Buenas y envenenadas prácticas

Por Silvana Melo

(APe).- Veintiséis agrotóxicos en una cabeza de lechuga capuchina, un ministro que es parte de la pesada herencia y que insiste en la equivalencia del glifosato y el agua con sal, un equipo ministerial que abre las puertas a la fumigación indiscriminada para consolidar el modelo de agronegocios a costo de la mismísima vida. Un poder robustecido por empresarios y terratenientes, en el rumbo contrario de todas las investigaciones científicas serias que han demostrado las consecuencias terribles sobre la salud de los seres vivos, de agroquímicos prohibidos que la Argentina sigue utilizando como si aquí no hubiera pasado nada. De fitosanitarios, como se deben llamar ahora, desde que el poder, definitivamente en manos de la riqueza concentrada, interviene también el lenguaje.

Llamen como los llamen los veintiséis agrotóxicos de la cabeza de lechuga capuchina son venenos. Que los comunes mortales colocan en la mesa cotidiana, al menos los que sostienen el privilegio de una mesa con verduras. Que siempre tuvieron buena prensa pero los análisis del Senasa, al que periódicamente sobresalta Naturaleza de Derechos con una incómoda serie de muestras, están deshilachando su prestigio.

Luis Miguel Etchevehere y su familia son dueños de parte de la provincia de Entre Ríos. Fue –y en los hechos lo sigue siendo- presidente de la Sociedad Rural. Hoy es Ministro de Agronegocios. Junto a sus pares de Ambiente, Salud y Tecnología anunció un manual de Buenas Prácticas que da las espaldas al sufrimiento de las víctimas del sistema, centenares de miles de personas estragadas por el veneno de las fumigaciones indiscriminadas. Pata imprescindible de un modelo de capitalismo de incuestionable eficiencia.

Justamente Etchevehere, semidueño de una provincia con los niveles de acumulación de glifosato más altos a nivel mundial. Desde donde llega la mitad de los niños con cáncer que le pelean a la vida en el Hospital Garrahan o en el Italiano. Justamente Etchevehere y la complicidad de sus pares (Lino Barañao con su metáfora del agua con sal, Sergio Bergman que es ministro de algunos ambientes pero de otros decididamente no, Adolfo Rubinstein, que vela por la salud de algunos pero descree de la enfermedad de otros) desembarca su manual de buenas prácticas y fitosanitarios en estas costas, donde el Senasa acaba de encontrar 20,74 mg de veneno en una manzana. 24 agrotóxicos. Tal vez fuera la manzana de la discordia. La de todos los pecados. Pero ya no es un alimento. Si tiene venenos no es un alimento. A pesar de que el sistema, Etchevehere y el modelo de producción basado únicamente en la desmesura de un rendimiento que destruye la vida, decida que eso es lo que hay que comer.

Naturaleza de Derechos, que promete iniciar un camino penal cuando en agosto ponga sobre la mesa que “el Agronegocio está envenenando a la población en la Argentina y que el Estado es cómplice” le concedió a la cabeza de lechuga capuchina el privilegio de la primera plana. En paralelo a los anuncios de los lobistas y gestores de negocios corporativos que manejan los destinos de la nación.

Mientras Etchevehere hablaba de fitosanitarios, la cabeza de lechuga capuchina enloquecía con residuos de agrotóxicos con efectos cancerígenos (48%), neurotóxicos (46%) y disruptores endocrinos (62%). Pero el dato crucial pasa por la cifra que Patricio Eleisegui redondea en Iprofesional: el negocio de la venta de pesticidas en la Argentina mueve alrededor de 3.000 millones de dólares anuales.

Entonces el manual de Buenas –buenísimas- Prácticas está basado en la folletería de Monsanto (Bayer), Syngenta y etcéteras. Y no en las investigaciones de Andrés Carrasco, por nombrar a un científico inconveniente para Lino Barañao, el ministro hereditario. Que aseguró que el glifosato es tan tóxico como tomar agua de más. “Uno se puede morir por tomar agua en cantidad», dijo. Y siguió siendo ministro como para siempre.

El glifosato está en los tampones, en el algodón, en el río Paraná y en la lluvia que cae. Los agroquímicos organoclorados están en elevados porcentajes en la leche materna (Maternidad Sardá). En la cabeza de lechuga capuchina, en la albahaca, en la acelga, en las frutillas, en la achicoria, en el apio, en la espinaca hay carbofurán. Un veneno prohibido en Europa en 2007. Un arma letal dentro de una mandarina que mató a una nena en Mburucuyá, que asesinó a 34 cóndores en Malargue, a un niño en General Alvear, a 200 perros en Ignacio Correas (La Plata), que bañó y mató a Diógenes Chapelet (75 años) en un pueblito santafesino y a 150 perros en Pirovano. Un arma letal con nombre de fantasía (Furadán) en manos de las buenas prácticas, de la producción y del rendimiento a costa de la vida.

Buenas, buenísimas prácticas.

Venenos para un futuro del que habrá que apropiarse un día de éstos. Antes de que se lo lleve la deriva.

Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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