Balance de la administración Macri: degradación, inmoralidad y violencia. Hacia la legitimación de la mediocridad

Por Claudio Ponce*

¿Cómo se llegó al deterioro que se vive hoy? ¿Que permitió la destrucción de los derechos de los trabajadores? ¿Por qué sus dirigentes sindicales no los defendieron de las políticas del macrismo? ¿Por qué se aceptó sumisamente un enorme endeudamiento externo? ¿Por qué se admitió que los funcionarios del actual gobierno usaran al Estado para multiplicar sus ganancias? ¿Por qué la difusión de la mendacidad y la “virtualización” del infundio y la difamación? ¿Cómo se llegó a la corrupción estructural del poder judicial? ¿Por qué las instituciones religiosas “volvieron” a olvidarse de los necesitados y omitieron denunciar la agresión a los desposeídos?

La respuesta a tantas preguntas no refiere a la mala fortuna o a la magia negra, ni siquiera a un destino predeterminado. El actual contexto argentino deviene de un proceso de humillación sistemático fundado en el odio e iniciado con la gestión del presidente Mauricio Macri. La violencia institucional ejercida en los últimos tres años en Argentina, promovida por un gobierno de derecha caracterizado por la brutalidad y la desidia de sus funcionarios, no tuvo precedentes desde los peores tiempos del Terrorismo de Estado. En diciembre de 2015 la sociedad argentina comenzó a ser espectadora pasiva de oscuras acciones que llevaron a cabo las “figuras” del gobierno macrista, aquellos que se apoderaron del Estado como un “botín de guerra”. Estos personajes de los sectores más rancios del conservadorismo local, sumados a los radicales identificados con el “viejo gorilismo anti-peronista”, fueron quienes utilizando decretos y comprando voluntades, lograron destruir el sistema de leyes que ponían freno a la extranjerización de los recursos, al egoísmo de los terratenientes y a la codicia de los sectores concentrados de la economía. Ahora bien, no se duda de que la oligarquía como representante del imperialismo haya sido la culpable de las agresiones contra la población, pero no fue la única responsable del sufrimiento popular. El grado de decadencia al que se ha llegado, no hubiera sido posible sin la complicidad de instituciones intermedias que omitieron su obligación de defender a los más débiles. Las mismas, contrariando los objetivos para las que fueron creadas, avalaron por acción u omisión la violencia real o simbólica ejercida por el gobierno “conducido” por la “alianza Cambiemos”. La burguesía nacional, los que se hacen llamar “periodistas”, los que dicen ser dirigentes sindicales, y las “iglesias institucionales” que dicen representar los valores espirituales de la comunidad, olvidaron su misión y quedaron enredados en la miserable avaricia y el egoísmo más feroz que se propone en este capitalismo neoliberal.

En Argentina, como fue sostenido en el artículo anterior, pareciera ser que “las tragedias solo se repiten como tragedias”. Más allá de la carencia de conocimiento e información de una masa poblacional que, por imposibilidad o indiferencia, ignora el contexto político en el que vive, el deber de las instituciones mencionadas y sus dirigentes es guiar, educar y cuidar a los que integran la comunidad nacional. El sentido de la existencia del clero, no tiene que ver con el abandono de su grey. El sentido de la existencia de un dirigente sindical, no tiene que ver con traicionar a sus representados. El sentido de la existencia de periodistas y entidades de información no es difundir la mentira o hacer campañas de difamación, su obligación moral es decir la verdad. En los últimos tiempos se observa un grado de inmoralidad generalizada que es acompañada por una supina mediocridad expresada por quienes abandonan, traicionan y mienten. Haciendo honor a la letra del “Cambalache” profetizado por Discépolo, los que deberían destacarse en su labor como sacerdotes, sindicalistas y periodistas, (salvando las honrosas excepciones), en su mayoría no son más que una vulgar y embrutecida imagen de sus vocaciones. Deberían transmitir valores que defiendan la vida humana a los efectos de sostener los lazos solidarios como condición necesaria para el desarrollo integral de una sociedad, pero no lo hacen. Por el contrario, dejan de lado su compromiso, olvidan sus objetivos y “venden su alma” a los efectos de consolidar beneficios sectoriales en detrimento de la justicia social. El oprobio ha llegado a límites impensados, los intentos de legitimar lo espurio, la mendacidad, la destrucción del semejante, es tan difundida en los medios de comunicación que se ha destruido la confianza social. Se han desintegrado los límites que señalaban el marco de una vida saludable, los parámetros de lo que comúnmente se denominaba normalidad, eso tan elemental en la vida cotidiana de “una sociedad democrática”, ha dejado de existir en la hecatombe que llevó a cabo la alianza cambiemos.

El capitalismo neoliberal propone la cultura del egoísmo y su planteo es esencialmente individualista. Ahora bien, este sistema perverso se potencia aún más en regiones como América Latina, donde nuevamente el regreso a la derecha en la mayoría de sus países, Argentina uno de ellos, trajo consigo la profundización de la división social. La auténtica “grieta” se da entre un reducido grupo cada vez más rico que concentra la mayoría de los recursos, y las masas cada vez más pobres que no cubren sus necesidades básicas, mostrando así claramente el motivo que impide el desarrollo de los pueblos. Las acciones imperialistas ligadas a los intereses de las clases dominantes en cada uno de los países latinoamericanos, pretenden “legitimar” la pobreza de los trabajadores como un destino inmodificable establecido en el “derecho natural”. Ellos son los que intentan persuadir al “dominado”, de que su condición de “ser dominado” es la “normalidad” de toda sociedad “ordenada”, argumentando que todo intento de subvertir ese “orden” debe ser severamente castigado. Esta concepción se remonta al Darwinismo social Spenceriano del siglo XIX, pero se perfeccionó en los totalitarismos del siglo XX arrastrando a la humanidad a la autodestrucción. Hoy día, con la implementación de las políticas neoliberales, el “orden capitalista” es más sofisticado en sus métodos de control y dominación pero sigue siendo el “orden del nazismo”, quienes “nacieron inferiores” deben ser sumisos y acatar el mandato de “quienes nacieron superiores”. Las atrocidades que se realizan en el Tercer Mundo bajo esta concepción ideológica, demuestran claramente que las principales ideas de la Alemania de Hitler siguen vigentes y se ponen en práctica, solo se modificaron las potencias imperialistas y la elección de los pueblos a esclavizar.

La Argentina estuvo a punto de alejarse, de liberarse de todo este maleficio. El tiempo de los gobiernos que intentaron este camino no fue suficiente, no alcanzó para el cambio cultural necesario que evitara la colonización de las subjetividades. El accionar de los traidores y de los ingratos de floja memoria, hizo posible que la derecha llegara al gobierno por primera vez en la historia del país sin recurrir a un golpe de Estado. Estos advenedizos vinieron con la intención de destruir todo lo construido en los gobiernos kirchneristas. En su desesperación por hacer factible que los trabajadores vuelvan al lugar que según ellos les corresponde, demolieron derechos para empobrecerlos. Sus políticas de ajuste con el pretexto de la necesidad de controlar la inflación, atacaron al trabajo en sí volviendo a elevar los niveles de desocupación. En nombre de la hipotética “transparencia” han convertido el poder judicial en una cueva de criminales que sirvieron al “poder concentrado” para perseguir y encarcelar a los representantes populares. En su concepción anticonstitucional han quitado y puesto jueces como si fueran empleados de sus propias empresas. Los han obligado a encubrir sus delitos y los han convertido en títeres de los servicios de inteligencia extranjeros y nacionales a los efectos de imponer una política de dependencia. En su resentimiento de clase cometieron torpezas que incluso perjudicaron a una parte de su “propia tropa”, pero no se puede poner en duda que lo hecho no es otra cosa que lo que han venido a realizar. Como se ha mencionado con anterioridad, en Argentina “las tragedias no se repiten como comedias sino como tragedias”, otra vez la desocupación, otra vez la baja de salarios, otra vez la represión, otra vez un enorme endeudamiento externo, otra vez se puso al país a merced del F.M.I. y del condicionamiento de los intereses extranjeros. Ahora, todos hablan y critican la coyuntura como si lo sucedido no tuviera una responsabilidad colectiva. Ahora, todos los que avalaron las medidas de este terrorífico gobierno se disfrazan de opositores y se presentan en los medios como posibles alternativas tratando de eclipsar la memoria de los votantes. Ahora también, (dejando de lado en esto a la comprometida y destacada acción del movimiento de Curas de Opción por los Pobres, incluso perseguido por su propio curato), el clero católico junto a su jerarquía, se manifiesta contra este gobierno como si recién se dieran cuenta de una política que hace más de tres años viene haciendo daño al pueblo y generando cada vez más pobreza. En la Argentina de la degradación moral, las instituciones de diversas creencias se han convertido en corporaciones clericales que no demuestran ser otra cosa que “mercaderes de los templos”.

¿Qué hacer frente a tanta maldad? En primer lugar pensar y tomar conciencia de la situación en que estamos. Luego concebir y entender que el ser humano es el único ser viviente que puede transformar y construir su propia historia. A su vez, esta toma de conciencia refiere al compromiso de vivir, lo que implica luchar por defender esa vida en “la realización con”…“el semejante”, el “otro”, que me llama a la unión para consolidar un sistema de justicia y equidad. El deber nos llama prontamente, en octubre se puede comenzar a transformar el actual y doloroso marco social y político.

*Claudio Esteban Ponce. Licenciado en Historia. Miembro de la Comisión de América Latina de Tesis 11

www.tesis11.org.ar

 

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