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Teatro del Pueblo
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Pequeña cronistoria de la generación literaria de Boedo
Por César Tiempo [1953]
Hubo una época en que el meridiano de la literatura nacional pasó por Boedo.
Boedo es una calle y un barrio. Una calle que nace en Almagro y termina en el
Parque de los Patricios y un barrio que crece hacia arriba y no se detiene
jamás. De pronto, mediante no sabemos qué misteriosos ardides, aparece en
Avellaneda, en Lanús, en Lomas de Zamora, después de haber cruzado por el convés
de hierro y cal hidráulica del Puente Valentín Alsina que permite a la provincia
codearse con la ciudad. Pero además de ser una calle y un barrio, Boedo fue una
divisa.
Toda capital – dijo alguna vez Balzac – tiene su poema, en que se expresa, en
que se resume, en que es más particularmente ella misma. Boedo fue ese poema.
Conflagrado de clamores e impaciencias, impetuoso, tumultuoso, ardido, rebelde,
pero encendido de humana y celosa poesía. De haberse comprendido mejor a sí
mismo, de haber prolongado y renovado las inquietudes y los deseos de superación
de un cuarto de siglo atrás, de no haber ahuyentado a sus soñadores, Boedo
habría sido a Buenos Aires lo que Saint – Germain des-Prés a París.
Como Saint-Germain-des-Prés
Es evidente que nuestro barrio no puede estar colmado de recuerdos
revolucionarios y artísticos del quartier parisiense en el que vivió y murió
asesinado Marat, en el que escribiera sus brulotes Camilio Desmoulins, en el que
tuvieron sus ateliers los pintores Courbet y Delacroix, su refugio el comediante
Mounnet-Sully, su imprenta Honorato de Balzac y en una de cuyas calles – la de
Beaux-Arts, N° 13 – se extinguió la existencia latitudinaria de Oscar Wilde, y
en el que podemos encontrar hoy la sede del Sindicato de Libreros, los despachos
de los anticuarios más importantes de Francia y el café Deux-Magots, cuartel
general de la nueva literatura. Boedo también tuvo lo suyo. Por allí pasó
Darwin, el famoso naturalista, rumbo a los mataderos de Nueva Pompeya, por aquí
anduvieron prohombres y ex hombres de la política local e internacional, ases
del futbol, glorias del teatro, cancionistas y estrellas que conocieron en su
hora el trueno de la notoriedad. Pero nosotros queremos hablar de los escritores
llamados de Boedo.
Personajes de Boedo
¿Porqué precisamente de Boedo?. Ninguno de sus integrantes vivía en el barrio,
el director de la revista que daría nacimiento a la empresa editorial llamada a
difundir la labor de sus conmilitones, se domiciliaba en Wilde, un pueblito de
línea del sur. Elías Castelnuovo era inquilino de un zaquizami enclavado a cinco
pisos sobre el nivel de la calle Sadi Carnot. Álvaro Yunque compartía con su
madre y sus hermanos una antigua casa porteña de la calle Estados Unidos 1824,
en cuya cuadra tenía de vecinos a tres notabilidades a las que hay que referirse
con la melancolía del aoristo: Juan B. Justo, Jaime Yankelevich y Ernesto
Morales. Gustavo Riccio vivía en la calle Rivadavia 2014, Roberto Mariani en la
Boca, cerca de la casa de Pedro Juan Vignale, que no tardaría en trasladarse de
la calle Lamadrid a Villa Ballester y de Villa Ballester a Río de Janeiro, Luis
Emilio Soto en las inmediaciones de 15 de Noviembre y Solís, Leónidas Barletta
en Nazarre y Bolivia, Roberto Arlt en Flores, Lorenzo Stanchina en Villa Devoto,
Nicolás Olivari en Villa Crespo, Enrique Amorín en su Salto natal, con recaladas
en Montevideo y Buenos Aires. José Salas Subirat en el taller de afilación de
Garay y Solís, Aristóbulo Echegaray en Monroe, un pueblo de la línea del
ferrocarril Pacífico. Abel Rodriguez en Rosario, Juan I. Cendoya en La Plata.
Antonio Alejandro Gil en la calle Santiago del Estero y Pedro Echague. José
Sebastián Tallón en un caserón de la calle Brasil 1388, y Clara Beter en las
nubes. Hablo de los boedistas de la primera época, de las etapas fundamentales.
Y no solo no eran vecinos de Boedo, sino que ni siquiera se reunían en algunos
de los innumerables cafés de la calle epónima.
"Claridad" y "Los Pensadores"
Por otra parte conviene recordar que la editorial que luego los prohijaría no
nació en Boedo, sino en un tabuco de la calle Entre Ríos 126. Más tarde Lorenzo
Rañó les concedió un espacio en su imprenta de la calle Independencia 3531, y
cuando la revista cambió el nombre fachendoso de "Los Pensadores" por el de
"Claridad", el grupo constituyó su sede definitiva en la calle San José 1641, a
pocas cuadras de la plaza Constitución. En Boedo 837 tuvo asiento nominal la
redacción de "Los Pensadores" en sus salidas iniciales cuando era una
publicación destinada exclusivamente a difundir las grandes obras de la
literatura clásica y moderna, mucho antes de convertirse en el órgano de combate
de aquellos jóvenes de la generación del 22 a quienes el éxtasis y los
sentimientos ciegos del arte por el arte fueron siempre extraños.
¿A qué venía, pues, la etiqueta de marras? La intención del bautista – en quien
algunos creyeron reconocer a Enrique Gonzalez Tuñón , cuya dicacidad era
inagotable como su talento – fue evidentemente burlona, despectiva. Al subrayar
la procedencia de los integrantes del grupo quiso decir que venían de
extramuros, de la suburra, que pertenecían al populacho. Lo notable del caso era
que el único habitante auténtico de Boedo era Gonzalez Tuñón, que vivía en la
calle Yapeyú, a dos cuadras de la popular arteria de cuyos cafés era además uno
de los más empedernidos habitués. Por su parte los de Boedo trataban no menos
peyorativamente a sus impugnadores, los escritores agrupados alrededor del
periódico "Martín Fierro" llamándolos "los de Florida", transfiriendo al plano
literario, quizá sin proponérselo, el duelo histórico de la antigua Roma entre
patricios y plebeyos.
Feria y Torre de Marfil
Mientras Florida implicaba el centro con todas sus ventajas: comodidad, lujo,
refinamiento, señoritismo, etcétera, etcétera, Boedo venía a representar – para
los de Florida – la periferia, el arrabal con todas sus consecuencias:
vulgaridad, sordidez, grosería, limitaciones, etcétera. Florida, la obra; Boedo,
la mano de obra. Para sus detractores, por otra parte, la literatura de Boedo
era ancillar, estercórea, verrionda, palurda, subalterna, inflicionada de
compromisos políticos; y la de Florida: paramental, agenésica, decorativa,
delicuescente, anfibológica e inútil. Excesos verbales estos que correspondían a
las naturalezas ricas en fosfatos de los jóvenes beligerantes que se resistían a
reconocer afinidades y simpatías, pero cuyo encono no hizo llegar nunca la
sangre al río. (El enconamiento se debe siempre a la falta de asepsia). Con el
andar del tiempo, Enrique González Tuñón y su hermano Raúl impregnarían su obra
de un noble y solevantado acento social, exaltarían el suburbio, pondrían su
obra bajo la advocación de Carriego, y ante la iniquidad desatada por el
nazifascismo se alinearían valientemente en las filas de los escritores de
Boedo, claramente definidos frente a las tiranías como fraguas de servidumbre y
barbarie que era necesario apagar y aplastar. Y como dato curioso para los
historiadores de mañana, conviene anotar que, Evar Méndez, el fundador de
"Martín Fierro" pronunciaría una conferencia en nuestra Facultad de Filosofía y
Letras celebrando, entre otras cosas, la jerarquización operada en las masas
obreras y campesinas por obra de la estructura social vigente, en tanto Elías
Castelnuovo, uno de los hermes de Boedo, hablaría en 1952 en un salón de la
calle Florida, frente a un público de profesores eméritos y señoritas
beneméritas, presentado por un ex redactor de revistas ultramontanas ad usum
Delphini, con palabras en las que cabrilleaba la felicidad sibilina de poder
exhibir al gran novelista que ayer nomás contrariaba a los concilios empeñado, a
pesar suyo, en conciliar los contrarios...
Pero si hubo contusos, desertores e hijos pródigos en ambos bandos, es
indiscutible que fue esa generación polarizada por Boedo y Florida la que
anticipó el renacimiento argentino sacudiendo de su marasmo la vida intelectual
del país. Pero vayamos por partes.
Se anticipan a Florida
Cronológicamente, el grupo literario de Boedo apareció antes que el de Florida.
El primer número de "Martín Fierro" sale a la calle en febrero de 1924; el
primero de "Los Pensadores", en febrero de 1922. Conviene aclarar antes de
seguir adelante que el nombre de la revista no implicaba un rasgo de petulante
autosobrevaloración de sus colaboradores. Se llamó así porque se limitaba, como
ya los señalamos, a publicar en cada número una obra maestra de la literatura
universal poniéndola al alcance de los lectores más modestos. El ejemplar se
vendía a veinte centavos.
Los pensadores no eran, pues, los muchachos de Boedo sino los maestros del
pensamiento nacional e internacional popularizados por la revista. El primer
número incluía un relato de Anatole France, "Crainquebille", que ya había sido
teatralizado por Samuel Eichelbaum y llevado a un escenario criollo por Elías
Alippi.
Los fundadores de la publicación fueron Antonio Zamora, un joven español que
cumplía su aprendizaje de andinista en la falda de "La Montaña", y llegó a
ocupar más tarde una banca en el Senado de la provincia de Buenos Aires y a
controlar un frigorífico en la provincia de Córdoba, y Daniel C. de Rosa,
encargado a la sazón de la reventa de "Crítica". Un año después de Rosa se
separaba de la empresa y Zamora se convertía en deus ex machina de la misma
asesorado por el poeta Gustavo Riccio.
Riccio era un muchacho poseedor de una notable cultura general, un poeta
inclinado a la caricatura sin deformaciones ni crueldad, dueño de una simpatía
afectuosa que sabía dar a los transportes de la poesía y aún de la amistad una
cadencia entre nostálgica y desilusionada. Melómano fervoroso, lector de varios
idiomas vivos, se defendía económicamente ayudando a su padre en la relojería de
la calle Rivadavia o llevando los libros de contabilidad de la Confitería del
Molino. Fue Riccio quien recomendó la mayor parte de los títulos lanzados por
"Claridad" hasta 1925 y fueron de su pluma los prólogos y las presentaciones de
los autores. También se debió a él la iniciativa de la colección "Los Poetas" y
la publicación del primer libro de Álvaro Yunque, ese generoso y genesíaco
"Versos de la calle" que su autor había presentado con anterioridad a un
concurso de la Editorial Babel y cuyo jurado, compuesto por Leopoldo Lugones,
Rafael Alberto Arrieta y Arturo Capdevila, desestimó inclinando sus preferencias
por "El Grillo" de Conrado Nalé Roxlo. Riccio, empero, no llegó a integrar
prácticamente el grupo de Boedo y ni siquiera fue "Claridad" sino "Campana de
Palo" quien publicó su primer libro. Minado por un mal incurable, el autor de
"Un poeta en la ciudad" realizó en 1925 un viaje al Paraguay, de donde trajo los
originales de otra colección de poemas "Gringo Puraghei", la salud más socavada
y un deseo de soledad que se proponía dedicar a la ordenación de sus papeles y
sus sueños, melancólicamente persuadido de que debía partir en plena juventud.
Así fue. La vida de Riccio se extinguió en la puerta misma de su casa el 6 de
enero de 1927. Tenía apenas 26 años. Una calle de Flores recuerda hoy su nombre.
En ella vive el actor Roberto Escalada.
Premios literarios
A fines de 1924 "Claridad" incorporó a sus colecciones una más: la biblioteca
"Los Nuevos". El primer título lo constituyó una re edición de "Tinieblas", el
vigoroso libro de cuentos de Elías Castelnuovo, que había merecido el
espaldarazo de Roberto J. Payró y un premio municipal, cuando los premios
municipales de literatura significaban un galardón y no un escarnio. (El
camarada Juan Unamuno debe recordar que fuimos él y yo, cuando integramos los
jurados, quienes concedimos las codiciadas distinciones de entonces a poetas de
la envergadura de José Portogalo y a los prosistas de la intensidad de Fernando
Gilardi, amén de otras personalidades, a la sazón en barbecho, confiadas en la
humana sinceridad de su mensaje, temeridad que no volvió a repetirse, pues
últimamente el concurso se había convertido en una repartija de cheques entre
compañeros de pic nic o de sacristía ...)
Castelnuovo no tardaría en ponerse a la cabeza del grupo que se fue formando
aluvionalmente como una provincia holandesa. ¿De dónde había salido el autor de
"Tinieblas" promovido de un modo fulminante a la notoriedad apenas publicado su
primer libro? Por de pronto, se sabía que era uruguayo, como Lucio V. López,
como Horacio Quiroga, como no pocos escritores argentinos representativos. Hijo
de padre danés y madre italiana, corre por sus venas sangre de ahasvero, el
judío errante. También él se sintió impelido desde muchacho a la existencia
errante y difícil, a esos viajes a pie que recomendaba Fernando González, el
gran colombiano, a los escritores que algún día utilizarían la pluma para contar
lo que vieron con sus propios ojos y no a transcribir experiencias ajenas. A los
catorce años tenía recorrido el Uruguay de extremo a extremo, a los veinte la
Argentina, a los veinticinco el Brasil. Conoció los oficios más inverosímiles ,
durmió en el tálamo de la miseria sin redención en la selva, en la pampa, en la
soledad más espantosa, allí donde la muerte es una cosa blanca y sin color. Y
pudo, como pocos, levantar el acta de acusación a la sociedad, obstinada en
aniquilar a los mejores. Antes de ponerse a escribir se había llenado el alma de
hechos, de imágenes y de llagas. A los doce años vendía huevos por las calles de
Montevideo. Luego fue linyera, peón de albañil, mozo de cuadra, peón de
saladero, aprendiz de constructor, tipógrafo, linotipista. Este hermoso ejemplar
humano, a quien la vida no logró doblegar ni envilecer, se convierte, por propia
gravitación, en líder del movimiento de Boedo.
La influencia rusa
En las colecciones de "Los Pensadores" y "Claridad" pueden rastrearse las
centenares de páginas que escribió para ubicar su verdad, que era la verdad de
quien quería para sus semejantes, ante todo y sobre todo, un mundo mejor. "El
pueblo, la carne viva del pueblo, solo figura en las estadísticas y en las
crónicas policiales, escribirá en un suelto anónimo que serviría de declaración
de propósitos de la Biblioteca "Los Nuevos". Salvo las excepciones que apuntamos
– Mariani, Yunque, Barletta, Amorim, Abel Rodríguez - , nuestra literatura va de
la calle Florida al Royal Keller, pasa por el rosedal de Palermo y se acuesta en
el Plaza Hotel. Con ventilador en verano; en invierno con estufa. Es una
elucubración de frigorífico, producto de la poltronería chorotega. Nuestra
literatura no camina de a pie como la de Máximo Gorki; va en automóvil. Ella no
va: la llevan como a un paralítico. Es una literatura sin sangre. Por ningún
lado se le ven callos o deformidades propias del esfuerzo y la contracción.
Jamás se metió en las minas del interior o se ensució de grasa en los ingenios o
se desgarró la piel en las cosechas. Jamás entró en un sindicato o en una
fábrica. Jamás estuvo encarcelada por revolucionaria. Tras de ser pomposa y
vacía, fue siempre parcial y conservadora. Nuestra literatura no vio jamás la
tierra donde pisa. Si hay quienes ignoran la vida nuestra, son, precisamente,
aquellos que escriben la historia de nuestra vida".
A Castelnuovo y a su grupo se les acusó de estar influídos por la literatura
rusa. Es curioso señalar que Raúl Scalabrini Ortiz, que estaba entonces en la
vereda de enfrente y fue uno de los corifeos del nacionalismo " a
rebrouse-poil", escribió en una autobiografía que reputó una de las páginas más
lúcidas de su tiempo, estas afirmaciones que no pueden considerarse como
ejercicios sobre el alambre, sino arraigadas convicciones de un hombre de
pensamiento: " Yo creo que Buenos Aires tiene algo de ruso, en resultados, con
causas distintas, muy distintas. "Yama", por ejemplo, es una novela argentina y
lo son, asimismo, algunos pasajes de "Humillados y ofendidos". Esa similitud es
en dirección de susceptibilidades, en recelo. Aunque no me gustan los
cientificismos, diría que el alma argentina es un producto químico no físico de
sus componentes. No ha conservado ninguna de las características de sus
progenitores".
EL ARTICULO PRECEDENTE FUE PUBLICADO EN EL MENSUARIO "ARGENTINA DE HOY", DE
BUENOS AIRES, ARGENTINA EN EL MES DE NOVIEMBE DE 1953. EN EL MISMO, SU AUTOR
INDICA LOS ORÍGENES DEL LLAMADO "GRUPO DE BOEDO"
Fuente: wwww.desmemoria.com.ar
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El arte
como campana
Por Angel Berlanga
Escritor, periodista y dramaturgo, figura central del Grupo Boedo y creador del
Teatro del Pueblo, su personalidad resulta clave a la hora de analizar la
historia cultural argentina del siglo pasado.
“El teatro es la más alta escuela de la humanidad”, dijo Leónidas Barletta en
1964, en el marco del Festival Nacional de Teatros Independientes. Otra frase
dimensiona todavía mejor su pasión, su aspiración, su pretensión: “Nos sentimos
responsables, dentro de la formidable transformación que se opera, en la
liquidación de viejos y carcomidos conceptos y en la constante renovación de
valores. Queremos llevar el arte puro al corazón del pueblo, ser rectores de su
comportamiento, inspirarlo en el bien, en la justicia, en la generosidad,
encendiendo en su alma ansias de superación moral.” Muchos años atrás, el 30 de
noviembre de 1930, a pocos días del golpe de estado contra Hipólito Yrigoyen,
Barletta, nacido hace hoy exactos cien años, fundó el Teatro del Pueblo y asumió
su dirección. La primera sede fue en la todavía angosta calle Corrientes, en el
465, un local que había sido una lechería. Y las primeras intenciones fueron
enfrentar artísticamente al “teatro comercial”, cobrar poco y nada, poner en
escena obras de autores nacionales y, de acuerdo al acta fundacional, “llevar a
las masas el arte en general, con el objeto de propender a la elevación
espiritual de nuestro pueblo”.
La distancia temporal entre los pronunciamientos del ‘30 y del ‘64 son apenas
una señal de una perseverancia que lo acompañó hasta el final. Una voluntad que
observó Roberto Arlt entre dos notas que publicó en el diario El Mundo. En la
primera, a poco de la apertura del Teatro del Pueblo, anotó que se había llevado
una pésima impresión, describió una sala destartalada y vaticinó un fracaso
rotundo. Un año después escribió: “Aquí se está preparando el teatro del futuro,
para que cuando esa gente se harte de películas malas, tenga dónde entrar.
Estamos en los comienzos de la lucha. La situación creada a los autores sinceros
en este país es fantástica. Los empresarios teatrales rechazaban la obra de las
generaciones innovadoras. Sin embargo el público tenía curiosidad de conocer
autores nacionales, quería ver lo que daba la generación del 900. Esto es lo que
ha hecho Barletta. Ha creado un teatro jugándose su prestigio de escritor”. El
Teatro del Pueblo fue escenario para grandes autores extranjeros (Shakespeare,
Gogol, Tolstoi, Cervantes, Lope de Vega, Moliere) y también para estrenos de
contemporáneos argentinos como Raúl González Tuñón, Nicolás Olivari, Ezequiel
Martínez Estrada, Eduardo González Lanuza y Roberto Arlt, entre tantos. Barletta
estimuló mucho a Arlt para que escribiera teatro y casi todas sus obras se
estrenaron allí. Antes de cumplir los 30, Barletta ya tenía una nutrida
trayectoria como periodista y escritor, con cuatro novelas, tres volúmenes de
cuentos, uno de poemas y una obra de teatro. Junto a Elías Castelnuovo, Alvaro
Yunque y Roberto Mariani gestaron el legendario Grupo Boedo: autores
provenientes de ámbitos de pocos recursos, trabajadores, influidos por los
novelistas rusos, simpatizantes con la revolución del ‘17, enfrentados con la
otra mitad de la leyenda, el Grupo Florida. Barletta publicó en 1967 un ensayo
llamado Boedo y Florida, una versión distinta, donde sostuvo que mientras sus
viejos rivales querían “la revolución del arte”, él y los suyos buscaban “el
arte para la revolución”. La virulencia de los enfrentamientos varía según las
versiones, que son muchas. “De la disputa surgieron innegables beneficios”,
escribió Barletta. “Los de Boedo se aplicaron a escribir cada vez mejor y los de
Florida fueron comprendiendo que no podían permanecer ajenos a la política. Pero
el beneficio más importante fue que la querella llegó a apasionar a la gente y
surgió una literatura argentina y una masa de lectores hasta entonces
inexistentes”.
Según escribió Raúl Larra en la biografía Leónidas Barletta, el hombre de la
campana, a los siete años quedó huérfano de madre y su padre, que ya no aportaba
demasiado por el conventillo donde vivían, decidió dejarlo al cuidado rotativo de
tías y demás parentela. Salgari, Dumas y Verne estuvieron entre sus primeras
lecturas. Cuando terminó la escuela primaria decidió no estudiar más y empezó a
ganarse la vida trabajando. Entre 1924 y 1937, en paralelo con sus actividades
literarias y teatrales, fue despachante de aduana en el puerto. Tras unos años
como presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1952 fundó
Propósitos, un periódico político–cultural en el que acaso desarrolló su máxima
lucidez como periodista e intelectual. Desde allí se opuso a los golpes
militares, criticó ácidamente a Juan Perón (durante y tras sus dos primeras
presidencias) y rescató a Evita, denunció las maniobras para privatizar la
producción y explotación del petróleo y defendió el rol de YPF, rechazó la
requisitoria de EE.UU. para que la Argentina se sumara a la guerra de Vietnam.
Ese abanico de posturas le significaron persecuciones y clausuras varias.
Propósitos, que llegó a tener una tirada de 100.000 ejemplares, apareció hasta
1975, el año en que Barletta murió.
Los temas centrales de su vasta producción literaria son la pobreza y las
diferencias sociales. Sus personajes son, en general, hombres y mujeres pobres,
y sus circunstancias, sentimientos e historias son narrados desde una óptica
solidaria y comprensiva. Le molestaba que lo tildaran de “escritor realista”.
“En todo caso, sólo soy un inventor de supuestas realidades”, argumentaba. No se
advierten reclamos contra el olvido en el que parecen haber caído sus novelas y
sus poemas. Sus libros, 37 en total (Royal circo, Historia de Perros, La
felicidad gris, De espaldas a la luna, Pájaros negros, entre ellos), no se
consiguen. Hay apenas algún que otro volumen perdido en librerías de
antigüedades. En la Biblioteca del Gobierno de la Ciudad no hay un solo ejemplar
de su obra. En la Nacional, unos pocos. Es en el Teatro del Pueblo, hoy ubicado
en Diagonal Norte 943, donde mantiene su presencia y donde su idea del teatro
como “instrumento de acción política y cultural” (al decir de Roberto Cossa, uno
de sus actuales directores), persevera. Allí sigue la campana con la que
Barletta, en la vereda de una todavía angosta calle Corrientes, le advertía a la
gente que estaba por comenzar otra función.
www.rodelu.net - 2002
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Breve historia del Teatro del
Pueblo
Por Camila Mansilla
El Teatro del Pueblo es uno de los primeros teatros independientes de Argentina
y América latina.
Nace a fines de noviembre de 1930, en un contexto socio-cultural donde la
crítica al teatro comercial se evidenciaba mediante la propagación de grupos de
teatro independiente. Pero no todos esos grupos tuvieron la eficacia y la
constancia en su lucha como la del Teatro del Pueblo. Sin duda Leónidas Barletta
-el promotor del grupo- tuvo mucho que ver con este hecho.
A partir de 1931 -precisamente el 20 de marzo que es la fecha del acta oficial
de fundación-, Barletta se convierte en el director del Teatro del Pueblo y
hasta su muerte alterna su actividad teatral con su trabajo como comprometido
periodista.
El Teatro del Pueblo surge con la finalidad de "realizar experiencias de teatro
moderno para salvar el envilecido arte teatral y llevar a las masas el arte
general, con el objeto de propender a la salvación espiritual de nuestro
pueblo".
Durante varios años el Teatro del Pueblo carece de lugar propio y estable, por
lo tanto se ve obligado a recorrer distintos edificios que le concede la
Municipalidad de Buenos Aires. En 1943 las nuevas autoridades municipales del
gobierno militar de turno lo expulsan violentamente del edificio de Corrientes
1530 que ocupaba desde 1937. A partir de ese momento ocupa en forma definitiva
el subsuelo que alquila en Diagonal Norte 943.
El grupo de trabajo que constituye el Teatro del Pueblo tiene su período más
fructífero entre 1937 y 1943 llevando a escena obras de la dramática universal
de todas las épocas sin descuidar la producción nacional. Barletta invita a
poetas y narradores argentinos a incorporarse a la actividad dramática; así es
que logra que se pongan en escena textos de Alvaro Yunque, Nicolás Olivari, Raúl
González Tuñón y Roberto Arlt, entre otros. Artistas plásticos y músicos
argentinos de reconocido prestigio participan de las distintas actividades que
promueve el Teatro del Pueblo, muchas de éstas fuera del edificio teatral con el
fin de llevar el teatro a la gente.
Desde 1943 transita un largo período crítico que culmina en 1975, año en que
fallece Leónidas Barletta y con él cesa la actividad teatral del grupo. El
espacio antes ocupado por el Teatro del Pueblo pasa a ser un centro de
exposiciones plásticas.
Recién en 1987 un grupo prestigioso de teatristas lo recupera bautizándolo con
el nombre de Teatro de la Campana, y en 1996, por fin, el Teatro del Pueblo
abrió nuevamente sus puertas recuperando su nombre mediante un convenio que
suscriben el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y la Fundación Carlos
Somigliana (SOMI), que desde entonces tiene a su cargo la dirección artística,
técnica y ejecutiva. El Teatro del Pueblo forma parte de la mejor historia
cultural de los argentinos.
www.teatrodelpueblo.org.ar

©CENTRO EDITOR DE AMERICA LATINA S. A.,
1972
Cangallo 1228 - Buenos Aires
Hecho el depósito de ley
IMPRESO EN LA ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINA
impreso en los talleres gráficos recali s.a.c.i.f.e.i
av. a. alcorta 2532. buenos aires. junio 1972
|
INDICE |
12.
Lotería |
Nada educa tanto a los hombres
como ver el destino de los hombres
GUSTAVO FRENSSEN-JÜRN UHL
1
FIDEL
La casa era de madera, pintada de rojo. Un cuadrado de tierra
con algunas plantas y después la habitación, con su ventana.
Detrás, con materiales diversos se había construido la cocina;
pero el pasillo de la galería estaba hecho de mosaico con
guardas y debajo de la bomba-sapo había una tina y una tabla
sobre dos ladrillos para no encharcarse los pies.
En los fondos se alzaba el gallinero y parte de su cerco había
sido sustituido por un viejo elástico de cama.
En esa casa el destino había congregado a cinco seres que
resbalaban sobre la superficie de la vida. Tres eran los hijos:
Alberto (a éste costó más trabajo ponerle nombre), Mario y
Pedrito. Este último había sido el más solicitado por la
Muerte; al fin, tanto había suplicado la pobre mujer, que se lo
había dejado, junto con dos arrugas en la frente.
La madre era fuerte y sanota. Pero después que vino el primero
la llamaron doña. (Y usted sabe, el empacho se cura tirando de
la piel de la espalda de la criatura y viene el sarampión y la
escarlatina y todos los días la muerte nos acosa para
mantenernos vivos.)
Después llegaron los otros y donde más señales deja si tiempo es
en la piel de las manos.
(Lo más extraño de todo esto es que la madre también crece, como
los niños.)
A él (al marido, doña María lo nombra “él”) nunca le falta su
camisa limpia y a veces fuma durante la noche sentado en la cama
porque le duelen las muelas. Pero, con todo, pudo comprar un
terreno y levantar esa casita de madera. Quería poner un gallito
de lata en el techo y valen más que una pileta de tierra romana.
Hay que seguir pagando, es cierto; pero, después, la casa es de
uno. Y ya están todos dentro y doña María es la única que no
deja su casa. Su marido va a trabajar todo el día, sus hijos van
a la escuela; pero ella no pasa del portoncito del alambrado. A
veces, deja de lavar, se seca las manos apurada, en el delantal,
y sale a la puerta, con las narices estremecidas, como si
olisqueara algún suceso en el aire. Sí; ella espera siempre que
suceda algo. De pronto (¡qué sé yo!, un personaje extraño va a
venir por el medio de la calle, con pasos lentos, como el judío
de las colchas, y va a repartir la felicidad para todos, como
reparten las muestras gratis de cacao. O llegará una paloma
blanca, o una nube con un gran arcoiris (¡qué sé yo!); pero algo
tiene que suceder.
Los días se disuelven en el crepúsculo impreciso y no pasa nada.
Y se está solo y el pobre marido está solo, y los chicos están
solos, por más que no se separen ni un memento. La única forma
de encontrarse es siempre fuera de sí mismos en la alta noche,
cuando el espíritu se remonta y los ojos buscan el fulgor de una
misma estrella. Y entonces los hijos ya no tienen madre.
Pero los chicos no pueden saber nada de todo esto. Ellos miran
sus narices reflejadas dentro del tazón de café con leche y no
sospechan que advienen a un mundo que debía ser nuevo con cada
uno que nace, que debía ofrecerle a cada recién nacido la
posibilidad de crearlo todo, en vez de darle a uno lo que han
hecho los demás y de obligarle a mirarlo como propio.
Y esa tarde, una tarde en que el humo de las chimeneas de las
fábricas quedaba fijo en el espacio, doña María oyó una alegre
gritería.
Se limpió las manos en el delantal y salió a la puerta,
arrastrando las chancletas.
Los chicos estaban en la calle y Alberto llevaba un perrito
atado por el cuello con un piolín. El animal trotaba a gusto, y
a cada trecho se detenía, con una pata en el aire, y miraba a un
lado y a otro sin comprender probablemente la causa de tanto
alboroto.
–Mama –gritó Alberto (Dijo mama, no mamá. ¿Y qué? Es mejor que
digan mama y no mami). –Mama, míralo; lo encontramos en el
potrero.
Los chicos quedaron pendientes de la respuesta y hasta el perro
pareció comprender la importancia decisiva de ese al momento,
levantando unos ojos suplicantes hacia la mujer. Pero doña María
no hizo esperar mucho su juicio. La contestación en esos casos
es siempre la misma:
–Yo no quiero perros en mi casa –dijo, aparentando enojo–;
bastante tengo que limpiar todo el día. Un animal que no se sabe
ni de dónde viene...
Ahora hablaba para la vecina, que sonreía lánguidamente,
cruzada de brazos, recostada en el poste de la puerta de
alambre, que daba al jardincito de la casa.
(Claro, no se sabe cómo hacer. Uno quisiera contar todo. Es tan
agradable para los que se acostumbran a los cuentos. Porque la
vereda es de cascotes, piedras, ladrillos, un poco de todo. Y el
alambrado casi siempre está cubierto por una enredadera sufrida
y a pesar de los perros, las gallinas, los caballos sueltos,
alguna oveja, las vacas del lechero don Gaitán, que hacen sonar
el cencerro a cada mordisco, viene la primavera y da flores, se
cubre de campanillas azules, moradas. ¡Qué lección!)
Doña María todavía no ha mirado hacia su vecina, pero habla para
ella. Habla sin convicción, levantando el tono para que se crea
que lo que dice es terminante. Pero nadie le cree. Pedrito,
mirándola en los ojos, dice: –Mama, es mansito.
–Yo no quiero perros, he dicho –grita–. Tengo tres bocas para
llenar y con lo que tu padre me deja, no puedo hacer milagros.
Por supuesto, esto es lo que debe decirse en esos casos. El
perrito se le acercó, sacudiendo la cola. Doña María lo rechazó,
agitando el delantal.
–¡Fuera! ¡No faltaba más! ¡Cualquier animal que encuentran en
la calle, lo traen a casa! ¡Como si la casa fuera un chiquero!
–Nos seguía desde el puente, mama –prorrumpió Mario. –A mí no me
importa –replicó doña María. Y dando vuelta la cabeza, se encaró
al fin con la vecina–. ¿Se da cuenta, doña Matilde? Un perro que
encontraron en el potrero, un perro vagabundo. ¡Quién sabe de
dónde viene! ¿Para qué lo quiero? ¿Para andar corriendo detrás
de él todo el santo día? No, no, yo no quiero perros en mi casa.
Mi hermana, que es loca por los animales, tenía uno que era una
maravilla. Bueno; ése no era un perro, era igual que una
persona, solo le faltaba hablar. Iba a buscar al marido a la
estación y una vez que él le quiso levantar la mano a ella,
porque es algo mano larga, le enseñó los colmillos.
La vecina pareció animarse un poco, adelantó un pie y dijo:
–Yo tenía uno... Pero los chicos no la dejaron continuar:
–Mama, ¿lo dejas entrar? ¿Sí o no? –He dicho que no.
Los chicos empezaban a impacientarse. Pensaban: Mamá; está bien,
mamá, ya has dejado a salvo tu autoridad. Déjanos entrar para
que podamos soltarlo y darle agua. ¿No ves que quiere quedarse
con nosotros? Como se ve hay una forma de pensar, con palabras
sin sonido que es tan fina y elegante como la misma forma
literaria. Alberto insistió:
–Andaba perdido.. . pobre; si llueve, de noche. .. –He dicho que
no y basta.
Los tres hermanos se entendieron con una mirada y tirando del
perrito, seguidos por los otros muchachos, se dirigieron hacia
la esquina.
–¿Adónde van ahora? –tronó doña María, exasperada. –A soltarlo,
al potrero... –gritó Alberto. Doña María levantó los brazos en
un gesto de desesperación:
– ¡Cómo van a soltar a ese pobre perro en el potrero! Malvados.
¡Se da cuenta doña, doña Matilde! Traigan ese animal adentro.
¡Pronto! Debe estar muerto de hambre. Llévenlo al fondo, hasta
que llegue Pedro.
Los chicos volvieron a mirarse, sonriendo, y entraron. Doña
María todavía tuvo tiempo de decir, gesticulando: –¡Qué chicos
estos, son capaces de hacerla enloquecer a una!
Y entró en su casa detrás de sus hijos. Sí; había un arbusto de
cedrón junto a la ventana y cuando el viento soplaba contra las
persianas, como una boca sopla en los agujeros de una armónica,
entraba en la pieza una musical fragancia.
Doña María hubiera querido tener una hija. Una mujercita es más
compañía. Porque hay cosas de las que es inútil hablar con los
varones. Pero el destino quiso que fueran tres muchachos.
Nunca han tenido perros. Gallinas, sí; pero el mundo de las
gallinas es tan limitado. ¡Son tan torpes para volar! Y a causa
de esto están siempre encolerizadas y dispuestas a llevar la
contraria. Y siempre hay una que corre como si hubiera
descubierto una lombriz y es para hacer chasquear a las otras.
Los perros, en cambio, ven más que los hombres y reconocen a las
sombras y son los únicos que ven a la muerte merodear por los
barrios, trazando enigmáticos signos en las puertas a tablero de
las casitas. Sí; los perros huelen más, oyen más, ven más que
los hombres. A ellos les ha sido concedido el don de comprender
más la vida, por eso no se les deja hablar. Y si viven tan poco
tiempo es para que no puedan acompañarnos en la vejez y que,
por su lealtad, se viesen comprometidos a enseñarnos el camino.
Ni aun a los perros sabios, tan tristes bajo las lamparitas del
circo, con su collar de pelo y su cola rematada en un pompón,
les está permitido más que contar, bailar o imitar a un
centinela. Pero ellos están conformes y de pronto, con un
ladrido saturado de angustia, nos quieren prevenir.
Alberto soltó al perrito que miró sin desconfianza a los tres
chicos y luego fue a husmear un rincón, una pata del sillón de
mimbre y, finalmente, se sentó sobre sus patas traseras, con una
oreja caída y otra alerta, al parecer satisfecho de su primera
exploración.
Era un Derrito flaco, de pelo blanco con manchas de color
canela. Su mirada era humana y su hocico sensible. No demostraba
temor y miraba a los chicos como si se hubiera criado con ellos.
Y ahí estaban los cuatro, mirándolo, como se mira el brote de
una rama, con miradas que son un poco para el recién nacido.
Porque la casa estaba ya formada, y a la mañana, antes de que
saliera el sol, se oían concertados, el canto del gallo y el
carraspeo del padre, que salía pesadamente de su sueño y el
soplido persistente del calentador y alguna palabra suelta,
impregnada del sopor de la madrugada. Y después, con la suavidad
con que avanza la niebla, iban creciendo los ruidos. Las
gallinas iniciaban sus voraces secreteos y es casi seguro que
hablaban de su tarea de abastecer de huevos, o conspiraban para
pasear por el mosaico del corredor, y no podían comprender por
qué doña María se empecinaba en limpiar las manchas que ellas
ponían con toda dedicación y que tan bien quedaban en el mosaico
lustroso. Un balido llegaba de la casa de al lado, una hoja caía
balanceándose en el aire y las hormigas negras suspendían su
afanosa labor nocturna, las puertas estaban francas y cada uno
de los habitantes de la casa tenía la suya: a los ratones se les
respetaban les agujeros en las tablas y a las gallinas, las
excavaciones debajo del alambrado, que les servían para salir al
baldío. Los gorriones chillaban desesperadamente, persiguiéndose
y cuando se cansaban se daban chapuzones de tierra molida. Las
moscas se entrecruzaban en desordenado vuelo y cada cosa, cada
ser, encontraba de nuevo su exacta ubicación en la casa, la
tabla de lavar en la tina, la olla en el fuego, los mosquitos en
el cielorraso y el sillón de mimbre donde la madre canturreaba,
recosiendo la ropa y donde el padre balanceándose comprobaba,
después del trabajo, que la casa era propia.
Los chicos volvían de la escuela (al menos, que ellos sepan
leer; siempre es útil), con cierta ansiedad de verificar que
todo estaba como lo habían dejado y no se tranquilizaban hasta
que retornaban los olores y los ruidos familiares. Y cuando el
cielo se quedaba sin su azul y empezaba el cristalino alternar
de las ranas, regresaba el padre y reñía a su mujer para estar
seguro de que una vez más era ella misma, y ponía un rostro
grave y meditativo que no era de él y quería saber si sus hijos
habían repasado la tabla y si la maestra había advertido que
también ellos estaban en la clase.
De todas las cosas había que darle cuenta mientras comían: de
las diabluras de Mario, de la rebeldía de una planta que quería
pasarse a la casa vecina por encima de la tapia, de la tardanza
en volver de la gallina colorada; entonces, poco a poco, iba
apareciendo en los cansados ojos del obrero una lumbre de
satisfacción y la botella ya estaba casi vacía.
Todo esto iba a ser ahora trastornado por la presencia de un ser
extraño. El perro estaba allí, sentado sobre sus patas traseras,
tranquilo, y los cuatro sabían que los habitantes de la casa
iban a estar sobresaltados hasta que entendieran que él quería
compartir sus vidas y que se iba a quedar allí, quieras que no,
volviendo por supuesto, cuando todos durmiesen, si lo echaban.
Lo habían traído atado con un piolín, pero la verdad es que él
había trotado siempre adelante, como si conociese el camino.
Con su hocico lustroso había reconocido inmediatamente lo que
estaba a su alrededor. Alberto le dio agua de la bomba en una
taza y bebió a lengua suelta, con mucho ruido; le alcanzaron
unas sobras de puchero y las engulló, atragantándose. Entre
todos lo llevaron a dar una vuelta por la casa y él fue
identificando cada lugar, como si en ellos hubiera vivido. Aquí
parecía que iba a detenerse, como si hiciera esfuerzos por
recordar, como si volviese a él un olor antiguo, pero arrugaba
el hocico y seguía andando con su mirada indiferente. Delante
del gallinero se detuvo y las gallinas se enderezaron en sus
perchas con cuchicheos y aspavientos de muchachas sorprendidas
en ropas de entrecasa y el gallo protestó con engolada
indignación. Luego encontraron un sapo y el perro se detuvo a
husmearlo pasando su nariz sobre su lomo rugoso, pues solo los
perros están avisados del mágico poder de los sapos.
Después volvieron a la galería y el perro se sentó otra vez
sobre sus cuartos traseros y esperó, resignado como un aspirante
que se somete a todas las pruebas.
–Habrá que ver si “él” lo deja –dijo la madre sonándose con el
delantal, para disimular su simpatía. (No hay por qué
escandalizarse. El delantal a estas mujeres les sirve de toalla,
repasador, pañuelo; con él se protegen del sol y la lluvia,
recogen la fruta, espantan las moscas y por eso no son ni peores
ni mejores que las otras mujeres.)
Entonces chirrió la puerta del alambrado y entró el padre. Los
chicos se alinearon junto a la madre y aguardaron la acometida.
Sucedió, luego, una cosa increíble. El hombre recorrió el
pasillo lentamente, se detuvo frente al grupo, echó una mirada
tranquila al perro, se quitó el saco y se sentó, con un
resuello, en el viejo sillón de mimbre. Nadie dijo una palabra.
Y antes de que alguien pudiera pronunciarla, el perrito se
acercó a los pies del hombre, se echó en el suelo, todo a lo
largo, y apoyó su hocico húmedo en uno de sus botines.
Los chicos instintivamente se apretaron alrededor de la madre.
Pero el hombre, se inclinó suavemente y con su mano tosca le
rascó la cabeza.
El perro dejó oír un gruñido gozoso.
Uno no acaba nunca de entender á la gente. Lo que correspondía
al padre, según todas las leyes que rigen los actos de estos
hombres, era darle una patada por atrevido. Y él, en cambio, lo
había acariciado, como no lo había hecho nunca con ninguno de
sus hijos.
(Dije patada y dije bien. El pie del hombre cuando hiere es
pata. Pero la gente cree que es fina con solo observar ciertas
reglas y alguna vez sé ha oído amenazar a un chico, con darle
un “estirón de oídos”.)
Los tres muchachos estaban tan contentos como si hubiesen
recibido ellos una muestra de afecto. Se sentían más cerca del
padre, cuya hosquedad no habían podido disolver ni cuando todos
rodeaban silenciosos la cama de Pedrito, consumido por la
fiebre, ni cuando él vino del trabajo con un brazo fuera de la
manga del saco, envuelto en una venda ensangrentada y todos se
pusieron a llorar.
–¿Qué nombre le pones, papá? –preguntó, de pronto, Pedrito, que
podía usar su debilidad como una fuerza.
El padre inclinó la cabeza para mirar al perro que dormitaba
con absoluta confianza y dijo con pesada sensatez:
–Tendría que llamarse Fidel.
Entonces Mario corrió hasta la entrada del corredor y gritó tres
veces, para probarlo:
– ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!
Y Fidel se enderezó con un ladrido pueril y a saltos grotescos
se acercó al chico y alzándose sobre sus patas jadeando, trataba
de alcanzar a lametearle la cara.
Así fue como la familia sintió asombro de no haberse dado cuenta
antes de que para ser todos más felices, a la casa le faltaba un
perro.
2
LA NOCHE
Los tres hermanos dormían en una sola cama, dos a la cabecera y
el más chico a los pies como suele decirse. Esto también tiene
sus inconvenientes porque de un lado y de otro empiezan a tirar
de las cobijas y casi siempre la disputa termina con unos
coscorrones. Pero esa noche, ni se buscaban los pies para
empujarse ni tironeaban la manta. Y tampoco podían dormirse
pensando en Fidel que había quedado en la cocina, con un plato
de sopa de pan, que no se había dignado tocar.
Después que el perro fue admitido en la casa, cuando todos
entendieron que también él había tomado su decisión de
quedarse, empezaron a tratarlo sin miramientos. Doña María se
secó una lágrima con el delantal y para disimular su emoción
empezó a gritar:
–Mario, mira cómo te pone el delantal limpio. Espera no más, que
mañana vas a tener otro lavado y planchado para ir al colegio.
Y dijo esto, no porque le importara mucho fregar con sus brazos
vigorosos toda la ropa de la familia (aunque hay que renegar
porque el agua es, buena para tomar, pero corta el jabón), sino
porque nunca está de más que “él” se entere de que mientras
trabaja para mantener la familia, ella no se está cruzada de
brazos.
Porque (no se impacienten, por favor) si una mujer no dice ella
misma lo que hace, el trabajo no se ve. Y si hay una discusión
cualquiera, en seguida los maridos quieren afirmar su autoridad
porque Yo trabajo, yo me deslomo para mantenerlos.
–Bueno; ¿y yo no trabajo? A Dios gracias (nombrar a Dios da
cierta finura a la frase), andan todos limpitos y remendados. La
ropa no será nueva, pero no le falta agua y jabón, ni aguja y
hilo. ¿Y no es trabajar baldear el corredor que esas cochinas
gallinas ponen a la miseria en cuanto pueden pasar? ¿Y no es
trabajo lavar el piso? Porque yo no soy de esas que le pasan un
trapito sin enjuagar y no cambian nunca el agua del balde. ¿Y
no es trabajo hacer la comida y dar de comer a estos tres lobos?
Porque tus hijos parece que no hubieran comido nunca; no comen,
devoran ...
Aquí, él, contestaba invariablemente:
–Mejor; señal que tienen el estómago sano. Mientras el padre se
pueda ganar el puchero, que coman hasta reventar.
(No son expresiones elegantes; pero son claras. Benot, a quien
don Pedro y doña María no conocen ni de nombre, ha dicho que el
lenguaje “es la colección de herramientas y mecanismos con que
trabaja el entendimiento. Y naturalmente, los que tienen poco
entendimiento, usan herramientas toscas; pero no menos
eficaces.)
A veces los chicos, entre sueños, oían decir al padre:
–Toma, para parar la olla.
A los chicos les gustaba esa imagen de parar la olla. No les
costaba imaginar a la olla vacía y mustia, con la cinta de un
puerro flotando en un caldo flaco, ni a la olla como erguida,
rebosante, con la tapa retemblando, la olla parada.
Doña María protestó porque Fidel le ponía las patas encima a
Mario, pero Fidel era un perro comprensivo. Se quedó quieto y
hasta agachó la cabeza como avergonzado. Pedrito le ofreció un
trozo de pan que sacó del bolsillo y Fidel lo rehusó después de
acercarle el hocico.
–Vayan a lavarse ... –gritó doña María, y como había comenzado
en un tono de indignación, se vio obligada a agregar, sin
motivo– ... sucios, que siempre andan con las manos sucias,
lávensen siquiera una vez.
(Dijo “lávensen”, es cierto; pero hay que tener en cuenta que
no fue más que hasta cuarto grado. Cuando se llega a cuarto año,
entonces se le puede decir jofaina a la palangana.) Por otra
parte, siempre que doña María estaba delante de su marido hacía
demostraciones de su oficio de madre. Que no se fuera a creer él
que se había casado con una mujer que no servía para nada. Y
para que no fuese a olvidar que también su opinión pesaba en la
casa, agregó:
–Y dejen a ese perro tranquilo, porque en cuanto me fastidien,
le doy un escobazo y lo echo.
El padre, como siempre, ni pestañeaba. Lo que ocurría no tenía
sentido para él. Hacía ya mucho tiempo que no comprendía. Y su
temor de que alguien advirtiese que no podía comprender lo había
hecho hosco. Intuía que todo era más sencillo y que habían
complicado las cosas inútilmente. Como si viviesen vidas
superpuestas, vidas que no eran las de cada uno. Como si
hubiesen acumulado, capa sobre capa, formas absurdas de vivir y
ahora no se podía horadar la gruesa costra, debajo de la que
estaba la vida esplendente y sencilla. Entonces se abandonaba
uno como la hoja a la corriente. Y casi siempre ocurría esto en
la buena época de los sueños. En el tiempo en que las madres se
resignan a la separación, porque se ha rebasado su mundo. Y todo
es tan razonable, sin embargo, que, en vez de salir por esos
caminos a gritar la alegría de sentirse libre, arrancando
puñados de pasto y refregándolo por la cara para sentir el
campo, se presenta uno en el portón gris de una fábrica y con
una voz sorda que hace achicar los ojos de los capataces, pide
trabajo.
Es tan razonable; pero no se puede comprender. En vez de tomar
contacto con él mundo y gozar sus maravillas, resulta que uno
ha nacido para fabricar tapitas de lata, para las botellas de
cerveza. Las poleas y los volantes giran como en una pesadilla.
Y no se acaba nunca. Todos destapan botellas de cerveza y luego
la tapita rueda debajo de las sillas. La máquina sigue acuñando
millones y millones de tapitas. Y en vez de sentir uno que el
aire celeste le acaricia la boca con un susurro de beso, siente
el aliento de la máquina en los ojos quemados de cansancio. Y
todo es tan razonable. Por ejemplo: si uno sigue su impulso y se
va por esos caminos de Dios, ya se sabe, necesita una barba de
carpincho, una bolsa y un palo. Entonces se le deja seguir y los
perros y los pájaros, los pachorrientos sapos y las fulmíneas
lagartijas lo reconocen. Y hay que andar, con los pies
doloridos y un tallo fresco de hinojo en la boca, indiferentes a
los que en toda clase de vehículos disparan frenéticos de la
soledad y se detienen en los pueblos, en las calles más
transitadas, a tomar un respiro, y descubren que lo mismo están
solos. Los perros de las chacras se largan contra uno a grandes
saltos, ladrando furiosamente; pero es para engañar a los de la
casa, para que sigan ignorando que pasa aquel a quien solo los
perros reconocen.
Y un día, hacia el crepúsculo, el espacio se ahueca como si nos
fuese a tragar. Un gran árbol señala el límite preciso y
Arturo, el boyero, inicia sus celestes guiñadas. Y ya lo sabemos
todo y podemos entrar sin temor en la tierra.
Y no como los que van en furtivas vacaciones a robar trocitos de
naturaleza para encerrarlos en sus herméticas habitaciones de la
ciudad. Con gestos ridículos hinchan el pecho y quieren llevar
los bolsillos llenos de piedritas, hojas y ráfagas de aire
limpio y vuelven a la ciudad neblinosa, sonrojados como si
hubiesen cometido un hurto.
En cambio, siempre se encuentra una muchacha que está dispuesta
a aceptar, porque uno no ha dejado de acuñar tapitas de lata,
ano tras año. Y en seguida uno encuentra por todas partes
escarpines y pañoletas de lana como si los recién nacidos de
ahora tuvieran más frío que los de antes y se es padre de
familia y se puede usar una cara seria para esperar los otros
hijos, las gallinas, el perro, que constituyen la casita. Nadie
sabe quién enseña a jugar al truco, y a las bochas se aprende
mirando arrimar a los viejos. Y de pronto, uno se pregunta: ¿se
podría saber para qué hago todo esto? Naturalmente, es muy
razonable; pero no se puede comprender. Uno tiene hogar y
esposa honesta y trabajadora y los chicos son buenos y
obedientes y en el almacén le dicen a uno: buenas noches, don
Pedro, y no se debe Dada. Pero es duro de comprender que uno
haya venido al mundo para hacer tapitas de lata para las
botellas de cerveza.
Ahora correspondería decir: durante la comida no ocurrió nada
digno de mención. ¡Qué dulce es la rutina! Uno dice: “nada digno
de mención” y no dice nada. Y entonces, usted que está leyendo,
tiene libertad para suponer lo que quiera. Al fin, el que
escribe, humilde o soberbio, es como un ratón que recorre
enloquecido todo el largo del zócalo sin encontrar la hendija
donde meterse. A veces, cuando está más desesperado, suele dar
con el agujero y se mete en él temblando y esto vuelve a darle
alguna confianza en su oficio. Pero siempre es más lo que se
corretea por fuera que lo que se alcanza a hurgar por dentro.)
La madre, que piensa en todo, mandó a Alberto a echar las sobras
a las gallinas, por encima del cerco.
Pero el padre extendió la mano y apartó dos trozos de carne con
los dedos y se los dio a Fidel, que esperaba inmóvil. Sí; ya
estaba convenido: hasta que Fidel muriera, el padre iba a mirar
en el plato de las sobras, que pertenecía a las gallinas, y
separando dos trozos de carne se los iba a echar al perro, que
los engullía sin masticarlos, con un quejido ahogado. Justo es
consignar que este hábito le había sido respetado al padre, sin
protestas. Quizás convendría añadir que doña María se encargaba
de dejar en su plato la parte de Fidel. Y así todos estaban
servidos como por la mano de Dios. Y era Dios mismo quien les
servía, pues que los había proveído de la bondad y la maldad de
que disponen todas las criaturas.
Aquella noche, los tres muchachos fueron a la cama, después de
acariciar la cabeza de Fidel, y el perro quedó en la cocina,
dispuesto a enfrentar, por primera vez, a los habitantes
nocturnos de su nueva casa. Y ya se sabe, el perro busca un
rincón, da una vuelta en redondo y se echa, apoya el morro en
las patas delanteras, sacude las orejas y se dispone a dormir
con un ojo abierto. Oye todos los ruidos y los clasifica
cuidadosamente, pues ha de hacer amistad con ellos. Y también
los ruidos tienen su naturaleza y si no se les estima lo
suficiente, se irritan y alteran, avanzan deformados y estallan
y uno los desconoce y producen sobresalto. Son crueles y
vengativos. Una simple gotera o el pulso del reloj o la madera
del ropero que restalla, bastan para ahuyentar el sueño, según
es sabido.
Esta vez, una cama crujió pesadamente y después golpearon el
piso los seis botines de los chicos. Más tarde un grillo empezó
a ensayar su chirrido. Fidel lo reconoció en seguida. Primero
fue un ruidito sordo, aislado; luego tres seguidos y una pausa,
como la de quien pone la mano en la oreja, para cerciorarse de
que lo han oído; en seguida una serie, como si quisiese
atornillar cada chirrido con media vuelta más de la rosca
sonora. Fidel fingió que dormía plácidamente y entonces el
grillito suavizó su estridor y siguió cantando para la noche.
Una araña desenvolviendo velozmente su hilo de plata se
descolgó sobre su hocico; pero Fidel sabía que nada malo debía
temer de ella, como no fuese alguna cosquilla de sus ocho patas
peludas. El fuego mortecino le disparó una pavesa encendida con
un chasquido de látigo. Se levantó y cambió de sitio. El fuego
era cordial, pero peligroso. Una vez había querido sacar un
pedazo de asado y un tizón le había mordido el hocico. Muchas
cosas son incomprensibles para los perros. Un perro nunca podrá
comprender por qué siempre que hay un buen trozo de carne asada
alguien blande un palo para impedir que lo coma. Un perro nunca
comprenderá por qué están las despensas abarrotadas de
provisiones que no pueden tomar los seres famélicos que
arrastran los pies por esas calles. Un perro no puede comprender
para qué los hombres han inventado la tortura del vidrio que no
deja pasar ni el olor de las ricas cosas que se ven al través.
Inició un leve temblor para que todos supieran que sentía un
poco de frío y se dispuso a dormir. Se hizo un ovillo, metiendo
la nariz en las gamuzadas verijas y quizás empezó a soñar, como
un ser humano, en deliciosos lugares abrigados.
Y en la habitación, el padre, la madre y los tres chicos no
podían atrapar el sueño que planeaba sobre sus cabezas, pensando
en el perro que había quedado solo. Si al menos se decidiese él
a empujar la puerta y a entrar sin ruido, todos dormirían
tranquilos. ¿Acaso la madre no hacia entrar a la clueca con su
racimo vivo de pollitos? ¿No ponía entre sus pechos a los
pollitos tristes?
Era extraño y había ocurrido muchas veces: la familia se
entendía mejor cuando no se hablaban y no se podían ver las
caras. En la obscuridad todos sacaban a relucir sus propias
caras; pero con la luz cada uno tenía que ser como el mundo lo
había dispuesto y no como eran. El padre no podía, de ningún
modo, tener una expresión de niño y a los niños se les amenazaba
con purgarlos si querían estar tristes. Al fin, Alberto
comprendió que todos estaban de acuerdo y se deslizó de la
cama, abrió con cuidado la puerta y salió descalzo a la galería.
Se acercó a Fidel en la obscuridad y le palmeó suavemente la
cabeza. El perro se incorporó, moviendo la cola y siguió al
muchacho, cautelosamente.
Entraron sin ruido en el cuarto. Todos suspendieron la
respiración. De un salto, Fidel se instalo en la cama de los
chicos, al lado de Alberto. Entonces volvieron a respirar,
aliviados, y durmieron un solo sueño como si se sumergieran en
el agua tranquila de un estanque.
3
EL LIBRO DE LOS SUEÑOS
Doña María tomó un pan y lo cortó en tres rebanadas, a lo largo.
Las puso sobre el fuego y en seguida se expandió por la cocina
un rico olor a miga chamuscada. Alberto, Mario y Pedrito
aguardaban pacientes. El perrito, Fidel, miraba a los chicos,
miraba a la madre, tratando de adivinar sí también a él le
darían algo de comer. ? Doña María rezongaba, sin volver la
cabeza:
– La leche no la quieren tomar los niños. Quieren cosas
sabrosas. La leche, que hace bien, no la quieren.
Raspó el pan tostado con un cuchillo y luego le frotó un diente
de ajo y le echó por encima un poco de aceite. –Tomen y no se
ensucien –dijo, y añadió con grandes aspavientos, enderezando un
pan que había quedado vuelta abajo en la mesa–. ¿No ven el pan,
no ven el pan dado vuelta? ¿No les han enseñado a poner el pan
derecho? Cuando el pan está con la cara para abajo se ofende a
Dios y le duele la barriga al panadero.
Inesperadamente cambió de expresión y se rió, satisfecha de lo
que había dicho, con una risa pueril, impropia, mientras le
echaba un trozo de pan a Fidel. (Al perro no le gustaba el pan;
vero todo tiene que ser compartido en una casa pobre.)
Doña María prosiguió, como para justificarse:
–Cuando yo era chica, mi madre, que jamás me había levantado la
mano, porque una vez tiré un pedazo de pan, me dio una
cachetada.
Aspiró aire para hablar con solemnidad y agregó:
–El pan es sagrado.
(Es curioso, todos los chicos a quienes sus padres no les han
pegado nunca, tienen el recuerdo de esa cachetada única que les
ha de servir de ejemplo para toda la vida.) Alberto, Mario y
Pedrito y el mismo Fidel, no se interesaron por el sermón del
Dan y se alejaron en fila, con cierta prudencia, como si
estuvieran desganados y sin saber qué hacer. Pero la madre, que
conocía estas argucias, los detuvo en seco, gritando:
–¿Dónde van ahora? Vienen de la escuela y se van a la calle. ¿No
pueden comer el pan en casa? ¿Todos los vecinos tienen que saber
que comen pan con ajo, en vez de tomar la leche?
–Vamos un rato al puente –dijo Alberto, arrastrando las sílabas.
– ¡Ay! ese puente. ¿Por qué habré merecido el castigo de vivir
cerca de un puente? El día menos pensado se va a ahogar uno de
mis hijos en ese río bendito. Tanto trabajo para criarlos y
después, en un momento se lo lleva la corriente, como al hijo de
doña Azea.
Esta filípica significaba que la madre no se oponía realmente y
los chicos siguieron andando y mordisqueando el pan crujiente,
untado con aceite y ajo. Fidel ensayó una carrerita rematada con
un salto y miró a los chicos con ojos desorbitados de alegría.
Pero Alberto le echó una mirada furiosa y el perro volvió a
quedarse quieto. Doña María se limpió el contorno de la boca con
una punta del delantal y mirando al grupo que se alejaba,
murmuró: –El perro los cuidará, como el ángel custodio. Dicen
que a veces toman formas de animales para cuidar a los chicos.
Dios me perdone ...
Era un día suave. En el débil celeste del cielo se desflecaban
algunas nubecitas. Una brisa alegre estremecía las hojitas y
levantaba las crenchas de los chicos. Sin volver la cabeza,
llegaron a la esquina, donde el alambrado del lote estaba caído
y se veían las huellas del carro que había tumbado dos postes.
Pasando entre los alambrados flojos entraron en el descampado.
Por bueno que fuese el alambrado de los baldíos la gente se
abría paso para acortar camino o salvar un charco.
Apenas estuvieron ocultos por la última casa de la cuadra, Mario
estalló en una especie de frenesí y le dio un empujón a Alberto
que le hizo caer el pan al suelo y levantando las rodillas como
un caballo, salió corriendo y riendo a gritos, seguido del
perro. Alberto recogió su pan con una lentitud que indicaba la
gran velocidad de su ira y soplándole algunos granitos de
tierra, gritó con rabia comprimida: –Si te agarro, te rompo la
cara. Y como Fidel ladraba, agregó: –Chúmbale, Fidel, rómpele
los pantalones. –Bueno; ¡basta! –gritó Mario, jadeante–, si me
pegas se lo digo a mama.
Caminaban por un senderito pelado, bordeado de manzanilla y
cicuta, coloreado por el pompón violeta del cardo. Una cabra
ramoneaba las hojitas de un arbusto, mirando de reojo al grupo
que pasaba. Pedrito dijo, señalándola con el dedo:
–El chivo de Tristifuque.
Los tres hermanos se rieron, porque el dicho era del padre, y la
cabra se libró de ser molestada, por la altura de los yuyos.
Andaban descalzos; pero los tres pisaban con soltura, retozando
un trecho, saltando aquí, sosteniéndose en un pie para quitarse
un pincho clavado en la planta, arrancando, al pasar, un tallo
sobresaliente.
Fidel trotaba adelante y de tanto en tanto se detenía de golpe
para olfatear minuciosamente una planta, con el aire de quien
hace memoria.
(Todos podían olvidar; pero los perros y las plantas, no. Los
niños nada saben y en la vacuidad de sus miradas residen las
únicas posibilidades de superar el mal. Los hombres se lo pasan
inventando cosas para olvidar y todos los días aparecen nuevas
bebidas para embriagarse o vara endulzar la boca. Pero los
perros tienen que mantenerse lúcidos y sobrios y desde cachorros
respiran un aire amargo de ponzoña.)
Fidel corría por el caminito, de mata en mata o con el hocico
pegado al suelo como si siguiese un rastro. Alberto avanzaba,
distraído, con la mirada errabunda sobre el pasto. Pero cuando
tuvo a Mario cerca se transformó bruscamente y gesticulando como
un loco lo agarró por el cuello y lo tiró al suelo. El juego se
hacía violento. Fidel miraba a los muchachos que se revolcaban
en la tierra sin saber si debía intervenir. Al fin, indeciso,
lanzó un ladrido ahogado. Pedrito, aterrado, gritó: –¡Déjalo,
Alberto!
Pero Alberto, enrojecido, poseído de toda la furia por la
resistencia de Mario, comprimiendo su cara contra el suelo, le
retorció una oreja hasta que el dolor se hizo insoportable y
aparecieron unas lágrimas en sus ojos. Al verlo llorar el odio
se trocó en amor. Dio un respingo y se incorporó, vigilando, con
rápidas miradas, listo para huir, si Mario lo corría. Pero la
furia de su hermano se había diluido en un llanto cálido y
Pedrito y Fidel se habían colocado a su lado, mientras él se
restregaba la oreja dolorida.
–Vas a ver con mama –intercedió Pedrito, apiadado.
–Y él, ¿por qué empuja? –dijo Alberto, y en son de burla empezó
a cantar–: Si te agarro, te hago barro, si te piso, te hago
guiso ...
De pronto los cuatro olvidaron la rencilla, porque una lagartija
cruzó velozmente el caminito. Fidel dio un salto, sacó las
uñas, enderezó las orejas y empezó a husmear las matas. Con la
voz sofocada dijo Mario:
–Por aquí... espera ... dame un palito...
Pero ya la lagartija se había precipitado en un agujero.
Siguieron caminando, dejando que Fidel escarbara un poco para
demostrar su buena voluntad.
–Bueno –manifestó Alberto mirando por encima del hombro–; no
pegues a traición si no querés que te haga saltar un diente.
Mario vaciló un momento y miró en derredor buscando una
solución. En el suelo había un cascote. Lo agarró y se fue
amenazante sobre su hermano.
–A ver, pega. Sácamelo el diente. ¿A ver?
– ¡Maaario! –expresó Alberto en tono de reconvención.
Fidel estaba ahora de parte suya, miraba el trozo de ladrillo en
la mano de Mario y gruñía, replegando el hocico y enseñando los
dientes.
–¿Por qué no pegas ahora, aprovechador?
–Bueno; soltá la piedra y se acabó la pelea. Corta mano.
(Une pone el dorso de la mano y el otro simula un corte, como de
cuchillo, con el perfil de la suya y el pacto queda, sellado.)
El viento les azotaba suavemente las mejillas. Ahora caminaban
Mario y Pedrito abrazados por el cuello, empinándose a cada
paso en el sendero angosto. Detrás venía Alberto bordeando los
yuyos, levantando las piernas para no pincharse. Delante iba
Fidel, acechando. Su lengua roja se doblaba hacia un costado
agitada por el aliento. A Fidel le convenía ir el primero, con
el cogote torcido, para verles las caras a los chicos y
adivinarles las intenciones. Solo cuando volvían a casa, Fidel
iba detrás, con la mirada puesta en el suelo, trotando sobre las
sombras alargadas que se pegaban a los talones de los chicos.
Más adelante, un perro enorme, de ojos duros y gruñido sordo, se
acercó amenazante. Fidel vaciló, con una pata en el aire. Los
tres chicos rodearon al animal empobrecido y haciéndole cerco
pasaron cautelosos.
De pronto, Alberto exhaló un grito que les puso frío en la
espalda, porque en ellos todo era así, imprevisto,
escalofriante. Una suma de pequeños terrores componía su día y
aún los mantenía sobresaltados durante el sueño. Estos
sacudimientos nerviosos eran su vida y les compensaban de la
tediosa tiesura que les imponían sus maestros y sus padres.
Aquellos inacabables: “caminen bien”, “siéntense derechos”, “no
griten”, “coman despacio”, “quédense quietos”, necesitaban una
compensación.
La resignación a ser dóciles, silenciosos, tranquilos a que los
obligaba la tenacidad de la prédica, aderezada de restallantes
cachetazos, buscaba salida al instinto irrefrenable y se
desahogaba en torrentes de travesuras, de gritos, de amores y
odios, de simpatías y repulsiones.
(“Quédense quietos” –qué me dicen– uno acaba de nacer, puede
decirse, y ya quieren que se quede quieto. Ya llegará,
inexorablemente, el momento de quedarse quietos, dejen ahora que
los chicos corran, salten, griten, lo resuelvan todo,
minuciosamente. Ésa es la ley, aunque no sea cómoda para los
adultos domesticados.) Alberto dio un grito terrible y dijo
atropellando: –El último es un pavote.
(Los últimos, los últimos... Querido, no, los últimos no son
unos pavotes: son los bienaventurados de que habla el texto
bíblico, pues el mundo es por la invencible fuerza y
permanencia de los débiles, de los humildes. Algún día
comprenderás que el poderoso es un accidente y que el único
poder que realmente existe es el que no puede ejercerse contra
nadie, ni contra nada.)
Ahí, a la vista, estaba el río y los tres chicos y el perro se
largaron por La pendiente en desenfrenada carrera. Y cuando
llegaron a la orilla, se echaron de boca en el suelo y metieron
las manos en el agua, con una expresión de delicia en los ojos
como si se hubiesen quemado los dedos, como si ofreciesen sus
dedos a la voracidad de los peces para pagar una culpa y
sintiesen en éxtasis el martirio de que se los están royendo.
El agua corría undosa, charolada. Los tallos henchidos,
aguanosos, remedaban el vientre liso de los pescados. Siempre
había un hombre de piel rugosa y tostada, que sostenía una caña
oblicua sobre el agua en la que repesaban sus ojos. Y cuando
miraba a los chicos era como si la corriente le hubiese vaciado
las pupilas y tenía que mirar un rato largo para volver a
llenarlas con las imágenes del mundo. A un costado había dos o
tres mojarras obligadas a morir de esa torpe muerte convulsiva
de los peces, sin piernas, ni brazos, y, lo que es más duro aún,
sin párpados.
Fidel lameteó el agua ruidosamente y se desperezó estirando las
patas y bostezando.
La luz se recostaba en los pastos con mansedumbre vesperal y la
activa fragancia del poleo estimulaba la respiración. El corcho
de la caña de Desear saltó en el agua y el hombre,
despaciosamente, retiró el anzuelo para ponerle una nueva
carnada.
–Debe ser un sábalo –dijo Alberto, pero el hombre no contestó.
(Se ha llegado a tal grado de hosquedad que ni a los niños
contestan los pescadores de caña que siempre fueron los hombres
más buenos del mundo, acaso porque tienen siempre las dos manos
ocupadas.)
Los chicos, sin embargo, estaban cómodos en el silencio que
siguió . . .
(Un momento. Permítanme este desahogo aunque no venga al caso.
Lector: cada vez que usted sospeche que mi sinceridad flaquea,
por favor, no me acuse; comprenda que nos ha tocado vivir en
una tremenda época de mentiras, donde el ejercicio de la verdad
es, en cierto modo, algo sumamente heroico. ¿Dónde iba ...?)
... y echados en si suelo, a lo largo, apoyando la cabeza sobre
los codos, vieron sumergir nuevamente el anzuelo, mientras
Fidel se lamía tenazmente una pata.
Alberto mordisqueaba un tallito agrio de trébol (¿se acuerdan?
vinagrillo). Por el puente de viejas vigas de madera,
blanqueadas a la cal, pasaba un carro, una mujer vestida de
negro... Los seres y las cosas parecían hallarse lejanos, como
si la atmósfera fuese una cúpula de cristal y todo ocurriese en
la superficie externa de ese casco transparente y luminoso.
El hombre seguía vaciando sus ojos mortecinos en el agua
fluente, y no se movía a no ser para rascarse. No tiene, al
parecer, otra intención en esta clara tarde: pescar y rascarse.
La incesante corriente lo ha lavado de otras intenciones.
El perro deja de lamer su pata, estornuda, se sienta sobre su
cola y pasa de su expresión grave a una cariñosa y alegre. Y se
acerca al pescador bamboleando la cabeza y meneando la cola.
– ¡Fidel! –llama Alberto, pero ya el perro le ha lamido la mano
grande y dura que él apoya en el pasto y el hombre absorto ha
hecho como que no lo ha advertido. Y en cierto momento es seguro
que la amistad se ha estrechado entre ellos dos porque Fidel,
aguijado por el ejemplo, con la pata trasera, se ha rascado
vigorosamente una oreja.
(Si doña María lo hubiese visto, lo hubiera reprendido: ¡No
toques la guitarra, Fidel!)
Pedrito mira el sauce y la parte del puente que se refleja en
el río. Mario está esperando el momento de hacer una de las
suyas; Alberto quiere saber si el presunto sábalo volverá a
burlarse del pescador comiéndose la carnada.
El sol es anaranjado y los pájaros vuelan en el aire blando, con
perezosos giros.
(Es seguro que alguien está haciendo una poesía.) Por cuarta vez
el corcho se hunde y salta sobre el agua bailoteando.
El pescador de caña, impasible, levanta el sedal, pone un gusano
de blancos anillos gordos, que se rasga con un ruidito de seda
al ser atravesado por el anzuelo. Ahora el piolín da dos
vueltas sobre su cabeza, como la cola de un látigo, y cae en el
agua y solamente el corcho sale a flote. Pero el pez no quiere
picar y ronda burlón alrededor del garfio encarnado. Los tres
chicos han clavado los ojos en el corcho, pero dentro del agua
nada se ve. El río asume una coloración gris aventada por los
aletazos de los negros biguás.
Y el pescador retira su caña, recoge el tarrito de las
lombrices, se sacude los pantalones y se va sin pronunciar
palabra, sin mirarlos. Fidel lo sigue unos pasos, luego tuerce
la cabeza con una mirada interrogante y finalmente vuelve al
lado de los chicos que miran alejarse al pescador con su caña al
hombro.
Por un instante han quedado solos. Nadie pasa por el puente.
Grandes oleadas de fresco silencio llegan del bosquecito de
álamos de la otra orilla. De pronto, con un alarido de los que
dan espanto a Pedrito, Mario salta dislocado y con una mueca
horrible alza los brazos y empuja y derriba a Alberto en si
agua.
–Me la pagaste, me la pagaste –vocifera como enloquecido.
Alberto manotea desesperado, asiéndose de las matas de la
orilla, barbotando:
–El barro... no puedo salir del barro... ay... mama... .
Fidel ha prendido los dientes en una manga de la blusa de
Alberto y tira con denuedo, gruñendo. Pedrito llora de terror.
Mario lo echa al suelo y agarrando a su hermano por la ropa
tironea con el perro, hasta que Alberto consigue poner una
rodilla en el borde de tierra y sube penosamente.
Hay una leve pausa. Mario se ha puesto a unos pasos de distancia
en actitud de escapar y mira desconfiado a su hermano,
chorreando, sofocado. Alberto se da un respiro y en seguida, con
un quejido, se levanta y lo corre, pero las ropas mojadas y
Fidel, excitado, que se le mete entre las piernas, ladrando,
traban sus movimientos. Entonces vuelve a echarse en el suelo y
llora y Fidel le lame la cara salada.
Después vuelven a casa porque ya se ha puesto el sol, dejando
apenas un suave rubor en el horizonte, entré; los árboles
desmelenados, obscuros. Mario va adelante, pronto para correr, a
la primera señal de que quieran agarrarlo. Fidel trota cavilando
y Alberto y Pedrito van juntos, sumidos en sus pensamientos.
Cuando entran en la cocina, Mario se pone del otro lado de la
mesa para defenderse. –Mama.
De pronto, descubren que la madre está en un rincón, con ojos de
haber llorado y la frente y las sienes cubiertas de rodajas de
papas, como una gran corona que agobia su cabeza.
(Todavía hay quienes prefieren pegarse a las sienes unas rodajas
de papas o unos porotos partidos, antes que tragar una
cafiaspirina. Dicen “tintura de odio” y se pasan la barrita de
azufre por el cuello, pero no es culpa de ellos... ¡Es que se
sabe tanto! Los médicos hablan con calculada superioridad y con
palabras indescifrables que nos anonadan y todo lo más que se
les ha pedido es que nos curen.)
Doña María mira a sus hijos uno por uno, como si los contase,
como si los viese por primera vez y sonríe con el belfo blando,
a punto de iniciar otra vez el llanto.
– ¿Qué tenés, mama? –pregunta Alberto, y Pedrito y el perro se
le ponen al flanco. Unos pasos en la galería apenas si dan
tiempo al perro a enderezarse y ya está el padre en la puerta de
la cocina.
Se deja caer en una silla y pasea una mirada circular, que se
detiene en doña María con su cabeza coronada de medallones de
papa.
–¿Qué te pasa –le dice– que tenés esa cara toda llovida?
Bueno; usted, lector, que considera distraídamente todas las
cosas, hágame el favor, deténgase a analizar esta expresión.
Pero... ¿Se da cuenta? ¿De dónde pudo sacar este hombre rudo,
que no ha leído a Proust, esa imagen tan fina? La cara toda
llovida ... llovida. ¿Se da cuenta?
Doña María, levantando ¡a punta de su delantal, se dio unos
toquecitos en la comisura de los labios y masculló:
–Los chicos se habían ido al puente con el Fidel y yo me fui a
recostar un rato. Y empecé a soñar que me había puesto a jugar
en la galería con el perro. Daba unos saltos y se revolcaba en
una forma que yo no podía aguantar la risa. Entonces yo le
pregunté al perro: ¿Cómo, dejaste ir solos a los chicos al
puente? Y él salió corriendo, como loco... Entonces me desperté
y fui a lo de doña Matilde, que tiene el libro de los sueños y
le cuento lo que me había soñado y abre el libro y me dice: Ay,
doña María, ojalá que no le pase nada, mire lo que dice el
libro: Perro: jugar en sueños con un perro... anuncia desgracia
en la familia. Y estos cuatro desfachatados, que habían ido al
río y no volvían y no volvían ...
4
EL TRAJE NUEVO
A la mañana, el padre faltó al trabajo y fue con su mujer a
comprar un traje de confección en La llave del Buen vestir,
frente a la estación. Doña María iba un poco sofocada por su
estrecho vestido de salir. Hasta la tienda había unas ocho o
diez cuadras largas, con pasos de piedra y senderitos bordeados
de ramitos de manzanilla florecida, donde acechaba el cáustico
bicho colorado. Pero más que el vestido, a la mujer la
mortifican los zapatos de taco alto, bajos de escote y la
pungente decisión de sacar del escondite del ropero los sesenta
pesos que llevaba en la cartera. El empeine de su pie era tan
grueso que a las zapatillas de entrecasa, para calzarlas, tenía
que hacerles un tajo y los pesos los había juntado, moneda a
moneda, con paciente obstinación, porque una nunca sabe qué
puede pasar.
El padre iba unos pasos adelante, ensimismado, sin saco, con su
camisa planchada, pañuelo blanco, en vez de cuello y el
chambergo viejo mal puesto sobre su cabello descuidado. Pero lo
que le daba carácter, conservando un resto de gracia juvenil y
de simpatía en su rostro duro, era un mechón de pelo que le
hacía una onda en la frente y el cigarro, girando en la comisura
de la boca.
El jamás se miraba en la luna del ropero y es posible que se
peinara con los dedos y de pronto, no se sabe cómo, la onda
volvía a colocarse sobre su frente. Cuando lo observaban, él la
levantaba, con un gesto severo, como quien entiende que ha
renunciado a toda presunción, pero la matita de pelo caía
irreductible.
Jadeaba doña María, y no podía soportar el sufrimiento de los
pies. Cuando sus hijos descalzos chapaleaban en el barro, ella
sonreía con deleite. Hubiera querido ella misma entrar en el
charco, pero qué pensarían los chicos, a quienes, por principio,
tenía que reprender con energía: –¡Otra vez en el barro, como
los cerdos!
(A doña María le gustaba intercalar en su lenguaje algunos
vocablos finos, cuando se trataba de educar: –No se dice
mentiroso, sino embustero; digan: usted dispense, recuerdos a su
mamá... se le han dado. ..)
Cuando doña María se calzaba los zapatos, los mismos que se
había puesto el día de su casamiento, Alberto, arrodillado,
empuñaba un calzador de metal, empujando y resoplando, con la
punta de la lengua afuera, mientras Fidel gruñía. Y después era
la risa, viendo cómo la madre se ponía de pie, tambaleándose,
avanzaba ahogando un quejido y haciendo unos visajes medio de
dolor, medio de risa. Pero un rato después, con la caminata, los
dedos de los pies empezaban a hincharse y a repujarse en el
cuero y la abertura del zapato se ceñía como estrangulando el
tobillo deforme.
Doña María odiaba los zapatos tanto como su marido el cuello.
(Don Pedro, al cuello, le llamaba el yuguillo. ¿Saben? Esos
fierros que van sobre las pecheras de los caballos, donde se
prenden los tiros.)
Para entrar en la tienda, doña María compuso una cara agresiva.
El tendero era de cráneo chato con una escobilla de pelo
descolorido, que extendía de parte a parte para disimular la
calvicie; todo lo demás no importaba, exceptuando sus ojitos
astutos de ratón. Dijo, frotándose las manos:
–¿Alguna cosita para la señora o para el señor, un parcito de
medias, una camisita?
Y se dirigía a la mujer. (Este sí que sabe cuántas púas tiene el
peine.) Ninguno de los dos contestó, pero los ojos de doña María
relampaguearon con un seco: ¡Es inútil; a mí no me va a engañar!
Y empezó la esgrima:
–Le doy algo de primera, un traje sufrido, de buen paño...
(¿Y qué? El que vende no puede decir que la mercadería es mala,
pero todos se han empeñado en que debe pasar por ese trance de
clausurar su conciencia si quiere recibirse de comerciante y lo
obligan a repetir en voz alta que la mercadería es excelente.
Luego toman aliento e insisten en que lo que no sirve debe
guardarlo para los otros. Entonces, el buen hombre se ve
obligado a decir: ¡Se lo ofrezco porque es usted! Y cosas por el
estilo. Y qué sucedería si al entrar en la tienda uno dijera:
déme una camisa o una corbata de las peores que tenga, quiero
que los que lleguen después no encuentren más que lo mejor.
¿Qué sucedería si consumiésemos todo lo feo del mundo? Podría
ser que se agotasen todas las cosas de mala calidad y mal gusto
y que, al fin, también nosotros pudiésemos comprar una camisa
buena alguna vez.)
El tendero decía:
– ¡Vea, señora, qué paño y qué hechura! y miraba a don Pedro
como a un “esqueleto capaz de envejecer los trajes recién
estrenados, como una vez dijo Oliverio Girondo.
Don Pedro miró impaciente a un lado y a otro y finalmente se
dirigió a la puerta, a grandes pasos.
–¡Cómo! ¿Se va el señor? ¿No le gusta el género? Puedo mostrarle
otros –dijo el tendero, agitado.
Doña María, reposada, contestó:
–No; no se va; va a escupir, a la calle, con perdón de su cara.
Con esos cigarros que fuma, tiene que escupir a cada momento
para poder hablar.
Don Pedro era ancho de hombros y el tendero tuvo que despojar de
su traje al maniquí que estaba a un costado de la entrada. Lo
trajo en brazos y la mirada estúpida del muñeco no variaba aun
cuando lo habían acostado sobre el mostrador para sacarle los
pantalones. Doña María dio vuelta la cara. El vendedor empujó a
don Pedro hacia un cuchitril detrás de una cortina y por la
abertura de la tela le iba alcanzando las prendas para probar.
La cortina se abrió luego para dejar pasar a cien Pedro con el
traje nuevo. El vendedor dijo, con cierta exaltación
profesional.
–Le queda pintado. Mire la espalda, señora, ni una arruga.
(Todo lo decía él y había que admitirlo, aunque fuese verdad.)
–Las mangas, sí, son un poco cortas, pero se le puede dar un
centímetro más.
Don Pedro miró a su mujer, y hablando por primera vez, farfulló:
–Mejor que sean cortas, así no se ensucian tanto.
El tendero insinuó una sonrisa irónica.
(¡Cuánto cuesta mantenerse en la ignorancia! Todos han aprendido
algo y quieren probar su saber sin pensar en las perturbaciones
que causan. Se empieza a comprender que no es elegante apoyar
el escarbadientes o el pucho del cigarro en la oreja y que no
está bien soplar el hueso para que salga el caracú, como la
arveja de la cerbatana, o meterse en la boca la hoja del
cuchillo con los garbanzos en fila y al final –a la fin– uno
piensa tanto que pierde el sueño y termina por “marearse de la
cabeza”. ¿Por qué no lo dejan a uno ser feliz a su modo? ¡Ah!,
no, querido: la sociedad tiene sus derechos. Si se pone de moda
comer una presita con los dedos, resulta distinguidísimo; pero
si se come con los dedos antes de que sea moda, resulta
bochornoso.)
¡Es lindo entender, pero tan difícil! Al fin de cuentas, como
decía el lavandinero, a todos hay que hacerles la barba cuando
mueren.
Tímidamente se resolvieron a comprar el traje y dejaron el
maniquí desnudo sobre el mostrador. Y regresaron, él adelante,
ella retrasada, sin poder alcanzarlo a causa de los zapatos y
pensando: Avenas llegué a casa, empiezo a gritar: “Nene, tráeme
las zapatillas”. Y el primero que corre a buscarlas es Fidel y
me traen, una el perro y la otra el muchacho.
El padre entró en la casa con cara hosca para disimular su
pudor. Los tres chicos lo rodearon curiosos y Fidel empezó a
oler con desconfianza las botamangas del pantalón nuevo. Y de
pronto, el hombre, inquieto, vio llegar el momento en que iba a
tener que mostrar a sus hijos y al perro una cara adaptada a un
traje que todavía no quería ser suyo, un traje que caía sobre su
cuerpo sin obedecerle, con esa inestabilidad de las pelucas.
Gesticulando gritó:
–Salgan del paso, ¡carajo! ¡dejen caminar a la gente! ¡No han
visto nunca un traje!
Y volviéndose a su mujer:
–Y usted también, déjese de mirar con esa cara... ¡Y no hablen
más del traje porque me lo saco y lo pongo en el fuego!
(Sí; la psicología de los pobres es realmente complicada. Y
esta aparente explosión de grosería, no es sino la defensa torpe
de un alma tímida y delicada.)
Todos sonreían, divertidos por la turbación y el enojo del padre
y hasta Fidel ensayó una carrerita para probar su alegría; pero
doña María contenía trombonazos de risa, con lágrimas en los
oíos.
– ¡Ay! Dios mío, si lo hubiesen visto salir de atrás de la
cortina, con el traje nuevo: parecía el maniquí de la puerta de
la tienda.
Los chicos aprovecharon para reír fuerte, pero como Alberto lo
hizo en son de burla, doña María, instantáneamente seria, le
sacudió un coscorrón:
–¡Qué te has creído, che, que te vas a reír de tu padre? ¿No te
han enseñado educación todavía? ¡No faltaba más!
Y así pudo salir el padre de aquella situación lastimosa. (Es
complicado, ¿verdad? Sin embargo, ellos se entienden.)
Don Pedro, que había perdido medio día de trabajo, para ir a
comprarse el traje, ahora no sabía qué hacer y fue a mirar las
gallinas. Doña María, a sus anchas, feliz con sus chancletas,
entró en la cocina a preparar el almuerzo. Al ver al padre, las
gallinas corrieron creyendo que les iba a echar algo y Fidel
aprovechó la ocasión para amagar un golpe con el hocico, a
través del alambre, al gallo engolado que hizo girar sus ojitos
iracundos, cloqueando.
El padre abrió la portezuela del gallinero y tendiendo
suavemente la mano hacia una tabla donde se alineaban unas
palomas, agarró una, en tanto las otras huían batiendo las alas
despavoridas.
–¿Qué vas a hacer, papá?
El padre dijo con el tono de quien se ve obligado a hacer algo a
disgusto:
–Trae el piolín del barrilete.
Alberto fue a la carrera a buscar el piolín y salieron al
potrero de al lado.
Doña María gritó:
–Eso es, ponete la ropa a la miseria ahora. Ya te arruinaste un
saco, ahora arruina el otro. ¿Todavía no tenés bastante?...
(La ropa, la ropa. .. Mirando bien dan lástima esos que son
capaces de dejarse basurear por no estropearse la ropa en una
pelea.
El padre ató las dos patas de la paloma y pasó una vuelta de
piolín por su cuello, de modo que hizo tres tiros, como en los
barriletes. Luego la soltó al aire, aflojando el hilo y la
paloma, asustada, empezó a volar en círculo sobre sus cabezas.
Fidel saltaba y ladraba enloquecido. –Papá –preguntó Mario–, ¿te
obligan a ir a trabajar con el traje nuevo?
Sin contestar, a cada uno, empezando por el más chico, el padre
dio a tener el piolín del barrilete vivo y finalmente fue
recogiendo el hilo hasta que la paloma, palpitante, con el pico
abierto, estuvo en sus manos y fue libertada. Pero estaba tan
agotada y aturdida que cayó al suelo como un trapo y Fidel se le
echó encima y de un bocado la apresó entre los dientes.
– ¡Fidel! –gritó Alberto con ansiedad y al querer correr tropezó
y se derrumbó largo a largo; pero intervino el padre:
–Déjasela, no le hace nada. No la agarras vos mejor con la mano,
que el perro son los dientes.
Y a Fidel:
–Anda, llévala adentro.
Y una reflexión que nadie entendió:
–Ojalá el hombre tuviera la mano blanda como la beca del perro.
Y Fidel iba adelante, orgulloso, con la paloma en la boca.
Sí; el padre sabía muchas cosas; pero no estaba casi nunca en
casa. Los domingos, después de almorzar llegaban el
lavandinero, a quien apodaban Gracias-por-todo, un compañero del
taller, Remigio, que estaba en el torno de la otra cuadra y un
viejo, don Serafín, que se había jubilado como señalero del
ferrocarril. Se jugaba al truco y se bebía vino.
Las voces iban creciendo y retumbaban los puñetazos en la mesa
mientras los chicos se desgañitaban cantando la Marcha de San
Lorenzo y diciendo: oír se deja de corcer el cilacero, en vez
de: oír se deja de corceles y de aceros. Al anochecer iban a
terminar la partida en el despacho de bebidas de la esquina y no
siempre amistosamente.
Don Pedro tomó un plato de sopa, sin ganas, le dio un pedazo de
carne al perro, pues por el perro y no por otra cosa se sentía
dueño de la casa, y se fue al taller, con el traje nuevo.
Los chicos comieron algo, se peinaron propinándose uno que otro
puñetazo, se pusieron el guardapolvo y salieron para la escuela,
escoltados hasta la esquina por Fidel.
Cuando el perro volvió y fue a olfatear el tacho donde estaba el
saco viejo en lavandina, doña María se secó las manos en el
delantal y salió a explorar la calle. Como siempre, estaba doña
Matilde, recostada en el poste de la puerta de alambre del
terrenito de su casa, con una sonrisa de oreja a oreja.
–¿No fue a trabajar don Pedro, esta mañana?
–No –respondió doña María y añadió, tiesa de miedo–: anoche me
parece que tomó un vasito de más y trajo todo el saco roto y
manchado de vino. Se lo lavé antes de acostarme; pero no sale
del todo. Entonces fuimos a la tienda y le compré otro esta
mañana, con una plata que estaba juntando.
–Sí; lo vi con el traje nuevo, remontando una paloma en el
potrero. Nunca había visto hacer esto –recitó doña Matilde
mirando lánguidamente al cielo.
¡Dios mío, ésta sabe algo! –pensó doña María y chapurreó:
–Para entretener a los chicos. ¡Las quiere, a las criaturas! (Y
bueno; si no lo hubiesen buscado, no se hubiera metido). El
tiene esa cara seria, que parece que siempre está enojado, pero
¡qué esperanza!, es un hombre de su casa, trabajador, que nunca
le ha hecho faltar el pan a sus hijos... al que hablara mal de
mi marido le sacaría los OÍOS. .. (¡Dios mío!... si el otro
llegara a morir.) Se lo digo yo, doña Matilde, es un hombre al
que hay que sacarle el sombrero...
–Y no como esos sinvergüenzas –le interrumpió doña Matilde,
acentuando su sonrisa–, que porque el contrario dice turco en
vez de truco, son capaces de abrirle la barriga de una puñalada.
Pero, aunque todos se callen después, los agarran lo mismo, por
las manchas de sangre del traje.
Adentro, en la casa, por primera vez aulló el perro.
5
EL PAN DULCE
Tenia razón doña Matilde.
A don Pedro lo pusieron preso y el disgusto (doña María decía:
la mala sangre) no era por tener que ir a visitarlo a la cárcel,
con el hijo mayor, mientras los otros dos y el perro cuidaban la
casa, sino por lo que se murmuraba en el barrio.
Los chicos, a decir verdad, sentían cierto secreto orgullo de
que el padre se hubiese hecho valer amagando una puñalada con un
cuchillo de mesa. Pobrecitos, ¡qué saben ellos de estas cosas!
(Este pensamiento debe ir acompañado de un suspiro.)
La gente de buen juicio había dicho sencillamente: –No se debe
provocar a un padre de familia. Pero la herida no había tenido
consecuencias y Fantasía ya andaba otra vez apoyando el codo en
el mostrador de estaño del almacén con su vaso semillón dorado.
El mismo almacenero, don José, había salido de testigo. (No se
alboroten: está bien dicho; no hay por qué complicar el idioma.)
Pero don Pedro estaba adentro y no lo soltaban.
Doña María lo contaba de este modo:
–Como ser, aquí hay una reja; bueno, enfrente hay otra reja
alambrada. Y entonces él viene y a veces no se puede acercar de
tantos que hay detrás de los barrotes de hierro y no se puede
oír lo que dicen, porque hablan todos juntos, gritando.
Entonces, claro, usted comprende, a una le vienen las lágrimas
a los ojos y un nudo en la garganta que no puede hablar. Y él,
con toda la barba, como si no pasara nada; ¿se da cuenta? María,
no te hagas mala sangre y ándate para casa. Al pobre Alberto lo
miró y nada más. ¿Los chicos, están bien? Y el Fidel, ¿no me
busca a la noche? ¿Se da cuenta, señora? En esa situación y
acordándose del perro.
El perro era el que hacía más sensible la ausencia del padre.
Cuando llegaba la hora en que volvía del trabajo, Fidel iba a la
puerta, miraba inquieto hacia la esquina y volvía caviloso, con
un trotecito cansino. Se echaba en cualquier lado, con la cabeza
apoyada sobre una pata como si dormitase. Pero afinaba su oído y
al menor ruido de pasos se enderezaba súbitamente y corría a la
puerta.
Pero los días pasaban y don Pedro no volvía. Gracias-por-todo
dijo que un amigo le había anunciado que pronto iba a estar en
libertad, que estaba todo arreglado. Y a doña María, en la
guardia, le habían asegurado: ¡Váyase tranquila, señora, mañana
lo tiene en su casa!
Doña María salía de mañana a buscar ropa para lavar y volvía con
un gran atado sobre la cabeza. El resto del día fregaba
furiosamente sobre la tabla hasta quedarse sin aliento; después
cocinaba y mientras los chicos comían, sentados a la mesa, ella
tomaba un bocado de pie, sin ganas, tanto para no debilitarse.
Fidel husmeaba los rincones una vez más, buscando el olor que
completaba a la familia, porque los perros sienten hasta el
olor de los pensamientos.
Luego los varones lavaban los platos y todos se iban a acostar.
Fidel hacía su última recorrida y se metía debajo de la cama de
los chicos, desde donde podía proteger a la familia. Doña María
caía en la cama tundida; pero el sueño no se dejaba atrapar ni
boca arriba, ni de costado, mientras en la obscuridad el
universo reproducía su hervidero de estrellas titilantes, Y ya
sabemos, la obscuridad se hace más tensa y se acumula sobre el
pecho y hay que derrumbarla con un gran suspiro y ese momento
es el que le sirve al perro para entrometerse en cosas
particulares, con cierto decoro.
Doña María siente en la mano abandonada el aliento húmedo y
cálido de Fidel y luego su lengua tibia y le dice en voz baja,
para que no oigan los chicos:
–No está, no; no está. Todavía no volvió. Ándate a la cucha.
Pero Fidel seguía lamiéndole la mano, porque doña María estaba
pensando: ¿Y si no volviera? ¿Qué hago yo con los chicos? Porque
sin padre ¿cómo puede haber educación en una casa? Una madre
puede tener limpios a los chicos y darles un moquete a tiempo,
una madre puede darles de comer bien y cuidarlos si se enferman,
una madre es menos austera que un padre y no tiene vergüenza de
suplicar y aun de arrastrarse por el suelo para pedir a la
muerte que le deje a su hijo. Una madre conoce todas las
posturas y los grandes gestos de los trágicos griegos y ha
aprendido secretamente a torcer la boca, a desencajarse los
ojos, a llorar lágrimas que saltan, gordas como piñones, por el
costado de los ojos, y con gracia inimitable se cierran sobre la
comisura de la boca; ha aprendido a bramar como ninguna actriz
lo haría; y a pesar de que casi todas saben a conciencia su
oficio de madres, a menudo son derrotadas y les queda la
angustia de no haber sido del todo convincentes. Una madre puede
estrujar contra su pecho a su hijo, con cualquier motivo, y
traspasarle ese caudal de ternura, que un día hay que volcar en
el sucesor; una madre puede enseñar a querer y siempre sabe las
fechas de los cumpleaños. Pero un padre puede enseñar a dar la
cara, a tender una mano lisa, a afrontar la contraria y a que no
se debe tener deudas.
(Para todo esto no se necesita más que vivir como los demás:
salir de mañana para el trabajo y regresar con un paso recio y
ese olor a sudor sano que se escapa por las aberturas del saco.)
Sin padre no puede haber educación en una casa; pero las madres
lo saben todo. Y saben esos miles de pequeños secretos sin los
cuales no podríamos vivir, como soplar en un ojo para sacar un
granito de tierra o golpear en la espalda para aliviar el ahogo
de un ataque de tos.
Y también son las madres las que ennoblecen las cosas feas del
mundo. Las tocan con sus propias manos y sus manos siguen siendo
hermosas. Y si están encallecidas y cuarteadas son más
maternales y no se comprende cómo el niño puede saberlo. Por eso
las madres de manos pulidas dan a criar a sus hijos y el crío
tiene que aprender a reconocer otro olor de madre. Y luego es
tan difícil recuperar a la madre, aunque una tenga las manos
cuidadas.
Después llegaba el día y doña María se ponía a fregar en el
tacho, tanto más furiosamente cuanto más injusto le parecía lo
que estaba ocurriendo.
A veces iba Alberto a entregar la ropa fresquita, bien doblada,
y volvía con algún dinero. La madre había dicho:
–Vamos a juntar, para darle una buena comida a tu padre, cuando
vuelva.
Y como estaba próximo el Año Nuevo, quiso que el muchacho
trajera una hoja de panel y lápiz y anotara:
1 pan dulce
1 paquete de fruta seca
1 turrón
¿Y qué más? Bueno; se mata una gallina y se hace el estofado.
(–Doña Matilde, dice mi mama que tenga feliz Año Nuevo y que le
mate esta gallina, porque si la mata ella después no la puede
comer.
Y un buen plato de fideos. (Sin fideos no parece día de fiesta.)
–¡Ah!... pone... una botella de sidra... y diez de hielo...
–Mama... ¿por qué no compras un ananás”?
–Ponélo al ananás. Se pela, se corta en tajadas redondas y se
le pone un vasito de vino seco.
Doña María había colocado moneda sobre moneda y llegó a reunir
diez pesos, que le cambiaron a don José, el almacenero.
La víspera de Año Nuevo, vino Gracias-por-todo bien temprano y
le gritó desde la puerta:
–Doña María, parece que hoy lo largan a don Pedro.
Ella se detuvo un poco asustada, porque primero había ido todo
tan lentamente, que era una desesperación y ahora las cosas se
precipitaban de tal manera que no había tiempo de pensar qué
había que hacer, qué cara había que llevar... ¿Tendría que
besarlo? Pero no tenía costumbre y era como desbaratar delante
de extraños la seriedad que él se había impuesto y que tanto le
costaba conservar.
Al mediodía empezaron a salir los presos perdonados en vísperas
de las fiestas. Y ella estaba en la vereda de enfrente, en la
sombra, sintiendo un temblor por dentro y cada vez que alguien
trasponía el portón y se detenía un instante, parpadeando, como
si por primera vez se asomara al mundo, ella sentía una flojera,
como si toda la emoción hubiese bajado a sus piernas.
Una mujer escuchimizada, pasó a su lado y le dijo casi sin mover
los labios:
–¿El suyo no salió, señora? Allá va el mío.
(Doña María: ya sé que a usted no le importa; pero quizá le
resulte interesante saber que el Cap. VI de la Gramática
castellana, dice: Pronombres posesivos son aquellos que
significan posesión o pertenencia de alguna cosa o persona.
¿Comprende por qué a usted le agradó lo que le dijo la pobre
mujer?)
El primer indicio que tuvo ella de que el suyo no salía, fue un
copioso sudor que le bajaba desde la nuca por el cuello. Cosa
rara, primero fue el sudor y después el pensamiento. Entonces
comprendió que había esperado hasta ahora sin pensar que
esperaba y que su capacidad de paciencia se había agotado frente
a aquellos muros amarillos de la prisión. Tuvo la sospecha de
que no quedaba otra cosa por hacer que gritar y desplomarse en
la vereda teniendo por único testigo al vendedor de masitas, que
movía su plumero de tiras de papel con esa parsimonia con que
las vacas mueven distraídamente la cola. Pero en ese momento
apareció él en el portón. Pareció indeciso, como si no supiese
claramente hacía qué lado tomar. No la vio y parecía que no
esperaba a nadie. Se dirigió con cierto esfuerzo a pasos pesados
hacia la esquina, como si fuese para el lado opuesto al que
había resuelto ir. Ella quiso gritar y no pudo. Su chistido cayó
al suelo antes de llegar a él. Entonces reunió todas sus fuerzas
y empezó a correr detrás de su marido. Tenia miedo de no llegar
a alcanzarlo y que él hubiese perdido la costumbre de volver a
casa, después de tantos días de encierro, y que siguiese por
esas calles, tantas que no se sabía cómo hacer para recordarlas
y que, entrampado en ellas, no pudiese volver nunca más. El la
presintió detrás suyo y se dio vuelta en el preciso momento en
que una baldosa más alta que otra se propuso ayudarla y la hizo
caer, de rodillas. Entonces vino hacia ella, a grandes pasos y
la alzó con sus nervudos brazos. Y en esta forma se cumplió el
abrazo. Y se sentía tan feliz así sostenida.
–¿Te hiciste mal?
–No; no me hice nada, es que estos malditos zapatos, pía...
pía... pía...
(Ya todos saben que cuanto más se habla más se disimula. ¿Para
qué copiar lo que dijo doña María? Cuando se adquiere una
conciencia de escritor, este oficio es doloroso. Cada uno ponga
allí lo que le parezca.)
Pero él no la escuchaba y a la luz plena del mediodía su
humillación se acentuaba. Nadie había comprendido nada. Se le
había tratado como a un irresponsable, que no sabe lo que ha
hecho. El había arriesgado su vida para imponer un respeto y se
le había dado el tratamiento de un niño que ha cometido una
falta. No era posible entenderse y habían concluido por dejarlo
en el cuadro.
(¿Por qué tutear a los presos? Cuanto más bajo cae un hombre más
cuidado hay que tener con la dignidad que ha podido salvar.)
El caminaba sombrío y ella trotaba a su lado, rengueando y como
él se enjugó la frente con la mano, ella quiso llevarle el
sombrero, para que él supiera cuánto lo quería. Pero ya no era
el mismo don Pedro. Su importancia de vecino respetado se había
desmoronado. Mejor era que pensara en su mujer y en sus hilos
también los domingos, en vez de ir a jugar a la baraja y a tomar
vino.
–Yo sé que hice mal; pero uno tiene la sangre calienta y no va a
dejar que se le rían en la cara.
–Tenés que pensar en tus hijos.
–Sí; pero tampoco sería un buen ejemplo que los hijos supieran
que uno se dejó basurear por un compadrito.
–A vos qué te importa... vos tenés a tu mujer y a tus hijos...
¿Acaso no le hablan dicho que Fantasía le había puesto pimienta
en los ojos al perro del guardabarreras? El no se metía con
nadie; pero odiaba a los que maltrataban a los animales. Los
perros y los gorriones le daban más lástima todavía.)
Cuando llegaron a la casa, desde el fondo vinieron corriendo los
tres chicos y al llegar junto al padre se quedaron mudos,
revisándolo por la espalda, por los costados, como si esperaran
que trajera algo escondido. Doña María los apartó rudamente:
–Ya están... ya están con la boca abierta. Dejen pasar...
¡malcriados!
Pero los tres chicos se reían y Fidel, después de cerciorarse
que el patrón había llegado, empezó a correr, frenéticamente,
desde la puerta al gallinero, de la cocina a la pieza,
llevándose todo por delante, golpeando las puertas, empujando
las sillas...
–Míralo –dijo doña María–. Se volvió loco.
Don Pedro fue derecho a su sillón de mimbre y sus manos parecían
acariciar los brazos del viejo sillón.
–¿Por qué no te haces una siesta? –dijo doña María, que ya se
había puesto de entrecasa y se sentía, más tranquila escondiendo
las manos debajo del delantal.
Para olvidar aquel mal momento de su vida tenia él que tomar
contacto con las cosas familiares. Pero don Pedro no quería
hacer la siesta.
–¿Querés comer alguna cosa? ¿Querés tomar algo?
No: don Pedro no quería ni comer, ni beber.
(A medida que avanzamos en la vida nuestros ojos parece que se
corrieran hacia la nuca y miramos hacia atrás. Lo que queda al
frente cada vez es menos y el presente en realidad no existe. El
presente es como un muro divisorio. Lo que vivimos lo arrojamos
por encima del muro y pertenece al pasado. Recuerdos y
presentimientos, eso es nuestra vida.)
El perro estaba tan contento que había entrado en la pieza y
tironeaba de un zapato viejo. De pronto el animal se levantó
sobre sus patas traseras y revisó el antiguo tocador de nogal.
El cepillo de la ropa le tentaba con su pelo ríspido, pero
estaba lejos de su hocico; la jabonera tenía un olor que le
disgustaba, aunque su color y su brillo le atraían; el juego de
copitas de licor, con su arco dorado, también estaba fuera de su
alcance. No había otra cosa a su disposición más que el arrugado
papel verde de diez pesos que doña María acababa de sacar de su
escondrijo. Dio un saltito sobre las dos patas y lo alcanzó.
Tenía un olor tan particular, un olor mezclado de hombres y de
azufre que lo excitaba. Lo dejó en el suelo, lo volvió a oler,
remangando el hocico; se echó atrás, agachándose sobre sus
patas delanteras hasta apoyar la cabeza en el suelo, y lanzó un
ladrido infantil (¿puede decirse?), batiendo la cola. Después se
echó sobre el papel de diez pesos como sobre una laucha, con las
dos patas a la vez y sacando las uñas bruscamente. En seguida,
gruñendo y sacudiendo con furia la cabeza y con ayuda de las
patas, empezó a mordisquear y a romper el billete de diez pesos
hasta que no quedaron más que unas tiras de papel esparcidas por
el suelo.
Y en ese momento, doña María le decía a Alberto, en la cocina:
–Agarra la plata que está sobre el tocador y anda a comprar las
cosas. Y no vayas a perder los diez pesos.
(Bueno; casi no tengo ganas de seguir contando. ¿Se imaginan?
Sí; ya sé: esto fracasa como drama para los que pueden asistir a
una exposición de abanicos fin de siglo; pero les juro que es un
drama tremendo para más de cuatro y sospecho que en junto deben
ser algo más de cinco.)
Alberto se quedó inmóvil en la puerta de la pieza, helado de
terror. El perro fue hacia él moviendo las orejas. Pero el chico
retrocedió y dio un grito espantoso:
– ¡Mama!... ¡mama!...
Corrió la madre, corrió don Pedro, corrieron los otros dos
chicos. Alberto tartamudeaba:
–Mama. .. el Fidel... se comió la plata...
Hubo un momento de consternación. Fidel lentamente, mirando de
reojo, se escurrió bajo la cama. De pronto, doña María se sacó
una zapatilla y quiso correr detrás del perro; pero don Pedro la
retuvo por un brazo. Sus ojos eran mansos y suaves, el mechón de
la frente caía sobre una ligera sonrisa.
–¿Qué vas a hacer?, déjalo.
–Era la plata para la comida de Año Nuevo... –murmuró ella,
apuntando un sollozo–. Queríamos darte una buena comida y
comprar un pan dulce.
–Un hombre que le da a otro un cuchillazo no puede comer el pan
dulce de Año Nuevo –dijo don Pedro sentenciosamente.
–Pero... –preguntó perpleja doña María, mirándolo en los ojos–.
¿A vos te parece que el animal comprende?
– ¡Claro que comprende! –dijo él levantándose el mechón de pelo
de la frente– ¡mejor que vos y yo, comprende!
Y así fue como Fidel no les dejó comer el pan dulce de Año
Nuevo.
(Y, claro, uno se olvida casi siempre de que aun cuando lo
pierda todo, absolutamente todo, no ha perdido nada, si no se ha
perdido uno mismo.)
6
LA CALESITA
Los ojos del perro se iluminaron. Mario golpeándose con la mano
en el muslo, lo llamó con un tono que Fidel ya conocía. Porque
aun cuando el perro no hacía preferencias con los chicos, a
cada uno le reservaba una parte de intimidad no compartida con
los otros dos.
(Ya intuía él, siendo perro, antes que el filósofo, que las
vidas no son más que un íntimo acontecer.)
Así, acompañaba a Pedrito, el melindroso, a dormir y se
anticipaba a poner el hocico sobre las patas, para que doña
María pudiese decir, con el aire distraído de quien sigue el
vuelo de una mosca:
–Dormite, pichón; ¿no ves a Fidel, que es buenito, cómo se
durmió en seguida?
Y en cuanto el chico se quedaba dormido, Fidel sacudía una
oreja, olfateaba el aire y salía con suavidad de gato, dejando
al niño dormido con su soledad. Afuera, en la galería, se
sacudía erizando los pelos, o bostezaba estirando las patas
traseras. Y moviendo la cola con discreta alegría, iba al
encuentro de Alberto, que estaba casi siempre sentado en el
suelo, recontando las cosas que atesoraba en sus bolsillos.
Si estaban solos, casi siempre se entregaban al juego
tácitamente convenido. Pero tenían que estar solos para que todo
saliese bien. Alberto se echaba de espaldas sobre las baldosas y
Fidel lo embestía, saltando sobre él, haciendo locas cabriolas
y mordisqueándole suavemente los brazos. Cuando, pasado el
primer ímpetu, Alberto quería agarrarlo, Fidel se escurría de
las manos y si se dejaba atrapar era para fingir una gran
desesperación por desasirse, con inverosímiles contorsiones,
mordiscos que no alcanzaban a apretar los dientes y grititos
ahogados de impotencia. Y todo esto sin más ruido que el del
resuello y uno que otro falso gruñido. A veces, una oreja
torcida en tirabuzón o la filosa punta de un colmillo, les
recordaba, después del inesperado gemido, que se habían excedido
en la simulación. Entonces doña María, sin asomarse siquiera,
ponía una tregua en la contienda.
–Alberto, deja ese perro, no lo cargosiés. El día que te muerda
vas a venir llorando.
El perro aprovechaba para tomar un respiro y luego volvía a la
carga. Pero cuando se fatigaba de esta lucha, iba a dar unos
lametazos en el tacho del agua y se echaba a dormir, gruñendo si
Alberto lo molestaba.
Otro de los juegos que preferían, era el siguiente: Alberto
ponía en el suelo, al lado suyo, como al descuido, cualquiera de
las cosas que guardaba en sus bolsillos, una perilla, una
arandela de goma, un piolín, una tapita de lata, y Fidel la
tomaba entre sus dientes y salía a todo correr.
–Trae eso acá –decía Alberto con voz de enojo. Y empezaba la
persecución.
A Mario, en cambio, le servía de cómplice en sus travesuras.
Fidel siempre acompañó a los chicos a todas partes y hasta
tuvieron que echarlo del patio de la escuela; pero cuando Mario
lo llamaba, con un silbido corto, golpeándose con la mano en la
pierna, ya sabía el perro que debía prepararse para sobresaltos
y locas carreras.
Primero se iniciaba una corta disputa:
–¿Por qué no va Alberto? ¿Siempre yo... tengo que ir?
– ¡Mario –decía doña María, con un dejo de distinción–, anda
pronto, no me quiebres la cabeza!
Entonces Mario hacía la señal convenida y salía con el perro. El
chico se transformaba apenas pisaba los ladrillos de la vereda.
Su semblante adquiría una expresión hosca y meditativa, como la
del explorador de una selva. El perro lo seguía, atento a sus
indicaciones. Tenia que ladrar cuando Mario se lo ordenaba y
escabullirse cuando se peleaba con otros chicos a cascotazos,
con esas corriditas en las que las patas traseras parecen pasar
a las de adelante, con la cola escondida. Y tenía que hacer
frente a los perros del barrio, al Negro, que era fino y
nervioso; al Yacaré, que tenía un ojo menos; al Jazmín, que era
corto de patas, pero poderoso. Todos, al verlo escoltando al
muchacho, querían humillarlo en su presencia y lo olían
desconsideradamente; pero Fidel se sentía valeroso junto a
Mario. El chico le echaba una ojeada al perro que les salía al
paso, valorándolo y seguía su camino, con un rápido gesto de
desprecio. Si el contrario gruñía, provocando, le sacudía un
puntapié, mientras Fidel erizaba la pelambre y tomaba
posiciones. Pero si el perro seguía husmeando atrevidamente, de
pronto, Mario se volvía hacia él y señalándolo, con un gesto de
ferocidad ordenaba:
–¡Chúmbale, Fidel!
Y Fidel, ceñudo, se abalanzaba, ríspido, frunciendo el hocico
para que se le viesen los colmillos y se iniciaba un conato de
pelea.
El otro perro decía retrocediendo: –¡No te hagas el malo!– Y
Fidel contestaba: –¡Cuando voy con él, no me gusta que se tomen
confianza!
Y cuando acobardado y aturdido por el sorpresivo ataque, el otro
perro quedaba arrinconado, Mario ordenaba:
–¡Basta... déjalo... vamos!
Con Jazmín no ocurría esto y casi siempre le daba unos
revolcones a Fidel. Entonces Mario lo espantaba a pedradas y
Fidel, temblando y sacudiéndose la tierra del lomo, con una pata
levantada, lo interrogaba con los ojos. ¿Estuve bien?
Bueno; llegó el lechero, apurado como siempre:
– ¡Lechero, patrona!
Fidel lo dejó pasar, indiferente, como todas las tardes. Siempre
era lo mismo: el ruido que hacia al destapar el tarro; si ruido
de la leche que llenaba la medida; el que hacía al volcar la
medida en la ollita y otra vez el sonido a hueco de la tapa del
tarro.
– ¡Hasta mañana, patrona!
Y Fidel que se incorporaba bruscamente y corría detrás del
lechero, buscándole los calcañares y ladrando como un descosido.
(Los lecheros siempre andan apurados como si temiesen no
alcanzar a distribuir toda la leche que dan las pachorrientas
vacas.
Ahora, doña María le da un peso a Mario (¡No lo pierdas!) para
que vaya a comprar yerba al almacén y empieza la parte dramática
del relato.
(¿No puede ir él? ¿Siempre yo... etc., etc. Bueno; esto ya lo
saben.
Eran las cuatro y media; pero el sol estaba alto y las moscas
vibrantes. (También el día y la noche ahora los señalan los
economistas en vez de los astrónomos.)
Mario salió seguido por Fidel. Caminaba mirando al suelo y un
mechón de pelo le caía sobre la frente como a su padre. Pero
pasó delante del almacén “Vita Nova” y no se detuvo, ni vaciló
siquiera.
En la otra esquina, en un potrero triangular, habían instalado
una calesita y Mario iba hacia allá, atraído por las lejanas
notas del elemental organito.
La cúpula anaranjada del toldo era vieja; pero los caballitos
habían sido repintados y lucían gallardos entre los barrotes
bronceados. Sí; toda la calesita era triste y giraba como
cansada, con leves chirridos de vejez. Cansado el organito
desparejo, vencidas las tablas onduladas del piso circular;
exhausta la cúpula de lona raída, con flecos sucios; agotado el
hombre que daba vueltas a la pera de la sortija; derrengado el
matungo. Solamente los caballitos de madera se mantenían
enhiestos. El caballo de verdad, sin arrogancia, huesudo, con
los ojos tapados con un trozo de arpillera, estaba atento a su
trabajo y no podía evitar una sacudida de orejas, cuando oía la
voz del patrón. Los caballitos de madera, tan soberbios y
coloridos, estaban en cambio, casi todos desorejados; pero
ejercían tal atracción que Mario traspuso el alambrado sin
poder pensar lo que hacía. Le dio el peso al hombre y pagó dos
vueltas. Se guardó en el bolsillo del pantalón el resto de las
monedas y esperó, con tres o cuatro chicos más, a que la
calesita se detuviera, para subir. Luego, excitado, fue
probando todos los caballitos, y desechándolos, a uno por el
color, a otros por la dureza del asiento, a éstos por las cortas
riendas. Solamente cuando si viejo caballo –¡Arriba, Pimpollo!–
hizo andar la calesita se acordó de Fidel. Pero ya era tarde y
el perro corría detrás suyo, todo alrededor, con un aire alegre,
de cachorro.
Y se pretende que el chico levantaba las narices, como los
caballitos, y que sentía al girar como una extraña embriaguez
que lo impulsaba a dar otra vuelta y otra, y otra más...
(Si; era preferible dar hoy mismo todas las vueltas necesarias
para agotar ese deseo, aturdido por la música del organito falto
de aliento. Después se forzaría a llorar para simular que había
perdido el peso.)
Mientras tanto, a su casa había llegado el mercero, con su
canasta de baratijas al brazo y su fardito de telas sobre la
espalda. Los chicos le habían puesto de sobrenombre Sopadoble,
por su corpulencia. Era un sefardita acriollado y alegre, con
una alegría un poco puesta, que no podía comunicar a los demás.
Entraba en casa de sus marchantes, como Pedro por la suya,
cantando:
–Lori-bilori Vicente colorí...
Remataba su canturria con un potente: –¡Merceroo! y empezaba a
charlar con vivacidad profesional:
– ¡Dichosos los ojos que la ven, marchante! ¡Cómo le va, doña
María! El marido y los hijos, ¿están bien? Eso es todo. La
salud, primero. Déjeme poner el atado en el suelo... Le voy a
mostrar un género floreado que es un primor...
–¿Y qué quiere que haga una vieja como yo, con un género
floreado...?
Y pensaba: Bueno, tan vieja no sos...
–Doña María... viejos son los trapos... pero una mujer como
usted... que Dios la conserve por muchos años, usted... usted
todavía tiene que ir vestida a la inglesa...
(¡Qué me dicen: para Marcial, el ser inglés era el colmo de la
perfección! ¡Y los pobres ingleses son tan desdichados como
todos!)
–¡Déjese de, embromar, mercero! –dijo doña María. Todavía le
debo doce pesos y hoy no le puedo dar nada...
– ¡Marchante! ¿Marcial le ha pedido plata alguna vez...? Cuando
hay, hay; y cuando no puede, no paga. La plata no es todo en el
mundo... Si hoy no tiene... algún día tendrá.
A esa confianza, doña María correspondió, yendo a la cocina a
poner sobre el fuego la olla, para recalentar algún resto de la
sopa del mediodía, que era lo que más apetecía Marcial. El
aflojaba las correas del fardito y ponía en fila los cortes del
género.
–Hay que aprovechar ahora, marchante, después de la guerra, no
va a haber género... El mundo va a cambiar mucho, doña María.
–Sí –dijo ella, sentenciosamente–; quién sabe cómo van a ser las
cosas... pero la ropa de mi marido y de mis hijos, tendré que
refregarla como ahora...
(¡Vaya a saber qué quiso decir con eso doña María!)
Marcial se echó en el piso fresco del corredor y puso sobre las
piernas el plato honda que le trajo doña María. Y mientras ella
y los chicos miraban las cosas, el mercero, con un pedazo de
pan, tomaba cucharadas de sopa recalentada y decía con la boca
llena:
–Dios se lo pague, doña María... ya me empezaba a doler la
cabeza del hambre.
–Un ciato de sopa no se le niega a nadie –refunfuñó con cierto
pudor doña María, extendiendo algunos géneros y esperando que un
sentido oculto le señalase imperativamente cuál era el de su
conveniencia.
De pronto se acordó que había mandado a Mario al almacén hacia
ya mucho tiempo y que aún no había vuelto. Le dijo a Alberto que
miraba, de rodillas, con Pedrito, la abigarrada canasta del
mercero:
–¡Anda a ver dónde está tu hermano! ¡Hace una hora que lo mandé
al almacén, a comprar yerba y todavía no ha vuelto. ¡Dios
bendito! ¡Con tal de que no haya perdido la plata!
Y dirigiéndose al mercero:
–Y este marroncito, ¿a cuánto sale?
(Lo más pesado para doña María era tener que decidir. ¿Por qué
no lo daban todo hecho y elegido en el mundo? Para elegir había
que saber qué era lo que aprobaban los otros y simular que se
coincidía por casualidad. Pero nunca se podía hacer lo que uno
quería y uno mismo tenía que elegirse una forma de ser para
tratar a la gente y después que le aceptaban ya no se podía
cambiar ni con los seres más queridos, porque en seguida se
alarmaban y lo llevaban a uno a casa de un especialista con
ojos desvariados, que se empeñaba en saber lo que se oculta toda
la vida.)
Alberto se levantó sin ganas y salió a la calle. Para
justificarse, doña María le gritó:
– ¡Va a venir tu padre y no tengo yerba para el mate! –Y
pensaba: este generito me vendría bien para hacerme otro batán.
Y aquí empezó una colorida conversación, con palabras que
conservaban una antiquísima dignidad, pues pertenecían a etapas
maravillosas de la civilización. Había que pronunciarlas con
cierto empaque, como si los dos quisiesen dejar bien establecido
que las conocían: envés, Grillo, retazo. Y salieron a relucir
los percales, cretonas y bramantes; el antiguo muletón, el
familiar bombasí, el íntimo madapolán. (Y todos estos nombres
saltaban sonoros en el aire y después se golpeaban contra el
centímetro del mercero y caían desvanecidos.)
Cuando iba a guardar el corte de género en el ropero, de pronto
se sintió abochornada. ¡Ella comprándose generitos para un batón
y los chicos nada! ¡Mario no tenía pantalón y el que llevaba
puesto tenía ya dos remiendos!
Doña María volvió con el corte de género:
–Mercero... mire, otro día... mejor... ahora preferiría
comprarle unos pantalones a Mario... después, otra vez...
Marcial volvió a desempaquetar su mercancía y hubo que empezar
de nuevo a elegir.
Cuando terminó de revisar el fardito, dijo doña María:
–¿Por qué no se compra un coche para ir vendiendo de puerta en
puerta?
–Marchante, usted lo sabe, el único coche que me voy a comprar
–enjaretó el mercero– será un coche con cuatro caballos, cuando
me ponga el sobretodo de madera.
Y salió, con la canasta al brazo y el fardito sobre la espalda
–¡Adiós, doña María!–, canturreando: Lori, bilori... Tropezó con
Alberto que volvía corriendo y tronó, con descompuesta mímica:
– ¡Sos el último melón de la bolsa! Casi me haces caer la
canasta...
Alberto retrocedió, enconado:
– ¡Cállese... Sopadoble... a usted le zumba el balero!
– ¡Alberto! –gritó doña María–. Ya te voy a dar, lengua de
trapo.
–Mama... Mario no está... ¿voy hasta la otra esquina?
–Sí; a ver si lo ves a ese sabandija.
Alberto volvió a salir a la carrera, seguido de Pedrito. Y no
habían pasado cinco minutos, cuando oyó a Gracias-por-todo que
se despedía de su marido en la puerta. Don Pedro entró
pausadamente y ella tuvo un ligero sobresalto y empezó a secarse
la frente con el delantal.
(No tenía nada que temer, por supuesto, y acaso físicamente
fuese tan fuerte como él; pero, ¡es tan lindo sentirse débil y