Avanza el “proceso militarizador” de Macri

Por Ricardo Ragendorfer

Casi tres semanas transcurrieron desde la celebración del Día del Ejército en el Colegio Militar de la Nación. Allí Mauricio Macri hizo público su anhelo de involucrar a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior. Y ahora el Poder Ejecutivo se obstina en no reconocer ni desmentir una vidriosa versión filtrada desde los mismísimos despachos oficiales: la orden de enviar personal militar –mil efectivos, según se dice– a la frontera norte, entre Salta y Misiones, en apoyo logístico a la Gendarmería.

El asunto fue decidido el martes pasado por el presidente, quien –bajo absoluta reserva– recibió a los principales actores del “proceso (nunca mejor usada esta palabra) militarizador”; a saber: el jefe de Gabinete, Marcos Peña; los ministro de Defensa y Seguridad, Oscar Aguad y Patricia Bullrich; el jefe de Gendarmería, Gerardo Otero; el secretario de Seguridad, Eugenio Burzaco; el de Seguridad Interior, Gerardo Milman; el subsecretario de Coordinación de Fronteras, Vicente Autiero; el titular de Asuntos Estratégicos, Fluvio Pompeo; y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Bari del Valle Sosa. Ellos conforman el elenco estable de la denominada “Mesa Nacional de Seguridad”, un semillero interministerial de “iniciativas” cuyo alma mater es Pompeo, considerado –tal como consignó Tiempo el 2 de junio– el “cerebro” del revuelque entre los conceptos de Defensa y Seguridad.

Ahora conviene reparar en Autiero y Del Valle Sosa. El primero –un ejemplar prácticamente desconocido para el público– es brigadier retirado. Y suele jactarse en las sobremesas de haber puesto fuera de combate, piloteando un Skyhawk, a una fragata inglesa durante la Guerra de Malvinas. Y que en el repliegue creyó que su avión ardía, cuando en realidad era una línea de fuego formada por la concentración de proyectiles ingleses. También, con un dejo de resignación, reconoce que esa escena se le aparece en los sueños de manera recurrente. ¿Qué otras pesadillas arrastrará de la última dictadura? Pero despierto, su bestial incompetencia es una muestra palmaria de lo que es la seguridad en manos castrenses. Autiero, por cierto, tuvo a su cargo el “mando táctico” del operativo represivo del 18 de diciembre en la Plaza de los Dos Congresos durante el debate parlamentario por la reforma previsional.

La idea del tipo – con 1500 mastines humanos a su cargo, entre policías federales, gendarmes y prefectos– fue lisa y llanamente militarizar el centro de la ciudad para así impedir que los manifestantes llegaran hasta las vallas del palacio legislativo. No fue una buena idea. En vez de establecer un comando táctico unificado –con monitoreo televisivo de cada ángulo del teatro de operaciones y diálogo permanente con los jefes de calle–, el brigadier prefirió desplegar las tres fuerzas sin comunicación entre sí y con el gatillo libre para actuar. Como si estuvieran en la Batalla de Stalingrado. Así transcurrió aquel festival del garrote y la pólvora.

A su vez, Del Valle Sosa – ascendido recientemente a teniente general –es para Macri y Aguad poco menos que el mariscal Rommel. Lo cierto es que se trata de un individuo muy didáctico y envolvente; fue director del Colegio Militar y rector del Instituto Universitario del Ejército. Asimismo presume ser –chapeando, como Autiero con Malvinas– un hombre de acción. En realidad ese infante de 59 años tiene una personalidad muy compleja e indescifrable. A diferencia del comandante del Ejército, Claudio Pasqualini, quien no oculta sus ensoñaciones de “reconciliación” para así concluir con los juicios a represores, Del Valle Sosa – sin sepultar ese reclamo – privilegia la “reconversión” de las Fuerzas Armadas “para satisfacer –tal como deslizó en Diálogo-Revista Militar Digital – las exigencias y desafíos que enfrentará la Argentina del siglo XXI”. Un planteo tomado de la biblia norteamericana de las “Nuevas Amenazas”.

Pero semejante visión del mundo él ya la acarrea con anterioridad a esta centuria, dado que fue uno de los oficiales jóvenes que hace casi dos décadas revoloteaba en torno al general Daniel Reimúndez, el sinuoso lobbista del entonces jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, y precursor de aquel discurso en los cuarteles del país. Ahora el poder de su discípulo es notable: desde el Estado Mayor tiene un absoluto control sobre las estructuras de inteligencia de las tres fuerzas que la conforman. Y cuenta con el aval de Macri para ser el responsable “técnico” de la readecuación castrense a las nuevas labores de cabotaje.

En la reunión del martes, ante la imposibilidad inmediata de anular las leyes de Defensa, Seguridad e Inteligencia que prohíben tales despliegues, el presidente evaluó la modificación de un decreto firmado por Néstor Kirchner que redondea dicho escollo. Para eso bastaba con su sola rúbrica. El general lo disuadió. “Podemos avanzar con la legislación así como está”, fueron sus palabras. Y propuso el envío de tropas para custodiar “sitios de interés estratégico de la Nación”, mientras la Gendarmería combate al narcotráfico. Una manera legalista de sacar la soldadesca a la calle. Todo indica que a Macri le gustó la idea.

Tiempo Argentino

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