Argentina en el laberinto del minotauro

Por Mónica Peralta Ramos

El bramido de mil quinientos jets privados aterrizando en la pequeña localidad suiza de Davos anunció esta semana el inicio de un nuevo episodio del Foro Económico Mundial (WEF). En un mundo donde veintiséis individuos poseen el equivalente a la riqueza que se desparrama entre el cincuenta por ciento de la población del planeta (Oxfam, 2019), esta conferencia reúne todos los años a selectos representantes de la élite mundial con el objetivo de analizar los problemas que aquejan al planeta. Paradójicamente, esta vez los presidentes de tres de las principales potencias del mundo: Estados Unidos, Francia e Inglaterra, faltaron a la cita. Atrapados en sus respectivos países, intentaban deglutir las convulsiones sociales y políticas que ponen en jaque a sus instituciones nacionales.

El avance del capitalismo global monopólico ha resquebrajado profundamente a las sociedades, sacando a la intemperie los exasperados reclamos de los excluidos. Uno de los principales desafíos que enfrenta la élite mundial es, precisamente, encauzar esta creciente efervescencia social y política. De ahí que, siguiendo el viejo principio de cambiar algo para impedir que todo cambie, esta sede del pensamiento neoliberal programó un escenario donde el brillo exótico de las plumas de un nacionalismo xenófobo, misógino, violento y de extrema derecha pretendió ocultar por un instante a una estructura de poder económico mundial cada vez más concentrada. Así, Jair Bolsonaro, nuevo presidente del Brasil, fue el principal orador del evento. Prometiendo abrir la economía brasilera a los grandes capitales del mundo y asegurando la eliminación de la corrupción marxista de las instituciones brasileras, Bolsonaro enamoró a la élite mundial.

Hoy el planeta está bajo el influjo de una forma nueva del capitalismo, un monstruo que, como el Minotauro en el mito de la Antigua Grecia, devora insaciablemente todo lo que encuentra. Enloquecido de avaricia, busca ganancias sin límites en el menor tiempo posible y garantizadas por el control monopólico de todos los aspectos de la vida en sociedad: desde la economía, la política y las ideas, hasta la información y la construcción de un sentido común.

Este tipo de capitalismo ha incorporado a regiones y países con culturas y sistemas políticos diferentes, y con economías y mercados con distinto grado de regulación, constituyendo así una estructura económica y financiera mundial integrada a niveles inéditos. La cara oculta de la expansión global de este capitalismo es el desarrollo de tecnologías de avanzada aplicadas a la industria de guerra y al control del espacio cibernético, aéreo, estratosférico, terrestre y marítimo. La concentración monopólica a nivel mundial es pues, la antítesis de la supresión de los conflictos. Por el contrario, genera un movimiento centrifugo de división, oposición y dispersión de vastos sectores sociales, empresas y países.

La crisis sistémica

Este capitalismo global monopólico no es sustentable. Ha desencadenado en el mundo una crisis sistémica de índole nueva. La enorme integración de la producción y las finanzas globales a través del endeudamiento y de cadenas de valor global han puesto a la orden del día la inminencia de una crisis financiera seguida por una recesión mundial de carácter impredecible. En este sentido, la exposición de Ray Dallio (CEO de Bridgewater, uno de los fondos financieros de inversión más grandes del mundo) en un panel del foro de Davos es muy significativa. Para Dallio la recesión mundial es inminente y la banca central de los países más desarrollados carece de munición para contrarrestarla pues las tasas de interés todavía siguen siendo muy bajas. Esta situación se da al mismo tiempo que crece el antagonismo social y político y se asemeja cada vez más a lo ocurrido durante la Gran Depresión de los años ’30 (zerohedge.com 22 1 2019).

La crisis sistémica, sin embargo, trasciende a la economía. El capitalismo global monopólico depende totalmente de la explotación de recursos no renovables, cuya brutal depredación ha precipitado el principio de su agotamiento. Hoy el 81% de las fuentes de abastecimiento de petróleo ha disminuido su potencial productivo. Varios estudios científicos muestran que la cantidad de energía que se extrae del petróleo es menor a la cantidad de energía insumida en extraerla. Este valor neto (o EROI, energy return on investment) es hoy la mitad de lo que era hace 15 años. A su vez, el valor neto de la energía extraída de otros recursos no renovables (shale y tight oil y gas, arenas bituminosas, uranio, etc.) es todavía más bajo que el de la energía convencional. Esta última constituye la mayor parte de la energía que hoy consumimos y no puede ser sustituida totalmente por energías renovables en un lapso razonable. Desde hace décadas las regiones del mundo con mayores reservas de recursos no renovables han sido el principal escenario de los conflictos bélicos mundiales. La pugna por controlar las reservas y rutas de aprovisionamiento de los recursos naturales no convencionales y convencionales constituye hoy uno de los principales desencadenantes de la violencia abierta a nivel mundial.

Otro aspecto de la crisis sistémica es el desencadenamiento de un cambio climático de consecuencias imprevisibles. La explotación intensiva del carbón y del petróleo y sus derivados ha tenido enorme impacto sobre la temperatura del planeta y la contaminación del medio ambiente precipitando catástrofes naturales de diversa índole y la extinción de diversas especies animales y vegetales. Mas allá de la discusión sobre la idoneidad de los modelos matemáticos utilizados para medir el cambio climático, existe consenso científico generalizado sobre las causas de estos fenómenos y su progresiva erosión del hábitat humano. La inacción frente a estos problemas tiene consecuencias e incide también en la intensidad de los conflictos a nivel mundial.

Por otra parte, esta fase del capitalismo ha engendrado una revolución tecnológica de consecuencias imprevisibles no solo para la organización de las sociedades tal como las conocemos sino también para la propia existencia humana. La robotización impregna hoy la carrera armamentista e impacta de lleno sobre la organización social y económica, afectando a la generación del empleo y a los salarios, tanto en los países centrales como en los emergentes.

Asimismo, el espectacular desarrollo de la inteligencia artificial permite anticipar una era no lejana en la que la inteligencia de las maquinas superará a la inteligencia humana con consecuencias imposibles de predecir para la vida en el planeta. Hoy la aplicación de la inteligencia artificial y otras tecnologías de punta a la carrera armamentista se encuentra en la base del conflicto comercial desatado en 2018 entre Estados Unidos, China y Rusia, y ha desestabilizado los mecanismos existentes para el control de la proliferación de armas nucleares.

Por último, el avance del capitalismo global monopólico ha tenido un brutal impacto sobre las instituciones, su capacidad para representar a los intereses del conjunto de la sociedad, y por ende su legitimidad social. Hoy este cuestionamiento intenta ser cooptado por un populismo con tintes nacionalistas y de extrema derecha que tiene en la administración Trump a uno de sus principales exponentes.

El laberinto

En el centro de este capitalismo salvaje, los Estados Unidos pugnan por profundizar su control geopolítico del mundo. Para ello recurren a la militarización de la política económica, con el objetivo de disciplinar a aliados, adversarios y enemigos. También profundiza la carrera armamentista y el enfrentamiento bélico en distintas regiones del mundo. Esta progresiva explicitación de la violencia es al mismo tiempo expresión paradójica de la actual relación de fuerzas dentro de los Estados Unidos, un país cada vez más profundamente corroído por una grieta sangrante entre estratos de la población y entre facciones de la élite política y del propio Estado en la Sombra. Hoy, tanto el gobierno de Trump como la oposición demócrata se encuentran embretados en un conflicto que ha precipitado la clausura de las actividades administrativas del Estado. Esta clausura, que ya lleva más de un mes, empieza a tener impacto sobre la situación económica y política del país. En este contexto, y con la música de fondo de las fake news y los trascendidos de la Comisión Investigadora que busca destituir al Presidente por supuestas maniobras financieras fraudulentas y colusión con Rusia para ganar las elecciones, Trump fuga nuevamente hacia adelante impulsando un golpe militar en Venezuela y desencadenando un proceso de violencia política de derivaciones imprevisibles en el país que tiene las mayores reservas mundiales de petróleo.

 

Opositores venezolanos queman vivo a un hombre durante una protesta en 2017. Foto El desconcierto.

Mas allá de los errores o aciertos del gobierno de Nicolás Maduro, esta abierta intromisión extranjera en la política venezolana viola el derecho internacional, implanta en nuestro continente conflictos que se desarrollan en otras regiones del mundo y pretende encapsular a otros países latinoamericanos, entre los que se incluye el nuestro, por una senda de violencia en apoyo al golpe en Venezuela, senda que puede tener un impacto impredecible en esta región. Así, el Minotauro intensifica la profundidad y oscuridad del laberinto que mantiene cautivo a vastas regiones y estratos de la población mundial. Esto nos lleva a la situación en nuestro país.

La campaña electoral arrancó al influjo de la ofensiva macrista para imponer reglas del juego cuyo eje es instigar el repudio de vastas capas de la sociedad hacia el peronismo, una forma de populismo que, según Macri, sería la causante de 70 años de decadencia económica argentina. Así, el gobierno pretende ganar las elecciones profundizando la grieta entre el núcleo duro visceralmente antiperonista que existe en el país desde el derrocamiento militar del peronismo en 1955 y el sector más radicalizado del peronismo que apoya a CFK. El gobierno también apela a esa porción del peronismo supuestamente racional que le ha sido útil durante su gobierno para aprobar leyes y no discutir decretos. Así, Macri pretende ocultar el campo minado de la economía a partir del blindaje mediático y la apelación a la mano dura contra la corrupción K y la inseguridad. También incluye en su alquimia aprietes a dirigentes políticos y sindicales y la distribución selectiva de prebendas.

Esto ocurre en circunstancias en que la economía se desangra en una recesión cuya profundidad no parece tener límites, impulsada por una política monetaria y financiera gestionada por el FMI. El principal objetivo de esta política es garantizar el endeudamiento al infinito del país, y el pago religioso del servicio de una deuda que los vientos de la desgracia impulsan hacia un espacio sin horizonte. Asimismo se busca imponer un chaleco de fuerza a la estructura productiva a fin de desarticular a los actores sociales que pueden tener interés en impulsar un desarrollo nacional, integrado e inclusivo. Es decir, se trata de impedir un retorno del populismo al gobierno.

El peronismo surgió en el país en la década del ’40 del siglo pasado cuando el general Perón, aprovechando una coyuntura internacional propicia, articuló una alianza entre sectores del empresariado nacional y de la clase obrera con el fin de impulsar un proyecto de país basado en el desarrollo de la industria y la inclusión social de vastos sectores de la población hasta ese entonces ignorados.

Esta alianza, sin embargo, contenía el huevo de la serpiente. Generó contradicciones internas que, sumadas al cambio en la coyuntura económica internacional, culminaron en el derrocamiento del peronismo en el ’55. Desde ese entonces el peronismo pasó a reflejar en su seno los conflictos sociales que sacudieron al país, culminando en 1974 con serios enfrentamientos entre sus sectores más radicalizados y una dirigencia sindical burocratizada apoyada abiertamente por el general Perón.

 

1955, por Daniel Santoro El Bueno

El empresariado nacional, a su vez, sufrió las vicisitudes de una creciente dependencia tecnológica e inclusión en cadenas de valor global dominadas por grandes corporaciones multinacionales. Este fenómeno, sumado a la protección estatal, culminó en la conformación de la histórica “patria contratista”, un empresariado (local y extranjero) ducho en sustituir la inversión productiva por los subsidios y la fuga de capitales. Se fue así conformando un nudo gordiano en torno al control monopólico de sectores de la economía que son de importancia estratégica para la reproducción de la acumulación del capital. Esto, sin embargo, no eliminó los conflictos internos dentro las clases y fracciones de clase más poderosas. Sus conflictos explican buena parte de las turbulencias políticas y del estancamiento económico de los últimos 70 años que Macri, con su alegre impunidad, atribuye exclusivamente al peronismo. Durante dicho período, la inflación rampante, las corridas cambiarias y la fuga de capitales se constituyeron en los lazos del nudo gordiano, que las fracciones más poderosas del capital local utilizaron desde principio de la década de los ’70 para disciplinar a los políticos e imponer sus intereses sectoriales.

Paradójicamente, estos sectores —que constituyeron el núcleo duro del gobierno de Macri— pronto usaron los mismos lazos para apretar a este gobierno con el fin de controlar sus políticas económicas y aumentar su cuota respectiva de apropiación del excedente, la riqueza acumulada y los ingresos de la población. Junto con diversas fracciones del capital financiero local e internacional, oportunamente pedalearon la bicicleta financiera, participaron de la corrida cambiaria y fugaron capitales. Hoy continúan bicicleteando y fugando capitales al influjo de los vientos de la desgracia que soplan desde el hemisferio norte.

Las políticas del FMI pretenden disciplinar a diversos sectores sociales. La brutal recesión industrial sumada a la política financiera y cambiaria pretende ahogar a los sectores populares, a las pymes, a las empresas medianas e incluso a algunas de las grandes consideradas “ineficientes”. Esta política, conjuntamente con la farsa judicial de los gloriosos cuadernos de la corrupción patronal, apunta incluso a empresarios poderosos que, si bien formaron parte junto con Macri de la histórica patria contratista, hoy no pertenecen al núcleo privilegiado integrado por Macri, su familia, sus amigos y entenados. Estos empresarios castigados constituyen parte de una interna furiosa que tiene por objetivo ajironar al país para adecuarlo a la nueva coyuntura económica internacional.

Así, la campaña electoral transcurre en un contexto internacional inédito y en circunstancias en que la gestión de la política económica nos ata de pies y manos a las andanzas geopolíticas del Minotauro. Frente a esta situación, el mayor desafío que enfrenta la oposición es la ruptura de las reglas del juego que impone el macrismo a la campaña electoral, delineando un plan que permita unir a los sectores sociales y políticos con interés en un desarrollo nacional e inclusivo. Esto implica iluminar a la estructura económica y a la matriz productiva industrial con el haz de luz que arrojan las distintas dimensiones de la crisis sistémica que sacude al mundo en el que estamos inmersos. Esto permitirá ver, entre otras cosas, que las cadenas de valor de los principales bienes producidos en el país constituyen ámbitos fundamentales para desarrollar espacios de articulación de intereses distintos y hasta contradictorios, avanzando así hacia la conformación de un frente que nuclee a todos los sectores sociales y políticos perjudicados por el ajuste del FMI. En estos espacios, la unidad en la acción y en la movilización constituyen el camino a recorrer para llegar a las elecciones y ganarlas. Más importante aún, esta unidad permitirá desarticular eventualmente al nudo gordiano que nos ahoga desde hace tanto tiempo.

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