Anticuarentena, la internacional del odio

Un decálogo ideado por Steve Bannon

Por Jorge Fonseca

Imagen: Leandro Teysseire

Las manifestaciones en Argentina y España de negacionistas de la pandemia que se oponen a la cuarentena, al uso de barbijos y demás medidas de prevención del contagio de covid19, forman parte de la estrategia de deslegitimación de gobiernos progresistas basada en el odio, aprovechando la presión a que estamos sometidos debido a la gravedad de la situación.

No es casualidad que con un día de diferencia en Madrid y Buenos Aires (además de otras ciudades argentinas) se convocaran manifestaciones con las mismas consignas: el virus es una farsa, es como una gripe, la cuarentena es privación de libertad, no a las vacunas, sí al dióxido de cloro (que ya mató un niño en Argentina), y no a los barbijos. En Madrid pocos de los dos millares de manifestantes usaron tapabocas; las consecuencias sanitarias se verán en los próximos días, pero ya hay uno de los asistentes al acto hospitalizado con covid19.

Tampoco es casualidad que el 27 de julio, una semana después que un grupo negacionista difundiera en Argentina un comunicado de presión al gobierno, algunos de sus firmantes (Ramiro Salazar, Gastón Cornu) participaran telemáticamente en una reunión en Madrid de autodenominados «médicos de la verdad» en la que proliferaron discursos políticos de extrema derecha y muy pocos de medicina, con argumentos falsos sobre el virus, su tratamiento o el uso de mascarillas.

El comunicado dirigido a Alberto Fernández por parte del lobby encabezado por Salazar, criticaba la cuarentena y defendía la «inmunidad innata» y «natural celular… de anticuerpos por vía del contagio» (o «inmunidad de rebaño»). Esta idea subyace en los discursos de la reunión en Madrid y coincide con la lógica de priorizar beneficios empresariales de Trump en EEUU, Bolsonaro en Brasil y Johnson en el Reino Unido, países que superan los nueve millones de contagiados y más de 320 mil muertos por covid19. Las intervenciones en el foro de Madrid de los argentinos Salazar, Cornú y Chinda Brandolino, en vez de argumentaciones científicas contienen diatribas políticas delirantes: «estamos frente a un plan global para someter los pueblos del mundo», afirmó Salazar, mientras Cornu, en línea con Trump señaló a China en la manipulación de la epidemia. Brandolino afirmó que esta «maniobra política generalizada… trata de quebrar las economías nacionales», ignorando que la estrategia de inmunidad de rebaño que ella defiende fue aplicada inicialmente por Johnson en Reino Unido con elevada mortalidad y no evitó la quiebra económica (20,4% de caída del PIB en el 2º trimestre. Brandolino añadió que «el último fin de la falsa pandemia es imponer por la fuerza un régimen comunista…como ya estamos viendo en España o Argentina…», y anunció que en Argentina habían «concertado con corporaciones médicas muy numerosas para parar el país».

La denominada «inmunidad de rebaño» está refutada por los numerosos casos de recaídas de muchos contagiados, y es un auténtico despropósito, pues para conseguir que los sobrevivientes adquieran una supuesta inmunidad, habría que dejar que se contagie el 70% de la población. Esto en Argentina, equivale a más de 31 millones de personas y unos 600 mil muertos, dado que tiene 2% de letalidad, es decir de contagiados confirmados que han muerto. En España implicaría unos 33 millones de contagiados y unos dos millones y medio de muertos (8% de letalidad). Estaríamos ante un genocidio.

En la reunión del lobby negacionista, la española Natalia Prego, afirmó que la epidemia es una farsa y que si en España la hubo había llegado a su fin en abril, basándose en los datos de contagios y muertos en esa fecha, pero ocultando que la reducción de ambas variables se debió al efecto de la cuarentena iniciada en marzo y las demás medidas de prevención adoptadas, y que ellos rechazan, como barbijos y distancia social. Sin confinamiento se hubiese multiplicado exponencialmente el número de contagios y muertos, como se infiere de los datos: las muertes por los contagios producidos antes del período de confinamiento se concentraron en torno a la última semana de marzo y la primera de abril; fueron decreciendo por efecto de la cuarentena, desde los 1000 (o 1342, si nos basamos en el exceso de muertes) del 31 de marzo, hasta menos de 100 en junio.

Durante la cuarentena de marzo a junio hubo «exceso de muertes» respecto a lo normal en la mayoría de los países que llevan registro: en España fue de 56%, en Reino Unido 45%, en Italia 44% y en EEUU 23%, pero mucho mayor en las provincias más afectadas de cada país (en Madrid fue de 157% o 208% en Nueva York). Si no hubiese habido cuarentena, las muertes, que a fines de marzo se duplicaban en una semana, hubieran seguido creciendo exponencialmente y en pocos meses hubiese habido cientos de miles de muertos, además de un descomunal colapso sanitario, económico y social. Aún suponiendo –ilógicamente- que sin cuarentena el número de contagios no hubiera crecido exponencialmente y que las muertes se hubieran mantenido en torno a 1000/1300 diarios como el 31de marzo, al mes hubieran sumado entre 30 mil y 40 mil, cifras que en proyección anual equivalen a 360 mil/480 mil fallecidos solo por covid19, equivalente al 0,8% de la población.

Sería aventurado extrapolar ese 0,8% a nivel planetario (equivaldría a 64 millones de fallecidos en un año), pero en cualquier caso sin cuarentena hubiésemos tenido millones de muertos en el mundo. Recordemos que el informe de la OMS de septiembre de 2019, hablaba de 50 a 80 millones de muertos por una posible pandemia: «… el espectro de una emergencia sanitaria mundial se vislumbra peligrosamente en el horizonte.(…) nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizada. El mundo no está preparado. (…).El mundo necesita establecer de forma proactiva los sistemas y compromiso necesarios para detectar y controlar posibles brotes epidemiológicos. … Ha llegado el momento de actuar… El mundo está en peligro, pero colectivamente tenemos las herramientas para salvar a las poblaciones y las economías. Lo que necesitamos es liderazgo y la voluntad de actuar con firmeza y eficacia.»

No hubo ni liderazgo ni preparación. En un mundo dominado por las grandes potencias, en donde el G5 es el auténtico Consejo de Administración Global, era de esperar que fuera quien convocara a organizar los sistemas de prevención ante la previsible pandemia. Pero el gobierno de EEUU, estaba adscrito a la teoría conspirativa de QAnon, el grupo ultraderechista surgido en 2017 cuando Steve Bannon era asesor de Donald Trump y le diseñó la estrategia que le llevó a la presidencia. Esta estrategia incluye el uso sistemático de fake news y lawfare, a la vez que construyó una teoría conspirativa que sitúa a Bill Gates y George Soros como parte de una red que pretende dominar el mundo. Como si la influencia de estos millonarios, Microsoft, Google, Apple, Facebook, Amazon o BlackRock no supusiera ya un inmenso poder de dominación. Bannon ha defendido la idea que «el odio y la ira son motivadores» y con esa filosofía asesoró a líderes ultraderechistas de Europa, (el italiano Salvini, la francesa Le Pen, el húngaro Orbán, ideólogos de VOX de España), y de América Latina (Bolsonaro y otros), construyendo una auténtica «internacional del odio», dirigida a desestabilizar gobiernos democráticos y tratando de imponer un orden social que combina el neoliberalismo con elementos clásicos del fascismo. Sus «imanes» discursivos son cuestiones que atacan a los movimientos igualitarios que movilizan a la humanidad en todo el mundo en contra del odio: al feminismo que no solo defiende la igualdad de género sino que también sitúa los cuidados y los derechos humanos en el centro de la vida y de la economía; al ecologismo, que une globalmente a quienes luchan por un futuro para la humanidad y la naturaleza, pero perjudica los intereses de las grandes corporaciones extractivistas; a los movimientos antirracistas que jaquean la pretensión supremacista de los países dominantes de fenotipo «caucásico».

Por eso mismo «la internacional del odio» ha convertido la pandemia en un arma neoliberal de destrucción, pues la negación de ella no solo justifica el mantenimiento normal de las actividades que son la fuente de beneficios, sino también la vulneración de los derechos de los trabajadores y la eliminación por covid19 de la población «improductiva», los mayores, con lo que se reducirá el gasto público en pensiones y sanidad, permitiendo la rebaja de impuestos a las rentas del capital. El odio cotiza en los mercados y aumenta beneficios.

* Profesor de Economía Internacional en la Universidad Complutense de Madrid.

21/08/20 P/12

 

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