Azerbaiyán y Armenia: choques en el «segundo frente»

Por Maciek Wisniewski

Imagen: Azarbaiyán y Armenia se han disputado el control de Nagorno Karabaj desde principios del siglo XX. (HANDOUT/AFP)

1. El martes pasado, por primera vez desde hace 30 años de un −en gran parte congelado− conflicto armenio-azerí sobre la enclave montañosa de Nagorno Karabaj (bit.ly/3RR1mvA), Azerbaiyán atacó las defensas aéreas y posiciones de artillería de su país vecino en territorio de la Armenia propia (al menos 100 militares armenios murieron, junto con unos 50 soldados azeríes). Este acto que sigue una serie de ataques de Bakú a posiciones de los separatistas armenios de la «republiqueta» de Artsaj de finales de julio (bit.ly/3eYGoMI), no sólo rompe la frágil tregua, sino que constituye una importante escalada. La guerra entre Armenia y Azerbaiyán estalló con la desintegración de la URSS y fue ganada por el lado armenio gracias al mayor acceso al equipo militar postsoviético y una ayuda de la diáspora armenia de Occidente. El alto el fuego se mantuvo desde 1995 hasta 2020, cuando Azerbaiyán −respaldado esta vez por abundantes ingresos del gas y petróleo y apoyado y armado por Turquía− tomó una revancha y reconquistó buena parte Nagorno Karabaj. Desde aquel entonces Azerbaiyán hacía todo para acaparar más y más de este territorio −reconocido internacionalmente como su parte, pero poblado por una mayoría armenia−, hasta ocupar ahora 10 kilómetros cuadrados dentro de la frontera armenia.

2. En todo este conflicto, la UE no es un «observador imparcial» como se presenta −mediando y queriendo introducir sus fuerzas de disuasión−, sino un facilitador del agresivo militarismo azerbaiyano que, a su vez, es un proxy del panturquismo y del expansionismo neootomano de Ankara. Al firmar un acuerdo para el suministro de gas con Bakú –»para diversificarse más allá de Rusia y volverse hacia socios más fiables y fiables» (supersic) (bit.ly/3xw8vto)− la UE está empoderando no sólo un país expansionista que, junto con Turquía, explícitamente clama “a acabar lo que quedó ‘pendiente’” tras el genocidio armenio al principio del siglo XX (sic), sino una dictadura hereditaria de los Aliyev, cuyos índices de la democracia están muy por debajo de los de… la propia Rusia o Bielorrusia (hasta aquí los tan sonados «valores europeos «). Son estos realineamientos energéticos (politi.co/3BpyUKe) como consecuencia de la invasión rusa a Ucrania, junto con algunos llamados de “abrirle a Rusia ‘el segundo frente’” (bit.ly/3DrJkMg) los que están detrás de la escalada reciente.

3. Estos ataques se atribuyen tanto al aumento de confianza de Bakú, respaldada por la UE (y EU), como a la creciente incapacidad de Rusia para vigilar sus «esferas de influencia» a raíz de su desastrosa guerra en Ucrania. Si bien tras la guerra de 2020 −en la que Putin fungió como mediador negociando los términos de la tregua y enviando luego a Nagorno Karabaj 2 mil efectivos en una misión de «paz y observación»− Rusiasalió como uno de los ganadores, confirmando su influencia en el Cáucaso (Azerbaiyán y su «patrón» Turquía eran los principales victoriosos), hoy su posición regional se ve muy diferente: con problemas mayores en mente (contraofensiva ucrania), sin mucha capacidad de intervenir, perdiendo mucha par-te de su peso. El mejor ejemplo de ello es el rechazo para activar la cláusula de defensa mutua de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la alianza militar postsoviética, de la que Ereván y Moscú son miembros, a pesar de que el ataque azerí fue en contra del propio territorio armenio −en el pasado este tratado nunca fue invocado, ya que no abarca a Nagorno Karabaj/Artsaj−, algo que evidenció tanto la debilidad de Rusia como la precaria situación de seguridad de Armenia.

4. El tipo de «argumentos» que «Armenia es un aliado de Rusia, por tanto se lo merece» o intentos de traducir el contexto de Nagorno Karabaj a las líneas del conflicto Rusia-Ucrania, son una simplificación excesiva. El «prorrusismo» de Ereván −que por ejemplo se ha distanciado de la invasión a Ucrania− es, en gran parte, resultado de la falta de opciones de una pequeña nación «sandwicheada» entre grandes potencias (Rusia, Turquía e Irán), y donde ni siquiera los pocos esquemas disponibles funcionan: tanto la OTSC como la Unión Euroasiática son organismos «pro forma». Y si hay un aliado incondicional de Rusia en la región, es paradójicamente Azerbaiyán, uno de los principales compradores de armas rusas que dos días antes de la invasión rusa a Ucrania formalizó su alianza con ella (sic) (bit.ly/3eYDJTe), manteniéndose luego en silencio sobre el reconocimiento ruso a partes del territorio ucranio (Donietsk/Lugansk), cuando frente a Nagorno Karabaj es un arduo vocero del principio de integridad territorial.

5. Una de las ironías de la reciente escalación azerí-armenia que ya se salió de las fronteras de Nagorno Karabaj es que si bien es un punto que evidenció lo bajo de la capacidad de reacción rusa en el Cáucaso, ha sido precisamente la reconquista azerí de 2020 que sirvió de ejemplo para Putin (véase: bit.ly/3LhsSjD) −aun con todas las grandes diferencias del contexto, respecto el derecho internacional, etcétera−, de que con poco riesgo y poco costo «sí se puede» recobrar un territorio en disputa (aunque pareciera que al final el ocupante del Kremlin sacó de allí todas las lecciones equivocadas). Aun así, es sintomático que el lenguaje que precedió la invasión rusa a Ucrania que culpaba la misma víctima por la agresión –»que Moscú sólo respondía a provocaciones ucranias», «que reaccionaba a las violaciones del cese de fuego», «a las atrocidades ucranias en contra de los civiles», etcétera− es exactamente el mismo que Azerbaiyán usó ahora para «justificar» su ataque a Armenia.

La Jornada

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