APROXIMACIONES AL DRAMA NACIONAL

Por Mario de Casas

Ilustración: dibujo de Marcelo Mayorga (1941-2012)

Entre las pocas afirmaciones verosímiles de Macri en tres años hay que contar esas en las que se ha presentado como capitán de una “batalla cultural”. El grotesco macrista tiene fundamentos.

Los hechos económicos han sido explicados y sus consecuencias anticipadas en notas esclarecedoras por columnistas de El Cohete. Pero hay estragos programados cuyos efectos no tienen esa inmediatez aunque suponen una gravedad difícil de exagerar. Se inscriben en una tendencia creciente de vaciamiento de la democracia: que no pocos argentinos consideren justo que opositores sean arbitrariamente detenidos, periodistas censurados o perseguida la jefa de la banda de los que “se robaron todo” hasta su detención y proscripción; es decir, que sea atacada la democrática capacidad de elegir, también debilitada por otros medios, es un botón de muestra.

El Régimen pretende consumar hasta sus últimas consecuencias una lógica abarcadora de la política, la economía, la ideología y las instituciones, que en esencia consiste en la conversión de los principios básicos de la democracia, de un registro semántico de naturaleza política a uno de naturaleza económica. La índole del proceso exime de abordar tanto las complejidades del término Democracia y sus acepciones, como los abusos en su utilización. Alcanza con aceptar que siempre se refiere al autogobierno político del pueblo, sea quien fuere el pueblo; nada más y nada menos: la democracia no sólo se opone a la tiranía y a las dictaduras, al fascismo o al totalitarismo, a la aristocracia y a las muy macristas plutocracia y corporatiocracia, sino también a concepciones y formas de acción de gobierno que han sido extremadas en sus versiones criollas.

Para Wendy Brown, de la Universidad de California en Berkeley, el neoliberalismo, que es “una forma particular de razón que configura todos los aspectos de la existencia en términos económicos, está anulando silenciosamente elementos básicos de la democracia. Entre estos elementos se cuentan vocabularios, principios de justicia, culturas políticas, hábitos de ciudadanía, prácticas de gobierno y, sobre todo, imaginarios democráticos” (1).

Uno de los cánones neoliberales establece que deben transformarse las relaciones entre el Estado, la sociedad y el mercado. La acción gubernamental clásica —caracterizada por su verticalidad institucional— debe convertirse en una serie de vínculos horizontales que involucren a distintos intereses sociales y a las instituciones que los representan. Es lo que en la jerga macrista se nombra como “fortalecimiento de la sociedad civil” —equiparada a un gran mercado— y “diálogo”. Fusión entre las prácticas políticas y los negocios que se presta para confundir los intereses privados con los públicos. En otras palabras, en lugar de gobernar con el mercado —como proponía el liberalismo clásico— se gobierna para el mercado: el macrismo practica su costumbre de hacer buenos negocios —para sí— con el Estado, pero ahora desde el Estado y en nombre de la transparencia.

Sin embargo, no son las singularidades nativas de corrupción y cinismo lo que me interesa destacar, sino que aun cuando esta teoría se practicara bajo el imperio ideal de la honestidad y la autenticidad, no deja de ser antidemocrática, pues favorece el incremento del poder del gran capital de dar forma a las leyes y políticas para su exclusivo beneficio. La alianza Cambiemos ha enseñado que gobernar para el mercado implica que la ley se subordina al poder económico, no a los derechos ciudadanos. ¿Hay mayor evidencia de la pérdida de la soberanía popular, es decir, de la democracia a secas?

No se trata de manejar el Estado como una empresa, sino de convertirlo en la gerencia de una empresa. Por ejemplo, es probable que en la irresponsabilidad política que implica el endeudamiento compulsivo haya tenido alguna incidencia otra tradición empresaria de la famiglia, la de hacer buenos negocios con las deudas. Basta recordar la estatización de la deuda externa privada con que Cavallo benefició al grupo familiar en 1982, o el persistente intento actual de condonación de la deuda del grupo con el Estado por el Correo. Pero el problema trasciende los hábitos familiares: salvo dedicación específica, una empresa no necesita contar con áreas que se ocupen de la salud, la cultura o la ciencia, y menos que tengan la jerarquía de las gerencias principales; por eso, bajo la envoltura de la austeridad, el Estado neoliberal en construcción degrada los ministerios de salud, cultura y ciencia.

Son decisiones cuyo carácter antidemocrático se entiende mejor si se tiene en cuenta que tampoco se trata de que cada individuo se rija por premisas empresarias, directamente es considerado una unidad de capital –es la idea del capital humano— por lo que debe autorresponsabilizarse ante las necesidades y riesgos que implica la vida. Más todavía, en contraste con el liberalismo clásico, que depositaba en los mercados los avatares por la marcha de la economía y responsabilizaba al Estado cuando no generaba las condiciones para el funcionamiento óptimo de aquellos, el neoliberalismo, en una paradoja que refleja hasta qué punto deshumaniza a los individuos, después de despojarlos los responsabiliza por la marcha general de la economía. En palabras de Macri, ingeniero en despojo de ciudadanxs y desquicio de la economía: “No podemos seguir gastando más de lo que tenemos […]. Tenemos que seguir haciendo el esfuerzo para equilibrar las cuentas del Estado”.

Ahora bien, si la democracia no requiere igualdad absoluta pero no puede sobrevivir a su opuesto, lo mismo cabe, por ejemplo, para una ciudadanía educada: puede ser que la democracia no exija la participación política de todxs, pero no puede sobrevivir a una generalizada ignorancia del pueblo respecto de las fuerzas que dan forma a la vida de cada una/o y condicionan su futuro. Una ciudadanía que se deja a merced de sus intereses y pasiones —manipulada— sobre todo en una época de poderes potentes con un funcionamiento difícil de escrutar, será gobernada por lo que Alexis de Tocqueville calificó como despotismo “delicado” —ahora diría blando— de estos poderes incluso si continuara navegando con la bandera de la democracia y se considerara “libre” (2).

En la medida en que el Régimen avanza en la guerra que ha declarado a los bienes públicos y a la idea misma de pueblo, reduce la vida pública sin eliminar la política: lucha por el poder y la hegemonía, pero teme y reprime las movilizaciones. El bloqueo del ejercicio de la libertad —a veces brutal— constituye una contradicción y un ardid de la entente imperial-macrista: realiza su revolución en nombre de la libertad —mercados libres, países libres, hombres libres—, pero destruye su fundamento en la soberanía individual y nacional —pisoteadas con la vergonzosa subordinación al FMI— y la somete a la desigualdad entre individuos y países inherente a la esfera económica. Las garantías del Estado de Derecho se reemplazan a cualquier precio por una dinámica financiero-mercantil de ganadores y perdedores, uno de los telones de fondo de la estrategia imperial del lawfare.

Sin embargo, el arraigo de este desplazamiento de lo político a lo económico del reino y el significado de la libertad y la igualdad es premacrista, como quedó probado cuando buena parte de las capas medias argentinas consideró que había perdido su “libertad” y que el gobierno popular era una “dictadura” a partir del momento en que restringió la compra de dólares.
El equipo como arma

Ya no sorprenden las alusiones futboleras y las limitaciones presidenciales en materia de oratoria y léxico; sin embargo, la recurrente mención de la noción de equipo responde a otras causas, ideológicamente irresistibles al extremo de que ante los fracasos no fue abandonada, sino reformulada: (el nuestro) “es un equipo que no es perfecto, la perfección no existe, pero lo que nadie puede dudar es que es un equipo con buenas intenciones”, dice ahora Macri.

¿Qué tiene que ver la noción de equipo con el debilitamiento de la democracia por parte del neoliberalismo? ¿Por qué está difundida en los más diversos ámbitos? Cuando todo es capital, la fuerza laboral desaparece como categoría, de la misma manera que desaparece su forma colectiva, la clase: la conciencia de clase es reemplazada por la conciencia de equipo, porque el conflicto político es sustituido por la competencia entre equipos; es la nueva política o antipolítica. Al desaparecer como categoría, la clase se lleva consigo la base analítica para la enajenación, la explotación y la asociación entre trabajadores, y al mismo tiempo desmantela el fundamento de los sindicatos y otras formas de solidaridad. Así se abre el camino para desafiar las leyes laborales y otras protecciones que han caracterizado por años a nuestro país, se destruye su justificación.

En las ciudadelas que construye el neoliberalismo, la solidaridad democrática entre ciudadanos que comparten y disputan el poder es reemplazada por la búsqueda del consenso a través de los focus groups y del trabajo en equipo.
Para una democracia nacional y popular

Tal expansión de la razón neoliberal podría hacer posible la supervivencia del Régimen —en cualquiera de sus variantes, incluso Vidal o Rodríguez Larreta— a pesar de los desastres provocados por el macrismo. Y si se consolidara semejante hostilidad a lo político-popular, quedaría eliminada la promesa del Estado democrático liberal de asegurar la inclusión, la igualdad y la libertad como dimensiones de la soberanía popular.

Sería una zoncera negar la convivencia de la democracia liberal con privilegios, desigualdades y exclusiones, aunque tal correspondencia quede enmascarada con fórmulas como la igualdad ante la ley, la libertad basada en derechos y un conjunto de preceptos tácitos como la autonomía moral. Estas prescripciones, tan formales como abstractas, aseguran la vida social, cultural y económica desigual y de menguada libertad al mismo tiempo que niegan su coexistencia con divisiones de trabajo, estratificaciones de clase y discriminaciones por género, entre otras. Ésta es una razón por la que, mucho tiempo después de su emancipación política, aquellxs que han sido históricamente excluidxs aún deben alcanzar la igualdad y una ciudadanía sustantiva. Criticamos con acierto a la democracia liberal por negar ese entramado; pero ¿por qué la urgencia de defenderla cuando está amenazada?

Como señaló el joven Marx, las contradicciones que exhibe: panegíricos a la libertad y a la igualdad por un lado, y las realidades vividas de explotación y pobreza por el otro, funcionan también como materia prima para una utopía política que excede los preceptos democráticos liberales y que tiene por meta realizar una democracia de mayor calado. Para Marx, la democracia burguesa no es sólo una cubierta engañosa de los poderes sociales dominantes y sus efectos, sino que induce la superación de las desigualdades estructurales, la falta de libertades y de poder colectivo (3). Nuestra realidad lo está confirmando con la fuerte resistencia popular iniciada en el último diciembre que por ahora ha culminado en el histórico paro nacional del martes 25 de septiembre.

Es evidente entonces que el vaciamiento neoliberal de la democracia liberal, que se puede consumar desde su interior sin que sea derrocada por antidemócratas, implica un grave peligro para otras propuestas de democracia que comparten esos ideales, aunque les dan otra interpretación y buscan su realización con mayor sustantividad. Si desde hace más de un siglo en nuestro país el movimiento nacional ha logrado conquistas siempre a partir de la democracia liberal, ¿desde qué otra plataforma se pueden lanzar proyectos democráticos más ambiciosos? ¿Cómo encender el deseo por más o por mejor democracia a partir de las cenizas de su forma actual? ¿Por qué añorarían los sujetos desdemocratizados este régimen político, cuando tal añoranza no es cultivada por la actual condición histórica?

Estas preguntas sirven para recordar que el apego a la democracia no es algo que venga en nuestros genes, es una conquista social que requiere la incorporación de pautas culturales y reclama un estado de vigilia permanente. En diciembre de 2015 se interrumpió un proceso que superaba su versión liberal, desde entonces se impone la necesidad de defenderla. Es lo que han comprendido quienes participaron de la impresionante movilización del lunes 24 en Buenos Aires bajo el grito “la patria está en peligro”. Sí, porque la democracia está en peligro.

(1) Wendy Brown, El pueblo sin atributos, (2015).

(2) Alexis de Tocqueville, La democracia en América.

(3) Karl Marx, La cuestión judía.

El Cohete a la Luna

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