojana anunció que venía a servir a los pobres, hambrientos y sedientos de justicia. Muy pronto irritó a los terratenientes locales y al poder político. El documento elaborado por medio centenar de curas y monjas y un centenar y medio de laicos en la Semana Diocesana denunció "una situación de injusticia y violencia que constituye un pecado institucionalizado" y proclamó que la tierra debe ser para quien la trabaje. Promovió la creación de sindicatos de mineros, peones rurales y empleadas domésticas, cooperativas de producción y consumo de tejidos, ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos de la zona conocida como la Costa. Una de esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores. La intervención militar lo expropió pero lo puso en venta en parcelas individuales, porque cooperativas "sólo existen en Rusia, Cuba y China".

Como los Apóstoles

En 1970, sus amigos y compañeros de discusión política en el Hogar sacerdotal de Córdoba Ignacio Vélez y Emilo Maza participaron en el ataque a una unidad militar en La Calera. El gobierno militar también involucró al sacerdote Erio Vaudagna, uno de los ex colaboradores de Angelelli quien, desde La Rioja, los comparó con los Apóstoles: "También les dijeron que eran subversivos". Al jugarse y tomar en serio las cosas, eran lúcidos y sinceros y renunciaban a lo propio para caminar con los otros, dijo. Angelelli dejó de celebrar la misa de Nochebuena en la Catedral de la Capital e instaló el altar en un rancho humilde de un barrio marginal, que comparó con la gruta de Belén.

En 1971 el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo sostuvo que si el Ejército había sido "copado poco a poco por el imperialismo y la oligarquía" era lógico que el pueblo buscara "recrear por sí mismo la fuerza militar que se le niega y depositar su confianza en nuevos grupos armados solidarios con su causa". Según el documento del MSTM también eran políticas las homilías del cardenal Caggiano que dan una imagen de la Iglesia "no servidora de los pobres sino domesticada y servil a los poderosos". Cuando Caggiano y los integristas Adolfo Tortolo y José Miguel Medina exigieron una respuesta disciplinaria del Episcopado, Angelelli propuso acercarse a los sacerdotes.

–Dialoguemos para ser ayudados, para que nos ilustren –dijo. Su posición fue derrotada y la Comisión Permanente respondió al MSTM que no era evangélico el enjuiciamiento de los obispos "como infieles y serviles".

Durante una Asamblea Plenaria de 1972, Angelelli impugnó el borrador de documento que circulaba, porque omitía "la responsabilidad de las Fuerzas Armadas, los políticos, dirigentes sindicales, los grupos económicos, el fuero antisubversivo y sus consecuencias, presos, torturas". También sostuvo que recientes documentos de Perón y de los sacerdotes del tercer mundo "impactan y son más seguidos que nuestros documentos. Que en la práctica no aparezcan estos documentos como los magisteriales para con nuestro pueblo y el nuestro desechado por diluido, por no comprometido". La Comisión Permanente del Episcopado escuchó sin pronunciarse su queja contra los agresivos informes de los servicios de informaciones. La reunión continuó con la solicitud de pasajes aéreos nacionales e internacionales para los obispos, gratuitos o rebajados, y la designación en el organismo gubernamental de censura cinematográfica de los monseñores Manuel Moledo y Oscar Justo Laguna para considerar la película Un cura casado.

Los Menem

Cuando el general Roberto Levingston reemplazó a Juan Carlos Onganía en la presidencia, el político conservador nacido en Anillaco Eduardo Menem quedó a cargo de la intervención federal en La Rioja. Su familia poseía una bodega que compraba a precios irrisorios la uva de los pequeños campesinos. Su hermano Carlos Menem era candidato justicialista a la gobernación y prometió que entregaría el latifundio a la cooperativa. Angelelli se sintió confiado luego de su victoria y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal del gobernador. Allí se encontró con una algarada conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado, César y Manuel Menem, hermano y sobrinos del ex interventor y del electo gobernador. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo, denunciaron con altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco Virgilio Ferreyra por dos sacerdotes capuchinos, declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio y la Legislatura decidió venderlo en parcelas, tal como había dispuesto el gobierno militar. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica, el entredicho, y ofreció su renuncia a la Santa Sede.

La algarada

El Superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja y declararon que la línea pastoral de Angelelli era acertada, porque seguía las opciones del Concilio, de Medellín y del Papa. Pero Zazpe viajó como auditor de la diócesis. Llevaba dos documentos del secretario de Estado, Jean Villot: una carta de apoyo al obispo e instrucciones reservadas. Debía informar sobre las orientaciones pastorales de Angelelli que "no recogen el consenso de todo el Episcopado argentino". En Los Molinos, el pueblo anterior a Anillaco, "una multitud enardecida" reclamó la destitución del obispo "por marxista y comunista". El enviado aceptó una audiencia colectiva con los entredichos quienes exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se difundían marchas militares. Uno de los sancionados le dijo que Angelelli "se va por las buenas o por las malas, y si no es por las malas será lo peor". En su informe al Vaticano, Zazpe consignó que las posiciones eran irreductibles. Mientras los sectores pobres y de la juventud apoyaban la actuación de Angelelli, muchos integrantes "de instituciones anteriores - Acción Católica, Cursillos de Cristiandad, Ligas de Padres de Colegios", la repudiaban. En este sector se "mezclaban motivaciones de índole religiosa, política, socio-económica".

En marzo de 1974 la Secretaría de Estado recomendó a Zazpe que continuara al lado de Angelelli para alentarlo y aconsejarlo a introducir rectificaciones que favorecieran la reconciliación con los censurados. Sin abandonar la opción por los pobres, debía propiciar el diálogo con los disidentes. La directiva para Angelelli fue corregir los abusos litúrgicos de sus sacerdotes, el escaso contenido religioso de su predicación y los aspectos de su comportamiento "no aceptados por gente de fe simple y alejada de las novedades". Luego Angelelli viajó para su visita ad limina apostolorum a Roma. Pese a la amenaza de muerte de la Triple A y el consejo del gobernador Menem de que se fuera porque su vida corría peligro, regresó en diciembre. Pablo VI lo instaba a seguir haciendo concreto el Concilio en su diócesis. Además le entregó una carta de complacencia por su sacrificada actividad en favor de los más necesitados y de condena por "las violencias y difamaciones" que padeció. El Papa le anunciaba que los responsables de los ataques recibirían "el debido requerimiento" por sus actos. Pero también le pedía que levantara la suspensión litúrgica en Anillaco, que se reconciliara con el párroco Ferreyra, que sus colaboradores prestaran "preeminente atención a los valores espirituales", y que ejerciera la conducción diocesana también sobre aquellos laicos que no compartían "aspectos no esenciales de la pastoral diocesana".


Cadena abierta - Memoria de Angelelli

Redención por la sangre

Durante una visita a la base aérea de Chamical, que era un foco de cuestionamiento a Angelelli, el pro vicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó en Mendoza al vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del Movimiento Rural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo de 1976 en la base aérea, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos:

–Usted hace política –le gritó.

En su misa radial del 1º de marzo, Angelelli describió la fractura profunda que enfrentaba a unos sectores de la Iglesia con otros. Cada uno influía a su vez sobre sectores decisivos de la militancia política y de las Fuerzas Armadas: Se busca dividir y separar a obispos y sacerdotes de sus comunidades, obstaculizar la misión divina de la Iglesia junto a su pueblo en la catequesis y en la evangelización, controlarla para que el Evangelio no llegue a su pueblo, se busca suprimir toda militancia cristiana y apostólica en su laicado, dijo. Dos semanas después, Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base. Todos los plazos estaban vencidos.

"Extraño acidente"

Angelelli fue asesinado cuando viajaba a Buenos Aires con una denuncia sobre el secuestro y asesinato de sus sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos Murias. El diario vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un "extraño accidente". Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu negó que se tratara de un crimen y no hubo protesta vaticana. La biografía oficial del ex nuncio Pio Laghi es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con "los extremismos que proponía la Teología de la Liberación". Para ello Laghi y sus colaboradores en el libro, los obispos Laguna y Casaretto, fuerzan los hechos y sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no "inmortalizar" la última visita del "incómodo" obispo riojano al Papa, debido a sus "heterodoxias doctrinales". No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el dominico Luis O. Liberti.

Después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser "prudentes como las serpientes" porque estaban convencidos de que "hay tempus loquendi y tempus tacendi". Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los excepcionales obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales sentenció que se había tratado "de un homicidio fríamente premeditado". El Episcopado siguió sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en 2001 aún sostuvo que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte lo encontró" y se abstuvo de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: "Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo". Esta es la historia de la vida y la muerte de Angelelli que ni Bergoglio ni Casaretto contarán.

Fuente: Página/12, 30/07/06


El video que filamaron los ex presos de la U-9

Treinta años, treinta nombres.

"Porque el que murió peleando, vive en cada compañero", dice la última estrofa de una canción de los Olimareños y así cierra el video casero que filmaron los ex presos políticos de la U-9 de La Plata, sobre el homenaje que hicieron en el penal a sus compañeros y familiares de presos muertos y desaparecidos; "30 años, 30 nombres" se llama el documental que se efectuó al cumplirse los treinta años del 24 de marzo de 1976.

En cada imagen está la poderosa carga emotiva de ese reencuentro. Muchos no se habían vuelto a ver y casi ninguno había regresado al penal, algunos ni siquiera conocían el frente de la cárcel porque los sacaban y entraban esposados y con los ojos vendados o con las cabezas gachas. Están los abrazos de ese reencuentro. Son interminables las imágenes de caricias y besos entre hombres, que ahora pasan los cincuenta hermanados por aquella convivencia en la que tuvieron que enfrentar a la muerte y la vencieron.

"Estamos vivos y aquí en primer lugar gracias a nuestros familiares, no solamente porque ellos motorizaron la solidaridad externa, sino porque siempre nos acompañaron, aun en el peor momento y algunos a costa de sus vidas", dicen los oradores que se suceden en los actos que realizaron dentro y fuera del penal. En la puerta principal hay una placa de mármol con 30 nombres grabados. Son 12 presos que fueron fusilados como represalia o advertencia. Y están los nombres de 18 familiares, padres, madres o hermanos de los presos, que fueron secuestrados y desaparecidos por haber mantenido su solidaridad. La calle 76, que pasa frente al penal, fue bautizada con el nombre de Delia Aviés de Elizalde Leal, madre de Alberto "Manzanita" Elizalde, uno de los presos, que fue secuestrada junto con otros dos de sus hijos, Sofía y Felipe, y permanecen desaparecidos.

Los pabellones 1 y 2 de la U-9 eran conocidos como los "pabellones de la muerte" por los presos y por sus verdugos. Allí eran recluidos los presos a los que la dictadura consideraba "irrecuperables". Ellos sabían que en cualquier momento podían ser retirados para ser fusilados, como sucedió con ocho de sus ex compañeros.

La vida siguió después de la cárcel. Son varias decenas de veteranos y hay de todo entre ellos, desde dirigentes sociales como Néstor Rojas, hasta el canciller Jorge Taiana, o artistas como Braulio López, ex integrante de los Olimareños. Los discursos se sucedieron ese día. Todos quisieron dejar en claro ante sus hermanos de cárcel que no bajaron los brazos, que mantienen los ideales por un país más justo y más digno. Lo dicen y lo reafirman al mismo tiempo que renombran a sus compañeros caídos y toman las manos de sus hijos o de sus esposas.

Cada imagen del video tiene esa carga explosiva de emociones en las miradas, en los abrazos. Esa mezcla de dolor por la historia pasada y la alegría del reencuentro, el desahogo de poder gritar los nombres de sus compañeros muertos. El video fue dirigido por Carlos Martínez, los camarógrafos fueron Miguel del Castillo, Daniel Saiman y César Trazar, el microfonista fue Adelqui de Luca y la edición estuvo a cargo e Fabio Zabrowski, en tanto que las fotografías son de Julio Menajovsky, Miguel Martelotti, Alberto Elizalde y Página/12. Idea y producción, Julio Mogordoy. Varios de ellos también son ex presos.

Por ahora, el video circula en forma casera. El gobierno bonaerense lo ha declarado de interés provincial, así que no sería de extrañar que en algún momento tenga una difusión masiva. No está filmado durante la dictadura, pero las miradas, los abrazos, las lágrimas de ese homenaje-reencuentro constituyen un documento, mejor que muchos, sobre la dictadura.

Fuente: Página/12, 30/07/06


La historia de un asesinato disfrazado de accidente

"Hermana, no ha visto nada"

Por W. U.

Enrique Angelelli había nacido en Córdoba el 17 de julio de 1923 y fue ordenado sacerdote en Roma el 9 de octubre de 1949. Desde 1961, por decisión del entonces papa Juan XXIII, fue designado obispo auxiliar de Córdoba y desde 1968 el papa Pablo VI lo hizo titular de la diócesis de La Rioja. El 4 de agosto de 1976, después de muchos enfrentamientos con el poder y tras el asesinato de dos de sus curas, Juan de Dios Murias y Gabriel Longueville, la muerte lo sorprendió en una ruta riojana. El gobierno militar siempre habló de "accidente" automovilístico e incluso se echaron a correr rumores acerca de la impericia de Angelelli para manejar. Las autoridades de la Conferencia Episcopal anunciaron "investigaciones", pero nunca se apartaron de
la versión oficial o bien dejaron, en todo momento, instaladas las dudas acerca de la muerte de una figura que ciertamente les resultaba molesta y que poco antes, en 1975, había afirmado que "ser hombres de la luz es no evadirnos de nuestra realidad y construir nuestra historia con los demás".




Estado en que quedó, después del accidente fraguado, el vehículo que conducía Angelelli,  y el cuerpo golpeado, que apareció lejos del vehículo.

Para Miguel Hesayne, obispo emérito de Viedma y uno de los que siempre defendieron la tesis del asesinato y del martirio, "de acuerdo a la documentación judicial, la certeza moral del asesinato de Enrique Angelelli ha logrado la certeza judicial a tal punto que la Corte Federal establece, en forma indudable, circunstancias que no pueden ser materia de controversia y califica judicialmente el caso Angelelli, en forma definitiva e incontrovertible, homicidio calificado". Para el obispo queda probado que "la camioneta (que conducía Angelelli y en la que también viajaba su secretario Arturo Pinto) fue encerrada por la izquierda al momento que se produce una explosión; que el cuerpo del obispo Angelelli quedó ubicado a veinticinco metros del lugar final de la camioneta, con el cuerpo extendido y los pies juntos, mostrando en ambos talones pérdida de la piel sin ningún indicio de golpes o contusiones en el resto del cuerpo. Por eso, se infiere que fue arrastrado hasta el lugar mencionado por intervención de los autores del hecho; que la camioneta presentaba una goma desinflada, cuya cámara tenía un corte de trece centímetros, lo que no fue causa del vuelco, según la pericia mecánica practicada".

Todos estos datos abonan lo que Hesayne denomina "la patraña criminal del accidente provocado por una falsa maniobra que habría cometido el obispo Angelelli en ese momento".

Pero el obispo de Viedma ofrece un testimonio más al hablar de "un hecho que hace poco tiempo se me ha transmitido" y que es "sumamente elocuente y que presume participación personal de las Fuerzas Armadas y de seguridad, directa o indirectamente, en el asesinato del obispo Angelelli". Relata Hesayne "el testimonio de la religiosa enfermera diplomada que cumplía guardia en la morgue del hospital de la ciudad de La Rioja ese día de la muerte del obispo. Le tocó limpiar el cadáver del obispo Angelelli y al darlo vuelta en la camilla, se sorprendió por un orificio muy hondo en la nuca del cadáver". Sigue diciendo Hesayne que "ante la exclamación de sorpresa de la religiosa enfermera, dos oficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad que se encontraban de custodia, de inmediato la retiraron de lo que era su tarea habitual, ordenándole textualmente: "Hermana, usted no ha visto nada’".

Fuente: Página/12, 30/07/06


A treinta años de su muerte violenta

Un giro histórico, la Iglesia dice que pudo haber sido un crimen

A treinta años de su muerte violenta, el alma de monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja y figura indiscutida de los sectores más progresistas de la Iglesia, podría al fin descansar en paz. La densa trama de silencios, omisiones y desvíos que envolvieron la investigación judicial y acallaron cualquier pregunta en la cúpula eclesiástica está cediendo, y reverdece la tesis que hasta ahora sólo sostenían los más fieles seguidores del monseñor y algunas organizaciones de derechos humanos: que el supuesto accidente automovilístico tras el que murió no fue tal, y que el obispo en verdad fue asesinado por la dictadura. Hasta la Iglesia se dispone esta semana a reconocerlo.

Las flores del algarrobo

Por Osvaldo Bayer

La verdad histórica siempre triunfa, finalmente. Tarda, a veces, pero triunfa. Lo acabamos de ver con la figura de monseñor Angelelli, el obispo mártir de La Rioja.

El crimen monstruoso cometido contra él primero se trató de cubrir con la mentira. Los medios que conocemos, al principio, insinuaron que se trató de un "accidente". Luego, el silencio. Como es habitual, los popes católicos miraron para otro lado o, como se hace siempre, oficiaron por ahí una misa. Pero no, a más de treinta años de su muerte alevosa, en Buenos Aires se acaba de inaugurar, en Barracas, la plaza Monseñor Angelelli. Lo triste y vergonzoso del acto es que no concurrió ningún obispo católico, sólo un padre franciscano. Monseñor Angelelli, desde su paraíso, se debe haber alegrado, porque sí había muchos niños y, lo que es más importante, la plaza tiene juegos para ellos, así que desde ahora Angelelli se lo pasará escuchando risas y voces infantiles.

Me tocó hablar en el acto en el cual también se descubrió una hermosa placa con su nombre. Aproveché para contar su último sermón cuando en la catedral de La Rioja, delante de los comandantes militar y de aeronáutica, de esa región, sacudió a los presentes diciendo: "Acabo de recorrer los caminos de La Rioja. En uno de ellos me encontré con una columna de leñadores que llevaban a un muerto en una angarilla, sobre sus hombros. Me detuve y les pregunté qué hacían: ‘Llevamos a enterrar a un compañero muerto’. ‘¿Cómo, así, sin ataúd?’, les pregunté. ‘Sí, monseñor’, me respondió un humilde trabajador: no nos alcanzó el dinero que teníamos para comprar un cajón’". Y entonces la voz del obispo Angelelli tronó en el templo al proseguir el relato: "Yo me pregunto, ¿en qué país injusto y deshonesto vivimos que ni siquiera los trabajadores de la madera pueden poner sus muertos en ataúdes para sepultarlos? ¡Qué país inmensamente pecador!", finalizó. De inmediato, los jefes militares, con sus esposas, se retiraron del templo porque tomaron esas palabras del púlpito como una crítica a la dictadura de Videla. Pocos días después, los dos mejores sacerdotes de Angelelli eran muertos a balazos y él mismo perdía la vida en un escenificado "accidente" y su cuerpo quedaría en un camino de La Rioja, mirando el cielo y con los brazos abiertos, como aquel Jesús en la cruz.

Y ahora sí tenemos una plaza para niños en Barracas con su nombre. El mejor homenaje.

La Historia finalmente impone la verdad aunque existen los amigos de la muerte, que tratan de detener su camino. Se acaba de anunciar con grandes carteles la reinauguración de la Plaza Coronel Ramón L. Falcón, en el barrio de Floresta, en esta capital. Todos sabemos quién fue ese Falcón. Un verdadero asesino del pueblo. Y no exageramos. Fue autor de la represión contra el acto que hicieron las organizaciones obreras el 1º de mayo de 1909. Ese día se reunieron nada menos que setenta mil obreros, con sus banderas y su consigna sagrada: la lucha por las ocho horas de trabajo. Cuando estaba hablando el primer orador y el acto se realizaba con total tranquilidad, el coronel Falcón ordenó a los fusileros de la policía atacar las columnas obreras y, luego del fuego de fusilería, a la montada a agredir con sus sables a los hombres, mujeres y niños que ocupaban los espacios verdes. Se produjo una masacre que conmovió al país durante meses enteros. Nunca se sabrá el número de víctimas. Al día siguiente, los periodistas preguntaron al fatuo coronel policía por qué ordenó el ataque si hasta el momento no se había producido ningún disturbio. Y el coronel de la Nación respondió: "Porque los obreros en vez de llevar la bandera azul y blanca llevaban la bandera roja". El señor coronel se hizo el que no sabía o se confundió a propósito, porque en 1909 la bandera roja era el símbolo del gremialismo y no de un partido político determinado (aunque esto último no hubiera significado ninguna razón para el alevoso ataque uniformado).

No sólo esa cobardía despreciable mostró el señor coronel, sino que su biografía señala que siempre estuvo con la violencia de los que se sienten importantes porque tienen mando y visten uniforme: fue el mejor oficial del general Roca en el genocidio de los pueblos originarios, y por eso ascendió rápidamente. Además, el señor coronel estuvo en la represión de la famosa huelga de conventillos, en 1905, donde principalmente las mujeres proletarias dijeron basta a la explotación de la indignidad. Y ahí estuvo el coronel Falcón, siempre contra los humildes. Finalmente, un joven ruso, Simón Radowirtzky, tomará como suyo el "derecho de matar al tirano" y el de "cuando no hay justicia el pueblo tiene derecho a hacerse justicia" y dará muerte al cruel militar.

Los poderosos impusieron el nombre de coronel Falcón a la segunda calle más larga de la Capital y nada menos que a la escuela de cadetes de la Policía. Vaya ejemplo: se les ponía a los jóvenes que debían "guardar el orden" el nombre de un represor cruel que no se atenía a los principios de la instituciones sino que ordenaba matar. Aquí sobran las palabras para señalar cómo fue la herencia de este ejecutor. Pero todo esto continuará en estos días. El barrio de Floresta se cansó de que este nombre fuese el más honrado de todos sus esquinas: porque no sólo estaba la calle, sino también una plaza con el nombre de este personaje de la Muerte. Y hace cinco años una numerosísima asamblea de vecinos decidió, con todo derecho democrático, llamar a un plebiscito para que se cambiara el nombre del represor por otro que eligiera el barrio. Un sábado y un domingo se efectuaron concurridas votaciones en urnas en el parque y finalmente triunfó el nombre de "Che Guevara". Se quitaron los carteles con el nombre del asesino de obreros y se puso el del luchador latinoamericano. Hasta hace dos días, en que carteles oficiales señalaron que la plaza se seguía llamando Coronel Ramón Falcón y añadieron una biografía del uniformado, en la cual se enorgullecen de este represor. Textual, el cartel: "Ramón Falcón (1855-1909) Militar. Combate contra el aborigen de las fronteras del sur de Córdoba y Buenos Aires; participa en 1879 en la expedición del desierto". Y sigue el cartel adicionando galones al héroe de remington.

Pero ayer los vecinos de Floresta no aceptaron que esa hermosa plaza lleve tal nombre. Y en un comunicado dicen: "Seguiremos luchando para quitar ese nombre manchado con sangre indígena y trabajadora". Y se produjo lo racional: ayer, la repartición oficial autora del desaguisado retiró los carteles propagandísticos del Falcón Represor. Bien por la autocrítica. Aplausos para la asamblea absolutamente democrática. Es un paso contra la violencia. Represores, no.

El sí a la Justicia, que significa Paz en el caso de Angelelli; el no al Represor, en el caso del coronel Falcón. Pero claro, no se trata sólo de nombres de calles y plazas, sino también de la posesión de la Tierra. Por eso, otro paso positivo se me permitió vivir en el Congreso de la Nación esta semana. Se me ofreció defender, ante la comisión legislativa respectiva, el proyecto del diputado Carlos Tinnirello de expropiación de una corta extensión de tierras a la gigantesca estancia de los Benetton, para devolverla a sus verdaderos propietarios, la familia mapuche de Curiñanco-Nahuelquir. Lo importante de este proyecto es que, de ser aprobado, mostraría que las relaciones humanas no tienen que ser manejadas por el poder del dinero sino por la Etica. Los que primero tienen derecho son los antiguos habitantes. Los que han vivido desde hace 12.000 años en esas tierras, y no quien tiene dólares o euros y que, sin saber dónde queda, le dice a su comisionista: "Cómpreme una estancia en la Patagonia, que ahora está de moda". Esto es altamente inmoral. Más todavía cuando los pueblos originarios han demostrado siempre su cuidado por la naturaleza mientras que los "inversores" van dejando los rasgos de su egoísmo. Lo dijo Suna Rocha –la profunda artista– en esa misma sesión: "En Catamarca vi algo que nunca antes había visto: algarrobos secos". Algarrobos secos son el símbolo del "progreso" de los que tienen el dinero. Cuando se debate este tema profundo, queda en claro la sabiduría escondida de los pueblos originarios frente a la avidez de los que "traen el progreso" para su bolsillo.

En la comisión del Congreso Nacional, el único que se opuso al proyecto fue el macrista Tonelli. Sus argumentos fueron típicamente burocráticos. Esperemos que el Congreso se meta en el problema y defienda el camino de la Etica y no el de los dólares. Pensemos en las flores del algarrobo.

Fuente: Página/12, marzo 2007

El vocero de la Conferencia Episcopal, Jorge Oesterheld, dijo a Clarín que existe un "informe preliminar sobre el caso para definir los pasos a seguir para contribuir al esclarecimiento" de la muerte de Angelelli, y admitió que los obispos están considerando presentarse como querellantes en la causa judicial que hasta ahora patrocinan el Servicio Paz y Justicia y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Ese "informe preliminar", que aconseja realizar una investigación eclesial "con rapidez" y "en lo posible antes de fin de este año", fue redactado por el arzobispo emérito de Resistencia, Carmelo Giaquinta, tras un sigiloso rastreo de datos que culminó el 10 de julio. Esta semana será discutido por los obispos, y su decisión sería oficializada el viernes por el cardenal Jorge Bergoglio durante su visita a La Rioja para homenajear a Angelelli.

El 4 de agosto de 1976, en medio de una ola de ataques y amenazas contra Angelelli y sus seguidores y días después del crimen de dos de sus sacerdotes —Carlos Murias y Gabriel Longueville— y un laico muy cercano a él —Wenceslao Pedernera—, la camioneta Fiat multicargo en que el obispo viajaba por la ruta 38 desde Chamical hacia la ciudad de La Rioja junto al cura Arturo Pinto apareció volcada cerca del paraje Punta de los Llanos. Pinto logró sobrevivir. Angelelli no: su cuerpo apareció extrañamente extendido en cruz sobre el asfalto boca arriba y con un fuerte golpe en la nuca, a unos 25 metros del vehículo.

El informe de la Policía, base de la "historia oficial" que hoy está bajo sospecha, dice que Pinto manejaba y de repente se salió de la ruta, volanteó para retomarla, una de las cubiertas se reventó y la camioneta volcó dando varios tumbos. En uno de ellos, Angelelli se cayó y los golpes lo mataron. El juez de instrucción Rodolfo Vigo abrió y cerró una veloz investigación que aceptó esta teoría. Pero en 1986 otro expediente a cargo del juez Aldo Morales dio por probado el asesinato "fríamente premeditado y esperado por la víctima". Efectivamente, mucha gente le escuchó decir a Angelelli que, con el crimen de sus colaboradores, los militares iban dibujando círculos concéntricos a su alrededor. "Después me toca a mí", repetía.

Morales se basó en el testimonio de Pinto, quien recordó que un auto blanco los perseguía y los encerró en la ruta, y en pericias según las cuales la camioneta estaba en buenas condiciones. Los imputados como autores intelectuales del asesinato eran el jefe del III Cuerpo del Ejército, general Luciano Benjamín Menéndez, y los jefes del Batallón de Ingenieros en Construcciones de La Rioja, coroneles Osvaldo Pérez Battaglia y Jorge Malagamba. También había civiles acusados de participar de la maniobra y encubrir el crimen. Pero tras una apelación la causa se desdobló, y la acusación contra los militares pasó a la órbita de la Cámara Federal de Córdoba. Allí se puso en duda la sentencia de Morales (aunque no se descartó un "accidente inducido") y tras la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 1990 se cerraron las actuaciones que imputaban a otros tres militares como autores inmediatos: el ca pitán José Carlos González, alias "Monseñor" y "Juan XXIII", y los sargentos Luis Manzanelli y Ramón Oscar Otero.

Pero estos meandros judiciales fueron posibles gracias a una serie de descuidos y olvidos que, orquestados o no, permitieron borrar huellas, eliminar pruebas y manipular testimonios.

En 1976, Mario Gorosito era enfermero en el hospital de Chamical. La tarde del 4 de agosto, el almuerzo le quedó en la garganta: la Policía había pedido una ambulancia para atender un accidente en la ruta. "Me llevó el chofer Antonio Giménez. El lugar estaba rodeado por policías y soldados de la Base Aérea de la zona, que cuando llegamos a unos 20 metros de distancia nos impidieron pasar. Lo veíamos a Angelelli tirado sobre una mancha de sangre y quisimos atenderlo, pero el suboficial Nelson Garnica, ayudante del comodoro Aguirre, nos dijo que no", recuerda hoy frente a Clarín, sin advertir que su voz ofrece un dato llamativo: la cantidad de policías y militares que habían llegado al lugar antes que la ambulancia que debía atender a los posibles heridos.

"Nos fuimos con la camilla para donde estaba Pinto, a un costado de la ruta. En la ambulancia, él decía en un delirio 'el coche blanco, déjelo que nos pase', parecía que hablaba con monseñor", dice Gorosito. "Volvimos al hospital a eso de las cuatro de la tarde. El médico Osvaldo Benegas atendió al herido, y nos dijeron que a Angelelli lo habían llevado a La Rioja para atenderlo".

El ex sacerdote Julio Guzmán también llegó rápido al lugar del choque. "Con Francisco Solano Díaz fuimos los primeros curas en llegar. No nos dejaban pasar, pero tanto insistimos que al final nos dijeron que sí".

Las piezas se movían rápido. Un rato más tarde, cerca de las cinco de la tarde, fue citado al lugar del choque el cirujano Enzo Herrera Páez, que horas después realizó la autopsia sobre el cuerpo de Angelelli. Herrera Páez, que llegó a ser diputado nacional por el radicalismo entre 1997 y 2001, recuerda aquel día ante Clarín: "Fuimos con el comisario inspector Carrizo en una ambulancia de la Policía. Angelelli ya estaba muerto, y lo trajimos a la Morgue Judicial. Allí el juez Vigo nos dijo que esperásemos para hacer la autopsia, porque el Derecho Canónico ponía impedimentos para tocar el cuerpo de un prelado. Después supe que hacía como 200 años que no se le hacía una autopsia a un miembro de la jerarquía eclesiástica".

Solucionado el percance, el médico inició su trabajo junto al doctor Eldo Neffen y el médico forense de la Justicia Alberto Guchea. "Había varias monjitas y estaba el cura Pelanda López, que era el capellán militar. Comenzamos pasada la medianoche y terminamos a las cinco de la mañana", recuerda Herrera. "Angelelli tenía escoriaciones en la cabeza, los dedos deteriorados, tres costillas rotas de un lado y siete del otro. Tenía mucha sangre y había perdido mucha. El hueso occipital, que sobresale de la parte de atrás de la cabeza, tenía una fractura con forma de estrella". Esta fractura originó la versión de que Angelelli había sido golpeado con un objeto contundente tras el choque. Herrera Páez se incomoda ante esa tesis: "Puede ser", admite. "Pero ese golpe coincidía con el informe policial del accidente". La historia oficial se cerraba sobre sí misma.

Una de las personas clave en el sinuoso trayecto de la investigación es Alilo Ortiz, un ex sacerdote que era secretario privado del obispo y cuyos ojos vieron aparecer y desaparecer pruebas preciosas para la causa. "Cuando nos enteramos de la muerte de monseñor llamé al Episcopado y a la Nunciatura en Buenos Aires para avisarles", recuerda en diálogo con Clarín. "Cuando el juez liberó la camioneta la recibí yo. Le pedimos al mecánico Chichí Baldo que le hiciera una pericia, y él constató que tenía los frenos, la dirección y el volante en perfecto estado, y la chapa no tenía tiros".

Ortiz pone en duda otra de las patas de la historia oficial: "Se dijo que la explosión que escuchó Pinto era el reventón de un neumático. Pero pudo haber sido un balazo que haya roto el parabrisas, porque los vidrios aparecieron esparcidos antes del lugar en el que quedó la camioneta". Para su ex secretario, Angelelli murió tras "un accidente que fue provocado. Y el golpe que le dieron en la nuca fue como el tiro de gracia. Hay que ver el clima que rodeó su muerte. Anque él nunca habló mal del Episcopado, una vez casi llorando nos confesó que no encontraba eco en ellos".

El ex sacerdote recordó también que el juez Vigo le entregó al Obispado la valija que Angelelli llevaba en la camioneta. "Y sólo un tiempo después nos dio dos de las tres carpetas que monseñor llevaba cuando murió, con anotaciones sobre los asesinatos de los curas Murias y Longueville. Muchos de esos papeles tenían palabras subrayadas con lápiz, y se lo dije a monseñor Cándido Rubiolo, reemplazante provisorio de Angelelli. El me ordenó hacer informes de todo para enviarlos a Roma".

La Iglesia por la que Angelelli dio la vida tuvo su parte en el descuido y la pérdida de pruebas vitales para indagar su posible crimen. Aunque suene increíble, en 1977 el obispado riojano decidió desprenderse de la camioneta en la que había chocado el obispo. Se la entregó al agente local de Citroën Juan Angel Barrera, que la tomó como parte de pago de otro vehículo y ese mismo año se la vendió al fotógrafo Néstor Pantaleo, que en 1978 la vendió en la ciudad de Famatina. Ahí se pierde su pista.

Otro gran misterio en estos años fue saber dónde estaban las carpetas que el monseñor llevaba encima cuando chocó. Pues bien, Clarín pudo establecer que dos de ellas fueron entregadas por el juez Vigo al obispado de La Rioja en 1977, se cree que después de haber pasado por las manos del general Menéndez y el ministro del Interior Albano Harguindeguy. La tercera también llegó ahí, a través de monseñor Vicente Zaspe. En 1980, y sin saber qué hacer con ellas, las confiaron a un estrecho colaborador de Angelelli, que las conservó hasta hoy. Las notas, cuyos fragmentos Clarín reproduce hoy en exclusiva, incluyen frases inquietantes como "complicidad del Episcopado".

Pero eso no es todo: dos fuentes que participaron de las sucesivas investigaciones judiciales y un sacerdote que pidieron no ser identificados confirmaron a este diario que el fallecido arzobispo de Córdoba Raúl Primatesta visitaba los tribunales pidiendo que "se dejen de joder con el crimen, si eso fue un accidente".

Pero así como los tiempos cambiaron y la Iglesia es otra, los tribunales también despertaron. Tras la anulación de las leyes del perdón la causa fue reabierta el año pasado y ahora se tramita en el Juzgado Federal de La Rioja, en manos del juez subrogante Franco Grassi. El fiscal riojano Horacio Salman todavía no estudió el expediente, al que se agregaron unas carpetas halladas en recientes allanamientos a la delegación local de la Policía Federal, la base de la Fuerza Aérea en Chamical, la cárcel local, dependencias de la Gendarmería y en la D2 de inteli gencia de la Policía provincial. Salman y los fiscales cordobeses Alberto Lozada y Graciela López de Filoñuk, que trabajan en equipo, están concentrados ahora en los crímenes de un colimba, Nicolás Villafañe, y del laico Pedernera. Luego estudiarán los asesinatos de Murias y Longueville, y sólo entonces el de Angelelli.

Salman piensa rastrear la camioneta y hacerle nuevas pericias, y espera que cuando comience a imputar sospechosos los testigos vayan a declarar para incriminarlos. No le será fácil: Pérez Battaglia, Malagamba, el comodoro Lázaro Aguirre —jefe de la Base Aérea Chamical—, su segundo, el vicecomodoro Estrella, y el sargento González están muertos. El blindado encubrimiento de 30 años les arrancó a los hombres la posibilidad de anticiparse a la justicia divina.

Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/07/30/z-03415.htm


Junio 2006: Acusan a represores por un crímen que denunciaba Angelelli

Wenceslao Pedernera fue asesinado en julio de 1976 en La Rioja. Era catequista y colaborador del obispo de la provincia. Por ese caso la Justicia ordenó la captura de una lista de civiles y militares encabezada por el ex jefe del III Cuerpo de Ejército.

Wenceslao Pedernera fue hasta la puerta de su casa. Era la una de la mañana, sus hijos dormían y el frío era cortante en esa zona de La Rioja. Los represores le preguntaron su nombre, para comprobar si era el colaborador del obispo Enrique Angelelli que buscaban. Apenas si había logrado responder cuando lo acribillaron frente a su mujer. Era julio de 1976. Por ese asesinato, el juez federal subrogante Franco Román Grassi pidió ayer la detención del ex comandante del III Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez y de otros diez represores. Como El Chacal ya está detenido con arresto domiciliario en otras causas por violaciones a los derechos humanos en Córdoba y otras provincias, permanecerá en custodia conjunta.

Menéndez comandaba la zona que incluye La Rioja, además de otras nueve provincias. En mayo de este año, el represor fue indagado por el asesinato de Pedernera, además de por la muerte del conscripto Roberto Villafañe. En esa oportunidad, se negó a responder las preguntas porque alegó que no se encontraba ante sus "jueces naturales" y sostuvo que debía ser juzgado ante el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas. "Me niego a declarar porque estos juicios son inconstitucionales", sostuvo El Chacal, que fue repudiado por docentes y militantes de derechos humanos en su periplo por los tribunales riojanos. Al pedir su detención, el secretario del juzgado, Daniel Herrera Piedrabuena, se puso en contacto con los tribunales de Córdoba para comunicarles que se encuentra a disposición conjunta.

Además de Menéndez, el juez pidió ayer la detención del ex jefe del Batallón de Ingenieros 141 de La Rioja, teniente coronel Osvaldo Pérez Bataglia, que era el responsable de coordinar la represión ilegal en toda La Rioja, como jefe del área 314. También se ordenó la captura de su segundo, el coronel Jorge Malagamba. En el juzgado intentan confirmar a través del registro civil si han fallecido.

También pidió la detención como "coautores del homicidio calificado por alevosía" de Pedernera a los militares y civiles Abelardo Francisco Suárez Fiat (alias Marcelo), Miguel Angel Sáenz Valiente, Juan Andrés Molinari o Julián Andrés Molinari (alias Negro), Carlos Alberto Flores (alias Bibi) y Alfonso Marino. El juez requirió también la captura del ex comisario de la Policía provincial Arcadio Antonio Torres, el ex teniente Alfonso Agustín Reuther y el ex comandante de Gendarmería Alberto Arnaldo Garay. Todos se encuentran imputados como "partícipes necesarios" del asesinato de Pedernera.

Con el pedido de captura, el juez hizo lugar a un requerimiento del fiscal federal de La Rioja Horacio Salman y sus pares en Córdoba Graciela López de Filoñuk y Alberto Lozada. Entre diciembre del año pasado y marzo de éste, los fiscales hicieron una serie de allanamientos a la Base Aérea de Chamical, del escuadrón de Gendarmería Nacional, y al Servicio Penitenciario provincial. Allí encontraron documentos de Inteligencia a los que se sumaron otros informes de la policía riojana. Entre las decenas de cajas, hay al menos tres carpetas dedicadas al obispo. Por la muerte de Angelelli también será indagado Menéndez en los próximos meses.

A sangre fría

El 18 de julio de 1976, un grupo de tareas asesinó a los curas Gabriel de Longueville y Carlos de Dios Murias, cuyo homicidio también investiga la justicia riojana. Una semana más tarde, fueron a buscar a Pedernera a su casa en Sañogasta, distrito de Chilecito. Oriundo de Mendoza, Pedernera se había instalado en La Rioja para colaborar con Angelelli como militante del Movimiento Rural Católico. Había arribado a la provincia para participar en la formación de las cooperativas de campesinos que impulsaba el obispo. Cuando comenzó a recrudecer la represión, se instaló en un terreno en Sañogasta, donde fueron a matarlo. "Dicen algunos testigos que en realidad buscaban al párroco de esa zona, a quien Angelelli le había pedido que se oculte. Pero otros sostienen que lo estaban buscando a él. Eso intentamos dilucidarlo", señalaron fuentes judiciales. Esa noche fría de julio de 1976, su mujer, Coca, les abrió la puerta y cuando se acercó Pedernera le preguntaron su nombre y le dispararon. Sus dos hijos dormían. Coca consiguió ayuda de los vecinos y Pedernera fue trasladado hasta el hospital, donde falleció.

El obispo Angelelli denunció su asesinato junto con el de los dos curas y pidió que se investigasen los crímenes. "Un muchacho de 30 años y presbítero ha muerto, por ser fiel a las bienaventuranzas de Jesús mártir", sostuvo en su funeral. Pero su voz fue acallada por la dictadura, cuando volvía de la misa de los sacerdotes en Chamical en su camioneta el 4 de agosto de 1976. El sacerdote Alberto Pinto, que viajaba con él, recuerda que un Peugeot 504 les salió al cruce y los hizo volcar a la altura de Punta de los Llanos. Su cuerpo fue encontrado en medio de la ruta con los brazos abiertos en cruz. Lo habían arrastrado y tenía la nuca destrozada. La dictadura siempre sostuvo que fue un accidente de tránsito.

A comienzos de la democracia, el juez Aldo Morales consideró que se trataba de un "homicidio fríamente premeditado", pero la causa quedó archivada junto con la de Pedernera y los curas. En agosto del año pasado, el presidente Néstor Kirchner se comprometió a reactivar estas investigaciones y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación se presentó como querellante. Finalmente, ayer comenzó a desentrañarse el crimen por el que pedía Angelelli.

Fuente: Página/12, 17/06/06, informe: Werner Pertot


El eslabón perdido

Por Horacio Verbitsky

Los asesinatos de Angelelli y Ponce de León.

Los asesinatos de los obispos Enrique Angelelli, de La Rioja, y Carlos Horacio Ponce de León, de San Nicolás, en agosto de 1976 y julio de 1977, presentan tan llamativas similitudes que sugieren una común inspiración operativa. Ambos crímenes se realizaron de modo de que parecieran accidentes de carretera, en ciudades donde tenían asiento sendos batallones de ingenieros del Ejército. El eslabón perdido entre ambos casos es el coronel Osvaldo Pérez Battaglia.

"Ustedes son comunicadores y se les plantea este desafío de la projimidad: hacerse prójimo para que .a través de esa comunicación de cercanía. se implante la verdad, la bondad, la belleza, que trascienden la coyuntura y la espectacularidad y que, mansamente, siembran humanidad en los corazones". Cardenal Jorge Mario Bergoglio, ante la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).

Luego de leer la nota del domingo pasado (02/04/06)  sobre el asesinato del obispo Carlos Ponce de León, un actual ministro que hizo su carrera política en San Nicolás le preguntó al autor quién era el jefe militar de La Rioja cuando mataron a Angelelli.

–Pérez Battaglia.

–Me lo imaginaba. Era de San Nicolás, un petiso pelado que se hacía el malo. En esa época viajaba todos los fines de semana a San Nicolás, donde tenía a la familia –dijo el funcionario.

El coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia era jefe del Batallón riojano, mientras el Batallón de San Nicolás era conducido por el teniente coronel Manuel Fernando Saint Amant. Pérez Battaglia murió hace seis años, pero Saint Amant vive y en los próximos días deberá responder ante la justicia por otro caso que vincula La Rioja con San Nicolás: la desaparición forzada de María Cristina Lanzilloto y Carlos Benjamin Santillán. Los restos de la riojana Lanzilotto fueron identificados esta semana por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Nacido en la Capital Federal en 1926, Pérez Battaglia egresó del Colegio Militar en uno de los últimos puestos de la promoción 78 (su orden de mérito fue 242, sobre 246), cuyos integrantes llegaron al comando de unidades en torno del golpe militar de 1976. Pérez Battaglia es un nicoleño por adopción. En su primer grado militar, en 1950, fue designado jefe de la sección de zapadores motorizados de San Nicolás. Allí conoció a la veinteañera María Teresa Pérez, una nativa de esa ciudad industrial, con la que se casó y tuvo dos hijos: Teresita nació en 1953 y Jorge en 1957. Ascendido a teniente, en 1954 consiguió una nueva designación en la ciudad de sus afectos, esta vez como jefe de pontoneros zapadores. Entre 1970 y 1975 estuvo destinado en Rosario, a 70 kilómetros de San Nicolás. Esta proximidad le permitió mantener el contacto con su familia. Los compañeros de promoción de su hijo en la Escuela Normal de San Nicolás fueron invitados a visitar el Comando del Cuerpo II y almorzaron en su casino de Oficiales, en la casona de Córdoba esquina Moreno, frente a la Facultad de Derecho.


 Wenceslao Pedernera

"Por acá todo está igual"

HOMENAJE CAMPESINO A COLABORADOR DE ANGELELLI

Organizaciones campesinas de La Rioja se reunieron en la ciudad de Chepes para realizar un homenaje a Wenceslao Pedernera, fundador del Movimiento Rural Campesino, asesinado en 1976 (agosto 2007)

Las actividades del encuentro campesino se desarrollaron en la escuela 114, de Chepes.

Por Martín Piqué

Esa montaña, la precordillera, esos valles secos donde caen apenas cien centímetros de lluvia al año tienen (mucha) historia. Son los dos lados de la Cuesta de Miranda, en La Rioja, donde el silencio es el eterno compañero de la aridez. Por esas tierras caminó Wenceslao Pedernera, campesino que estudió hasta tercer grado, obrero golondrina en los viñedos de Mendoza, organizador del movimiento rural católico, colaborador del obispo Enrique Angelelli. Pedernera fue asesinado por cuatro encapuchados en su casa de Sañogasta el 25 de julio de 1976. Le pegaron veinte balazos delante de su mujer, Coca, y sus hijas María Rosa, Susana y Estela. El fin de semana pasado, organizaciones campesinas de La Rioja hicieron un homenaje en su memoria. El encuentro, que también fue debate, desnudó lo que todos imaginaban: que la realidad de hace treinta años –de concentración de la tierra y acceso restringido al agua– no cambió nada o, en todo caso, empeoró. "Acá está todo igual, exactamente igual. Por lo que me dice la gente de (la localidad de) Aminga, el agua se la quedó toda Menem", contó a Página/12 Rafael Sifre, ex compañero de Pedernera que se exilió en Roma por orden de Angelelli. Así logró salvarse.

Hacía mucho que en la provincia natal de Carlos Menem no se organizaba un encuentro así. Casi diez organizaciones de La Rioja y de las provincias aledañas invitaron a recordar a Pedernera, a conocer la tarea de organización de los campesinos que intentó llevar adelante y a retomar su legado trunco. Entre los convocantes estuvieron la Asociación de Emprendedores de Chepes (AECheLaR), la Asociación de Pequeños Productores del Noroeste de Córdoba (Apenoc), la Asociación de Agricultores, Ganaderos y Artesanos de Guandacol, las cooperativas Selius y Mis Dos Tierras, el Movimiento Nacional Campesino Indígena y la Federación Argentina de Estudiantes de Agronomía (Faea). También participaron técnicos, la mayoría agrónomos, que trabajan para el INTA y el Programa Social Agropecuario de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Las actividades se desarrollaron en la escuela 114 de la ciudad de Chepes.

Sifre fue uno de los principales impulsores del encuentro. Ex colaborador de Angelelli, amigo y compañero de Pedernera, Sifre todavía es recordado por los pobladores de Aminga. En esa localidad cercana a Anillaco se instaló la primera sede del Movimiento Rural Campesino: él estuvo entre los fundadores. Una de las primeras actividades fue reclamar la expropiación de unas tierras que habían quedado improductivas tras la muerte de sus propietarios. "Pedimos que se expropiara y que se las entregaran a una cooperativa de campesinos. Así iban a ser más productivas que si se las dividía en parcelas. En un primer momento el gobernador militar de la época de Lanusse nos dijo que sí", recordó Sifre. Para avanzar con la expropiación, los campesinos crearon la cooperativa Codetral (Cooperativa de Trabajo Rural Amingueña Limitada).

La iniciativa parecía contar con el apoyo del candidato a gobernador Carlos Menem. En la campaña había prometido que apoyaría a Codetral pero una vez electo hizo todo lo contrario. Su hermano Amado incluso organizó una manifestación de terratenientes que apedreó al obispo y lo echó de Anillaco. También encabezó una partida armada que expulsó de Aminga a Sifre y a Carlos Di Marco, otro dirigente que trabajaba con los campesinos. Por sugerencia de Angelelli, Sifre y Di Marco se mudaron a la localidad de Vichigasta. Fue allí donde compartieron militancia con Pedernera. "Era un campesino que había hecho hasta tercer grado. Un tipo solidario que vivía con su familia, por sus hijos y su mujer era capaz de todo", lo describió Sifre. Pedernera había nacido en San Luis, durante muchos años había trabajado como obrero golondrina en la vendimia. Poco después conoció a quien sería su mujer, Coca. Por esa época lo eligieron delegado en el sindicato de peones rurales y se incorporó al movimiento rural católico. También tuvo un paso fugaz por la Juventud Peronista.

Pedernera sabía que lo iban a matar, pocas horas antes de ser asesinado habló de eso con su familia. "La noche en que supo que iba a morir habló con sus tres hijas y les dijo ‘Papá va a morir, van a decir que era un ladrón, que le gustaba quedarse con cosas que no eran de él, pero la verdad es que muero por luchar por la libertad y la justicia’", contó Sifre. Pedernera se había instalado en Sañogasta con su familia y otros colaboradores de Angelelli; querían evitar la escalada represiva que había empezado a apoderarse de la provincia.

Lo fusilaron en su casa en la madrugada del 25 de julio. Murió horas después en el hospital de Chilecito. "La familia quedó destruida. Una de sus hijas se fue a vivir a Mendoza", contó Sifre.

En la escuela 114 de Chepes se proyectó un video con imágenes de Pedernera. Entre los asistentes se mezclaban las generaciones; estaban los que habían protagonizado los setenta y estaban quienes pretendían ser los herederos. La nueva camada del movimiento estaba representada por Ramiro Mena, de AECheLaR, y Martín Merlo, de la Asociación de Agricultores, Ganaderos y Artesanos de Guandacol. "Wenceslao estaba tratando de construir una organización campesina. Hoy hay un montón de desafíos fuertes en esa línea. En Chepes estamos tratando de agrupar a los campesinos sueltos y consolidar las cooperativas que ya existen", dijo Mena.

Hijo de los dirigentes del PRT-ERP Domingo Mena y Ana María Lanzillotto, secuestrados junto con Mario Roberto Santucho en Villa Martelli, Mena vivió varios años en Etiopía, adonde viajó como misionero laico. Allí trabajó como director de escuela y dio clases de computación, inglés y física. De Africa volvió con una mujer hermosa, Dillawork, con quien hoy tiene un hijo, Gabriel. "En una villa Stella Maris de Bahía Blanca descubrí que las cosas que me indignan son las mismas que indignaban a mi viejo y mi vieja", contó Mena a Página/12. Portavoces de una generación, Mena y Merlo creen que la tarea de Pedernera y sus compañeros quedó inconclusa. "Acá hay un conflicto bastante fuerte con el agua. La misma gente que tiene casi toda la tierra, la familia Brizuela y Doria, tiene la comisión directiva del consorcio de usuarios de agua", dijo Merlo.

Fuente: Página/12, 02/08/07

Vidas paralelas

En agosto de 1968 Pablo VI designó a Enrique Angelelli al frente de la diócesis riojana. Allí promovió la creación de sindicatos de mineros,peones rurales y empleadas domésticas, de cooperativas de trabajadores para fabricar tejidos, ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos. Una de esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores y que consumía el 70 por ciento del agua de la zona. Durante la campaña electoral de 1973, el candidato Carlos Menem prometió que entregaría el latifundio a la cooperativa y lo reiteró luego de asumir la gobernación. Angelelli se sintió confiado y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal de Menem, Anillaco, para presidir las fiestas patronales de San Antonio. Lo recibió una algarada conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes. Entre ellos estaban el hermano del electo gobernador, Amado Menem, y sus hijos César y Manuel Menem, quienes junto a otros propietarios se habían sublevado contra el obispo. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo, declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio. Angelelli atribuyó la agresión a un sector que procura .el mantenimiento de sus privilegios" y mencionó a los grupos Cruzada Renovadora de Cristiandad y Tradición Familia y Propiedad. También suspendió las ceremonias litúrgico-sacramentales en todos los templos de la parroquia. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica y los declaró "incursos en entredicho personal", lo cual los privaba de asistir a celebraciones religiosas y recibir los sacramentos sólo en forma temporaria.

Renuncias

El superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja donde respaldaron a Angelelli. Arrupe dijo que Angelelli seguía las opciones del Concilio y del Papa. Zazpe llegó como auditor enviado por la Santa Sede luego de que Angelelli ofreciera su renuncia al Consejo Presbiteral y pidiera a Pablo VI que le ratificara o retirara la confianza. Los entredichos le exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se difundían marchas militares. Todos los sacerdotes de la diócesis salvo tres se reunieron con Zazpe y le dijeron que los poderosos manoseaban la fe para "mantener una situación injusta y opresora del pueblo" y aprovechar "la mano de obra barata y mal pagada". El presidente de la Conferencia Episcopal, Adolfo Tortolo, sostenía que el Episcopado no debía mediar en los problemas riojanos (lo cual implicaba poner en un pie de igualdad al obispo y a los rebeldes) y el Nuncio Lino Zanini apoyó a los sancionados, a quienes obsequió con sendos crucifijos. Al concluir su inspección Zazpe concelebró la misa con Angelelli en la catedral y proclamó que la diócesis riojana era una servidora de los pobres como habían pedido el Concilio y Medellín y que su pastoral "es la pastoral de la Iglesia universal". Uno de los sancionados le dijo que Angelelli "se va por las buenas o por las malas, y si no es por las malas será lo peor". Durante una visita a la base aérea de Chamical, en La Rioja, el provicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. Ése era el clima en noviembre de 1975, cuando Pérez Battaglia asumió como jefe del Batallón de Ingenieros en Construcciones 141, con sede en la ciudad capital de La Rioja.

Comunicado número uno

El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó al vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del MovimientoRural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo en la base aérea de El Chamical, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos:

–Usted hace política –le gritó. Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base.

Como jefe de la Guarnición militar de La Rioja, el 24 de marzo de 1976 Pérez Battaglia fue designado interventor federal en la provincia y encarceló al gobernador Menem. A su cargo quedó el Area de Seguridad 314. Pérez Battaglia fue así el responsable político y militar de la provincia. De él dependían todas las fuerzas militares y de seguridad (Ejército, Fuerza Aérea, Policía Federal y provincial, Gendarmería), entre ellas los Comandos Operacionales Tácticos. También la justicia le fue subordinada. "Intenté presentar un habeas corpus, pero el juez federal Roberto Catalán dijo que esperaba instrucciones del jefe del Batallón 141, Osvaldo Pérez Battaglia", declaró un testigo ante la Comisión Provincial por los Derechos Humanos que se creó en La Rioja al concluir la dictadura, en 1985. Al regresar de un viaje, la valija de Angelelli fue violentada en la oficina de Aerolíneas Argentinas en La Rioja. En una carta a su amigo Héctor Bertaina (reproducida por Luis Miguel Baronetto en un libro sobre "Vida y martirio de monseñor Angelelli") el obispo dijo que ello ocurrió por orden de Pérez Battaglia. También escribió que el militar lo trataba en forma grosera y lo llamaba "llorón" cuando reclamaba. Angelelli viajó a Córdoba para apelar ante el jefe de Pérez Battaglia, el jefe del Cuerpo III, general Luciano Menéndez. Para mayor seguridad, pidió que lo acompañara el cardenal Raúl Primatesta. Menéndez le contestó en forma muy seca:

–El que tiene que cuidarse es usted.

Estaciones del Calvario

En la primera reunión plenaria del Episcopado después del golpe, en mayo, Angelelli usó un ayuda memoria de 37 puntos, que llamó estaciones del Calvario riojano. Cada uno detallaba una agresión contra el obispo o sus sacerdotes. Incluía el allanamiento y clausura de una casa parroquial, la detención de sacerdotes y seminaristas, la demora y detención de religiosas, la prohibición de celebrar misa en la cárcel, la transmisión radial de la misa celebrada por el capellán militar Mario Pellanda López, en el Batallón que comandaba Pérez Battaglia, pero no la del obispo en la Catedral; la requisa de equipajes y documentos a los participantes de los ejercicios espirituales, la requisa al propio obispo en el santuario popular del Señor de la Peña, la detención e interrogatorios coercitivos a laicos por su contacto con la Iglesia riojana, las cesantías y despidos de personas vinculadas con la Iglesia, etc.

En apoyo de Angelelli, el obispo de San Nicolás, Carlos Ponce de León, contó que en su diócesis además de la detención de sacerdotes se habían producido allanamientos a parroquias y casas religiosas. Se vivía un "clima de terror". A los sacerdotes detenidos se los interrogaba sobre el obispo. Uno de ellos, el salesiano López Molina, fue maltratado. También denunció ataques violentos a algunas casas con el objeto de robar. El propio Ponce de León había estado presente en un allanamiento y fue sometido a humillaciones. También se pegaron afiches contra la Iglesia en los que se reclamaba la .defenestración. del obispo.

El 13 de junio, al cumplirse el primer aniversario del tumulto que corrió a Angelelli de Anillaco, los terratenientes celebraron el "Día de la Defensa de la Fe", con el apoyo de Pérez Battaglia, quien organizó allí undesfile militar. El sacerdote Carlos Murias dijo en una homilía que podrían acallar la voz del obispo pero no la de Jesús. El 18 de julio a las nueve y media de la noche, fue secuestrado junto con el sacerdote Gabriel Longueville de la casa religiosa donde vivían. El 20 por la tarde un empleado ferroviario encontró los cadáveres de ambos sobre una vía, maniatados, con restos de cinta adhesiva y algodón en la boca. Uno de ellos había sido mutilado y la autopsia indicó que había padecido una muerte lenta. Los cuerpos estaban cubiertos por mantas del Ejército y junto a ellos había una lista con nombres de sacerdotes. Pérez Battaglia prohibió que se publicara el comunicado del obispo y hasta el aviso fúnebre que informaba del asesinato. En cambio firmó un comunicado en el que, ante denuncias sobre desaparición de personas, anunciaba más operaciones para "erradicar definitivamente de la provincia a los delincuentes subversivos e ideológicos".

Reunido con sus sacerdotes, Angelelli dibujó una espiral que se cerraba y señaló el centro. "Buscan un copete colorado. Ahora me toca a mí". Los vicarios zonales le sugirieron que se alejara por un tiempo, pero se negó. El 4 de agosto de 1976 cerró su informe sobre la situación con la frase "poseo otros datos que por prudencia no debo escribir" y emprendió viaje a La Rioja con el sacerdote Arturo Pinto. Salieron después del almuerzo una vez que Pinto revisó el auto. El obispo iba al volante. A las tres de la tarde en el camino entre El Chamical y La Rioja fueron seguidos por otro vehículo, un Peugeot 404 claro, que los pasó y los encerró. Según Pinto "se produjo como una explosión. Y a partir de ese momento no recuerdo más nada".

El primer médico que lo atendió dijo que, inconsciente, Pinto murmuraba: "los papeles, apúrese que nos alcanzan". La camioneta dio varios tumbos. El cuerpo de Angelelli fue hallado a veinticinco metros del vehículo, cara al cielo, con los brazos extendidos hacia atrás, descalzo y con la piel de los talones raspados, pero sin marcas similares en el rostro o la calva. Según la justicia los autores arrastraron el cuerpo luego del vuelco. Un camionero vio el cuerpo "ubicado con llamativa prolijidad, derecho, sin magulladuras ni hematomas" cuando "toda persona que es despedida de un vehículo cae como desparramada, desarticulada". La misma impresión transmitió el primer sacerdote que llegó al lugar y encontró el cuerpo rodeado de policías y militares que empuñaban armas largas. "Me daba la impresión de que lo habían sacado del auto, liquidado y arrastrado hasta ahí, porque tenía las manos hacia atrás. En un accidente uno se enrolla todo, se defiende. No, estaba bien estirado." La autopsia indicó como causa de muerte fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica pero la ropa del obispo no mostraba desgarraduras. Pérez Battaglia llamó por teléfono al director del diario El Independiente, Américo Torralba y le ordenó:

–Hay que publicar que fue un accidente por el reventón de la goma trasera.

Un sacerdote que llegó a poco del vuelco intentó retirar el maletín, la carpeta y las pertenencias de Murias y Longueville que Angelelli llevaba consigo, pero los militares se lo impidieron. El teléfono sonó en el despacho del ministro del Interior. El general Albano Harguindeguy escuchó a su interlocutor. "Su cara se iluminó con una sonrisa", narró el ex ministro de Defensa José Antonio Deheza, quien lo visitaba para pedirle la libertad de dirigentes peronistas detenidos. Igual que en el caso de los palotinos asesinados un mes antes en la iglesia de San Patricio, los papeles que llevaba Angelelli llegaron al despacho de Harguindeguy en una carpeta que decía "Confidencial". Cuando las cosas que llevaba el obispo fueron devueltas a la Curia, cinco días después, era evidente que habían sido revueltas. El informe sobre el asesinato de los curas del Chamicalapareció no en el maletín sino en la valija con ropas, el orden de las fojas había sido alterado y había tildes en algunas de ellas.

La prudencia
de las serpientes


Angelelli presidiendo una procesión en La Rioja, a su derecha el gobernador Menem

La noche del 4 de agosto de 1976, camiones de asalto con tropas ocuparon las entradas de la Catedral riojana. Se proponían allanar el dormitorio de Angelelli y detener a los fieles que se aproximaron al conocer la noticia de su muerte. Cerca de medianoche, luego de largas discusiones entre sacerdotes y militares, se abrieron las puertas y grupos de personas cantaron y rezaron. El 6 de agosto, luego de la misa concelebrada ante el cuerpo de Angelelliy de su entierro, el nuncio Pío Laghi, Primatesta y Zazpe hicieron una visita protocolar a Pérez Battaglia, quien les aseguró que se había tratado de un accidente. Según el obispo Oscar Justo Laguna, en un primer momento Laghi lo creyó, hasta que entró en dudas y terminó convencido de que había sido asesinado. Laghisostiene haber presentado una enérgica protesta a las autoridades:

–Deben demostrarme que sucedió lo contrario de lo que yo supongo –dice que dijo.

En su primera edición posterior a la muerte de Angelelli, el diario vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un "extraño accidente". Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu declaró que "no había pruebas concretas para hablar de un crimen" y no se produjo la esperada protesta vaticana. Sin embargo la biografía oficial del nuncio es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con "los extremismos que proponía la Teología de la Liberación". Para ello Laghi y sus colaboradores, Laguna y Jorge Casaretto, fuerzan los hechos. Los autores sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no "inmortalizar" la última visita del "incómodo" obispo riojano al Papa, debido a sus "heterodoxias doctrinales". No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el domínico Luis O. Liberti.

Tres días después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser "prudentes como las serpientes" porque estaban convencidos de que "hay tempus loquendi y tempus tacendi". Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales sentenció que se había tratado "de un homicidio fríamente premeditado". Cuando el juez dirigió un exhorto a Primatesta, inquiriendo si conocía algún elemento que pudiera vincularse con la muerte de Angelelli, el cardenal respondió secamente que no. El Episcopado sigue sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en 2001 aun sostiene que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte lo encontró" y se abstiene de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: "Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo".

Que parezca un accidente

Angelelli fue asesinado en la ruta el 4 de agosto de 1976; Ponce de León el 11 de julio de 1977. En ambos casos se simularon accidentes carreteros. Durante su desempeño al frente de la guarnición riojana, Pérez Battaglia viajaba los fines de semana a San Nicolás. Durante los primeros años de sucarrera militar alquilaba un departamento en Malabia 2200 de la Capital Federal. Pero luego se construyó una casa en San Nicolás, donde vivía su familia. No era un hombre que pasara inadvertido. Los socios del Club Belgrano recuerdan su irrupción, pistola a la cintura, para amenazar a un grupo de muchachos que habían fastidiado a su hijo. En esos viajes, Pérez Battaglia confraternizaba con el jefe del Batallón de Ingenieros de San Nicolás, el teniente coronel Saint Amant, quien se había hecho cargo de esa unidad en diciembre de 1975. Se conocían desde la adolescencia. Cuando Saint Amant ingresó al Colegio Militar, en marzo de 1948, Pérez Battaglia cursaba el último año y fue su jefe de sección en la Compañía de Ingenieros. Este ascendiente de un superior sobre su subordinado se mantiene a lo largo de toda la carrera. Ha