Brasil: El crimen de la desinformación

Por Míriam Leitão*

Cuando los absurdos se vuelven frecuentes, el riesgo es que perdamos la noción de la gravedad. Retener información de muertos y contaminados en una pandemia es un delito. Todo lo que el gobierno de Bolsonaro ha hecho en los últimos días en el Ministerio de Salud – derribar el sitio, publicar cifras contradictorias, acusar a los gobiernos estatales de sobrevalorar la muerte, desinformar deliberadamente – es abuso de autoridad. También es inútil. Los órganos de prensa anunciaron una asociación sin precedentes, y el Congreso, una comisión mixta especial para monitorear el coronavirus. Al final del día, el gobierno intentó retirarse, pero aún dejó muchas dudas en el aire. Publicó datos incompletos, con menos muertes y casos en comparación con lo encontrado por el consorcio de periódicos.

La democracia siempre busca una mayor transparencia. Las dictaduras ocultan información, luchan con números, rompen termómetros, amenazan a quienes informan, cambian metodologías para ver si pueden hacer que los datos coincidan con la versión que les conviene. En una pandemia, la falta de información desorienta a las personas y los administradores públicos y puede conducir a decisiones imprudentes.

En una crisis, la comunicación confiable es un arma poderosa en manos de gobernantes ilustrados para ayudar con la solución. Es parte del tratamiento. El Ministerio de Salud dirigido por Luiz Henrique Mandetta entendió esto. Esas entrevistas diarias ayudaron a aclarar e informar. Al comienzo de la pandemia, con tanta ignorancia sobre el tema, fue fundamental y ciertamente salvó vidas al transmitir un sentido de urgencia y seriedad. En el corto período de Nelson Teich, la comunicación se volvió más opaca y el Ministerio de Salud se debilitó. Mientras tanto, el general Pazuello está desmantelando el Ministerio de Salud. La lucha por los números es parte de esa conspiración.

La idea de que intentaron establecer en el Ministerio en los últimos días, de anunciar solo las muertes confirmadas en el día, tenía varios defectos. En primer lugar, dejaría algunas muertes en el limbo, dado que ellas también habían desaparecido con los datos consolidados. En segundo lugar, interrumpiría los criterios que se habían utilizado y que ya todos entendían. Tercero, se equivocaron, como quedó claro por la revelación de dos números totalmente dispares anunciados para las muertes del domingo. Fue 1,382 y cayó a 525. Con tales maniobras, la credibilidad se pierde. Ayer, advirtieron que habrá un nuevo sitio web, prometieron revelar todos los números. Las muertes del día, las muertes consolidadas en el día y los datos generales acumulados. Todo esto fue anunciado por el secretario ejecutivo suplente, Élcio Franco. Llevaba una calavera en la solapa. Alguien debería advertirle que, dadas las circunstancias actuales, no debe exhibir tal medalla en una entrevista con el Ministerio de Salud.

El retiro de ayer puede no terminar este trágico juego con estadísticas. Hubo días que retrasaron deliberadamente la divulgación para tratar de alcanzar, como explicó el presidente Bolsonaro, el Periódico Nacional. Todo lo que logró con sus idas y venidas fue más desgaste y exposición negativa. Hay una vieja ley despiadada: el que lucha con números siempre pierde.

Es sorprendente que el presidente pueda lograr que el personal militar esté dispuesto a prender fuego a su propio plan de estudios para seguir órdenes estúpidas, como las inspiradas por un notorio y caricaturesco. El general Pazuello y sus coroneles, que militarizaron el Ministerio de Salud, también son perjudiciales para la imagen de la corporación a la que pertenecen o pertenecen. Sin dejar rastro de la columna vertebral, se someten a órdenes extrañas sin ningún soporte técnico. Cuando la situación mejore, llegue el día en que venzamos al virus, gracias a quienes actuaron bien durante esta pandemia y especialmente a los héroes de la salud, los periodistas seremos los primeros en querer informar. Y esta vez con alegría.

La confusión puede ser solo acerca de los datos, pero no perdamos de vista el conjunto. Lo que Bolsonaro ha hecho durante esta pandemia es terriblemente inhumano. Desde el principio, negar la gravedad de la enfermedad, no mostrar solidaridad, derrocar a los ministros de salud, recetar medicamentos como si fuera un médico, atacar a gobernadores y alcaldes, posponer la transferencia de recursos a los estados y municipios e imponer la composición del número de muertes. Bolsonaro sabotea la salud del pueblo brasileño, fomenta el comportamiento imprudente y perturba el orden público. Es el peor gobernante que podríamos tener en una crisis de este tamaño.

Con Alvaro Gribel (de São Paulo)

*Míriam Leitão, periodista durante más de 40 años, ha sido columnista del periódico desde 1991. Es autora, entre otros, del libro Saga Brasileira, ganadora del Jabuti de Livro do Ano (2012). Entre sus premios, recibió el Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia (NY).

O Globo

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