Billonarios

Por Luis Bruschtein

“Muchos dejamos de ser billonarios.” ¡Zambomba! La queja de Eduardo Costantini cayó como un chiste en el país donde poco menos de la mitad gana por encima de los 24 mil pesos que marca la línea de pobreza. No fue broma, ni siquiera petulancia. El millonario se quejó, pobre. En un país donde los ricos solamente se han quejado bajo gobiernos populares, este lamento de un súpermillonario en un gobierno de otros millonarios fue síntoma de la enorme crisis que provocó Mauricio Macri. Hay pocos ganadores y muchos afectados también en el círculo rojo. Arcor, uno de los selectos protagonistas de la AEA, perdió 6700 millones de pesos en los primeros nueve meses del año. El macrismo asusta con el viejo relato, dice que la sombra de Cristina Kirchner ahuyenta las inversiones. Pero en el mundo empresario, lo que se dice es que nadie invierte mientras esté Macri y su política económica. Sordos ruidos en el mundo de los ricos. Y palos en el de los pobres. Por enésima vez, la represión a la protesta social se cobró esta semana la vida de Rodolfo Orellana, militante de la CTEP.

Macri y su deslucida caravana de ministros fueron auxiliados por el Fondo Monetario para llegar al 2019. Condicionado por vencimientos imposibles, el que llegue después tendrá que negociar a cara de perro. Pero el 2019 se presenta cada vez más difícil a Cambiemos que va perdiendo apoyo entre los factores de poder, aunque todavía pueda mostrar encuestas con un relativo respaldo. Paradojas: cuando ya están pensando en un recambio los millonarios que sostuvieron la campaña de mentiras, fake news y posverdades del “se robaron todo”, esa consigna a prueba de neuronas sigue siendo el único sostén de este gobierno desacreditado.

Algunas encuestas empiezan a mostrar que si Cristina Kirchner fuera candidata de la oposición, podría derrotar en segunda vuelta a Mauricio Macri. Falta mucho para las elecciones. Son encuestas muy lábiles y a veces puede tratarse de operaciones. Pero coinciden en mostrar movilidad, ascensos y descensos en la percepción positiva y negativa de la sociedad.

Cristina Kirchner no ha dicho si será candidata. En el oficialismo hay muchos que así lo desean y muchos que ya dudan. Así como el eje del discurso opositor será la crítica a la gestión macrista, el oficialismo tiene puesta toda su esperanza en la eficacia que demostró la campaña negativa contra el kirchnerismo en las dos elecciones pasadas.

Los campeones de lo propositivo ganaron con campaña negativa y ahora es lo único que tienen, se les acabó lo “pro”. Pero los focos de esa campaña fueron tan burdos que aún teniendo el control de gran parte del Poder Judicial, esas denuncias empiezan a desinflarse y a poner al desnudo el mecanismo mafioso que las sostuvo. Pocas veces la política ha sido tan sucia.

“A mí, Luis Barrionuevo y Jorge Lanata me llenaron la cabeza diciéndome que Lázaro Báez me quería matar. Y como yo creía que Báez me debía cuatro millones de dólares, pensé que era cierto que me quería matar. Yo tenía 25 años y acepté decir en televisión lo que ellos me dijeron que dijera. Fue una operación política contra el gobierno de Cristina, porque querían instalar que el dinero era del kirchnerismo.”

Las declaraciones de Federico Elaskar, el principal testigo en la causa denominada “la ruta del dinero k”, muestran a Barrionuevo y Lanata como chantajistas que aprietan a un rehén para obtener las declaraciones que necesitaban. Barrionuevo se jactó, incluso, en el programa de Fantino, de haber tenido encerrado en su casa a Elaskar para evitar que se desdiga antes del programa de Lanata.

En el mismo sentido, otro Lanatta, el condenado por el triple crimen de General Rodríguez, reconoció hace unas semanas que el equipo de Lanata (el periodista denunciado por Elaskar) cuando lo fue a entrevistar a la cárcel quería que dijera que un supuesto jefe narco, “La morsa”, era Aníbal Fernández, y que toda la entrevista fue montada para que hiciera esa mención, la cual era una patraña. Esa abierta operación mediática fue tan efectista que a pesar de que no tenía densidad para la justicia y no motivó ninguna causa en los tribunales, afectó el desempeño del candidato a gobernador bonaerense.

El juez Sebastián Casanello sobreseyó a Cristina Kirchner en la causa por “la ruta del dinero k”. Pero Elaskar afirmó que la Cámara va a rechazar la medida del juez, porque “armaron esa causa para cocinar” a la ex presidenta.

El mismo día que Elaskar hacía esas declaraciones, el juez Martínez de Giorgi declaraba la inexistencia del delito en otra causa abierta a raíz de denuncias mediáticas falsas contra Máximo Kirchner y Nilda Garré. Las autoridades de Estados Unidos informaron que no existe ni existió ninguna cuenta a nombre de los acusados en el paraíso fiscal de Delaware. La falsa denuncia fue publicada en Brasil por la revista Veja y reproducida y amplificada aquí por el periodista de Clarín Daniel Santoro.

En 2013 ni en 2015 se hablaba todavía de las fake news, de la posverdad y de la utilización de la manipulación mediática desaforada o “periodismo de guerra”. Ya nadie duda de su existencia porque se han repetido en muchos países y finalmente han puesto en crisis el ejercicio del periodismo. Estos dispositivos que a veces usan a periodistas corruptos cuando se trata de medios convencionales y otras veces emplean recursos más sofisticados como robots, trolls o granjas de trolls, cuando se trata de las redes sociales, son estudiados en las carreras y en los foros de comunicación y han sido motivo de escándalos internacionales, denuncias judiciales y de comisiones parlamentarias que las investigan.

Las sociedades van encontrando anticuerpos, gimnasia para leer entrelíneas o detectar mentiras o para descubrir el interés que se esconde detrás de la información. Aún así, el macrismo y sus aliados radicales confían para la campaña del 2019 en este mecanismo envenenado con el cual una parte de la sociedad ya perdió su virginidad. Quizás no se equivoquen. Son dispositivos cuyos resultados todavía son imprevisibles a pesar de todo lo que se ha hablado, porque la campaña negativa se basa en golpes efectistas, irracionales, que impactan en lo emotivo, en el prejuicio o el egoísmo. Y la condición humana tiene todos esos componentes.

“Si no se van, habrá guerra” fue la frase de los efectivos policiales a los vecinos que habían tomado unas parcelas de tierras fiscales en las cercanías de Puente 12, en La Matanza. Los vecinos estaban desarmados. Cuando solamente una parte está armada no es guerra, es masacre. Los vecinos afirman que la policía fue al predio a provocar, que hasta ese momento la toma era pacífica. Cuando empezó la represión policial, Rodolfo Orellana cayó al suelo con dos impactos de bala. Si Costantini perdió parte de sus millones, Orellana perdió la vida y se sumó a la larga lista de víctimas de este gobierno que trata como enemigos a los humildes.

Aunque el gobierno de María Eugenia Vidal se resista a reconocerlo, tiene que haber un autor material de los disparos entre los efectivos de la represión. Pero el principal responsable de estas muertes, el autor intelectual, es el gobierno que baja una línea dura hacia las fuerzas de seguridad. Una política económica que está destrozando fuentes de trabajo y todos los días envía decenas de miles de personas a la pobreza y la miseria, solamente puede contener la protesta con represión. Y para eso necesita meterle en la cabeza a las fuerzas de seguridad que sus compatriotas son posibles enemigos.

En esa línea de pensamiento, cuando fue interpelada en el Congreso por la muerte y desaparición de Santiago Maldonado en el sur, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich dijo que no iba “a tirar a un policía o a un gendarme por la ventana, esa es la fácil, la que han hecho siempre”. Y agregó: “necesito a esa institución para todo lo que estamos haciendo, para la tarea de fondo que está haciendo este gobierno”.

No está en la voluntad de este gobierno castigar a un efectivo de las fuerzas de seguridad que abuse de la violencia, que dispare con plomo o que mate por la espalda en el contexto de la represión a un grupo de civiles desarmados, porque los necesita para “la tarea de fondo que estamos haciendo”, como lo explicó con diáfana claridad la ministra Bullrich. Es la línea que los efectivos reciben en las escuelas y los cursos de formación junto con la promesa de que serán protegidos cuando apliquen esa violencia.

En esa sesión en el Congreso, la ministra dijo que este gobierno respeta los derechos humanos. Pero cada vez que se plantea una situación de este tipo pareciera que no corren para la protesta social y que los entienden como en los viejos dichos de los defensores de la represión: “los argentinos somos derechos y humanos” o “derechos humanos para los humanos derechos”. Para la derecha, los derechos humanos son un juego de palabras, pero lo que está en juego es la vida.

24/11/18 P/12

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