Apagón en Venezuela

Por Luis Hernández Navarro

Sabotaje es el nombre del juego. Guerra eléctrica es su modalidad. Desde la tarde del 7 de marzo, Venezuela vivió un apagón que dejó sin electricidad 18 estados de ese país, más de las dos terceras partes de su territorio.

El control automatizado de regulación del sistema de la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar (Guri) fue atacado. La planta que abastece buena parte del territorio venezolano (la cuarta central hidroeléctrica más potente del mundo) sufrió una agresión cibernética. Fueron intencionalmente dañados también tres de los cinco generadores de respaldo.

Casi todo el país quedó a oscuras. Y cuando el sistema eléctrico había logrado ser restablecido en 70 por ciento, volvió a sufrir embestidas electromagnéticas y cibernéticas. El presidente Nicolás Maduro informó que fueron atacadas 150 subestaciones del país.

Los venezolanos aguantaron en calma las penurias provocadas por los cortes. Miles de chavistas salieron a las calles el pasado sábado para repudiar los atentados. El mandatario ubicó la agresión como parte de una «guerra eléctrica anunciada y dirigida por el imperialismo estadunidense».

Menos de tres minutos después de la agresión, Marcos Rubio, senador estadunidense por Florida y orquestador central de la guerra contra la nación caribeña tuiteó: «ALERTA: Informes de un apagón en todo #Venezuela en este momento; 18 de los 23 estados y el distrito capital se enfrentan actualmente a apagones completos. Aeropuerto principal también sin energía y generadores de emergencia han fallado». Curiosamente, en ese momento las autoridades no habían informado aún sobre el daño de los generadores de emergencia.

Como si fuera el secretario de Estado de Venezuela y no de Estados Unidos, Mike Pompeo tuiteó: «No hay comida. No hay medicinas. Ahora no hay electricidad. Lo próximo, no habrá Maduro».

Y horas después (el 8 de marzo, pasadas las 5 de la tarde), el mismo Marco Rubio lanzó un nuevo mensaje: «La falla eléctrica en todo el país, en Venezuela que ahora está en su hora 25 está causando daños económicos devastadores a largo plazo. En un abrir y cerrar de ojos, toda la capacidad de producción de aluminio del país fue destruida por los daños causados por el apagón».

Elliott Abrams, el enviado especial para Venezuela de Donald Trump, señaló que «el apagón nacional en Venezuela es un recordatorio de que la infraestructura ha sido saqueada y se ha deteriorado bajo la mala administración de Maduro». Negó que la causa de los problemas de ese país sean las sanciones impuestas por Estados Unidos.

Para no desentonar con el coro de sus patrocinadores, el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, dijo que el apagón se mantendría hasta el «cese de la usurpación». Y, ya encarrerado, no descartó invocar el artículo 187 que autoriza la injerencia militar exterior en Venezuela «cuando llegue el momento». Es decir, volvió a abrir la puerta a la invasión armada de su país por potencias extranjeras.

Jorge Rodríguez, ministro de Comunicación e Información, denunció el sabotaje y lo ubicó como parte de la «arremetida brutal de la administración de Donald Trump», contra el pueblo venezolano. “Vamos a presentar ante las instancias internacionales –dijo– los tuits de Pompeo, de Guaidó y de Rubio”. El senador de Florida le respondió irónico, ofreciendo disculpas por haber «presionado mal la aplicación de ataque electrónico que bajé de mi Apple».

El sabotaje eléctrico es el último eslabón del asalto estadunidense a Venezuela, después de su fracaso el pasado 23 de febrero, al tratar de dividir al ejército y establecer una cabeza de playa dentro del territorio nacional para el gobierno paralelo de Juan Guaidó, con el pretexto de la «ayuda humanitaria».

Esta larga cadena de agresiones estadunidenses contra una nación soberana ha provocado una paradoja. Aunque la derecha venezolana encabezada por Guaidó tiene presencia social (y una relativa capacidad de movilización), y está envalentonada por el respaldo de Washington, vive su peor momento. Se ha liquidado a sí misma como fuerza política al asumirse explícitamente como una fuerza anexionista, absolutamente subordinada a la órbita imperial estadunidense. Ha perdido legitimidad ante otros sectores opositores que juzgan inadmisible la subordinación ante los capitales gringos, y que quieren que su país sea independiente. No le reconocen al autoproclamado liderazgo alguno.

El antichavismo se ha vuelto especialista en lanzar bumeranes políticos que se le revierten. En 2017, perdió legitimidad y adhesión cuando su estrategia de montar guarimbas para forzar la salida de Nicolás Maduro llevó la violencia a los mismos barrios opositores que lo apoyaban. Hoy, esa tendencia se profundiza al soñarse como vasallos de Miami y volverse instrumento de la Doctrina Monroe contra la Doctrina Bolivariana. Al justificar el sabotaje eléctrico a pesar de los graves daños que provoca, y convertirse en peón de la estrategia imperialista de Estados Unidos para adueñarse del petróleo venezolano y acabar con la soberanía nacional, la oposición venezolana se suicidó.

 

Twitter: @lhan55

La Jornada, México

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