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Para
la presente antología se han utilizado, en su mayor parte, textos de Abanico,
revista de letras de la Biblioteca Nacional de la República Argentina -
www.abanico.edu.ar - de fecha 12/04. Las imágenes que ilustran los textos
han sido seleccionadas por www.elortiba.org y no integran la revista. El
texto introductorio a la antología de la revista es el siguiente: "Por primera
vez Abanico presenta una entrega temática, hemos adjudicado al erotismo
ser contenido y continente de este número. Tarea difícil, acaso imposible,
determinar los límites de la erótica, tan difícil como marcar los lindes
del arte. De lo que no caben dudas es de su íntima relación con la vida.
Compone esta presentación un conjunto de textos cuya materia constitutiva
es la erótica, o que bien la rozan tangencialmente; algunos la investigan,
otros la usan como excusa. Algunos trabajos sugieren e implican, otros trabajan
la explicitud; algunos se apoyan en lo oculto, otros en lo evidente. Son
diferentes miradas, a veces contradictorias. Las hay íntimas, personales,
culturales, vindicativas, alegóricas y humorísticas. Como ha dicho Daniel
Muxica en el prólogo de La erótica argentina (Antología poética 1600/1990)
-Manantial, Bs. As. 2001-: “No podemos hablar de erotismo sin implicar palabras
como amor, sexo, deseo, voluptuosidad, himeneo, seducción, génesis, sensualidad,
castidad, lujuria, pornografía, virginidad, perversión, pasión, obscenidad;
por nombrar algunas de las más cercanas y de más rápida aunque no tan fácil
asociación.” Podríamos agregar a esta enumeración palabras como dolor, sociedad,
muerte, cultura, prohibición, política... y acaso el lector la completará
con otros muchos vocablos que remiten a las infinitas facetas de lo erótico"
NOTA RELACIONADA
Pornografía, erotismo,
obscenidad
LECTURA RECOMENDADA
Lo Duca, Historia del erotismo
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Bernard Arcand - El jaguar y el oso hormiguero - Antropologia de la pornografia
Juan Gustavo Cobo Borda (compilador) - Lengua erótica
(antología)
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Erótica
Universalis - Enciclopedia del arte erótico
Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891. Realizó sus estudios en
el Epson College de Londres y en el Liceo Luis Le Grand de París. Se recibió
de abogado, aunque nunca ejerció la profesión. En 1911 inicia su actividad
literaria fundando el periódico Comoedia; tras una breve experiencia teatral
escribe La Madrastra y La comedia de todos los días. En 1922 aparece en
Francia Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; luego publica en Madrid,
Calcomanías (1925). Construye en esa época una fuerte vinculación con los
jóvenes que sustentan el proyecto vanguardista de la literatura argentina,
siendo el autor de la redacción del Manifiesto de la revista Martín Fierro.
Lleva una intensa vida literaria entre Buenos Aires y diversas capitales
de Europa y se vincula con Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael
Alberti, Gómez de la Serna y Julles Supervielle. Las manifestaciones del
surrealismo lo tienen como activo protagonista en París. También decide
emprender un viaje desde Chile hasta México a fin de establecer contactos
con nuevos escritores, representando a las revistas Proa, Valoraciones y
Martín Fierro. Se radica definitivamente en Buenos Aires en 1931 publicando
al año siguiente Espantapájaros (al alcance de todos) con una desopilante
campaña publicitaria que incluye una carroza fúnebre y un gigantesco muñeco
de papel maché por la Avenida 9 de julio, logrando agotar en pocos días
los 5000 ejemplares de la edición. Casado con Nora Lange en 1943, la pareja
hace de su casa un lugar de reuniones literarias, frecuentada por escritores
jóvenes (Enrique Molina, Alberto Vanasco, Edgar Bayley, etc.) quienes lo
consideran un maestro.
Su decisiva ruptura con el modernismo y sus seguidores, más la vigorosa
renovación de la sacralizada zona poética de las primeras décadas del siglo,
a las que contribuyó de manera notable y extensa, ubican a Oliverio Girondo
como un mojón soberano de la vanguardia poética en Hispanoamérica. Muere
en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.
Entre sus obras figuran: Persuasión de los días (1942), Campo nuestro (1946),
La Másmedula (1954), Yo tan yo, Destino, Topatumba, Cansancio, Mi mito,
Ella y otros poemas.
Exvoto
A las chicas de flores
Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas
de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas
en un aleteo de mariposas.
Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para trasmitirse sus
estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas,
de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro
de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas,
y de noche, a remolque de sus mamás -empavesadas como fragatas- van a pasearse
por la plaza, para que los hombres les ayaculen palabras al oído, y sus
pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran,
como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca
tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que
no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos
los que pasan por la vereda.
12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se tiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.
22
Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con sexo prehensil.
Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las
primeras.
Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra
en la mayoría de los casos inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las
mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia
que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo.
La imposibilidad en que se encuentren de hundirnos su lanceta en silencio,
disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con
que al oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y
comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejan tranquilos.
Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas
resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros
preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con
que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo a utilizarlos, ya que antes
de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos
interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad
de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.
Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo,
son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan
las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas
operan a distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como
un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con
ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos.
Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones
de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne
adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres,
los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con
esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente
las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan
desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan
de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. hasta
que el día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus
descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo lleno
de interrupciones y de cortocircuitos.
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Octavio Paz
Octavio Paz nació en México el 31 de marzo de 1914 y falleció el 19 de abril
de 1998. En la revista Barandal publica sus primeros poemas. Su primer libro,
Luna silvestre, lo edita en 1933. Es fundador junto con otros poetas de
la revista Taller. En 1941-1942 se publican Entre la piedra y la flor y
A la orilla del mundo. En 1938, en París, hace amistad con André Bretón
e intensifica su relación con Benjamín Péret, así como con una multitud
de escritores franceses y de otras nacionalidades. En esa época publica
Libertad bajo palabra. Le siguen El laberinto de la soledad (1950), Semillas
para un himno, la obra de teatro La hija de Rappaccini, ambas de 1954, El
arco y la lira (1956), Las peras del olmo (1957), La estación violenta,
que recoge Piedra de Sol (1958), Salamandra (1962), Cuadrivio (1965), Puertas
al campo (1966), Corriente alterna y Claude Lévi-Strauss o El nuevo festín
de Esopo (1967), Posdata, Marcel Duchamp o El castillo de la pureza y Ladera
Este (1968), Conjunciones y disyunciones (1970), Los signos en rotación
y Renga (1971), El signo y el garabato (1973). En 1974 publica Los hijos
del limo, El mono gramático y Versiones y diversiones, donde recoge sus
traducciones. En 1975 publica Pasado en claro, Poemas y El ogro filantrópico
(1979). A los años 1982-1990 corresponden Sombras de obras, Hombres en su
siglo, Pasión crítica, Tiempo nublado, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas
de la fe, Árbol adentro.
Fue director de la revista Plural y creador de la revista Vuelta. Entre
los premios que recibió se cuentan el Premio Cervantes
REPASO: LA DOBLE LLAMA
Todos los días oímos esta frase: nuestro siglo es el siglo de la comunicación.
Es un lugar común que, como todos, encierra un equívoco. Los medios modernos
de transmisión de las noticias son prodigiosos; lo son mucho menos las formas
en que usamos esos medios y la índole de las noticias e informaciones que
se transmiten en ellos. Los medios muchas veces manipulan la información
y, además, nos inundan con trivialidades. Pero aun sin esos defectos toda
comunicación, incluso la directa y sin intermediarios, es equívoca. El diálogo,
que es la forma más alta de comunicación que conocemos, siempre es un afrontamiento
de alteridades irreductibles. Su carácter contradictorio consiste en que
es un intercambio de informaciones concretas y singulares para el que las
recibe. Digo verde y aludo a una sensación particular, única e inseparable
de un instante, un lugar y un estado psíquico y físico: la luz cayendo sobre
la yedra verde esta tarde un poco fría de primavera. Mi interlocutor escucha
una serie de sonidos, percibe una situación y vislumbra la idea de verde.
¿Hay posibilidades de comunicación concreta? Sí, aunque el equívoco nunca
desaparece del todo. Somos hombres, no ángeles. Los sentidos nos comunican
con el mundo y, simultáneamente, nos encierran en nosotros mismos: las sensaciones
son subjetivas e indecibles. El pensamiento y el lenguaje son puentes pero,
precisamente por serlo, no suprimen la distancia entre nosotros y la realidad
exterior. Con esta salvedad, puede decirse que la poesía, la fiesta y el
amor son formas de comunicación concreta, es decir, de comunión. Nueva dificultad:
la comunión es indecible y, en cierto modo, excluye la comunicación: no
es un intercambio de noticias sino una fusión. En el caso de la poesía,
la comunión comienza en una zona de silencio, precisamente cuando termina
el poema. Podría definirse al poema como un organismo verbal productor de
silencios. En la fiesta -pienso, ante todo, en los ritos y en otras ceremonias
religiosas- la fusión se opera en sentido contrario: no el regreso al silencio,
refugio de la subjetividad, sino entrada en el gran todo colectivo: el yo
se vuelve un nosotros. En el amor, la contradicción entre comunicación y
comunión es aún más patente.
El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido
o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es
todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla
como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe
en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia,
dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo
deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por
la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo,
la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos
ve por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de
pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma
y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo,
me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como
sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que
abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo
en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del
cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión
de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica,
evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos
mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se
inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una substancia
infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas
primordiales; un instante después, la substancia se desvanece, el cuerpo
vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Sólo podemos percibir a la
mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia
que se anula y nos anula.
La condenación del amor carnal como un pecado contra el espíritu no es cristiana
sino platónica. Para Platón la forma es la idea, la esencia. El cuerpo es
una presencia en el sentido real de la palabra: la manifestación sensible
de la esencia. Es el trasunto, la copia de un arquetipo divino: la idea
eterna. Por esto, en el Fedro y en El Banquete, el amor más alto es la contemplación
del cuerpo hermoso: contemplación arrobada de la forma que es esencia. El
abrazo carnal entraña una degradación de la forma en substancia y de la
idea en sensación. Por esto también Eros es invisible; no es una presencia:
es la obscuridad palpitante que rodea a Psiquis y la arrastra en una caída
sin fin. El enamorado ve la presencia bañada por la luz de la idea; quiere
asirla pero cae en la tiniebla de un cuerpo que se dispersa en fragmentos.
La presencia reniega de su forma, regresa a la substancia original para,
al fin, anularse. Anulación de la presencia, disolución de la forma: pecado
contra la esencia. Todo pecado atrae un castigo: vueltos del arrebato, nos
encontramos de nuevo frente a un cuerpo y un alma otra vez extraños. Entonces
surge la pregunta ritual: ¿en qué piensas? Y la respuesta: en nada. Palabras
que se repiten en interminables galerías de ecos.
No es extraño que Platón haya condenado al amor físico. Sin embargo, no
condenó a la reproducción. En El Banquete llama divino al deseo de procrear:
es ansia de inmortalidad. Cierto, los hijos del alma, las ideas, son mejores
que los hijos de la carne; sin embargo, en Las leyes exalta a la reproducción
corporal. La razón: es un deber político engendrar ciudadanos y mujeres
que sean capaces de asegurar la continuidad de la vida en la ciudad. Aparte
de esta consideración ética y política, Platón percibió claramente la vertiente
pánica del amor, su conexión con el mundo de la sexualidad animal y quiso
romperla. Fue coherente consigo mismo y con su visión del mundo de las ideas
incorruptibles, pero hay una contradicción insalvable en la concepción platónica
del erotismo: sin el cuerpo y el deseo que enciende en el amante, no hay
ascensión hacia los arquetipos. Para contemplar las formas eternas y participar
en la esencia, hay que pasar por el cuerpo. No hay otro camino. En esto
el platonismo es el opuesto a la visión cristiana: el eros platónico busca
la desencarnación mientras que el misticismo cristiano es sobre todo un
amor de encarnación, a ejemplo de Cristo, que se hizo carne para salvarnos.
A pesar de esta diferencia, ambos coinciden en su voluntad de romper con
este mundo y subir al toro. El platónico por la escala de la contemplación,
el cristiano por el amor a una divinidad que, misterio inefable, ha encarnado
en un cuerpo.
Unidos en su negación de este mundo, el platonismo y el cristianismo vuelven
a separarse en otro punto fundamental. En la contemplación platónica hay
participación, no reciprocidad: las formas eternas no aman al hombre; en
cambio, el Dios cristiano padece por los hombres, el Creador está enamorado
de sus criaturas. Al amar a Dios, dicen los teólogos y los místicos, le
devolvemos, pobremente, el inmenso amor que nos tiene. El amor humano, tal
como lo conocemos y vivimos en Occidente desde la época del «amor cortés»,
nació de la confluencia entre el platonismo y el cristianismo y, asimismo,
de sus oposiciones. El amor humano, es decir, el verdadero amor, no niega
al cuerpo ni al mundo. Tampoco aspira a otro ni se ve como un tránsito hacia
una eternidad más allá del cambio y del tiempo. El amor es amor no a este
mundo sino de este mundo; está atado a la tierra por la fuerza de gravedad
del cuerpo, que es placer y muerte. Sin alma -o como quiera llamarse a ese
soplo que hace de cada hombre y de cada mujer una persona- no hay amor pero
tampoco lo hay sin cuerpo. Por el cuerpo, el amor es erotismo y así se comunica
con las fuerzas más vastas y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo
-llama doble- se alimentan del fuego original: la sexualidad. Amor y erotismo
regresan siempre a la fuente primordial, a Pan y a su alarido que hace temblar
la selva.
El reverso del Eros platónico es el tantrismo, en sus dos grandes ramas:
la hindú y la budista. Para el adepto de Tantra, el cuerpo no manifiesta
la esencia: es un camino de iniciación. Más allá no está la esencia, que
para Platón es un objeto de contemplación y de participación; al final de
la experiencia erótica el adepto llega, si es budista, a la vacuidad, un
estado en que la nada y el ser son idénticos; si es hindú, a un estado semejante
pero en el que el elemento determinante no es la nada sino el ser -un ser
siempre idéntico a él mismo, más allá del cambio. Doble paradoja: para el
budista, la nada está llena; para el hinduista, el ser esta vacío. El rito
central del tantrismo es la copulación. Poseer un cuerpo y recorrer en él
y con él todas las etapas del abrazo erótico, sin excluir a ninguno de sus
extravíos o aberraciones, es repetir ritualmente el proceso cósmico de la
creación, la destrucción y la recreación de los mundos. También es una manera
de romper ese proceso y detener la rueda del tiempo y de las sucesivas reencarnaciones.
El yogui debe evitar la eyaculación y esta práctica obedece a dos propósitos:
negar la función reproductiva de la sexualidad y transformar el semen en
pensamiento de iluminación. Alquimia erótica: la fusión del yo y del mundo,
del pensamiento y la realidad, produce un relámpago: la iluminación, llamarada
súbita que literalmente consume al sujeto y al objeto. No queda nada: el
yogui se ha disuelto en lo incondicionado. Abolición de las formas. En el
tantrismo hay una violencia metafísica ausente en el platonismo: romper
el ciclo cósmico para penetrar en lo incondicionado. La cópula ritual es,
por una parte, una inmersión en el caos, una vuelta a la fuente original
de la vida; por otra, es una práctica ascética, una purificación de los
sentidos y de la mente, una desnudez progresiva hasta llegar a la anulación
del mundo y del yo. El yogui no debe retroceder ante ninguna caricia pero
su goce, cada vez más concentrado, debe transformarse en suprema indiferencia.
Curioso paralelo con Sade, que veía en el libertinaje un camino hacia la
ataraxia, la insensibilidad de la piedra volcánica.
Las diferencias entre el tantrismo y el platonismo son instructivas. El
amante platónico contempla la forma, el cuerpo, sin caer en el abrazo; el
yogui alcanza la liberación a través de la cópula. En un caso, la contemplación
de la forma es un viaje que conduce a la visión de la esencia y a la participación
con ella; en el otro, la cópula ritual exige atravesar la tiniebla erótica
y realizar la destrucción de las formas. A pesar de ser un rito acentuadamente
carnal, el erotismo tántrico es una experiencia de desencarnación. El platonismo
implica una represión y una sublimación: la forma amada es intocable y así
se substrae de la agresión sádica. El yogui aspira a la abolición del deseo
y de ahí la naturaleza contradictoria de su tentativa: es un erotismo ascético,
un placer que se niega a sí mismo. Su experiencia está impregnada de un
sadismo no físico sino mental: hay que destruir las formas. En el platonismo,
el cuerpo amado es intocable; en el tantrismo el intocable es el espíritu
del yogui. Por esto tiene que agotar, durante el abrazo, todas las caricias
que proponen los manuales de erotología pero reteniendo la descarga seminal;
si lo consigue, alcanza la indiferencia del diamante: impenetrable, luminoso
y transparente.
Aunque las diferencias entre el platonismo y el tantrismo son muy hondas
-corresponden a dos visiones del mundo y del hombre radicalmente opuestas-
hay un punto de unión entre ellos: el otro desaparece. Tanto el cuerpo que
contempla el amante platónico como la mujer que acaricia el yogui, son objetos,
escalas en una ascensión hacia el cielo puro de las esencias o hacia esa
región fuera de los mapas que es lo incondicionado. El fin que ambos persiguen
está más allá del otro. Esto es, esencialmente, lo que los separa del amor,
tal como ha sido descrito en estas páginas. Es útil repetirlo: el amor no
es la búsqueda de la idea o la esencia; tampoco es un camino hacia un estado
más allá de la idea y la no-idea, el bien y el mal, el ser y el no-ser.
El amor no busca nada más allá de sí mismo, ningún bien, ningún premio;
tampoco persigue una finalidad que lo trascienda. Es indiferente a toda
trascendencia: principia y acaba en él mismo. Es una atracción por un alma
y un cuerpo; no una idea: una persona. Esa persona es única y está dotada
de libertad, para poseerla, el amante tiene que ganar su voluntad. Posesión
y entrega son actos recíprocos.
Como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema
ventura y la desdicha suprema. Abelardo llamó al relato de su vida: Historia
de mis calamidades. Su mayor calamidad fue también su más grande felicidad:
haber encontrado a Eloísa y ser amado por ella. Por ella fue hombre: conoció
el amor; y por ella dejó de serlo: lo castraron. La historia de Abelardo
es extraña, fuera de lo común; sin embargo, en todos los amores, sin excepción,
aparecen esos contrastes, aunque casi siempre menos acusados. Los amantes
pasan sin cesar de la exaltación al desánimo, de la tristeza a la alegría,
de la cólera a la ternura, de la desesperación a la sensualidad. Al contrario
del libertino, que busca a un tiempo el placer más intenso y la insensibilidad
moral más absoluta, el amante está perpetuamente movido por sus contradictorias
emociones. El lenguaje popular, en todos los tiempos y lugares, es rico
en expresiones que describen la vulnerabilidad del enamorado: el amor es
una herida, una llaga. Pero, como dice San Juan de la Cruz, es «una llaga
regalada», un «cauterio suave», una «herida deleitosa». Sí, el amor es una
flor de sangre. También es un talismán. La vulnerabilidad de los amantes
los defiende. Su escudo es su indefensión, están armados de su desnudez.
Cruel paradoja: la sensibilidad extrema de los amantes es la otra cara de
su indiferencia, no menos extrema, ante todo lo que no sea su amor. El gran
peligro que acecha a los amantes, la trampa mortal en que caen muchos, es
el egoísmo. El castigo no se hace esperar: los amantes no ven nada ni a
nadie que no sea ellos mismos hasta que se petrifican... o se aburren. El
egoísmo es un pozo. Para salir al aire libre, hay que mirar más allá de
nosotros mismos: allá está el mundo y nos espera.
El amor no nos preserva de los riesgos y desgracias de la existencia. Ningún
amor, sin excluir a los más apacibles y felices, escapa a los desastres
y desventuras del tiempo. El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo
y ningún amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta
a las afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte. Como un remedio contra
el tiempo y la seducción del amor, los budistas concibieron un ejercicio
de meditación que consistía en imaginar al cuerpo de la mujer como un saco
de inmundicias. Los monjes cristianos también practicaron estos ejercicios
de denigración de la vida. El remedio fue vano y provocó la venganza del
cuerpo y de la imaginación exasperada: las tentaciones a un tiempo terribles
y lascivas de los anacoretas. Sus visiones, aunque sombras hechas de aire,
fantasmas que la luz disipa, no son quimeras: son realidades que viven en
el subsuelo psíquico y que la abstención alimenta y fortifica. Transformadas
en monstruos por la imaginación, el deseo las desata. Cada una de las criaturas
que pueblan el infierno de San Antonio es un emblema de una pasión reprimida.
La negación de la vida se resuelve en violencia. La abstención no nos libra
del tiempo: lo transforma en agresión psíquica, contra los otros y contra
nosotros mismos.
No hay remedio contra el tiempo. O, al menos, no lo conocemos. Pero hay
que confiarse a la corriente temporal, hay que vivir. El cuerpo envejece
porque es tiempo como todo lo que existe sobre esta tierra. No se me oculta
que hemos logrado prolongar la vida y la juventud. Para Balzac la edad crítica
de la mujer comenzaba a los treinta años; ahora a los cincuenta. Muchos
científicos piensan que en un futuro más o menos próximo será posible evitar
los achaques de la vejez. Estas predicciones optimistas contrastan con lo
que sabemos y vemos todos los días: la miseria aumenta en más de la mitad
del planeta, hay hambrunas e incluso en la antigua Unión Soviética, en los
últimos años del régimen comunista, aumentó la tasa de la mortalidad infantil.
(Ésta es una de las causas que explican el desplome del imperio soviético).
Pero aun si se cumpliesen las previsiones de los optimistas, seguiríamos
siendo súbditos del tiempo. Somos tiempo y no podemos substraernos a su
dominio. Podemos transfigurarlo, no negarlo ni destruirlo. Esto es lo que
han hecho los grandes artistas, los poetas, los filósofos, los científicos
y algunos hombres de acción. El amor también es una respuesta: por ser tiempo
y estar hecho de tiempo, el amor es, simultáneamente, conciencia de la muerte
y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados
porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas
temporales y que saben que van a morir; en todos los amores, aun en los
más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana:
es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que
es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es.
La juventud es el tiempo del amor. Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces
de amor, no por impotencia sexual sino por sequedad de alma; también hay
viejos jóvenes enamorados: unos son ridículos, otros patéticos y otros más
sublimes. Pero ¿podemos amar a un cuerpo envejecido o desfigurado por la
enfermedad? Es muy difícil, aunque no enteramente imposible. Recuérdese
que el erotismo es singular y no desdeña ninguna anomalía. ¿No hay monstruos
hermosos? Además, es claro que podemos seguir amando a una persona, a pesar
de la erosión de la costumbre y la vida cotidiana o de los estragos de la
vejez y la enfermedad. En esos casos, la atracción física cesa y el amor
se transforma. En general se convierte no en piedad sino en com-pasión,
en el sentido de compartir y participar en el sufrimiento de otro. Ya viejo,
Unamuno decía: no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me
duelen las mías si a ella le duelen las suyas. La palabra pasión significa
sufrimiento y, por extensión, designa también al sentimiento amoroso. El
amor es sufrimiento, padecimiento, porque es carencia y deseo de posesión
de aquello que deseamos y no tenemos; a su vez, es dicha porque es posesión,
aunque instantánea y siempre precaria. El Diccionario de Autoridades registra
otra palabra hoy en desuso pero empleada por Petrarca: comphatía. Deberíamos
reintroducirla en la lengua pues expresa con fuerza este sentimiento de
amor transfigurado por la vejez o la enfermedad del ser amado.
Según la tradición, el amor es un compuesto indefinible de alma y cuerpo;
entre ellos, a la manera de un abanico, se despliegan una serie de sentimientos
y emociones que van de la sexualidad más directa a la veneración, de la
ternura al erotismo. Muchos de esos sentimientos son negativos: en el amor
hay rivalidad, despecho, miedo, celos y finalmente odio. Ya lo dijo Catulo:
el odio es indistinguible del amor. Esos afectos y esos resentimientos,
simpatías y antipatías, se mezclan en todas las relaciones amorosas y componen
un licor único, distinto en cada caso y que cambia de coloración, aroma
y sabor según cambian el tiempo, las circunstancias y los humores. Es un
filtro más poderoso que el de Tristán e Isolda. Da vida y muerte: todo depende
de los amantes. Puede transformarse en pasión, aborrecimiento, ternura y
obsesión. A cierta edad, puede convertirse en comphatía. ¿Cómo definir a
este sentimiento? No es un afecto de la cabeza ni del sexo sino del corazón.
En el fruto último del amor, cuando se ha vencido a la costumbre, al tedio
y a esa tentación insidiosa que nos hace odiar todo aquello que hemos amado.
El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo, estira los
minutos y los alarga como siglos. El tiempo, que es medida isócrona, se
vuelve discontinuo e inconmensurable. Pero después de cada uno de esos instantes
sin medida, volvemos al tiempo y a su horario: no podemos escapar de la
sucesión. El amor comienza con la mirada: miramos a la persona que queremos
y ella nos mira. ¿Qué vemos? Todo y nada. No por mucho tiempo; al cabo de
un momento, desviamos los ojos. De otro modo, ya lo dije, nos petrificaríamos.
En uno de sus poemas más complejos, Donne se refiere a esta situación. Arrobados,
los amantes se miran interminablemente:
wee, like sepulchrallstatues lay;
All day, the same our postures were,
And wee said nothing, all the day.
Si se prolongase esta inmóvil beatitud, pereceríamos. Debemos volver a nuestros
cuerpos, la vida nos reclama:
Love mysteries in soules doe grow,
But yet the body is his booke.
Tenemos que mirar, juntos, al mundo que nos rodea. Tenemos que ir más allá,
al encuentro de lo desconocido.
Si el amor es tiempo, no puede ser eterno. Está condenado a extinguirse
o a transformarse en otro sentimiento. La historia de Filemón y Baucis,
contada por Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, es un ejemplo encantador.
Júpiter y Mercurio recorren Frigia pero no encuentran hospitalidad en ninguna
de las casas adonde piden albergue, hasta que llegan a la choza del viejo,
pobre y piadoso Filemón y de su anciana esposa, Baucis. La pareja los acoge
con generosidad, les ofrece un lecho rústico de algas y una cena frugal,
rociada con un vino nuevo que beben en vasos de madera. Poco a poco los
viejos descubren la naturaleza divina de sus huéspedes y se prosternan ante
ellos. Los dioses revelan su identidad y ordenan a la pareja que suba con
ellos a la colina. Entonces, con un signo, hacen que las aguas cubran la
tierra de los frigios impíos y convierten en pantano sus casas y sus campos.
Desde lo alto, Baucis y Filemón ven con miedo y lástima la destrucción de
sus vecinos; después, maravillados, presencian como su choza se transforma
en un templo de mármol y techo dorado. Entonces Júpiter les pide que digan
su deseo. Filemón cruza unas cuantas palabras con Baucis y ruega a los dioses
que los dejen ser, mientras duren sus vidas, guardianes y sacerdotes del
santuario. Y añade: puesto que hemos vivido juntos desde nuestra juventud,
queremos morir unidos y a la misma hora: «que yo no vea la pira de Baucis
ni que ella me sepulte». Y así fue: muchos años guardaron el templo hasta
que, gastados por el tiempo, Baucis vio a Filemón cubrirse de follajes y
Filemón vio cómo el follaje cubría a Baucis. Juntos dijeron: «Adiós esposo»
y la corteza ocultó sus bocas. Filemón y Baucis se convirtieron en dos árboles:
una encina y un tilo. No vencieron al tiempo, se abandonaron a su curso
y así lo transformaron y se transformaron.
Filemón y Baucis no pidieron la inmortalidad ni quisieron ir más allá de
la condición humana: la aceptaron, se sometieron al tiempo. La prodigiosa
metamorfosis con la que los dioses -el tiempo- los premiaron, fue un regreso:
volvieron a la naturaleza para compartir con ella, y en ella, las sucesivas
transformaciones de todo lo vivo. Así, su historia nos ofrece a nosotros,
en este fin de siglo, otra lección. La creencia en la metamorfosis se fundó,
en la Antigüedad, en la continua comunicación entre los tres mundos: el
sobrenatural, el humano y el de la naturaleza. Ríos, árboles, colinas, bosques,
mares, todo estaba animado, todo se comunicaba y todo se transformaba al
comunicarse. El cristianismo desacralizó a la naturaleza y trazó una línea
divisoria e infranqueable entre el mundo natural y el humano. Huyeron las
ninfas, las náyades, los sátiros y los tritones o se convirtieron en ángeles
o en demonios. La Edad Moderna acentuó el divorcio: en un extremo, la naturaleza
y, en el otro, la cultura. Hoy, al finalizar la modernidad, redescubrimos
que somos parte de la naturaleza. La tierra es un sistema de relaciones
o, como decían los estoicos, una «cons-piración de elementos», todos movidos
por la simpatía universal. Nosotros somos partes, piezas vivas en ese sistema.
La idea del parentesco de los hombres con el universo aparece en el origen
de la concepción del amor. Es una creencia que comienza con los primeros
poetas, baña a la poesía romántica y llega hasta nosotros. La semejanza,
el parentesco entre la montaña y la mujer o entre el árbol y el hombre,
son ejes del sentimiento amoroso. El amor puede ser ahora, como lo fue en
el pasado, una vía de reconciliación con la naturaleza. No podemos cambiarnos
en fuentes o encinas, en pájaros o en toros, pero podemos reconocernos en
ellos.
No menos triste que ver envejecer y morir a la persona que amamos, es descubrir
que nos engaña o que ha dejado de querernos. Sometido al tiempo, al cambio
y a la muerte, el amor es víctima también de la costumbre y del cansancio.
La convivencia diaria, si los enamorados carecen de imaginación, puede acabar
con el amor más intenso. Poco podemos contra los infortunios que reserva
el tiempo a cada hombre y a cada mujer. La vida es un continuo riesgo, vivir
es exponerse. La abstención del ermitaño se resuelve en delirio solitario,
la fuga de los amantes en muerte cruel. Otras pasiones pueden seducirnos
y arrebatarnos. Unas superiores, como el amor a Dios, al saber o a una causa;
otras bajas, como el amor al dinero o al poder. En ninguno de esos casos
desaparece el riesgo inherente a la vida: el místico puede descubrir que
corría detrás de una quimera, el saber no defiende al sabio de la decepción
que es todo saber, el poder no salva al político de la traición del amigo.
La gloria es una cifra equivocada con frecuencia y el olvido es más fuerte
que todas las reputaciones. Las desdichas del amor son las desdichas de
la vida.
A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer
y ser queridos. El amor es lo más cercano, en esta tierra, a la beatitud
de los bienaventurados. Las imágenes de la edad de oro y del paraíso terrenal
se confunden con las del amor correspondido: la pareja en el seno de una
naturaleza reconciliada. A través de más de dos milenios, lo mismo en Occidente
que en Oriente, la imaginación ha creado parejas ideales de amantes que
son la cristalización de nuestros deseos, sueños, temores y obsesiones.
Casi siempre esas parejas son jóvenes: Dafnis y Cloe, Calixto y Melibea,
Bao-yu y Dai-yu. Una de las excepciones es, precisamente, la de Filemón
y Baucis. Emblemas del amor, esas parejas conocen una dicha sobrehumana
pero también un final trágico. La Antigüedad vio en el amor un desvarío
e incluso el mismo Ovidio, gran cantor de los amoríos fáciles, dedicó un
libro entero, las Heroidas, a las desventuras del amor: separación, ausencia,
engaño. Se trata de veintiuna epístolas de mujeres célebres a los amantes
y esposos que las han abandonado, todos ellos héroes legendarios. Sin embargo,
para la Antigüedad el arquetipo fue juvenil y dichoso: Dafnis y Cloe, Eros
y Psiquis. En cambio, la Edad Media se inclina decididamente por el modelo
trágico. El poema de Tristán comienza así: «Señores, ¿les agradaría oír
un hermoso cuento de amor y de muerte? Se trata de la historia de Tristán
y de Isolda, la reina. Escuchad cómo, entre grandes alegrías y penas, se
amaron y murieron el mismo día, él por ella y ella por él...» Desde el Renacimiento,
nuestro arquetipo también es trágico: Calixto y Melibea, pero, sobre todo
y ante todo, Romeo y Julieta. Esta última es la más triste de todas esas
historias, pues los dos mueren inocentes y víctimas no del destino sino
de la casualidad. Con Shakespeare el accidente destrona al Destino antiguo
y a la Providencia cristiana.
Hay una pareja que abarca a todas las parejas, de los viejos Filemón y Baucis
a los adolescentes Romeo y Julieta; su figura y su historia son las de la
condición humana en todos los tiempos y lugares: Adán y Eva. Son la pareja
primordial, la que contiene a todas. Aunque es un mito judeo-cristiano,
tiene equivalentes o paralelos en los relatos de otras religiones. Adán
y Eva son el comienzo y el fin de cada pareja. Viven en el paraíso, un lugar
que no está más allá del tiempo sino en su principio. El paraíso es lo que
está antes; la historia es la degradación del tiempo primordial, la caída
del eterno ahora en la sucesión. Antes de la historia, en el paraíso, la
naturaleza era inocente y cada criatura vivía en armonía con las otras,
con ella misma y con el todo. El pecado de Adán y Eva los arroja al tiempo
sucesivo: al cambio, al accidente, al trabajo y a la muerte. La naturaleza,
corrompida, se divide y comienza la enemistad entre las criaturas, la carnicería
universal: todos contra todos. Adán y Eva recorren este mundo duro y hostil,
lo pueblan con sus actos y sus sueños, lo humedecen con su llanto y con
el sudor de su cuerpo. Conocen la gloria del hacer y del procrear, el trabajo
que gasta el cuerpo, los años que nublan la vista y el espíritu, el horror
del hijo que muere y del hijo que mata, comen el pan de la pena y beben
el agua de la dicha. El tiempo los habita y el tiempo los deshabita. Cada
pareja de amantes revive su historia, cada pareja sufre la nostalgia del
paraíso, cada pareja tiene conciencia de la muerte y vive un continuo cuerpo
a cuerpo con el tiempo sin cuerpo... Reinventar el amor es reinventar a
la pareja original, a los desterrados del Edén, creadores de este mundo
y de la historia.
El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes.
Por el amor vislumbramos, en esta vida, a la otra vida. No a la vida eterna
sino, como he tratado de decirlo en algunos poemas, a la vivacidad pura.
En un pasaje célebre, al hablar de la experiencia religiosa, Freud se refiere
al «sentimiento oceánico», ese sentirse envuelto y mecido por la totalidad
de la existencia. Es la dimensión pánica de los antiguos, el furor sagrado,
el entusiasmo: recuperación de la totalidad y descubrimiento del yo como
totalidad dentro del Gran Todo. Al nacer, fuimos arrancados de la totalidad;
en el amor todos nos hemos sentido regresar a la totalidad original. Por
esto, las imágenes poéticas transforman a la persona amada en naturaleza
-montaña, agua, nube, estrella, selva, mar, ola- y, a su vez, la naturaleza
habla como si fuese mujer. Reconciliación con la totalidad que es el mundo.
También con los tres tiempos. El amor no es la eternidad; tampoco es el
tiempo de los calendarios y los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del
amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos
en uno solo, de todas las vidas en un instante. No nos libra de la muerte
pero nos hace verla a la cara. Ese instante es el reverso y el complemento
del «sentimiento oceánico». No es el regreso a las aguas de origen sino
la conquista de un estado que nos reconcilia con el exilio del paraíso.
Somos el teatro del abrazo de los opuestos y de su disolución, resueltos
en una sola nota que no es de afirmación ni de negación sino de aceptación.
¿Qué ve la pareja, en el espacio de un parpadeo? La identidad de la aparición
y la desaparición, la verdad del cuerpo y del no-cuerpo, la visión de la
presencia que se disuelve en un esplendor: vivacidad pura, latido del tiempo.
México, 1 de mayo de 1993
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Delmira Agustini
Delmira Agustini nació en Montevideo en 1886 y murió en la misma ciudad
en 1914. Su lirismo la llevó, en un principio, hacia el romanticismo decadente,
pero luego sus composiciones revistieron las formas del modernismo. En vida
publicó El libro blanco (1907), Cantos de la mañana (1910) y Cálices vacíos
(1913). Póstumamente aparecieron Los astros del abismo y El rosario de Eros
(1924). Murió trágicamente asesinada por su esposo, que luego se suicidó.
En 1939 se editaron sus Poesías completas.
Del libro El rosario de eros
CUENTAS DE MÁRMOL

Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego,
Apagando mis sienes en frío y blanco ruego...
Engarzad en un gesto de palmera o de astro
Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro
Tallada a besos puros y bruñida en la edad;
Sereno, tal habiendo la luna por coraza;
Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
Y desde el tabernáculo de vuestra castidad,
Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma
Mi sombra besará vuestro manto de calma,
Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos;
Luego será mi carne en la vuestra perdida...
Luego será mi alma en la vuestra diluida...
Luego será la gloria... y, ¡seremos un dios!
-Amor de blanco y frío,
Amor de estatuas, lirios, astros, dioses...
¡Tú me lo des, Dios mío!
CUENTAS FALSAS
Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa;
En engañosa luna mi escultura reflejo,
Ellos rompen sus picos, martillando el espejo,
Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa,
Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa.
Amor de burla y frío
Mármol que el tedio barnizó de fuego,
O lirio que el rubor vistió de rosa,
Siempre lo dé, Dios mío...
O rosario fecundo,
Collar vivo que encierra
La garganta del mundo.
Cadena de la tierra,
Constelación caída.
O rosario imantado de serpientes,
Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios,
Que en tu sonrisa de cincuenta dientes
Con un gran beso se prendió mi vida:
Una rosa de labios.
SERPENTINA
En mis sueños de amor, ¡yo soy serpiente!
Gliso y ondulo como una corriente;
Dos píldoras de insomnio y de hipnotismo
Son mis ojos; la punta del encanto
Es mi lengua... ¡y atraigo como el llanto!
Soy un pomo de abismo.
Mi cuerpo es una cinta de delicia,
Glisa y ondula como una caricia...
Y en mis sueños de odio, ¡soy serpiente!
Mi lengua es una venenosa fuente;
Mi testa es la luzbélica diadema,
Haz de la muerte, en un fatal soslayo
Son mis pupilas; y mi cuerpo en gema
¡Es la vaina del rayo!
Si así sueño mi carne, así es mi mente:
Un cuerpo largo, largo de serpiente
Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!
de LOS ASTROS DEL ABISMO
FIERA DE AMOR
Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.
Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.
Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...
¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!
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Juan Gelman
Juan Gelman nació en Buenos Aires en 1930. Su primera obra publicada, Violín
y otras cuestiones, prologada entusiastamente por Raúl González Tuñon, recibió
inmediatamente el elogio de la crítica. Su obra delata una ambiciosa búsqueda
de un lenguaje trascendente que no descarta el compromiso social y político.
Fue obligado a un exilio de doce años por la violencia política estatal,
que además le arrancó un hijo y a su nuera, embarazada, quienes pasaron
a formar parte de la dolorosa multitud de desaparecidos.
En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía. Su obra ha sido traducida
a diez idiomas. Reside actualmente en México, aunque la ciudad de Buenos
Aires lo honró recientemente con el título de ciudadano ilustre.
Entre sus obras: Violín y otras cuestiones (1956); El juego en que andamos
(1959); Velorio del solo (1961); Gotán; Cólera Buey (1965); Los poemas de
Sidney West (1969); Fábulas (1971); Relaciones (1973); Hechos (1974); Comentarios
(1978); Notas (1979); Citas (1979); Carta Abierta (1980); Si dulcemente
(1980); Bajo la lluvia ajena (1980); Hacia el Sur (1982); Com/posiciones
(1983); Eso (1983); Dibaxu (1983); Salarios del impío (1984); Anunciaciones
(1988); Interrupciones I (1988); Interrupciones II (1988); Carta a mi madre
(1989).
MARCAS
La del vestido blanco era una tarde unas tetas el mundo
torpemente atacado por cuartos altos grises
jugando a hombre y a mujer ya tan temprano
los niños preparaban los actos de la noche esas tetas
de inclinada a su mujer con alarmas entregas con rumores
de la pasión bajo su miedo y un falo que indicaba las leyes del varón
tetas dulcísimas o dadas
donde sonaba un piano un espectáculo redondo en su mudez
piano de leche abierta a los terrores de códigos violados
dos niños como un ciego
procuraban sus límites inciertos sus piedras sus fronteras
creaban la tristeza la magnífica que viene del amor
la gran clausura la delicia
carne como una inmensidad
y un silencio de sangre su oleaje contra el tímpano
la ajenidad del mundo
las tías que invitaban a comer
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Susana Villalba
Susana Ada Villalba es integrante del Consejo de redacción de la revista
Último Reino, dictó talleres literarios en la Universidad de Letras de la
U.B.A. y talleres de cine y literatura. Cursó la carrera de dramaturgia
y distintos seminarios de cine. Dirigió la Casa Nacional de la Poesía y
los Festivales Internacionales de Poesía del Gobierno de la Ciudad y de
la Secretaría de Cultura de la Nación.
Libros publicados: Oficiante de Sombras, 1982; Clínica de muñecas, 1986;
Susy, secretos del corazón, 1989; Matar un animal, 1995 en Venezuela, 1997
en Argentina; Caminatas, 2000; Plegarias, New York, 2002.
SÉ QUE MI PETICIÓN ES PRECIPITADA
yo
yo y mi
yo y mi cuerpo fuimos a esa fiesta
yo bailé
hermoso rico y poderoso rozaba mi cuerpo
mi betty boop mi reina descalza
mi nombre es yoni.meri yo también
fuego furia ¿fumás? fuimos a su casa
estás mojada no sé no hemos sido presentados
sumergidos suma de noche estera estambres estaba aterrorizada
profeta centinela sentí un automóvil rojo rubio el tabaco
su espalda fuerte trepaba mi caída infimos funestos café
piedras para dormir me acompañaba a casa y olvidé decírselo
las palabras son monedas clavadas a la tierra
historias de susy siempre lo he sabido
cómo explicarte hubiese cupido calendario
perdida en los andenes al día siguiente mi sombra caía del piso 29
olvidé decirle que siempre nadie y yo nunca los amores cobardes
lloraba no llegan porque los hombres etcétera
él era despiadado todo un hombre quemado de belleza
mi cuerpo gemía como un gato y lo envidié pero yo nunca
me meto en sus asuntos
dijo tu piel mi nena dame no sé qué cosa qué llave del infierno
yo hubiera declarado desplegado y estrenado un novio
hubiese dicho a mis amigas entrado en algún bar hubiese
hubiese vino que me matara
habráse visto tan chiquita y calentando bancos en la plaza
ay corazón si te fueras de madre
siempre la pena entra la pena y la nada
mi cuerpo roto pegado a lo sumido curioso rito de cucharas en
la mesa
sobre la mesa en la ducha él era el agua y me frotaba
belladona
dame en el centro de lo que siempre habla el espejo la sombra
del deseo era lacan en mi escritorio
ah para su estudio de análisis oh para sus análisis
acababa de ver
mi cuerpo demasiado tarde dónde estuviste le decía
ay corazón si supieras ser látigo y dormir
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Juan L. Ortiz
Juan Laurentino Ortiz nació en Puerto Ruiz (Entre Ríos) el 11 de junio de
1896. Al poco tiempo la familia se trasladó a las selvas de Montiel; el
paisaje de su provincia marcará a fuego al niño que años más tarde convertirá
esos elementos en protagonistas de su poesía. Estudia en la Escuela Normal
Mixta de Maestros de Gualeguay. Temprano lo atrapa el ideario socialista;
hace vigorosos discursos y comienza a escribir en la prensa gráfica. Tiene
un breve paso por Buenos Aires, realiza estudios de Filosofía y Letras,
se relaciona con el ambiente bohemio y literario de la capital, hace amigos
entrañables entre escritores y poetas y regresa a su provincia en la búsqueda
de su aire, de sus elementos, de su paisaje. Nunca militó en grupos literarios
ni en partidos políticos. Construye así una de las obras cumbres de la literatura
en lengua castellana.
Celebró la revolución rusa del año '17 y la liberación de París; denunció
el asesinato de García Lorca y los horrores del nazismo; padeció la cárcel
durante el golpe del '55 y en 1957 fue invitado a visitar China y la ex
Unión Soviética encabezando una delegación de intelectuales argentinos.
Sus libros también fueron alcanzados por la barbarie de la última dictadura
teniendo como destino trágico la hoguera. Juan L Ortiz murió el 2 de setiembre
de 1978.
Entre su obra podemos citas: El agua y la noche (1924-1932); El alba sube...(1933-1936);
El ángel inclinado (1938); La rama hacia el este (1940); El álamo y el viento
(1947); El aire conmovido (1949); La mano infinita (1951); La brisa profunda
(1954); El alma y las colinas (1956); De las raíces y del cielo (1958);
En el aura del sauce, entre otras.
ELLA
Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...
Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...
Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...
Más es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones
y los latidos
para el encuentro en los abismos... Mas tiene cargo de almas,
y es la comunicación,
el traspasado ser, "como se da una flor", en el nivel de los niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...
Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche
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Jorge Boccanera
Jorge Boccanera nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en 1952.
Poeta, dramaturgo y ensayista, ejerce el periodismo. Publicó los libros
de poesía: Los espantapájaros suicidas (1974), Noticias de una mujer cualquiera
(1976), Contraseña (1976), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Música
de fagot y piernas de Victoria (1979), Los ojos del pájaro quemado (1980),
Polvo para morder (1986), Sordomuda (1991). Preparó un panorama de poesía
hispanoamericana en varios volúmenes, publicado entre 1978 y 1982: La novísima
poesía latinoamericana, Poesía rebelde en Latinoamérica, La nueva poesía
amorosa de América Latina, Poesía contemporánea de América latina, Palabra
de mujer y El poeta y la muerte. Y las compilaciones de poesía argentina:
Voces y fragmentos (1981) y Poesía joven de Argentina (1982). Publicó además
los libros de historias de vida: Ángeles Trotamundos I (1993); Ángeles Trotamundos
II (1996); Malas Compañías (1997), y las antologías: García Lorca / Poesía
(1994) y Raúl González Tuñón, Juancito Caminador (1998).
Es autor, también, de los ensayos Confiar en el misterio / Viaje por la
poesía de Juan Gelman (1994), Sólo venimos a soñar, La poesía de Luis Cardoza
y Aragón (1999) y Tierra que anda y Los escritores en el exilio (1999).
Como dramaturgo, estrenó Arrabal amargo en el teatro Margarita Xirgu, dentro
del ciclo de Teatro Abierto (1982); y la obra Perro sobre Perro en 1986,
en el Centro Cultural General San Martín. Obtuvo el Premio Casa de las Américas,
Cuba, en 1976, y el Premio Nacional de Poesía Joven de México en 1977. Su
obra ha sido traducida a diferentes idiomas.
Conocedor de las vanguardias y desafecto a las rígidas consignas, hizo suyo
el desafío de la más amplia libertad formal junto a la defensa de la libertad
política durante los llamados años de plomo. El tema de la extranjería es
recurrente en su obra. Su credo poético se expresa en plenitud en los textos
en donde la poesía se interroga a sí misma y desafía al poeta que la busca,
la persigue, la traduce en un gesto que aspira a la certidumbre.
EL ALTILLO
casi a nueve peldaños de la muerte
bajo una luz difusa
te desvestís
esta no es la cubierta del Kabanos
esto no se parece al paraíso
es tan sólo un altillo
aquí tus pechos vuelan
tu cintura golpea entre mis brazos
y la humedad es una amiga
mirando con ojos agrietados
un desorden de piernas
esto no es
la suite especial del plaza hotel
ni hay una alfombra roja donde rodar a gusto
es tan sólo un altillo
aquí tu pelo emerge de la noche
y es bandera de mimbre
aquí una vieja cama pide a gritos
¡socorro!
aquí no hay vencedores ni vencidos
afuera
no muy lejos
la estrella herida de la tarde
rueda como un gato sin fuerzas
sobre el techo del mundo
aquí
casi a nueve peldaños de la muerte
tus ojos encuentran a los míos
y no tenemos tiempo siquiera de despertar.
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Susana Cerdá
5
El deseo, fuego fatuo, algarabía incontenible, castigo en sí
mismo, algo que tira y llama, que junta todo lo que hay.
Ardor furioso, más furioso que el mar, que la muerte, que todo
lo vivido, atravesando los espacios, sangrando, el cuchillo
que se clava en la carne para siempre sin tregua dalequedale
ahí.
¿La p de papá? Se clava como un dedo índice en la mitad de
la noche.
Adelante: el presentimiento peludo de la redondez.
Atrás: el surco que divide oscuramente la redondez.
Surco logrado a lo largo, a lo ancho, papá, mamá.
Ellos me ayudaron condescendieron a levantaron para.
Surco glúteo-abismal su hendidura su extensión las características
intrínsecas de su desarrollo.
La manera que tiene ese surco de surcarme.
La forma intrépida que tiene él de mirarme desde el surco hacia
abajo, de adivinarme hacia adentro, de profundisurcarme
como.
Mamá descubre, ella siempre descubre y llama a papá papá
sonríe, se queda a solas conmigo y en el momento propicio
saca su dedo índice, del bolsillo. Me señala hasta más-no
poder, gritar es poco, entonces no digo nada, ella viene, la
operación se realiza lenta, saben que sufriré, pero ellos
sufren-segura-mente-más-que-yo, juntos transpirando, solo
movimientos necesarios, los tres sumidos en un silencio
hospitalario...
9
No sé de dónde saco, yo, rescato, que: en tu manera de cruzarte
conmigo por la casa, una mujer que se cruza conmigo por
la casa, qué pasa en mi manera de cruzarme con vos por la
casa, un hombre que se cruza con vos (conmigo) por la, oh,
algo en el desasosiego desayuno de todos los días, un bulto
bajo las frazadas en penumbra, arrugas que se alisan,
arrugas alisándose mañana tras mañana, alisándonos,
qué es lo que hace, permite, digo, qué, enciende, prospera
crece despacio, dónde, cuál de tus gestos vestidos pedazos
de otros gestos ensueños, de tanto en tanto logran inflamarla
suavemente, sin quererlo. Se hincha. Parada.
Guardando el secreto. Mi secreto.
Eso, esto que me empuja en alguna parte y junta algo viscoso.
Instantes, permitir que, gozando la cualidad, acto de empujar.
Mujer mía. Mi mujer.
Ciertas posibles gotas. Leche.
Mancha que se interna por tus pelos, se extiende por las sábanas,
por la noche, resbala esta mancha por los días siguientes,
dibujando.
Líquido perlado oliendo.
Todo es resbaladizo, aguado, y fluye.
11
Él me ama. Me ama tanto que yo huelo la muerte en sus caricias,
en su mirada veo el crimen, en cada gesto suyo: la absorción,
el tironeo.
En el Espectáculo de Suamor la tierra gira a una velocidad que
deforma mi cuerpo...
Succionada por su sed, yo: una gota de carne horizontal, que él
se dispone a chupar, sin pudor alguno.
Espera con espasmos, con ira, con sollozos, el momento justo,
enfocado, fatal, de abalanzarse sobre eso y penetrarlo.
Enarbolar ese coágulo de vida, levantarlo como una ofren-
da a su espejo.
Haga lo que haga, él ha decidido amarme, izarme en su soledad
como una bandera santa, sangrienta. Ya me ha condecorado,
condenado con Suamor.
Cómo busca en su cuerpo si cada roce sería una profecía; sus
extremidades como tentáculos traspasarían mis fronteras.
Caer en sus brazos: desbarrancarme por su avidez. Más que
tomarme, atravesarme, hincarme en lo puntiagudo de su
historia, clavarme en su cruz particular, hacerme la virgen
madre de su santuario musculoso.
Devorar algo en mí que todayó le represento, o sea, tenerme,
hacerme suya, hacerme de él.
Él, ser eso que soy.
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Mónica Melo nació en 1969, es argentina, licenciada y profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó Versión de la Noche, Ediciones Extranjera a la Intemperie (2005). Toca la guitarra y canta, pero sobre todo ama enseñar y escribir. Desde 2006 imparte clases de español en la Universidad Tongling, China.
Dos amigas
Nadie enciende una lámpara para ocultarla debajo de la mesa. Jesús
Amanecí desnuda, diríase que con la luz sobre los ojos y más tibia. Por
primera vez mi cuerpo era del alma. El corazón disperso entre las manos.
Tan brillante mi deleite, en las muñecas y en la boca la sonrisa en gritos
como un santo que vivió revelaciones, ese canto de agua que disfruta un
pájaro en silencio, la tensión plácidamente rota, sorprendida, alucinada.
El alcohol me había ayudado a desvestirla, la besé de nuevo y la encontré
más bella.
No tengo que olvidarme de esto, dije varias veces, y una vez en voz muy
alta, en idiomas sin saliva o paladar hasta ese instante, no debo olvidarme
de esto. Estaba en hambre, atareada en sensaciones, si era un sueño tenía
que encontrar aquella rosa de Novalis; y si no, ya estaba en el paraíso
y ese sabor de piel y mar eran las pruebas, tal como el rouge de su cintura,
en las almohadas y en sus párpados que, inciertos, se dormían.
Prométeme que no se lo dirás a nadie, dijo. Prométeme que. Tan solo y cuando
y nunca entonces. Ciérrame ahora el nombre en el vestido, debo volver a
presentarme sola. Amigas siempre, al cruzar la puerta.
La mano cayó, resbalando por mi pelo. Un beso en los nudillos y no volvió
siquiera al cruce de su yema sobre el hombro.
Me herí de golpe tras el tiempo que jamás me ha sido breve.
Ser del silencio no aceptaré como destino, menos que letra, elemental vocabulario.
La mirada de los otros no hace más suave los permisos ni más áspero el dolor
de así saberme. (No tengo que olvidar que es una flecha, no la sangre).
Mi lámpara ha girado sobre el cuerpo.
El amor se vive en luz, la madera de mi mesa, a veces, cruje. Y no soporta
más verdad que el de partirse.
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Dalmiro Sáenz
Dalmiro Antonio Sáenz nació en Buenos Aires en 1926. Tempranamente comenzó
su actividad literaria y publicó a los 30 años, luego de viajar en buque
por la Patagonia varias temporadas (lugar donde se instalaría por casi 15
años y escenario de sus primeros libros de cuentos) Setenta veces siete,
que ganó el prestigioso Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un
best-seller, con una visión transgresora y cuestionamientos morales sobre
la religión, se convirtió en el sello de Sáenz por varios años. Tiempo después
participó de la adaptación del guión para el cine de dos de sus historias
de Setenta veces siete que se unieron para armar la trama de la película
homónima que dirigió Leopoldo Torre Nilson.
Luego de este comienzo Sáenz ganó el Premio del Magazine LIFE en español,
en 1963, con su libro de cuentos No. El mismo año ganó el Premio Argentores
(Sociedad Argentina de Autores) con “Treinta, treinta”, un cuento planteado
a la manera de los western norteamericanos, pero situado en la Patagonia.
Al año siguiente publicó en la Editorial Emecé El pecado necesario, novela
que luego adaptó para hacer el guión de su versión fílmica, retitulada como
Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes, dirigida por Fernando Siro y ganadora
de la Concha de Plata en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián,
España (1965).
También escribió teatro: premiado con el Premio Casa de las Américas, en
Cuba, en 1966 con Hip Hip Ufa. Y también adaptado por el autor para el cine
con el título de Ufa con el sexo y la dirección de Rodolfo Kuhn. Sáenz entre
libro y libro y según sus declaraciones, se tomaba vacaciones literarias,
escribiendo pequeños libros de humor, que tuvieron mucho éxito. Entre ellos,
cabe destacar Yo también fui un espermatozoide.
Otras de sus obras son: Carta abierta a mi futura ex-mujer, su obra teatral
¿Quién yo?, El Argentinazo, Sobre sus párpados abiertos caminaba una mosca,
Las boludas, Cristo de pie (en colaboración con Alberto Cormillot), La Patria
equivocada, Malón blanco, Mis olvidos / O lo que no dijo el General Paz
en sus memorias.
NO DESEARÁS LA MUJER DE TU PRÓJIMO
Pero había una tarde ahí afuera del cuarto, con un aire gris acribillado
de lluvia que de tanto en tanto parecía infiltrarse a través de sí mismo
por los agujeros que las gotas de agua le producían, provocando una brisa
liviana e imperceptible como el aleteo de un pájaro sobre la tierra caliente
de un verano; y había también una tarde dentro de ese departamento, un poco
adelantada a la otra tarde por las cortinas en las ventanas, y no limitada
por esos grises sumados sobre los grises de ese cielo, sino encerrada entre
los planos del techo del piso y de las paredes blancas de los cuartos.
En la segunda tarde no estaba Catalina, pero había estado hacía unas horas
y había levantado la cabeza de la almohada y había dicho:
-A vos te gusta Ana -desde adentro de un abrazo, interrumpiendo un beso
arisco y una sonrisa y envolviendo su cuerpo desnudo con la sábana.
-Sí -había dicho Juan.
-¿Te siguen gustando las mujeres igual que antes?
-No. Es distinto, me gustan más pero a través tuyo.
Entonces ella lo miró desde su risa ancha y tirante que le achicaba los
ojos como a un gato acurrucado de caricias, mientras los dientes surgían
blancos y grandes entre la increíble ternura de los labios, después desenvolvió
su cuerpo de la sábana y metió la cabeza debajo de la almohada.
-No voy a salir nunca de acá -dijo.
-No te oigo -mintió él.
-Que no voy a salir nunca más.
Él se llamaba Juan y había metido su cabeza también bajo la almohada, donde
empezó a besarle los costados de la cara y después la boca, se besaron como
chicos, demorando mucho los besos y mirando la insistencia de las bocas
respectivas, hasta que la almohada cayó al suelo porque ellos habían girado
sobre sí mismos abrazados, desnudos como animales, apretando esa forma inquietante
y repetida como si ambas desnudeces fuesen una sola desnudez, o el intento
de una sola desnudez de los cuerpos y también de los espíritus.
La piel de ella y la de él se detuvieron y quedaron quietas una contra la
otra, los límites de los cuerpos, los bordes de la gracia, las fronteras
de aquellos movimientos que de nuevo comenzaban sin apuro recorriendo su
propia avidez, incursionando con la lengua dentro de las bocas, o accionando
las manos en la oscura atracción de entre las piernas.
-Tomá -le había dicho Catalina, y había tomado uno de sus pechos y los había
acercado a aquella boca, como saciando su hambre, mientras miraba cómo esos
labios apretaban y soltaban la erguida rebeldía de su pecho que parecía
modelada por su boca, mientras ella con los ojos entornados lo abrazaba
y dispersaba sus dedos en el pelo corto de la nuca.
-Te gusta Ana. Vi cómo la mirabas... ¿La mirabas? ¿La miraste en los ojos?
¿No?... ¿Si la tuvieras acá qué le harías?
-¿Qué harías vos?
-Miraría.
-¿Querés que la traiga un día?
-Sí.
-Ahora me decís que sí, pero apenas terminás me vas a decir que no.
-Esta vez no, te prometo que no.
Después se quedaron callados y él retiró su mano de entre los muslos de
ella y la dejó a su lado al extremo del brazo sobre la cama.
-No te creo -le dijo.
-Sí, en serio... ¿Por qué seré así? Soy una degenerada -dijo riéndose.
-A mí también me gustaría verte con un hombre.
-¿Con quién?
-Cualquiera, alguien que te guste, Miguel por ejemplo.
-No me gusta Miguel, le coqueteo porque sé que a vos te excita.
Pero esto había sido a la mañana en ese cuarto ahora vacío en donde los
sonidos ya no estaban y de los movimientos no quedaban ni las arrugas que
los cuerpos habían dibujado sobre las sábanas, ahora tirantes con sus pliegues
borrados por la blanca energía de las esquinas del colchón, como si el amor
hubiese sido hecho en las arenas de una playa, y la marea y el viento hubiesen
dispersado sus huellas para siempre. Había un reloj con un tic tac imperceptible
o tal vez parado, y hasta la toalla del baño había abandonado parte de la
humedad que esa mañana absorbiera de la cara y de las manos.
Cuando el teléfono sonó, nada cambió dentro del cuarto, no hubo pasos apresurados,
ni manos extendidas hacia la insistencia del sonido, nadie levantó el tubo
ni dijo:
-Hola -ni nadie contestó desde el otro lado de la línea.
-Hola ¿sos vos? -porque era Juan el que llamaba a Catalina, que todavía
no había vuelto de su pensativo caminar a través de la tarde en donde la
lluvia continuaba sobre el empedrado, y sobre las baldosas, y sobre los
techos de los coches, y sobre el diario que protege la cabeza de ese hombre
que camina apresurado junto al cordón de la vereda para después cruzar mirando
con cautela a ambos lados de la calle, y sobre las cornisas, y sobre un
buzón, y sobre la superficie brillante de una lata, y sobre el agua que
corre a la alcantarilla y sobre la explosión de las gotas en el paraguas
de Catalina, la que mira hacia abajo, hacia el fondo de su microclima, hacia
sus mocasines mojados y piensa sensatamente:
-Me tendría que haber puesto los viejos.
-Sí -le va a decir Juan más tarde, a ella que se ha sentado y deja que él
le saque primero uno y después el otro y siente sus manos a través de la
toalla alrededor de cada uno de sus pies.
-Dejá, yo me seco, me da vergüenza que me veas los pies.
-No.
-No hiciste cosas, ¿no?
-¿Qué cosas?
-Ya sabés qué cosas. ¿No la viste a Ana?
Los dos se rieron y él le contestó:
-No, ya sabés que no.
Entonces ella inclinó la cabeza hacia un costado y él pensó que nunca había
visto ni vería una cara así, y por eso extendió su mano para acariciar la
piel tan suave de los pómulos.
-Soy una tarada, pero me muero de miedo. Cuando estoy excitada te pido que
lo hagas, pero después me da miedo.
-Ya sé, boba, ya sé.
Él la miró con seriedad, y sintió esa emoción que sentía a veces ante esa
desvalida actitud de su rebeldía. La había visto luchar contra ella misma
más de una vez y la había visto rebelarse también contra su propia lucha,
por eso le dijo:
-Te pasa algo a vos.
-No.
-Sí, te pasa algo.
-Estuve pensando.
-¿Qué?
-En eso que hablamos de Ana.
-Hace tiempo que hablamos de esas cosas, pero no antes ni después, sino
durante.
-Antes me daba vergüenza pensar esas cosas, pero ahora no. Hoy pensé todo
el tiempo, y no entiendo por qué, por qué hablamos de estas cosas, por qué
las pensamos.
-Porque nos excita.
-¿Pero por qué nos excita?
Ella sonreía y él miró por un rato las rodillas infantiles que asomaban
tras el borde de la pollera, no las besó ni estiró su mano para tocarlas,
pero las retuvo en su subconsciente por un tiempo, mientras su mirada volvía
a la toalla que envolvía los pies, y sentía las manos de ella sobre su cara.
Se adoraban, se adoraban realmente, casi desde el día en que se conocieron
en ese living en donde ella había contestado:
-Sí, soy yo -porque él le había preguntado:
-¿Vos sos vos? -mirándola en los ojos grandes, en donde los dorados viejos
y los nuevos se superponían como los tonos de una llanura seca amaneciendo
debajo del rocío. Después él le había dicho:
-Te va a costar mantenerte en tu pedestal. Me han contado un montón de cosas
tuyas. ¿Sos un montón de cosas, no?
Desde ese día no dejaron de verse, se encontraron en esquinas, en taxímetros,
en los bancos de las plazas, en ese departamento en donde un día se dieron
cuenta de que ya era tarde para retroceder, que nunca más podrían separarse,
que eran sus vidas depositarias de aquello que justificaba la vida. Una
vez dijeron:
-Las parejas fracasan porque evolucionan distinto, porque cada uno crece
y se transforma por su cuenta hasta que llega un momento en que son dos
extraños hartos de verse uno al otro.
Y otra vez también dijeron:
-Los dos no podemos fracasar porque vamos a vivir una verdad total, y vamos
a saber con exactitud dónde el otro está situado, y hacia dónde evoluciona,
y nos vamos a acoplar a esa evolución.
Ya los pies estaban secos, pero él los mantenía envueltos en la toalla y
ella desde la altura del sillón le sonreía, después se inclinó sobre la
cabeza de él y sus manos agarraron cada una de sus orejas estirándolas hacia
los costados.
-Si fueras así te querría menos.
-Te sería más cómodo.
-¿Qué cosa?
-Sí.
-¿Sí?
Entonces sonó el teléfono y él dejó los pies de ella sobre el suelo y se
levantó a atender.
-Hola... sí soy yo... ah, hola cómo te va... Estuvimos hablando de vos hoy...
con Catalina... muchas cosas... ¿Dónde estás?... bueno vení.
Cuando cortó, los dos callados se miraron:
-¿Era Ana?
-Sí.
-¿Qué dijo?
-Que estaba a dos cuadras, si podía venir.
-¿Sabía que yo estaba?
-No, creo que no.
Ahora el tiempo latía dentro del cuarto y los pasos de Ana en algún lugar
de la calle se reproducían en los pensamientos de Catalina, eran pasos no
muy rápidos, sobre una vereda imaginada y en donde los tacos altos y las
baldosas producían un sonido que avanzaba junto con las piernas largas y
el vestido también imaginado con las franjas en colores subiendo en espiral
alrededor del cuerpo.
-Ya debe estar abajo.
Él sonrió y le dijo:
-No hagamos nada, vas a sufrir, te va a dar miedo, vas a tener celos.
-No, no. Me muero si no lo hacemos... Decile que no estoy y yo me quedo
escuchando en el otro cuarto.
-¿En serio querés?
-Sí, por favor.
-Mirá que tal vez no pase nada, tal vez no quiera.
-Sí. Va a pasar, le encantás, sabés muy bien que le encantás. Decile que
yo no vengo en toda la tarde y hacéle mil cosas... no puedo más...
Se encerró en el otro cuarto con la espalda apoyada contra la puerta. Su
vista recorrió los objetos ordenados por sus propias manos en las otras
horas de los otros días, los días apacibles en donde las horas se deslizaban
sin apuro, generalmente esperando que Juan volviera de algún lado, las horas
sin latidos, sin sonidos escrutados del silencio, sin temblor en las piernas,
sin su mente en acecho de ese timbre que ahora sonaba despertando la piel
sobre su cuerpo.
-¿Por qué lo hago? -pensó-. ¿Qué es lo que me excita? Tengo celos y tengo
miedo, pero me muero si no lo hago.
Y después fue la voz:
-Hola.
-Hola.
La debe haber besado en la cara -pensó-; a veces la besa, y a veces le da
la mano, pero esta vez la debe haber besado lo más cerca posible de la boca.
-¿Y Catalina? -la oyó decir.
-No está, no viene hasta la noche.
-Le traje el libro.
-¿Tenías que verla para algo especial?
-No, quería devolverle el libro, nomás, como estaba cerca aproveché. ¿Y
vos qué hacés acá todo solo?
-No estoy todo solo. Estás vos.
-Yo no cuento, yo soy la mujer de tu prójimo.
-Yo soy mi prójimo.
Catalina oyó la risa y se imaginó los dientes entre los labios. Pensó:
-La debe estar mirando en los ojos, la debe estar mirando en la misma forma
que me mira siempre a mí o tal vez no, tal vez ella se ha dado vuelta y
se ha puesto a mirar por la ventana para que él le mire la cintura y la
cola y las piernas, porque sabe que tiene unas piernas lindísimas, y Juan
las debe estar mirando y pensará que son más lindas que las mías. Debe estar
quemada, seguro que está quemada, como no tiene nada que hacer se pasará
el día al sol.
-Ya no llueve más -oyó que decía-. ¿Dónde dijiste que fue Catalina?
-Salió. No vuelve hasta la noche.
-Es un amor Catalina.
-Sí.
Después hubo silencio y Catalina pensó:
-¿Por qué no hablan, por qué no dicen nada, qué es lo que están haciendo?
¿Qué hubiera hecho yo en su lugar? -y recordó vagamente un episodio intrascendente
de su adolescencia, cuando ella espigada sobre sus catorce años había mirado
y mirado a un amigo de su padre sin decir palabra, hasta conseguir que la
distancia a esa cara se acortara, y el olor a tabaco y a Bay Rhum quedara
en su memoria en forma más fuerte que el beso que él había dejado sobre
su boca inexperta.
-No puedo aguantar que estén callados -pensó, y el silencio adquirió la
forma de un cubo del tamaño del cuarto, duro como un témpano que encerraba
para siempre las posiciones de dos cuerpos que tal vez estuviesen abrazados.
-No, no puede ser -se repitió-, todavía no puede ser. -Pero los cuerpos
congelados en el bloque del silencio estaban ahí en alguna posición, parados
uno frente al otro, o sentados en el borde del sofá, como tantas veces ella
había estado sabiendo que las manos se encontraban tan cerca de las manos.
-Tal vez estén frente a la ventana -se dijo Catalina-, mirando hacia afuera,
muy juntos uno del otro, él puede estar señalándole algo y tener un codo
casi tocándole el pecho.
La mano de Catalina está entre sus piernas bajo la pollera, apretando con
fuerza su propio apretar contra sí misma, pero se detiene bruscamente, porque
ha sentido el ruido de los vasos.
-¿Con agua o solo?
-Con agua.
-Entonces no están junto a la ventana -piensa-, están en el otro lado del
cuarto, y después se van a sentar, él sobre el sofá y ella en el sillón
de cuero negro, y va a tener la pollera cortísima, o la va a subir un poco
con el codo, porque le encantan sus rodillas y tiene muslos dorados y firmes.
-Y Catalina mira sus propios muslos que surgen de la pollera levantada y
pasa el dorso de su mano por la piel muy suave de entre las piernas.
-No puedo más -pensó-, no puedo más; si no hacen algo ahora me muero...
y ese silencio, seguro que van a poner música y ella va a empezar a seguir
el ritmo con la mano o con las piernas, siempre está haciendo cosas con
las piernas, tal vez bailen, tal vez Juan ponga la boca junto a su oreja,
tal vez se la bese, tal vez ella va a girar la cabeza y se van a besar en
la boca... Dios mío, tengo miedo de terminar.
La frente de Catalina sigue apoyada contra la puerta; su mirada abarca un
gran sector de la madera opaca, y ella piensa:
-Tengo celos de lo que me imagino que está haciendo, porque cada uno de
esos movimientos los he hecho yo antes que ella, y tengo miedo de la parte
mía que está en ella, como cuando nos miramos en el espejo y lo vea a Juan
desnudo con una mujer desnuda apretada contra él, y no me importa que esa
mujer sea yo misma, porque soy y no soy al mismo tiempo, como Ana, que en
este momento no es Ana, porque él está pensando en mí mientras la besa,
porque él sabe que yo estoy acá respirando agitada como un animal en celo
junto a la puerta.
Las piernas de Catalina se apretaron inmovilizando su mano mojada entre
los muslos, las ondas surgieron del fondo de algún lado y crecieron en olas
sucesivas hacia las paredes inexistentes, que encerraban aquella nada desbordada
de sí misma. -No quiero terminar -llegó a decir, mientras los párpados se
cerraban sobre los ojos y la boca se abría a la espera del sollozo que la
última ola depositó en la costa de su angustia.
El llanto explotó en su cara, superó las cejas y plegó la frente hasta los
mismos límites del pelo, se demoró en los pómulos y se hundió en las palmas
abiertas de sus manos.
Más tarde oiría la voz de Juan bajo las caricias.
-Ya se fue, tomó un whisky y se fue enseguida, no hicimos nada.
Afuera la tarde seguía subiendo, ya había abandonado la calle y los balcones
y las últimas ventanas de los edificios altos y las azoteas con ropa colgada
despidiéndose en el viento; adentro Catalina está hincada en el suelo besando
sus propios besos en las manos de Juan entre sus manos. Su pulsera avanza
por el antebrazo y queda ahí, como una aureola muerta colgada de su muñeca,
en el cielo recortado de la ventana los grises abandonan a los grises hasta
dejar un último gris en la carne viva del poniente.
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Liliana Díaz Mindurry
Liliana Díaz Mindurry nació en Buenos Aires en 1953. Es autora de los libros
de poemas: Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas (1er Premio Instituto
Griego de cultura y Embajada de Grecia) y Wonderland. De relatos: Buenos
Aires ciudad de la magia y de la muerte; La estancia del sur (1º Premio
Municipal de Buenos Aires, inéditos 1990-91); En el fin de las palabras;
Retratos de infelices; Ultimo tango en Malos Ayres (Premio Centro Cultural
de México, Concurso Juan Rulfo, París 1993 y Premio El Espectador de Bogotá,
Concurso Juan Rulfo, París, 1994), y de las novelas La resurrección de Zagreus;
A cierta hora; Lo extraño (1er Premio Fondo Nacional de las Artes); Lo indecible;
Pequeña música nocturna (Premio Planeta 1998) y Summertime.
Fragmentos de Pequeña música nocturna
ESCRITO UN DÍA A LA MAÑANA
Cuando entré al cuarto de mi tío, estaba pintando. Suele pintar de noche
algunas veces si no está muy cansado.
O si está nervioso.
Eso dice. Que cuando está nervioso, pinta. Entonces no quiere contarte ninguna
historia, nada de nada, sólo pintar y pintar. Ni siquiera te ve.
Le dije: ¿Estás enojado conmigo?
Me dijo: No, no estoy enojado.
Nos quedamos sin hablar. Cuando pinta es raro que hable. Él miraba su pintura
o miraba algo que yo no veía, algo que estaría en el aire. Yo le miraba
la cabeza.
Estaba Minos presente, suele seguirme a todas partes. Si uno lo acaricia
se duerme. Yo lo acariciaba y se dormía.
Le pregunté a mi tío algo sobre los huracanes y me dijo que no quería hablar
más de eso. Que estaba harto de eso.
Le pregunté por la flor y me dijo que lo dejara en paz.
Le dije que sí estaba enojado. Me dijo que no y basta. Cuando pinta es así.
Cuando pinta lo odio.
Le dije : Merce tiene pesadillas todas las noches. Sueña con algo que no
sabe qué es. Me dijo: Yo también sueño. Le dije: ¿Qué soñás? No supo decirme
qué soñaba. Le dije: Debés soñar con la Cosa, lo que sueña Merce. Hace meses
yo también soñaba con la Cosa. Que se metía, que estaba acechando detrás
de la puerta, que me tocaba los pies, que me subía por las piernas. Que
yo cerraba la puerta y la Cosa empujaba y entraba. Le conté a Merce. Ahora
la Cosa se le metió en los sueños a ella.
Entonces me hizo la pregunta de todos los grandes.
Por qué los grandes repiten lo mismo. No se cansan.
¿Qué es la Cosa?
Le dije: Si se supiera, no sería la Cosa. Nadie lo sabe.
Siguió pintando, cuando pinta lo odio. No se entendía mucho lo que pintaba.
Era todo amarillo, naranja y marrón con alguna gama del verde oscuro. Sería
la Cosa.
En una parte salía la cabezota enorme de Josecito pero podía ser una calabaza
o no sé qué.
Era como si en el cuadro pasaran muchos acontecimientos, pero había que
descubrirlos. Había que mirarlo mucho para entenderlo. Mirarlo y que te
ardieran los ojos de tanto mirarlo, y te cansaras y quisieras dormir. Entonces
te dormías y soñabas con el cuadro, con lo que escondía el cuadro. Era mi
cabeza, ahora resultaba más nítida. Uno la podía reconocer. Era mi cabeza.
Era yo adentro del cuadro.
Después hizo unos remolinos como los de Dante. Remolinos adentro de un desierto
blanco o amarillo muy pálido. Un desierto como ese lugar donde hay camellos.
O un lugar que no es: vacío, creo que se dice.
Me dijo: Sacate la ropa. Le dije: ¿Toda? Me dijo: El vestido solamente.
Le dije: Me da vergüenza. Pero me la saqué. Me senté en bombachas sobre
los talones.
..........................
Me dijo: Así no.
Le vi los dedos amarillos y pensé en mi mamá que siempre le dice que no
fume. No me importó que fueran amarillos.
Me hizo arrodillar. Me pintó arrodillada. Me escondió en el cuadro. Pintó
encima como para que no me viesen. Pintó algo que no entendí.
Le pregunté qué pintaba.
Estaba muy enojado, no respondió. Cuando pinta se enoja, no habla. No quiere
contar historias. Cuando pinta parece un viejo, más viejo de lo que es.
Cuando pinta lo odio.
Volví a preguntar para que se fastidiase.
Me respondió: Una grulla. Como si me hubiera respondido: un jarrón. Le pregunté:
¿Qué es una grulla? Me respondió: Un ave. Le dije: Ya sé. Y sé que Dante
dice que tiene el canto triste como la gente que vuela en el viento o, al
revés, que la gente recuerda a las grullas. Me dijo: Es un ave zancuda.
Parecía la hermana Rosa cuando habla de zoología. Le dije: No es una grulla.
Las grullas cantan en tu cuadro, pero no se ven.
Entonces dejó de pintar, me miró, pero no el cuerpo sino la cara. Me miró
la cara. Me dijo: Lo que yo pinto es una esencia que no se ve. No tiene
que verse sino sugerirse. Lo de las grullas que decís está bien. Está el
quejido de las grullas. Y no preguntés más porque me distraigo. Ponete el
vestido y andate a dormir que es tardísimo.
Le dijo que no.
Que no me iría a dormir. Que no me iría nunca más. Que deseaba meterme en
el cuadro, entender el cuadro.
..........................
Entonces él se abrió el pantalón.
Yo había visto a Josecito desnudo, pero era distinto. Era grande, enorme.
Esto es lo que pinto, me dijo. Puso mi mano allí donde florecía duro, tenso
y suave. También muy suave.
..........................
Fue veloz. Me hizo arrodillar como en el cuadro y me hizo poner lo tenso
y suave en la boca. Me la abrió y toqué la punta con la lengua. Miré la
pared, el muro donde él se apoyaba.
Dejé de mirar.
Tenía un gusto levemente salado. Me aferró la cabeza con violencia, con
el mismo enojo que cuando pintaba y me la hizo mover y él también se movió.
Bailaba. Eso tocó cerca de mi garganta. Me hizo lamer y volví al gusto salado.
El gusto como cuando te tragás las lágrimas. Se parecía a la lengua, pero
era distinto. Me dijo que aspirara, que absorbiera y empecé a sentir el
remolino.
Era como una prueba de circo. Eso se metía, era un animalito vivo que deseara
ser tragado. Era el gusto de la flor, aunque no un girasol, sino una cala,
esas flores de muertos que son blancas y están llenas de vida. Sería la
flor de la adormidera que dicen que es roja.
Tenía el ritmo de una ceremonia de esas de las películas con tipos raros
y tribus. Una música nocturna. Imaginé a Francesca sobre los huracanes tragando
a Paolo.
En un momento pensé que debería comer o que me devoraría el animalito que
se movía entre mis dientes. Mi tío se quejaba con la tristeza de las grullas.
Era una grulla.
Pensé en Dios, en Dios deforme. Se me hacía difuso.
Después sentí en la lengua un agua blanca y mi tío gritó como si le sacaran
la vida. Tragué el agua blanca, la vida.
Mi tío se acostó en el piso. Parecía desmayado. Quizá muerto. Yo no sabía.
Quizá la policía viniera a buscarme y me encerrarían.
No le hablé.
No le dije nada.
Él tampoco. Podía estar muerto. Vendría la policía.
Miré el desierto del cuadro.
Me fui. Llamé a Minos y me siguió.
..........................
OTRO DÍA
Dijo: No es posible que vengas todas las noches a despertarme. Le dije:
Cambiaste. Antes me contabas historias todas las noches. Dijo: Estoy cansado.
No le dije nada.
Entré al cuarto de al lado. Miré los cuadros de Dorothea.
Me llamó.
Me dijo que me iba a contar una historia tan pequeña como la pequeña música
de Mozart. Le dije sí. Me dijo que había una vez una niña que miraba un
cuadro que se llamaba “Pequeña música nocturna” donde había otras niñas
como ella aunque de veinte años atrás.
Me dijo que la niña tenía mucho miedo del cuadro porque pensaba que en ese
cuadro había algo escondido que la pintora había querido decir. Algo más
allá de girasoles peligrosos, pasillos con puertas, pelos erizados, vestidos
rotos. Eso que la pintora había querido decir no importaba tanto como lo
que la niña veía en el cuadro. La zona que despertaba era parte de la niña
y no del cuadro o de la intención de la pintora. El girasol no guardaba
ningún significado si el girasol no estaba dentro de ella. Como la niña
no estaba segura averiguó que la pequeña música nocturna era una serenata
con allegro, romanza, minuetto y rondó, y que Mozart había nacido en Salzburgo
en el siglo dieciocho.
(No es cierto, yo no hice todas esas averiguaciones. Porque seguro que yo
era esa niña. Los grandes cuentan así: dicen “esa niña” en vez de decir
el nombre de una como para que sepan que hablan de una y a la vez no estén
muy convencidos.)
Que el girasol se vuelve hacia el sol y que tiene semillas comestibles de
las que se extrae el aceite. Pero eso no significaba nada porque a Mozart
no le importaban los girasoles. Pensó que si el girasol se mueve hacia donde
el sol camina, qué sucedería con un girasol nocturno o con un girasol al
compás de una música. Pensó en flores que se rompen en la noche, y ya fue
su pensamiento el que pensaba y nada de lo que estaba en el cuadro de verdad.
Y en el placer de una de las niñas (podría ser sueño, sufrimiento, desmayo)
y en el pánico de pelos parados de la otra. Y en la noche como silencio.
Y en la puerta abierta como el lugar de las revelaciones. En la música de
la noche como en la armonía oculta del silencio.
Como estaba leyendo a Dante dijo que los huracanes del Segundo Círculo infernal
eran los que arrancaban pétalos al girasol o erizaban los cabellos con la
violencia del aire en movimiento. Pensó que era un viento de lujuria y que
la lujuria es el más misterioso de los pecados, el más extrañamente provocador
de pánico, como si fuera la raíz del pecado, como si contuviera en sí a
los otros pecados hasta el crimen y el odio, formas de lujuria. Formas de
la pasión por lo prohibido, por lo que no puede verse ni tocarse ni palparse
con la lengua. Que un cuchillo en el vientre es lujuria. Y que todo el resto
eran los innobles pecados de los mediocres: avaricia, envidia, maledicencia.
Pero que el gran mal era esa lujuria, soberbia de sí y blasfema. Que el
girasol era un demonio que deseaba atacar la entrepierna de las niñas, lo
que tenían de más oculto y secreto. Aquello que sólo verían los guardianes
del orden y rápidamente para saber que nada se ha salido de su perfecto
sitio.
(Los médicos deben ser guardianes del orden.)
La niña tenía un tío que pintaba. Una especie de guardián del orden, pero
que pintaba. Todo el que pinta sueña con pintar el secreto, lo que no dicen
las caras ni las cosas ni las palabras ni siquiera los símbolos. Por sólo
eso ya era un guardián imperfecto y enfermo. Se lo toleraba porque sus cuadros
no querían decir nada o querían decir algo tan oculto que no se advertía
y porque mostraba modales de guardián del orden. Esa especie de guardiana
también había soñado con otro cuadro que se llamaba “Hotel La Adormidera”,
es decir, hotel del opio, de los sueños. Y pensaba: será así el hotel del
otro mundo, del otro lado de las cosas, de la séptima cara del dado, de
lo que no se ve, del mundo de los que duermen. Y adentro de ese hotel se
esforzaba por pintar el mundo de la adormidera, ese que veía en los sueños,
pero jamás lo lograba. De repente encontró a la niña que miraba la esquina
del hotel, la sirena escondida de la estatua que soñaba en voz alta, pero
él dijo: No, soy un guardián del orden, aunque imperfecto y enfermo. No
tengo que olvidarme de cerrar la última puerta del sueño, la que la Ley
ordena que debe permanecer cerrada. Abrirla sería la locura que es una forma
gigantesca de la culpa. La culpa que rompe las palabras, que desordena el
mundo. Y mandó a la niña que se fuera a dormir y que ya basta.
Todos los cuentos de mi tío Marcel terminaban así.
No sé si dijo así lo que dijo, pero hablaba mucho como cuando mi tío se
acerca a la nariz una especie de talco. Lo olía y hablaba.
Me gustaban las palabras.
Me las metía en la boca y les encontraba un gusto salado a cosa tensa y
suave.
Las anotaba. Muchas veces las anoto para no perderlas en una libretita que
siempre llevo conmigo. Anoto las palabras de sus cuentos y cómo unas y otras
se mezclan. Después las leo muchas veces y aunque no las entiendo me gusta
repetirlas.
Me ponía las palabras en las uñas y se me quebraban las uñas de las ganas
de acariciar. Acariciar el gusto salado, tenso y suave.
Le pedí varias veces que las repitiera para copiarlas bien y para aprenderlas
de memoria como las poesías de la escuela. Yo tengo muy buena memoria y
las aprendo enseguida. Las encerré en el fondo de mi cabeza y pregunté por
qué el tío de la historia mandaba a la niña a dormir. Aunque no abriera
la puerta del sueño, ambos podían mirarla. Y si ese mundo sale al mundo
de las cosas vulgares es grande el peligro. Por ejemplo decir “buenas noches”
y que buenas noches signifique distinto de lo que significa buenas noches.
(¿Qué puede significar?) La locura hay que saltarla cuando el ojo duerme.
De lo contrario contamina el mundo.
Le pregunté: ¿Es una enfermedad contagiosa?
Dijo que sí. Que cuando se abre la puerta ya no hay fuerza capaz de volver
a cerrarla. Que si uno mira la puerta, estalla el deseo de abrirla. Y si
la abre invade la culpa y se sufre como si uno estuviera por morirse a cada
momento. Ese es el infierno que contaba Dante y el infierno debe quedar
en el libro que es un sueño escrito o en un cuadro que es un sueño pintado.
Y si uno pierde la culpa vive en otro mundo. Entonces vienen los guardianes
del orden y te encierran en una jaula de animal.
..........................
Estábamos en la cama y mi tío Marcel me pidió que me quedara de espaldas.
La arañita de la mano me tocaba la nuca, bajaba hacia los costados.
Yo tenía la nariz pegada a la almohada.
Le hablaba de cómo esa mañana había cazado una mariposa en el jardín del
frente. Que la mariposa tenía las alitas muy finas y amarillas. Como si
estuviera hecha con polvo de azafrán.
La mano llegó hasta la línea que te separa las nalgas. Me dio vergüenza
pero él no hizo caso. Luego el dedo rozó apenas como si no quisiera pero
también como si fuera una caricia pequeñita.
Casi débil.
Le expliqué que había tomado a la mariposa cuando se posó sobre una planta.
Que tenía las alas muy juntas. Que le temblaba el cuerpo, las patas, las
antenas. Que toda era un temblor y que era tocar un temblor entre el pulgar
y el índice. También la mano temblaba, el dedo tenía alitas.
Le dije que me hubiera gustado tener a la mariposa adentro de la boca pero
sin hacerle daño. Para sentir el temblor en la lengua.
Sin permitirme que dejara de estar de espaldas, apartó mi cara de la almohada,
me hizo probar apenas la dura suavidad rosada. Después gritó un poco, pero
sólo por sentir el borde de mi lengua.
Le dije que sólo acerqué a la mariposita al contorno de mis labios y que
sentí sus patas finas.
Una cosquilla.
Acercó el contorno de sus labios sin besarme a la zona más secreta.
Le dije que solté a la mariposa y que me gustó y me dolió verla en el aire
otra vez fuera de mí. Yo la amaba y hasta lloraba su pérdida y el gusto
de verla en el viento.
Sin pedir permiso, sin decirme te haré esto, o diciéndome que me haría daño,
que el viaje sería mucho más terrible, que me abriera y que me pusiera en
cuatro patas como un cabrito, noté que la dura suavidad entraba, pero no
en el lugar de otras veces. Empujó y creo que me asusté. Me dolía tanto
como haber perdido a mi mariposa.
En un momento el dolor se hizo intolerable.
Lloré.
Lloré bastante. A gritos.
Me tapó la boca para que no me oyeran.
Los otros no iban a entender lo que hacíamos. La gente grande nunca entiende
esas cosas.
Sentí tanta vergüenza.
Vergüenza quizá de manchar. Hubo sangre.
Sentí vergüenza y vergüenza. Como si te orinaras en el colegio delante de
todos, con la hermana Rosa y con el inspector mirándote. O como lo peor
y delante de todo el colegio.
Me insultó. Dijo cosas terribles. Dijo que el placer lo hacía insultar.
El placer del viaje.
Cerraba los ojos y hablaba muy despacio. Tenía mojadas las comisuras de
los labios.
También lloraba. Tal vez le dolía. O no. O era mío el dolor. O lloraba porque
me dolía y porque yo tenía vergüenza.
El aire estaba quieto y libre. Sin mariposas. O podía venir otra pero ya
no era lo mismo.
Nunca era lo mismo.
..........................
Yo estaba desnuda, sentada sobre mis rodillas. Tenía la cabeza de mi tío
sobre los muslos. La cabeza me acunaba. Hablábamos no sé de qué.
Del ruido del agua.
Del ruido que hace el agua cuando cae de la canilla. De eso. Yo contaba
las gotas como cuando no dormís y te dicen que hay que contar ovejas.
Y del silencio. Y que el silencio tiene rumor de agua.
Él estaba desnudo. Yo lo miraba. Era tan raro ver a un hombre grande desnudo.
No te acostumbrás. Desnudo y tendido. Se lo dije. Y que estaba adentro del
silencio. Como si fuera adentro del silencio.
Un hombre desnudo, un hombre grande, es algo raro de verdad. Las personas
grandes no quieren que las vean desnudas.
Entonces me propuso un juego. Era más raro jugar desnuda con un hombre grande
y desnudo. Era un juego de silencio como cuando vos te mirás con otra chica
y no pueden hablar y se miran hasta que una hace buches de risa y todo se
acaba. Este es un juego para jugar en silencio. Y no reírse. Yo voy a hacer
algo, pero vos tenés que estar en silencio. Sólo pondrás tus uñas en mi
espalda. Quiero que veas cómo corre mi sangre. Porque el viaje tiene que
ser con sangre. Así dijo.
Le pregunté: ¿Para eso querías que no me comiera las uñas y que me crecieran?
Contestó: Para eso.
Y con una tijera cortó mis uñas en punta.
Le dije: Pero a mí no me gusta lastimarte.
Me dijo: Yo sí quiero que me lastimes.
No le dije nada.
Pensé que él también iba a lastimarme. Que jugaríamos a las peleas y que
nadie podría gritar. Me abrió las piernas y empezó lentamente a absorberme.
Yo le puse las uñas en la espalda. No me gustaba eso de lastimarlo.
No quería.
Pero después fue imposible. Para contener esa impaciencia que empecé a sentir,
para que no se volviera grito, abrí la boca, para gritar sin voz. Para gritar
con voz de canilla, de agua metida en el silencio.
Ya no me acunaba.
Nadie me acunaba.
Noté que me temblaba el cuerpo.
Que temblaba la pieza entera. Un terremoto.
El techo, los cuadros, todos viajaban conmigo.
Es difícil eso de no gritar. Te vuelve completamente impaciente. Te enfurecés.
Después no sé. Vi las gotitas de sangre en la espalda que bajaban en hilitos
rojos. Yo las había extraído. Grité. Me tapó el grito con su grito. Nos
tapamos la boca.
Nos tapábamos el grito para que nadie oyera.
No entenderían. La gente grande no entiende esas cosas, ya sabés. Se asustarían.
Especialmente por la sangre. Mamá querría tirarse por la ventana más alta.
Merce lloraría. José se escondería detrás de una silla y aullaría como una
tiza que raspa el pizarrón.
No entenderían.
Después lo toqué. Le hice una casita entre mis manos. Las humedecía con
el agua blanca y me las puse en la boca.
Había vuelto el silencio con rumor de canillas. El silencio donde podías
meterte despacito como en la iglesia y cerrar los ojos.
Así aprendí a lastimarlo y a querer que me lastimara. Es lindo eso de lastimar.
Y a veces hasta es lindo que a uno lo lastimen. Pero es mejor lastimar.
Le dije: Me haré una pulsera con las gotitas de tu sangre.
Me dijo: Me haré un anillo con la tuya.
En casa no entenderían eso de viajar así. Se lo dije. Ni de viajar de ninguna
manera. Los niños no viajan. No veo por qué.
Me dijo: Son unos imbéciles.
Le dije: Ahora quiero toda la sangre.
Me dijo: Sí.
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Daniel Muxica
Daniel Muxica nació en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires en 1950.
Poeta de palabra precisa e incitante y de fructífera trayectoria, ha armonizado
la poesía con trabajos periodísticos, talleres literarios y una extendida
labor editorial.
En poesía: publica en 1976 Hermanecer (Editorial Schapire); en 1983 El poder
de la música (Editorial Stephane y Bloom Asociados) y en 1987 El perro del
alquimista (Editorial Stephane y Bloom Asociados). En 1988 edita Contra
dicción (Editorial De la Pluma); en 1989 Ex Libris (Editorial Xul) y en
1991 Siete textos premortales (Editorial El Caldero). En 1993 El libro de
las traducciones (Editorial El Caldero). En 1998 edita Nihil Obstat, cd-libro
del cual ahora presentamos algunos trabajos, con las voces de Ingrid Pelicori,
Horacio Peña y Juan Carlos Puppo. En 2004 publica La conversación (Editorial
La Bohemia)
En teatro: 1988 estrena Los ángeles organizados.
En 1995 publica La erótica argentina, antología poética 1600/1990 (co edición
de Editorial Catálogos y Editorial El Caldero), reeditada en 2003 (Editorial
Manantial).
En 2002 funda y dirige la revista de textos poéticos “Los rollos del mal
muerto”.
TRÍPTICO
¡Te hemos querido tanto! Te hemos amado
en las poses
más indescifrables del poeseo.
Poseo tu pozo.
Verbo bebo tu pozo.
Te hemos aprendido con tu boca en su pene
(lo que está mal)
con tu boca resuelta y húmeda en mi pene
(lo que está bien)
y en diversos reversos anversos adversos
de celebrado celo.
Gaita musical es tu vejiga de acróbatas y pornógrafos
y cabríos amantes al acecho
(¡ah, pecadores secundados por la experiencia!).
Muslo agitado en entradas salidas como place, como pasa,
como pesa.
Te hemos gozado como un juego de go, salpicado con sal,
enjuagado con jugos, goteado como gatos,
tentaciones y tentáculos de atrevidos calientes
pulpos en tu pulpa rosada, sacudida y expuesta,
incentivada a labiar orgasmos.
Posible modo del tres, de la estría como el puño
de morir,
último apretón sentimental al individuo.
Te hemos querido tanto. ¡Tanto!
¡A pura orgía de libertad! Pero
seguramente esos son datos para otra edad
y otra lectura.
EVA NO PARIÓ POR LA BOCA
“Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mi por la fornicación
natural eran muy semejantes a las conocidas
por lo grandes machos normales ayuntados
con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude el mundo”.
Vladimir Nabokov.
Lo oral es oral y poco mucho tiene que ver con las horas el tiempo que llevo
aquí a cuanto a cuento de lengua vaginalmente hablando digo mientras chupo
desesperado esos labios inferiores bien la plazca le nazca y ella habla
habla bla bla las mujeres son así desmesuradas con su menstruación lingual
pérfido bífido machista me critica tensa y estalla se estrella contra el
cielorrasoarraso con todo pienso insisto chupo más más maaaassssssshhhhhhhhh
y no es orín este silencio mío de
pija baja parte arte que acaba en alzada venus monte prodigio tengo sólo
palabras líquidas atrevidas licuaciones en obligación de oscuridad descubrimiento
no descubrí miento mi lengua es un dígito que clitorea mientras ella habla
bla bla bla esa valva expuesta las mujeres jamás se arrepienten de esto
aquello lo otro el Otro por eso blablean parlan celoso me pongo la pongo
me vengo ella se va con un grito más grande del que cabe en una boca
un amigo mío dice que una buena fellatio las calla
así se piensa diría mi padre muerto para estas cosas así esta vida frente
a estas zorras no corras y ahora se baja en paradoja trepa su lengua por
el pene la pija no hay tanto que penar pensar qué tanto orar tanto si sólo
es una buena succión esmero salival apenas mojadura dura agua bendita la
pira parada erecta hereje le suda la cabeza tiesa ese bautismo costumbre
rígida del enervamiento todo nuca descontención me voy desde el mismo lugar
al mismo lugar
machista eso dice en voz baja mientras se abaja para comenzar su tarea de
marea macho la pija hija les falta a Freud condenan sin compasión hablando
de él todo el día como si lo único que hizo ese mal cogido fue hablar ocuparse
de ellas de la cavidad la cabida cerebro recto pero no erecto nunca cogió
carajo me digo indignado pero
ella estudia psicología con pe de pedazo con pe de puta con pe de prematuro
desenlace
tenés eyaculación precoz dice mientras lame maternalmente su animalito limpiando
comiendo su propia placenta
dámela qué cosa esa de dar es pija espejo infinito de la palabra dámela
lamela papito mamita te quiero que te metela más por favor de Dios no la
saques nunca me alienta calienta mi aliento en su nuca soplada así si de
mí aquí dentro salgo de algo un poco confundido muy sudado me acabo acá
me qué decís preguntás tonto de tanto movimiento
va
es posible que todo ocurriera antes que ella se largara empezara a hablar
con su infinito espejo seductivo delictivo su descontrol masturbación de
máculas industrialización de cuerpos ese libreto anatómico obsesión de brazos
abrazos trazos sobre el deseo ya caído ya resucitado ya muerto
es posible que todo ocurriera después con ese cuerpo de loba entregado al
artificio opuesto a la biología que orgía pienso cabrío ¿cabré? ¿habré?
abrí la esa que orgías gorgias retórico reto a la gorgófona y mi desgaste
sueño cercano a la dormidera al vacío me sacaste me secaste todas cada una
de las gotas
goteo gateo antes o después de ella saberes sabores información en el paladar
en la garganta libertina recompensa a expensas de
antes o después de ella en los barrios decían si no hay tamaño hay talento
estoy atento en obediencia a qué inmoral es la moral cínica si ni mu dice
distinta la morada esa argolla que aguanta al caballero al caballo esa argonauta
sexual es ella y la quiero amar romper corromper cómplices sin complicaciones
empieza otro trabajo oral sobre mi orate me da vuelta me da la lengua serpenteando
la espalda y comienza el suspenso
loba boba desde que el mundo es mundo que no es y el cuerpo se come el cosmos
ella minuciosa punta de lengua erecta erigida dirigida me moja el culo el
orificio con talento con oficio lento quieto es mi cuerpo que ahora se prepara
para algún sacrificio
vértigo sensación de juego de azar soy el zar el emperador con mi eunuco
y sin embargo tiene un dedo
relajate dice me relajo sobre lajas pero no puedo tan fácil tan dócil este
qué será me recorre me corre el tiempo en los nervios los labios murmuraciones
y su índice en el sacro coxis
ameno amenazante esto no es una utopía la realidad empieza
a abrirse y comienza a hacer
no evitar el goce no vomitar el dolor ardor de uña verdadera ortopedia pedía
mi culo para completar ese vacío de macho
que llevo a cuestas entonces sí lo martirizo lo amplío y llámese constancia
si se quiere se muere de dolor se aguanta a lo macho que se es un ay mi
amor qué hay qué me falta
la era de Eros es ira
hacer dejar hacer dejar dejarse la naturaleza erótica es más sabia que el
sexo más feroz trazos imborrables distintas anatomías mías en esa por esa
lengua dedo hacia el abismo la profundidad como principio de toda incertidumbre
me inserta incierta sin embargo el dejar hacer se ha intentado
me inserta se dio el gusto susto la guacha me digo y ahora se agacha se
pone en cuatro en mi cuarto la sus tetas colgando atraen como campanadas
sonoras tengo un badajo agudo en la lengua el ruido de la circulación secreta
que se juega única en esos momentos
siempre hay tiempo para una buena transfusión dice como perra caliente en
patas traseras a la espera de lo que uno nunca sabe
es la pija erguida en mano penetrando los misterios la nuca
de la historia dialéctica láctea contingencia viril mis manos sobre sus
nalgas presionando los pulgares los lugares de mi
heroína mirando el agujero elegido pequeño rosado oscuro el dedo húmedo
primero el glande trabajando en la puerta en la huerta ahora abierta metela
se excita muerde la almohada la sábana la historia entera se entera se la
traga ¡haga ! grita el pene duro en carnes tendones ano de señora la dama
la puta la virgen que se entrega gritándole a su propio goce a su propio
miedo
sodomizarla domar la sed
domarla potra es la otra la que vendrá desde ella la que siempre está en
otro lugar hurgar domarla ser su mal su dueño su sueño anal su analista
machista grita somos modernos pero con palabras no se ama el cuerpo
todo es dilatación fantasma espontáneo los agujeros se vuelven grandes entro
por atrás sorprendiendo al enemigo nalgas horcajadas carcajadas perversas
grita la masturbo para serenarla seducirla reducirla como revancha de una
represión original
late el orificio corazón corazonadas que también están en el glande cada
vez más grande cada vez menos gritos no evitar
el goce no vomitar el dolor un instante en el instante sostenido
metela hijo de puta entro con todo decir con lo que tengo de materia rapidez
sanguínea metela insulta sin fuerza y ya no cuadrupea se cuadra la domino
tendida extendida otra es la maniobra para responder al desafío
recursos femeninos movilizados suspendidos es mi víctima trágica la que
ríe llora delirio se agota hijo de madre parir partir de uno mismo a uno
mismo
pasar por el otro hija se hincha la pija todo es exigencia ilusión de poder
perder algo
ay ay ay que bien se seduce a sí misma lo más oculto lo más adentro papito
del mismo lugar al mismo lugar le mojo el ojo de atrás me matás dice aulla
le cuelga una lágrima pegajosa y mantiene la postura con soltura le doy
me saca víveres mi leche está vertida pero me podría ordeñar nuevamente
me podría ordenar nuevamente con estrategia de apariencia
tendido rendido ido de subjeción perdido en subterráneos oscuros territorios
fecales accesorios de la subversión versiones del sexo como matiz como matriz
te amo no digo no dice que vergüenza que satisfacción degustar la angustia
esa laxitud anterior a cualquier sentimiento a cualquier sometimiento a
cualquier luz
la salgo hasta cuando hasta quién hasta dónde me dice vistiendo su silencio
probame que se trata de eso desesperar esperar lo que ya nadie
y habla desde su sonido desde el cuerpo vistiendo silencio habla desde la
muerte desde el miedo grita grito no puedo regalarle la última palabra a
la naturaleza
Eros y Psique pariendo a Voluptuosidad muriendo a voluptuosidad.
BAILARINA DE SAMBA
Hembra en Brasil
orillas, orixas sexuales su cuerpo haga, jadee, dance la garota, menina
menee su gata, su toga, sus caderas sucundum, sucumbir en el tórrido tambor
del cuero, en el color de sus labios, en la carne carmesí, la bemba, la
bomba de almíbar, ¿cómo sustraerme hermes olocum a pantógrafo de sus pantorrillas?,
eleusis sísmica sigo la mímica, la sacudida impertinente de la arena en
los muslos, mus de chocolate late rico, sabroso café, malta, cafre densidad
dura fláccida que se estira y conviene la medida del baile, la medida de
la intimidad
ocioso sería pretender que todo viene de los dioses
nova nave que no ave, eva era su verano, trópico en tránsito bogando, caderas
duras en salivadas sucundum resbaloso de sudar tanto ritmo, tanto antológico
músculo, antílope que frota mi báculo, ébano vano, con movimiento de pelvis
infinito
arrabal del carnaval
merodea el desvarío
varía de gotita a mancha
húmedo eclipse
rezumban dinámicos glúteos iridiscentes
las chicas decentes
las enaguas heridas en reblandecidas nalgas
el masaje entre las propias cachas
se desvive en la gárgara del ritmo
los glóbulos se dispersan en el revoloteo
espera un plátano
una banana
una fruta eréctil
moldura tráctil
para hacerla papilla repostera
entre sus fenomenales pantorrillas
el clítoris serpenteando
la fatiga pubiana
el vibrato
que recupera en la sombra el derrame sonámbulo
súcubo sucundum en el paño afelpado
fados del desenfado
por años la metafísica del culo
magmas en el anca
movimiento pélvico de aquello que se incrusta
es todo tembladeral la trópica, oro, maestra de la fornicación, cobre la
botella, peligrosa estrategia entre la beata y el insomnio, las formas lujuriosas
también buscan la dignidad, las libélulas, los lunares, las células, somnífera
esfera lasciva, envaselinada brizna que tiñe con barniz varonil su camisa
blanca, cachaça de disfraces, desteñidas frases, sabrosos azufres, peines
a pasarse por el pubis
mulata
rojo amarillo verde estrás del color, el calor es una coreografía, el sudor
llovido una acción humectante,
en los pies danza un soplo en el anfiteatro africano, una ráfaga negra agria
en la sudadera, saltitos en la prisión de porcelana, danza sobre relámpagos
y la oscuridad, la hendidura de ogum, se hace más impenetrable
siempre es adverso sumergirse en el milagro
en cuclillas menea a venus cerca del piso
yemenya habla por esos labios
sobre el pico de una botella de cerveza
y es igual el color de los líquidos
chorro descarado sobre el casquijo
túnel de ira mojada
fábula del sábulo
de la arena nacen los espejos
se refleja
y el cuerpo que veo quieto
nunca es cuerpo
nunca es el cuerpo de esas lubricaciones
nunca es el cuerpo de estas elucubraciones
viscosa danza ella va estar no tanto para el embadurne
el mordisco órfico
la fuga
el nombre vulgar de la huída
su cuerpo es traje ritual
me baila
me expone a su deseo.
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Elvio E. Gandolfo
Elvio E. Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad
se trasladó a Rosario, donde dirigió con su padre la revista literaria El
Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la revista El Péndulo. Escribió notas
culturales en distintos semanarios y diarios de Montevideo y Buenos Aires.
Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis, Montevideo y Buenos Aires.
Hizo abundantes traducciones, entre otros de Tennessee Williams, Pierre
Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James y Tim O’Brien. Compiló
varias antologías de géneros como el relato policial, la ciencia ficción
y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País Cultural
de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de Buenos
Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario.
Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando
alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres
(1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir
(1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso
Planeta.
TEMA DE LA ALUMNA Y EL PROFESOR
Le da clases de clavicordio, el único clavicordio de todo Caballito. El
profesor maduro, la alumna joven, con vestido de voladitos, estilo Sara
Kay. Al fin le confiesa que está perdidamente enamorada de él. La comprende,
le quita importancia al asunto, hablan como personas adultas, pero la alumna
cada vez más entusiasmada con la tríada gratificante: padre-profesor-amante.
Cuerpo y espíritu, sabiduría y ritmo. Al fin el profesor se embriaga con
todo un frasco de jarabe para la tos y rutinariamente se acuestan juntos,
como lo han hecho las alumnas y los profesores desde que el mundo es mundo.
Serenos encuentros eróticos en casa de ella o en lugares discretos del vetusto
conservatorio, mientras tras los vidrios de los ventanales flota en el viento
el polvillo dorado de las pelotillas de los plátanos, que tanto joroban
los lagrimales de las personas sensibles.
Un día le dice al profesor (y, lo que es más importante, el profesor lo
reconoce) que el clavicordio ya no tiene secretos para ella, que quiere
probar con los vientos. Pasan al oboe.
En la décimocuarta vez que se acuestan juntos, la alumna queda en ese trance
que se le asienta sobre los ojos y la boca, y le afloja la frente y las
sienes, mira fijamente el vacío y dice, articulando las palabras con precisión,
como frutos maduros:
-Es mejor el oboe.
Y nunca más vuelven a hacerlo. El profesor ya en el momento mismo en que
le oye la frase, no sabe a qué se refiere, y con el paso de los días la
incertidumbre se le transforma en una leve irritación imperecedera, como
esas viejas heridas o golpes que apenas si nos aquejan, sin llegar a dolernos,
en los días húmedos.
“Es mejor el oboe que el clavicordio”, podría haber significado la alumna.
Pero entonces, ¿por qué el corte? “Es mejor el oboe que esto”, tal vez,
abarcando los dos cuerpos tendidos sobre el montón de alfombras del desván.
O “Es mejor el oboe que su...” y el profesor se detiene, siempre, cada vez
que comienza la frase, como sabiendo que es eso, contra toda lógica, lo
que la alumna quiso decir.
El profesor se detiene: es relativamente culto, a pesar de las incursiones
por el Bajo, y se resiste de plano a nombrar “eso”. Pero aun así, cuanto
más quiere olvidarlo, mientras a su alrededor suena la digitación perfecta
de la alumna, más lo siente colgar flojo entre las piernas, mucho menos
bello que la superficie lustrada y cromada del oboe, mucho más pequeño,
mucho menos sonoro y musical, aunque él sea, si bien se mira, todo un profesor
de música.
LA OSCURIDAD BAJO LA MESA
El relato “La oscuridad bajo la mesa” pertenece al libro Ferrocarriles Argentinos,
Alfaguara, Buenos Aires, 1994.
El jefe ha dicho que podía irme dos horas antes a casa, para terminar con
las carpetas de expedientes que llevé anoche. Después de un largo viaje
en ómnibus, en el día neblinoso, húmedo, con olores que quedan como colgando
del aire, entro al ascensor amarillento, sucio, recorro el pasillo cuyas
paredes parecen sudar y abro la puerta del departamento, empujando un poco
para que se destrabe el marco.
En la sala hay cuatro sillas, una sólida y vieja mesa de madera, de puntas
redondeadas, y con patas formadas por una U compacta, también de madera,
que se apoya sobre un soporte redondo y grueso como un leño. Detrás, al
fondo, junto a la puerta que lleva a la cocina, está el trinchante, un poco
deslustrado. Donde tendrían que ir botellas de distintas bebidas, en una
puertita del costado izquierdo, tengo las carpetas, papeles en blanco, carbónicos.
Sin quitarme el sobretodo me acerco, escurriéndome entre las sillas y la
cómoda (los muebles entran un poco apretados en el espacio reducido de la
sala) y me agacho. También la puerta del mueble está un poco trabada, pero
al fin cede. Saco una pila de carpetas, y, en vez de trasladarlas a la mesa,
me dejo resbalar lentamente y quedó sentado, pasando una tras otra, en busca
de la que falta terminar.
En el otro extremo la puerta de la calle se abre: seguramente mi mujer,
pienso, y alzo apenas la cabeza para mirar por debajo de la mesa, entre
la red que forman las patas en U, las patas delgadas de las sillas, y el
mantel de puntillas que cuelga cerca de mi nariz y más allá, repitiéndose
a dos metros, en otra punta de la mesa.
Lo que veo son las piernas de mi mujer, calzada con los zapatos de taco,
cosa que me llama la atención. Sólo alcanzo a distinguirlas hasta las rodillas,
hasta donde empieza el vestido color violeta que se pone los fines de semana.
Aparto los ojos por un segundo para mirar la hora: las cuatro y cuarto.
Pensaba que el minúsculo movimiento de mi cabeza sería acompañado por el
ruido de la puerta al cerrarse (uno empuja, entra, la vuelve a cerrar casi
en un único movimiento) y sorprendido de no oírlo vuelvo a mirar.
Hay un par de piernas de hombre junto a las piernas de mi mujer. Ahora sí
la puerta se cierra, y las piernas de los dos cambian de posición: mi mujer
queda apoyada contra la puerta y los tacos del hombre hacia mí: evidentemente
la aprieta contra la hoja de metal. Una mano aparece desde el borde de la
mesa y el mantel, baja, alza el vestido violeta de mi mujer lentamente y
acaricia la carne a la vez con ternura y violencia, con apremio y calma.
Se oyeron los jadeos de mi mujer, largos y profundos al principio, entremezclados
con algo que es como el comienzo de una palabra dicha entre dientes, que
no llega a concretarse y que al fin se resuelve en un "aaahh" ronco, cada
vez más breve. La mano ha vuelto a subir por debajo del vestido de mi mujer,
y ahora le veo las piernas perdiéndose hacia arriba, con medias largas,
color carne.
De pronto las piernas de mi mujer se apartan de la puerta, las del hombre
vacilan un poco (fuera de mi visión debe estar viendo el movimiento de mi
mujer, captándolo más bien con el cuerpo, y tratando de adaptarse a él).
Lo que ella hace es retroceder de espaldas hasta la mesa, para apoyarse,
y arrastrar al hombre, tomándolo de la ropa, guiándolo.
Ha quedado apoyada con las nalgas en la mesa, y abre las piernas, que enmarcan
las del hombre, apoyándose en la punta de los pies, aún calzados. Así como
antes esperaba el ruido de la puerta, ahora espero que los pies del hombre
se afirmen, que los jadeos de mi mujer se hagan más intensos, que recomiencen
al menos, porque se han interrumpido. Pero los movimientos de los dos se
hacen suaves, silenciosos, casi respetuosos. Las dos manos del hombre bajan
lentamente una de las medias, mientras los pies de mi mujer, fuertes, ágiles,
se quitan los zapatos con un par de movimientos. Se oye el chasquido del
elástico de la segunda media al soltarse arriba: la otra media baja, lentamente.
Las piernas de mi mujer son blancas, casi lechosas donde se unen a las nalgas,
al borde de la gordura pero firmes; hay algo en ellas que reclama algo,
no se sabe bien qué: decir que reclaman ser tocadas sería simplificar, falsear
las cosas.
No he alcanzado a ver el rostro del hombre, la primera vez porque quedó
más allá del borde del mantel, la segunda porque la pierna lo ocultó. Hay
un susurro suave, las piernas de mi mujer se apoyan alternadamente, en movimientos
leves, sueltos: se está sacando o le están sacando el vestido, que cae,
formando una mancha violeta junto a las cuatro piernas.
Llama la atención que el hombre no se haya sacado el pantalón: la está acariciando,
de vez en cuando una mano baja por las nalgas, y vuelve, se demora en el
surco cálido y suave que las divide, hasta que se demora definitivamente,
entra con delicadeza, los jadeos de mi mujer aumentan.
Esperaba ver subir las piernas de mi mujer, aferrarse a las del hombre,
o un leve crujido de la madera de la mesa que indicara que se recostaba,
que se iba dejando caer sobre ella, corriendo el mantel de puntillas, arrugándolo,
derribando el espantoso cisne de cerámica estilizado que hace de centro
de mesa. Pero en cambio cae (siempre suavemente, sin violencia) de rodillas,
y baja con decisión pero con cuidado el cierre metálico del pantalón del
hombre. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir cómo surge su miembro
porque mi mujer lo abarca casi antes de que salga con la boca, lo cubre,
se mueve. El hombre le sostiene la cabeza tomándola del pelo y las orejas,
como temiendo que se le caiga, porque todo parece balanceo, ebriedad incontrolable,
que al borde del desmoronamiento y el desorden se controla sin embargo,
multiplicando el goce.
Mi mujer va cambiando lentamente la posición del cuerpo. Es como si su rostro
fuera otro, a la vez más real y más anónimo que el de todos los días: tiene
los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas y ahuecadas por la tarea, el
pelo rubio cayéndose desordenado y oscilante con los movimientos de la cabeza
y del propio cuerpo del hombre, prácticamente sostenido por el miembro,
porque las piernas se le han relajado tanto que uno de los zapatos está
inclinado, flojo, como un barco escorado.
Ahora mi mujer tira de él hacia abajo, se va recostando lentamente sobre
el soporte en U de ese extremo de la mesa. Apoya la espalda contra el grueso
trozo de madera y el hombre se arrodilla sacramentalmente, la penetra despacio
al principio, luego con más violencia.
La cabeza de mi mujer cae hacia atrás, volcando la cabellera rubia, que
parece brillar en la oscuridad bajo la mesa. Ahora veo su rostro invertido,
jadeante, levemente sacudido. Sus brazos rodean al hombre y lo atraen hacia
ella. Por primera vez le veo la cara: es un desconocido, tan atractivo o
desagradable como yo, pero en ese momento rescatado por el goce, alivianado,
con todos los músculos del rostro a la vez tensos y flexibles, porque los
dos se mueven en armonía, melodiosamente.
Mi mujer tiene que haber advertido algo a través de los ojos entrecerrados,
porque de pronto los abre. Debe verme también invertido, más allá de la
oscuridad bajo la mesa, con el montón de carpetas sobre las piernas, sentado
contra el trinchante, con el sobretodo puesto. Yo también la miro. Algo
debemos transmitirnos que impide que la probable sorpresa se traduzca en
terror, en un breve espasmo muscular que saque al hombre de su concentración
para descubrirme. Lenta, lentamente mi mujer vuelve a entrecerrar los ojos,
y ni siquiera puedo inventarle una sonrisa en los labios, que reciben con
blandura los del hombre, se dejan aplastar por ellos en medio de un ruido
húmedo a succión, a entrega y devolución de interiores, hasta que casi pierden
la respiración.
Por primera vez los movimientos del hombre parecen casi desesperarse, rozar
la violencia. Lo que está haciendo es quitarse la camisa y el pulóver de
un solo tirón, y, con un movimiento sinuoso de todo el cuerpo, el pantalón,
que se desliza hasta las rodillas. Mi mujer lo abraza también con ansiedad,
por un instante han quedado separados, pero las manos del hombre vuelven
a tomarla, a calmarla, y le quitan la enagua de seda ocre, la arrojan sobre
el montón de ropa que ha ocultado la mancha violeta del vestido.
Ahora sí la penetración es violenta, transmitida por la espalda de mi mujer
a toda la mesa, haciendo que se agite la punta del mantel que tengo ante
los ojos. Llegan al clímax con rapidez, jadeando juntos, cada vez más roncamente,
con un grito final de agonía y triunfo. El hombre permanece sobre ella,
acariciándole los cabellos, los hombros. Mi mujer se acomoda un poco y su
rostro queda oculto. Miro entonces sus pechos: como siempre el pezón derecho
está erecto, duro, y el izquierdo blando, derrumbado.
Mi mujer vuelve a acomodarse y ambos quedan tendidos en el espacio entre
la mesa y la pared, acariciándose apenas. Alcanzo a distinguir cómo se eriza
la piel de mi mujer. Llega un momento en que los dos parecen estar dormidos.
Siento mi miembro erecto aplastado por la pila de carpetas, que empieza
a ceder, recorrido por un dolor entre angustioso y gratificante, retenido.
Lo primero que se mueve es la mano del hombre, que vuelve a acariciar y
después a introducirse en el surco de las nalgas, destacándose morena contra
el blanco purísimo de la piel de mi mujer, que despierta con un estremecimiento
de todo el cuerpo.
El temblor parece transmitirle energía al hombre, que toma a mi mujer y
la alza en peso, mientras él se entrepara. Mi mujer alcanza a aferrar con
los brazos los dos pilares de la U de madera, y resiste el embate rítmico
del hombre por detrás. Ahora sí abre los ojos de par en par y me mira fija,
hipnóticamente, hasta que se ve obligada a cerrarlos cuando ambos llegan
por segunda vez al orgasmo.
La mesa se ha sacudido casi hasta descolarse, una de las carpetas se ha
desplazado de la pila y ha caído, pero sin sacarlos del trance animal en
que se mueven.
Ya me duele el brazo, y la erección ha desaparecido: siento todo el cuerpo
al borde del calambre. Pienso que tal vez vuelvan a caer, a relajarse, dormirse:
son las cinco menos diez.
Pero el rostro de mi mujer, que se ha echado hacia atrás esquivando hábilmente
el borde de la mesa para quedar unos instantes de rodillas junto a las piernas
del hombre, sufre una transformación horrible: recobra en un segundo los
rasgos cotidianos, la leve arruga nerviosa en la comisura izquierda de los
labios, el gesto general alerta, defensivo. Cuando la mano del hombre intenta
acariciarle la espalda, ella se la aparta, eficaz y terminante, mientras
le dice que tiene que ir ya mismo a buscar a nuestros hijos a la escuela.
No sé de qué manera, pero el hombre expresa con las piernas (por las que
el pantalón ha bajado hasta formar una especie de pedestal informe), con
las manos, incluso con el miembro, que ha recibido el mensaje, el baldazo
de agua fría. Una de las manos baja despacio y alza la enagua de mi mujer,
aquella de seda ocre que le compré en Harrod's para nuestro quinto aniversario.
Pienso que va a alcanzársela, pero lo que hace es limpiarse con cuidado
el miembro, mientras con la otra mano se sube primero los pantalones y toma
después su ropa.
Mi mujer se ha puesto con rapidez el vestido violeta, los zapatos. Nuevamente
les veo sólo las piernas, las del hombre ahora inmóviles mientras se abrocha
la camisa, las de mi mujer moviéndose, taconeando hasta perderse cortadas
por el borde de la puerta que da al pasillo. Reconozco el ruido a vidrios
flojos de la puerta del baño. Advierto que se ha llevado la enagua.
Vuelve un segundo después. Por un instante las piernas de los dos reproducen
con tal perfección la posición de cuando entraron, que temo ver cómo las
de mi mujer se apoyan otra vez contra al puerta y cómo otra vez los tacos
del hombre me apuntan, para recomenzar. Pero es una décima de segundo que
no detiene los pasos firmes de mi mujer, el tirón de la puerta al abrirse,
el ruido que hace al cerrarse, sofocado por la humedad, casi neumático,
y los pasos que se alejan hacia el ascensor.
Ahora sí, con cierta dificultad, podré pararme.
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Irene Gruss
Irene Gruss nació en Buenos Aires en 1950. Es poeta; su libro Lejos de la
palabra, nunca publicado, obtuvo el primer Premio a obra inédita de la Municipalidad
de Buenos Aires. Algunos poemas de ese volumen fueron incluidos en el libro
conjunto Lugar común (1981). Posteriormente publicó: La luz en la ventana
(1982); El mundo incompleto (1987) y La calma (1991); el poemario Sobre
el asma (1995) y Solo de contralto (1997). Dueña de una voz singular dentro
de la poesía argentina de este siglo, la autora construye su poética desde
un acontecer personal, sin apoyarse en otras referencias que no surjan de
su experiencia más íntima. Sus textos, tomados de libros o aún inéditos,
han sido publicados con frecuencia en diarios y revistas especializadas
de diversos países.
MASTÚRBATE
Mastúrbate
úntate cada pezón con miel
y baja el mentón, la lengua
saben dulces, toca
circularmente cada punta morada, agrietada o lisa
y luego acaricia el vientre, el ombligo,
haz cine o literatura
con la mente pero no olvides los pezones,
la miel, el dedo circular
hazlo frente al televisor mientras te ríes
y te humillas: mastúrbate, abandona,
cuida el clítoris como a la piel de un niño,
escucha el viento que suena detrás
de la ventana cerrada, guarda tu jugo
a escondidas del mundo
y mastúrbate, que tus piernas
comiencen a abrirse y a cerrarse
que tu murmullo sea un gemido ronco,
grito agudo en el aire, en el hueco que
pide penetración, contacto,
habla despacio
hazlo en silencio pero gime
aúlla
murmura aunque sea el goce
el rozarse de tu pelo en la almohada
en la alfombra en la nuca,
mastúrbate,
hasta que las rodillas tiemblen
hasta que caigan
lágrimas y suene esta vez
no un viento sino un timbre
y otro, regular la campanilla,
recién entonces
dilátate como en el parto
lubrica tu vagina, el tubo que
sigue llamando, levántalo, bájalo
introdúcelo
y escucha ahora su voz,
lejana, ajena,
y cierra tus ojos, su boca
tan adentro.
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Fernando Kofman
Fernando Kofman nació en Posadas, Provincia de Misiones, en 1947. Poeta
y ensayista, reside en Castelar, Provincia de Buenos Aires. Publicó los
libros de poemas: Diez poemas y un aporte (1979); Tiempo de convulsión (1982);
Caída de la catedral (1987); Polifonía en el páramo (1991) y Zarza remueve
(1992), y los ensayos: Poesía entre dos épocas (1985) y Poesía minimalista
norteamericana (1996).
TONY EN LA CAMA, SEGÚN MARY
Me llamabas “urraca”
por el gorjeo ronco que lanzaba
cuando me reía. Al desvestirme,
mi cuerpo apenas ondulado
como una pequeña palmera
mostraba mi vellón, mis tetas,
tan chiquitas como risas de bebé.
“Sé lo que estás pensando”, decía,
“soy tan triste para el amor
como una urraca”.
Pero además me llamabas:
“pañuelo”.
“Creo saberlo”, te decía. Pero
no lo sabía.
“Todos te llaman
en su soledad,
y te usan y se refugian en vos”:
-me dijiste-
Me confié a vos diciéndote:
“yo ante tu dolor sólo puedo
ofrecerte este espacio, entre mis dos tetas,
como otro pañuelo,
para que vos hagas lo tuyo,
para que vos digas lo tuyo”.
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Esteban Moore
Esteban Moore nació en Buenos Aires en 1952. Poeta y traductor; ha traducido
al castellano a diversos autores en lengua inglesa: E. E. Cummings; Charles
Bukowsky, Seamus Heaney, Raymond Carver, Tess Gallagher, entre otros. Es
miembro de Consejo de Redacción de la revista Graffiti, de Montevideo, Uruguay.
Publicó los libros de poemas: La noche en llamas (1982); Providencia terrenal
(1983); con Bogey en Casablanca y otros poemas (1987; Poemas 1982-87; Tiempos
que van (1994); Partes mínimas (1999) e Instantáneas de fin de siglo (1999).
LA BOCA EN LA FRUTA
en pleno silencio
de las bocas
que mutuas se comen
las lámparas
su repentino fulgor
iluminan
los oscuros pezones
el vientre
la mano que se aroma
en la deseada humedad
en la desvanecida penumbra
esa mujer
anhela de las promesas
el empeño
en la disuelta oscuridad
esta mujer concibe
estímulos en carne propia
esa mujer / olvida
esta mujer cierra los ojos
Che Tartufo Oí
a este buenos aires
que vio mejores días
quieren regresar
a través del mar con el TU
a flor de labios desde el mar
quemá el peluquín
abandoná la mineta
no te vayas en suspiros
en esto de la libertad
/ de lenguas
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Gustavo Nilesen
Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires en 1962. Es arquitecto y autor de
cuentos y novelas.
Su primer libro de relatos, Playa quemada (Alfaguara; 1994) obtuvo el Primer
Premio en la Bienal de Arte Joven en 1989 y el Primer Premio del certamen
“La ciudad convoca a sus creadores”, otorgado por el Concejo Deliberante
de la Municipalidad de Buenos Aires en 1993. Por la originalidad e imaginación
que imperan en sus relatos fue invitado al encuentro “Literatura y compromiso”,
llevado a cabo por la Organización iberoamericana de la Juventud en Málaga,
España, en 1993.
Sus novelas La flor azteca y El amor enfermo (Alfaguara, 2000) fueron finalistas
del Premio Planeta en 1996 y 1997, respectivamente. Sus cuentos figuran
en antologías de Latinoamérica y España. De “Marvin” existe una versión
cinematográfica en mediometraje.
ALUCINANTES CARACOLES
2 REYES, I, 26
Los siento. Están ahí; empaquetados en celofanes, sostenidos por cintas
de colores, etiquetados en cajas bajo vidrio y bajo llave, entalcadísimos
para regalo (como alhajas demasiado valiosas); huecos de arena y de mar,
mustios, ásperos, anticipadamente sombreados por la oscuridad de los placares
que vendrán; solos y separados unos de otros por parecitas de cartón, clasificadísimos
según la Enciclopedia Estudiantil y el Códex.
Mi hermano me mira con ojos tristes, de playas apagadas. Le digo algo que
no oigo y que él tampoco oye. Ni esos caracoles que siguen ahí tan quietos,
como corazas de monstruos ausentes. Como la caja que los envuelve; como
la caja que nos envuelve a nosotros y nos aleja de todo, a mi hermano y
a mí, como si quisiéramos salir y afuera no estuviera la playa y las cosas,
y hubiera un solo vacío, un barro total, una lluvia sin fondo, la tierra
de abajo de todos los bosques.
“Así no vale”, me digo.
Así dejaron de ser alucinantes.
1
Llevé el caracol hasta donde él estaba y le dije:
-Encontré uno. ¿Sirve?
Le dije también que era de la primera franja. Habíamos dividido la playa
en franjas de caracoles y le pusimos “uno” a la que estaba más cerca de
la casa y “tres” a la que mojaba la orilla. Pero ahora había aparecido una
nueva franja, y a mi hermano le daba fiebre tanto desorden. Estiró el brazo
apoyando la mirada sobre la recta de la manga de su pulóver azul, para ver
si estábamos en lo correcto. Yo dije: “Hay una nueva número uno”. Él dijo:
“Puta madre, se nos despelotaron todas las etiquetas”.
Mi prima fue la que la descubrió. Siempre complicándolo todo, no sé para
qué la trajimos. Da vueltas y se le vuela la pollera, del viento que hay.
Ella también junta caracoles, pero se hace la que no sabe y junta cualquier
cosa. Te viene con una pavadita rota como si hubiera encontrado una sirena.
Encima quiere que la consideremos.
Ayer se me acercó con una piedra extraña, opaca y siena. Yo estaba caratulando
las cajas de la colección. Al mediodía habíamos encontrado un caracol del
tamaño de una moneda de diez, celeste. No se ven caracoles celestes, y éste
es celeste como un cielo. Hasta hoy no supimos qué nombre ponerle, porque
en el Códex no aparece (se lo vamos a tener que inventar). Mi prima estaba
ahí, parada, con eso sobre las manos abiertas y yo pensándole el nombre.
Dejé de despegar las etiquetas engomadas para observarla con más detenimiento.
Lo traía apoyado en un papelito. Me pareció tan raro que le hice una sonrisa
que significaba la sorpresa de ver algo que todavía no teníamos, una piedra
difícil de encontrar. Fui a tocarla como si se tratara de un diamante preciado,
y cuando la alcé se me hundieron los dedos. Era una masa fofa y desagradable.
-¿Es un sorete de perro? –le pregunté.
-De perro no. Es un sorete de tu hermano. Acaba de depositarlo detrás de
aquellos matorrales, para la colección.
2
Ella lo sigue a todas partes. Estuvimos cambiándole las etiquetas a los
caracoles la noche entera, por ese descubrimiento que hicimos en el cual
la franja uno pasaba a ser la franja dos, la dos la tres y la tres la cuatro.
Yo le dije a mi hermano: “Pongámosle cero a la nueva, así no tenemos que
tachar tanto”. Él me contestó: “Eso carece de seriedad científica. Hagámoslo
todo otra vez”. A ella le encantó, y por esta bobada (tan fácil de arreglar)
nos pasamos la noche en vela. Lo miraba y lo miraba, la guacha. Fijamente,
con los ojos vueltos dos caracolazos brillantes, blancos con el bichito
húmedo adentro, despierto, escarbador.
Yo le dije: “Éste todavía no lo encontramos”, y le señalé en el Códex uno
rarísimo, grande como un puño y lleno de puntas.
-Es una concha –dijo mi hermano-, no un caracol. Una concha marina.
Mi prima se rió y a mí me dio una rabia bárbara, porque se le sentó sobre
la falda, lo abrazó y le dijo:
-Lo que te falta a vos es una buena concha.
Se lo dijo al oído, pero lo suficientemente alto como para que yo escuchara.
Lo hace a propósito, de jodida que es. Mi hermano paró de tipear con la
eléctrica y me preguntó qué nombre le poníamos al celeste. Yo estaba furioso
y el corazón me latía como laten los peces recién pescados; yo mismo era
ese gran pez arrancado del mar a tirones. Mojado y palpitante, con el día
mordiendo del anzuelo y el sol sobre los ojos irritados, sin párpados, sin
movimiento. Y luego sin escamas, sin tripas, sin espinas, sin cuerpo.
-Qué nombre le ponemos.
-¿Cómo?
-Al caracol celeste. Tiene que existir un nombre para poder catalogarlo.
-No sé. A mí qué me decís. Preguntale a tu prima.
Después me quedé pensando un largo rato y no se me ocurrió nada, y me di
cuenta de que tenía la mente muda, en cero, singularmente desnuda.
3
Nos repartimos las franjas para poder alejarnos, porque en los últimos días
habíamos encontrado los mismos caracoles, y porque ya me estaba cansando
de verla todo el tiempo con el viento volándole la pollera. Fue lo mejor
que hicimos. Acabo de levantar uno que figura en la Enciclopedia Estudiantil
y no en el Códex; de la sección “Fauna abisal”, tomo III, fascículo 32,
página 17, abajo cerca del ganchito. Me acuerdo bien. Es un Conus fino,
con franjas horizontales blancas y negras y una modulación de textura en
vertical. Por adentro todo plateado y liso. Medidas aproximadas: veinte
milímetros por diez; una joya.
Mi prima grita. Yo encontré uno divino y no hago escándalo, y ella viene
corriendo por la arena dura y cuando llega me grita: “¿A que no sabés qué
tengo?”. Yo no la miro, ya me pudrió. Después me sale con cualquier cosa
y me la tengo que aguantar por mi hermano.
-Mirame, che.
-Qué querés.
-Mirá qué caracol.
Sacó del bolsillo uno enorme, gris nacarado, como si estuviera haciendo
un truco de magia y eso fuera un conejo, o una paloma, o un globo. Extraordinariamente
aparecido. Una Charonia tritonis de un tamaño anormal para la orilla; le
acerqué la regla y medí: ¡750 x 48 x 350 mm!
-¿Adónde lo encontraste?
-Sorpresa. Se oye el ruido del mar.
Me lo arrimó a la oreja. Enseguida sentí el zumbido claro, bien caracol.
“De éstos no hay”, le dije temblando, y me puse colorado porque supe que
esa Charonia era fundamental para la colección, y no me animaba a pedírselo,
después de tanto putearla toda la tarde.
-Ni mamada se los doy –dijo-. Es mío. Olelo. Tiene el olor del mar.
Me lo puso en la nariz; yo aspiré y me hizo toser. Estaba lleno de arena
finísima, que volaba de nada. Tosí bastante, me picaba la nariz y ella me
lo volvió a poner como una máscara. Yo no podía respirar sino eso; las rodillas
se me vencieron y nos caímos hacia atrás los dos, jugando y tosiendo. Me
empecé a reír, no sé por qué, y la vi a ella tan linda. El mar estaba lejos
y cerca, porque no podía fijar la imagen y no me daba cuenta. El horizonte
se me borraba del mareíto; ella me sacó el caracol y yo le grité “más dame
a oler otro poco”. Já. “Qué mierda te importa la colección, dijo, volá que
te va a hacer bien”. “ ¡A VOLAR COMO LOS BERBERECHOS!”, gritó, y a mí me
hizo gracia, porque justo cuando pensaba “los berberechos qué van a volar”,
pasó volando uno y me echó su cagadita sobre la frente. Apoyé la espalda
en la arena porque me caí cuando me vinieron ganas de vomitar o de hacer
pis o de hacer cualquiera. Pasaba el cielo entero y yo así, acostado sin
saber, y los bivalvos allá por la orilla, y ella también oliendo su caracol,
riéndose conmigo, bajándome la malla y chupando, ella pulpo calamar ventosa
agua fondo sueño adiós mundo real.
4
Cuando me desperté, ya se había ido. El dolor de cabeza me filtraba el resto
del cuerpo; cada movimiento, cada idea me dolía paralelamente conectada
con aquel dolor principal, con el dolor madre de todos los otros. Lo primero
que busqué fue el caracol; girando el cuello abrí los ojos una y otra vez
y sentí el cansancio claro, y un desdoblamiento de mi ser que se volvía
a recostar, pesada y lentamente, sobre la arena. “La resaca del infierno
de mierda de la prima”, pensé, y no me atreví a decirlo por temor a escucharme
distinto, quizás con voz de pájaro, aguda y estúpida. “Ella es una voz de
pájaro, me dije, ¿cómo se puede ser aguda y estúpida a la vez? así, veanlá”.
Yo me hablaba callado, estremecido, en pelotas porque se había robado mi
malla y la puta madre que la parió. Otra vez esta rabia que es un dardo
acertando en el mambo del despertar desnudo y fisurado, arrastrando como
un gasterópodo sin coraza el estómago sobre la playa. Sin caracol. De nuevo
reptando sobre la franja dos, sobre la tres generosa de mejillones vacíos
y medias ostras y agujeritos con burbuja para pescar almejas; de nuevo el
mar proveedor único de interminables colecciones, de hondas cosmogonías
sin fin, de arquitecturas enigmáticas y abismales. ¿Cuánto habría dormido?
¿Un minuto o una hora?
Allá a lo lejos estaba la malla. Se dio cuenta porque a él nadie lo engañaba
así nomás, porque para eso era el menor de los Nilsen; qué joder, ¿no? Tenía
una vista bárbara, y a la malla le daba justo el recorte del médano contra
el cielo. “Ni a mí ni a mi hermano nos importa ella, que es una cosa que
da vueltas por acompañar a la pollera, ¿no? Ni siquiera es un caracol, que
también es una cosa pero con importancia, digna de guardarse en una caja
de cartón con una vitrina arriba, para mostrar”. Él sabe de qué habla cuando
sube al médano, porque la respiración se le junta en el pecho y tiene que
soltarla de algún modo, y salen algunas quejas. Siempre pasa. Se pone la
malla y allá abajo, como a cincuenta metros, ve la pollera, sobre un arbusto
la fijación. Eduardo Nilsen sonríe y su cara se transforma en un grito que
se estira y estira cuando corre como un chico, hundiéndose en la arena que
baja por la pendiente casi a pique; se ata la pollera a la cintura gritando
y más allá, a veinte o treinta metros de subida por el médano, su blusa
roja. Ya se ríe a carcajadas y trepa, ya se cae, ya sigue trepando. Se mete
los brazos de la blusa por las piernas como si fueran pantalones; en el
esfuerzo descose una de las mangas y le queda una bolsa roja colgando. Y
le estalla la piel del pecho con una respiración agitada entre el ahogo
de la risa y las corridas. Pero sigue, sigue corriendo hasta el corpiño
que está abajo y hasta la tanguita mínima que está arriba otra vez, casi
escondida, pero que él descubre con su vista formidable de buscador de caracoles.
Y aquí llega, la cara y las manos prendidas a los arbustos, asmático, pidiéndole
aire al aire, a la playa, a la prima que está jugando tan regalada con su
hermano Cristián como una injuria, como una humillación, como una mancha
en mitad de la colección. Es un molusco prendido con sus tentáculos abyectos
y su lengua, en el pozo del médano que él está mirando, y por el que ya
le explotan los ojos de envidia.
A su derecha estaba el caracolazo. Lo agarró sobresaltado, jadeante; se
los iba a tirar pero no, mejor adentro de la pollera, porque la colección
es lo más importante. Al fin y al cabo, era lo que tenían que hacer. ¡Tantas
horas compartidas en el rigor de la clasificación! Sólo ellos sabían las
que habían pasado y los caracoles estaban ahí, siempre ahí, quietos. Y otros
en el mar que lleva y trae, y otros en las profundidades o en el Códex.
Jugando a descubrir y a ser descubiertos, al conquilólogo y a la concha
peluda, ¡cómo juega Cristián! Já. Lo da vuelta y lo examina al caracol (
“una Charonia tritonis de locos”, pensó); con la punta de la uña le rasqueteó
el esmalte que salía tan fácil que parecía barniz. “Es la abombada ésta
que no lo deja tranquilo. Y que me distrae a mí también, para qué mentir.
(¿Le cuento o no le cuento que ella anduvo por entre mis cosas haciéndome
cosquillitas con saliva?)”. Tiene algo escrito en letra cursiva, el caracol.
“Él me debería haber dicho: Si la querés, usala. Así, directamente. Porque
es nuestra prima pero no sé de quién es más, o mejor dicho sí, sé. Y sé
también que nos saca de tema todo el tiempo, y que me volvió a pudrir. Porque
el cartelito, este cartelito de acá abajo; mirá, te digo que mirés, Eduardo,
¿ves?, este cartel impreso a la orilla del caracol dice muy claro de quién;
leé, volvé a leer. «Recuerdo de Miramar», dice. Y capaz que era el pie de
un velador y todo; ¿qué no?, ¿y para qué va a tener ese agujero ahí abajo,
sino para pasar el cable?
5
Ella paseaba por afuera dándole vueltas y más vueltas a la pollera azul;
Cristián alzaba tabiques de cartón que previamente había cortado con un
escalpelo, cementados formando nichos grises para quién sabe qué nuevos
cadáveres de mar, pensó Eduardo, que la miraba pegado al vidrio, mordiéndose
las lágrimas. La miraba fijamente, como si quisiera ver a través de ella,
a través de esa pollera inquieta, el fondo del océano. Y sus infinitos peces
y sus caracoles.
-Tiene que irse –dijo, y parecía que ya lo había dicho antes, porque su
hermano no lo miraba y el deseo se le venía a los ojos inyectándoselos de
sangre y ganas; recordándole la sentencia (tienequeirsetienequeir), sintiéndola
otra vez hecha un latigazo firme de viento sobre su cara. El mismo viento
que le volaba la pollera y remontaba todas las palabras viejas, detrás del
movimiento de la tela. Los dos habían fracasado, habían hecho trampa y eso
abría un tajo entre ellos, que se parecía mucho al tajo que la prima llevaba
incrustado entre las piernas, a ese caracol secreto con la babosa adentro,
extraño a todas las colecciones y al Códex.
Cristián pensó: “Por favor, que no se vaya, porque estoy enamorado”. Casi
lo dijo. El aire era como una masa densa de agua salada, inmóvil y oscura.
Podía decirse cualquier cosa, que todo daba lo mismo; apenas si se oía el
repiqueteo de los marcos agitados de las ventanas y un sordo y apagado ruido
a mar, lejano, bien adentro del día.
Su hermano Eduardo se maldijo a sí mismo por lo que estaba queriendo en
ese instante, por lo que le pasaba por la cabeza al verla rodar con su pollera
azul marino sobre la franja dos, sobre la dos y la uno; casi dijo algo pero
se lo calló, porque el agua le daba en la cara y porque las lágrimas mordidas
no le surgían por nada del mundo. Por nada del mundo. Entonces le arrancó
el celofán a una caja de rabia; los caracoles cayeron liberados al suelo
y fueron una cascada, un rumor de agua adentro del agua, una ola. “Éste
es mío y éste también. Yo los encontré. Son míos. Los quiero sin etiquetas,
ni carteles, ni Códex. Voy a devolverlos a la playa, que es adonde deben
estar”. Le puso el pie arriba al celeste que todavía no tenía nombre. Su
hermano dijo: “No vale la pena, Eduardo. Pucha, una vez que estábamos de
acuerdo...”. Le apoyó encima todo el peso del cuerpo y el caracol sonó.
-Nos olvidamos de la colección –dijo, descubriendo con el pie los pedazos
rotos.
-Sí.
La intrusa los miraba a través del vidrio y sonreía; a Eduardo se le ocurrió
que porque era parte de otra cosa, porque estaba loca y afuera de la casa
que era un clasificador como los que hacían ellos pero mayor, mucho mayor,
a escala humana; y que habría otros, quizás la playa fuera uno y su prima,
que parecía tan libre, también estaba guardada en el sitio exacto por alguna
exacta razón; y todo, los caracoles y el mar y la arena y el mundo eran
a su vez el álbum y las figuritas pegadas en el álbum, y la difícil y las
repetidas y las que todavía no salieron.
-Yo también estoy enamorado –le dijo, rabioso. Y estuvieron un rato callados,
calladísimos, hasta que ella entró a la casa.
-¿Qué pasa? –preguntó.
El silencio los tenía agarrados de las manos. Cristián dijo:
-Tenés que irte.
-Por qué?
-Porque sí.
6
Desde la ventana la vieron sacarse la blusa y el corpiño; la pollera solamente
se la alzó. No tenía ropa debajo. Se dio vuelta para verlos con sus ojos
grises, copiados del cielo que se estaba nublando. Después empezó a caminar
hacia adentro, y Eduardo lo vio gritar a su hermano sin escuchar el grito.
Fue en un momento bastante trágico, porque el agua le llegó a la cintura
y la pollera parecía una bandera que flotaba, el símbolo de un naufragio.
Ellos sintieron el frescor entre las piernas y un calor intenso en la cara
y en las manos. El mar estaba plano, raro; una impresión inolvidable. Tanto
tiempo viviendo en esta casa y un día, por ponerse a juntar piedras, se
olvidaron del mar. Y ahora parece recién estrenado, detenido, con una prima
adentro y los caracoles caídos en el parquet. ¿Cómo encerrar todo ese paisaje
desconocido adentro de los nichos del clasificador? ¡Pensar que ellos lo
habían intentado!
Cristián salió, aturdido; su hermano salió detrás por precaución, por si
se confundía y se volvía loco de repente, ¿no? Puede pasar. Pero se cayó
arrodillado sobre la arena, nomás, a dos pasos de la puerta, y sus ojos
fijos se quedaron enredados en el último rastro del pelo de ella. Después
se acabó todo, y lo vio largar el llanto con la cara pegada a la playa.
Entonces se volvió, caminando y mirando siempre hacia abajo porque el reflejo
del mar le irritaba los ojos, y hubiera parecido que él también estaba llorando.
Mirando siempre hacia abajo para buscar, ¿no?, y pensando siempre hacia
abajo. “Chau colección”, pensando. ¿Para qué alzar la vista si en una piedra
está todo escrito? Por qué llorás, Cristián, si en esa ola que se empieza
a mover estamos nosotros y ella y la colección y la playa y la ola misma,
alguien nos clasificó y por eso estamos. Tu propio llanto, el pozo que ahora
escarbás en la arena, el objeto que ahora levantás con tanta delicadeza,
tu mano semiabierta, tu mirada científica escudriñándolo milímetro a milímetro,
tu ojo abierto y tu ojo cerrado, tu pestañeo, tu pestaña, la mitad de tu
pestaña, la mitad de la mitad, Cristián.
Sonrieron. Él metió la punta de la lengua en una hendija que dejó entre
el índice y el mayor, lamiendo el objeto encerrado con las mejillas chispeantes
de lujuria. Un hilo de baba le colgaba desde el labio y se metía en el hueco
interior de las dos manos, pasando por entre la hendija de los dedos. Eduardo
se acercó.
-¿Qué es? –le dijo.
La baba era el tobogán de otras gotas mínimas de saliva que se deslizaban
desde la punta de la lengua, y que hacían reflejos divertidos de sol, tanto
que Eduardo supuso que su hermano tendría fulgores de estrellas guardadas
en la boca, que iba largando para darle de comer al objeto de adentro de
las manos.
-Qué guardás, che. Dejame ver.
-Un caracol.
Dedicado al señor Borges
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Pedro Orgambide
Pedro Orgambide nació el 9 de agosto de 1929 en la ciudad de Buenos Aires.
Desde su juventud autodidacta muestra interés por la literatura social y
publica, entre 1942 y 1945, sus primeros poemas en el periódico Orientación,
que dirigía Raúl González Tuñón. Con 19 años publica su primer libro, Mitología
de la adolescencia (1948).
En la década siguiente colabora con la revista Capricornio (1953-1954),
labor que compagina con su trabajo de cronista deportivo para el diario
Noticias Gráficas. En 1959 estrena su obra teatral La vida privada y recibe
un premio honorífico de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) por su
novela Las hermanas. En la década de los sesenta dirige la revista Gaceta
Literaria.
En 1970 publica su primer estudio sobre el pensador y escritor argentino
Ezequiel Martínez Estrada, una de sus obsesiones permanentes -junto a las
figuras de Borges, Gardel, Horacio Quiroga y Eva Perón-. Tras el golpe de
Estado en Argentina, se exilia en México en 1974. Un año más tarde funda
con Juan Rulfo, José Revueltas, Heraclio Zepeda, Miguel Donoso Pareja y
Julio Cortázar, la revista Cambio. Durante su estancia en México, es profesor
de Literatura en la UNAM y dirige talleres de escritura en el Instituto
Nacional de Bellas Artes de México. En ese tiempo, su trayectoria literaria
continúa sumando títulos: su libro de relatos Cuentos con tangos y corridos
es galardonado con el Premio de cuento Casa de las Américas (Cuba) en 1976,
y un año más tarde su novela Aventuras de Edmund Ziller en tierras del Nuevo
Mundo recibe una mención en el Premio Nacional de Novela (México). Su actividad
en el exilio se acrecienta con la fundación de la editorial Tierra del Fuego,
junto a David Viñas, Humberto Constantini y Alberto Adellach. Precisamente
en esta editorial aparece en 1983 Cantares de las madres de Plaza de Mayo,
publicación que coincide con su regreso a la Argentina en 1984.
En la Argentina trabaja como creativo de publicidad y guionista de televisión,
colabora también con los músicos Alberto Favero y Astor Piazzolla en la
creación de varios musicales y óperas (El ídolo, Prohibido Gardel, Eva).
La década de los noventa es especialmente prolífica en títulos: novelas,
ensayos, biografías, cuentos y prólogos se suman a una lista de publicaciones
casi inabarcable. En 1997 recibe el Premio a la Trayectoria Artística del
Fondo Nacional de las Artes (Argentina).
Pedro Orgambide murió el 19 de enero de 2003, poco después se editaría El
último tango de Gardel.
Otras de sus obras son: Las hermanas, Buenos Aires, Editorial Goyanarte,
1959; La vida prestada, 1959; Crónica de la Argentina, selección literaria
y gráfica y textos complementarios; Concierto para caballero solo; Memorias
de un hombre de bien; Historias cotidianas y fantásticas; El páramo; Los
inquisidores; Yo, argentino; La buena gente; Radiografía de Martínez Estrada;
Enciclopedia de la literatura argentina (junto a Roberto Yahni); Hotel familias;
Confesiones de un poeta de provincia; Borges y su pensamiento político;
El arrabal del mundo; Hacer la América; Gardel y la patria del mito; Genio
y figura de Ezequiel Martínez Estrada; Pura memoria; Todos teníamos veinte
años; Historias imaginarias de la Argentina; La mulata y el guerrero; La
convaleciente; El negro Tubua y la Tomasa; Estaba la paloma blanca; Che
amigos; Celebración: crónica del General que cumplía cien años (igual que
la patria) y de las imprevistas aventuras que sucedieron en aquel día memorable;
Mujer con violoncello; Un amor imprudente; Horacio Quiroga: una historia
de vida; Crónicas del nuevo mundo; El escriba; Ser argentino; Un puritano
en el burdel; Ezequiel Martínez Estrada o el sueño de una Argentina moral,
y otros.
NO HAGAS TANGO
Lo encontró en un bar de la Zona Rosa, entre unos cabrones multinacionales
que festejaban a la Diosa, la bailarina mulata que venía de un festival
de Cali. Lo presentaron como a un escritor argentino en el exilio, un che
al que lo habían fregado ¿sabes?, un pinche periodista político que cantaba
tangos. Canta, canta para mí, dijo la bailarina que además era antropóloga
y hablaba de la magia y cosas así. ¿Cantas o no?, preguntó un canadiense
que buscaba datos en el Colegio de México y whisky. No, dijo el argentino,
no tengo ganas. Un periodista político, eso debe ser muy aburrido, lo provocó
la Diosa. Ella empezó a hablar del cine underground, del Kitsch, de todas
las pendejadas latinoamericanas de Norte a Sur, desde La Tecla (México,
D. F.) al Bar-Bar-o (Buenos Aires) una vasta geografía de bares, cine-clubs,
galerías de arte, donde los intelectuales se cagan en el boom porque la
onda está en otra parte, en París o New York. ¡Ni modo!, dijo ella pero
abandonó la mano en la mano del argentino y él comenzó a acariciarla con
tristeza, sólo para demostrar cómo un macho argentino se levanta a una mina,
a una vieja entre machos mexicanos. Pero tal vez no fue así, quizás en ese
momento necesitaba realmente una mujer. Oye, oye, dijo ella ¿porqué no escribes
un libro acerca de Perón? Todos tus compatriotas escriben libros así. Ven,
ven, no te enfades, era una broma, era una broma, cariño. Él le miró los
pechos, los altos pechos de sierva concebida que venían hacia él dando saltos
como en el verso de Miguel Hernández, dos hermosas toronjas para apagar
la sed. Déjate de mirarme con esa cara de tango ¿quieres? Don’t be vulgar,
please. Déjate de pensar cochinadas. Entonces la mulata comenzó a cantar
una cumbia de los cincuenta, muévete, muévete, decía y se movía en su silla
y él recordó a las Mulatas de Fuego y los mambos de Pérez Prado y la erección
de muchachito que había sido, la erección solitaria, en un cine de barrio,
en Buenos Aires, mirando una película de Carmen Miranda. Los amigos de la
Diosa abominaban ahora del cine del Tercer Mundo, se burlaban de esos cuates
que iban por América con sus cámaras al hombro, dichosos con la miseria,
decía uno, merde, dijo otro, pinches oportunistas. Esto está muy aburrido,
Cara de Tango -dijo la Diosa- vámonos juntos ¿quieres? Oye, político: a
esta hora la casa de Trotsky está cerrada. Pero podemos ir a otra parte.
Él se dejó llevar. Se despidieron de los amigos y subieron al auto y ella
manejó como si se despidiera del mundo. Ahora me cantas el tango que me
debes, cabrón. Sí, dijo él y comenzó a cantarle el tango y a acariciarle
las piernas. Ella frenó en una cerrada de Coyoacán. Cuando lo besaba, deslizó
su mano hasta el sexo del hombre, lo apretó con fuerza, con furia, como
vengándose de algo. Después fueron al café que había sido un convento virreinal
y hablaron de la vida. A mí también me caen gordos mis amigos, pero no tengo
otros, dijo la mujer. El hombre recordó un verso de López Velarde, dijo
que sentía una íntima tristeza reaccionaria. Yo te voy a curar, prometió
la Diosa. En la cerrada volvieron a besarse. En el auto, ella abrió la blusa
y le ofreció los pechos.
Triste, reaccionario, niño, amor, basta, déjame, glotón, vamos a casa. En
la casa del cerro (herencia de mi padre, era muy rico ¿sabes? déjame, loco)
el hombre cayó abrazado a la mujer que jugaba a resistirse, a ceder, al
juego de la señora y el doctor, cayó sobre la cama inmensa de kilómetros
de exilio, cayeron vestidos todavía, desnudándose, mordiéndose, besándose,
la mulata de Baudelaire, mi negra, mi Cara de Tango, macho sombrío, triste,
reaccionario, ella cerrando los ojos, concentrándose en el puro goce de
ese orgasmo imprevisto, fugaz, perdóname, Tango, perdóname, Macho, ahora
te toca a ti. Se abrió la cueva húmeda. Pase mi rey, pase mi huésped, entra
mi negro, mátame. Él estaba acostado en la blanca cama de espuma, con la
mulata que había nacido en Pekín porque su padre era embajador -espérame
tantito ¿quieres?- y ella seguía hablando desde el baño, orinando su dulce
miel como un verso de Neruda, volvía bamboleándose, mira a tu novia ¿te
agrada tu novia? hablando como una popi, paseándose desnuda por la recámara,
excitándolo, contándole sus viajes por el mundo, las brujerías de su madre
negra que su padre se robó en Jamaica. Era muy racista el güero, nunca me
pudo querer. Mi padre, el padre, el Padre de los pobres: ella quería que
le contara historias de Perón. Estaban desnudos, saciados de la primera
vez, fumando y tomando agua mineral, para que la segunda vez fuera mejor,
más amistosa, no ese relámpago de destrucción al que se habían entregado
en la casa del cerro. Dos veces, dos muertes. La primera vez, dijo el hombre,
yo no entendía, era un pendejo, un estudiante muy humanista, muy antifascista,
claro, muy pequeño burgués, una buena conciencia; la segunda no quise equivocarme,
quise creer en el Padre ¿entiendes? Ser como todos, fundirme en ese Todo
como tú en el Zen. Mi padre era un viejo, dijo ella, un podrido viejo cargado
de medallas. Cuando dejó a mi madre, ella se ahogó en el mar. ¿Por qué te
cuento esto? No me gusta hacer tango. Cántame un tango, cántale un tango
a tu novia fea, fea, fea, pidió y se echó a llorar porque ahora era una
niñita sola en el mundo, no era la Diosa ni la mulata de Baudelaire, sino
una pobre muchacha pidiendo que le cantaran un tango. ¿Quieres? Sí, dijo
él y le cantó el tango de la casita de mis viejos y otros tangos con patios
y mujeres enfermas y jazmines. Todo eso está muerto, pensó. Pero él no estaba
muerto, estaba acariciando los hermosos pechos de su amiga, las caderas
inmensas, el sudor de los muslos, trepando por ella como por el Árbol de
la Vida que tenía en su cuarto, bebiéndosela, emborrachándose de su boca,
del suave pulque de su vagina. Mi rey, gimió ella y se quemaron juntos otra
vez y se durmieron y despertaron abrazados y con frío. Sí, es lo que vi,
dijo el hombre, vi a la gente calentándose con las fogatas, toda la noche,
esperando a su padre, al General, al Macho. Yo estaba con ellos, pero no
era uno de ellos ¿entiendes? El Espía de Dios. El poeta es el Espía de Dios,
dijo ella. No soy poeta. Sí, lo eres dijo la mujer lamiéndole el vello del
pecho, succionando las tetillas del hombre porque ahora soy tu niña ¿quieres?
bajando hasta el sexo de su amigo, su hermano de la noche. Él miró la cabeza
de la mujer allá abajo, la boca, la mata del pelo oscilando en un movimiento
loco de polea, en una frenética negación, su propio pene como un péndulo
de delirio. Mi rey. Mi negro. Y otra vez cabalgaron los dos. El caballo,
la yegua negra en un campo de incendio. Mi rey. Mi negra. Ven. Claro que
voy, espérame. Los cuerpos quedaron extenuados. La madrugada empezaba a
filtrarse por las ventanas, el día, la certidumbre de despertar. El hombre
miró a su amiga que dormía. Oyó tangos de Buenos Aires, tangos de la memoria,
tangos, tangos, tangos de cuando era demasiado joven, cuando la revolución
era una palabra, un improbable porvenir y no esos militantes entre los que
no estaba, sabiendo que esa sería su condena, su muerte, el equívoco síntoma
de su vejez en el momento de escribir su análisis político de la situación,
mañana, dentro de unas horas, cuando brillara el sol. Ella despertó. Le
dijo: duérmete; esta tarde seré tu compañera en La Siesta del Fauno, pero
ahora duérmete, por favor. Pienso en mis muertos, dijo él. Duérmete. Están
matando a mi gente. Duérmete, te digo. Si al menos supiera que lo que escribo
sirve para algo. No hagas tango, mi amor. Atan los cuerpos con alambres
de púa, los hacen volar con dinamita... Duérmete, ordenó la mujer. El hombre
se cubrió con la sábana, se acercó a su amiga y prometió no hacer tango.
Mientras la acariciaba pensó en Hansel y Gretel abandonados en el vasto
mundo. Entonces se durmió. Pobre amor -dijo la mujer mientras acariciaba
la cabeza del hombre dormido- estás lleno de sueños, de la podredumbre de
los sueños. Creo que te mereces un descanso.
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Gioconda Belli
Gioconda Belli es, junto con Ana Ilse Gómez, Claribel Alegría, Vidaluz Meneses,
Michèle Najlis y Daisy Zamora (poetas de su generación) una de las voces
femeninas de la literatura nicaragüense pioneras de la poesía revolucionaria.
Coherencia y unidad caracterizan su expresión poética. En los años de la
lucha por la liberación de su país, Gioconda Belli vivió en el exilio (radicando
en México en 1976); a este período fuera de su patria corresponde su libro
Línea de Fuego, ganador del Premio Casa de las Américas 1978. Regresó a
Nicaragua al triunfo de la revolución sandinista, abandonando el FSLN cuando
éste no logró reorganizarse y partiendo una vez más para residir en diversos
lugares del mundo (Lavinia, Breda, 1994; Francia, 1995). Actualmente se
halla en su país, donde, desde el Movimiento Renovador Sandinista (MRS),
continua la lucha política de liberación nacional de su pueblo.
La poesía de Gioconda, ha recibido influencias de José Coronel Urtecho (1906-1994),
quien dijo de su poesía ser una versificación sin género definible. Ha sido,
a la vez, comparada con Ernesto Cardenal, discípulo de Coronel Urtecho y
uno de los poetas más representativos de la literatura revolucionaria en
Nicaragua, donde Cardenal militó en el FSLN hasta su renuncia, ocurrida
tras haber considerado que el frente sandinista había sido destruido. Se
ha concedido que Gioconda Belli es, después de Ernesto Cardenal, la poeta
simbólica de la revolución nicaragüense.
Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sobre la Grama (1974);
Línea de fuego (1978); Truenos y arco iris (1982); Amor insurrecto (1984);
De la costilla de Eva (1986); El ojo de la mujer (1991); From the Eve´s
Rib (1989); La mujer habitada (1988, novela) y Sofía de los presagios (1990,
novela).
EN LA DOLIENTE SOLEDAD DEL DOMINGO...
Aquí estoy,
desnuda,
sobre las sábanas solitarias
de esta cama donde te deseo.
Veo mi cuerpo,
liso y rosado en el espejo,
mi cuerpo
que fue ávido territorio de tus besos;
este cuerpo lleno de recuerdos
de tu desbordada pasión
sobre el que peleaste sudorosas batallas
en largas noches de quejidos y risas
y ruidos de mis cuevas interiores.
Veo mis pechos
que acomodabas sonriendo
en la palma de tu mano,
que apretabas como pájaros pequeños
en tus jaulas de cinco barrotes,
mientras una flor se me encendía
y paraba su dura corola
contra tu carne dulce.
Veo mis piernas,
largas y lentas conocedoras de tus caricias,
que giraban rápidas y nerviosas sobre sus goznes
para abrirte el sendero de la perdición
hacia mi mismo centro,
y la suave vegetación del monte
donde urdiste sordos combates
coronados de gozo,
anunciados por descargas de fusilerías
y truenos primitivos.

Me veo y no me estoy viendo,
es un espejo de vos el que se extiende doliente
sobre esta soledad de domingo,
un espejo rosado,
un molde hueco buscando su otro hemisferio.
Llueve copiosamente
sobre mi cara
y sólo pienso en tu lejano amor
mientras cobijo
con todas mis fuerzas,
la esperanza.
YO SOY TU INDÓMITA GACELA
Yo soy tu indómita gacela,
el trueno que rompe la luz sobre tu pecho
Yo soy el viento desatado en la montaña
y el fulgor concentrado del fuego del ocote.
Yo caliento tus noches,
encendiendo volcanes en mis manos,
mojándote los ojos con el humo de mis cráteres.
Yo he llegado hasta vos vestida de lluvia y de recuerdo,
riendo la risa inmutable de los años.
Yo soy el inexplorado camino,
la claridad que rompe la tiniebla.
Yo pongo estrellas entre tu piel y la mía
y te recorro entero,
sendero tras sendero,
descalzando mi amor,
desnudando mi miedo.
Yo soy un nombre que canta y te enamora
desde el otro lado de la luna,
soy la prolongación de tu sonrisa y tu cuerpo.
Yo soy algo que crece,
algo que ríe y llora.
Yo,
la que te quiere.
ÁSPERA TEXTURA DEL VIENTO
Nacida de la selva me tomaste
arisca yegua para estribos y albardas.
Durante muchas noches
nada se oyó
sino el chasquido del látigo
el rumor del forcejeo
las maldiciones
y el roce de los cuerpos
midiéndose la fuerza en el espacio.
Cabalgamos por días sin parar
desbocados corceles del amor
dando y quitando,
riendo y llorando
-el tiempo de la doma
el celo de los tigres-
No pudimos con la áspera textura de los vientos.
Nos rendimos ante el cansancio
a pocos metros de la pradera
donde hubiéramos realizado
todos nuestros encendidos sueños.
ES LARGA LA TARDE...
Es larga la tarde
como el camino curvo hasta tu casa
por donde regreso arrastrando los pies
hasta mi cama sola
a dormir con tu olor engarzado en mi piel,
a dormir con tu sombra.
Es larga la tarde
y el amor redondo como el gatillo de una pistola
me rodea de frente, de lado, de perfil.
El sueño pesa sobre mis hombros
y me acerca de nuevo a vos,
al huequito de tu brazo,
a tu respiración,
a una continuación infinita de la batalla
de sábanas y almohadas que empezamos
y que pone risa
y energía
a nuestro cansancio.
TE BUSCO
Sola yo, amor,
y vos quién sabe dónde;
tu recuerdo me mece como al maíz el viento
y te traigo en el tiempo,
recorro los caminos,
me río a carcajadas
y somos los dos juntos
otra vez,
junto al agua.
Y somos los dos juntos
otra vez,
bajo el cielo estrellado
en el monte,
de noche.
Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre,
voy juntando mis días, mis minutos, mis horas
con tu hilo de letras.
Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.
Me he soltado en tormenta
y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he cambiado,
en brisa, en agua fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote en el tiempo
de un futuro que tiene
la fuerza de tu fuerza.
TE ESCRIBO, SERGIO
Te escribo, Sergio
desde la soledad
del mediodía asoleado y desnudo
mientras azota el viento
y estoy, gatunamente,
enrollada en la cama
donde anoche te quise y me quisiste
entre tiempos, sonrisas y misterios.
Va quedando lejano
el mundo que existía antes de conocerte
y va naciendo un nido de palabras y besos,
un nido tembloroso de miedo y esperanza
donde a veces me siento retozando entre trinos,
y otras veces me asusto,
abro los ojos y me quedo quieta,
pensando en este panal de miel
que estamos explorando,
como un hermoso, hipnotizante laberinto,
donde no hay piedritas blancas,
ni mágicos hilos
que nos enseñen el camino de regreso.
AHUYENTEMOS EL TIEMPO, AMOR...
Ahuyentemos el tiempo, amor,
que ya no exista;
esos minutos largos que desfilan pesados
cuando no estás conmigo
y estás en todas partes
sin estar pero estando.
Me dolés en el cuerpo,
me acariciás el pelo
y no estás
y estás cerca,
te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés,
me hace sentirme a veces
como una leona herida,
me retuerzo
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás
allí
tan cerca.
TE VEO COMO UN TEMBLOR...
Te veo como un temblor
en el agua.
Te vas,
te venís,
y dejás anillos en mi imaginación.

Cuando estoy con vos
quisiera tener varios yo,
invadir el aire que respiras,
transformarme en un amor caliente
para que me sudés
y poder entrar y salir de vos.
Acariciarte cerebralmente
o meterme en tu corazón y explotar
con cada uno de tus latidos.
Sembrarte como un gran árbol en mi cuerpo
y cuidar de tus hojas y tu tronco,
darte mi sangre de savia
y convertirme en tierra para vos.
Siento un aliento cosquilloso
cuando estamos juntos,
quisiera convertirme en risa,
llena de gozo,
retozar en playas de ternuras
recién descubiertas,
pero que siempre presentí,
amarte, amarte
hasta que todo se nos olvide
y no sepamos quién es quién.
SENCILLOS DESEOS
Hoy quisiera tus dedos
escribiéndome historias en el pelo,
y quisiera besos en la espalda,
acurrucos, que me dijeras
las más grandes verdades
o las más grandes mentiras,
que me dijeras por ejemplo
que soy la mujer más linda,
que me querés mucho,
cosas así, tan sencillas, tan repetidas,
que me delinearas el rostro
y me quedaras viendo a los ojos
como si tu vida entera
dependiera de que los míos sonrieran
alborotando todas las gaviotas en la espuma.
Cosas quiero como que andes mi cuerpo
camino arbolado y oloroso,
que seas la primera lluvia del invierno
dejándote caer despacio
y luego en aguacero.
Cosas quiero, como una gran ola de ternura
deshaciéndome un ruido de caracol,
un cardumen de peces en la boca,
algo de eso frágil y desnudo,
como una flor a punto de entregarse
a la primera luz de la mañana,
o simplemente una semilla, un árbol,
un poco de hierba.
MAYO
No se marchitan los besos
como los malinches,
ni me crecen vainas en los brazos;
siempre florezco
con esta lluvia interna,
como los patios verdes de mayo
y río porque amo el viento y las nubes
y el paso del los pájaros cantores,
aunque ande enredada en recuerdos,
cubierta de hiedra como las viejas paredes,
sigo creyendo en los susurros guardados,
la fuerza de los caballos salvajes,
el alado mensaje de las gaviotas.
Creo en las raíces innumerables de mi canto.
RECORRIÉNDOTE
Quiero morder tu carne,
salada y fuerte,
empezar por tus brazos hermosos
como ramas de ceibo,
seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños
ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza
hurgando la ternura,
ese pecho que suena a tambores y vida continuada.
Quedarme allí un rato largo
enredando mis manos
en ese bosquecito de arbustos que te crece
suave y negro bajo mi piel desnuda
seguir después hacia tu ombligo
hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo,
irte besando, mordiendo,
hasta llegar allí
a ese lugarcito
-apretado y secreto-
que se alegra ante mi presencia
que se adelanta a recibirme
y viene a mí
en toda su dureza de macho enardecido.
Bajar luego a tus piernas
firmes como tus convicciones guerrilleras,
esas piernas donde tu estatura se asienta
con las que vienes a mí
con las que me sostienes,
las que enredas en la noche entre las mías
blandas y femeninas.
Besar tus pies, amor,
que tanto tienen aun que recorrer sin mí
y volver a escalarte
hasta apretar tu boca con la mía,
hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento
hasta que entres en mí
con la fuerza de la marea
y me invadas con tu ir y venir
de mar furioso
y quedemos los dos tendidos y sudados
en la arena de las sábanas.
DE LA MUJER AL HOMBRE
Dios te hizo hombre para mí.
Te admiro desde lo más profundo
de mi subconsciente
con una admiración extraña y desbordada
que tiene un dobladillo de ternura.
Tus problemas, tus cosas
me intrigan, me interesan
y te observo
mientras discurres y discutes
hablando del mundo
y dándole una nueva geografía de palabras
Mi mente esta covada para recibirte,
para pensar tus ideas
y darte a pensar las mías;
te siento, mi compañero, hermoso
juntos somos completos
y nos miramos con orgullo
conociendo nuestras diferencias
sabiéndonos mujer y hombre
y apreciando la disimilitud
de nuestros cuerpos.
PEQUEÑAS LECCIONES DE EROTISMO
I
Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
es dar la vuelta al mundo
Atravesar sin brújula la rosa de los vientos
islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
no es tarea fácil -si placentera-
No creas hacerlo en un día o noche
de sábanas explayadas.
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas
II
El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado.
Encuentras un astro y quizá deberás empezar
a corregir el rumbo cuando nube huracán
o aullido profundo
te pongan estremecimientos.
Cuenco de la mano que no sospechaste
III
Repasa muchas veces una extensión
Encuentra el lago de los nenúfares
Acaricia con tu ancla el centro del lirio
Sumérgete ahógate distiéndete
No te niegues el olor la sal el azúcar
Los vientos profundos
cúmulos nimbus de los pulmones
niebla en el cerebro
temblor de las piernas
maremoto adormecido de los besos
IV
Instálate en el humus sin miedo
al desgaste sin prisa
No quieras alcanzar la cima
Retrasa la puerta del paraíso
Acuna tu ángel caído
revuélvele la espesa cabellera
con la espada de fuego usurpada
Muerde la manzana
V
Huele
Duele
Intercambia miradas saliva impregnante
Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
Pie hallazgo al final de la pierna
Persíguelo busca secreto del paso forma del talón
Arco del andar bahías formando arqueado caminar
Gústalos
VI
Escucha caracola del oído
como gime la humedad
Lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración
Poros que se alzan formando diminutas montañas
Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
Suave puente nuca desciende al mar pecho
Marea del corazón susúrrale
Encuentra la gruta del agua
VII
Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
Navega loco en la juntura de los océanos
Cruza las algas ármate de corales ulula gime
Emerge con la rama de olivo
Llora socavando ternuras ocultas
Desnuda miradas de asombro
Despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
Arquea las cejas abre ventanas de la nariz
VIII
Aspira suspira
Muérete un poco
Dulce lentamente muérete
Agoniza contra la pupila extiende el goce
Dobla el mástil hincha las velas
Navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
-el mar como un vasto cristal azogado-
Duérmete náufrago.
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Claribel Terré Morell
Claribel Terré Morell nació en Sancti Spíritu, Cuba, 1963 y está hace años
radicada en la Argentina. Estudió periodismo en la Universidad de La Habana.
Dirige el periódico cultural cubano-argentino Fresa y Chocolate de Argentina.
Entre sus obras se citan: Archivo de guerra para mujeres decentes; Cubana
confesión y cuentos como “Perverso ojo cubano”, publicado por la Editorial
Bohemia (Bs. As.).
PERVERSO OJO CUBANO
Perverso ojo cubano fue lo que ella pensó cuando el Tuerto la desnudó. El
Tuerto con su parche en el ojo. Su Pirata, su Sandokan, su Corsario negro,
Rojo y Verde. Y eso era lo que ella estaba viendo, lucecitas de colores.
Porque al Tuerto le falta un ojo pero le sobra lengua. ¡Ay que rico, madrecita
mía! ¡Virgencita de la Caridad del Cobre, qué cosa es esto! ¡Una pinga!,
grita el Tuerto y a ella le duele la grosería. Claro que es eso pero porqué
tiene que decirlo. Mejor es hablar cosas bonitas o quedarse callados, pero
él dice que más rico es hablar. ¡Grita, coño, grita! ¡Di algo! ¡Dime papito
bonito, papito sabroso! Y el Tuerto está sabroso de verdad pero a ella no
le gusta decir esas cosas y el Tuerto suda y las gotas le caen a ella en
la cara y él grita: ¡Chupámela, chupámela! y ella que se la chupa y él que
le hala los pelos y se la mete, se la mete y...¡Tuerto que no me cabe! ¡Sácala
Tuerto, sácala! y ella que no puede más y va a vomitar y de pronto eso en
la boca... ¡Coño, cochino, puerco, que a mí no me gusta! y él... ¡Trágatela,
trágatela, trágatela!... y ella que no, que sabe mal y el Tuerto que qué
le pasa a ella y...¡No Tuerto, por ahí no! ¡Noooo! ¡Ay madrecita mía, Virgen
de la Caridad del Cobre que se le baje, que se le baje! y el que... ¡Aquí
hay un hombre a tó, a tó! y ella que ¡No, no vi último tango en París! y
que loco este Tuerto que me pregunta si no hay mantequilla. En este país
hace siglos que no hay mantequilla y no, nooo. La saliva de El Tuerto es
blanca y gomosa. ¡Puerco, puerco, puercooo! Y ahora si se acabó y... ¡No
niña aquí hay un hombre a tó, a tó! y el Tuerto que la pone boca arriba
y aquello sigue parao... y te voy a dar jarabito de componte... y el Tuerto
huele a sudor y ella lo siente y siente que el tiene 50 dedos y ella no
tiene más lugares y El Tuerto grita: ¡Ahora por las orejas! y ¡Ahora por
la nariz! y ella que no, nooo... y el Tuerto que aquí hay un hombre a tó,
a tó y a ella le duele todo el cuerpo y las estrellitas de colores son cada
vez más negras, más rojas, más verdes y el agua se va a las 5 de la tarde
y no viene más hasta el otro día y ella tiene que ir a una reunión a la
fábrica a la que dicen que va a ir Fidel y ella no quiere perder su trabajo,
y El Tuerto grita cada vez más alto y ella tiene ganas de llorar porque
tuvo el primer orgasmo de su vida y porque al Tuerto se le cayó el parche
del ojo y el ojo blanco es terrible y aquello sigue parao, parao, y el agua
se va a las 5 de la tarde y ella no quiere perder su trabajo, y ella quiere
ver a Fidel y el Tuerto dice que si se va está traicionando a su pinga parada
y que eso es peor que traicionar a la Patria y ella no quiere traicionar
a nadie. Eso piensa mientras se limpia entre las piernas.
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Mónica Melo
Mónica Melo tiene 38 años, es argentina,
licenciada y profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, de
quien se declara eternamente agradecida. Ha publicado Versión de la Noche,
Ediciones Extranjera a la Intemperie (2005). Toca la guitarra y canta, pero
sobre todo ama enseñar y escribir. Desde 2006 imparte clases de español
en la Universidad Tongling, China, como parte de un programa del Centro
Universitario de Idiomas de la UBA
Me escapé de mi casa para encontrarla en la Square del Jardín Rojo. Ella
viene de su tarde de sal, de gracia mojada por los Budas y yo de mi imperio
de trabajos, esa granja que me nombra sin domingo. Un viento vibraba la
canción antes de mirarla fijamente. Estamos de pie como la guardia. Nos
emocionamos al reconocernos, con la cálida obviedad que tienen las mujeres
de jugar en el espacio con sus ojos. Al tocarme, señala que hoy existo bajo
el suéter, pone piel en el llanto de la piel. Pruebo con mi boca su lengua
tan viva en mi silencio, diferente al de un soldado cuando marcha, es un
instante quieto que permanece ardido, en el amor que nos prohíben y nos
damos. La fatiga del cuerpo cauteloso tiembla en China, bajo el sol que
sufre en mí, en esta plaza.
(Dos chicas fueron
obligadas a hacer trabajo voluntario para su comunidad durante un mes por
haberse besado en público en una localidad pequeña de China, además de haber
sido obligadas a asistir a un psicólgo y ser separadas entre sí en los cursos
de la universidad. La notica carece de fuente oficial, pero viaja por las
calles de mi barrio, de boca en boca)
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José Miguel Sánchez (Yoss)
José Miguel Sánchez (Yoss) nació en La Habana, en 1969. Licenciado en Ciencias
Biológicas por la Universidad de La Habana en 1991, ha obtenido numerosísimos
premios. Reside en La Habana.
Entre sus cuentos podemos citar: “Los delfines no son tiburones” (1988);
“Rufus el suicida” (1994); “Fábula de ángeles” (1994 y 1995); “Balsatur
S.A.” (1995); “Reina es la noche” (1995); “Despertarte, sentirte, pensar”
(1996); “Carne de cercanía” (1996); “W” (1997); “Círculos del dolor” (1999);
“Los espacios en blanco” (1998); “Palindromagia” (1999); “La causa que refresca”
(1997); “Cubaníssimos” (2000); “Estática” (2000); “Punto de vista” (2001);
“Kaishaku” (2002); “Las chimeneas y Las interferencias” (2003) y “El guardián”
(2003). Ha publicado también dos novelas: Se alquila un planeta (2002) y
Al final de la senda (2003)
CÍRCULOS DEL DOLOR
Para Silvita
Decía llamarse Majel. Esta argolla es mi único recuerdo suyo. Tú te le pareces
algo...
Llegó un día flojo, de esos casi sin clientes que paguen por mi maquinita
dibujándoles la piel. Sí, de fábrica, mírala: no es un invento casero con
motor de grabadora y agujas de máquina de coser. ¿Dónde querías el tatuaje?
¿En la nalga? Elige el diseño que te guste y quítate el pantalón.
Acuéstate; primero debo marcarte el dibujo. ¿Este dragón chino? Hermoso,
pero común. ELLA nunca lo habría elegido. ¿Cómo? Que lo pinte sin bolita
de candela que siempre están tragando o escupiendo. Esa es la perla de la
perfección, contiene todo su poder. Curioso... fue justamente esa “bolita
de candela” lo primero que pidió Majel. Sin el dragón. ELLA era única.
Oh, disculpa; a ninguna mujer le gusta que un hombre hable bien de otra
delante de ella. Tú eres más bonita. ¿Modelo, verdad? No soy adivino, vi
tu cara en alguna revista. Majel nunca habría podido salir en una. Lo suyo
tampoco eran unas tetas paradas o un culo rotundo... eso sobra en esta ciudad,
para suerte de los hombres. Incluso mía; estoy en esta silla de ruedas,
pero funciono. Algunas prefieren pagarme en especie... no digo que sea tu
caso. Tienes cara de tener dinero.
No, el accidente fue antes de conocerla: estaba borracho, suerte que el
camión no me partió por la mitad. Mi familia en New Jersey compró el equipo
de tatuar y me lo mandó para que me ganara la vida. Siempre tuve cierta
habilidad. Y tatuar es como un vicio. No lo entenderás ahora... quizás si
regresaras a hacerte otro. Pero podrás imaginarte lo que significa para
mí inaugurar una piel sin ningún dibujo, si te digo que es como hacer mujer
a una doncella. Majel vino a mí con la piel virgen, y me pidió una perla
de la perfección en la espalda. Una rubita delgada y de ojos grandes, del
montón. Si acaso, notable su expresión de sorpresa, más que de dolor, cuando
entraba y salía la aguja de su cuerpo. Después me pagó con unos billetes
tan arrugados que daban pena, y aceptó volver la semana siguiente, por si
había que hacer retoques. En realidad casi nunca hacen falta. Es puro deseo
del artista por ver su obra de nuevo. Quieta; voy a pinchar...
Pues regresó ¿te interesa la historia? Contamos cuentos para relajar a los
clientes mientras tatuamos. O tatuamos para contar cuentos con la excusa
de relajarlos. ¡Quién sabe!
Quería una anfisbena en el muslo. Tuve que buscar en el diccionario para
saber qué era. Un animalito con una cabeza en la punta del cuello y otra
en la punta de la cola. Lindo y raro. En vez me fijé mejor. Su cara... como
sorprendida de que le gustara.
¿Qué es aberración, en estos días? Mira mis brazos. Todos los tatuadores
nos pinchamos. Hay algo adictivo en causarte un dolor que puedes dominar.
Demostración de valor y hombría, quizás. El dibujo que queda en la piel
llega a ser sólo una excusa ¿Te duele mucho? Si quieres paramos. ¿No? En
las partes carnosas el dolor es fácil de controlar. Más difícil es donde
el hueso está cerca de la piel, como en el tobillo. La tercera vez vino
pidiéndome una letra omega allí. Y fue obvio que lo disfrutaba, y que no
iba a bastarle. Que quería MÁS.
¿Te contaron que también pongo argollas? Mis tíos le compraron esto a un
tatuador que dejaba el oficio; más barato. Con la máquina, las tintas y
los diseños recibí otras cosas. ¿Ves esa cajita verde? Es una pistola neumática,
una especie de presilladora de piel y carne. Para argollas ¿ves? Distintos
tamaños, no se necesita agujas, ellas mismas perforan la piel. Metal quirúrgico;
material barato, resistente y biológicamente inerte. Lo estrené con ELLA.
Abrió la cajita, y sus ojos brillaron. Acepté, aunque no traía más dinero.
Hace poco conseguí lidocaína en un hospital, pero nunca la gasté en Majel.
Para las dos primeras, en una oreja, usé hielo. La sangre medio congelada
apenas brotó. Se veía que había esperado... más. Pero me sorprendió al susurrar:
“Otra... sin hielo”. Recuerdo que pensé: “¿Guapita, eh?”, y no me temblaron
las manos cuando cargué la pistola. Ni siquiera se quejó: un ligero sangramiento,
y... ¡su rostro! ¿Has visto la cara de esas vírgenes renacentistas, dispuestas
a todo martirio que las acerque a Dios? No hay nada atan bello. Su expresión
era idéntica.
Regresó en tres días. Nunca supe de dónde sacó aquellos dólares arrugados
y grasientos. Podía ser madre de seis hijos o soltera. Me pagó las tres
argollas, y dos más. Debí reírme en su cara, negarme, burlarme. No habría
pasado NADA. Pero... no estoy seguro de poder explicártelo. Hay sensaciones
tan sutiles que hacen todas las palabras burdas. Como querer formar un cuadrado
con losas irregulares. Siempre te quedas corto, o te pasas. TUVE que aceptar.
¿Obsesión? ¿Amor? ¿Vicio? ¿Juego? No sé... Terminé la figura, voy a dar
color. ¿O prefieres dos sesiones? Este es un dragón pequeño, puedo acabarlo
hoy mismo. ¿Bien? ¿Puedes soportarlo? Entonces, voy primero con el verde...
Podría decirte “puse argollas en ambas aletas de su nariz, y una más grande
perforando el tabique”. Pero no cómo alcanzó el primer orgasmo en esa misma
camilla. ¿Ves en la cajita, esos como tornillos? Le atravesé uno en el ángulo
de cada ceja, y al segundo no pude controlarme y mojé mis pantalones. Sin
tocarla.
Soñaba con los segmentos aún inexplorados de su piel. Fui, argolla por argolla,
invadiéndola. Una conquista que me hacía sentir viril como nunca desde que
estas ruedas son mis piernas. Cuando atravesé su lengua y su labio inferior,
el mismo día... Llegamos los dos, juntos. ¿Qué si antinatural, qué si perverso?
ERA EXQUISITO. Ese día dejé de cobrarle, y lamí su sangre sin besarla. Delicioso
como sabe el dolor de la entrega en la víctima que acude gozosa a su verdugo.
¿Sadomasoquismo? Ahí había más.
No quedaban sitios en su cabeza. Y bajamos. Gritó casi rugiendo cuando perforé
la piel sobre su ombligo delicado. Fue desmayo a dúo cuando atravesé con
la argolla aquel pezón que chupé hasta hartarme de su gusto a acero y sangre.
Sin rozar siquiera el otro, enhiesto, terriblemente imperfecto en su sana
animalidad, sin metal ni dolor. Tan común...
¿Podrás entender, tú que me miras y me crees loco? Estuve a punto de arruinarme.
Rechacé clientes que pedían diseños vulgares, Kitschs. Me salvó que empecé
con el piercing; pero, ¡cuánta desilusión ante esas caras donde el dolor
sólo se mezclaba con el miedo! El placer estaba TAN ausente en esas voces
pidiendo anestesia para perforar un simple lóbulo...
NO TE MUEVAS. Un escalofrío puede significar que el color se salga del contorno
de las escamas. ¿Ves? Ya está el verde. El azul, el rojo de la boca, y podrás
irte. Tienes miedo, pero quieres saber ¿eh? ¿Te atreverías a colgarte del
pezón una de estas? Hay cosas que sólo pueden entenderse haciéndolas.
Su cuerpo fue montaña que escalé como un alpinista, sujetándome a las argollas
de su carne vencida, transformada en obra de arte por el dolor. Sabíamos
dónde estaba la cima. Pero nos regodeamos. Tracé maravillas entre su pecho
y su vientre para unir metal y metal con un puente de tinta. ¿Has visto
dibujos de Gigger, el de Alien? Seres de metal y carne, feroces y bellos,
dientes y acero bruñido. Fantasía febril que opacó mis tatuajes del inicio.
Sin bocetos, sin marcar. Mi obra maestra. Sólo para ELLA. Decían algunos
que era una loca, una viciosa que me tenía drogado. Nadie supo de dónde
salía, ¿curioso, no? En esta ciudad TAN promiscua. Rumores hubo muchísimos.
Tal vez decían verdad, pero yo no quise creer en ninguna Majel fuera de
aquí. Pudo ser cierta alguna versión. La jinetera, la hija del funcionario,
la extranjera, la lesbiana. Para mí sólo existía el dolor. ¿Para qué saber
más? No nos unían palabras, sino tinta, sangre y metal.
Faltaba la última ordalía, el placer final. Minuciosamente lo habíamos preparado.
Después de afeitarla, extendí el trazado de monstruos y máquinas desde su
ombligo hasta ALLÍ mismo. Fuimos obsesiva, salvaje y totalmente felices.
Estaba lista. La esperé a las horas más inusitadas, anhelando su olor ácido
de adrenalina y almizcle de sexo mezclados con sangre dulzona y frío de
acero quirúrgico. Y por días vino sólo a mirarme, silenciosa, sin desvestirse.
Hasta que encontró aquí dos putillas de las que me canjeaban orgasmos por
tatuajes. Quizás fueran celos. Rasgó su ropa. Las hizo huir ante el bárbaro
y bello espectáculo de su piel orlada de color y acero, de dolor y gozo.
Y fue mi víctima sacrificial, sometida a mi voluntad, esperándola.
No podré olvidar ese día mientras viva, y no son palabras vanas. Sus piernas
abriéndose ante mí con la lenta deliberación de las tenazas de un cangrejo
colosal. La carne rosada, enmarcada por el tatuaje que empezaba a cicatrizar.
Yo también desnudo, la más divina erección de mi existencia. Oficiante del
misterio último y ancestral. Me sentí HOMBRE, como nunca desde que perdí
la pierna.
Tres argollas. Entre una y otra descansamos. ELLA inerte, yo acariciando
ese cuerpo que eran mis dibujos, esa muerte que era cada pequeño círculo
del gran dolor que nos unía. La primera, en el labio externo, que separa
la piel de la mucosa, la hizo arquearse como si un dios-demonio diminuto
la azotara desde adentro. La segunda, en el labio menor, fue un feroz chasquear
del tornillo de su lengua contra el de su labio inferior. La última, la
más pequeña, fue la apoteosis. El promontorio de carne esperaba, hinchado,
el metal que lo atravesaría. ¿Sabes que lo único realmente excepcional en
ELLA era su clítoris? Grande, como la reliquia más impropia en el recóndito
santuario de su cuerpo delicado. Pedía ser herido para consagrar nuestra
liturgia...
Fue a la vez explosión y caída. Milenios en un segundo. Oleadas de alto
voltaje invadiéndome hasta convulsionarme en el paroxismo más salvaje que
es posible sentir. Era poderoso, grande, omnipotente. Habría podido CAMINAR.
Y sus manos, liberadas al fin del obstáculo impalpable que las retenía lejos
de su cuerpo; acariciándose, haciendo girar cada argolla, exprimiendo el
placer de aquellos círculos de dolor. Con los ojos de fiera insaciable que
yo ya conocía, se levantó... ¿Ves aquella cadenita en la pared? Hace años
compré cinco metros. De ahí corté la que tengo puesta. Es de bronce barato.
Pero a ELLA le bastó. Transpirando la arrancó de la pared, se quedó con
un trozo de casi metro y medio. Y lo fue enhebrando por cada argolla de
aquel cuerpo mágico. De una oreja hasta la otra, por detrás de la cabeza.
A la nariz, hasta el pezón perforado, hasta el ombligo, hasta cerrar sobre
el triángulo que recién señalaba el sexo. Mi propio sexo, yerto tras tres
erupciones, se alzó respondiéndole.
Y ELLA tan Majel, tan dolor, tan placer, se me acercó para engullir con
su templo de carne mi obelisco imposible. Para trascender lo excepcional
regresando a lo común. Un círculo cerrándose sobre sí mismo. La serpiente
que se muerde la cola. Y el gran error, tocarnos.
Fue rápido, vulgar, tres movimientos de cadera y un orgasmo común. Se levantó,
me miró con unos ojos que no olvidaré nunca, se limpió de mi simiente. Vistiéndose
sin mirarme se arrancó una argolla de la oreja, me la arrojó. Y se perdió
en la noche.
Bueno, estamos terminando. Ahora faltan unos retoques con tinta de brillo,
para que el dragón luzca mejor, y... ¿Majel? Una de las putillas, triunfal,
vino a decirme que la habían hallado en la costa. La reconocieron por mis
tatuajes. El cuerpo tan hinchado que las vueltas de cadena de bronce estaban
incrustadas en la piel del cuello. Y ni una sola argolla. Dicen que fue
suicidio, aunque no dejó nota. Se ahorcó, no saben por qué...
¿No te dolió mucho, verdad? Para eso sirven las historias. ¿Verdad o cuento?
¿Tú qué crees? A veces pienso que aquella infeliz inventó SU muerte para
molestarme, envidiosa porque no había hecho diseños tan bellos sobre su
propia piel. Que Majel está viva, en alguna parte. Que no vuelve porque
nada nos une después de habérnoslo dado todo... Lo cierto es que nunca ha
regresado. A veces dudo de que haya existido.
Bueno, ahora te espolvoreo talco de mica para que el color se fije, y sanseacabó.
No te bañes en el mar en estos días, no hagas muchos esfuerzos, no te arranques
la postilla, no...
¿Cómo? ¿Lo has pensado mejor, quieres que te tatúe también la perla de la
perfección? Considéralo bien... ¿no es mucho rato de dolor para la primera
vez? De acuerdo, tú pagas, pero... después, por favor ¿me dejarías ponerte
SOLO UNA? Totalmente gratis. Quizás ésta que llevo colgada al cuello. ELLA
la usó...
Decía llamarse Majel. Esta argolla es mi único recuerdo suyo. Tú te le pareces
algo...
21 de enero de 1998.
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Liliana Lukin
Liliana Lukin nació en 1951 en Buenos Aires. Se graduó como Licenciada en
Letras en la Universidad de Buenos Aires. Fue asesora literaria de la Fundación
Noble del Diario Clarín, donde organizó los Encuentros de Escritores que
posteriormente compiló bajo la Edición Narrativa Argentina. De su autoría
son los siguientes libros: Abracadabra, Malasartes, Descomposición, Cortar
por lo Sano, Carne de Tesoro, Cartas, Las Preguntas y Construcción Comparativa,
y un estudio sobre la literatura amorosa epistolar desde el siglo XII al
XX.
RETÓRICA ERÓTICA
Así ella desearía ser raptada una, dos veces, marcada por la voluntad de
esa mano que también sabrá tocarla como a un instrumento musical. Tal su
optimismo, su instinto de juego en el instante mismo que, para los otros,
será su tragedia. El raptor, sus largos cabellos ofrecidos a esas manos,
hace de su pesimismo el arma más dulce: violenta, no pone ninguna distancia
¡oh, dioses bienaventurados!, entre el deseo y el acto.
Alzada por él, ella sonríe, alzada, y aunque parezca dolor, en su rostro
hay sólo la altura que tiene conciencia del tiempo. ¿Cuánto podrá, así,
no caer, cuánto más los dedos hundirán felizmente su carne, hecha para esas
penetraciones? Él oculta su cabeza en ella y nada se sabe, más que el brillo
de sus ojos.
Escandalosa,
para él que no
conoce los límites
de su propia dulzura, tan obscena.
Caída, lánguida
y sola en ese nido,
esa cueva, lecho
a su medida:
nocturna y nada
oscura, lunar.
Satén y plumas
para amar y ser leída, para beber y ser
bebida, fingiéndose dormir.
Escandalosa, para lo hecho pecho, fulgura
ante él, será de él: ah! quién pudiera
quedar, así poseída.
Si él se quedara ahí, así, adentro,
ella no caería nunca.
Lo dice y balancea su peso sobre él,
sobre el vacío, sobre la frase.
Y él, que trabaja para el placer,
pero alimenta la tristeza,
apretando su carne habla.
Ella ríe de lo que él habla: come
de lo que él pone entre sus dientes.
Si él cortara sus cabellos ella no tendría
de dónde sostenerse, y él avisa
que los cabellos son una materia frágil,
mientras le acomoda
el pelo en la frente, lo quita
de sus hombros, despeja las curvas
de la oreja para hurgar,
como si nadie
viera, como si nadie se diera
cuenta de nada.
Juega a ser su propia ofrenda, en lo
desamparado de dar y recibir. Su gesto
copia cierto éxtasis, pero ella no goza,
sonríe, piensa en actos y sonríe, apenas.
Como su dolor esparce luz ella está
iluminada, perdida en esa luz,
y al darse espera ser tomada por él,
oscurecida, al fin oscurecida.
Hacer de sí la obra, volver actor al otro,
para que lo mismo improvise su forma,
su ilusión de único, inefable.
La perfección de un momento que habla
en los cuerpos, aúlla, aunque fallen las
palabras: blasfemias, abrazos
furiosos como un sonido atroz de
maravilla.
Él no cree y es su falta de fe lo que
prodiga.
Ella escucha el insulto amoroso del callar.
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Rodolfo Wilcock
Juan Rodolfo Wilcock nació en Buenos Aires en 1919. Se recibió de ingeniero
civil y vivió un tiempo en Mendoza en un proyecto relacionado con el ferrocarril
trasandino, pero luego abandonó esa profesión para dedicarse a la literatura.
Amigo de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Wilcock, se fue a Italia
en la década del ‘50, cuando ya era autor de una considerable obra poética
en español (Libro de poemas y canciones, Ensayos de poesía lírica, Persecución
de las musas menores, Los hermosos días, Paseo sentimental y Sexto) y allí
siguió escribiendo en italiano.
Se invocan a menudo los antecedentes prestigiosos -Conrad, Nabokov, Beckett-
sin tener en cuenta que el cambio de idioma acarrea en cada caso un cambio
de perspectiva en relación al pasado y, por consiguiente, una especie de
contrabando lingüístico sustancial. Wilcock lo practicó con una nostalgia
enrarecida y una imaginación inagotable. En Italia incursionó en todos los
géneros literarios: poesía, relatos, novelas, teatro. También se destacó
como traductor, tanto al castellano como al italiano.
De su obra narrativa podemos mencionar: Fatti inquietanti (1960), Lo stereoscopio
dei solitari (1972), La sinagoga degli iconoclasti (1972), I due allegri
indiani (1973), Il tempio etrusco (1973), Il caos (1974), L’ingegnere (1975),
Frau Teleprocu (1976, en colaboración con Francesco Fantasia), Il libro
dei mostri (1978), Le nozze di Hitler e Maria Antonietta nell’ inferno (1985,
en colaboración con Francesco Fantasia).
Murió en Italia en 1978.
LOS AMANTES
Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente,
y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros.
Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo.
Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo
sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien.
Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más
raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y
no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos
no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro,
sus miembros místicamente entrelazados.
La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto
abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre
ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con
los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben
el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como
pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando se despiertan. Han perdido
la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto,
ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de
las convenciones.
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David Viñas
David Viñas nació en Buenos Aires en 1929. Estudió con los curas y con los
militares. Fue fundador y codirector de la revista Contorno, de gran influencia
en medios universitarios e intelectuales. Por su novela Un Dios cotidiano
recibió, en 1957, el Premio Gerchunoff. En 1963 recibió su doctorado de
la Universidad de Rosario, con la tesis La crisis de la ciudad liberal.
Ya un año antes, su novela Dar la cara había recibido el Premio Nacional
de Literatura, premio que volvió a recibir en 1971 por su libro Jauría.
En 1972, Lisandro recibió el Premio Nacional de Teatro, y un año después
Tupac-amaru el Premio Nacional de la Crítica. Según Ricardo Piglia, "uno
de los ejes de la obra de Viñas es la indagación sobre las formas de la
violencia oligárquica ". Algunos ejemplos de esa temática son su Los dueños
de la tierra (1958), Cuerpo a Cuerpo (1979) e Indios, ejército y frontera
(1982). Entre 1973 y 1983 dio clases de literatura en California, Berlín
y Dinamarca. Desde 1984 reside en Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra
de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad
de Buenos Aires). En 1991, en una decisión que alborotó al "mundillo" cultural,
David Viñas recibió y rechazó la Beca Guggenheim. "Un homenaje a mis hijos.
Me costó veinticinco mil dólares. Punto", diría Viñas más tarde. Sus hijos
María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y "desaparecidos" por
la dictadura militar en los años '70.
Algunas de sus obras son: Cayó sobre su rostro (1955); Los años despiadados
(1956); Un Dios cotidiano (1957); Los dueños de la tierra (1958); Dar la
cara (1962); En la semana trágica (1966); Hombres de a caballo (1967); Cosas
concretas (1969); Jauría (1971); Cuerpo a cuerpo (1979); Prontuario (1993).
Teatro: Sarah Golpmann; Maniobras; Dorrego; Lisandro (1971); Tupaca Amaru.
Ensayo: Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar
(1970); De los montoneros a los anarquistas (1971); Momentos de la novela
en América Latina (1973); Indios, ejército y fronteras (1982); Los anarquistas
en América Latina (1983); Literatura argentina y política - De los jacobinos
porteños a la bohemia anarquista (1995); Literatura argentina y política
II - De Lugones a Walsh (1996); Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra; De
Sarmiento a Dios - Viajeros argentinos a USA (1998); Sarmiento en seis incidentes
provocativos.
LA SEÑORA MUERTA
"La señora muerta" pertenece a Las malas costumbres, Buenos Aires, Editorial
Jamcana, 1963
-No me gusta el olor de la goma quemada -fue lo primero que dijo esa mujer.
Moure la miró un rato antes de contestar, pero no como la había estado observando
hasta ese momento, desde que la descubrió en la cola apoyada a medias contra
la pared, con un gesto resignado e insolente a la vez. "Levante", se dijo.
"Levante seguro", y le sonrió:
-No es goma lo que están quemando.
-Ah, ¿no? -esa mujer lo miraba con desconfianza- ¿Qué es entonces?
-Inmundicias -murmuró Moure con malestar.
-¿Y de quién?
-De todos... de todos los de la cola. Hace dos días que vienen haciendo
lo mismo.
Desde atrás, los que estaban en medio de la penumbra que flotaba sobre la
calle, los empujaron para que avanzaran: ella se dio vuelta, apenas molesta
de que la tocaran o de que le arrugaran el vestido, murmuró. Ya va, ya me
di cuenta, qué tanto, y avanzó unos pasos ceremoniosamente. Se había apoyado
contra la chapa de un hotel y se miraba en el reflejo: era un enorme cuadrado
de bronce y Maure advirtió que se palpaba los labios.
-¿Le duelen? -se le acercó.
-No. Estoy despintada.
Y esa mujer seguía mirándose aunque esa chapa la reflejase deformada, con
una boca más ancha y unos ojos estirados.
-Usted no tiene esa boca -señaló Moure.
Ella abrió y cerró la boca varias veces, como si estuviera en un parque
de diversiones, con la desconfianza de un chico o de un provinciano:
-Sí, tengo una boca de muñeco -se juzgó con aire despreciativo.
-No, no... -protestó Moure.
-Pero me gusta tener una boca así.
Unos metros más adelante se fue levantando un murmullo que aumentó la densidad
y se prolongó un rato, como un moscardoneo. "No me puede fallar", se propuso
Moure. Una mujer con la cabeza cubierta con una pañoleta se le arrodilló
delante, agachada la frente y parecía rezongar con una confusa irritación
mientras se frotaba las manos; cuando la fila avanzó de nuevo, la mujer
se fue arrastrando sobre las rodillas sin dejar de gangosear eso que decía,
sin dejar de frotarse las manos.
-Rezan, ¿no?
-Sí -dijo Moure.
-Ah... -ella se persignó y lo hizo con torpeza, velozmente; parecía alarmada
y miró ese cielo bajo como si hubiera escuchado el ruido de un avión y tratara
de localizarlo. Pero el cielo estaba negro y no se veía nada. Después se
tranquilizó, lo miró a Moure, se sonrió a medias, agradecida de algo y apoyó
la cabeza contra la chapa del hotel.
-¿Está cansada? -la sostuvo Moure mientras se repetía "No me falla; no me
puede fallar". Al fin de cuentas, él había ido a la cola para eso.
Pero ella balanceaba la cabeza: eso no quería decir ni que sí ni que no,
solamente que no estaba segura. -¿Quiere irse? -
-Cuando me sienta bien cansada. Moure le oprimió el brazo.
-Pero mire que tenemos para rato. Ella frunció las cejas:
-¿Lo dice en serio?
-Yo siempre hablo en serio.
-¿Y cuánto dice que falta?
Moure miró hacia adelante y calculó dos cuadras, tres, una mancha larga
que se estremecía en medio de la penumbra, los de atrás que volvieron a
empujar con una pesadez insistente, la mujer de la pañoleta que seguía murmurando
algo que no se entendía muy bien, ahí arrodillada, un soldado con una olla
humeante que brilló bajo el farol:
-Unas tres horas dijo.
-¿Tanto?
Moure presintió que a ella no le interesaba mucho lo que había preguntado,
ni le interesaban las palabras que había usado, ni ninguna palabra: -Y,
hay mucha gente -reflexionó. -A la gente le gusta.
-¿Estar en la cola?
-Sí -dijo ella con desgano-. Le gusta esperar algo, cualquier cosa...
La mujer arrodillada por momentos parecía irritarse con lo que rezaba, cabeceaba
y fruncía la frente. "Esta noche no puede fallarme", seguía pensando Moure.
Y toda esa fila avanzaba muy lentamente, mucho más despacio que en una procesión.
Moure calculó: allá adelante estarían por cruzar un puente, se le habrían
roto las ruedas a un carro o el caballo se habría muerto en medio de la
calle. Algo así pasaría. "Seguro". Y había tan poca luz con esos trapos
negros que envolvían los faroles y todo era tan borroso.
-¿Me permite? -ella se le apoyó bruscamente en un brazo se descalzó, primero
un pie, después el otro y se los sobó con unos quejiditos de satisfacción.
Pero cuando estaba en eso, volvieron a empujarla para que avanzase y ella
repitió -Ya está, ya va, no ven lo que estoy haciendo. Me van a pisar, tengo
los pies desnudos... La mujer de la pañoleta levantó un momento la cabeza,
verificó quién había dicho eso y siguió con su rezo.
-¿Un poco de sopa? -ofreció Moure.
-No -ella todavía estaba con los pies desnudos y pugnaba por mantener el
equilibrio y calzarse- Me aburre la sopa.
-¿Ni un poco?
-No.
Moure señaló:
-Pero mire que le están ofreciendo...
Un soldado le había tendido una taza pero tuvo que recogerla; tenía una
cara adormecida y se esforzaba por sonreírse: la contempló a esa mujer,
intentó sonreírse con más convicción y lo único que logró fue un parpadeo,
entonces la miró humildemente pero ella había hundido las manos en los bolsillos
y sacudía los hombros:
-Me aburre la sopa -repetía-. De chica, me la hacían tragar: de arvejas,
de sémola, de verduras, era un asco.
Moure sacó un cigarrillo y lo golpeó muchas veces antes de encenderlo. "Papa
comida", se felicitó. Estaban muy cerca de uno de esos montones de basura
que habían quemado y que soltaban un calor denso, incómodo y un poco tembloroso;
algunas personas salían de la fila, se acercaban, la cara y el pecho se
les enrojecían y se quedaban un rato frotándose las manos como si estuvieran
redondeando algo entre las palmas, un poco de harina o de barro. Después
volvían a la fila y les susurraban a los que tenían al lado vayan, vayan;
no les dicen nada. Moure la codeó a esa mujer y señaló: otro se despegaba
de la fila con una carrerita parecida, casi avergonzado, casi alegre.
-¿Fuma? -preguntó Moure.
Ella miró a los costados, atentamente, después un poco a la mujer que seguía
arrodillada y rezongando:
-¿Aquí?... -y no sacó las manos de los bolsillos.
Moure encendió el cigarrillo y largó unas bocanadas para que ella oliera:
eso era bueno, caliente y llenaba la boca y el pecho. "Esto marcha solo",
se alegró. Ella le miraba la mano, sin indiferencia y de vez en cuando le
espiaba los labios y la nariz se le hinchaba como si le costara respirar
o como si todavía le molestara ese olor que había creído era de goma quemada.
-¿A usted le gustaba? -dijo de pronto.
Moure se sobresaltó pero largó una lenta bocanada: -¿Quién?
-La Señora... ¿Quién va a ser si no?
Moure tomó el cigarrillo entre las dos manos, lo acható y arrancó una hebra
con la misma cautela con que se hubiera cortado una cutícula; después levantó
la vista y la miró a esa mujer: era joven, tendría unos veinticinco, no
mucho más. "Si me la pierdo soy un...". Pero no se la iba a perder. Los
de atrás empujaban, ésos no respetaban nada, no se dio por enterado y siguió
mirándola: el cuello, ese pecho tan abierto, el vientre y la deseó bastante.
Por fin dijo: -Era joven...
-¿Usted cree que la podremos ver?
-Y, no sé. Habrá que esperar.
-Dicen que está muy linda.
-¿Sí?
-La embalsamaron. Por eso.
Había quedado un espacio entre ellos dos y la mujer arrodillada.
-Hay que correrse -dijo ella como si se tratara de algo inevitable.
-Sí -advirtió Moure-. Sí.
Y se quedaron mirando vagamente hacia adelante: la mujer de la pañoleta
se puso de pie y estuvo un buen rato observándose y tocándose las rodillas,
un chico empezó a llorar y una mujer deslizó una mancha blanca sobre su
mano y ahí la sostuvo y de nuevo pasaron los soldados, ésta vez ofreciendo
café, sin saltearse a nadie, desapasionadamente. Ella murmuró algo y Moure
le escrutó la cara para ver qué quería. No. Me estaba acordando de algo.
Nada más, dijo ella sin sacar las manos de los bolsillos; Moure advirtió
que era de piel el sacón que tenía porque lo rozaba contra el dorso de la
mano y pensó que le hubiera gustado acariciarlo con los dedos, con el pulgar
sobre todo, pero no se animó.
-¿Vio? -era ella que señalaba con el mentón desganadamente.
Moure volvió la cabeza y vio a un hombre que orinaba al borde de la vereda
y se sintió irritado, justamente irritado, porque ése podría haber ido a
otro lugar o se hubiese aguantado o, en último caso, no se hubiera puesto
en la fila, entre tantas mujeres, porque esas cosas siempre pasan y uno
debe saber lo que se puede aguantar.
-Está mal, ¿no? -murmuró.
Pero ella se había apoyado contra una vidriera y bostezaba, olvidada de
sus pies y de ese hombre que orinaba, y lo hizo varias veces, porque no
fue un solo bostezo prolongado sino una serie de tres o cuatro que la obligaron
a fruncir la nariz y a secarse unas lágrimas con la punta del pañuelo.
-¿Tiene sueño?
Ella negó sin dejar de bostezar: -Hambre tengo.
-¿Quiere... ?
-Sí.
Y fue ella misma quien lo tomó del brazo y la que dijo que subiera a un
auto y fueran primero a cualquier lugar. Algo cerca, fue lo único que exigió
y no perentoriamente, sino como si recordara algún requisito o alguna ventaja.
Se arrinconó a su lado en el auto y contemplaba sin ningún asombro las piernas
de los que iban en las plataformas de los tranvías iluminados, a uno que
llevaba sandalias, a los que la miraban largamente sin atreverse a sonreírse
pero con muchas ganas de hacerlo cada vez que el auto se detenía en cualquier
bocacalle. Cuándo un marinero se inclinó un poco para verla mejor, ella
golpeó con la mano en el vidrio. A ése lo espanté, suspiró. Y usaba un perfume
de malva, un perfume de vieja o de casa con pisos de madera. ¿Y cuánto querés?
Lo que vos quieras y el auto siguió corriendo. Moure se sintió agradecido,
entusiasmado y le pasó el brazo sobre los hombros. Cerca, ¿no?, volvió a
preguntar ella y Moure sacudió la cabeza. Esa cola, la gente que esperaba
con tanta indiferencia, amontonados, pasivos, la calle en tinieblas, él
había esperado demasiado. Era lento y lo sabía, pero tampoco se podía atropellar.
Pero ya estaba. Y solo, esas cosas se hacen solas. Cuanto más se piensa,
sale peor. Cuando el coche se detuvo por primera vez y Moure advirtió que
el chofer esperaba una nueva orden mirando en el espejito, apenas dijo a
otra. Pero cerca. Cuando ocurrió la segunda vez, eso de toparse con una
puerta cerrada cuando alguien piensa exclusivamente, cálidamente en entrar
de una vez y quedar a solas como dos chicos que se esconden dentro de un
ropero para que el mundo de los adultos tan ordenado y con tanta gente que
mira se desvanezca, Moure se empezó a irritar. No hay lugar -informaba el
chofer-. ¿Los llevo a otro? Sí, sí. Pronto. Y anduvieron dando vueltas por
unas suaves calles arboladas y ella empezó a reírse porque sentía las manos
de Moure que le oprimían las piernas, pero no como para acariciarla, como
si ella fuera ella, es decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo
o una baranda o la propia ropa de Moure, algo de lo que se aferraba para
secarse o para no caerse. Por favor... por favor, repetía Moure y le estrujaba
la carne. También estaba la mirada del chofer, que delante de esos portones
cerrados soltaba el volante como para dar explicaciones porque él no tenía
nada que ver con todo eso. ¿Los llevo a otro? Sí. Pronto... Pero, pronto
por favor... Y toparon con otro portón, una gran tabla pintada de gris cerrada
con un candado, y la risa de esa mujer aumentó mientras Moure pensaba que
lo que a ella le correspondía era quedarse en silencio, tomarlo de la mano
y tranquilizarlo o pasarle los dedos por las sienes para que se le desarrugara
la frente, pero las mujeres se ponen nerviosas y no sirven para nada y por
eso son mujeres. El coche había parado por cuarta vez o sexta y el chofer
repetía ese mismo ademán de prescindencia.
-¿Todo está cerrado? -gritó Moure. Los ojos del chofer apenas temblaron
en ese espejito y ella se rió con una risa que le dobló la espalda. -¡No
te rías más, mujer! -la sacudió Moure. Y ella sólo negó con la cabeza, sin
hablar pero con más ganas de reírse, apretando los labios y no cubriéndose
la boca con una mano. -¿No se puede ir a otra parte? -Moure se había tomado
del respaldo del chofer. -Y, no sé...
-¿Nada hay?
-Más lejos...
-¿Dónde?
-En la provincia.
-¿Seguro?
-No; seguro, no.
-Estaba de Dios que tenía que pasar esto -cabeceó Moure.
-Hay que aguantarse -el chofer permanecía rígido, conciliador-. Es por la
señora.
-¿Por la muerte de?... -necesitó Moure que le precisaran.
-Sí, sí.
-¡Es demasiado por la yegua esa!
Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no,
con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.
-Ah, no... Eso sí que no -murmuraba hasta que encontró la manija y abrió
la puerta-. Eso sí que no se lo permito.., - y se bajó.
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Julio Cortázar
Julio Cortázar nació el 26 de Agosto de 1914 en Bruselas aunque su familia
se trasladó muy pronto a Buenos Aires, donde llegó a los cuatro años. Hijo
de padre argentino, agregado comercial en la Embajada Argentina en Bélgica,
y madre francesa, cursó estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano
Acosta. En 1932, obtiene el título de Maestro Normal. Tres años más tarde
obtiene el título de Profesor Normal en Letras e ingresa en la Facultad
de Filosofía y Letras. Fue profesor de Lengua y Literatura francesa en varios
institutos de la provincia de Buenos Aires.
En 1938, bajo el seudónimo Jorge Denís, publicó su primer libro, Presencia.
En 1944 obtuvo un puesto de profesor en la Universidad de Cuyo, donde participó
en manifestaciones contra el peronismo. Cuando el general Juan Domingo Perón
ganó las elecciones, abandonó el cargo universitario para no ser despedido
y volvió a Buenos Aires, donde trabajó en la Cámara Argentina del Libro.
Escribió algunas críticas que se publicaban en revistas como Huella o Canto.
Desde fines de los años cuarenta hasta 1953, colaboraría en la revista Sur,
fundada y dirigida por Victoria Ocampo en 1931. Su primer trabajo para dicha
revista fue un artículo con motivo del fallecimiento de Antonin Artaud.
En 1951 Cortázar decide emigrar a París. Un rasgo importante de su vida
es que a raíz de un viaje que realizó a Cuba invitado por Fidel Castro se
convirtió en gran defensor y divulgador de la causa revolucionaria cubana,
como años más tarde haría con la Nicaragua sandinista.
Su primer cuento, “La Casa Tomada”, fue publicado en 1946 por un periódico
literario llamado Anales de Buenos Aires, por iniciativa de su director,
Jorge Luis Borges. Una de sus primeras obras, Los reyes (1949), es un poema
en prosa centrado en la leyenda del Minotauro. El tema del laberinto reaparece
en Los premios (1960), una novela que gira alrededor del crucero que gana
un grupo de jugadores en un sorteo. Rayuela (1963), implica al lector en
un juego creativo en el que él mismo puede elegir el orden en que leerá
los capítulos ordenados de un modo poco convencional. Entre sus restantes
obras se encuentran numerosos relatos breves. Las armas secretas (1969),
uno de cuyos relatos, “El perseguidor”, se ha convertido en un referente
obligado en su obra. A diferencia de las restantes novelas, El libro de
Manuel (1973) gira en torno a temas políticos y humanistas.
Murió el 12 de febrero de 1984 en París a causa de leucemia.
Ha sido uno de los autores argentinos más traducidos, considerado por parte
de la crítica internacional como un paradigma de la literatura argentina
moderna. A veinte años de su fallecimiento, el gobierno de la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires estableció al 2004 como “Año Julio Cortázar”.
Entre sus obras están: Presencia, poemas publicados bajo el seudónimo Julio
Denis (Buenos Aires 1938); Los Reyes, poema dramático (Buenos Aires, 1949);
Bestiario, cuentos (Buenos Aires,1951); Final del juego, cuentos (México,
1956); Las armas secretas, cuentos (Buenos Aires, 1959); Los premios, novela
(Buenos Aires, 1960);
Historias de cronopios y de famas, relatos cortos (Barcelona, 1962); Rayuela,
novela (Buenos Aires, 1963); Cuentos (La Habana, 1964); Fantomás contra
los vampiros multinacionales, historieta (México, 1965); Todos los fuegos
el fuego, cuentos (Buenos Aires, 1966); El perseguidor y otros cuentos (Buenos
Aires, 1967); 62 Modelo para armar, novela (Buenos Aires, 1968); Casa tomada.
Traducción al diseño gráfico de Juan Fresán (Buenos Aires 1969); Relatos
(Buenos Aires, 1969); La isla a mediodía y otros relatos (Barcelona, 1971);
Pameos y meopas, poemas (Barcelona, 1971); Alguien que anda por ahí, cuentos
(Madrid, 1977); Deshoras, cuentos (Madrid, 1982); Salvo el crepúsculo, poesía
(México, 1984; Divertimento, novela (Buenos Aires, 1986); El Examen, novela
(Buenos Aires, 1986); Adiós, Robinson y otras piezas breves (Madrid, 1995).
RAYUELA - Capítulo 7 (fragmento)
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como
si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera,
y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer
cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la
cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí
para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender
coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano
te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al
cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan
entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos,
las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios,
apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde
un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis
manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de
tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores
o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos
el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo
del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un
solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna
en el agua.
Vinicius de Moraes (19 de octubre de 1913 - 9 de julio de 1980), cuyo nombre completo era Marcus Vinícius da Cruz de Melo Morais, nació y murió en Río de Janeiro, Brasil. Fue una figura capital en la música brasileña contemporánea. Como poeta escribió la letra de un gran número de canciones que se han convertido en clásicas. Como compositor dejó varias buenas canciones y como intérprete participó en muchos álbumes. También fue diplomático de Brasil.
SONETO
Esa mujer que se arroja fría
y lúbrica en los brazos, y a sus senos.
Me aprieta, me besa y balbucea
versos, rezos a Dios, votos obscenos.
Esa mujer, flor de melancolía
que ríe de mis pálidos recelos,
la única entre todas a quien di
caricias que jamás a otra daría.
Esa mujer que a cada amor proclama
la miseria y grandeza de quien ama
y feliz de mis dientes guarda huella.
¡Un mundo, esa mujer! Es una yegua
quizás, pero en el marco de una cama
nunca mujer alguna fue tan bella.
AUSENCIA
Dejaré que muera en mí el deseo
de amar tus ojos dulces,
porque nada te podré dar sino la pena
de verme eternamente exhausto.
No obstante, tu presencia es algo
como la luz y la vida.
Siento que en mi gesto está tu gesto
y en mi voz tu voz.
No quiero tenerte porque en mi ser
todo estará terminado.
Sólo quiero que surjas en mí
como la fe en los desesperados,
para que yo pueda llevar una gota de rocío
en esta tierra maldita
que se quedó en mi carne
como un estigma del pasado.
Me quedaré... tu te irás,
apoyarás tu rostro en otro rostro,
tus dedos enlazarán otros dedos
y te desplegarás en la madrugada,
pero no sabrás que fui yo quien te logró,
porque yo fui el amigo más íntimo de la noche,
porque apoyé mi rostro en el rostro de la noche
y escuché tus palabras amorosas,
porque mis dedos enlazaron los dedos
en la niebla suspendidos en el espacio
y acerqué a mí la misteriosa esencia
de tu abandono desordenado.
Me quedaré solo como los veleros
en los puertos silenciosos.
Pero te poseeré más que nadie
porque podré irme
y todos los lamentos del mar,
del viento, del cielo, de las aves,
de las estrellas, serán tu voz presente,
tu voz ausente, tu voz sosegada.
MUJER AL SOL
Una mujer al sol es todo mi deseo,
viene del mar, desnuda, con los brazos en cruz
y la flor de los labios abierta para el beso
y en la piel refulgente el polen de la luz.
Una hermosa mujer, los senos en reposo
y caliente de sol, nada más se precisa.
El vientre terso, el pelo húmedo y una sonrisa
en la flor de los labios, abierta para el gozo.
Una mujer al sol sobre quien yo me arroje
y a quien beba y me muerda y con quien me lamente,
y que al someterse se enfurezca y solloce,
e intente rechazarme, y que al sentirme ausente
me busque nuevamente y se quede a dormir
cuando yo, apaciguado, me disponga a partir.
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