Atragantados

El FMI juega con el Estado Bobo, como el gato maula con el mísero ratón

Por Ricardo Aronskind

La clave está en no dejar levantar cabeza a la Argentina.

En mantenerla atragantada. En que no pueda recomponerse y pensar dónde está y adónde quiere ir. Semiasfixiada, va a ir soltando su soberanía y cediendo su capacidad de decisión a quienes tienen hace rato claro qué hacer con sus riquezas.

La Argentina, siempre apremiada por el cortísimo plazo, siempre al borde de la catástrofe financiera, teniendo que malversar sus recursos y sin poder aprovecharlos para su propio beneficio.

La Argentina, siempre teniendo que recurrir a «ayuda externa» que la va hundiendo en la mayor de las fragilidades y la mayor de las dependencias.

La Argentina aturdida, sin rumbo, acuciada por los consejos de los sabihondos internacionales, que son también sus acreedores y los cómplices del permanente cortoplacismo nacional.

Nadie duda, ni aquí ni afuera, que el país tiene un extraordinario potencial, que va mucho más allá de sus recursos naturales. Que si aquí hubieran políticas ordenadas y consistentes de desarrollo integral, incorporadas en un plan formulado desde un Estado con poder, el despliegue de potencial nacional rápidamente revertiría desgracias que parecen crónicas, y hasta permitiría zanjar debates que hoy parecen imposibles de resolver: ¿cuidado del ambiente o crecimiento acelerado?

Sin embargo, la coalición formada entre minorías locales y factores externos se las ha ingeniado para que Argentina continúe atragantada, como nos ocurre en este momento.

Hoy esa acción se puede observar claramente en el comportamiento del FMI, estrechamente guiado por el gobierno norteamericano, que en un lapso relativamente breve ha pasado de cierta razonabilidad discursiva (en 2020) a ejercer rígidas presiones sobre un gobierno que no sólo no contrajo una deuda irregular con el organismo, sino que simplemente le pide tiempo para recuperar el aliento económico.

Sin tiempo para crecer

No le quieren dar tiempo ni siquiera para una recuperación modesta de la economía, aunque en sus declaraciones hablen de otra cosa. (Antony Blinken, Secretario de Estado de Estados Unidos, habló de una «economía vibrante» para la Argentina.)

Lo acaba de denunciar el Ministro de Economía, Martín Guzmán, secundado por el Presidente de la Nación, en una reunión a la que se convocó a todos los gobernadores del país, y que fue transmitida por diversas redes, para todo aquel que quisiera enterarse del estado pésimo de las negociaciones con el FMI.

Allí se explicó claramente que ese organismo internacional reclama un ritmo de ajuste fiscal que es incompatible con la recuperación de nuestra economía, que el FMI aspira a que el país crezca poco —está explicitado en sus proyecciones de un crecimiento levemente superior al 2%, que dicho sea de paso también el Banco Mundial ha proyectado/deseado— para que tenga un gran superávit comercial que le permita acumular los dólares para ir afrontando sus compromisos externos y acumular reservas.

Esa exigencia, agregamos nosotros, tiene una consecuencia inevitable: como a los dólares del superávit comercial los tiene que comprar el Estado al sector privado, si la actividad económica se empantana, como pretende el FMI para los próximos años, la única forma de juntar los fondos públicos suficientes para comprar dólares para el pago de deuda será reducir el gasto público… ¡Bingo! El programa económico de la derecha argentina.

Como lo ha mostrado en un gráfico clarísimo el Ministro Guzmán —que debería ser difundido públicamente como la información sobre el Covid—, los vencimientos crecientes de deuda para los próximos años llegan a niveles que superan largamente los 20.000 millones de dólares anuales. Y a eso hay que agregarle la demanda de dólares que generarán las grandes empresas privadas que operan en el mercado doméstico, cuya deuda declarada con el exterior es de aproximadamente 80.000 millones de dólares.

Eso lleva a la política económica actual a otra encrucijada: el único crecimiento «aceptable» debido al cronograma que nos exige el FMI es el crecimiento exportador, que además debe ser muy muy rápido, como para generar la enorme masa de dólares que cubran los compromisos externos que se nos vienen encima.

«Dólares rápido», es otro efecto del atragantamiento en el que estamos inmersos. Los únicos dólares «rápido» que hoy se pueden conseguir son los que ofrecen algunos mega proyectos del capital multinacional vinculados a la extracción de recursos naturales sin procesamiento alguno, y con escasos eslabonamientos con el mercado interno, más los clásicos y nuevos agronegocios.

O sea, otro punto más de la agenda global de negocios que se impulsa para todo el mundo periférico.

Si en cambio tuviéramos cierto tiempo para implementar políticas públicas inteligentes, y esto lo conoce muy bien el Ministro Kulfas porque figuran en varios de los proyectos iniciales de la actual gestión, existe un conjunto muy variado de actividades económicas portadoras de progreso tecnológico y social, que podrían madurar diversificando la matriz productiva y democratizando un poco la concentrada economía nacional. Aquí vemos con claridad la función económica estratégica del «efecto atragantamiento»: condenarnos, a lo sumo, al crecimiento subdesarrollado, como es por ejemplo el paradigma peruano, tan estimado por la subdesarrollada derecha doméstica. No darnos tiempo para ser mejores.

Supongamos que, desesperados por el atragantamiento, accedemos a autorizar con carácter de urgente todos los proyectos que nos presenten las multinacionales, y pongo ex profeso entre paréntesis cualquier consideración ambiental. No sabemos si la maduración de esos diversos proyectos calzará con la magnitud de los vencimientos externos.

Pero además deberíamos enfrentarnos a problemas largamente irresueltos, incluso en la etapa kirchnerista, como la construcción de un Estado fuerte y eficiente.

Por ejemplo: las «ventajas» de dar vía libre a los negocios deseados por las multinacionales serían:

  • Que crezcan fuertemente las exportaciones, que sean registradas por el Estado Nacional y no salgan por puertos y fronteras sin registro alguno como pasa hoy en rubros muy significativos. Recordemos que el Estado bobo y atragantado argentino acepta —en actividades exportadoras muy relevantes— una mera ¡declaración jurada! de las empresas sobre lo que están exportando, en vez de ser capaz de controlar por sí mismo la magnitud y calidad de los envíos al exterior.
  • Que esas grandes empresas tributen en base a lo exportado, y que no aprovechen el entramado de relaciones internacionales para transferir sus ganancias a sus casas matrices o guaridas fiscales, como ocurre actualmente —no sólo en Argentina— en que han encontrado numerosos subterfugios para que se evaporen sus ganancias locales, incluidos «préstamos» de sus casas matrices que deben «devolver», lo que transforma a toda la economía periférica en un verdadero colador, que impide que el Estado local al menos pueda captar parte de la riqueza exportada, para sus propios fines sociales.

No es un secreto que el actual gobierno carece de un proyecto de reconstrucción de las capacidades del Estado nacional, para beneplácito del anómico alto empresariado local. Pero es justamente un Estado inteligente, capaz de controlar y fiscalizar, el que puede darle algún sentido público a una política de complacer a las fuerzas de la globalización, que es lo que actualmente se juega en el acuerdo con el FMI.

Sin capacidad para combatir la evasión y elusión impositiva ni el contrabando, sin capacidad para detectar y neutralizar las maniobras financieras de las grandes empresas con el exterior, el Estado no se enterará de los grandes aportes de la Inversión Extranjera Directa, y la sociedad empobrecida y estancada, menos aún.

Efectos en cadena

Las fuerzas locales que encarnan el proyecto neo-colonial en este contexto han mostrado un comportamiento coherente: Cambiemos, o Juntos por el Cambio, han sido diseñados y programados para atacar cualquier proyecto político que implique autonomía externa y cierto grado de equidad interna, y no pueden traicionar ese ADN, por lo cual tienen que boicotear cualquier iniciativa gubernamental, sea cual sea, desde la vacunación masiva hasta el Presupuesto Nacional. El encono de clase y su pertenencia geopolítica internacional los llevan a alinearse con el FMI contra el gobierno de Fernández, y con el proyecto de las multinacionales contra el mercado interno. Agredirán a este gobierno hasta que converja con los intereses y negocios de sus mandantes.

El amplio espacio del Frente de Todos, frente a esa coherencia, exhibe ciertas debilidades sin aprovechar sus fortalezas.

Como aquellos estrategas de inspiración vandorista, que proponen «tensar la negociación para después acordar», lo que es una tontería porque si la otra parte sabe que esa es tu estrategia, tensan ellos sin temor, como ocurre exactamente ahora. Dijimos en alguna oportunidad que el actual gobierno no ha desarrollado capacidades políticas y de organización económica que le permitan formular un Plan B creíble. Se puede acusar de lo sea a los Estados Unidos, menos de no tener información bastante precisa sobre las características de los actores con los que trata. ¿No deberíamos hacer lo mismo nosotros?

También están aquellos que en los medios de comunicación afirman airados que «el peronismo siempre pagó las deudas» buscando que la derecha local —nada más y nada menos— no los acuse de loquitos peligrosos. Haber tenido que afrontar los nefastos compromisos externos generados por la dictadura, el menemismo o el macrismo no es un mérito en sí mismo, sino una lamentable realidad de un país que cuenta con una elite dominante lumpen y timbera, que lo va destrozando en cuotas. Pagar deuda externa puede ser, en algún momento concreto, la única salida para evitar otras alternativas peores. Es una discusión política válida.

Pero la afirmación que citamos al comienzo encierra una trampa: que los grandes partidos nacionales hayan sido colocados luego de la dictadura, mediante hechos consumados y la amenaza del caos, en el lugar de pagadores «responsables» de los mega descalabros del poder económico local, en una secuencia temporal reiterada, hasta que vuelven los mismos timberos irresponsables a aprovechar el Estado para otro mega-negocio de endeudamiento y fuga. Si esta hipótesis fuese cierta, no daría margen para sentirse orgulloso.

Tampoco son felices las reciente declaraciones del propio Martín Guzmán en las que señaló: «Si el FMI empuja a Argentina a una situación desestabilizante, va también a tener una legitimidad menor en el futuro». Suena a premio consuelo: nosotros la pasaremos mal, pero vuestro nombre quedará manchado. Conceptualmente, para quienes sufrimos desde hace décadas al tándem FMI-oligarquías diversificadas locales, el FMI carece completamente de legitimidad, porque sabemos que es un organismo de dominación financiera internacional que contribuye al subdesarrollo de los países periféricos. Pero políticamente hay que cuidarse de hacer el ridículo: la derecha global ya ha construido una imagen de que nuestro país es «impredecible», «incumplidor serial», «irresponsable», etc. En una entrevista, el ex ministro Dujovne explicó que precisamente por esas malas características la comunidad financiera internacional no le prestaba al kirchnerismo. Creada esa falsa imagen de Argentina por los medios internacionales que responden al establishment financiero, cualquier cortocircuito con ese organismo será cargado a la cuenta de nuestro país y no les será muy difícil imponer globalmente su versión del desacuerdo.

La forma más adecuada de enfrentar esa infamia echada a rodar hace rato por los socios externos de nuestros endeudadores, es establecer con mucha claridad un «ellos» y un «nosotros» en la historia y la política argentina. Claridad que le hubiera servido al actual gobierno para plantear, desde un primer momento, el rechazo del país que produce y trabaja a la alianza transfronteriza entre capital financiero global y los rentistas locales, respaldada y resguardada por el FMI.

Escupir el carozo

El desafío para el frente gobernante es enorme, porque no se ha preparado para esta contingencia, habiendo apostado a cierta benevolencia tanto de la administración Biden como de la directora gerente del Fondo, Georgieva. Ni las sucesivas cepas del Covid 19 ablandaron la voluntad de subordinar a la Argentina y terminar de «normalizarla» en términos neoliberales.

También ha fracasado, previsiblemente, la idea de presentar un frente unido de las principales fuerzas parlamentarias para pedir cierta consideración al Fondo. No es el espíritu patriótico, precisamente, lo que circula por las venas de Juntos por el Cambio.

Parece que el Poder Ejecutivo está recibiendo un baño de realidad política por parte de los factores de poder a los que quiso invitar a una dinámica de diálogo razonable y de mutuo beneficio. Simplemente, no es su juego.

El Presidente ha hecho un gesto democrático muy valioso al exponer públicamente el grado de divergencia que tiene hoy el país con el FMI. Pero el problema es que la película continúa y se vienen definiciones relevantes que exigen posicionamientos claros de todos los actores. Fundamentalmente de las mayorías nacionales. Estamos hablando del cortísimo plazo.

Para el largo plazo, para su curación completa, lo recomendable para nuestro país es no seguir atragantándose siempre con la misma mafia endeudadora.

El Cohete a la Luna