Arena

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Guillermo Saccomanno

No hace mucho que dejó de llover y amaneció en el campo. El rastrojero avanza a los tumbos enterrándose en el barro. La marcha es cada vez más lenta. El motor se ahoga. En la caja del rastrojero viajamos la abuela, mi madre, mi hermana y yo. Viajamos abrazados, ahí atrás, entre valijas, bolsos y paquetes, protegidos por una lona. Es enero y vamos de vacaciones.

Unos parientes de la abuela tienen una casa en Santa Teresita. Y nos invitaron a pasar unos días.

A mi padre esos parientes no le caen simpáticos. Según la abuela, sus parientes prosperaron porque son trabajadores y creyentes. Si ellos pudieron tener una casa en la costa se debe a una recompensa del cielo. Dios ayuda a quienes trabajan, dice. Y lo mira a mi padre: No como algunos. Mi padre le contesta: Esclavos y chupacirios, dice mi padre. Eso es lo que son sus parientes.

La abuela se calla. Los ojos le brillan con malicia. Es cierto que la abuela admira a esos parientes suyos. Pero, mirando la situación desde otra perspectiva, cuando la abuela comenta la invitación a ir al mar que hicieron sus parientes esa admiración resulta, como nunca, otra forma de rebajar a mi padre, quien al hacerse delegado en cada sastrería en que empieza a trabajar, al poco tiempo es despedido por enfrentar a la patronal, y tiene que buscar otro empleo.

Me cuesta comprender por qué si mi padre desprecia a estos parientes de la abuela, no se opuso a que mi madre, mi hermana y yo viniéramos al mar. En estos días mi padre se empleó de nuevo en una sastrería. No puede disponer de francos. Pero vendrá a visitarnos apenas pueda. Los tiempos no están para andar haciéndose los ricos, dice la abuela. Sin duda alude a mi padre. Así es que con mi madre y mi hermana subimos a la caja del rastrojero de los parientes rumbo a Santa Teresita.

La casa de los parientes es un chalecito que se levanta en el campo, a unas cuantas cuadras del mar. Esta casa en la playa es otra ventaja de los parientes sobre mi padre. La abuela la aprovecha como propia. Los días se hacen largos, interminables, como las caminatas con mi madre por la playa. Para encontrar un almacén también es necesario caminar bastante. Santa Teresita es un pueblo incipiente entre cardales quemados por el sol, extensiones apenas alambradas que recién empiezan a delimitarse. El viento áspero y caliente levanta polvo y arena. Por las noches el viento trae el sonido del mar. Es bueno dormirse escuchando el oleaje como un susurro. Me duermo imaginando cómo será ir al mar con mi padre, cuando venga. Pero pasan los días y mi padre no viene.

Un domingo por la mañana mi madre nos lleva al pueblo. De un micro baja mi padre. Besa a mi madre, levanta en brazos a mi hermana y me palmea campechano. No, no trajo equipaje. Ni un bolsito, se divierte. Apenas esta campera que ahora se cuelga al hombro. Es que vino apenas por este domingo, porque mañana lunes debe estar otra vez en la sastrería. No quiere perder tiempo, me dice. Que lo acompañe al mar, me pide.

Es temprano todavía, pero el sol calcina. Con seguridad será un día pesado, sofocante. En lugar de ir a la casa mi padre prefiere ver antes el mar. Mi padre avanza con agilidad y rapidez. Y, a medida que nos aproximamos a la costa, mi madre y mi hermana van quedando rezagadas. Yo lo sigo al trote. Mi padre encara unos médanos. Trepamos. Mi padre primero. Y yo detrás. Hay un instante en que lo pierdo de vista. Mi padre ya pasó del otro lado del médano. Yo todavía estoy intentando alcanzar la cima. Y cuando la alcanzo, lo veo otra vez.

Allá abajo mi padre corre por la playa, hacia el mar. Se quita la campera, después la camisa. Sin perder el envión, los zapatos, las medias, los pantalones, hasta quedarse en esos calzoncillos anatómicos que usa. Corre sin parar hasta las primeras olas. Se zambulle. Una y otra vez asoma en la espuma y vuelve a clavarse en las olas. Mi padre no es un nadador experimentado. Su estilo es caótico, con mucho de improvisación. En sus brazadas se nota más esfuerzo que habilidad. Su silueta apenas se divisa a lo lejos. Pronto lo devoran las olas más altas y violentas.

Me apuro detrás suyo, juntando la ropa que dejó tirada en la arena. Freno antes de llegar al agua. Con terror advierto que su figura, una silueta hace un instante, ha desaparecido después de unas olas gigantescas. Ahora mi madre y mi hermana están a mi lado. Asustada, mi madre lo llama. Grita su nombre. Varias veces, al borde del llanto, lo grita. Mi voz se suma a la suya. Para mi hermana estamos jugando. Y se ríe imitándonos. La desesperación se apodera de nosotros. Gritamos al mar.

Mi padre tarda en insinuarse en la distancia. Cada tanto una ola vuelve a ocultarlo. Está intentando volver. La corriente lo tironea mar adentro, pero él, con su tozudez, obstinado, se las ingenia para nadar hacia la playa. Cuando emerge de entre las olas, ahora haciendo pie, levanta los brazos con una alegría de pibe, como invitándonos a una zambullida. Recién al acercarse, cuando está ya con nosotros, repara en la expresión angustiada de mi madre, su llanto. El susto de mi madre lo divierte.

En francés el mar es mujer, me dice. Tu madre se puso celosa. A mi padre el mar lo entusiasma. Y me cuenta esta historia. En el tercer día de la creación la Tierra era plana y las aguas la cubrían. Cumpliendo una orden de Dios, las aguas se distribuyeron recorriendo valles y montañas. Pero las aguas eran arrogantes. Y se levantaron amenazando anegarlo todo. Dios las reprendió y puso un pie frente a ellas estableciendo el límite del mar. Cuando las aguas vieron la arena se burlaron. Los granos de arena eran insignificantes. “No les tememos”, dijo una ola. Y otra: Cualquiera de nosotras, aún la más pequeña, puede destruirlos.” Los granos de arena se aterraron. Pero uno dijo: “Es cierto que somos insignificantes cuando estamos separados y hasta una brisa suave nos puede disolver. Pero también es verdad que si nos unimos podemos resistir el embate de las aguas arrogantes”.

Le pregunto a mi padre si cree en Dios.

Creo en los granos de arena, me dice.

Y, atravesando el campo, caminamos los cuatro, mi padre, mi madre, mi hermana y yo, por una calle de arena hacia la casa de los parientes.

(De Cuentos al sur del mundo)

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