Años de plomo en sangre

Por Alejandra Dandan

Imagen: José Eliezer

“A la miércoles —pensó Cantello— resulta que ahora soy guerrillero”

A Roberto Cantello sus compañeros de trabajo le decían El Cura. Había estudiado para sacerdote, hizo todo el bachillerato humanístico, el noviciado y colgó los hábitos cuando iba a comenzar el último tramo de teología. Dice que no dejó el sacerdocio para casarse, pero cuando entró a la Ford a fines de 1970 ya se había casado. Y a casi cincuenta años de aquello todavía se siente creyente, por eso ahora que está por entrar a la sala de audiencias de San Martín, donde el Tribunal Oral Federal 1 juzga a una parte de los responsables de su secuestro, se encomienda a la virgen María y entra convencido de que él está de un lado y los otros del lado del infierno.

—Buen día, Cantello —le dice la abogada defensora de Héctor Francisco Sibila, el militar retirado jefe de seguridad de la planta de Pacheco, uno de los dos civiles acusados del juicio a la Ford—. Le hago una pregunta: usted, ¿por qué querelló a Riveros y a Sibila si cuando el presidente del Tribunal le preguntó por ellos dijo que no los conocía?

Cantello lleva casi dos horas hablando sin parar, cada tanto se ríe. Habla tranquilo y mira la cara de los jueces. Viene explicando el problema gravísimo, como dice, del plomo que le dejó 37 microgramos en la sangre por el que todos los meses tenía que hacerse extracciones de control como el resto de sus compañeros. Dijo que desde que entró a la fábrica le advirtió a un gerente que los delantales de amianto no servían, que el cuerpo lee plomo y deposita plomo en los huesos. Que eso no se va más. Que el plomo que se acumulaba en la terraza volaba en el galpón por cortes y pulidos. Habló de los estudios que aún se hace en el Hospital Fernández. Y de los ruidos. Ruidos de las pulidoras neumáticas, constantes y terribles, denunciados por los trabajadores, a los que la empresa intentó tapar con un silenciador que resultó un simulacro porque nunca los corrigió. Que por los ruidos perdió 80 por ciento de escucha en un oído. Y por eso le dijo al presidente del TOF: Si pregunto dos veces lo mismo, entienda que es por el oído. La abogada defensora dejó de hablar. Cantello intentó responder, pero un revuelvo de murmullos lo frenó. ¿Qué dice esa mujer? ¿Qué pregunta? La abogada Elizabeth Gómez Alcorta pidió la palabra y se opuso a la pregunta. Cantello quiso hablar.

—Usted no hable Cantello —le pidió el juez Diego Barroetaveña. Y le dio la palabra a su abogada.

Gómez Alcorta egresó de la UBA con cuadro de honor. Es docente de derecho penal. Coordinó la investigación más importante del país sobre responsabilidad empresaria en dictadura. Y cada vez que se sienta en las audiencias, actúa como una leona cuando la defensa escarba a las víctimas para sacar provecho de las desgracias. “Como todo el mundo sabe, cuando una persona abre una querella lo hace por hechos y no contra personas en particular”, dice. “Y eso también lo sabe la señora defensora. Las querellas se presentan como víctimas de hechos para que se investiguen participaciones y responsabilidades en todos aquellos casos que efectivamente la justicia entienda que son responsables. La pregunta es inapropiada y no tiene ningún sentido”, declaró. La fiscalía adhirió. Y también la Secretaría de Derechos Humanos de Nación en cabeza de Ciro Annicchiarico, viejo penalista formado en la investigación por las masacres policiales del Conurbano. Dijo que además de lo que dijo su colega, hay que entender que las identidades de los responsables son las que eventualmente puedan surgir con el correr de la investigación, y no antes.

—Usted no hable Cantello —le dijo de nuevo el presidente al testigo muerto de ganas de poner sus propias palabras al asunto. El juez le pidió a la defensora que repita la pregunta.

 

Imagen: José Eliezer

Cantello miró. La defensora dijo todo de nuevo. Y se quejó por la posición de la querella. Entonces habló el magistrado.

—El señor aclaró que él conocía a estas personas, digamos. ¿Al señor Müller no lo conoció usted? ¿No es cierto? ¿No lo vio para nada en ese tiempo?

—Yo le dije que sabía que estaban —dijo por fin El Cura Cantello—. Que no tenía relación directa con ellos, que no sabía exactamente cuál era el cargo, de Sibila sí que era de seguridad, pero como yo estaba muy preocupado por las leyes de salubridad, seguridad e higiene, era como que no prestaba atención a esas cosas. Y sí que los conozco. No es que no los conozco, es decir: no sé qué se entiende por conocer. Habría que aclarar ese término.

El juez dice que ya está bien. Cantello sigue: Sí que los conozco en el sentido que los sentí nombrar, sí estaban en la empresa, pero no tenía una relación directa con ellos.

Es una nueva audiencia del juicio a Ford. Cantello es uno de los 24 trabajadores secuestrados en 1976. A diferencia de la mayor parte de los trabajadores que declararon hasta ahora, él ya no estaba en la fábrica cuando ocurrió el golpe. Entró como soldador en diciembre de 1970 y en diciembre de 1975 aceptó un retiro voluntario. Para entonces llevaba más de un año como delegado del subsector de armados de la planta de estampados, conocido como el sector de cajas porque reparaban piezas o soldaban capó, tapas de baúl y puertas a camionetas y camiones antes de pasar a la línea. Ahí pasó buena parte del tiempo, quejándose más de una vez, levantando denuncias durante un período en el que descubrió una serie de actas del Ministerio de Salud Pública que denunciaban qué enfermedad producía cada área y cuánto tiempo tenía la empresa para resolverlo. Flor de lío se armó cuando descubrió las actas. Y él está convencido que por eso, en la Ford se molestaron muchísimo.

—¿Tiene segundo nombre? —le preguntó el presidente del TOF.

—Ningún otro nombre.

—¿Sólo Roberto?

—Sólo Roberto.

 

Imagen: José Eliezer

—Usted sabe que nosotros somos los integrantes del Tribunal Oral Federal de San Martín —dijo el juez. Y tomó juramento—. ¿Jura por sus creencias religiosas decir verdad de todo cuanto supiera?

—Sí, juro.

—Le hicieron saber del artículo 275 del código penal. ¿Tiene presente que tiene que decir la verdad de los hechos percibidos o puede tener una pena de prisión?

—Sí, doctor. Lo tengo presente.

Tomás Ojea Quintana es abogado de los trabajadores, compañero de querella de Gómez Alcorta. Suele hacer las primeras preguntas que ahora le salen en tono muy grave, como quien busca volver al eje, tapar tal vez los ruidos de aquella vieja pulidora que todavía ensordece a Cantello. Barroetaveña le dio la palabra.

—Roberto, a preguntas del Tribunal, vos señalaste que ingresaste a la empresa Ford en diciembre de 1970. Cuando ingresaste, ¿tuviste alguna entrevista?

—Sí —dice Cantello—. Tuve que rendir lo físico y lo práctico. Lo práctico era soldadura eléctrica, sobre todo mantener la posición: vertical, horizontal y todas las formas posibles. Después me llevaron a la línea. Se hacía el Ford Falcon, la Rural y el capataz dio vuelta la lima de chapista que se usa en los talleres y le hizo un golpe al lomo trasero de un guardabarros de Falcon. ¡Sáquelo sin usar masilla!, me dijo. Porque ahí no se usaba masilla, cuanto mucho estaño. Lo saqué. Me mandaron a Subarmado. Me pidieron una soldadura eléctrica, en lo que yo era muy práctico. Lo hice. Después hice una soldadura horizontal. Me dieron un capó de Fairline para que saque unas marcas sin estropear la pintura. Me pasaron un martillo de bolita, lo hice lentamente, lo saque y aprobé.

Ese día tuvo otras dos entrevistas. Al encargado de seguridad le discutió de igual a igual cuando le dijo que la empresa les daba delantal de amianto a los que trabajaban con las soldaduras eléctricas porque lo que los afectaba era el calor.

—Usted está equivocado —se mandó Cantello—. Yo había trabajado en Índigo Argentina con rotativas y usábamos delantal de amianto con plomo en la zona del estómago y de los testículos, pero a veces cuando teníamos mucho calor nos sacábamos el delantal por dos o tres días y nos agarraba un dolor tremendo en esas zonas, no quiero faltar el respeto—, dijo a los jueces, como quien se calienta y no tiene desahogo.

—¿No me diga? —me dijo el encargado.

—Si, así son las cosas. ¿Usted sabe que la soldadura eléctrica produce rayos ultravioletas y que esto daña físicamente a las personas, y ataca todo?

—Bueno —me dijo—, la verdad es que no lo sabía.

—Ahora lo sabe —le respondió.

De ahí pasó a personal. El gerente le hizo una serie de preguntas.

—¿Qué preguntas? —dijo Ojea Quintana.

—Y, por ejemplo: para usted, para nuestro país, qué conviene más: ¿el sistema comunista o el sistema democrático? Y yo dije: aquel que favorezca mi constitución nacional. Eso respondí yo.

Cada juicio de lesa humanidad tiene sus lógicas. Pero también cada jurisdicción. Barroetaveña lleva varios años en San Martín, pero esta vez es el único que juega de local con rol de presidente ante otros tres jueces que pertenecen a otros lugares. Quizá por eso ahora habla más. Cuando Cantello habló del examen de ingreso en lógica de guerra fría, Barroetaveña que hasta ahí llevaba varios minutos callado, le preguntó:

—¿Y eso en el año 1970?

—Sí —dijo el obrero.

Para mediados de 1974, Cantello ya era delegado. Era un ideal, dijo, para favorecer a mis compañeros en todo lo que respecta a higiene y salubridad. De 36 personas del sector, lo eligieron 35. Los delegados tenían un cuarto y como sabía escribir a máquina, quedó como secretario de actas. “Nos movíamos como grupo, éramos cinco delegados normalmente, hablábamos con la empresa y el sindicato. Y cuando se hacían las actas para reclamar algo, entregábamos una copia al sindicato y otra a la empresa. Cuando nos llamaban a una reunión, generalmente estaba el presidente de nuestro turno que era Dolver”. Como parte de sus funciones, trabajó las denuncias por plomo, ruidos y las actas del ministerio de Salud. “Les molestó mucho que yo haya descubierto eso —dijo—, porque las actas marcaban con puntualidad los distintos caballetes (zonas de trabajo) que provocaban distinto tipo de enfermedad: qué enfermedad producía cada uno y el tiempo que se había ordenado para resolverlo, en general 15 ó 20 días”. Cuando el abogado le preguntó cómo sabía que la patronal se había molestado, El Cura lo dijo cortito: “¡A quién le gusta que alguien intervenga de esa manera! ¡No les gustó nada porque descubrimos un delito que estaban causando a las personas! Usted para entrar a Ford o a cualquier empresa, tiene que estar okey. Pero después resulta que lo destruyen y lo cambian por otro”.

El plomo en sangre no se le fue. En el Hospital Fernández aprendió que no se le iría. Que los niveles se activan con el calor, y ni hablar con el sol. Y bajan con frío. Que en verano llegó a tener niveles elevados de 25, 26 o 27 y en invierno, 11. Que entre las secuelas le quedó el tema del oído y una carraspera. “Se ve que el plomo en sangre produce por ejemplo dolores en la pierna y uno no sabe por qué. Insomnio, y uno no sabe por qué. Impotencia sexual, cambios de carácter, la famosa fiebre del soldador de 37,2 ó 37,5, y no se sabe de dónde viene. A veces a uno le dan ganas de llorar y no sabe por qué, siente mucha tristeza. Y todo eso es consecuencia del plomo en sangre”.

Cantello dice que la empresa nunca hizo nada por resolver los problemas. Que ellos subían a la terraza de la planta de estampado, que estaba llena de plomo, llena, repitió, y a ese plomo lo largaban al aire. En 1975 también vio la fábrica militarizada. Fue el año de la enorme movilización por las paritarias que terminó con casi 600 obreros de la Ford despedidos. A la planta de estampados se había metido el Ejército, armado hasta los dientes, explicó. Controlaban la entrada y la salida y le decían al personal: este no entra. Cuando salían de estampados, más de una vez, tirados en el pasto, oían a los soldados haciendo ruidos con las correderas.

—Eh, boludo —les decían—: ¿qué pasa? ¿Nos quieren matar a todos?

Como contaron sus compañeros, también dijo que los soldados accedían a los comedores y cargaban combustible en la planta. Y los controles también se hacían sentir en las cadenas de producción.

—Si un trabajador quería salir de la línea de producción o de su puestos para ir al baño, ¿cómo hacía? —preguntó Gómez Alcorta al final.

—Tenía que traer un comprobante para ir al baño. Un papel amarillo con la hora de ida y la hora de vuelta.

—¿A quién le pedía eso?

—Al capataz del sector.

 

Imagen: José Eliezer

En diciembre de ese ’75, Ford abrió un retiro voluntario. Cantello lo pidió como obrero sin fueros sindicales porque quería irse, no quería saber más nada de ser delegado. La empresa, dijo, no le daba bolilla a nadie, ni a salud pública, ni a los reclamos que se comprobaban reales. Ya estaba enfermo. Y la plata le alcanzaba para una soldadora. Antes de irse, entró la valija de herramientas y lo más importante: la credencial de la fábrica. Poco después entró a trabajar a Lever Atkinson, una planta que hacía el jabón Rexina, shampoo Clinic y margarina, puesto al que entró por un vecino gerente. Allí no militó gremialmente. ¡No quería saber más nada!, dijo. Su vecino gerente Juan Otero le mostró una carpeta con su nombre que le habían entregado desde Coordinación Federal con todo tipo de datos, incluso el año en el que repitió cuarto grado. También le dijo que Coordinación pasaba a preguntar si tenía problemas con los obreros. Que el hombre decía que no, y que cualquier cosa lo resolvía con el sindicato. Pero que los tipos le decían que cualquier cosa avisara: nosotros venimos y los detenemos.

A Cantello lo secuestraron el 28 de marzo de 1976. Su esposa había puesto un pequeño negocio de ropa en el living de la casa en Saavedra. La puerta de vidrio estaba cerrada con una cortina americana. Cuando escucho golpes, Cantello la movió. Y abrió.

—Señor, ¿este es usted? —le dijeron quienes fueron a buscarlo. Le mostraron la credencial que había devuelto a la Ford. Y después le anunciaron que iban a llevarlo a Campo de Mayo.

Estuvo detenido ilegalmente en la comisaría de Maschwitz, en Tigre, Devoto y la Unidad 9 de La Plata, como el resto de los trabajadores de la Ford. También vio en Devoto un expediente de varias hojas que estaba abierto. ¿Cómo supo que era suyo?, le preguntó el juez. “Porque decía: el señor Roberto Cantello fue detenido por presunta vinculación con Montoneros”. A la miércoles, pensó en ese momento, resulta que soy guerrillero.

Pedro Troiani lo escucha desde la primera fila, al lado de otros de sus compañeros. Cuando la palabra está en manos de la defensa de Sibila, la abogada pregunta si se cuidó en sus trabajos posteriores, él dice que sí, que siempre se cuidó, que por eso llegó también a los 80 años, gracias a Dios.

—Sí, se lo ve muy bien.

Dice la abogada sin inmutarse.

 

El Cohete a la Luna

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