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"La
gracia me llegó en forma de gato"
Por Juan Gelman
“La
gracia me llegó en forma de gato”, anotó William Burroughs en sus diarios
finales; especialmente en forma de Riski, su preferido. El ídolo de los
beatniks quería bastante menos a los seres humanos, pensaba que el amor
“es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha
sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder”. Estos
diarios no son el canto del cisne de un gran heterodoxo: más bien dan testimonio
de las imposiciones de la vejez, como “Qué es el mundo”, el poema que Beckett
escribiera un año antes de morir. El título de los diarios, publicados en
el 2000, es sin duda adecuado: “Last words”. Hace además referencia a la
fascinación del autor de El almuerzo desnudo por el delirio terminal del
gangster Dutch Schultz –rigurosamente transcripto por un taquígrafo de la
policía– que lo llevó a crear un guión cinematográfico sobre el tema. Felinos
aparte, en estas páginas abundan otras entidades no humanas, demonios, extraterrestres
que él no ve y espíritus de diversa especie que sí ve.
“Una vez pregunté en un sueño a un espíritu maligno italiano ‘¿quién eres?’
Y él se reía y se reía, y siguió riéndose en una laguna oscura de mármol
contra un decorado italiano y era deliciosamente maligno”, apunta quien
compusiera Yonquis, ese cuasi tratado sobre la drogadicción. Burroughs había
regresado a la ingesta de drogas a los 63 de edad, luego de 18 años de abstinencia.
James Grauerhotlz, editor y prologuista de los diarios, describe la vida
cotidiana de Burroughs entonces y hasta su muerte en 1997. Habitaba una
cabaña de dos ambientes en Lawrence, Kansas, con rosales en el porche y
una etiqueta en la puerta que informaba de la presencia de gatos en el interior
que debían ser salvados en caso de emergencia. Comenzaba la mañana con una
inyección de metadona y un desayuno suculento. Después de mediodía practicaba
tiro al blanco con pistola y cuchillo. El tiempo de los tragos llegaba a
las 15.30 en punto y solía trabajar en sus diarios hasta la cena con amigos.
Se acostaba a las 9 de la noche, no sin antes hacer una ronda alrededor
de la cabaña pistola al cinto.
Burroughs había cambiado. Atrás quedaban las larguísimas tenidas de droga
y alcohol. En una de ellas –es notorio– mató a su mujer cuando trataba de
partir con un tiro la manzana que ella tenía sobre la cabeza. Sucedió en
México y en estos diarios afirma que equivocó el disparo porque estaba poseído
por “El Espíritu Feo”. Consigna que se comunica con los muertos, fabrica
conjuros, opera una “máquina deseante” que le permite el acceso a una suerte
de soñar despierto, reconoce espíritus que lo protegen y demonios que lo
asaltan. Estos raptos de ocultismo y magia negra alternan con las expresiones
de odio que propina a humanistas negadores de otras dimensiones y a la irracionalidad
de un mundo que usa el disfraz de la razón. Burroughs tenía conciencia plena
de los campos de concentración, del racismo y la censura, de las seguridades
que deshumanizan. Su obra, como la de Daumier o Goya, es una sátira violenta
contra el autoritarismo y una parodia de los amantes y ocupantes del poder.
Burroughs precisó estas posiciones en una entrevista radiofónica que Eric
Mottram le hiciera para la BBC de Londres en 1964 con motivo de la prohibición
de sus libros. “El virus del poder –dijo el autor de Nova Express– se manifiesta
a sí mismo de muchas maneras. En la construcción de armas nucleares, en
prácticamente todos los sistemas existentes que procuran anular la libertad
interior, es decir, controlarla. Se manifiesta en la extrema sordidez de
la vida diaria en los países occidentales. Se manifiesta en la fealdad y
la vulgaridad que vemos en las personas y se manifiesta, por supuesto, en
las enfermedades causadas por el virus. Por otra parte, los que resisten
están en todas partes, pertenecen a todas las razas y naciones. El que resiste
puede ser definido simplemente como un individuo que tiene conciencia del
enemigo, de sus métodos operativos, y que está empeñado activamente en combatir
a ese enemigo.” Bush hijo incluiría a Burroughs en la lista de terroristas
más buscados.
La escritura de estos diarios es similar a la de sus novelas, en las que
se entrecruzan sueños, fragmentos de relatos en borrador, citas propias
y de otros autores, frases de periódicos y revistas, versos de viejas canciones,
ideas que aparecen al correr del pensamiento, párrafos de cartas a los amigos
carentes de todo contexto personal. Es la técnica del “cut-up” –“cut and
paste”, se diría en lenguaje cibernético– o del collage, tan empleada en
la pintura. Burroughs grababa al azar ese material aparentemente inconexo,
escuchaba luego la cinta y la detenía en un punto para pasar a máquina una
frase o varias. El segundo paso consistía en componer un texto doblando
una de las páginas mecanografiadas e instalando la mitad en otra página
“con la intención de alterar y expandir estados de conciencia en uno mismo
y también en los lectores”. Decía que las palabras “están vivas como animales,
no les gusta que las enjaulen. Corten las páginas y dejen a las palabras
en libertad”.
La obra de Burroughs fue muy criticada y aun atacada –censurada además–
por su exposición sin tapujos del sexo, el alcoholismo y la drogadicción.
Anthony Burgess fue uno de los pocos que descubrieron muy temprano su naturaleza
innovadora: “Si algún escritor hay que puede reanimar una forma agotada
y mostrarnos lo que todavía es posible hacer con una lengua que Joyce pareció
exprimir hasta dejarla seca, ése es William Burroughs”. El que amaba a los
gatos.
Lo vi en un encuentro internacional de poesía que tuvo lugar en Roma a fines
de los años ‘70. Menudo, delgado, con sombrero panamá, impecable traje gris,
camisa blanca, corbata al tono y coca-cola en mano, pasaba entre los asistentes
de manera inadvertida, casi sigilosa. Recordé las impresiones de Paul Bowles
cuando en 1961 Burroughs lo visitó en su lecho de enfermo en Tánger: “Su
figura era tan tenue que su presencia en la habitación era incierta”.
Fuente: Página 12, 04/01/04
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William Burroughs:
el ciudadano de la noche roja
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"QUE SE OIGAN EN TODAS PARTES
MIS ÚLTIMAS PALABRAS. QUE SE OIGAN EN TODOS LOS MUNDOS MIS ÚLTIMAS PALABRAS.
OIGAN TODOS USTEDES, SINDICATOS Y GOBIERNOS DE LA TIERRA. Y USTEDES AUTORIDADES
QUE APAÑAN NEGOCIADOS INMUNDOS CONCERTADOS VAYA UNO A SABER EN QUÉ LETRINAS
PARA APODERARSE DE LO QUE NO ES DE USTEDES. PARA VENDER EL SUELO BAJO LOS
PIES DE LOS QUE NO NACERÁN - (...) ¿TIEMPO PARA QUÉ? ¿PARA MÁS MENTIRAS?
¿PREMATURO? ¿PREMATURO PARA QUÉ? DIGO A TODOS QUE ESTAS PALABRAS NO SON
PREMATURAS. ESTAS PALABRAS PUEDEN SER DEMASIADO TARDÍAS. FALTAN MINUTOS.
MINUTOS PARA EL OBJETIVO ENEMIGO – (...) MENTIROSOS COBARDES COLABORACIONISTAS
TRAIDORES. MENTIROSOS QUE QUIEREN MÁS TIEMPO PARA MÁS MENTIRAS. (...) PARA
ESO HAN VENDIDO USTEDES A SUS HIJOS. HAN VENDIDO EL SUELO BAJO LOS PIES
DE LOS QUE NUNCA NACERÁN. (...) REÚNAN EL ESTADO DE LAS NOTICIAS - INVESTIGUEN
DESDE EL ESTADO HASTA EL AUTOR - ¿QUIÉN MONOPOLIZÓ TIME LIFE Y FORTUNE?
¿QUIÉN LES QUITÓ LO QUE ES DE USTEDES? ¿LO DEVOLVERÁN TODO AHORA? ¿ALGUNA
VEZ HAN DADO ALGO A CAMBIO DE NADA? ¿ALGUNA VEZ HAN DADO ALGO MÁS DE LO
QUE TENÍAN PARA DAR? ¿ACASO NO HAN VUELTO A APODERARSE DE LO QUE HABÍAN
DADO CADA VEZ QUE HA SIDO POSIBLE Y SIEMPRE LO HA SIDO? (...)" (Expreso
Nova, 1964)
William Seward Burroughs nació el 5 de febrero de 1914 en San Luis, Missouri,
en el seno de una familia acomodada del Medio Oeste norteamericano (era
nieto del fundador de la compañía de máquinas de oficina Burroughs Adding
Machine, y su madre estaba emparentada con el general Lee, jefe de los ejércitos
confederados durante la Guerra de Secesión). De chico ya leía las obras
de poetas malditos como Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire y William Blake;
luego estudió literatura inglesa en Harvard, medicina en Viena, antropología
en México, viajó por América y Europa y continuó ampliando el universo de
sus lecturas (Jung, Wilhelm Reich, Korzibsky, Joyce, Spengler, L. Ron Hubbard,
Kafka, Nietzsche, Zoroastro, El Libro Tibetano de los Muertos, el Tao Te
King, los Upanishads).
Pero el joven Burroughs estaba fascinado por las armas y el submundo del
delito, y terminó rechazando una a una todas las convenciones de la clase
a la que pertenecía. Cierto: por un buen tiempo vivió de la fortuna de sus
padres, pero su vida y obra posteriores demuestran acabadamente que era
bastante más que un mero burguesito rebelde hijo de mamá...
Tras ocuparse en varios oficios (periodista, exterminador de cucarachas)
y un breve paso por el Ejército, se radicó en Nueva York, donde medró en
la clandestinidad de los homosexuales y los drogadictos de la época. Hacia
1944 conoció allí a las futuras figuras de la Generación Beat como Jack
Kerouac, Allen Ginsberg y Lucien Carr, así como a quien luego sería su esposa,
Joan Vollmer, con la que se casó en 1946 tras divorciarse de su primera
mujer (una refugiada alemana de origen judío, con la que se había casado
con el solo fin de asegurarle un permiso de residencia en Estados Unidos).
La amplitud de su cultura y bagaje de experiencias fueron en extremo inspiradoras
para el resto del grupo.
A pesar de ser mayor que los demás, Burroughs todavía tenía que comenzar
a escribir, como ya Kerouac y Ginsberg habían hecho. Finalmente completó
"Junkie", editada en 1953, una historia autobiográfica sobre su adicción
a la heroína, firmada con el seudónimo de William Lee y publicada por Ace
Books, donde refulgen sentencias como "He aprendido la ecuación de la droga.
La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el
disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar: es una
manera de vivir". "Queer" ("raro"), un examen de su homosexualidad igualmente
descarnado, fue rechazado por el editor y no salió a la luz pública por
décadas.
A principios de los años '50 Burroughs, perseguido por las autoridades antinarcóticos,
debió emigrar con su familia a México. Allí, intentando impresionar a sus
amigos con sus habilidades como tirador, le pidió a Joan que participara
en una prueba al estilo de Guillermo Tell; un tiro fallido mató a la Vollmer
y lo obligó a huir por medio planeta, tras ser acusado de homicidio involuntario.
Burroughs terminó estableciéndose en Tánger, Marruecos.
En una biografía publicada en 1982 ("Literary outlaw", o "forajido literario")
Burroughs formula la terrible declaración de que fue el asesinato de su
esposa lo que lo convirtió en un escritor serio. "Me vi forzado a extraer
la espantosa conclusión de que nunca me habría convertido en escritor de
no ser por la muerte de Joan, y a comprender la magnitud hasta la cual tal
evento ha motivado y formulado mis escritos. Vivo con la constante amenaza
de la posesión, y una constante necesidad de escapar de la posesión, del
Control. Entonces la muerte de Joan me puso en contacto con el invasor,
el Espíritu Feo, y me llevó a una vida de lucha en la que no tuve otra elección
que abrirme camino escribiendo".
Tras el éxito de sus respectivos "En la carretera" y "Aullido", tanto Kerouac
como Ginsberg se habían convertido en celebridades, y con la Generación
Beat en su esplendor, rastrearon a William Burroughs hasta África, encontrándolo
hundido en su adicción, aunque todavía capaz de escribir brillantes fragmentos
de prosa experimental. Kerouac comenzó a tipear el material e incluso le
dio un título, "The naked lunch" ("el almuerzo desnudo").
Como casi toda su obra, es de difícil lectura de corrido. (“No pretendo
imponer relato, argumento, continuidad... En la medida en que consigo un
registro DIRECTO de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe
una función concreta... no pretendo entretener”). Empero, la prosa de Burroughs
es extrañamente sugestiva, casi hipnótica, e increíblemente poderosa. "El
almuerzo desnudo" es un registro descarnado de la manera en que funciona
(o no) la mente de un adicto. Burroughs usa técnicas de escritura no convencionales
para pintar la historia (hasta donde hay una historia) de un mundo subterráneo
enfrentado a una sociedad tecnológica autodestructiva. A la vez fue saludado
como prueba de un genio literario y desechado como basura indescifrable,
porque la novela fue escrita fuera de todo estándar de la prosa narrativa,
con abruptas transiciones de sentido, capítulos en orden aleatorio, largas
digresiones guiadas por el libre flujo de la conciencia, extrañas construcciones
gramaticales y palabras inventadas pero de poderosa sonoridad, porque, como
él afirmara: "las palabras son una manera de hacer las cosas con rodeos,
como si avanzáramos en un carro tirado por bueyes... son instrumentos torpes
que finalmente serán dejados de lado".
Y Burroughs no sólo despedaza el lenguaje: también lo hace con la hipocresía
de la moral burguesa, la manipulación de los grandes medios de comunicación,
la criminalización de las drogas como medio para implantar el control gubernamental
de la vida privada de los ciudadanos, la prepotencia imperial de la política
exterior de su país. Su anarquismo extremo era una forma de individualismo
radical muy norteamericana: tampoco le resultaban simpáticos los regímenes
socialistas.
Tras un exitoso tratamiento contra su adicción y la publicación de "El almuerzo
desnudo" en 1959, Burroughs se convirtió en una celebridad. La novela, que
sufrió un proceso por obscenidad del que resultó absuelto y fue un hito
en la defensa de la libertad de expresión, permanece aún hoy como su libro
más conocido e influyente.
LA
TÉCNICA DEL CUT-UP
"Brion Gysin fue el principal instigador de los 'cut-ups' [algo así como
"corte"]. Emergen nuevas palabras y nuevos significados: al cortar palabras,
nuevas palabras aparecen, a veces la palabra justa. Es un proceso de expansión
de la conciencia. (¿Cuán aleatorio es el azar?). Cada vez que se mira por
la ventana, se camina alrededor de la casa o se anda por cualquier calle,
el fluir de la conciencia es interrumpido por palabras e imágenes aparentemente
al azar".
En 1959, el artista plástico Brion Gysin le comentó a Burroughs que "la
literatura estaba cincuenta años atrasada con respecto a la pintura". Le
sugirió, siguiendo el ejemplo de movimientos de vanguardia como los dadaístas
y los surrealistas, que usara técnicas de collage en su escritura. Burroughs
y Gysin experimentaron con montajes de texto e imágenes, por ejemplo, superponiendo
discursos presidenciales y fragmentos de Rimbaud o Shakespeare. Burroughs
había utilizado sin saberlo la técnica del cut-up en "El almuerzo desnudo",
pero el comentario de Gysin lo liberó de sus prejuicios y lo invitó a continuar
experimentando.
Dijo el crítico Robin Lydenberg: "en lugar de licuefacción condensada en
una sola imagen, Burroughs crea una aleatoria, infinita variedad de implosiones
y explosiones, el ritmo pulsante mismo de la vida". Esto es, una manera
de expresar múltiples visiones por medio de la mezcla de hechos disparatados,
ciencia ficción e imaginería para hallar puntos de convergencia que antes
estaban escondidos. Un ejemplo en la red de su prosa, de los menos abiertamente
"experimentales": http://www.apocatastasis.com/almuerzo-desnudo-naked-lunch.htm
DESPUÉS DEL ALMUERZO...
... Burroughs continuó editando libros. En 1961 salió "La máquina blanda",
primer resultado de la aplicación de la técnica del cut-up; un año después
salió "El tiquet que explotó"; en 1963, un volumen de su correspondencia
con Allen Ginsberg, "Cartas del yage". (La amistad y colaboración literaria
con el poeta sobrevivió a la ruptura de su relación sentimental; Ginsberg
lo echó con una memorable frase, gritada en plena calle en Nueva York: "no
quiero tu asquerosa pija").
Tras "Expreso Nova" (1964) grabó el disco "Call me Burroughs", una colección
de lecturas de materiales de "El almuerzo desnudo" y "La máquina blanda".
En 1971 apareció " The wild boys: a book of the dead", y en 1973, "Exterminator!".
En colaboración con John Giorno editó sus discos "Nothing here now but the
recordings" (1975) y "You're the guy I want to share my money with" (1981).
En ese año se radicó en Lawrence, Kansas, y salió su libro "Cities of the
Red Night".
Su estilo había cambiado. Como él mismo dijera: "creo que Finnegan`s Wake
ejemplifica muy bien la trampa en que puede caer la literatura experimental
cuando se convierte en puramente experimental. Yo he ido así de lejos en
algunos experimentos concretos y luego he retrocedido; es decir, ahora vuelvo
a escribir narrativa lineal puramente convencional, pero aplicando lo que
he aprendido con el cut-up y con las otras técnicas a los problemas de la
escritura convencional”.
A fines de los '80 era una especie de ícono pop, un oscuro símbolo de la
sordidez de lo dionisíaco. Un papel secundario en 1989 en "Drugstore Cowboy",
de Gus Van Sant, le dio su mayor exposición a la luz pública. En 1991 el
cineasta canadiense David Cronenberg filmó "El almuerzo desnudo", en realidad
un collage expresionista que tomaba elementos de la vida real de Burroughs
(la muerte de su esposa, su relación con Ginsberg y Kerouac, circunstancias
de su exilio en Tánger), tanto como de "El almuerto desnudo", "Exterminador"
y "Junkie" (de hecho, el personaje principal de la película se llama William
Lee, como el seudónimo que usara Burroughs). Cronenberg fue lo suficientemente
inteligente como para no intentar una traducción automática del libro, sino
que trató de asimilar las obsesiones del viejo Bill y expresarlas en el
lenguaje del cine, algo que logra en buena medida. Cronenberg dijo en una
oportunidad que una adaptación literal "duraría cuatro horas, costaría 90
millones de dólares y sería prohibida en cada país de la Tierra".
En 1990 salió "Dead City Radio", una colección de lecturas respaldadas en
la música de, entre otros, Sonic Youth, John Cale y la Orquesta Sinfónica
de la NBC. En 1992 apareció en la canción de Ministry "Just one fix", y
al año siguiente grabó " The 'priest' they called him" con Kurt Cobain.
Ese año también salió su último disco, "Spare Ass Annie and other tales"
[Annie Culo de Repuesto y otros cuentos] junto a los Disposable Heroes of
Hiphoprisy.
En sus últimos años, su voz sampleada apareció en discos de Jesus and Mary
Chain, Laurie Anderson y Material; coescribió con Tom Waits la ópera gótica
"The black rider", y apareció brevemente en el final del videoclip de U2
"Last night on Earth", de 1997, unas pocas semanas antes de morir pacíficamente
de un ataque al corazón, el 2 de agosto, en Lawrence, nada menos que a los
83 años de edad...
Fuente: www.cinefania.com
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YONQUI,
WILLIAM BURROUGHS
Traducción: Martín Lendínez
1ª. edición: septiembre, 1980
La presente edición es propiedad de Editorial Bruguera, S. A. Mora la Nueva,
2. Barcelona (España) Traducción: © Editorial Bruguera, S. A. 1980
Diseño cubierta: Soulé-Spagnuolo
Printed in Spain ISBN 84-02-07420-0 / Depósito legal: B. 24.774 -1980
Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A. Carretera
Nacional 152, km 21,650. Parets ael Valles (Barcelona)
WILLIAM BURROUGHS Nació en St. Louis, en los Estados Unidos, en 1914. Graduado
en Harvard, ejerció innumerables oficios en Europa y América a lo largo
de sus viajes. Su experiencia vital, legendaria y activa, y que transcurre
entre México, París, Londres y Tánger, le proporcionó material de primera
mano para sus novelas. Los ejes fundamentales de su obra son la sociedad
de la posguerra en los países totalitarios del Este, la marginación de la
homosexualidad y su propia experiencia con las drogas duras.
OTRAS OBRAS DEL AUTOR El almuerzo desnudo (1959) El exterminador
(1960) Máquina blanda (1961) Cartas del yage (1963) Nova Express (1964)
BREVES NOTAS A LA TRADUCCIÓN Siempre que aparece la palabra «droga», debe
considerarse traducción de «junk», es decir, producto destinado a «pincharse»,
fundamentalmente opiáceo y, sobre todo, heroína. Cuando se trata de otras
sustancias que la ley también incluye en el apartado de drogas, se utiliza
su nombre, tanto científico como jergal, según convenga al original. «Yonqui»
es una castellanización de «junkie» (o de «junky», como Burroughs ha retitulado
recientemente la novela con ocasión de su edición masiva inglesa en los
conocidos libros de bolsillo, «Penguin»). Es decir, el que usa «junk». En
principio, es una palabra de uso bastante extendido y habitual entre los
que «se pinchan». Un «grano» («grain») es una medida de peso anglosajona
que equivale a 60 miligramos; la dosis terapéutica de morfina más usual
oscila entre 10 y 30 miligramos. Se ha traducido «drugstore» por «botica»,
que parece corresponderse mejor con el local designado por la palabra americana,
que «farmacia». «Fije» es la traducción de «fix» («pinchazo»), «chute»,
de «shot» («inyección, disparo»); ambas también de uso corriente entre «yonquis».
M. L.
PROLOGO
Nací en 1914 en una sólida casa de ladrillo de tres pisos, en una gran ciudad
del Medio Oeste. Mis padres eran gente acomodada. Mi padre poseía y dirigía
un negocio de maderas. La casa tenía un prado delante, un patio interior
con jardín, un estanque y tina cerca muy alta de madera a todo su alrededor.
Recuerdo al farolero encen diendo los faroles de gas de la calle y el inmenso
y brillante Lincoln negro y los paseos por el parque los domingos. Todas
las ventajas de una vida acomodada, segura, que ya se ha ido para siempre.
Podría escribir sobre alguna de aquellas nostálgicas costumbres del viejo
médico alemán que vivía en la puerta de al lado y sobre las ratas co rreteando
por el patio interior y el coche eléctrico de mi tía y mi sapo favorito
que vivía junto al estanque. En realidad mis primeros recuerdos están teñidos
por un miedo de pesadilla. Me asustaba estar solo, y me asustaba la oscuridad,
y me asustaba ir a dormir a causa de mis sueños, en los que un horror sobrenatural
siempre parecía a punto de adquirir forma. Temía que cualquier día el sueño
siguiera estando allí cuando me despertase. Me acuerdo de oír a una sirvienta
hablando del opio y de cómo fumar opio proporcionaba sueños agradables,
y me dije: -Cuando sea mayor fumaré opio. De niño tenía alucinaciones. Una
vez me desperté con la primera luz de la mañana y vi a unos hombrecillos
jugando dentro de una casa de bloques de madera que yo había construido.
No tuve miedo, sólo sentí sosiego y sorpresa. Otra alucinación o pesadilla
recurrente se refería a «animales en la pared», y comenzó con el delirio
de una extraña fiebre no diagnosticada que tuve a los cuatro o cinco años
de edad. Fui a un colegio progresista con los futuros ciudadanos honorables,
los abogados, médicos y hombres de negocios de una gran ciudad del Medio
Oeste. Con otros niños me mostraba tímido y me asustaba la violencia física.
Había una pequeña lesbiana muy agresiva que quería arrancarme el pelo siempre
que me veía. Ahora me gustaría romperle la cara, pero hace años que se partió
el cuello al caerse de un caballo. Cuando tenía unos siete años mis padres
decidieron trasladarse a las afueras «para apartarse de la gente». Construyeron
una enorme casa con parque y bosque y un estanque donde había ardillas en
lugar de ratas. Allí vivían en una confortable cápsula, con un hermoso jardín
y sin mantener contacto con la vida de la ciudad. Fui a un colegio privado
de las afueras. No era especialmente bueno ni malo en los deportes, ni tampoco
brillante ni retrasado en los estudios. Tenía una evidente falta de visión
para las matemáticas o las cosas mecánicas. Jamás me gustaron los juegos
colectivos de competición y los evitaba siempre que podía. De hecho, me
convertí en un enfermo imaginario crónico. Me gustaba pescar,
cazar
y caminar por el campo. Leía más de lo normal para un muchacho norteamericano
de aquella época y lugar: Oscar Wilde, Anatole France, Baudelaire, incluso
Gide. Mantuve una relación ro mántica con otro chico y pasábamos los domingos
explorando antiguas canteras, andando por ahí en bicicleta y pescando en
estanques y ríos. En esta época, quedé muy impresionado por la autobiografía
de un ladrón, titulada No puedes ganar. El autor aseguraba haber pasado
gran parte de su vida en la cárcel. Eso me sonaba bien comparado con la
inercia de un lugar de las afueras de una ciudad del Medio Oeste en que
cualquier contacto con la vida estaba cortado. Consideraba a mi amigo un
aliado, un cómplice en el crimen. Encontramos una fábrica abandonada y rompimos
todos los cristales y robamos un formón. Fuimos atrapados y nuestros padres
tuvieron que pagar los daños. Después de esto mi amigo me dio pasaporte
porque nuestra relación ponía en peligro su permanencia en el grupo. Comprendí
que no existía compromiso posible entre el grupo, los otros y yo, y me encontré
solo gran parte del tiempo. Los alrededores estaban vacíos, el enemigo oculto
y yo me dediqué a solitarias aventuras. Mis actos criminales eran gestos,
carecían de provecho y la mayor parte de las veces quedaban sin castigo.
A veces entraba en las casas y las reco rría sin llevarme nada. En realidad,
no necesitaba dinero. Otras veces paseaba en coche por el campo con una
carabina del 22 disparando a las gallinas. Recorría las carreteras conduciendo
temerariamente hasta que tuve un accidente del que salí ileso de milagro.
Esto me hizo ser más precavido. Fui a una de las tres grandes universidades,
donde me matriculé en Literatura Inglesa, debido a mi falta de interés por
cualquier otra materia. Odiaba la universidad y odiaba la ciudad donde estaba.
Todo lo que se relacionaba con aquel lugar estaba muerto. La universidad
tenía una falsa organización inglesa regentada por graduados en falsos colegios
de pago ingleses. Estaba solo. No conocía a nadie y los extraños eran vistos
con desagrado por la cerrada corporación de los deseables. Conocí por casualidad
a algunos homosexuales ricos, pertenecientes a ese círculo internacional
de locas que se extiende por el mundo, tropezándose unas con otras en los
locales de maricas, de Nueva York a El Cairo . Encontré un modo de vida,
un vocabulario, referencias, un sistema simbólico completo, como dicen los
sociólogos. Pero aquellas personas eran en su mayor parte unos cursis y,
tras un período inicial de fascinación, me aparté del círculo. Cuando me
gradué, sin honores, me dieron una asignación de ciento cincuenta dólares
mensuales. Eran los años de la depresión y no había trabajo y, en cualquier
caso, no podía pensar en ningún trabajo que me gustara. Anduve por Europa
durante un año o así. Los residuos de la posguerra aún se hacían sentir
en Europa. Los dólares norteamericanos podían comprar gran cantidad de habitantes
de Austria, machos o hembras. Esto era en 1936 y los nazis se echaban encima
con rapidez. Volví a los Estados Unidos. Con mi asignación económica podía
vivir sin trabajar o vagabundear. Seguía separado de la vida como lo había
estado en las afueras de aquella ciudad del Medio Oeste. Perdía el tiempo
en cursos de psicología para postgraduados y recibiendo lecciones de jiujitsu.
Decidí pasar por un psicoanálisis y lo continué durante tres años. El análisis
eliminó inhibiciones y ansiedad y entonces pude vivir del modo que yo quería
vivir. Gran parte de mis progresos en el análisis tuvieron lugar a pesar
de mi analista, a quien no le gustaba mi «orientación», como él decía. Finalmente,
abandonó la objetividad analítica y me consideró un «perfecto destructivo».
Yo estaba más contento con los resultados que él. Tras ser rechazado en
las pruebas físicas de cinco programas para entrenamiento de oficiales,
fui alistado por el Ejército y recurrí a mi ficha de salud mental -en una
ocasión había montado el truco de Van Gogh y me corté una falange del dedo
para impresionar a alguien que me interesaba en aquel momento. Los médicos
del manicomio donde me internaron nunca habían oído hablar de Van Gogh.
Me consideraron esquizofrénico, añadiendo que además era del tipo paranoide
para explicar el hecho asombroso de que supiera dónde me encontraba y quién
era el presidente de los Estados Unidos. Cuando en el Ejército vieron el
diagnóstico me licenciaron con la nota: «Este hombre nunca volverá a ser
reclutado ni alistado.» Después de esta ruptura de relaciones con el Ejército
desempeñé diversos oficios. En aquellos momentos podía conseguir el empleo
que quisiera. Trabajé de detective privado, de exterminador, de tabernero.
Trabajé en fábricas y oficinas. Anduve jugando en las fronteras del crimen.
Pero mis ciento cincuenta dólares mensuales siempre estaban allí. No tenía
que tener dinero. Parecía una extravagancia romántica poner en juego mi
libertad mediante algún tipo de acto delictivo. Fue entonces y en esas circunstancias
cuando entré en contacto con la droga, convirtiéndome en un adicto, y de
ese modo conseguí la motivación, la auténtica necesidad de dinero que nunca
había tenido antes. La pregunta se plantea con frecuencia: ¿Por qué un hombre
se convierte en drogadicto? La respuesta es que normalmente uno no se propone
convertirse en drogadicto. Por lo menos es necesario pincharse dos veces
al día durante tres meses para adquirir el hábito. Y uno no sabe realmente
lo que es la enfermedad de la droga hasta que ha tenido varios hábitos.
Yo tardé casi seis meses en adquirir mi primer hábito, y aun entonces los
síntomas de carencia eran leves. Creo que no es exagerado decir que fabricar
un adicto lleva cerca de un año y varios cientos de pinchazos. Las preguntas,
naturalmente, pueden responderse: ¿Por qué empieza uno a usar estupefacientes?
¿Por qué sigue uno usándolos lo bastante como para convertirse en un adicto?
Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes
en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto. Yo empecé por
cuestión de seguridad. Seguí pinchándome mientras pude conseguir droga.
Terminé colgado de ella. La mayor parte de los adictos con los que he hablado
cuentan una experiencia semejante. No empezaron a utilizar drogas por ninguna
razón que sean capaces de recordar. Si uno nunca ha sido adicto, no tiene
una idea clara de lo que significa necesitar droga con la especial necesidad
del adicto. Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo
y ya es adicto. Jamás he lamentado mi experiencia con las drogas. Creo que
tengo mejor salud en la actualidad como resultado de utilizar droga intermitentemente,
de la que tendría si nunca hubiera sido adicto. Cuando uno deja de crecer
empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer. Muchos adictos cortan el
hábito periódicamente, lo que implica una contracción del organismo y el
reemplazamiento de las células que dependen de la droga. Una persona que
utiliza la droga está en un estado continuo de contracción y crecimiento
en ese ciclo diario de necesitar el pinchazo y el pinchazo recibido. Muchos
adictos parecen más jóvenes de lo que son. Los científicos hicieron recientemente
experimentos con un gusano al que lograban contraer suprimiéndole la alimentación.
Por contracción periódica el gusano estaba en crecimiento continuo, la vida
del gusano era prolongada indefinidamente. Quizá si un yonqui pudiera mantenerse
en un estado constante de tira y afloja podría vivir hasta una edad verdaderamente
fenomenal. La droga es una ecuación celular que enseña al usuario hechos
de validez general. Yo he aprendido muchísimo gracias al uso de la droga:
he visto la vida medida por cuentagotas de solución de morfina. He experimentado
la agonizante privación de la enfermedad de la droga, y el placer del alivio
cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer
sea alivio. Yo he aprendido el estoicismo celular que la dro ga enseña al
que la usa. He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e
inmóviles, en aislada miseria. Ellos conocían la inutilidad de quejarse
o moverse. Ellos sabían que básicamente nadie puede ayudar a otro. No existe
clave, no hay secreto que el otro tenga y que pueda comunicar. He aprendido
la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la yerba, un
medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante.
Es un modo de vivir.
UNO
Mi primera experiencia con droga fue durante la guerra, en 1944 o 1945.
Había conocido a un hombre llamado Norton que por entonces trabajaba en
unos astilleros. Norton, cuyo verdadero nombre era Morelli o algo así, había
sido expulsado del Ejército antes del comienzo de la guerra por falsificar
cheques, y fue clasificado 4-F debido a su mal carácter. Se parecía a George
Raft, aunque era más alto. Norton estaba intentando mejorar su inglés y
adquirir unos modales afables, educados. Sin embargo, en él la afabilidad
no resultaba natural. En calma, su expresión era hosca y sombría, y se daba
uno cuenta de que siempre tenía ese aspecto sórdido en cuanto le dabas la
espalda. Norton era un ladrón empedernido, y no se sentía bien si no robaba
algo todos los días en los astilleros donde trabajaba. Alguna herramienta,
unas latas de conservas, un par de monos de mecánico, cualquier cosa. Un
día me llamó y me dijo que había robado una metralleta Thompson. ¿Sabía
de alguien que quisiera comprarla? Yo le dije: -Es posible. Tráela. La escasez
de viviendas estaba en pleno apogeo. Yo pagaba quince dólares a la semana
por un asqueroso apartamento que daba a la escalera y jamás veía la luz
del sol. El empapelado estaba desgarrado porque el radiador dejaba salir
el agua cuando había agua que pudiera salir de él. Tenía las ventanas forradas
con papel de periódico para protegerme del frío. Todo estaba lleno de cucarachas
y ocasionalmente mataba alguna chinche. Estaba sentado junto al radiador,
un tanto mojado por el vapor, cuando oí llamar a Norton. Abrí la puerta
y allí estaba en el oscuro vestíbulo con un enorme paquete envuelto en papel
de estraza bajo el brazo. Sonrió y dijo: -Hola. Yo dije: -Entra, Norton,
y quítate el abrigo. Desenvolvió la metralleta y nos acercamos a ella y
apretó el gatillo. Dije que encontraría alguien que la comprara. Norton
dijo: -Mira, aquí tengo otra cosa que me he pulido. Se trataba de una caja
amarilla con cinco ampollas de medio grano de tartrato de morfina.
-Esto es sólo una muestra -dijo señalando la morfina-. Tengo otras quince
cajas en casa y puedo conseguir muchas más si te deshaces de éstas. -Veré
lo que puedo hacer -le dije. En aquella época yo nunca había tomado drogas
y tampoco se me había ocurrido probarlas. Empecé a buscar alguien que quisiera
comprar las dos cosas y fue entonces cuando entré en contacto con Roy y
Hermán. Yo conocía a un joven maleante de la zona norte de Nueva York que
trabajaba de cocinero en Jarrow, «para disimular», como él decía. Le llamé
y le dije que tenía algo que colocar y nos citamos en el bar Angle de la
Octava Avenida, cerca de la calle 42. Este bar era el lugar de reunión de
los maleantes de la calle 42, un grupo de fanfarrones y criminales en potencia.
Siempre estaban buscando alguien que les invitara a una copa, alguien que
planeara un asunto y les dijera exactamente lo que tenían que hacer. Como
nadie que planeara algo serio se arriesgaba a contar con tipos tan evidentemente
ineptos, cenizos y fracasados, ellos seguían buscando, fabricando mentiras
disparatadas sobre golpes fabulosos y trabajando ocasionalmente de lavaplatos,
camareros, pinches, ligan do de vez en cuando a un borracho o a un marica
tímido; buscando, siempre buscando quien les propusiera un buen asunto,
alguien que les dijera: -Te he estado buscando. Eres la persona que necesito
para este asunto. Escucha bien... Jack -a través del cual conocí a Roy y
Hermán- no era una de estas ovejas perdidas en busca de un pastor con sortija
de diamantes y pistola en la sobaquera y voz firme y segura que sugiere
contactos, sobornos, planes que hacen que cualquier atraco suene a cosa
fácil y de éxito seguro. A Jack le iban bien las cosas de vez en cuando
y se le podía ver con ropa nueva y hasta con coches nuevos. También era
un mentiroso impenitente que parecía mentir más para sí mismo que para cualquier
auditorio visible. Tenía buen aspecto, rostro saludable de campesino, aunque
había algo extrañamente enfermizo en él. Era un tipo que sufría súbitas
fluctuaciones de peso, como un diabético o un enfermo del hígado. Estos
cambios de peso solían ir acompañados de incontrolables arrebatos de inquietud
que le hacían desaparecer durante unos cuantos días. Era algo realmente
misterioso. Unas veces se le podía ver con aspecto de niño sano. Una semana
o así después podía volverse delgado, macilento y envejecido, y era preciso
mirarle atentamente un par de veces antes de reconocerle. Su cara estaba
recorrida por un sufrimiento en el que sus ojos no participaban. Eran sólo
sus células las que sufrían. El mismo -el ego consciente reflejado en la
mirada tranquila y alerta de sus ojos de maleante- no tenía nada que ver
con ese sufrimien to de su otro yo, un sufrimiento del sistema nervioso,
de carne y vísceras y células.
Se deslizó en el diván en que yo estaba y pidió un whisky. Se lo bebió de
golpe, dejó el vaso y me miró con la cabeza ligeramente inclinada a un lado
y dijo: -¿Qué es lo que tienes? -Una metralleta Thompson y unos treinta
y cinco granos de morfina. -La morfina puedo colocarla inmediatamente, pero
la metralleta quizá me lleve algún tiempo. Entraron dos policías de paisano,
y se apoyaron en la barra hablando con el barman. Jack hizo un gesto cor
la cabeza en su dirección. -La pasma. Vamos a dar un paseo. Le seguí fuera
del bar. Se deslizó a través de la puerta con disimulo. -Voy a llevarte
a ver a alguien que querrá la morfina -dijo-. Debes olvidar su dirección.
Bajamos al andén inferior del metro. La voz de Jack, dirigiéndose a su invisible
auditorio, seguía y seguía. Tenía la habilidad de lanzar su voz directamente
a la conciencia del otro. Ningún ruido exterior la apagaba. -Sólo tienen
que darme un treinta y ocho. Con acariciar el percutor basta. Soy capaz
de tumbar a cualquiera a doscientos metros. Da igual lo que pienses. Mi
hermano tiene dos ametralladoras del calibre 30 escondidas en Iowa. Salimos
del metro y empezamos a caminar por aceras cubiertas de nieve. -El tío me
debía dinero desde hacía tiempo. Sabía que lo tenía pero que no quería pagarme,
así que le esperé a la salida del trabajo. Yo sólo tenía un puñado de monedas.
Nadie puede acusarte de nada por llevar dinero de curso legal. Me dijo que
estaba sin blanca. Le rompí la mandíbula y le quité el dinero que me debía.
Dos de sus amigos estaban delante, pero se mantuvieron aparte. Les había
amenazado con una navaja. Subíamos las escaleras de una casa. Los escalones
eran de metal negro muy gastado. Nos paramos ante una pequeña puerta metálica,
y Jack golpeó la puerta de un modo especial inclinando la cabeza hacia el
suelo como un ladrón de cajas fuertes. La puerta fue abierta por un marica
de media edad, alto, blando, con tatuajes en los brazos e incluso en las
manos. -Este es Joey -dijo Jack. Y Joey dijo: -Hola. Jack se sacó del bolsillo
un billete de cinco dólares y se lo dio a Joey. -Tráenos un litro de Schenley,
¿quieres, Joey? Joey se puso un abrigo y salió. En muchos apartamentos la
puerta da directamente a la cocina. Eso pasaba en este apartamento y por
tanto estábamos en la cocina. Cuando Joey salió vi que había otro hombre
allí que me estaba mirando. Ondas de hostilidad y desconfianza salían de
sus grandes ojos castaños como una especie de emisión televisada. El efecto
casi era como un impacto físico. El hombre era bajo y muy delgado; su cuello
se perdía entre el jersey. Su tez iba del marrón al amarillo, y se había
aplicado maquillaje en un vano intento de disimular una erupción de la piel.
La boca se le estiraba por los lados con una mueca de aburrimiento petulante.
-¿Quién es ése? -dijo. Su nombre, como supe más tarde, era Hermán. -Es amigo
mío. Tiene algo de morfina y quiere deshacerse de ella. Hermán encogió y
estiró los brazos y dijo: -Me parece que no tengo muchas ganas de molestarme.
-Bien -dijo Jack-, se la venderemos a otro. Vamos, Bill. Nos fuimos a la
habitación delantera. Había una radio pequeña, un Buda de porcelana con
una vela encendida delante, algunos otros trastos. Un hombre estaba tumbado
en una cama. Cuando entramos en la habitación se sentó y dijo hola y sonrió
de modo agradable mostrando unos dientes amarillos. Su voz era del sur,
con un ligero acento del este de Texas. Jack dijo: -Roy, éste es un amigo
mío. Tiene algo de morfina y quiere venderla. El hombre se sentó más derecho
y bajó las piernas de la cama. Su mandíbula pendía sin fuerza, dando a la
cara una expresión vacía. La piel de la cara era blanda y oscura. Los pómulos
eran altos y parecía un oriental. Las orejas formaban ángulo con un cráneo
asimétrico. Los ojos eran castaños y tenían un brillo especial, como si
hubiera un punto de luz tras ellos. La luz de la habitación centelleaba
sobre los puntos de luz de sus ojos como un ópalo. -¿Cuánta tienes? -me
preguntó. -Setenta y cinco ampollas de medio grano. -El precio corriente
es dos dólares el grano -dijo-, pero las ampollas valen un poco menos. La
gente quiere tabletas. Las ampollas tienen mucha agua y hay que abrirlas
y calentar el líquido. -Se calló y la cara se le puso blanca-. Puedo pagarte
a uno cincuenta el grano -dijo finalmente. -Supongo que estará bien -dije.
Me preguntó cómo podíamos estar en contacto y le di mi número de teléfono.
Joey volvió con el whisky y todos bebimos. Hermán señaló con la cabeza hacia
la cocina y dijo a Jack: -¿Puedo hablar contigo un momento? Les oí discutir
sobre algo. Después Jack volvió y Hermán siguió en la cocina. Todos bebimos
unos tragos y Jack empezó a contarnos una his toria. -Mi socio limpiaba
el cuarto. El tipo estaba dormido y yo le vigilaba pegado a él con un trozo
de cañería de baño. La cañería tenía un grifo al final. De pronto, el tío
se despierta y salta de la cama y echa a correr. Le hice una caricia con
el grifo y siguió corriendo hasta la otra habitación, arrojando sangre por
la cabeza a tres metros de distancia con cada latido del corazón. -Hizo
un movimiento de bombeo con la mano- Se le veían los sesos y la sangre que
le caía de ellos. -Jack se echó a reír de modo incontrolable-. Mi chica
estaba esperándome en el coche. Me llamaba, ¡ ja, ja, ja!, me llamaba, ¡ja,
ja, ja!, asesino de sangre fría. Se rió hasta que la cara se le puso morada.
Unas noches después de mi entrevista con Roy y Hermán, utilicé una de las
ampollas, lo que constituyó mi primera experiencia con droga. Las ampollas
que yo tenía eran de un tipo especial: parecían un tubo de pasta de dientes
con una aguja al final. Pinchando con un alfiler a través de la aguja se
abría el conducto y la ampolla quedaba lista para pinchar. La morfina pega
primero en la parte de atrás de las piernas, luego en la nuca, y después
se extiende una gran relajación que despega los músculos de los huesos y
parece que uno flota sin límites, como si estuviera tendido sobre agua salada
caliente. Cuando esta relajación se extendió por mis tejidos, experimenté
un fuerte sentimiento de miedo. Tenía la sensación de que una imagen horrible
estaba allí, más allá de mi campo de visión, moviéndose en cuanto volvía
la cabeza de modo que nunca podía verla. Sentí náuseas; me tumbé y cerré
los ojos. Pasaron una serie de imágenes, como si estuviera viendo una película:
un enorme bar con luces de neón que se hacía más y más grande hasta que
calles y tráfico quedaron incluidos en él; una camarera traía una calavera
en una bandeja; estrellas en el cielo claro. El impacto físico del miedo
a la muerte; el corte de la respiración; la detención de la sangre. Me adormilé
y desperté con un principio de miedo. A la mañana siguiente vomité y me
sentí mal hasta el mediodía. Roy me llamó aquella noche. -Con respecto a
lo que estuvimos hablando la otra noche -me dijo-, puedo darte cuatro dólares
por caja y llevarme cinco cajas ahora mismo. ¿Estás ocupado? Me acercaré
hasta tu casa. Llegaremos a un acuerdo, ya verás.
Pocos minutos después llamaba a la puerta. Llevaba una chaqueta a cuadros
y una camisa color café. Miró a su alrededor y dijo: -Si no te molesta,
me pondré una. Abrí la caja. Cogió una ampolla y se la inyectó en la pierna.
Se bajó los pantalones y sacó veinte dólares del bolsillo. Puse cinco cajas
sobre la mesa de la cocina. -Creo que sacaré las ampollas de las cajas -dijo-.
Ocupan demasiado. Se metió las ampollas en los bolsillos de la chaqueta.
Luego dijo: -No creo que se rompan. Oye, te volveré a llamar mañana o así,
cuando haya colocado éstas y tenga dinero para más. -Se puso el sombrero
y dijo-: Hasta la vista. Al día siguiente volvió. Se pinchó otra ampolla
y sacó veinte dólares. Le di diez cajas y me quedé con dos. -Estas son para
mí -le dije. Me miró sorprendido: -¿También tú te picas? -De vez en cuando.
-Es mal asunto -dijo moviendo la cabeza-. Es lo peor que puede sucederle
a un hombre. Todos creemos al principio que podremos controlarlo. Luego
ya dejamos de querer controlarlo -sonrió-. Te compraré todo lo que consigas
a este precio. Al día siguiente volvió. Preguntó si no había cambiado de
idea y quería venderle las dos cajas. Le dije que no. Me compró dos ampollas
a dólar cada una, y se las pinchó. Luego se marchó diciéndome que estaría
de viaje un par de meses.
DOS
Durante
el mes siguiente utilicé las ocho ampollas que no había vendido. El miedo
que había experimentado tras la utilización de la primera ampolla no se
reprodujo a partir de la tercera; sin embargo, de vez en cuando, y tras
una inyección, despertaba con un comienzo de miedo. Seis semanas después
telefoneé a Roy, aunque no confiaba que hubiera regresado de su viaje. Pero
oí su voz al teléfono. Le dije: -Oye, ¿tienes algo para vender? De aquello
que yo te vendí a ti antes. Hubo una pausa. -Sí -dijo-, puedo pasarte seis,
pero el precio es de tres dólares cada una. Es que no tengo muchas. Ya sabes.
-De acuerdo -dije-. Ya sabes el camino. Acércamelas hasta aquí. Se trataba
de doce tabletas de un cuarto de grano metidas en un tubo estrecho de cristal.
Le pagué los dieciocho dólares y volvió a lamentarse del precio. Al día
siguiente volvió a comprarme dos granos de lo que me había vendido. -Resulta
difícil conseguirlas al precio que sea -dijo, buscándose una vena en la
pierna. Por fin, encontró la deseada y se inyectó el líquido con una burbuja
de aire-. Si las burbujas de aire mataran, no habría ningún yonqui vivo.
Ese mismo día Roy me indicó una botica donde vendían agujas hipodérmicas
sin hacer preguntas (hay muy pocas boticas que las vendan sin receta). Me
enseñó cómo hacer un anillo de papel para unir la aguja a un cuentagotas.
Un cuentago tas resulta más fácil de usar que una jeringuilla, especialmente
para inyectarse uno mismo en la vena. Unos días después Roy me mandó a visitar
a un médico con un cuento sobre piedras en el riñon, para conseguir una
receta de morfina. La mujer del médico me dio con la puerta en las narices,
pero Roy consiguió convencerla y el médico extendió una receta de diez granos.
La consulta del médico estaba situada en plena zona de drogadictos, en la
calle 102 junto a Broadway. Era un viejo chocho incapaz de oponer resistencia
a los yonquis que acudían a su consulta y que, de hecho, eran sus únicos
pacientes. Debía sentirse importante viendo su sala de espera llena de gente.
Supongo que había llegado a un punto en el que era capaz de modificar la
apariencia de las cosas según sus deseos y cuando miraba su sala de espera
debía de ver una clientela distinguida, probablemente bien vestida al estilo
de 1910, en lugar de aquel montón de yonquis con pinta de ratas en busca
de una receta de morfina. Roy solía embarcarse cada dos o tres semanas.
Sus viajes eran de transporte de tropas y generalmente cortos. Cuando estaba
en la ciudad solía agenciarse unas cuantas recetas. El viejo médico gruñón
de la 102 terminó por enloquecer del todo y en ninguna farmacia querían
despachar sus recetas, pero Roy localizó a un médico italiano del Bronx
que recetaba con facilidad. Yo me picaba de vez en cuando, pero estaba muy
lejos de adquirir el hábito. En esta época, me trasladé a un apartamento
de la parte baja de la zona norte. Se trataba de una casa cuya puerta daba
directamente a la cocina. Empecé a parar en el bar Angle todas las noches
y solía ver a Hermán. Conseguí eliminar la primera mala impresión que le
había causado, y pronto empecé a pagarle bebida y comida, y él me pedía
dinero prestado con cierta regularidad. Entonces Hermán todavía no tenía
el hábito. De hecho, raramen te tenía droga, a no ser que otro se la comprase.
Pero siempre estaba alto con algo - yerba, bencedrina, barbitúricos-. Solía
aparecer por el Angle todas las noches con un tipo asqueroso llamado Whitey.
En el Angle había cuatro Whities, lo que creaba cierta confusión. Este Whitey
reunía la sensibilidad de un neurótico y la inclinación a la violencia de
un psicópata. Estaba convencido de que desagradaba a todo el mundo, y eso
era algo que le hacía sufrir cantidad. Un martes por la noche estábamos
Roy y yo en la barra del Angle. Estaba Mike el Metros y también Frankie
Dolan. Dolan era un irlandés con un defecto en la vista, especialista en
borrachos indefensos; les robaba y cargaba con el mochuelo a sus camaradas.
-Carezco de honor. Soy una rata -solía decir. Luego se reía. Mike el Metros
era un tipo de cara ancha, pálida y grandes dientes. Parecía una especie
de animal de alcantarilla que ataca a los animales de superficie. Trabajaba
con habilidad a los borrachos, pero era muy cobarde. Cualquier policía le
echaba el ojo encima con sólo verle, y era muy conocido por la brigadilla
del metro. Por eso, Mike solía pasarse la mitad del tiempo en la cárcel
por vago y maleante. Era un taleguero consumado. Esa noche Hermán estaba
con nembutal encima y la cabeza se le caía pesadamente sobre la barra. Whitey
andaba arriba y abajo intentando que alguien le invitara a un trago. Los
tipos de la barra se mantenían tensos y rígidos, agarrados a sus bebidas
y guardándose apresuradamente las vueltas. Oí que Whitey le decía al barman:
-¿Quieres guardarme esto un momento? -mientras le pasaba su enorme navaja
automática por encima de la barra.
Los clientes estaban sentados silenciosos y lúgubres bajo las luces fluorescentes.
Todos tenían miedo de Whitey. Todos excepto yo. Roy bebía su cerveza con
calma. Los ojos le brillaban con aquella fosforescencia especial suya. Su
largo cuerpo asimétrico se apoyaba en la barra. No miraba a Whitey, sino
a la pared de enfrente donde estaban colocadas las botellas. En una ocasión,
me dijo: -No está más borracho que yo. Todavía puede beber más. Whitey estaba
en mitad de la barra con los puños apretados y las lágrimas rodándole por
la cara: -No soy bueno -decía-. No soy bueno. ¿Alguien es capaz de comprender
que ni siquiera sé lo que hago? La gente se apartaba de él a toda prisa
tratando de no atraer su atención. Slim el Metros, un compinche ocasional
de Mike, entró y pidió una cerveza. Era alto y huesudo y su fea cara tenía
aspecto inanimado, como si fuera de madera. Whitey le dio un golpecito en
la espalda y oí que Slim decía: -Por el amor de Dios, Whitey. Hablaron algo
más que yo no oí. Whitey tenía su navaja en la mano. El barman debía de
habérsela devuelto. Atacó a Slim por detrás y le clavó la hoja en la espalda.
Slim cayó hacia adelante aullando. Vi que Whitey se guardaba la navaja en
el bolsillo. -Vamonos -dijo Roy. Whitey había desaparecido y la barra estaba
vacía, exceptuando a Mike, que había agarrado a Slim por un brazo. Frankie
Dolan le cogía por el otro. Al día siguiente oí a Frank contar que Slim
estaba bien. -El tipo que le atendió en el hospital dijo que la navaja no
le había alcanzado el riñon por muy poco -decía. Roy dijo: -El muy asqueroso.
Yo puedo entendérmelas con un tío musculoso, pero no con una rata como ésa,
que se dedica a distraer las monedas de la barra. Poco después el Angle
fue cerrado y cuando abrió de nuevo había cambiado de nombre y se llamaba
Kent Grill. Una noche fui a la calle Henry en busca de Jack. Una chica alta
y pelirroja me abrió la puerta. -Soy Mary -dijo-, entra. Al parecer, Jack
estaba de negocios en Washington. -Pasa a la habitación por delante -dijo
la chica, apartando la cortina de terciopelo-. Recibo a los caseros y a
los cobradores en la cocina. Vivimos aquí dentro.
Miré
alrededor. La habitación parecía un chop-suey. Había mesas rojas y negras
lacadas esparcidas por todas partes, unas cortinas negras tapaban la ventana.
En el techo estaba pintada una rueda con pequeños cuadrados y triángulos
de diferentes colores, produciendo el efecto de un mosaico. -La hizo Jack
-dijo Mary señalando la rueda-. Tenías que haberle visto. Extendió una tabla
entre dos escaleras y se tumbó encima de ella. La pintura le caía en la
cara. A veces le gusta hacer cosas de ésas. Nos tiramos unos enrolles tremendos
con esa rueda cuando estamos altos. Nos tumbamos mirando a la rueda y enseguida
se pone a dar vueltas. Cuanto más se la mira, más de prisa va. La rueda
tenía esa vulgaridad de pesadilla de los mosaicos aztecas, la sangrienta,
vulgar pesadilla, el corazón latiendo bajo el sol de la mañana, los deslumbrantes
rosas y azules de los ceniceros, tarjetas postales y calendarios de recuerdo
de algún sitio. Las paredes estaban pintadas de negro y había un carácter
chino lacado en rojo sobre una de ellas. -No sabemos lo que significa -dijo.
-Camisas a treinta y un centavos -sugerí. Se volvió hacia mí sonriendo con
frialdad. Empezó a hablar de Jack. -Soy el ligue de Jack -dijo-. Trabaja
para ser un buen ladrón. Es un trabajo como otro cualquiera. A veces por
la noche llega a casa con una pistola y me dice que la esconda. También
le gusta trabajar en la casa pintando y haciendo muebles. Mientras hablaba
se movía por el cuarto, saltando de una silla a otra, cruzando y descruzando
las piernas, ajustándose las bragas como para que viera su anatomía por
etapas. Me contó que sus días estaban contados a causa de una extraña enfermedad.
-Sólo se conocen otros veintiséis casos. Dentro de unos pocos años ya no
seré capaz de ponerme de pie. Mi organismo no puede asimilar el calcio y
los huesos se van disolviendo lentamente. Tendrán que amputarme las piernas
y después los brazos. Era, en realidad, como si no tuviera huesos, como
si fuera una criatura de las profundidades marinas. Sus ojos tenían la frialdad
de los de un pez y parecían mirar a través de un medio viscoso. Podía imaginarse
a aquellos ojos en una forma protoplásmica ondulando en las oscuras profundidades.
-La bencedrina es un buen rollo -dijo-. Tres tiras de papel o unas diez
tabletas es bastante. O dos tiras y un par de cápsulas de seconal. Se juntan
adentro y pelean. Un buen golpe. Tres jóvenes maleantes de Brooklyn entraron.
Caras de palo, manos en los bolsillos, estilizados como un ballet. Buscaban
a Jack. Les había estafado en un trapicheo. Por lo menos eso parecía.
Se expresaban menos con palabras que con movimientos de la cabeza y de sus
cuerpos a través del apartamento y apoyándose en las paredes. Por fin, uno
de ellos se dirigió a la puerta. Hizo un gesto con la cabeza y los otros
le sigu ieron. -¿Te gustaría colocarte un poco? -preguntó Mary -. Debe de
haber alguna colilla por algún sitio. -Empezó a rebuscar en cajones y ceniceros-.
Me parece que no queda nada. ¿Por qué no salimos? Conozco a buenos contactos
y probablemente consigamos algo. Una joven entró dando tumbos con un objeto
envuelto en un papel pardo bajo el brazo. -Deshazte de esto al salir -dijo,
poniendo el paquete sobre la mesa. Entró tambaleándose en la habitación
del otro lado de la cocina. Cuando salíamos levantó el papel y vi una caja
de cabina pública forzada con palanqueta. En Times Square subimos a un taxi
y empezamos a recorrer diversas calles. Mary daba las direcciones y de vez
en cuando chillaba: «¡Pare!», y saltaba fuera, con la cabellera pelirroja
al viento, para ver a alguien. En seguida volvía diciendo: -El contacto
estaba aquí hace diez minutos, pero se acaba de marchar. Este tío tiene,
pero no hay forma de que suelte nada. Otras veces decía: -El contacto no
volverá en toda la noche. Vive en el Bronx. Pero vamos a parar aquí un momento.
Quizá podamos encontrar a alguien en Rich's. Finalmente: -Parece que no
está nadie en ningún sitio. Ya es un poco tarde para conseguir nada. Vamos
a comprar tubos de bencedrina y después a Denny's. Podemos tomar café y
colocarnos con la bencedrina. Denny's era un sitio cerca de la calle 52
y la Sexta Avenida, donde solía haber músicos tomando pollo frito y café
a partir de la una de la madrugada. Mary abrió un tubo, sacó el papel doblado
y me pasó algunas tabletas: -Tómalas con el café. El papel soltó un mareante
olor a mentol. Algunos de los de alrededor olfatearon y sonrieron. Me dieron
vómitos al tragar, pero logré pasarla. Mary puso unos cuantos discos viejos
en la máquina y llevaba el ritmo con la mano, golpeando sobre la mesa poniendo
cara de mongólico masturbándose. Empecé a hablar muy de prisa. Tenía la
boca seca y la saliva espesa y pegajosa, formando bolas blancas -escupir
algodón se llama eso-. Estábamos caminando por Times Square. Mary quería
localizar a alguien con un «piccolo» (victrola). Me sentía lleno de buenos
sentimientos y muy ex pansivo, quería llamar a gente a la que no había visto
hacía meses e incluso años, gente que no me gustaba y a quien yo no gustaba.
Hicimos algunos infructuosos intentos tratando de localizar al dueño del
piccolo ideal que Mary buscaba. En algún lugar durante nuestra búsqueda
encontramos a Peter y finalmente decidimos volver al apartamento de la calle
Henry, donde por lo menos había una radio. Peter y Mary y yo pasamos las
siguientes trece horas en el apartamento. De vez en cuando hacíamos café
y tragábamos más bencedrina. Mary describía las técnicas que usaba para
obtener dinero de los «cabritos», lo que constituía su principal fuente
de ingresos. -Siempre hay cabritos. Son diferentes de los puteros. Cuando
te acuestas con un putero hay que estar alerta todo el tiempo. No tienes
que darle nada. Sólo hay que quitarle cosas. Pero un donjuán es diferente.
Le tienes que dar lo justo por su precio. Cuando te acuestas con él te lo
pasas bien y quieres que él también se divierta. »Si lo que quieres es hundir
a un tío, basta con encender un pitillo en mitad de la folladera. Claro
que a mí los hombres no me gustan sexualmente. Lo que de verdad me gustan
son las tías. Me enrolla mucho ligarme a una tía orgullosa y hundirla, hacerle
ver que sólo es un animal. Una tía ya nunca es guapa una vez que la has
hundido. Mira, eso es como el rollo del fuego -dijo señalando a la radio,
que era la única luz encendida en la habitación. Su cara se contraía en
una expresión de rabia simiesca cuando hablaba de los tíos que la molestaban
por la calle-. Hijos de puta -gruñó-. No saben ni enterarse de cuándo una
mujer está de ligue. Yo solía pasearme con un puño de metal debajo del guante
esperando a que uno de esos paletos se acercase a mí. Un día Hermán me habló
de un kilo de yerba de primera calidad de Nueva Orleans, que podía conseguir
por setenta dólares. Trapichear con yerba parece fácil sobre el papel, algo
así como cultivar pieles o criar ranas. A setenta y cinco centavos el porro
y setenta porros hacen una onza, eso sonaba a dinero. Estaba convencido
y compré la yerba. Hermán y yo nos asociamos para colocar la yerba. Él conocía
a una lesbiana llamada Marian que vivía en el Village y decía que era poetisa.
Guardamos la yerba en el apartamento de Marian, a condición de que la dejásemos
fumar lo que quisiera y le diéramos el cincuenta por ciento de comisión
en las ventas. Otra lesbiana se instaló con ella, y siempre que iba al apartamento
de Marían me encontraba con aquella pelirroja llamada Lizzie que me miraba
con sus ojos de pez llenos de estúpido odio. Un día, la pelirroja Lizzie
abrió la puerta y me impidió el paso. Su cara estaba pálida de muerte e
hinchada del nembutal. Me tiró el paquete de yerba diciendo: -Toma esto
y llévatelo. Nos miró con ojos de odio y dijo: -¡Cabrones! Cerró la puerta
de un portazo. El ruido debió despertarla. Abrió la puerta de nuevo y empezó
a gritar con una rabia histérica. Desde la calle todavía podíamos oírla.
Hermán contactó a otros fumetas. Todos ellos nos ponían los nervios de punta.
En la práctica, traficar con yerba sólo trae quebraderos de cabeza. Para
empezar, la yerba ocupa mucho sitio. Se necesita una maleta llena para conseguir
algo de dinero. Si la pasma llama a la puerta, es lo mismo que tener una
bala de alfalfa. Los fumetas no son como los yonquis. Un yonqui suelta el
dinero, coge la droga y se las pira. Pero los fumetas no hacen eso. Esperan
que el traficante les invite a unos porros y se sientan sin querer largarse
antes de media hora o así. Y tienes que aguantar todo eso para vender dos
dólares. Si vas directamente al asunto dicen que eres un siniestro de la
mierda. De hecho, un tipo que trapichea con yerba nunca dice que es un traficante.
No, él sólo coloca algo de yerba entre unos cuantos tíos y tías porque se
mueve bien y sabe hacerse las cosas y conoce a mucha gente. Todo el mundo
sabe que él es el vendedor, pero está mal decirlo. Dios sabe por qué. A
mi juicio, los fumetas son inescrutables. Hay muchos secretos profesionales
en el negocio de la yerba, y los fumetas mantienen esos supuestos secretos
con una astucia estúpida. Por ejemplo, la yerba tiene que estar curada porque
si está verde raspa la garganta. Pero pregunta a un fumeta cómo hay que
curar la yerba y te dará una respuesta ambigua mirándote estúpidamente.
Quizá la yerba afecta al cerebro o puede ser que los fumetas sean estúpidos
por naturaleza. La yerba que yo tenía estaba verde y la puse en la tetera.
Metí la tetera en el horno hasta que la yerba tuvo ese color pardusco que
debe tener. Este es el secreto de curar la yerba, o al menos un modo de
curarla. Los fumetas son gregarios, son sensibles y paranoicos. Si te consideran
un cenizo o un pelmazo no lograrás hacer negocios con ellos. Pronto me di
cuenta que no podía tratar con ese tipo de gente y me alegraba de que cualquiera
me quitara la yerba de las manos sin mirar el precio. A partir de entonces
decidí no traficar nunca más con yerba. En 1937, la yerba quedó incluida
en la Ley Harrison de Narcóticos. Las autoridades afirman que la yerba es
una droga adictiva, que su uso es perjudicial para mente y cuerpo, y que
hace cometer delitos a quien la usa. Estos son los hechos: la yerba no es
adictiva. Uno puede fumar yerba durante años y no experimentará ninguna
molestia si de pronto deja de hacerlo. He visto fumetas en la cárcel y ninguno
de ellos mostraba síntomas de carencia. Yo mismo he fumado yerba durante
quince años y nunca sentí molestias cuando dejaba de hacerlo una temporada.
La yerba es menos adictiva que el tabaco. La yerba no daña la salud. De
hecho, muchos de los que la fuman aseguran que aumenta el apetito y tonifica
el organismo. No conozco ningún otro producto similar que incremente el
apetito. En una ocasión suprimí un hábito de droga con yerba. El segundo
día después de dejar de pincharme fui capaz de comer. Por lo general, después
de dejar de pincharme soy incapaz de comer durante unos ocho días. La yerba
no empuja a nadie a cometer delitos. Jamás he visto que nadie se pusiera
agresivo bajo la influencia de la yerba. Las fumetas son muy sociables.
Demasiado sociables para mi gusto. No puedo entender por qué la gente que
asegura que la yerba induce al crimen no exige que se prohiba también el
alcohol. Todos los días se producen crímenes cometidos por borrachos que
no obrarían así estando sobrios. Se ha hablado mucho de los efectos afrodisíacos
de la yerba. Por alguna razón, los científicos se niegan a admitir que la
yerba sea afrodisíaca, y muchos farmacólogos dicen que «no hay pruebas para
mantener la creencia popular de que la yerba posee propiedades afrodisíacas».
Yo puedo asegurar que la yerba es un afrodisíaco y que el sexo es más agradable
bajo la influencia de la yerba que sin ella. Cualquiera que haya usado yerba
verificará esta afirmación. Se oye decir que la gente se vuelve loca por
usar yerba. Hay, es cierto, una forma de locura causada por el excesivo
uso de yerba. Este estado se caracteriza por ideas de referencia. La yerba
que se puede obtener en los Estados Unidos no es lo bastante fuerte como
para enloquecer a uno, y las psicosis producidas por yerba son muy raras
en este país. La psicosis inducida por yerba se corresponde más o menos
con el delirium tremens y desaparece en cuanto la droga se suprime. El que
fuma unos cuantos cigarrillos al día no tiene más posibilidades de volverse
loco que un hombre que tome unos cuantos cocktails antes de las comidas.
Algo más acerca de la yerba. Un hombre bajo la influencia de la yerba no
está capacitado para conducir un coche. La yerba disturba el sentido del
tiempo y en consecuencia el sentido de las relaciones espaciales. Una vez,
en Nueva Orleans, tuve que aparcar en la cuneta y esperar hasta que se disiparan
los efectos de la yerba. Era incapaz de determinar a qué distancia estaba
algo o cuándo debía girar o frenar en un cruce.
TRES
Ahora me pinchaba todos los días. Hermán se había trasladado a mi apartamento
de Henry Street, puesto que ya no quedaba nadie que pagara la renta del
apartamento que había compartido con Jack y Mary. Jack fue atrapado mientras
realizaba un trabajo, al parecer muy seguro, y estaba en la cárcel del Bronx
en espera de juicio. Mary se había largado a Florida con un «cabrito». A
Hermán nunca se le había ocurrido que tenía que pagar un alquiler. Había
vivido toda su vida en apartamentos de otras personas. Roy tenía por entonces
un buen arreglo. Había localizado a un médico en Brooklyn que le extendía
recetas. El tipo era capaz de extender tres recetas al día con prescripciones
de hasta treinta tabletas cada una. De vez en cuando se mostraba remolón,
pero a la vista del dinero terminaba siempre por decidirse. Hay diversas
variedades de médicos de esta clase. Unos sólo extienden la receta si están
convencidos de que eres un adicto, otros sólo si están convencidos de que
no lo eres. Muchos adictos cuentan historias gastadas por años de uso. Otros
hablan de piedras en la vesícula o el riñon. Esta es la historia que se
cuenta con mayor frecuencia, y yo mismo he visto a médicos levantarse y
enseñarme la puerta en cuanto hablé de cálculos en la vesícula. Suelo obtener
mejores resultados con la neuralgia facial porque me conozco los síntomas
de memoria. Roy tenía una cicatriz de operación en el estómago y la utilizaba
para apoyar su historia de cálculos en la vesícula. Había un médico viejo
que vivía en una casa victoriana de ladrillo por la calle Setenta Oeste.
Con él bastaba con presentar un aspecto respetable. Si uno conseguía entrar
en su consulta, la cosa estaba hecha, pero sólo extendía tres recetas. Otro
médico siempre estaba borracho y había que cogerle en el momento justo.
A veces extendía la receta mal y había que volver para que la corrigiera.
Entonces, podía decir que la receta era falsa y te echaba de su casa. También
estaba otro médico senil al que había que ayudar a llenar la receta. Se
olvidaba de lo que estaba haciendo, dejaba la pluma a un lado y se ponía
a recordar a los pacientes tan importantes que trataba antes. En especial
le gustaba hablar de un hombre, un tal George Gore, que en una ocasión le
había dicho: -Doctor, he estado en la Clínica Mayo y puedo asegurarle que
usted sabe más medicina que toda la clínica junta. Era imposible pararle
y el adicto se veía obligado a escuchar pacientemente. Muchas veces, la
mujer del médico aparecía en el último momento y rompía la receta o se negaba
a confirmarla cuando llamaban de la botica. Por lo general, los médicos
ancianos extienden recetas con mayor facilidad que los jóvenes. Los refugiados
extranjeros constituían un buen terreno, pero los adictos en seguida los
quemaban. En ocasiones un médico montaba en cólera ante la simple mención
de estupefacientes y amenazaba con llamar a la policía. Los médicos están
tan atiborrados de ideas exageradas acerca de su posición que, por lo general,
un planteamiento directo es lo peor que a uno puede ocurrírsele hacer. Aunque
no se crean la historia que les largas prefieren que se la sueltes de cabo
a rabo. Algo así como el afeitado ritual de los orientales. Un hombre interpreta
el papel de médico lleno de grandes propósitos que no quiere extender una
receta ni siquiera por mil dólares, el otro se esfuerza por parecer un enfermo
auténtico. Si uno dice: -Mire, doctor, quiero una receta de estupefacientes
y estoy dispuesto a pagarle por ella el doble de lo normal. Si uno dice
algo como eso, el matasanos monta en cólera y te echa de su consulta. Es
necesario saber comportarse con los médicos o no se va a ninguna parte.
Roy se picaba tanto que Hermán y yo teníamos que pincharnos más de lo que
necesitábamos para mantenernos a su altura y que nos tocase la parte que
nos correspondía. Yo empecé a inyectarme directamente en la vena para ahorrar
material y porque el efecto inmediato era mejor. Empezamos a tener problemas
con las recetas. Muchas boticas sólo nos despachaban una o dos veces, y
otras ni siquiera una vez. Había una botica que nos despachaba todas las
recetas, y por eso íbamos siempre allí, pero Roy dijo que debíamos andarnos
con cuidado para que los inspectores no nos descubrieran. Sin embargo, andar
de botica en botica era molesto y terminábamos por acudir siempre al mismo
sitio. Yo estaba aprendiendo a esconder mi material cuidadosamente para
que Roy y Hermán no lo encontrasen y me lo quitaran. Quitarle a un yonqui
parte de la droga que tiene escondida es pegarle un palo. Resulta difícil
protegerse contra esta forma de robo porque los yonquis saben dónde buscar
el material. Hay algunos que siempre llevan la droga encima, pero un hombre
que haga eso se expone a una acusación de posesión si lo detiene la policía.
Cuando empecé a pincharme diariamente, e incluso varias veces al día, dejé
de beber y de salir por las noches. Cuando se usa droga no se bebe. Es probable
que un cuerpo que tiene una determinada cantidad de droga en sus células
no absorba el alcohol. La bebida se queda en el estómago, poco a poco provoca
náuseas, incomodidad y vértigo. Usar droga quizá sirva como cura de alco
hólicos. También dejé de lavarme. Cuando se usa droga la sensación del agua
en la piel resulta desagradable por alguna razón, y los yonquis suelen negarse
a tomar baños. Se han escrito muchas tonterías sobre los cambios que padece
una persona cuando ha adquirido un hábito. De pronto, el adicto se mira
en el espejo y no se conoce. Los cambios son difíciles de especificar y
no aparecen en el espejo. Es decir, el adicto adquiere una especie de ceguera
a medida que progresa en su hábito. Por lo general, no se da cuenta de que
está adquiriendo ese hábito. Dice que no se adquiere un hábito si se tiene
cuidado y se observan unas cuantas reglas, como por ejemplo pincharse un
día sí y otro no. De pronto, deja de observar esas reglas, pero cada pinchazo
extra lo considera excepcional. He hablado con muchos adictos y dicen que
se sorprenden cuando descubren que tienen el primer cuelgue encima. Muchos
de ellos atribuyen sus síntomas a cualquier otra causa. Cuando una persona
se adicciona los demás intereses pierden importancia. La vida queda enfocada
hacia la droga, un fije y a esperar el siguiente, todo está lleno de «material»
y «recetas» y «agujas» y «cuentagotas» y «cucharas». A veces el adicto cree
que lleva una vida normal y que la droga es algo accidental. Hasta que su
provisión no se corta por alguna razón, no se da cuenta de lo que la droga
significa para él. -¿Por qué necesita estupefacientes, señor Lee? -es una
pregunta que suelen hacer los psiquiatras estúpidos. -Necesito droga para
levantarme de la cama por la mañana, para afeitarme y para desayunar. La
necesito para seguir vivo -es la respuesta. Claro es que por lo general
los yonquis no mueren por falta de droga. Pero, en un sentido muy literal,
descolgarse implica la muerte de las células que dependen de la droga y
su reemplazamiento por células que no necesitan droga. Roy y su mujer se
trasladaron al mismo edificio de apartamentos. Todos los días nos reuníamos
en mi casa después de comer para planear nuestro programa diario de droga.
Uno de nosotros tenía que entendérselas con un matasanos. Roy siempre intentaba
que fuera otro el que se ocupara del asunto. -Esta vez yo no puedo ir. He
reñido con él. Pero puedo explicarte lo que tienes que decirle. O trataba
de que Hermán o yo fuéramos a probar con otro médico nuevo. -No puede fallar.
No le dejes que te diga que no. Estoy seguro de que es de los que extienden
receta. Yo no puedo ir. Uno de sus matasanos seguros quiso denunciarme de
mano. Se lo conté a Roy y dijo: -Seguramente está ya quemado. Alguien le
hizo una putada uno de estos días. Seguro que fue por eso. Después de eso
no volví a arriesgarme con médicos desconocidos. Pero nuestro tipo de Brooklyn
se hacía el remolón. Todos los médicos terminan por cortar antes o después.
Un día, cuando Roy fue por su receta, el médico le d ijo: -Esta es la última
que le doy y lo mejor que pueden hacer es desaparecer de aquí un tiempo.
El inspector vino a visitarme ayer. Tiene todas las recetas que les había
extendido a sus amigos. Me dijo que perdería mi licencia si extendía una
receta más, así que ésta voy a ponerla con fecha de an teayer. Dígale al
de la botica que ayer se
encontraba
demasiado mal para ir a comprarla. Han dado ustedes direcciones falsas en
algunas ocasiones y eso es una violación del artículo 344 de la Ley de Salud
Pública, así que no digan que no les he avisado. Por el amor de Dios, no
me denuncien si les interrogan. Eso significaría el final de mi carrera
profesional. Sabe perfectamente que siempre me he portado bien con ustedes.
Quería haber dejado de hacer todo esto hace meses, pero no quería dejarles
en la estacada. Déme un respiro. Aquí tiene la receta y, por favor, no vuelva
más. Roy volvió al día siguiente. El cuñado del médico estaba allí para
proteger el honor de la familia. Cogió a Roy por la solapa y le echó fuera.
-La próxima vez que le encuentre por aquí molestando al doctor no le dejaré
en condiciones de irse caminando por sí mismo -dijo. Diez minutos después
llegó Hermán. El cuñado estaba dispuesto a darle el mismo tratamiento que
a Roy, cuando Hermán sacó un vestido de seda de debajo de su chaqueta y,
volviéndose hacia la mujer del médico, que había acudido atraída por todo
aquel follón, dijo: -Pensé que quizá le gustase este vestido. De este modo
tuvo oportunidad de hablar con el médico, que le extendió una última receta.
Tardó tres días en conseguir que se la despacharan. En nuestro botica habitual
dijeron que les vigilaba el inspector y que no querían exponerse a despachar
más recetas. -Lo mejor será que desaparezcan -dijo el propietario -. Creo
que el inspector tiene órdenes de detención contra vosotros. Nuestro médico
había hecho las maletas. Se largó de la ciudad. Recorrimos Brooklyn, el
Bronx, Queens, Jersey City y Newark. No podíamos conseguir ni pan topón.
Era como si los médicos estuvieran esperándonos, precisamente esperando
por nosotros en su despacho para decirnos: -Definitivamente, no.
Parecía como si todos los médicos de Nueva York y sus alrededores hubieran
decidido de pronto no dar jamás ninguna otra receta de estupefacientes.
Teníamos que dejar la droga. En cuestión de horas nos encontraríamos sin
nada que inyectarnos. Roy decidió ir a la isla de Riker a sufrir «una cura
de treinta días». No se trata de una cura de reducción. No dan nada de droga,
ni siquiera pastillas para dormir. Todo lo que hacen es mantener encerrados
a los adictos treinta días. El sitio está siempre lleno. Hermán fue detenido
en el Bronx mientras buscaba un médico que le extendiese una receta. No
le acusaban de nada concreto, simplemente a dos agentes no les gustó su
aspecto. Cuando le llevaron a la comisaría, los de estupefacientes tenían
una orden de detención contra él extendida por el inspector del Estado.
La acusación concreta era haber falseado la dirección en una receta de estupefacientes.
Un abogado de mala muerte me telefoneó para preguntarme si podía pagar la
fianza de Hermán. En vez de eso le mandé dos dólares para cigarrillos. Si
un tipo va a estar preso, lo mejor es que empiece cuanto antes. En este
momento me encontraba limpio de droga y con los últimos algodones hervidos
ya dos veces. La droga se calienta en una cuchara y se introduce en el cuentagotas
o jeringa a través de un trozo de algodón que sirve de filtro. Algo de la
droga se queda en el algodón y los adictos suelen conservarlos para emergencias.
Conseguí una receta de codeína de un viejo médico, después de largarle un
rollo sobre migrañas y dolores de cabeza. La codeína es mejor que nada y
cinco granos en la piel evitan que uno se ponga enfermo. Por alguna razón,
es peligroso inyectarse codeína en la vena. Recuerdo una noche en que Hermán
y yo no teníamos nada excepto sulfato de codeína. Hermán lo calentó y se
inyectó un grano en la vena el primero. Inmediatamente, se puso rojo, después
muy pálido. Se sentó en la cama débilmente. -¡ Dios mío! -dijo. -¿Qué te
pasa? -le pregunté-. Todo está bien. Me miró agriamente. -¿Que todo está
bien, dices? Entonces pínchate un poco. Calenté mi grano y me preparé para
inyectármelo. Hermán me observaba inquieto. Seguía sentado en la cama. En
cuanto me saqué la aguja de la vena tuve una sensación desagradabilísima,
totalmente diferente a la que se siente tras una buena dosis de morfina.
Noté que se me hinchaba la cara. Me senté en la cama, al lado de Hermán.
Mis dedos se habían inflado a un tamaño doble del normal. -Bueno -dijo Hermán-,
¿todo va bien?
-No -dije. -Tenía los labios entumecidos como si me hubieran pegado un puñetazo
en la boca. Un dolor de cabeza terrible. Empecé a pasear inquieto arriba
y abajo por la habitación. Sostenía la vaga teoría de que si conseguía que
la circulación se mantuviera, la sangre podría eliminar la codeína. Una
hora después me sentí un poco mejor y me acosté. Hermán me habló de un amigo
suyo que se había pasado y puesto azul tras una inyección de codeína: -Le
metí una ducha fría y se recuperó -dijo. -¿Por qué no me dijiste eso antes?
-pregunté. Hermán se mostraba súbita e imprevisiblemente irritado. Los orígenes
de sus enfados, por lo general, eran inescrutables. -Bien -comenzó-. Uno
se arriesga a algo cuando se droga. Además, sólo porque una persona tenga
una determinada reacción, no se puede deducir que a los demás les vaya a
suceder lo mismo. Tú parecías estar seguro de que todo iba a ir bien y yo
no quería molestarte con historias.
CUATRO

El día que me enteré que Hermán había sido arrestado, imaginé
que yo sería el siguiente, pero ya me sentía mal y carecía de energías para
dejar la ciudad. Fui detenido en mi apartamento por dos policías de paisano
y un agente federal. El inspector del Estado había presentado una denuncia
contra mí, acusándome de haber violado el artículo 334 de la Ley de Salud
Pública por dar un nombre falso al retirar una receta de estupefacientes.
Los dos inspectores de paisano eran el bueno y el malo, como de costumbre.
El bueno me preguntó: -¿Cuánto tiempo llevas drogándote, Bill? Sabes perfectamente
que debías haber dado tu verdadero nombre en la botica. El malo le interrumpía,
chillándome: -Venga, suéltalo de una vez, que no somos hermanas de la caridad.
Pero mí caso no les interesaba demasiado y no necesitaban que hiciera una
declaración en toda regla. Mientras me llevaban a la comisaría, el agente
federal me hizo algunas preguntas y rellenó una especie de formulario. Me
llevaron despues a los calabozos y fui fotografiado y fichado. Mientras
esperaba a que me llevaran ante el juez, el policía bueno me dio un cigarrillo
y empezó a hablarme de los inconvenientes de la droga. -Aunque vayas tirando
treinta años, te estás engañando a ti mismo. Es como los degenerados sexuales
-le brillaban los ojos-, que los médicos dicen que no pueden hacer nada
para salvarse. El juez me puso una fianza de mil dólares. Fui llevado de
nuevo a los calabozos y se me ordenó que me desvistiese y me duchara. Un
guardia apático examinó mi ropa. Me vestí de nuevo, fui al ascensor y me
metieron en una celda. A las cuatro de la tarde las celdas se cerraban.
Las puertas corrían automáticamente haciendo un ruido tremendo que levantaba
ecos en las galerías. Se me había terminado la última codeína que me quedaba.
La nariz y los ojos se me empezaron a agitar, sudaba por todos los poros.
Relámpagos fríos y calientes me golpeaban a través de la puerta que se abría
y cerraba continuamente. Me mantuve tumbado en la colchoneta, demasiado
débil para moverme. Las piernas me molestaban y no podía encontrar una postura
cómoda. La voz de un negro cantaba: -Levántate, mujer, levántate, sal del
polvo.
Otra voz decía: -¡Cuarenta años! ¡ No puedo pasarme cuarenta años en la
trena! Hacia medianoche, mi mujer pagó la fianza y me dio unas anfetaminas
nada más salir a la calle. Las anfetaminas ayudan un poco. Al día siguiente
estaba peor y no podía levantarme de la cama. Así que seguí en la cama todo
el día tomando nembutal a intervalos. Para la noche, me tomé unas cuantas
bencedrinas y fui hasta un bar, sentándome cerca de la máquina de discos.
Cuando se está enfermo la música suele ayudar bastante. En una ocasión,
en Texas, me descolgué de la heroína con ayuda de la yerba, una pinta de
elixir paregórico y unos cuantos discos de Louis Armstrong. Casi peor que
la enfermedad es la depresión que viene con ella. Una tarde cerré los ojos
y vi Nueva York en ruinas. Ciempiés y escorpiones se deslizaban por los
vacíos bares, cafeterías y boticas de la calle Cuarenta y dos. Entre los
adoquines del pavimento crecía la yerba. No se veía a nadie. A los cinco
días empecé a sentirme un poco mejor. A los ocho días me entró la pájara
y sentí un tremendo apetito. Diez días después la enfermedad había desaparecido.
Mi juicio había sido aplazado. Hermán volvió de su cura de treinta días
en la isla de Riker y me presentó a un traficante que vendía H mexicana
en la Calle 103 y Broadway. Aquellos primeros años de la guerra, las importaciones
de H estaban virtualmente suspendidas y la única droga que se podía conseguir
era la M de las recetas. Sin embargo, las líneas de comunicación se restablecieron
y la heroína comenzó a llegar de México, donde había campos de amapolas
cultivadas por chinos. El caballo mexicano es de color marrón, pues contiene
algo de opio en bruto. El cruce de la calle 103 y Broadway se parece a cualquier
otra zona de Broadway. Una cafetería, un cine, tiendas. En mitad de Broadway
hay una isla con algo de yerba y bancos. La calle 103 es una parada de metro.
Se trata de un territorio de droga. La droga sale de la cafetería, rodea
la manzana de casas y a veces cruza hasta Broadway para descansar en uno
de los bancos de la isla. Un fantasma diurno en una calle abarrotada hasta
los topes. Siempre se puede encontrar a unos cuantos yonquis sentados en
la cafetería o rondando por sus alrededores, mirando inquietamente como
si esperaran a su contacto. Por el verano, suelen sentarse en los bancos
y parecen buitres. El traficante tenía cara de adolescente. No representaba
más de treinta años aunque de hecho tenía cincuenta y cinco. Era un hombre
bajo, siniestro, de cara delgada y aspecto de irlandés. Cuando se dignaba
aparecer -y como muchos yonquis antiguos nunca era puntual- se sentaba en
una mesa de la cafetería. Le dabas el dinero y tres minutos más tarde había
que reunirse con él en una esquina de la calle donde te entregaban la droga.
Jamás llevaba la droga encima, pero debía tenerla escondida en algún sitio
cercano. Este hombre era conocido por el Irlandés. En una ocasión había
trabajado para Dutch Schultz, pero los gángsters no quieren yonquis en su
banda porque los consideran poco de fiar, así que le largaron. Ahora traficaba
de vez en cuando y desvalijaba borrachos en el metro cuando no tenía nada
que vender. Una noche, el Irlandés fue cazado en el metro por vago y maleante.
Se ahorcó en los calabozos. El trabajo de traficante es una especie de servicio
público que va rotando de uno a otro miembro del grupo. La duración de tal
servicio suele de unos tres meses. Todo el mundo está de acuerdo en que
se trata de un trabajo ingrato. Como dijo George el Griego: -Siempre se
termina en la cárcel y palmado. Todo el mundo te llama cabrón si no le fías;
y si lo haces, se aprovechan de ti. George era incapaz de dejar a nadie
en la estacada. La gente solía explotar su amabilidad, comprándole a crédito
y pagando al contado a cualquier otro traficante. George se pasó tres años
en el talego y cuando salió se negó a volver a traficar. Los yonquis modernos,
los hipsters esos del bebop, jamás aparecían por la calle 103. Los tipos
de la calle 103 eran todos de los antiguos -caras delgadas y pálidas; bocas
contraídas y amargas; duros y de gestos estilizados. (Hay algunos gestos
que delatan al yonqui igual que la señal en la muñeca delata al esclavo.)
Eran yonquis de diversas nacionalidades y distinto aspecto físico, pero
todos se parecían algo. Guardaban cierta semejanza con la droga. Estaban
el Irlandés, George el Griego, Rosa Pantopón, Louie el Botones, Eric «el
Maricón», «el Sabueso», «el Marinero» y Joe el Manito. Algunos han muerto,
otros están en la trena. Ya no hay yonquis en la calle 103 y Broadway esperando
a su contacto. Los traficantes se han largado a otra parte. Pero la sensación
de droga permanece. Te golpea en las esquinas, te sigue por la manzana,
y de pronto desaparece. Joe el Manito tenía una cara delgada con la nariz
larga y puntiaguda y la boca para abajo, desdentada. La cara de Joe tenía
arrugas y cicatrices, pero no era la de un viejo. A su cara la habían pasado
algunas cosas, pero Joe no se vio afectado por ellas. Sus ojos eran brillantes
y jóvenes. Exhalaba amabilidad como les ocurre a muchos yonquis antiguos.
Se le podía distinguir a lo lejos. En la multitud anónima de la ciudad permanecía
aparte, se le podía distinguir entre los demás como si se le mirara con
prismáticos. Era un gran mentiroso y, como muchos mentirosos, modificaba
continuamente sus historias, cambiando tiempo y personas de un relato a
otro. Una vez podía contarte algo de un amigo suyo y la vez siguiente podía
aplicarse la misma historia a sí mismo. Solía sentarse en la cafetería,
ante un café, hablando al azar de sus experiencias. -Conocíamos a un chino
que tenía algo de material escondido y queríamos que nos dijera dónde estaba.
Le atamos a una silla. Encendí unas cuantas cerillas -hizo ademán de encender
una cerilla-, y se las acerqué a las plantas de los pies. No quería hablar.
Me dio pena. Entonces mi compinche le pegó en la cara con la pistola y la
sangre le corrió por la cara. -Se puso las manos sobre la cara y las deslizó
hacia abajo para indicar el fluir de la sangre-. Cuando vi eso me sentí
mal y dije: «Vamonos de una vez, dejemos a este tipo en paz. No nos va a
decir nada.» Louie era mechero y había perdido la tranquilidad que alguna
vez tuviera. Llevaba abrigos largos negros y gastados que le daban aspecto
de soplón. Ladrón y yonqui se unían en él. Las pasaba moradas. Oí que en
cierta ocasión había sido soplón de la policía, pero cuando yo le conocí
todos le co nsideraban legal. A George el Griego no le gustaba Louie y decía
que sólo era un vago. -No le invites nunca a que vaya a tu casa. Se aprovechará
de ti. Es capaz de picarse delante de tu familia. Carece de clase -me dijo
en una ocasión. George el Griego era considerado el arbitro del grupo. Decidía
quién era legal y quién no. George se enorgullecía de su integridad: -Jamás
he vendido a nadie. Cuando he tenido que
comerme algo, me lo he comido yo solo. Había estado ya tres veces en la
cárcel. La vez siguiente la sentencia sería de por vida por reincidente.
Trataba por todos los medios de no comprometerse en nada peligroso. Nada
de traficar, nada de vender; de vez en cuando trabajaba en los muelles.
Estaba rodeado por todos lados y no podía evitar ir hacia abajo. Cuando
no podía conseguir droga -lo que ocurría la mitad de las veces- se emborrachaba
o se pegaba lo que fuera. Tenía dos hijos muy jóvenes que le causaban bastantes
problemas. Su rostro tenía las señales de una batalla constante siempre
perdida. La última vez que estuve en Nueva York no pude encontrar a George.
La gente de la calle 103 con quien hablé ignoraba qué había sido de George
el Griego. Fritz el Portero era un hombre pálido y delgado que daba la impresión
de ser paralítico. Estaba en libertad condicional tras cumplir cinco años
por haber ido a comprarle a un soplón. El soplón necesitaba urgentemente
delatar a alguien y entre él y un policía necesitado de méritos le montaron
una historia de gran traficante e hicieron un arresto sonado. En el fondo,
Fritz estaba orgulloso de haber sido tan importante y en Lexington contaba
encantado su rollo de traficante famoso.
El Maricón era un ratero brillante. Se dedicaba a desvalijar borrachos y
sus marcas eran realmente increíbles. Dentro de la jerarquía de los carteristas
ocupaba el lugar más alto. Era el hombre que llega siempre el primero a
su presa, nunca el que aparece cuando el borracho ya ha quedado tirado,
con los forros de los bolsillos al aire. Siempre parecía guiado por un radar
especial. Sólo quería dinero, anillos y relojes. Después de él, venían los
que robaban el borracho el sombrero, los zapatos y el cinturón. Finalmente,
llegaban los más miserables, que se llevaban el abrigo o la chaqueta. El
Maricón siempre se las arreglaba bien. En una ocasión robó mil dólares en
la estación de la calle 103. Por lo general, sus golpes eran de unos cientos.
Si el tipo al que robaba se daba cuenta, fingía que sus intenciones eran
sexuales. Su mote se debía a esto. Siempre iba bien vestido, por lo general
con una chaqueta de twed y unos pantalones de franela. Unas maneras pretendidamente
europeas y un ligero acento escandinavo completaban su aspecto. Imposible
tener menos pinta de ratero. Trabajaba siempre solo. Tenía buena suerte
y evitaba la compañía en su trabajo. El contacto con la gente suele traer
mala suerte para los que la tienen buena. Los yonquis son envidiosos y la
gente que pululaba por la calle 103 envidiaba al Maricón. Pero todos tenían
que admitir que era un tío legal y dispuesto a echar una mano. Las cápsulas
de heroína cuestan tres dólares cada una y se necesitan tres al día para
ir tirando. Me encontraba sin dinero, así que empecé a robar carteras en
el metro, acompañado por Roy. íbamos en el vagón hasta que uno de nosotros
descubría a un primo dormido en un banco del andén. Bajábamos. Yo me ponía
delante de él con un periódico abierto y cubría a Roy mientras rebuscaba
en los bolsillos del tipo. Roy solía darme instrucciones entre dientes -«un
poco hacia la izquierda», «más atrás», «ahí», «no te muevas»-. Muchas veces
llegábamos tarde y el borracho estaba ya con los bolsillos vueltos del revés.
También solíamos robar en los propios vagones. Yo me sentaba junto al tipo
con mi periódico y Roy le limpiaba los bolsillos por detrás de mí. Si se
despertaba me veía con ambas manos en el diario. Sacábamos una media de
diez dólares por noche. Una noche normal se desarrollaba más o menos así.
Empezábamos a trabajar hacia las once. Un día en la estación de la calle
149 localicé a un primo. La estación de la calle 149 tiene varios niveles
y resulta peligrosa para los carteristas porque hay muchos sitios donde
puede esconderse un policía y resulta imposible cubrir todos los ángulos.
En el nivel inferior, la única salida posible es el ascensor. Nos acercamos
al tipo haciendo la pared como si no le viéramos. Era de media edad, se
apoyaba contra la pared y respiraba pesadamente. Roy se sentó a su lado
y yo me paré delante de ellos con un periódico abierto. Roy dijo: -Un poco
hacia la derecha. Espera un poco. Ahí. Vale. De pronto, la pesada respiración
se detuvo. Recordé una escena de una película donde la respiración se detenía
durante una operación. Pude sentir la tensa inmovilidad de Roy ante mí.
El borracho masculló algo y cambió de postura. Lentamente la respiración
se reanudó. Roy se levantó. Hizo un gesto afirmativo y caminó rápidamente
hacia el otro extremo de la plataforma. Tenía un puñado de billetes y contó
hasta ocho dólares. Me dio cuatro diciendo: -Es lo que tenía en el bolsillo
del pantalón. No pude dar con la cartera. Por un minuto pensé que iba a
echarse sobre nosotros. Empezamos otra vez, más abajo. En la estación de
la calle 116 localizamos a otro borracho, pero el tipo se levantó y salió
a la calle antes de que consiguiéramos acercarnos a él. Un tipo andrajoso
con una boca enorme se acercó a Roy y comenzó a hablar. Era otro carterista.
-El Maricón triunfa una vez más -dijo-. Dos billetes y un reloj de pulsera
en la calle Roy murmuró algo y miró su periódico. El tipo siguió hablando
en voz baja: -Hace poco uno se me volvió y dijo: «¿Qué haces con la mano
en mi bolsillo?» -¡Por el amor de Dios, no digas esas cosas! -dijo Roy alejándose
de él-. ¡ Hijoputa! -No hay carteristas de verdad, el Maricón y el Sabueso
sólo. Todos envidian al Maricón porque da buenos golpes. Si el primo se
da cuenta, hace como si le estuviera acariciando la pierna. Esos mierdas
de la calle 103 se meten con él porque es bueno, pero no es más maricón
que yo -Roy hizo una pausa-. No tanto como yo, por cierto. Seguimos hasta
el final de la línea de Brooklyn sin localizar a nadie más. En el viaje
de vuelta había un borracho dormido en uno de los coches. Me senté a su
lado y abrí el periódico. Sentí el brazo de Roy por detrás de la espalda.
El borracho se despertó y me miró inquieto. Pero mis dos manos eran perfectamente
visibles sobre el periódico. Roy fingió leer el periódico conmigo. El borracho
volvió a dormirse. -Será mejor que nos larguemos -dijo Roy-. Salgamos un
rato a la calle. No compensa estar demasiado tiempo. Tomamos un café en
un bar de la calle 34 y nos repartimos el dinero recién adquirido. Eran
tres dólares. -Cuando uno se trabaja a un tipo en el vagón -me explicaba
Roy-, es preciso seguir el ritmo del balanceo. Antes fui demasiado de prisa.
Por eso se despertó el tío. Sintió algo raro, aunque no supo determinar
de qué se trataba.
En Times Square nos encontramos con Mike el Metros. Hizo un gesto con la
cabeza pero no se detuvo. Mike siempre trabajaba solo. -Vamos a darnos una
vuelta por Queens Plaza -dijo Roy-. Pertenece a la Compañía Independiente.
La Independiente tiene policías especiales contratados por la compañía,
pero no llevan armas. Si te cogen, trata de escapar y corre. Queens Plaza
es otra estación peligrosa donde es imposible cubrir todos los ángulos.
Hay que confiar en la puerta. Había un borracho dormido en un banco, pero
no podíamos hacer nada porque había demasiada gente alrededor. -Esperaremos
un rato -dijo Roy-. Recuerda esto: nunca dejes pasar más de tres trenes.
Si no ves una oportunidad clara entonces, lo mejor es que olvides el asunto
aunque parezca clarísimo. Un par de jovenzuelos, aprendices, se apearon
llevando a un primo entre ellos. Se sentaron en un banco, después nos miraron.
-Vamos a llevarle al otro lado -dijo uno de los chavales. -¿Por qué no le
desplumáis aquí mismo? -preguntó Roy. Los juveniles hicieron como que no
entendían: -¿Desplumarle, dices? No entiendo. ¿De qué va el marica este?
-dijeron. Se levantaron y se marcharon con su tipo al otro lado del andén.
Roy se dirigió a ellos y sacó una cartera del bolsillo del nuestro. -No
es momento para finezas -dijo. La cartera estaba vacía. Roy la dejó en el
banco. -¡Deja las manos quietas! -gritó uno de los jóvenes desde el otro
lado. -¡ Cállate! -dijo Roy-. Como os vuelva a ver por aquí os tiro a la
vía. Uno de los juveniles vino y le pidió a Roy una parte. Roy le dijo que
no tenía nada y el otro que le había sacado la cartera. -Estaba vacía -dijo
Roy. Paró un tren y nos subimos, dejando al jovenzuelo dudando todavía si
ponerse duro o no. -Estos jóvenes creen que se trata de un juego. Ya aprenderán
cuando se pasen una temporada en el talego... Me parece que estamos de mala
suerte. La vida es así. Unas noches se hacen cien dólares. Otras no se hace
nada.
CINCO
Una noche cogimos el metro en Times Square. Un hombre vestido
llamativamente caminaba delante de nosotros, vacilando ligeramente. Roy
le miró y dijo: -Ahí tenemos un buen golpe. Vamos a ver dónde va. El pájaro
subió en el tren que iba a Brooklyn. Esperamos de pie en la plataforma hasta
que pareció dormido. Entonces nos acercamos a él y yo me senté a su lado
abriendo el New York Times. El Times era una idea de Roy. Decía que con
él yo parecía un hombre de negocios. El coche estaba vacío y allí estábamos
nosotros pegados al tipo con siete metros vacíos disponibles. Roy comenzó
a funcionar por detrás de mi espalda. El hombre se despertó y me miró con
aire de aburrimiento. Un negro que estaba sentado enfrente sonrió. -Ese
de ahí sabe de qué va la cosa. No hay que preocuparse -me dijo Roy al oído.
Roy tenía problemas para encontrarle la cartera. -Cuando te diga, tropieza
con él y moveré el abrigo al tiempo... ¡Ahora...! ¡Vaya por Dios! Un poco
más fuerte... -Dejémoslo -volví a d ecir. Sentía un nudo de miedo en el
estómago-. ¡ Va a despertarse! -No. Vamos a intentarlo... ¡Ahora...I ¿Qué
cono pasa contigo? Sólo tienes que dejarte caer contra él -dijo Roy. -Roy
-dije-. Dejemos esto. Va a despertarse. Intenté levantarme, pero Roy no
me dejó hacerlo. De pronto, me dio un empujón y caí pesadamente contra el
tipo. -Ahora lo conseguí -dijo Roy. -¿Tienes la cartera? -No. He despejado
el camino. Ahora estábamos ya en el elevado. Sentí náuseas de miedo, todos
los músculos estaban rígidos haciendo esfuerzos por controlarse. El hombre
sólo estaba medio dormido. Estaba seguro de que en cualquier momento empezaría
a aullar. Por fin, oí a Roy que decía: -Ya lo tengo. -Entonces, larguémonos.
-No, lo que tengo es un puñado de billetes. Tiene que haber una cartera
por algún lado y voy a encontrarla. Tiene que tener cartera, seguro que
la tiene. -Ya no puedo más. -No. Espera -sentí que seguía funcionando por
detrás de mi espalda de modo tan abierto que me parecía imposible que el
hombre pudiera seguir dormido. Era el final de la línea. Roy se puso de
pie y dijo: -Cúbreme. Extendí el periódico lo más que pude para ocultar
sus maniobras a Jos demás pasajeros. Sólo quedaban tres, pero estaban situados
en diferentes extremos del vagón. Roy andaba en los bolsillos del hombre
abiertamente. Al fin dijo: -Salgamos. Estábamos en la plataforma todavía
cuando el tipo se despertó. Metió la mano en su bolsillo. Entonces se dirigió
hacia Roy. -Muy bien, amigo -dijo-, pero ahora devuélveme el dinero. Roy
pareció sorprendido al decir, enseñando las manos vacías: -¿Qué dinero?
¿De qué está usted hablando? -Sabes cojonudamente de lo que te estoy hablando.
Me has quitado un montón dé billetes. Ya me los estás devolviendo. Roy hizo
un gesto de sorpresa y cansancio: -¿De qué habla usted, señor? No sé nada
de su dinero. -Te veo todas las noches en esta línea. Es tu recorrido habitual.
-Se volvió hacia mí y dijo-: Y éste es tu compinche. Bien, ¿vas a devolverme
ahora mismo lo que me acabas de robar? -Pero ¿qué coño dice de robar? -De
acuerdo. Debo estar equivocado -pero, de pronto, el hombre metió sus manos
en los bolsillos de la chaqueta de Roy mientras gritaba-: ¡Hijoputa de la
mierda! ¡Devuélveme el dinero! Roy le pegó en la cara y le apartó diciendo:
-¡Quítame las manos de encima! El conductor, viendo una pelea en marcha,
tenía el tren parado para que nadie cayese a la vía. -Larguémonos -dije
yo, y saltamos al andén. El hombre corrió en nuestra persecución. Alcanzó
a Roy y le agarró con fuerza. No se podía soltar. -¡ Quítame a este cabrón
de encima! -gritó Roy. Golpeé un par de veces al hombre en la cara y cayó
de rodillas.
-¡ Rómpele la cabeza! -chilló Roy. Le golpeé y noté que una costilla cedía.
Se llevó la mano al costado. -¡ Socorro! -gritó. No intentó levantarse.
-Alejémonos enseguida -dije. Oí el silbato de un policía. El hombre seguía
de rodillas y gritaba: -¡Auxilio! ¡Auxilio! Cuando llegamos a la calle estaba
lloviendo. Resbalé. Estábamos junto a una gasolinera cerrada, mirando al
elevado. -Vamonos -dije. -Nos verán. -No podemos quedarnos aquí. Echamos
a andar. Noté que tenía la boca completamente seca. Roy sacó un par de anfetaminas.
-Tengo la boca demasiado seca -dije-. No puedo tragarlas. Seguimos andando.
-Seguro que nos buscarán -dijo Roy-. Ojo con los coches. Si viene alguno
nos meteremos entre los árboles. Estarán esperando que volvamos al metro,
de modo que lo mejor será seguir caminando. La lluvia no daba muestras de
parar. Ladraban perros a nuestro paso. -Recuerda lo que debes contar si
nos cogen -dijo Roy-. Nos dormimos y despertamos al final de la línea. El
tipo ese nos acusó de que le habíamos robado el dinero. Nos asustamos, así
que le golpeamos y corrimos. Nos van a dar con ganas, vete pensándolo. -Ahí
viene un coche de la policía -dije. Nos ocultamos entre unos arbustos de
la cuneta, nos agachamos bajo un indicador. Se alejó en seguida y volvimos
a caminar. Me sentía muy mal y no sabía si llegaría a casa y a las morfinas
que tenía guardadas. -Cuando estemos más cerca, será mejor separarse -dijo
Roy-. Aquí podemos ayudarnos. Si encontramos un guardia le diremos que estábamos
con unas chicas y vamos hacia el metro. Esta lluvia es una suerte, los guardias
estarán a cubierto, tomando café en algún tugurio. ¡ Y haz el favor de no
mirar para atrás de esa forma! A veces me volvía y miraba. -Mirar hacia
atrás es algo natural -dije. -Sí, natural para los ladrones. Por fin, llegamos
a otra línea de metro y nos dirigimos a Manhattan.
Roy dijo: -No creo que fuera yo solo el que pasaba miedo. Toma, ésta es
tu parte. -Me entregó tres dólares. Al día siguiente le dije que yo había
terminado como ratero. -No te lo reprocho -dijo-. Pero te equivocas. Si
aguantaras suficiente tiempo te encontrarías con buenas cosas, tienes madera.
SEIS
Mi caso fue juzgado. Me condenaron a cuatro meses, pero
me dieron la condicional. Después de haber dejado de robar en el metro,
decidí traficar con droga. No se gana mucho dinero con ello. Casi todos
los vendedores callejeros consiguen sólo lo suficiente para mantener su
hábito. Pero, al menos, cuando uno trafica, tiene una buena provisión de
droga y eso proporciona una sensación de seguridad. Por supuesto que hay
gente que hace dinero traficando. Conocí a un traficante irlan dés que empezó
colocando H por la calle dos años después, cuando le cayeron encima tres
años, tenía treinta mil dólares y un edificio de apartamentos en Brooklyn.
Si uno quiere traficar, lo primero que tiene que hacer es agenciarse un
proveedor seguro. Yo carecía de proveedor, así que me asocié con Bill Gains,
que tenía un buen contacto italiano por la parte baja del lado Este. Adquiríamos
el material a noventa dólares el cuarto de onza, lo cortábamos con lactosa
y lo preparábamos en cápsulas de un grano. Las cápsulas las apalancábamos
a dos dólares cada una. Solían contener de un diez a un dieciséis por ciento
de H, lo cual constituye un porcentaje bastante alto. De cada cuarto de
onza de H solíamos obtener unas cien cápsulas. Bill Gains era de «buena
familia» -me parece que su padre había sido presidente de un banco en algún
sitio de Maryland- y tenía clase. Gains tenía la costumbre de robar abrigos
en los restau rantes, y realizaba perfectamente ese trabajo. Un individuo
americano de la clase media alta está compuesto de valores negativos. Por
lo general, puede definírsele por lo que no es. Gains iba más allá. No era
solamente negativo. Era una cierta clase de fantasmas que sólo pueden materializarse
con ayuda de una sábana o de cualquier otra ropa que les proporcione unos
contornos definidos. Gains era de esa clase. Se materializaba gracias al
abrigo de otra persona. Gains tenía una sonrisa maliciosa e infantil que
contrastaba de modo chocante con sus ojos, que eran azul pálido, carecían
de vida y parecían los de un anciano. Sonreía para sus adentros como si
hubiera algo allí que le divirtiera. A veces, después de un fije, sonreía
y escuchaba y decía distraídamente: -Este material es fuerte. Con una sonrisa
idéntica era capaz de referirse a las desgracias de los demás: -Hermán era
un tipo agradable cuando llegó a Nueva York. El problema es que permitió
que su imagen se deteriorara.
Gains era uno de los escasos yonquis que tenía especial placer viendo cómo
adquiría un hábito un tipo que todavía no estaba colgado. Muchos traficantes
se ponen contentos al ver un nuevo adicto, pero eso se debe a razones económicas.
Si uno tiene un negocio es natural que desee tener clientes. Pero a Gains
le gustaba invitar jovencitos a su habitación y darles un pinchazo, por
lo general sacado de algodones viejos, y después observar los efectos mientras
sonreía levemente. Por lo general, los chicos decían que estaba bien, y
eso era todo. Otro rollo como el nembutal, las anfetaminas o la yerba. Pero
siempre había unos cuantos que seguían rondando por allí hasta quedar colgados,
y Gains miraba con agrado a estos nuevos conversos: un sacerdote de la droga.
Poco después, podía oírsele decir: -Mira, chico, debes comprender que no
puedo mantener tu cuelgue por más tiempo. La relación quedaba rota. Había
llegado el momento de que el chico se la buscase por sí solo. Y tenía que
buscarse toda la vida, en las esquinas de la calle o en las cafeterías,
un contacto, el mediador entre hombre y droga. Gains era un simple párroco
en la jerarquía de la droga. Se refería a sus superiores con tono sepulcral:
-Los contactos dicen... Sus venas habían desaparecido escondidas en el hueso
para escapar de la aguja. Durante algún tiempo se picaba en las arterias,
que son más profundas que las venas y más difíciles de pillar, y debido
a ello tenía que utilizar unas agujas especiales muy largas. Solía rotar
de las venas de sus brazos y manos, a las de sus pies. A veces encontraba
una buena vena, pero, por lo general, la mayor parte de las veces, tenía
que pincharse en la piel. Pero sólo se picaba en la piel después de pasar
más de media hora intentando encontrar una vena, teniendo que limpiar la
aguja varías veces puesto que se obturaba con la sangre coagulada. Uno de
mis primeros clientes fue un tipo del Village que se llamaba Nick. Cuando
hacía algo, Nick pintaba. Sus telas eran muy pequeñas y parecía como si
hubieran sido concentradas, comprimidas, pintadas en un mal momento debido
a una tremenda presión. -El producto de una mente depravada -había pronunciado
solemnemente un agente de la brigada de estupefacientes después de ver uno
de los cuadros de Nick. Nick siempre estaba medio enfermo; sus gran des,
suplicantes ojos pardos siempre estaban húmedos y su fina nariz moqueando.
Solía dormir en casas de amigos, sobreviviendo gracias a la precaria indulgencia
de individuos neuróticos, inestables, estúpidamente susceptibles que, de
pronto, sin motivo y sin aviso, le echaban de sus casas. También les vendía
yerba a estos tipos esperando conseguir lo suficiente para calmar su constante
apetito de droga. A veces, sólo obtenía un agradecimiento distraído, pues
el comprador suponía que Nick había obtenido de él por otros medios el precio
de la yerba recibida. Debido a esto, Nick empezó a robar de verdad. Toda
la existencia de Nick se resumía en eso. Su constante, insatisfecho apetito
de droga había destruido cualquier otro interés. Hablaba vagamente de ir
a Lexington para curarse, o de embarcarse en la marina o comprar elixir
paregórico en Connecticut y colocarlo en otra parte. Nick me presentó a
Tony, un camarero de un local del Village. Tony había sido traficante y
estuvo a punto de terminar en la trena cuando los agentes federales irrumpieron
en su apartamento. Apenas tuvo tiempo de tirar la mitad de un cuarto de
onza de H debajo del piano. Los federales no encontraron nada, excepto su
instrumental, y le dejaron en paz. Tony se asustó mucho y dejó de trapichear.
Era un italiano joven que obviamente sabía desenvolverse en la vida. Parecía
capaz de mantener la boca cerrada. Un buen cliente, sin duda. Yo iba todas
las noches al bar de Tony y pedía una coca-cola. Tony me decía cuántas cápsulas
quería y entonces yo iba al teléfono o el retrete y envolvía las cápsulas
solicitadas en papel de plata. Cuando volvía a la barra, el precio de las
cápsulas estaba junto al vaso como si se tratara de cambio. Yo dejaba las
cápsulas en el cenicero y Tony lo limpiaba bajo la barra, cogiendo así las
cápsulas. Estas operaciones eran necesarias porque el propietario sabía
que Tony había s ido adicto y le había dicho que, o se mantenía lejos de
la droga, o se buscaba otro
trabajo. De hecho, el hijo del dueño también era yonqui -en esta época estaba
en un sanatorio curándose. Cuando salió se dirigió directamente a mí tratando
de comprarme material. Decía que no podía descolgarse. Un joven hipster
italiano que se llamaba Ray acostumbraba a venir todas las noches a este
bar. Parecía legal, así que también le vendí a él, dejando sus cápsulas
en el cenicero junto a las de Tony. Este bar donde trabajaba Tony era un
local muy pequeño unos cuantos escalones por debajo del nivel de la calle.
Sólo tenía una puerta. Siempre me sentía encerrado cuando entraba. El sitio
me producía tal depresión que tenía que hacer grandes esfuerzos para atravesar
la puerta. Después de atender a Tony y a Ray, por lo general me reunía con
Nick en una cafetería de la Sexta Avenida. Siempre llevaba encima dinero
para unas cuantas cápsulas. Yo sabía, naturalmente, que además de yerba
vendía parte de lo que me compraba a otra gente, pero hacía como que no
me daba cuenta. Lo sabía perfectamente porque Nick siempre estaba en carencia
aunque tenía suficiente dinero para comprarme la droga necesaria para ponerse
bien. Hay gente que necesita intermediarios que le adquieran su droga, bien
porque acaban de llegar a la ciudad o porque lleven tiempo descolgados y
no saben dónde conseguirla. Pero el • traficante tiene motivos para desconfiar
de la gente que manda a alguien a comprar para ellos. En general, la razón
por la que un hombre no puede comprar es porque se le considera «poco legal».
Por eso manda a otro que compre para él, y ese otro quizá no sea «poco legal»,
sino simplemente alguien que busca desesperadamente droga y no tiene dinero.
Comprar para un confidente es decididamente poco ético. Por lo general,
un hombre que compra para soplones termina convirtiéndose en un soplón.
Yo no estaba en situación de rechazar ningún dinero. Mis márgenes eran mínimos.
Tenía que vender diariamente las cápsulas suficientes para comprar el próximo
cuarto de onza, y nunca me quedaban más que unos pocos dólares. Así que
cogía el dinero que Nick tenía y no hacía preguntas. Empecé a trapichear
con Bill Gains que manejaba el mercado de la parte alta de la ciudad. Me
reunía con él en una cafetería de la Octava Avenida después de terminar
en el Village. Bill tenía unos pocos clientes muy escogidos. El mejor era
probablemente Izzy. Trabajaba de cocinero en un remolcador del puerto. Era
uno de los tipos de la calle 103. Izzy había cumplido una condena por tráfico,
era considerado un tipo legal y tenía una fuente de ingresos regular. El
cliente perfecto. A veces Izzy aparecía con su compinche, Goldie, que trabajaba
en el mismo barco. Goldie era un hombre delgado, de nariz ganchuda, con
la piel de la cara tersa y una mancha de color en cada mejilla. Otro de
los amigos de Izzy era un joven ex paracaidista que se llamaba Matty, un
joven fuerte y guapo que no tenía ninguna de las características propias
del drogadicto. También había un par de putas a las que atendía Bill. Generalmente,
las putas no son un buen negocio. Atraen a la pasma y la mayoría de ellas
hablan. Pero Bill insistía en que estas putas concretas eran legales. Otro
de nuestros clientes era el viejo Bart. Cogía unas pocas cápsulas cada día
y las vendía a comisión. Yo no sabía quiénes eran sus clientes, pero tampoco
me preocupaba. Bart era legal. Si le detenían nunca hablaría. Además, llevaba
treinta años en el rollo de la droga y sabía lo que estaba haciendo. Cuando
llegué a la cafetería donde nos reuníamos, Bill estaba sentado en una mesa
vestido con un traje robado. El viejo Bart, andrajoso e insignificante,
mojaba un bollo en su café. Bill me dijo que ya se había ocupado de Izzy,
así que le di a Bart diez cápsulas para que las vendiera, y Bill y yo cogimos
un taxi hasta mi apartamento. Nos picamos e hicimos cuentas tratando de
reunir noventa dólares para el próximo cuarto de onza. Después de pincharse,
Bill tenía el rostro algo rojo y casi parecía tímido. Era mala señal. Recordé
una ocasión en que contó cómo había intentado ligárselo un marica ofreciéndole
veinte dólares. Bill declinó la oferta diciendo: -Creo que no quedarías
satisfecho. Ahora Bill decía contrayendo sus delgados labios: -Deberías
verme desnudo. Soy realmente atractivo. Uno de los temas de conversación
más desagradables de Bill consistía en los detallados partes que daba del
estado de sus intestinos. -Escucha -le dije-, nuestro contacto nos está
dando material de menos. Sólo conseguí preparar dieciocho cápsulas a partir
de la última entrega, aunque la corté en la proporción de siempre. -Bueno,
tampoco puedes esperar demasiado de tipos así. ¡ Si pudiera ir al hospital
para que me dieran un buen enema! Pero no te lo ponen como no rellenes el
boletín de inscripción, y yo no puedo hacer eso. Te tienen allí esperando
durante veinticuatro horas por lo menos. Yo les dije: «Se supone que estoy
en un hospital. Tengo dolores y necesito tratamiento. ¿Por qué no llaman
a alguien que sepa de estas cosas y...?» No había quien lo parase. Cuando
la gente empieza a hablar del movimiento de sus tripas es tan inexorable
como los procesos de los que hablan. Las cosas siguieron así durante semanas.
Uno por uno, los contactos de Nick me localizaron. Estaban cansados de comprar
a través de Nick, que robaba más de la mitad de las dosis de las cápsulas.
¡Vaya basca! Rateros, maricones, jugadores de ventaja, soplones, vagabundos
-incapaces de trabajar, demasiado inútiles para robar, siempre sin dinero,
siempre comprando a crédito. En todo el grupo no había ni uno que no fuera
a largarlo todo en cuanto un policía le preguntara: -¿Dónde conseguiste
esto? El peor de todos era Gene Doolie, un irlandés huesudo, muy bajo, con
aspecto entre maricón y chuloputas. Gene era soplón hasta los huesos. Lo
más probable es que escribiera sucias listas de gente -sus manos siempre
estaban asquerosas- y se las leyera a la policía. Te lo podías imaginar
denunciando a los independentistas durante el levantamiento irlandés; dando
información a la Gestapo; al servicio de la GPU; sentado en una cafetería
hablando con uno de la estupa. Siempre con la misma cara delgada de rata,
con un traje pasado de moda, con su voz penetrante tan desagradable. Lo
más inaguantable de Gene era su voz. Era algo que te atravesaba de parte
a parte. Aquella voz constituyó mi primer conocimiento de su existencia.
Nick acababa de llegar a mi apartamento con el dinero de las ventas del
día cuando fui llamado al teléfono del vestíbulo. -Soy Gene Doolie -dijo
la voz-. Estoy esperando por Nick, y llevo esperando mucho tiempo. -Su voz
alcanzó el nivel de chillido, casi de aullido cuando llegó a «mucho tiempo».
-Está aquí ahora -dije-. Supongo que lo verás directamente a él -y colgué.
Al día siguiente Doolie me volvió a llamar. -Estoy cerca de tu casa. ¿Qué
te parece si me acerco hasta ahí? Prefiero que estés solo. Colgó antes de
que pudiera decir nada, y diez minutos más tarde estaba llamando a la puerta.
Cuando una personalidad conoce a otra por primera vez hay un período de
mutuo examen a nivel intuitivo, de empatia e identificación. Pero llegar
hasta el yo de Doolie resultaba absolutamente imposible. En realidad, su
yo se reducía a ser el punto focal de una fuerza hostil. Podía sentírsele
moverse por la psiq ue de uno y mirar a ver si en ella había algo de lo
que pudiera hacer uso. Me retiré un poco de la puerta para evitar su contacto.
Entró titubeando y en seguida se sentó en la cama y encendió un cigarrillo.
-Es mejor que nos veamos a solas -su sonrisa era ambiguamente sexual-. Nick
era un tío demasiado nervioso -se puso de pie y me tendió cuatro dólares-.
¿Qué te parece si me desnudo aquí mismo? -dijo quitándose la chaqueta. Nunca
había oído a nadie usar aquella expresión para eso. Por un momento pensé
que estaba haciéndome proposiciones. Se quitó la chaqueta y se arremangó
la camisa. Le di dos cápsulas y un vaso de agua. Se lo hizo él todo, cosa
que le agradecí. Observé cómo se picaba la vena, apretaba el cuentagotas
y se volvía a bajar la manga. Cuando uno está colgado, los efectos de un
pinchazo no son dramáticos. Pero el observador que sabe mirar es capaz de
ver la acción inmediata de la droga en la sangre y las células de otro adicto.
Pero en Doolie no puede detectar ningún tipo de cambio. Se puso la chaqueta
y cogió el cigarrillo que había dejado en un cenicero. Me miró con sus ojos
azul pálido que parecían no tener profundidad. Eran como artificiales. -Voy
a decirte algo -dijo-. Estás cometien do un error al confiar en Nick. Hace
unas cuantas noches estaba en la cafetería Johnson y entró Rogers, el de
la estupa. Me dijo: «Sé que Nick os anda vendiendo a todos los malditos
yonquis del Village. Estáis consiguiendo un buen material -entre el dieciséis
y el veinte por ciento-. Bien, puedes decirle a Nick esto: podemos atraparle
en cuanto queramos, y cuando le cojamos va a trabajar para nosotros. Ya
me hizo un trabajillo en otra ocasión. Volverá a hacerme unos cuantos. Vamos
a averiguar de dónde viene ese material.» Doolie me miró detenidamente y
chupó el cigarrillo. Luego, como distraídamente, me largó: -Cuando cojan
a Nick, te cogerán a ti. Mejor será que le digas a Nick que si habla le
meterás en un saco y le tirarás al río. Creo que con esto ya sabes bastante.
Puedes hacerte cargo de la situación perfectamente. Me miró tratando de
descubrir el efecto de sus palabras. Era imposible de determinar cuánto
me creía de toda esta historia. Quizá sólo era un modo de decirme:
-Nunca sabrás quién te ha jodido vivo. Nick sería el más sospechoso, pero
si yo hablo nunca podrás estar seguro de quién lo hizo. Lo cierto es que
dijo de pronto: -¿Puedes darme una cápsula a crédito? Lo que te acabo de
contar creo que se merece algo. Le di la cápsula y se la metió en el bolsillo
sin decir nada. -Bien, ya volveremos a vernos. Mañana te llamaré a la misma
hora -dijo al marcharse. Hice que siguieran a Doolie para ver lo que podía
saber de él y para comprobar su historia. Nadie sabía nada concreto. Tony,
el camarero, me dijo: -Doolie te delatará si tiene que hacerlo. Pero no
pudo darme datos más concretos. Sí, se sabía que Nick había cantado en una
ocasión. Pero los datos del asunto, en el que Doolie también estaba implicado,
indicaban que el soplo también podía proceder de Doolie. Unos días después
del episodio de Gene, salía del metro en Washington Square cuando se me
acercó un muchacho delgado y rubio. -Bill -me dijo-, supongo que no me conoces.
He estado comprándole a Nick y estoy cansado de que me robe. ¿Puedes atenderme
tú directamente? Pensé: Qué importa. Después de Gene Doolie, ¿por qué voy
a preocuparme? -Vale, muchacho -le dije-. ¿Cuánto quieres? Me dio cuatro
dólares. -Vamos a dar una vuelta -dije, y me dirigí hacia la Sexta Avenida.
Tenía un par de cápsulas en la mano y buscaba un sitio tranquilo para pasárselas.
-Estáte preparado -dije, y le pasé las dos cápsulas. Nos citamos para el
día siguiente en una cafetería de Washington Square. Este chico rubio se
llamaba Chris. Había oído decir a Nick que su familia tenía dinero y que
vivía del dinero que le mandaban. Cuando me encontré con él al día siguiente
en Felton, empezó a soltarme enseguida la historia del ten -cuidado-con-Nick.
-A Nick le están siguiendo. Si le cogen, seguro que les soltará tu nombre,
dirección y teléfono. -Eso ya lo sé -le dije. -Bueno, supongo que sabrás
lo que haces -dijo todo escocido-. Ahora escúchame. Esta tarde recibiré
un cheque de mi tía. Mira esto. Sacó un telegrama del bolsillo. Le eché
un ojo. Había una vaga referencia a un cheque. Él siguió habiéndome del
cheque. Mientras hablaba me co gía por el brazo y me salpicaba de saliva
la cara. Me resultaba imposible seguir aguantando a aquel ser pegajoso.
Para cortar de una vez, le di una cápsula antes de que me pidiera dos o
tres. Al día siguiente apareció con dólar och enta. No dijo nada del cheque.
Y así continuó. Siempre venía con menos dinero del necesario, o sin nada.
Seguía hablando continuamente de que iba a recibir dinero de su tía, o de
su suegra, o de alguien. Estas historias las documentaba con cartas y telegramas.
Debía de ser tan falso como Gene Doolie. Otro cliente era Marvin, camarero
de un club nocturno del Village. Siempre estaba sin afeitar y sucio. Sólo
tenía una camisa, que lavaba cada semana o así y secaba en el radiador.
El toque final era que no tenía calcetines. Solía llevarle el material a
su habitación, una asquerosa habitación mal amueblada de una casa de ladrillo
rojo de la calle Jane. Pensé que era mejor llegarme hasta allí que verlo
en cualquier otro sitio. Hay gente alérgica a la droga. Una vez le di una
cápsula a Marvin y se la picó. Yo estaba mirando por la ventana -es una
prueba espiritual observar a alguien cuando se busca la vena- y cuando me
volví observé que su cuentagotas estaba lleno de sangre. Se había desmayado
y la sangre salía por el cuentagotas. Llamé a Nick, que sacó la aguja de
la vena y envolvió a Marvin en una toalla mojada. Se recuperó parcialmente
y murmuró algo. -Parece que ya está bien -dije-. Vamonos. Parecía un cadáver
tendido en la cama sucia y revuelta y le salía del brazo un reguero de sangre
que le llegaba al codo. Cuando bajábamos las escaleras, Nick me dijo que
Marvin le había pedido mi dirección. -Óyeme -le dije-, si se la das, ya
puedes ir buscándote otro nuevo contacto. No quiero que nadie se me muera
en la habitación. -Por supuesto, no le daré tu dirección -dijo Nick aparentemente
dolido. -¿Y qué pasó con Doolie? -No sé cómo cono consiguió la dirección.
Te aseguro que yo no se la di.
SIETE
Entre estos miserables me ligué un par de buenos clientes.
Un día, me encontré con Bert, un tipo que conocía del bar Angle. Bert era
considerado un hombre muy fuerte. Tenía aspecto ágil, cara redonda y pinta
engañosa de jovenzuelo especializado en peleas y «llaves». Nunca había sabido
que usara otra cosa que yerba y me sorprendió que me preguntara si tenía
algo para picarse. Le dije que sí, que tenía heroína, y me compró diez cápsulas.
Descubrí que llevaba unos seis meses colgado. Por medio de Bert, conocí
a otro cliente. Se trataba de Louis, un tipo agradable, de buena complexión,
delicadas maneras y sedoso bigote negro. Parecía un retrato de 1890. Louis
era un ladrón bastante habilidoso y generalmente estaba muy bien montado.
Cuando me pedía algo a cuenta, lo que sucedía raramente, siempre me liquidaba
al día siguiente. A veces me traía un reloj, o un traje, en lugar de dinero,
lo que me parecía bien. Una vez me dio un reloj de cincuenta dólares por
cinco cápsulas. Traficar con droga supone una prueba constante para los
nervios. Antes o después te vuelves paranoico y todo el mundo te parece
policía. La gente que te rodea en el metro te mira como si te fueran a detener
antes de tener la oportunidad de quitarte de encima la droga . Doolie me
veía todos los días, obsceno, chupón, insufrible. Por lo general, traía
nuevos boletines de la situación Nick-Rogers. No le importaba que notara
que se mantenía en estrecho contacto con Rogers. -Rogers es astuto, pero
poco hábil -me dijo Doolie-. Me contó además que no andaba detrás de los
putos yonquis. Los que le interesaban eran los tipos que hacen dinero con
la droga. «Cuando cojamos a Nick le utilizaremos de cebo -me dijo-. Ya me
hizo un trabajillo en cierta ocasión. Volverá a hacerme otro.» Chris siguió
comprándome a crédito, siempre hablando del dinero que iba a recibir, y
esta vez era totalmente seguro, dentro de unos días o unas horas. Nick parecía
desesperado. Supongo que no tenía dinero para comer. Parecía como si estuviera
en el estado terminal de alguna enfermedad devastadora. Cuando le llevaba
algo a Marvin , me las daba antes de que se picara. Sabía que antes o después
una inyección de droga le mataría y no quería estar delante cuando sucediera.
Y encima de todo eso, sólo conseguía ir tirando malamente. La constante
sisa del que me vendía, las deudas, y los clientes viniendo con veinticinco,
cincuenta centavos, e incluso un dólar de menos, además de mi propio hábito,
no me permitían más que sobrevivir. Cuando me quejé del que me vendía, Bill
Gains chasqueó los dedos y dijo que había que cortar el material aún más.
-Estás repartiendo las mejores cápsulas de todo Nueva York. Nadie vende
material al dieciséis por ciento en la calle. Si tus clientes se quejan,
diles que vayan a comprar a una botica -me dijo. Seguimos cambiando nuestras
citas de una cafetería a otra. Tenía unos seis clientes regulares y eso
suponía bastante movimiento. Así que nos seguíamos moviendo. El bar de Tony
seguía produciéndonos horror. Un día que llovía mucho me dirigía hacia el
bar de Tony con una hora de retraso más o menos. Ray, al que acostumbraba
a ver al tiempo que a Tony, sacó la cabeza por la puerta de un restaurante
y me llamó. Nos sentamos en una mesa y yo pedí té. -Hay un policía afuera.
Lleva una gabardina blanca -me dijo Ray-. Me siguió basta aquí desde el
bar de Tony y me da miedo salir. La mesa era de tubo de metal y Ray me mostró,
guiando mi mano bajo la mesa, dónde había un extremo abierto. Le vendí dos
cápsulas. Las envolvió en una servilleta de papel y metió el envoltorio
en el tubo. -Quiero salir limpio por si me atrapan -dijo. Bebí mi taza de
té, le agradecí la información y salí delante de él. Tenía el material metido
en un paquete de pitillos y estaba preparado para tirarlo en los arroyos
de agua que corrían junto a la acera. Había un hombre corpulento de gabardina
blanca resguardado bajo la marquesina de la entrada. En cuanto me vio salir
empezó a caminar disimuladamente delante de mí. Entonces, dobló una esquina,
esperando mi paso para echárseme encima. Di la vuelta y corrí en dirección
opuesta. Cuando llegué a la Sexta Avenida lo tenía quince metros de mí.
Entré en el metro y dejé el paquete de cigarrillos con el material en la
rendija detrás de una máquina de chicle. Entonces cogí un tren que iba a
Times Square. Bill Gains estaba sentado en una de las mesas de la cafetería.
Llevaba un abrigo robado y tenía otro en el regazo. Parecía tranquilo y
satisfecho. El viejo Bart estaba allí. También estaba un taxista sin empleo
llamado Kelly, que solía pasar por la calle 42 y que a veces conseguía unos
cuantos dólares vendiendo condones o pidiendo cincuenta centavos a los oficinistas
en el metro. Les hablé del policía y el viejo Bert fue a buscar el material.
Bill Gains y yo nos dirigimos hacia su casa para chutarnos. -Voy a tener
que decirle a Bart que no puedo seguir atendiéndole. Gains vivía en una
casa de habitaciones barata de la zona Oeste. Abrió la puerta y dijo: -Espera
aquí. Voy a buscar mis herramientas. Como la mayor parte de los yonquis,
guardaba sus instrumentos y cápsulas en algún lugar fuera de su habitación.
Volvió con los instrumentos y nos picamos los dos. Gains era consciente
de su invisibilidad y a veces necesitaba materializarse para poder encontrar
la carne suficiente donde meter la aguja. Ahora había empezado a moverse
por la habitación. Sacó un sobre de un cajón. Me mostró una licencia de
Annapolis «por el bien del servicio» y una carta, vieja y sucia, de «mi
amigo el capitán», una tarjeta de los Masones y otra de los Caballeros de
Colón. -Todo puede servir de ayuda -dijo señalando estas credenciales. Se
sentó durante unos cuantos minutos, silencioso y reflexivo. Después sonrió-.
Soy una víctima de las circunstancias - dijo. Se sentó y guardó cuidadosamente
sus documentos, añadiendo-: He recorrido ya todas las casas de empeños de
Nueva York. ¿Te importaría empeñarme estos abrigos? Después de esto las
cosas fueron de mal en peor. Un día, el conserje del hotel me detuvo en
el vestíbulo. -En realidad, no sé cómo decírselo -me. dijo-, pero hay algo
raro en la gente que sube a su habitación. Hace algunos años hice algunos
negocios ilegales. Quería simplemente avisarle de que tenga cuidado. Ya
sabe usted que todas las llamadas pasan por mi centralita. Esta mañana oí
algo que resultaba demasiado obvio. Si hubiera estado escuchando otra persona...
Tenga mucho cuidado y diga a sus amigos que cuando hablen por teléfono procuren
no decir esas cosas. La llamada a la que se refería era una de Doolie. Aquella
mañana me había llamado. -Quiero verte -aullaba-. Estoy enfermo. Necesito
verte inmediatamente. Tenía la sensación de que los federales se me estaban
echando encima. Se trataba de una cuestión de tiempo. No me fiaba de ninguno
de mis clientes del Village, y estaba convencido de que al menos uno era
un asqueroso soplón. Doolie era mi sospechoso número uno, con Nick siguiéndole
muy de cerca, y Chris en tercer lugar. Por supuesto que también estaba Marvin,
que muy bien podía seguir el camino más fácil para conseguirse un par de
calcetines. Nick también les vendía a algunas personas respetables del Village
que tenían trabajos fijos. Las personas de este tipo no son nada seguras
debido a su timidez. Tienen miedo de la policía y temen también perder sus
trabajos. No se les ocurre que no sea legal dar ocasionalmente información
a la policía. Es claro que nunca serán soplones declarados por miedo a verse
«implicados», pero cantan en cuanto la policía les presiona un poco
Los
agentes de la brigada de estupefacientes suelen trabajar con ayuda de informadores.
Lo más corriente es que detengan a alguien con droga encima y le tengan
detenido hasta que su período de carencia llega al punto álgido. Entonces
empieza el discurso. -Pueden caerte cinco años por posesión de droga. También
puedes salir ahora mismo. La decisión depende de ti. Si trabajas con nosotros
harás un buen negocio. Tendrás droga y dinero. Tienes unos cuantos minutos
para pensarlo. El policía saca unas cuantas cápsulas y las pone encima de
la mesa. Eso es algo semejante a poner un vaso de agua helada delante de
un hombre que se muere de sed. -¿Por qué no las coges? Ahora eres razonable.
La primera persona a quien queremos detener es... Hay algunos que ni siquiera
necesitan ser presionados. Droga y dinero es todo lo que quieren y no les
preocupa cómo conseguirlo. Finalmente, el nuevo soplón recibe unos cuantos
billetes marcados y es enviado a comprar. En cuanto el soplón hace una compra
con ese dinero, los policías, que se mantienen cerca, hacen la detención.
Es fundamental que la detención tenga lugar antes de que el traficante haya
podido cambiar el dinero. Los policías tienen el dinero marcado que consiguió
la droga y la droga que consiguió el dinero marcado. Si el caso es bastante
importante, el soplón es llamado a declarar. Por supuesto que una vez que
apareció en el tribunal y declara, el soplón es conocido y nadie querrá
venderle. A menos que la policía le mande a otra ciudad (algunos soplo nes
especialmente hábiles hacen giras), su carrera como informador se ha terminado.
Antes o después, los traficantes descubren a los soplones y no quieren venderles.
Cuando sucede esto, su utilidad para la policía se termina y entonces suelen
ser detenidos. Por lo general, los soplones terminan en la cárcel cumpliendo
condenas superiores a las de cualquiera de los que han denunciado. Cuando
se trata de chicos jóvenes que no pueden ser utilizados permanentemente
como soplones, el procedimiento es distinto. El policía puede jugar a ser
comprensivo y dice algo así: -Me fastidia tener que mandar a la cárcel a
alguien tan joven. Estoy seguro de que ha sido un mal momento. Eso le puede
suceder a cualquiera, no te preocupes. Voy a darte una oportunidad, pero
tienes que cooperar con nosotros. En caso contrario, no podré ayudarte.
Podría encontrar ejemplos de cada una de las clases de informadores que
existen entre mis clientes. Después de que el conserje del hotel me hablara,
me cambié a otro hotel y me inscribí con otro nombre. Dejé de ir al Village
y me cité con todos los clientes en lugares que cambiaba continuamente.
Cuando le conté a Gains lo que el conserje me había dicho y la suerte que
había tenido de que fuera un tipo legal, me dijo: -Creo que vamos a tener
que largarnos. No podemos seguir atendiendo a nuestra clientela. Nos la
estamos jugando. -Bueno -dije-, pero nos están esperando ahora mismo. ¿Acudimos
a la cita? -Sí. Me voy a Lexington a curarme y necesito dinero para el autobús.
Quiero marcharme esta misma noche. En cuanto llegamos cerca del lugar donde
nos habíamos citado, Doolie se separó de los demás y corrió hacia nosotros
a toda velocidad. Calzaba sandalias o zapatillas. -Dame cuatro cápsulas
por esto -me dijo tendiéndome una chaqueta sport de dos tonos-. He estado
detenido veinticuatro horas. Doolie, enfermo, era algo terrible. La envoltura
de su personalidad había desaparecido, se había disuelto por sus células
hambrientas de droga. Vísceras y células, galvanizadas en una repugnante
actividad de insecto, parecían a punto de salir a la superficie. Su cara
estaba borrosa. Era realmente irreconocible. Gains le dio dos cápsulas a
Doolie y cogió la chaqueta. -Esta noche te daré otras dos -dijo-. Nos veremos
aquí a las nueve en punto. Izzy, que estaba cerca, silencioso, miraba a
Doolie con desagrado. -i Santo Dios! -dijo-. Sandalias. Los otros se movían
alrededor extendiendo las manos como una multitud de mendigos asiáticos.
Ninguno de ellos tenía dinero. -No hay crédito -dije y comenzamos a alejarnos
calle abajo. Ellos nos seguían lamentándose y suplicando, tirándonos de
la manga. -Sólo una cápsula. Volví a repetir que no y seguí caminando. Uno
tras otro se fueron esfumando. Nos dirigimos al metro y le dijimos a Izzy
que nos largábamos. -Dios -dijo-, no me extraña. ¡Sandalias! Izzy compró
seis cápsulas y le dimos dos al viejo Bart, que se largaba a Riker para
realizar una cura de treinta días. Bill Gains examinaba la chaqueta de sport
con ojo experto. -Esto puede valer unos diez dólares fácil -dijo-. Conozco
a un sastre que me podrá coser esto -un bolsillo estaba algo descosido-.
¿Dónde la habrá robado? -Dice que en Brooks Brothers, pero es de esa clase
de tipos que dicen que todo lo que roban procede de Brooks Brothers o de
Abercrombie & Fitch. -Lo siento -dijo Gains, sonriendo-. Mi au tobús sale
a las seis. No voy a poder darle las otras dos cápsulas prometidas. -No
te preocupes por eso. Nos debe él a nosotros. Creo que está haciendo doble
juego. -¿Ah, sí? Bueno, entonces me quedo más tranquilo.
OCHO
Bill Gains se fue a Lexington y yo salí hacia Texas en mi
coche. Llevaba 1/16 de onza de droga. Pensaba que con eso tendría bastante
para ir tirando mientras seguía un sistema de reducción de dosis. Suponía
que esa reducción progresiva iba a durar doce días. Tenía la droga disuelta
y en otra botella llevaba agua destilada. Cada vez que cogía un cuentagotas
lleno para picarme, ponía la misma cantidad de agua destilada en la botella
de droga. Terminaría inyectándome sólo agua. Este método todos los yonquis
lo conocen perfectamente. Una variante de tal método es conocida como la
cura china, que se realiza con opio y Tó nico Wampole. A las pocas semanas
uno se encuentra bebiendo Tónico Wampole. Cuatro días después, en Cincinnati,
estaba sin droga e inmovilizado. Yo nunca he conocido a nadie a quien le
haya funcionado una de esas curas de reducción. Siempre se encuentran razones
para hacer de cada pinchazo una excepción que exige un poco más de droga.
Finalmente, la droga se ha ido y uno sigue con su hábito encima. Dejé el
coche en un garaje y cogí el tren hacia Lexington. Carecía de los papeles
necesarios para ser admitido, pero con mi licencia del Ejército fui aceptado.
Cuando llegué a Lexington tomé un taxi para que me llevara al hospital que
se en cuentra a unas cuantas millas de la ciudad. Llegamos al Hospital y
a la entrada un viejo vigilante irlandés, tras mirar mi licencia, dijo:
-¿Es usted adicto a las drogas que forman hábito? Dije que sí. -Bien, siéntese
-señaló un banco. Telefoneó al edificio principal. -No, no tiene documentación,
tiene una licencia del Ejército. -Sin soltar el teléfono, me preguntó-:
¿Ha estado aquí ya? Dije que no. -Dice que no ha estado aquí antes -el vigilante
colgó-. Dentro de unos minutos vendrá un coche a buscarle. ¿Lleva usted
drogas, agujas o jeringas encima? Puede dejar todo eso aquí, pero si lo
lleva hasta el edificio principal pueden acusarle de introducir artículos
de contrabando en un edificio del Gobierno. -No llevo nada de eso encima
-dije. Tras una corta espera, llegó un coche que me condujo hasta el edificio
principal. Una pesada puerta de barrotes de metal se abrió automáticamente
para permitir que el coche entrara, cerrándose inmediatamente después. Un
guardia bastante educado escuchó la historia de mi adicción. -Ha hecho bien
dirigiéndose a nosotros. Tenemos aquí ahora a un hombre que ha pasado las
Navidades de los últimos veinticinco años en cerrado en algún sitio.
Puse mi ropa en una cesta y tomé una ducha. El paso siguiente era un examen
médico. Tuve que esperar unos quince minutos por el médico. El médico se
disculpó por haberme hecho esperar, me examinó físicamente y escuchó mi
historia. Sus gestos eran educados y eficientes. Escu chó la historia de
mi adicción interrumpiéndome con algún comentario ocasional o alguna pregunta.
Cuando le dije que solía comprar la droga en cuartos de onza, sonrió y dijo:
-Y vendía algo para poder alimentar el hábito, ¿verdad? Por fin se repantigó
en su butaca y dijo: -Como usted debe de saber, puede abandonar este lugar
con sólo avisarnos veinticuatro horas antes. Hay personas que nos dejan
a los diez días y no vuelven jamás. Otras personas están seis meses con
nosotros y vuelven a los dos días de salir. Pero, estadísticamente hablando,
cuanto más tiempo permanezca aquí, mayores probabilidades tiene de no volver
nunca más. Nuestro sistema es más o menos impersonal. La cura dura unos
ocho o diez días, según la intensidad de la adicción. Ahora tiene que ponerse
esa bata. Señaló unos pijamas y zapatillas que estaban allí cerca. El médico
habló rápidamente por un dictáfono. Hizo una breve relación de mis condiciones
físicas y de mi adicción. -El paciente parece tranquilo y fundamenta los
motivos de su deseo de cura en razones familiares -dijo finalmente. Un guardia
me llevó a mi sala. -Si quiere mantenerse lejos de las drogas, ha elegido
el lugar preciso -dijo. El vigilante de la sala me preguntó si realmente
quería dejar las drogas. Le dije que sí. Me asignó una habitación privada.
Unos quince minutos después el vigilante anunció: -¡La hora del pinchazo!
Todos los de la sala nos alineamos. Cuando decían nuestro nombre pasábamos
el brazo a través de la ventanilla que había en la puerta del dispensario
de la sala y el vigilante nos pinchaba. Enfermo como yo estaba, el fije
me dejó en perfecto estado. Poco después empecé a sentir hambre. Me dirigí
hacia el centro de la sala, donde había bancos, butacas y una radio, y entablé
conversación con un joven italiano con pinta de asesino. Me preguntó si
había estado allí antes. Le dije que no. -Debías de estar con los «Bien
dispuestos» -dijo-. Allí la cura es más larga y las habitaciones mejores.
Los «Bien dispuestos» eran los que estaban en Lexington por primera vez
y se les consideraba especialmente bien dispuestos para curarse de un modo
permanente. Evidentemente, el médico de la recepción no se había creído
demasiado mis buenos propósitos. Se acercaron otros y se unieron a nuestra
conversación. El pinchazo les había hecho sociables. Primero llegó un negro
de Ohio. -¿Cuánto tiempo te han echado encima? -le preguntó el italiano.
-Tres años -dijo el negro. Le habían cazado por falsificador y vender recetas.
Empezó a contar una historia acerca de una condena que había cumplido en
Ohio. -Es un lugar jodido. Está lleno de hijoputas. Cuando le das tu material
al policía, suele acercarse otro que dice: «Dámelo a mí.» Si no se lo das,
te pega en toda la jeta. Después te pegan todos al tiempo. No vas a darles
a todos. Un jugador de ventaja y traficante de San Luis estaba describiendo
un método para eliminar el ácido carbónico de un preparado de fenol, tintura
de opio y aceite de oliva. -Le dije al matasanos que mi madre era vieja
y que utilizaba el preparado para el pelo. Una vez que has filtrado el aceite
de oliva, pones el material en una cuchara que calientas a la llama del
gas. De ese modo el fenol se quema. La operación viene a durar unas veinticuatro
horas. Un tipo de unos cuarenta años, de complexión fuerte y cabello gris,
contaba cómo su novia le había pasado material dentro de una naranja: -Estábamos
en la prisión del condado. Nos cagábamos sin parar. De pronto, noté que
la naranja sabía demasiado amarga. Por lo menos contenía quince o veinte
granos inyectados con una jeringa. No sabía que la chica fuera tan lista.
-El guardián me dijo: «¡Drogadicto! ¿Qué cojones quieres decir con que eres
drogadicto, so hijoputa? Aquí no tenemos más medicina que el jarabe de palo.»
-Aceite de oliva y tintura. El aceite flota por arriba y puedes quitarlo
con un cuentagotas. Luego calientas lo que queda hasta que parece alquitrán.
-Entonces me encontré con Philly, que estaba totalmente jodido. -Bueno,
entonces el matasanos dice: «De acuerdo, ¿cuánta cantidad suele usar usted?»
-¿Que nunca usasteis láudano? Si hay miles de tíos que se pasan con eso...
-Lo calientas y después te lo picas. -Dando cabezadas. -Cargado. -Eso era
en el año treinta y tres. Veintiocho dólares la onza. -Solíamos hacer una
pipa con una botella y un tubo de goma.
-Lo calientas y después te lo picas. -Dando cabezadas. -¡Claro que puedes
picarte cocaína! Te pega directamente en el estómago... -Hay coca. Lo hueles
al entrar. Eran como seres hambrientos que sólo hablan de comida. Al cabo
de un rato los efectos del pinchazo empezaron a ceder. La conversación languideció.
La gente empezó a separarse. Unos se tumbaron en sus camas, otros leían,
otros jugaban a las cartas. La comida se servía en la sala y era excelente.
Nos pinchaban tres veces al día. Una a las siete de la mañana, cuando nos
levantábamos, otra a la una de la tarde y otra a las nueve de la noche.
Durante la tarde habían llegado dos nuevos conocidos: Matty y Louis. Corrí
hacia Louis cuando estábamos alineados para el pinchazo de la noche. -¿Te
han echado el guante? -me preguntó. -No. He venido a descolgarme. ¿Y tú?
-Lo mismo -respondió. Con el pinchazo de la noche me dieron hidrato de cloral
en un vaso. Cinco nuevos llegaron durante la noche. El vigilante estaba
nervioso: -No sé dónde voy a meterlos. Ya tengo treinta y un drogadictos
aquí. Entre los recién llegados estaba un hombre de cabello blanco llamado
Bob Riordan. Tenía setenta años y era un antiguo traficante y carterista.
Parecía un banquero de 1910. Había llegado con dos amigos en un coche. Camino
de Lexington habían llamado al jefe de Sanidad, en Washington, y le rogaron
que telefoneara al hospital para anunciar su llegada. Llamaban Félix al
jefe de Sanidad y parecían conocerle mucho. Pero el único que llegó aquella
misma noche fue Riordan. Los otros dos se dirigieron a un pueblo próximo
a Lexington donde conocían a un médico que podía fijarles antes de que quedaran
inmovilizados por falta de droga. Llegaron hacia el mediodía del día siguiente.
Sol Bloom era un tipo gordo con cara de judío. Apestaba a estafador. Con
él llegaba un tipo delgado que se llamaba Bunky. Bunky podía haber sido
un viejo granjero, a no ser por sus ojos grises, serenos y fríos detrás
de sus gafas. Estos eran los dos amigos de Riordan. Todos ellos habían cumplido
varias condenas, por lo general por tráfico. Eran afables, pero mantenían
cierta reserva. Contaban que querían dejar la droga porque los agentes federales
los tenían muy fichados. Como decía Sol: -Demonio, me gusta la droga y quiero
tener una habitación llena de ella. Pero si no puedo usarla sin que la policía
me siga los pasos sin cesar, prefiero dejar de picarme. Siguió hablando
de algunos antiguos amigos suyos que habían empezado a picarse con él y
ahora eran hombres respetables. -Sí, ahora cogen y dicen que no tienen nada
que ver con Sol. Es un drogado, dicen. No creo que esperaran que nadie se
tragara que querían dejar la droga. Sólo se trataba de un modo de decir
que estaban aquí y que las razones por las que estaban no le importaban
a nadie. Otro recién llegado fue Abe Green, un judío cojo de nariz muy larga.
Casi parecía el doble de Jimmy Durante. Sus ojos eran azul pálido, parecían
los de un pájaro. Incluso sin droga irradiaba una fiera vitalidad. En su
primera noche en la sala se encontró tan mal que hasta acudió un médico
para atenderle y tuvo que darle medio grano de morfina extra. A los pocos
días ya estaba saltando por la sala, hablando y jugando a las cartas. Green
era un traficante conocido de Brooklyn, uno de los pocos traficantes independientes.
La mayor parte de los traficantes tienen que trabajar para el sindicato
o dejar de hacerlo, pero Green tenía tantos contactos que podía seguir en
el negocio por su cuenta. Estaba en libertad bajo fianza, pero esperaba
salir libre basándose en que le habían detenido de modo ilegal. -El agente
me despertó en plena noche y empezó a pegarme en la cabeza con su pistola.
Quería que le dijera quién era mi contacto. Le dije: «Tengo cincuenta y
cuatro años y nunca he vendido a nadie. Antes de hacerlo, prefiero morirme.»
Hablando de una vez que le detuvieron en Atlanta y tuvo que quitarse el
mono a pavo frío, contaba: -Durante catorce días me golpeaba la cabeza contra
la pared y la sangre me salía por ojos y nariz. Cuando llegó el guardia
le escupí en la cara. -Contado por él, este tipo de relatos tenía cierta
calidad épica. Benny era otro tipo judío de Nueva York. Ya había estado
en Lexington otras once veces y en esta ocasión su estancia se debía a que
le habían aplicado la siguiente ley de Kentucky: «Cualquier persona que
use narcóticos puede ser condenada a un año de cárcel, con la alternativa
de seguir una cura en Lexington.» Era un judío pequeño, bajo y gordo, de
cara redonda. Jamás hubiera sospechado de él que fuera yonqui. Tenía una
voz bastante agradable y cantaba con fuerza; su número mejor era Lluvias
de abril. Un día Benny entró en la sala de reunión muy excitado. -Moishe
acaba de registrarse -dijo-. Es un mendigo y un maricón. Una auténtica desgracia
para la raza judía. -Pero, Benny -dijo alguien -, tiene mujer e hijos. -No
importa, aunque tenga diez hijos -dijo Benny-, sigue siendo un gran maricón.
Moishe apareció una hora después. Obviamente, era afeminado. Tenía unos
sesenta años, la piel rosa y el pelo blanco.
Matty siempre andaba por la sala, hablando con todo el mundo, haciendo preguntas
directas, describiendo sus síntomas de carencia con todo detalle. Nunca
se quejaba. Creo que era incapaz de sentir autocompasión. Bob Riordan le
preguntó por qué le habían atrapado y Matty replicó: -Sólo soy un ladrón
cojo y estúpido. Contó una historia sobre un borracho dormido en el banco
de un andén del metro: -Sabía que tenía un montón de pasta en el bolsillo,
pero cada vez que me llegaba a tres metros de él, se despertaba y me decía:
«¿Qué quiere usted?» Era fácil imaginar cómo podían despertar a cualquiera
las emanaciones de Matty. -Entonces me largué y encontré a un tío al que
conocía. Se sentó junto al borracho y a los veinte segundos le había dejado
limpio. Cortó el bolsillo con una navaja. -¿Por qué no le empujaste contra
la pared y le quitaste el dinero? -dijo Riordan con su habitual tono amable.
Matty tenía un aguante ilimitado y no parecía en absoluto un drogadicto.
Si en una botica se negaban a venderle una aguja, era capaz de decir: -¿Por
qué no quieren vendérmela? ¿Es que parezco un drogadicto? La cura en Lexington
no está destinada a que los adictos se sientan cómodos. Empieza con un cuarto
de grano de M tres veces al día y dura ocho días -la preparación usada ahora
es una morfina sintética llamada dolofina. A los ocho días se recibe un
pinchazo de despedida y te mandan a otra zona donde te dan barbitúricos
durante tres noches, y eso es el final de la medicación. Para un hombre
con un hábito muy fuerte, es un sistema demasiado rudo. Yo tuve suerte de
haber llegado en carencia, porque de ese modo la cantidad que me dieron
me resultó suficiente. Cuanto más tiempo se lleve sin droga, menor cantidad
se necesita para fijarse. Cuando me llegó el momento de recibir el último
fije, fui enviado a la Sala B, que llamaban «el barrio chino». No tenía
nada que oponer a las comodidades del lugar, pero los internos eran bastante
desagradables. En mi sección había un grupo de viejos vagabundos con la
saliva saliéndoles por la boca. Una vez que la medicación cesa, uno puede
permanecer sin hacer nada durante siete días. Después es preciso elegir
un trabajo. Lexington tiene una granja y una vaquería. Hay una planta conservadora
para enlatar la fruta y los vegetales cultivados en la granja. Los internos
llevan un laboratorio dental donde hacen dientes postizos. También hay un
servicio de reparación de radios y una biblioteca. Trabajan como porteros,
cocinan y sirven la comida, y también trabajan de ayudantes de los vigilantes.
Hay, pues, una gran variedad de trabajos donde elegir. Yo no iba a estar
el tiempo suficiente como para trabajar. En cuanto dejaron de picarme empecé
a encontrarme mal. Incluso con sedantes no conseguí dormir aquella noche.
Al día siguiente la cosa fue peor. Era incapaz de tragar nada y para moverme
tenía que hacer grandes esfuerzos. La dolofina evita el malestar, pero cuando
la medicación cesa, uno empieza a sentirse mal. Cuando la medicación nocturna
se detuvo, decidí despedirme. Una fría tarde, cinco de nosotros cogimos
un taxi en Lexington. -Lo primero que hay que hacer es largarse de Lexington
-me dijeron mis compañeros-. Vete directamente a la estación de autobuses
y espera hasta que salga el primero. En caso contrario, pueden detenerte.
En efecto, podían aplicarme la misma ley que a Benny. Se trata de una ley
destinada, entre otras cosas, a proteger a los boticarios y médicos de Kentucky
de las molestias que les causarían los adictos camino hacia o desde, la
granja para drogadictos de Lexington. También está destinada a evitar que
los adictos se instalen en la ciudad de Lexington. En Cincinnati, tras entrar
en varias boticas, conseguí unos cuantos frascos de una onza de elixir paregórico.
Dos onzas de paregórico pueden fijar a un adicto cuando su hábito es reducido,
como el mío en aquella época. Me bebí tres onzas de paregórico, seguidas
de un poquito de agua tibia. A los diez minutos noté la acción de la droga,
y cómo desaparecía el malestar. Sentí hambre inmediatamente y salí del hotel
a comer algo.
NUEVE
Al final fui a Texas y estuve unos cuatro meses sin tocar
la droga. Luego me fui a Nueva Orleans. Nueva Orleans ofrece una serie de
ruinas estratificadas. Ruinas de los años veinte en Bourbon Street. De allí
se pasa a otras ruinas de mayor antigüedad, en la conjunción del barrio
francés con el barrio chino, un estrato anterior: puestos de chile, hoteles
arruinados, salones de otros tiempos con barras de caoba, escupideras y
candelabros de cristal. Ruinas del 1900. En Nueva Orleans hay gente que
no ha salido de los límites de la ciudad. El acento de Nueva Orleans es
terriblemente parecido al de Brooklyn. El barrio francés siempre está lleno
de gente. Turistas, soldados, marineros, jugadores, degenerados, vagos y
maleantes de todos los estados de la Unión. La gente vagabundea, sin conocer
a nadie, sin nada que hacer, y la mayoría tiene aspecto hosco y hostil.
Es un sitio donde uno puede pasarlo bien de verdad. Hasta los delincuentes
vienen aquí para sentirse tranquilos y en calma. Pero una estructura compleja
de tensiones, semejantes a los laberintos eléctricos empleados por los psicólogos
para desequilibrar el sistema nervioso de los ratones blancos y las cobayas
de laboratorio, mantiene a los infelices buscadores de placeres en un estado
de alerta indeclinable. En primer lugar, Nueva Orleans es extraordinariamente
ruidosa. Los automovilistas se guían sobre todo mediante el uso de los claxons,
como los murciélagos. Los residentes son antipáticos. Los transeúntes resultan
un conglomerado sin cohesión interna, de manera que nunca puede saberse
qué comportamiento se puede esperar de ninguno. Nueva Orleans me resultaba
una ciudad ex traña y no había forma de conseguir un contacto para la droga.
Descubrí varias zonas de yonquis paseando por la ciudad: St. Charles y Poydras,
el área alrededor y sobre Lee Circle. Canal y Exchange Place. Las zonas
de droga no se reconocen por su aspecto, sino por cómo se sienten, por un
proceso semejante al del zahori que busca y descubre agua subterránea. Va
uno paseando y de pronto la droga contenida en las células se mueve y se
retuerce como la horquilla del zahori: «¡Aquí hay droga!» No vi a nadie
a quien dirigirme, y además quería seguir limpio, o por lo menos creía que
quería seguir limpio. Una noche estaba yo en el bar de Frank, junto a Exchange
Place, tomando un cuba libre. Era un sitio equívoco: marineros y estibadores,
maricas, tahúres del garito de poker nocturno de al lado, y algunos otros
personajes inclasificables. Al lado mío había un hombre de mediana edad,
de cara delgada y larga y pelo gris. Le pregunté si quería tomar una cerveza
conmigo.
-Me gustaría -dijo-, pero desgraciadamente... desgraciadamente no estoy
en situación de poder corresponderle. Estaba claro que se trataba de un
hombre que hacía algún trabajo manual para vivir, autodidacta y un pelmazo
absoluto como te clasifique en la categoría de «hombre instruido». Pedí
dos cervezas y empezó a contarme que él estaba acostumbrado a corresponder
a las invitaciones. En cuanto nos dieron las cervezas, dijo: -¿Nos vamos
a una mesa tranquila para poder discutir de cosas importantes sobre el mundo
y el sentido de la vida sin que nos molesten? Nos llevamos los vasos a una
mesa. Yo estaba ya preparando una excusa para irme. De repente, el hombre
dijo: -Por ejemplo, sé que está usted interesado en cuestiones de estupefacientes.
-¿Cómo puede usted saber eso? -le pregunté. -Lo sé -dijo, con una sonrisa-.
Sé que está usted aquí para investigar sobre el tema. Yo he trabajado mucho
en el asunto. He ido al FBI de aquí al menos cincuenta veces a decirle lo
que sé. Estoy seguro de que usted conoce perfectamente los estrechos lazos
entre el comunismo y los estupefacientes. El año pasado estuve embarcado
en la C&A. Es una compañía controlada por los comunistas. El primer maquinista
era uno, seguro. Me di cuenta inmediatamente. Fumaba en pipa y la encendía
con un encendedor de cigarrillos. En realidad usaba el encendedor para hacer
señales. -Me demostró prácticamente cómo hacía el maquinista para encender
su pipa con un mechero de cigarrillos y cómo tapaba y destapaba la luz para
hacer señales-. Era muy astuto, desde luego. -¿Y a quién le hacía las señales?
-le pregunté. -No lo sé con exactitud. Durante un tiempo fuimos seguidos
por un avión. Cada vez que salía a encender la pipa se oía el motor. Voy
a contarle una cosa que le ahorrará mucho tiempo. El sitio donde puede encontrar
la información que usted busca es el hotel Frontier. Es de la misma gente
que controla el Standish de Filadelfia. Todos andan metidos en drogas y
todos están conectados con los comunistas. -¿No es peligroso para usted
contar todas estas cosas? No sabe quién soy. Suponga que yo estuviera de
la otra parte. -Sé con quién hablo -dijo-. Si no lo supiera no estaría aquí.
Estaría muerto. Entre tanta gente como hay en este bar le he elegido a usted,
¿no es cierto? -Sí, pero ¿por qué? -Hay algo que me dice lo que tengo que
hacer -me enseñó una medalla con un santo que llevaba colgada al cuello
-. Si no llevase esto me hubiera encontrado con un cuchillo o una bala hace
ya tiempo.
-¿Y por qué se interesa usted por las drogas? -Porque no me gusta lo que
hacen con la gente. Tuve un compañero en un barco que las usaba. -Cuénteme
-le dije- cuál es exactamente la conexión entre los estupefacientes y el
comunismo. -Eso lo sabe usted mejor que yo. La gente que anda metida en
drogas y los comunistas son los mismos de siempre. En estos momentos controlan
la mayor parte de los Estados Unidos de América. Soy un hombre de mar. Llevo
veinte años navegando. ¿Quiénes consiguen los trabajos buenos en el sindicato?
¿Blancos norteamericanos como usted y como yo? No. Italianos, hispanos y
negros. ¿Y por qué? Porque el sindicato controla los fletes y los comunistas
controlan el sindicato. Estaré por aquí, si me necesita -dijo mientras yo
me levantaba para irme. En el barrio francés hay unos cuantos bares de maricas
que por las noches están tan atiborrados que las locas desbordan por las
aceras. Un local lleno de maricones es algo que me horroriza. Bailan de
un lado para otro como marionetas que colgasen de cuerdas invisibles, en
una galvánica actividad postiza que es la negación de lo vivo y lo espontáneo.
El ser humano vivo ha abandonado sus cuerpos desde hace eternidades. Pero
algo penetró en ellos cuando los abandonó el inquilino originario. Los maricones
son muñecos de ventrílocuo. El maniquí se sienta en un bar de locas con
su cerveza en la mano y parlotea incansablemente moviendo únicamente la
boca en medio de una cara rígida, de muñeco. De vez en cuando pueden encontrarse
personalidades intactas en esos bares, pero los que imponen su estilo son
los maricones, y entrar en uno siempre acaba por deprimirme. La depresión
se acumula. Después de estar una semana en una ciudad nueva estoy hasta
arriba de tugurios de ésos, y tengo que cambiar a otro tipo de bares, generalmente
me voy a uno de o cerca del Barrio Chino. Pero vuelvo por allí de vez en
cuando. Una noche me había lobotomizado, de tan borracho, en Frank's y me
fui a un bar de maricas. Sin duda seguí bebiendo en el sitio aquel, porque
hubo un lapso de tiempo que no recuerdo bien. Estaba amaneciendo en el exterior
cuando se produjo uno de esos extraños momentos de silencio en el local.
El silencio es algo extraordinariamente raro en un bar de maricas. Imagino
que la mayoría de ellos se habrían ido. Yo estaba apoyado contra la barra
con una cerveza que no quería delante de mí. El ruido se disipó como el
humo y vi a un chico pelirrojo que me miraba descaradamente, como a un metro
de distancia. No parecía muy maricón, y le dije: -¿Cómo van las cosas? -o
algo parecido. -¿Te vienes a la cama conmigo? -me dijo. Y yo le dije: -Bien,
vamos. Al irnos agarró mi botella de cerveza y se la metió bajo el abrigo.
Fuera ya había amanecido, el sol empezaba a subir. Fuimos dando tumbos por
todo el barrio francés, pasándonos la botella de cerveza. El dirigía la
marcha hacia su hotel, según dijo. Sentía cómo se anudaba mi estómago como
si estuviera a punto de meterme un picotazo después de mucho tiempo sin
droga. Debería tener más cuidado, desde luego, pero nunca he podido mezclar
vigilancia y sexo. Durante todo este rato el chico hablaba en tono sensual
con una voz sureña que no era una voz de Nueva Orleans, y a la luz del día
seguía teniendo buena pinta. Llegamos a un hotel y me colocó el rollo de
siempre de que tenía que entrar primero él solo. Saqué unos cuantos billetes
del bolsillo. Los miró y dijo: -Vale con diez dólares. Se los di. Entró
en el hotel y salió inmediatamente. -No hay habitaciones. Miraremos a ver
en el Savoy. El Savoy estaba justo en la acera de enfrente. -Espera aquí
-dijo. Esperé como una hora hasta que me di cuenta de qué era lo que había
fallado en el primer hotel: no tenía puerta trasera ni lateral para poder
escapar. Volví a mi apartamento y cogí la pistola. Estuve esperando cerca
del Savoy y busqué al muchacho por todo el barrio francés. A mediodía tuve
hambre y me comí un plato de ostras con una cerveza y, de repente, me sentí
tan cansado que al salir del restaurante se me doblaban las piernas como
si alguien me estuviera golpean do detrás de las corvas. Tomé un taxi y
volví a casa y me dejé caer en la cama sin quitarme ni los zapatos. Desperté
sobre las seis de la tarde y me fui al Frank's. Después de tres cervezas
me sentí mejor. Junto a la máquina de discos había un individuo con el que
crucé la mirada unas cuantas veces. Me miraba con un algo especial, como
un homosexual mira a otro, reconociéndose. Parecía una de esas cabezas de
terracota en las que se plantan yerbas. Una cara de campesino, con intuición,
estupidez, maldad y picardía de campesino. El aparato de música estaba apagado.
Me acerqué a él y le pregunté si algo no iba bien . Me dijo que no lo sabía.
Le invité a tomar una copa. Pidió un chocolate y me dijo que se llamaba
Pat. Yo le dije que había llegado hacía poco de la frontera mexicana. -Me
gustaría ir por allí abajo. Pasar algo de material de México -dijo. -La
frontera es poco segura -dije. -Espero que no le parezca a usted mal -empezó-
si le digo que parece que usted también le pega al caballo. -Claro que le
pego. -¿Quiere conseguir algo? -preguntó-. Yo tengo que ir dentro de unos
minutos. Tengo que agenciarme la pasta. Si me paga un fije, puedo conseguirle
algo a usted.
-Bien -dije. Fuimos andando hasta pasar la esquina del sindicato de marinos.
-Espere aquí un minuto -dijo, y entró en un bar. Yo estaba casi seguro de
ver volar mis cuatro dólares, pero a los pocos minutos había vuelto: -Bueno
-dijo-. Ya lo tengo. Le pedí que viniera conmigo a mi apartamento S para
darnos un toque. Fuimos a mi habitación y; saqué el instrumental, que no
había usado desde hacía cinco meses. -Si no está colgado es mejor que ande
con tiento con este material -me previno-. Es muy fuerte. Metí como unos
dos tercios de cápsula. -Sobra la mitad -me dijo-. De verdad que es muy
fuerte. -Así está bien -dije yo. Pero en cuanto saqué la aguja de la vena
supe que no estaba bien. Noté un golpe suave en el corazón. La cara de Pat
comenzó a ponerse negra por los bordes, y el negro se extendía hasta cubrirle
todo el rostro. Sentí que los ojos se me daban vuelta en las órbitas. Recobré
el conocimiento varias horas más tarde. Pat se había ido. Estaba tumbado
en la cama, con el cuello desabrochado. Me puse de pie y caí de rodillas.
Me sentía mareado, me dolía la cabeza. Del bolsillo interior me faltaban
diez dólares. Supongo que debió pensar que ya no los necesitaría. A los
pocos días me encontré a Pat de nuevo en el mismo bar. -¡Dios bendito! -dijo-.
¡Creí que se habría muerto! Le aflojé el cuello y le froté la nuca con hielo
y se puso completamente azul y pensé: «¡Dios bendito, este hombre se muere!,
¡ tengo que largarme de aquí!» Una semana después ya estaba colgado. Pregunté
a Pat qué posibilidades había de vender en Nueva Orleans. -Esto está lleno
de soplones -me dijo-. Realmente difícil. De modo que me dejé ir, comprando
por medie de Pat. Dejé de beber, dejé de salir por las noches, me vi metido
en un esquema rutinario: una cápsula de droga tres veces al día y el tiempo
entre una y otra, a llenarlo de cualquier manera. En general me pasaba el
día pintando o haciendo trabajillos caseros. El trabajo manual hace pasar
las horas de prisa. Claro que, desde luego, algunas veces me llevaba horas
conseguir material. La primera vez que había estado en Nueva Orleans, el
mayor traficante -el «Hombre», como dicen allí- era un tipo llamado el Amarillo.
El nombre le venía de su piel amarillenta, de enfermo del hígado. Era un
individuo pequeño y delgado, que arrastraba una cojera. Operaba en un bar
cerca del edificio del sindicato de marinos y de vez en cuando se atizaba
una cerveza para justificar la cantidad de horas que se pasaba allí sen
tado. Estaba en libertad bajo fianza, y cuando se juzgó el asunto, le cayeron
dos años. Siguió un período de confusión durante el que era difícil encontrar
algo. Alguna vez me pasé hasta seis y siete horas dando vueltas en coche
con Pat, esperando y buscando a gentes diversas que a lo mejor tenían. Por
fin Pat dio con un buen contacto, a un dólar cincuenta la cápsula, compra
mínima de veinte. El contacto era Joe Brandon, uno de los pocos vendedores
que he conocido en mi vida que no usase también el material. Pat y yo empezamos
a vender en pequeña escala, lo justo para mantenernos. Nos ocupábamos únicamente
de gente que Pat conocía bien y de la que estaba seguro. Nuestro mejor cliente
era Dupré. Trabajaba en un garito de juego y siempre tenía dinero. Pero
era un drogado insaciable y no podía evitar que se le fuera la mano a la
caja más de la cuenta. Acabó por perder el trabajo. Don, un viejo amigo
del barrio de Pat, trabajaba en el centro.
Era
inspector de algo, pero se pasaba la vida de baja por enfermedad. Nunca
tenía dinero para más de una cápsula, y casi todo lo que tenía se lo daba
su hermana. Pat me dijo que Don tenía cáncer. -Bueno -dije-, me imagino
que se morirá pronto. Y se murió. Se metió en la cama, se pasó una semana
vomitando, y se murió. Willy el Sifones tenía un camión de gaseosas que
repartía por una ruta fija. El negocio le daba para dos cápsulas al día,
pero no era un vendedor de gaseosas muy decidido. Correspondía al tipo que
se puede denominar inofensivo; era delgado, pelirrijo, de carácter suave.
-Es un tímido -decía Pat-. Tímido y estúpido. Otro cliente ocasional era
Lonny el Chulo, que había sido educado en la casa de putas de su madre.
Lonny intentaba espaciar sus pinchazos para no adicionarse. Siempre andaba
lamentándose de que no le quedaba nada limpio, que tenía que apartar tanto
y cuanto para cuartos de hotel, que la ley andaba pegada a sus talones.
-¿Tú me entiendes? -decía-. No hay porcentaje. Lonny era un rufián puro.
Flaco y nervioso. No podía permanecer sentado, no podía tener la boca cerrada.
Mientras hablaba movía sus manos finas y cubiertas de pelos largos y negros,
grasientos. Pero no dudaba un instante en pedirnos una cápsula de dos dólares
fiada. Una vez que se había picado, y mientras se bajaba la manga de una
de aquellas camisas de seda a rayas y se ponía los gemelos, decía: -Oíd,
muchachos, ando un poco mal. No os importará ponerme ésta en la cuenta,
¿verdad? Ya sabéis que soy de fiar. Pat le miraba con sus ojillos llenos
de sangre. Una desabrida mirada de campesino. -Por Dios te lo pido, Lonny,
nosotros tenemos que pagar el material. ¿Qué dirías tú si la gente viniera,
se zumbara a tus chicas y luego quisieran dejarlo a deber? -Pat meneaba
la cabeza-. Eres como todos. Lo único que os importa es metéroslo por la
vena. Uno tiene un sitio tran quilo a donde se puede venir y chutarse, y
¿qué le dan a cambio de dejarles? En cuanto se lo han metido, todo les importa
un rábano. -Hombre, Pat, tampoco quiero que te fastidies. Toma un dólar
ahora y esta tarde traigo el resto, ¿de acuerdo? Pat tomaba el dólar y se
lo metía en el bolsillo sin decir palabra. Fruncía los labios con desaprobación.
Willy el Sifones se dejaba caer sobre las diez, en medio del reparto, se
atizaba una cápsula y compraba otra para la noche. Dupré aparecía sobre
las doce, al salir del trabajo. Estaba en el turno de noche. Los otros venían
cuando se sentían con ganas. Bob Brandon, nuestro contacto, estaba bajo
fianza. Tenía un juicio en el Tribunal del Estado por posesión de droga,
que es delito según las leyes de Louisiana. La acusación se basaba en huellas,
esto es, se había deshecho de la mierda antes de que la bofia pusiese su
cuarto patas arriba. Pero no lavó la jarra en la que guardaba la mierda.
Los federales no hubieran aceptado una acusación basada sólo en «huellas»,
y se hizo a nivel de Estado. Esto, en Louisiana, es un procedimiento habitual.
Cualquier caso demasiado endeble para un Tribunal Federal pasa a los del
Estado, que están dispuestos a cualquier cosa. Brandon confiaba en ganar
el juicio. Tenía buenas relacio nes en la maquinaria política y, en cualquier
caso, el Estado tenía unas pruebas muy débiles. Pero el fiscal hizo aparecer
los antecedentes de Brandon, que incluían una condena por homicidio, y le
cayeron de dos a cinco añ os. Pat encontró en seguida otro contacto y seguimos
vendiendo. Un trafica llamado Yonkers empezó a vender en la esquina de Exchange
y Canal. Pat perdió unos cuantos clientes que se pasaron a Yonkers. La verdad
es que el material de Yonkers era mejor y algunas veces yo mismo le compraba
a él, o a su socio, un viejo personaje tuerto llamado Richter. Pat siempre
se daba cuenta de algún modo -era intuitivo como una madre posesiva- y se
pasaba dos o tres días cabreado. Yonkers y Richter no duraron mucho. Canal
y Exchange es uno de los sitios menos seguros de
Nueva Orleans en cuestión de drogas. Un día desaparecieron, y Pat dijo:
-Ya verás como ahora muchos de esos tíos vuelven por aquí. Le dije a Lonny
que si quería comprarle a Yonkers que lo hiciera, pero que no volviese a
mí después creyendo que le daría. Ya verás lo que le digo cuando vuelva
-y Pat me dirigió una mirada torva. Un día la encargada del hotel de Pat
me paró en el hall y me dijo: -Tenga usted mucho cuidado. La policía estuvo
aquí ayer y registraron la habitación de Pat de arriba abajo. Y se llevaron
detenido al chico del camión de gaseosas. Ahora está en la cárcel. Le di
las gracias. Al poco rato llegó Pat. Me dijo que la pasma había enganchado
a Willy el Sifones cuando salía del hotel. No le encontraron droga encima
y se lo llevaron al distrito tres para «una investigación a fondo». Lo tuvieron
allí setenta y dos horas, que es el tiempo máximo que pueden retener a alguien
sin hacer una acusación en regla. Los polis registraron la habitación de
Pat, pero la droga estaba escondida en el hall y no la encontraron. Pat
dijo: -Me han dicho que tienen información de que aquí hay un salón de pinchetas
y que será mejor que me vaya porque la próxima vez vendrán y me llevarán
con ellos y nada más. -Bien -dije-, será mejor dejarlo todo, menos a Dupré.
Con él no hay peligro. -A Dupré le acaban de echar del trabajo -dijo Pat-.
Ya tiene un pufo de veinte dólares. Tuvimos que volver a dedicarnos a conseguir
la ración de cada día. Descubrimos que ahora Lonny era «el Hombre». Así
eran las cosas en Nueva Orleans. Nunca se sabía quién iba a ser el próximo
«Hombre». Por aquella época se extendió por la ciudad una fiebre antiestupefacientes.
El jefe de policía dijo: -Estas medidas continuarán mientras quede un solo
contraventor de la ley en esta ciudad. Los legisladores del Estado sacaron
una ley que declaraba delito ser adicto a las drogas. No se especificaba
qué, cuándo, cómo o dónde, querían decir con adicto a las drogas. La pasma
empezó a parar adictos por la calle y a examinarles los brazos para ver
si tenían marcas de aguja. Si encontraban alguna marca presio naban al adicto
para que firmase una declaración en la que admitía su condición y así podían
inculparlo bajo la «ley de adictos a las drogas». A esos adictos se les
prometía que saldrían en libertad condicional si se declaraban culpables
y ayudaban a poner en marcha la nueva ley. Los adictos rastreaban sus cuerpos
hasta el último rincón en busca de venas para pincharse fuera de los brazos
y su área. Si la bofia no encontraba marcas, solía dejarlos marchar sin
más. Si les encontraban marcas los detenían durante setenta y dos horas
e intentaban hacerles firmar una declaración.
El contacto mayorista de Lonny lo dejó y el nuevo «Hombre» era un personaje
llamado el Viejo Dick. El Viejo Dick venía de cumplir doce años en Angola.
Operaba en un territorio alrededor de Lee Circle, que era otra de las zonas
más quemadas de Nueva Orleans, para droga o para cualquier otra cosa.
DIEZ

Un día que estaba sin un chavo cogí una pistola, la envolví
y me la llevé a la ciudad para empeñarla. Cuando llegué al cuarto de Pat
había allí dos personas. Uno era Red McKinney, un yonqui consumido y paralítico;
el otro un marinero joven llamado Colé. Colé no era todavía un adicto y
quería conseguir un pogo de yerba. Era un fumeta. Me dijo que no podía pasarlo
bien sin yerba. He conocido más gente así. Para ellos la mandanga sustituye
el alcohol de los otros. No tienen necesidad absoluta de fumar en sentido
físico, pero les resulta imposible divertirse sin ello. Yo tenía por casualidad
unas cuantas onzas de yerba en casa. Colé aceptó comprar cuatro cápsulas
a cambio de una onza de yerba. Nos fuimos a mi casa. Colé probó la yerba
y dijo que era buena. Y salimos a buscar lo mío. Red dijo que tenía un contacto
en la calle Julia: -Seguramente le encontraremos allí ahora. Pat conducía
mi coche, en plena cabezada. Subimos al ferry para cruzar desde Algiers,
donde yo vivía, a Nueva Orleans. De repente Pat alzó la mirada y abrió sus
ojos sanguinolentos. -Este barrio está muy quemado -dijo en voz alta. -¿Y
en qué otro sitio vamos a conseguir? -dijo McKinney-. El Viejo Dick también
anda por esta zona. -Te digo que este barrio está demasiado quemado -repitió
Pat. Se le notaba de muy mal humor, como si lo que veía le molestase. La
verdad es que no había otro sitio donde buscar. Pat dirigió el coche, sin
decir palabra, hacia Lee Circle. Al llegar a Julia, McKinney dijo a Colé:
-Dame el dinero porque le veremos aparecer de un momento a otro. Siempre
da vueltas a esta manzana. Es un contacto ambulante. Colé dio a McKinney
quince dólares. Dimos tres vueltas a la manzana, despacio, pero McKinney
no vio al «Hombre». -Bueno, pues me parece que habrá que buscar al Viejo
Dick -dijo McKinney. Nos pusimos a buscar al Viejo Dick más arriba de Lee
Circle. No estaba en la pensión en que vivía, vieja y destartalada. Dimos
unas vueltas lentamente. De cuando en cuando Pat veía a algún conocido y
se paraba. Nadie había visto al viejo. Algunos de los tipos a los que Pat
preguntaba se limitaban a encogerse de hombros con poca amabilidad y a seguir
su camino.
-Esta gente no nos dirá ni palabra -dijo Pat-. Les duele hacer un favor
a alguien. Aparcamos cerca de la pensión de Dick, y McKinney se bajó a comprar
un paquete de cigarrillos en la esquina. Volvió a toda prisa y se metió
en el coche. -La pasma -dijo-. Hay que largarse de aquí. Arrancamos y en
seguida nos adelantó un coche patrulla. Vi al poli que iba al volante mirarnos
y echar una segu nda mirada al ver a Pat. -Nos han cazado, Pat -dije-. ¡Sigue!
No hacía falta que se lo dijese. Aceleró y torció por la primera calle,
en dirección a Corondolet. Yo me volví a Colé, que iba en el asiento de
atrás. -Tira la yerba -le ordené. -Un momento -replicó Colé-, podemos despistarles.
-¿Estás loco? -dije. Pat, McKinney y yo gritamos a coro: -¡ Tírala ahora
mismo! Ya estábamos en Corondolet, yendo hacia el centro. Colé tiró la yerba,
que cayó debajo de un coche aparcado. Pat giró por la primera calle a la
derecha, una de dirección única. El coche patrulla bajaba por aquella misma
calle, en dirección contraria y prohibida. Estábamos atrapados. Oí que Colé
gritaba: -¡ Dios, tengo otro porro encima! Los polis se bajaron con las
manos en la pistola, pero sin sacarla. Se acercaron a nuestro coche. Uno
de ellos, el que conducía, que había visto a Pat, sonreía ampliamente. -¿Dónde
te has encontrado el coche, Pat? -preguntó. Le dije que era mío. El otro
poli abrió la puerta de atrás: -¡Fuera todos! -dijo. En el asiento trasero
iban McKinney y Colé. Salieron y los polis empezaron a cachearlos. El guardia
que había visto a Pat encontró en seguida el porro en el bolsillo de la
camisa de Colé. -Aquí tengo lo suficiente para trincarlos a todos -dijo.
Tenía la cara roja y blanda y no dejaba de sonreír ni un instante. Encontró
la pistola en la guantera-. Una pistola de importación - dijo-. ¿Está registrada?
-Creía que eso sólo rezaba con armas automáticas completas -dije. -No -dijo
el poli sonriente-, va con todas las automáticas importadas.
Yo sabía que se equivocaba, pero no ganaba nada con decirlo. Me miró los
brazos: -Has estado hurgando en este agujero tanto que está a punto de infectarse
-dijo señalando una picadura de aguja. Llegó el furgón y nos metieron a
todos. Nos llevaron al distrito dos. Los polis miraron los papeles de mi
coche. No podían creerse que fuera mío. Fui registrado lo menos seis veces
por distintas personas. Por fin nos encerraron a todos en una celda de unos
dos metros por dos y medio. Pat sonreía y se frotaba las manos. -Va a haber
unos cuantos drogadictos muy malitos en este antro -dijo. Poco después llegó
el guardia y me llamó. Me llevaron a una habitación pequeña que daba a la
sala de recepción del distrito. En el cuarto había dos detectives sentados
ante una mesa. Uno era alto y gordo, con una gran cara de rana típicamente
sureña. El otro era un irlandés cuadrado, de mediana edad. Le faltaba un
diente de delante, lo que le daba aspecto leporino. Era un tipo que lo mismo
podía haber sido un antiguo vagabundo perdido. En él no había ni rastro
de burócrata. Era evidente que el de cara de rana llevaba la voz cantante.
Me dijo que me sentase frente a él, al otro lado de la mesa. Empujó un paquete
de cigarrillos y una caja de cerillas a través de la mesa; me dijo: -Tome
un pitillo. El poli irlandés se sentaba al final de la mesa, a mi izquierda.
Estaba lo bastante cerca como para poder sujetarme sin necesidad de levantarse.
El que dirigía la cosa estudiaba los papeles de mi coche. Todo lo que me
habían sacado de los bolsillos estaba extendido por encima de la mesa, delante
de él: un estuche de gafas, documentos de identidad, cartera, llaves, una
carta de un amigo de Nueva York; todo excepto mi navaja, que el de la cara
blanda se había guardado en el bolsillo. De pronto recordé aquella carta.
El amigo de Nueva York era un fumeta que vendía yerba de vez en cuando.
Me había escrito para preguntarme el precio de Nueva Orleans, de la de buena
calidad. Yo pregunté a Pat, que me dio un precio aproximado de noventa dólares
el kilo. En la carta de mi amigo se refería al precio de noventa dólares
y decía que quería comprar algo sobre esa base. Al principio creí que no
se fijarían en la carta. Eran de la brigada de coches robados y querían
un coche robado. Miraban y miraban los papeles y me hacían preguntas. Cuando
no podía recordar alguna fecha exacta sobre el coche, se disparaban. Parecía
que estaban a punto de ponerse duros. Finalmente dije: -Miren, sólo es cuestión
de comprobar. En cuanto comprueben verán que les estoy diciendo la verdad
y que el coche es mío. Hablando no va a haber manera de convencerles. Desde
luego, si lo que quieren es que diga que as un coche robado, me lo harán
decir. Pero luego, cuando hagan las comprobaciones, descubrirán que es mío.
-Muy bien, comprobáremos. El de cara de rana dobló cuidadosamente los papeles
del coche y los puso a un lado. Tomó el sobre y miró la dirección y el matasellos.
Luego sacó la carta. La leyó en voz baja. Luego leyó en voz alta, saltándose
los párrafos en los que no se hablaba de yerba. Dejó la carta sobre la mesa
y me miró. -Así que no sólo usas yerba, sino que la vendes -dijo-, y tienes
un buen paquete escondido en alguna parte -miró la carta-. Como noventa
kilos nada más -me miró -. Será mejor que me lo cuentes. El poli viejo,
el irlandés, dijo: -Es como todos los tipos. No quiere hablar. Hasta que
se les machacan las costillas. Entonces hablan, y están encantados de hablar.
-Vamos a ir a echar una ojeada a tu casa -dijo el de cara de rana-. Si encontramos
algo metemos a tu mujer en la cárcel también. -¿Por qué no le haces una
proposición? -dijo el viejo poli, el irlandés. Sabía que si registraban
mi casa encontrarían la mandanga. -Llame usted a los federales y le diré
dónde está guardada -dije-, pero quiero que me dé su palabra de que el caso
será juzgado por un tribunal federal y que mi mujer no será molestada. El
poli de cara de rana asintió. -Muy bien -dijo-, acepto tu propuesta. Se
volvió a su compañero. -Vete a buscar a Rogers -dijo. A los pocos minutos
volvió el poli viejo. -Rogers está de viaje y no volverá hasta mañana, y
Williams está enfermo. -Bien, pues llama a Houser. Salimos y nos metimos
en un coche. El poli viejo conducía, el jefe iba detrás conmigo. -Aquí es
-dijo el jefe. El poli viejo tocó la bocina y paró el coche. De la casa
salió un individuo con una pipa y se sentó en el asiento de atrás. Me miró
y luego miró hacia adelante, dando chupadas a la pipa. Parecía joven, en
la oscuridad, pero al pasar bajo una farola vi que tenía la cara arrugada,
y grandes orejas. Llevaba el pelo muy corto, cara de chico americano, una
cara que había envejecido pero no madurado. Supuse que sería un agente federal.
Después de varias manzanas en silencio, el agente se volvió hacia mí y se
quitó la pipa de la boca.
-¿A quién le compras ahora? -preguntó. -Está muy difícil encontrar algo
-dije-. La mayoría ha desaparecido del mapa. Empezó a hacerme preguntas
sobre qué gente conocía, y mencioné a unos cuantos que ya se habían quitado
de en medio. Pareció satisfecho con tan inútil información. Si andas jugando
con los polis, acaban por darte. Quieren que les cuen tes siempre algo,
aunque no les sirva para nada de nada. Me preguntó si tenía antecedentes,
y le conté lo de la receta de Nueva York. -¿Cuánto te echaron por ese asunto?
-preguntó. -Nada. En Nueva York sólo es falta, no delito. Ley de Salud Pública.
Ley de Salud Pública número 334. creo recordar. -Está de lo más puesto -dijo
el poli viejo. El jefe explicaba al agente que yo parecía tener especial
temor a los tribunales del Estado, y que había llegado a un acuerdo conmigo
para pasar el caso a los federales. -Bueno -dijo el agente-, el capitán
es así. Si le tratas bien, él también te trata bien. Fumó durante un rato.
Estábamos ya en el ferry de Algiers. -Hay dos maneras de hacer las cosas:
fáciles y difíciles -dijo al fin. Cuando llegamos a la casa, el capitán
me cogió por detrás del cinturón. -¿Quién hay ahí aparte de tu mujer? -preguntó.
-Nadie -le dije. Llegamos a la puerta y el tío de la pipa le enseñó a mi
mujer la chapa y le abrió la puerta. Les enseñé medio kilo de yerba que
tenía en casa, y unas pocas dosis de droga. Pero el capitán no quedó satisfecho.
Quería noventa kilos de yerba. -No nos lo estás enseñando todo, Bill -decía-.
Venga, venga, nosotros nos hemos portado bien contigo. Les dije que no tenía
nada más. El de la pipa me miró: -Lo queremos todo -dijo. Sus ojos no querían
nada con mucho interés. Estaba de pie bajo la lámpara. Su cara no había
envejecido solamente, se había desgastado. Tenía la mirada de alguien que
sufre una enfermedad incurable. Les dije: -Ya lo tienen todo.
Miró
hacia el fondo vagamente y comenzó a revolver cajones y armarios. Encontró
algunas cartas viejas y las leyó agachado en cuclillas. Me pregunté por
qué no se sentaría en una silla. Era evidente que no quería estar cómodo
mientras leía el correo de otra persona. Los dos polis de coches robados
empezaban a aburrirse. Finalmente recogieron la yerba, las cápsulas y un
revólver del 38 q ue había en la casa, y nos preparamos para irnos. --Ahora
es propiedad del Tío -dijo el capitán a mi mujer al irnos. Volvimos al distrito
y allí me encerraron. Esta vez me pusieron en una celda diferente. Pat y
McKinney estaban en la celda de al lado. Pat me llamó y me preguntó qué
había pasado. -Está jodido -dije cuando se lo conté. Pat había dado diez
dólares a un abogaducho de fortuna para que le sacase por la mañana. En
mi celda había cuatro desconocidos, tres de ellos adictos. Sólo teníamos
un camastro, que estaba ocupado, de manera que los demás teníamos que estar
de pie o tumbados en el suelo. Yo me tumbé en el suelo junto a un tipo llamado
McCarthy. Le conocía de vista, de la ciudad. Llevaba dentro casi setenta
y dos horas. Y de vez en cuando dejaba escapar un débil gruñido. Una vez
dijo: -¿Estamos en el infierno? Un yonqui funciona con tiempo de droga.
Cuando se corta el suministro de droga, el reloj se retrasa y se para. Lo
único que puede hacer es esperar que comience el tiempo ajeno a la d roga.
Un yonqui enfermo no tiene posibilidad de escapar del tiempo exterior, no
tiene ningún sitio donde ir. Lo único que le queda es esperar. Colé hablaba
de Yokohama. -Todo el caballo y la coca que quieras. Cuan do te metes caballo
y perico juntos puedes hasta oler cómo entra. McCarthy gimió desesperado
desde el suelo. -Por favor -dijo-, no hables de esas cosas. A la mañana
siguiente nos llevaron a declarar. Un chico epiléptico era el primero de
la fila del despacho. Los polis estuvieron un buen rato tomándole el pelo
con su anormalidad. -¿Cuánto tiempo llevas en Nueva Orleans? -Treinta y
cinco días. -¿Y qué has estado haciendo todo ese tiempo? -He estado treinta
y tres en la cárcel. Aquello les pareció gracioso, y siguieron dándole cuerda
otros cinco minutos. Cuando nos llegó el turno, el guardia que atendía la
cola leyó las circunstancias del arresto.
-¿Cuántas veces has estado aquí? -preguntó a Pat. Otro poli se rió y dijo:
-Unas cuarenta. Nos preguntaron a cada uno cuántas veces habíamos sido detenidos
y cuánto tiempo nos habían puesto. Cuando me llegó el turno me preguntaron
qué sentencia había cumplido con lo de la receta de Nueva York. Les dije
que nada, que me habían puesto en libertad condicional. -Muy bien -dijo
el poli encargado del asunto-, ya te pondrán aquí también. De pronto se
organizó un jaleo tremendo fuera del despacho, gritos y ruidos, y pensé
que le estaban dando madera al epiléptico. Pero cuando salí vi que estaba
tirado en el suelo con un ataque y dos detectives trataban de sujetarlo
y hablar con él. Otro salió a buscar un médico. Nos tenían encerrados en
una celda. Un detective gordo que parecía conocer a Pat llegó y se quedó
delante de la puerta. -Ese tío es un psicópata -dijo-. Ahora quiere que
le lleven con su capitán. Un psicópata. He mandado por un médico. Después
de dos horas, más o menos, nos volvieron a llevar al distrito, y allí volvimos
a esperar otro par de horas. Hacia mediodía apareció el policía de la pipa
con otro individuo y se llevaron a un grupo a las oficinas federales. El
poli nuevo era joven y gordito. Mascaba un cigarro. Colé, McCarthy, dos
negros y yo nos apretujamos en el asiento de atrás. El tipo del cigarro
era el que conducía. Se sacó el cigarro y dijo, volviéndose hacia mí: -¿A
qué se dedica usted, señor Lee? -me preguntó cortésmente, con tono de hombre
educado. -Granjero -contesté. El hombre de la pipa se rió. -Maíz con yerba
entre los surcos, ¿eh? -dijo. El del puro meneó la cabeza. -No -dijo-. Entre
el maíz no crece bien. Tiene que plantarse sola. -Se volvió hacia McCarthy,
hablando por encima del hombro-. Te voy a mandar a Angola, al penal -dijo.
-¿Por qué, señor Morton? -preguntó McCarthy. -Porque eres un jodido drogadicto.
-Yo no, señor Morton. -¿Y todas esas señales de aguja? -Es que tengo sífilis,
señor Morton. -Todos los yonquis tenéis sífilis -dijo Morton. Su tono era
frío, condescendiente y divertido a la vez. El de la pipa estaba intentando
sin el menor éxito bromear con uno de los negros. El negro era conocido
por Embrague, y tenía una mano deforme. -Qué, ¿el monito se te sube a la
espalda? -preguntaba el policía de la pipa. -No sé de qué está usted hablando
-dijo Embrague. Fue una frase sin expresión. Sin insolencia. No era adicto
a la droga y se limitaba a decirlo. Aparcaron delante de las oficinas federales
y nos llevaron al cuarto piso. Allí esperamos en una oficina exterior hasta
que nos llamaron a otra interior, de uno en uno, para interrogarnos. Cuan
do me llegó el turno y entré, el tipo del cigarro puro estaba sentado ante
una mesa. Me indicó una silla. -Me llamo Morton -dijo-. Agente federal de
la de estupefacientes. ¿Quiere usted hacer una declaración? Como ya sabe,
tiene derecho constitucional a rehusar. Naturalmente, acusarle sin esa declaración
lleva más tiempo. Dije que haría la declaración. El hombre de la pipa estaba
allí también. -Bill no se siente muy bien hoy -dijo-. A lo mejor un pinchacito
de heroína le sentaría bien. -A lo mejor -dije. Empezó a hacerme preguntas,
algunas tan sin sentido que no podía creer lo que estaba oyendo. Era evidente
que no tenía intuición policíaca. No sabía distinguir lo que era importante
y lo que no lo era. -¿Quiénes son sus contactos en Texas? -No tengo ninguno.
Era la verdad. -¿Quieres que metamos también a tu mujer en la cárcel? Me
sequé el sudor de la cara con un pañuelo y dije: -No. -Bueno, de todas maneras,
va a ir a la cárcel. Usa bencedrina de ésa. Peor que la droga. ¿Estáis casados
por la ley? -Derecho común. -Te he preguntado si estás casado con tu mujer
legalmente. -No. -¿Has estudiado psiquiatría? -¿Qué? -Pregunto si has estudiado
psiquiatría. Había leído una carta de un amigo mío psiquiatra. En realidad
se había llevado todas las cartas viejas que encontró por casa cuando estuvieron
registrando. -No, no he estudiado psiquiatría. Es una afición, nada más.
-Tienes unas aficiones muy raras.
Morton se tumbó hacia atrás en su silla y bostezó. El de la pipa cerró el
puño de pronto y se dio un golpe en el pecho. -Soy un policía, ¿te enteras?
-dijo-. Vaya donde vaya me relaciono con otros policías. Tu negocio son
las drogas, así que lo lógico es que conozcas otra gente que ande en tus
mismos negocios. No nos encontramos con gente como tú una vez al mes, los
tenemos delante todos los días. Tú no estabas solo en este asunto. Tienes
contactos en Nueva York, en Texas y aquí, en Nueva Orleans. Y ahora tenías
algún negocio a punto de salir, alguna cosa que estaba al caer. -Me parece
que será mejor que mandemos al granjero este a cultivar la tierra a Angola,
a no ser que nos pueda dar alguna información -dijo Morton. -¿Y qué hay
de ese negocio de coches robados? -dijo el de la pipa dándome la espalda
y paseando por la habitación. -¿Qué negocio de coches robados? -pregunté
verdaderamente sorprendido. Sólo después de un tiempo recordé que había
una carta de hacía cinco años que contenía una referencia a coches robados.
El poli siguió y siguió. Se enjugaba la frente y recorría la habitación.
Al fin, Morton le interrumpió. -Por lo que veo, señor Lee -dijo-, está usted
dispuesto a admitir su culpabilidad, pero no a involucrar a nadie más, ¿correcto?
-Correcto -dije. Se cambió el cigarro de lado. -Bien -dijo-, eso es todo
por el momento. ¿Cuántos nos quedan ahí fuera? -gritó. Un guardia asomó
la cabeza: -Unos cinco. Morton hizo un gesto de exasperación. -No tenemos
tiempo. Tengo que estar en la Audiencia a la una en punto. Tráigamelos a
todos. Todos los demás entraron y se quedaron de pie frente a la mesa. Morton
ojeó un mazo de papeles. Miró a McCarthy y se volvió hacia un agente joven,
de pelo al cepillo. -¿Hay algo contra él? -preguntó. El agente meneó la
cabeza y sonrió. Levantó un pie y le dijo a McCarthy: -¿Ves este pie? Pues
te lo voy a meter por el gaznate. -Yo no ando con material, señor Morton
-dijo McCarthy-, porque no quiero ir al penal. -¿Y qué hacías en aquella
esquina con todos estos otros yonquis? -Pasaba por allí. Estaba dándole
al Regal, señor Morton. -Se refería a la cerveza Regal, un producto de Nueva
Orleans-. Le pego al Regal siempre que puedo. Mire -sacó unas cuantas tarjetas
de la cartera y las enseñó como si fuera un prestidigitador preparando un
número de cartas; nadie las miró-, trabajo de camarero, aquí tengo el carnet
del sindicato. Puedo entrar en el Roosevelt este fin de semana. Hay una
convención. Es un buen asunto si me dejan ir ustedes. Se acercó a Morton
con la mano tendida. -Déme diez centavos para el autobús, señor Morton.
Morton le puso una moneda en la mano con una palmada. -Lárgate de aquí de
una puñetera vez -dijo. -Te cazaremos la próxima vez -dijeron a coro los
polis. El agente joven de pelo al cepillo se rió. -Apostaría a que bajó
por las escaleras. Morton recogió sus papeles y los metió en un portafolios.
-Lo siento -dijo-, pero no puedo seguir tomando declaraciones hasta esta
tarde. -Ya he llamado al furgón -dijo el individuo de la pipa-. Los llevaremos
al distrito tres y los pondremos a enfriar. En el distrito tres Colé y yo
teníamos celda para nosotros solos. Yo me tumbé en el camastro. Sentía un
dolor crudo en los pulmones. La carencia de droga afecta a la gente de maneras
distintas. La mayor parte sufren sobre todo vómitos y diarrea. Los del tipo
asmático, de pecho estrecho y hundido, suelen tener accesos violentos de
estornudos, flujo de nariz y ojos, y en algunos casos espasmos de los tubos
bronquiales que les impiden respirar. En mi caso, lo peor es la baja de
tensión arterial y la consiguiente pérdida de líquido en el cuerpo, con
una debilidad extrema, como tras un shock. Se siente como si la energía
vital hubiese dejado de fluir y entonces todas las células del cuerpo se
ahogan en una pila de hueso. Estuvimos en el distrito tercero como tres
horas y luego los polis nos metieron en el canguro y nos llevaron a la cárcel
de Parish, no sé por qué razón. El hombre de la pipa se reunió con nosotros
en Parish y nos llevó a la oficina federal. Un burócrata de edad indefinida,
sin rostro, me dijo que era el jefe de la oficina de Nueva Orleans. ¿Quería
hacer una declaración? -Sí -dije-. Escríbala usted y yo la firmaré. No es
que su cara fuera vacía o sin expresión, sino que sencillamente no existía.
Lo único que recuerdo de su cara son las gafas. Llamó a un taquígrafo y
se dispuso a dictar la declaración. Se volvió hacia el tipo de la pipa,
que estaba sen tado en otro escritorio, y le preguntó si había algo especial
que quisiera hacer constar en la declaración. El de la pipa dijo: -Bueno,
no, eso es lo que hay.

La cabeza del burócrata parecía pensar en algo -Un minuto -dijo. Se llevó
al de la pipa a otro despacho. Volvieron después de unos minutos y el burócrata
siguió con la declaración. En la declaración admitía la posesión de la yerba
y la heroína que se habían encontrado en mi casa. Me preguntó cómo había
adquirido la heroína. Dije que había ido al cruce de Exchange y Canal y
contactado a un vendedor callejero. -¿Y qué hizo luego? -Volví a casa. -¿En
su propio coche? Me di cuenta de lo que pretendía, pero no tuve energía
suficiente para decirle: «He cambiado de idea, no quiero hacer ninguna declaración.»
Además, tenía miedo a tener que pasar otro día enfermo en el distrito. Así
que respondí: -Sí. Por fin firmé también una declaración aparte en la que
reconocía que tenía la intención de declararme culpable de los cargos imputados
ante el Tribunal Federal. Me volvieron a llevar al distrito dos. Los agentes
me aseguraron que sería llevado ante el juez a primera hora del día siguiente.
Colé dijo: -Te encontrarás mejor dentro de cinco días. Lo único que te puede
hacer sentir mejor es el tiempo, o un pinchazo. Eso ya lo sabía yo, naturalmente.
Nadie está dispuesto a estar enfermo por falta de droga, a menos que le
metan en la cárcel, o le corten el suministro de alguna otra manera. La
razón de que sea prácticamente imposible cortar el uso y curarse uno solo
estriba en que la enfermedad dura de cinco a ocho días. Doce horas podrían
resistirse con facilidad, veinticuatro sería posible, pero de cinco a ocho
días, es demasiado tiempo. Permanecí tumbado en la estrecha cama de madera,
retorciéndome a un lado y otro. Tenía el cuerp o duro, contraído, tumefacto,
la carne helada en droga descongelándose en agonía. Me puse boca abajo y
una pierna se me escurrió fuera del camastro. Me eché hacia adelante y el
borde redondeado de la madera, pulido y suavizado por el roce de la tela,
se deslizó a lo largo de la entrepierna. Hubo un repentino fluir de sangre
a los genitales bajo ese ínfimo contacto. En mi cabeza, tras los ojos, explotaban
chispas, las piernas se dispararon: el orgasmo del ahorcado cuando se parte
el cuello.
El guardia abrió la puerta de mi celda. -Tu abogado viene a verte, Lee -dijo.
El abogado me miró durante un rato antes de presentarse. Se lo habían recomendado
a mi mujer, y yo no lo había visto nunca antes. El guardia nos guió hacia
un cuarto grande, en el piso de arriba, en el que había bancos. -Ya veo
que no tiene usted muchas ganas de hablar en este momento -empezó el abogado-.
Ya entraremos en detalles más adelante. ¿Ha fir mado usted algo? Le conté
lo de la declaración. -Eso ha sido para coger el coche -dijo-. Es cosa del
Estado. He estado hablando con el fiscal hace una hora, por teléfono, y
le pregunté si se encargaría él del caso. Dijo: «Ni por lo más remoto. Hay
involucrado en esto una posesión ilegal y mi oficina no perseguirá ese caso
bajo ninguna circunstancia.» Creo que podré sacarle a usted y llevarlo al
hospital para que le pongan una inyección -dijo después de una pausa-. El
en cargado de la oficina que está ahora es un buen amigo mío. Bajaré a hablar
con él. El guardia me llevó de vuelta a mi celda. A los pocos minutos abrió
la puerta de nuevo y dijo: -Lee, ¿quieres ir al hospital? Dos polis me llevaron
al hospital de la Caridad, en el canguro. La enfermera de recepción quiso
saber qué enfermedad tenía. -Caso de emergencia -dijo uno de los polis-.
Se cayó por una ventana. El guardia se fue hacia adentro y volvió con un
médico joven, macizo, de pelo canoso y gafas con montura de oro. Hizo unas
cuantas preguntas y me miró los brazos. Otro médico de nariz grande y brazos
velludos se acercó a poner su granito de arena. -Después de todo, doctor
-dijo a su colega-, es una cuestión moral. Este nombre debía haber sabido
todo esto antes de usar drogas. -Sí, es una cuestión moral, pero también
es una cuestión médica. Este hombre está enfermo. Se volvió a una enfermera
y le pidió una dosis de morfina. De vuelta al distrito, en el furgón traqueteante,
sentía la morfina extenderse por mis células. Mi estómago se movía y gruñía.
Un pinchazo cuando uno está muy enfermo siempre empieza por hacer moverse
el estómago. La fuerza normal regresaba a todos mis músculos. Tenía hambre
y sueño. Hacia las once de la mañana siguiente, apareció un fiador para
que firmara la fianza. Tenía el mismo aspecto embalsamado de todos los fiadores,
como si le hubiesen inyectado parafina debajo de la piel. Tige, mi abogado,
apareció a las doce, para sacarme. Había arreglado las cosas para que fuese
directamente a un sanatorio a hacer una cura. Me dijo que la cura era imprescindible
desde un punto de vista legal. Fuimos hasta el sanatorio en un coche de
la policía, con dos detectives. Esto formaba parte del plan del abogado,
en el que los detectives tenían el papel de testigos eventuales. Al detenernos
delante del sanatorio, el abogado se sacó unos cuantos billetes del bolsillo
y se dirigió a uno de los polis. -Juégamelo a ese caballo, ¿quieres? -dijo.
Los ojos de sapo del detective reventaban de indignación. No hizo ademán
alguno de tomar el dinero. -No voy a jugar ningún dinero a ningún caballo
-dijo. El abogado se rió y dejó el dinero sobre el asiento del coche. -Mac
lo hará -dijo. Esta aparente falta de tacto para sobornar a los polis delante
de mí era deliberada. Cuando le preguntasen luego por qué lo había hecho
les diría. «Pero, hombre, si ese chico estaba demasiado enfermo para enterarse
de nada.» Y así si los detectives eran convocados como testigos, dirían
que yo parecía estar en muy malas condiciones. El abogado quería testigos
que firmasen que yo estaba en muy malas condiciones cuando firmé mi declaración.
Un recepcionista recogió mi ropa y me senté sobre la cama esperando que
me dieran un pinchazo. Mi mujer vino a verme y me contó que los de la clínica
no tenían ni idea de drogas ni de drogados. -Cuando les dije que estabas
enfermo, me dijeron: «¿Qué le pasa?», y les dije que estabas enfermo y necesitabas
una inyección de morfina y me dijeron que habían creído que se trataba de
un caso de adicción a la marijuana. -¡Adicción a la marijuana! -dije-. ¿Y
eso qué coño es? Averigua qué piensan darme -le dije-. Necesito una cura
de reducción. Si no piensan hacerme eso, sácame de aquí inmediatamente.
Volvió al poco rato y me contó que por fin había encontrado un médico, por
teléfono, que parecía saber de qué iba la cosa. Era el médico del abogado,
que no pertenecía al sanatorio. -Pareció sorprendido cuando le dije que
no te habían dado nada. Dijo que llamaría en seguida al hospital para procurar
que se ocupasen de ti como debe ser. Pocos minutos después llegó una enfermera
con una jeringa. Era demerol. El demerol ayuda algo, pero no es ni remotamente
tan efectivo como la codeína para aliviar la carencia de droga.
Por la noche vino un doctor a hacerme un examen físico. Mi sangre estaba
espesa y concentrada debido a la pérdida de fluido corporal. En las cuarenta
y ocho horas que había estado sin droga había adelgazado cinco kilos. El
doctor tardó veinte minutos en poder sacarme un tubo de sangre para hacer
un análisis, porque la sangre estaba tan espesa que tupía la aguja constantemente.
A las nueve de la noche me pusieron otra dosis de demerol. No me hizo ningún
efecto. Generalmente el tercer día y la tercera noche de carencia son los
peores. Después del tercer día, la enfermedad empieza a remitir. Sentía
una quemadura fría por toda la superficie del cuerpo, como si la piel fuera
una colmena compacta. Parecía que millares de hormigas se arrastrasen bajo
mi piel. Es posible distanciarse uno mismo de la mayoría de los dolores
-muelas, ojos y genitales presentan las mayores dificultades- de forma que
el dolor sea experimentado como una excitación neutra. Pero de la carencia
de droga no parece haber escapatoria alguna. La carencia de droga es el
opuesto al impulso de la droga. El impuesto de droga es que es preciso tenerla.
Los yonquis funcionan en tiempo de droga y con metabolismo de droga. Están
sujetos al clima de la droga. Son calentados y enfriados por la droga. El
impulso de la droga es vivir bajo condiciones de droga. No se puede escapar
de la enfermedad de la droga igual que no se puede escapar al efecto de
la droga después de un pinchazo. Me encontraba demasiado enfermo para levantarme
de la cama. No podía permanecer en calma. Bajo la enfermedad de la droga,
cualquier línea de acción o inacción concebibles, parecen intolerables.
Un hombre puede morir simplemente porque no puede resistir la idea de permanecer
dentro de su cuerpo. A las seis de la mañana me dieron otro pinchazo, que
pareció hacerme un poco de efecto. Luego me enteré de que no era de demerol.
Incluso fui capaz de tomar un poco de café y una tostada. Cuando más tarde
llegó a verme mi mujer, me contó que estaban ensayando un nuevo tratamiento
conmigo. Este tratamiento había comenzado con la inyección de la mañana.
-Noté la diferencia. Creí que lo de esta mañana era M. -Hablé con el doctor
Moore por teléfono. Me dijo que es la medicina maravillosa que buscaban
para el tratamiento de la adicción. Elimina los síntomas de carencia sin
formar de nuevo hábito. No es estupefaciente, es un antihistamínico. Creo
que la llamó Theforin. -Es decir, que los síntomas de carencia serían una
reacción de tipo alérgico. -Eso dice el doctor Moore. El médico que recomendó
el tratamiento era el de mi abogado. No pertenecía al sanatorio ni era psiquiatra.
A los dos días pude hacer una comida completa. Las inyecciones del antihistamínico
duraban de tres a cinco horas, y entonces volvía el malestar. Los pinchazos
eran como si fuera droga.
Cuando me levanté y empezaba a pasear, vino a hablar conmigo un psiquiatra.
Era muy alto. Tenía las piernas largas y un cuerpo pesado en forma de pera
con el lado estrecho hacia arriba. Sonreía al hablar y tenía voz de plañidera.
No era afeminado. Sencillamente no tenía nada de lo que, sea lo que sea,
hace de un hombre un hombre. Era el doctor Fredericks, jefe psiquiátrico
del hospital. Me hizo la pregunta que hacen todos: -¿Por qué siente usted
necesidad de tomar drogas, señor Lee? Cuando se oye esta pregunta se puede
estar completamente seguro de que quien la hace no sabe absolutamente nada
de drogas. -Las necesito para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme
y para tomar el desayuno. -Quiero decir físicamente. Me encogí de hombros.
Lo mejor sería darle el diagnóstico que quería, para que se fuera: -Me causa
placer. La droga no causa placer. La cuestión para un adicto es que la droga
causa adicción. Nadie sabe lo que es la droga hasta que se siente enfermo
por falta de ella. El doctor asintió. Personalidad psicótica. Se levantó.
Sin transición cambió de cara y arboló una sonrisa obviamente dirigida a
mostrar su comprensión y diluir mi reticencia. La sonrisa se borró y se
transformó en una mueca lúbrica y demente. Se inclinó hacia adelante y colocó
su sonrisa junto a mi cara. -¿Su vida sexual es satisfactoria? -preguntó-.
¿Sus relaciones sexuales con su mujer son satisfactorias? -Oh, sí .-respondí-.
Cuando no estoy drogado. Se enderezó. No le había gustado mi respuesta en
absoluto. -Muy bien, ya volveré a visitarle. Enrojeció y se fue hacia la
puerta. Me había parecido un farsante cuando entró en la habitación -era
evidente que montaba su número de seguridad en sí mismo para él y para los
demás-, pero esperaba que hubiera sido más duro y profundo. El doctor explicó
a mi mujer que mis perspectivas eran muy malas. Mi actitud ante la droga
era «bueno, ¿y qué?». Podía preverse una recaída a causa de mis determinantes
psíquicas, que continuaban siendo operativas. No podía hacer nada por mí
si yo no cooperaba con él voluntariamente. Si tenía mi cooperación, podría,
al parecer, desarmar mi psique y volver a armarla en ocho días. Los demás
pacientes eran de lo más estrecho y triste. No había ningún otro yonqui.
El único paciente de mi pabellón que sabía de qué iba era un borracho que
llegó con la mandíbula rota y varias heridas más en la cara. Me dijo que
los hospitales públicos le habían rechazado. En el de Caridad le dijeron:
-Largo de aquí, está usted manchándolo todo de sangre. De modo que se vino
al sanatorio, donde ya había estado antes y sabían que era un buen pagador.
Los demás eran un puñado de gente sin interés, hundidos. Del tipo que les
gusta a los psiquiatras. Del tipo al que el doctor Fredericks puede impresionar.
Había un hombre pálido, delgado, de carne sin sangre, casi transparente.
Parecía un lagarto frío y debilitado. Se quejaba de los nervios y se pasaba
la mayor parte del día vagabundeando por los pasillos, arriba y abajo, diciendo:
-Dios mío, Dios mío, ni siquiera me siento humano. Era un personaje que
no tenía siquiera la concentración necesaria para mantenerse entero y su
organismo estaba siempre a punto de desintegrarse, de quedarse en piezas
separadas. La mayoría de los pacientes eran viejos. Miraban a uno con la
mirada de vaca moribunda, confundidos, resentidos, estúpidos. Había unos
pocos que nunca salían de su habitación. Un joven esquizofrénico llevaba
las manos atadas delante con una venda, para que no molestara a los demás
pacientes. Un sitio deprimente para gente deprimente. Empezaba a notar cada
vez menos las inyecciones y a los ocho días empecé a pasar sin ellas. Cuando
pude estar veinticuatro horas sin pinchazo, decidí que era hora de marcharse.
Mi mujer fue a ver al doctor Fredericks y lo encontró en el pasillo, delante
de su despacho. Le dijo que debía quedarme otros cuatro o cinco días. -El
todavía no lo sabe -dijo el doctor-, pero de ahora en adelante se le quitarán
las inyecciones. -Ya lleva veinticuatro horas sin inyecciones -le dijo mi
mujer. El doctor enrojeció vivamente. Cuando pudo hablar, dijo: -De todas
formas, puede tener síntomas de carencia todavía. -No parece muy probable
después de diez días, ¿no? -Pero pudiera ser -dijo el doctor. Y se alejó
antes de que ella le pudiera responder algo. -¡Que se vaya al cuerno! -le
dije-. No necesitamos su testimonio. Tige quiere que este doctor testifique
sobre mi estado de salud. No quiero ni pensar lo que este payaso podría
decir ante el tribunal. El doctor Fredericks tuvo que firmar mi alta de
la clínica. Permaneció en su despacho y una enfermera le llevó el papel
para que lo firmase allí. Naturalmente, puso: «Alta voluntaria contra prescripción
facultativa.»
ONCE
Eran las cinco de la tarde cuando salimos del hospital y
tomamos un taxi hacia la calle Canal. Me metí en un bar y me tomé cuatro
whiskies con soda y me pegaron un buen coloque, agradable. Estaba curado.
Cuando atravesé el porche de mi casa y abrí la puerta, tuve la sensación
de que regresaba de una larga ausencia. Regresaba al mismo punto del tiempo
que había dejado, un año atrás, cuando me pegué el primer «chute de homenaje»
con Pat. Cuando una cura de droga es completa, se encuentra uno bien, por
lo general, unos pocos días. Se puede beber, se puede tener hambre auténtica
y experimentar placer comiendo, y el deseo sexual vuelve a uno. Todo parece
distinto, más nítido. Después, se pega con el primer obstáculo. Todo es
un esfuerzo: vestirse, levantarse de una silla, levantar un tenedor. No
quiere uno hacer nada ni ir a ningún sitio. No se quiere ni siquiera droga.
El ansia de droga ha desaparecido, pero no hay nada en lugar de ella. Es
preciso sentarse y esperar que pase ese período. U olvidarse de ello trabajando.
El trabajo del campo es la mejor cura. Pat apareció por allí en cuanto se
enteró de que había salido. ¿Qué, un toquecito? Uno sólo no hace daño a
nadie. Podía obtener un buen precio por diez o más. Dije que no. No hace
falta fuerza de voluntad para decir que no a la droga cuando se está limpio.
No apetece. Además me iban a juzgar en el Estado, y en el Estado las condenas
de droga se acumulan como las de cualquier otro delito. Do s condenas por
droga te pueden poner fácil en los siete años, o te pueden juzgar por una
en el Estado y por la otra en el Federal y así cuando sales de la trena
del Estado tienes a los federales esperándote a la puerta. Y si cumples
primero la federal, pues los del Estado son los que te están esperando al
salir del talego federal. Yo estaba seguro de tener a la bofia detrás de
mí por el follón que habían organizado haciéndose pasar por federales y
yendo a registrar mi casa sin mandato judicial. Tenía manos libres para
montar mi historia de lo que había pasado, puesto que no había ninguna declaración
mía firmada que me obligase. Los del Estado no podían presentar la declaración
que me habían hecho firmar para los federales sin sacar a la luz el arreglo
que había hecho conmigo aquel artista del juego limpio que había resultado
el capitán gordo. Pero como pudieran conseguir algo nuevo contra mí, irían
sobre seguro.
Generalmente un yonqui va directamente en busca de un contacto en cuanto
sale del lugar de confinamiento que sea. La bofia estaría esperando que
yo hiciera eso y seguro que vigilaban a Pat. De manera que le dije a Pat
que iba a quedarme tranquilo hasta que se resolviera del todo el asunto.
Se llevó dos dólares prestados y se fue. Unos días después estaba tomándome
una copa en los bares de la zona de Canal. Cuando un yonqui se emborracha,
hay un cierto punto en el que su pensamiento se vuelve hacia la droga. Me
fui al lavabo de uno de los bares y vi una cartera sobre el soporte del
papel higiénico. Es una sensación de sueño encontrar dinero. Abrí la cartera
y cogí uno de veinte, otro de diez y otro de cinco. Decidí ir a otro bar
para utilizar el lavabo de verdad y me marché dejando un martini entero.
Subí a la habitación de Pat. Pat abrió la puerta y dijo: -Hola, muchacho,
me alegro de verte. Había otro hombre sentado en la cama que se volvió hacia
la puerta cuando entré. -Hola, Bill -dijo. Le estuve mirando más de tres
segundos hasta que reconocí a Dupré. Parecía más viejo y más joven. Sus
ojos ya no estaban mortecinos y había adelgazado diez kilos. Se le retorcía
la cara a intervalos regulares como una materia muerta que estuviese volviendo
a la vida, todavía brusca y mecánica. Cuando se estaba llenando de droga,
Dupré parecía muerto y anónimo, tanto que no se le podría distinguir entre
un grupo de gente, o reconocerlo de lejos. Ahora su imagen resultaba limpia
y precisa. Si alguien que fuera andando de prisa por una calle repleta de
gente se cruzase ahora con Dupré, su cara se le quedaría grabada en la memoria,
como en el juego de manos en que el prestidigitador pasa las cartas rápidamente
diciendo «elija una carta, cualquier carta», y hace qué sea una precisamente
la que te queda en las manos. Cuando se estaba llenando de droga, Dupré
era muy callado. Ahora exultaba. Me dijo que había llegado a meter tanto
la mano en el cajón que le echaron. Y ahora no tenía dinero para drogas.
No podía reunir ni siquiera lo suficiente para pagarse un poco de jarabe
o unas pastillas para ir tirando. Hablaba y hablaba y hablaba. -Antes era
así. Antes de la guerra todos los polis me conocían. Estuve no sé cuántas
setenta y dos horas en el tres. Entonces era en el uno. Bueno, vosotros
ya sabéis lo que es cuando se empieza a estar sin material. -Se señaló lo
s genitales apuntando con el dedo y después la mano palma arriba-. Te corres
en los pantalones directamen te. Me acuerdo de una vez que estábamos dentro
Larry y yo. Tú le conoces, ese chico, Larry. Hace no mucho andaba vendiendo.
Le dije: «Oye, Larry, tienes que hacerme un favor.» Se bajó los pantalones.
Sabes que tenía que hacerlo por mí.
Pat se estaba buscando una vena. Frunció los labios desaprobando. -Habláis
como unos degenerados. -¿Qué pasa, Pat? -le dije-. ¿No puedes pinchar? -No
-dijo. Puso el torniquete más abajo, en la muñeca, para pinchar una vena
de la mano. Más tarde fui hasta el despacho de mi abogado para hablar de
mi caso y preguntarle si podía irme del Estado, al valle de Río Grande,
en Texas, donde tenía una granja de mi propiedad. -En esta ciudad estás
más quemado que un tizón -me dijo Tige-. Tengo permiso del juez para que
salgas del Estado. Puedes irte a Texas cuando quieras. -Es posible que haga
un viaje a México -dije-. ¿Puedo ir? -Mientras estés aquí de vuelta para
el juicio, no hay nada que te lo impida. Otro cliente mío se fue a Venezuela
y, que yo sepa, todavía sigue allí. No volvió. Tige era un tipo difícil
de entender. ¿Quería decirme que no volviera? Cuando parecía que se comportaba
despreocupadamente o sin hacer nada importante, siempre estaba siguiendo
un plan. Algunos de sus planes eran muy a largo plazo. Muchas veces elaboraba
un plan, veía que no iba a ninguna parte y lo abandonaba. A pesar de ser
un hombre inteligente, tenía algunas ideas increíblemente tontas. Por ejemplo,
cuando le dije que había estudiado medicina en Viena (seis meses) contestó:
-Estupendo. Entonces vamos a decir eso. Que tú, como has estudiado medicina,
confiabas en que tus conocimientos médicos te permitirían curarte a ti mismo,
y que precisamente con intención de curarte compraste las drogas que encontraron
en tu poder. Pensé que eso era demasiado gordo para que nadie se lo tragase.
-No me parece buena idea ir de demasiado culto. A los jurados no les gusta
la gente que estudia en Europa. -Bueno, podrías salir con la corbata floja
y poner un fuerte acento del sur. Podía verme ya como un campesino de pega
con acento del sur sonando a falso. Renuncié a tratar de ser un personaje
de hacía veinte años. Le dije que ese tipo de números no iban conmigo, y
nunca volvió a mencionar esa idea. El derecho penal es una de las pocas
profesiones en las que el cliente trata de adquirir la suerte de otra persona.
La suerte de la mayoría es estrictamente intransferible. Pero un buen abogado
criminalista puede vender suerte a un cliente, y cuanta más venda más tiene
para vender. Dejé Nueva Orleans unos días más tarde y fui al valle de Río
Grande. El Río Grande baja hacia el Golfo de México, en Bronswsville. A
70 millas río arriba de Bronswsville está Misión. El valle que va desde
Bronswsville a Misión es una franja de tierra de 100 kilómetros de largo
por 35 de ancho, regada por el Río Grande. Antes de que pusieran regadío,
allí.no crecía nada más que mescal y cactus. Ahora es uno de los terrenos
de cultivo más ricos de los Estados Unidos. Todas las peores cosas de América
se han ido depositando en el valle, se han concentrado allí. No hay un solo
buen restaurante en toda la zona. La situación alimenticia sólo puede ser
tolerada por gente que no paladea lo que come. En el valle los restaurantes
no los llevan cocineros ni restau radores. Los abre alguien que decide que
«la gente siempre tiene que comer» y que un restaurante es «buen negocio».
Y pone un local con una gran fachada de cristal para que la gente vea el
interior, y muchas molduras cromadas. La comida es comida mala de restaurante
malo. Así que el nuevo se sienta en su restaurante y contempla a sus clientes
con ojos de sorpresa y resentimiento. De todas maneras no tenía mucha intención
de llevar un restaurante ahora, ni siquiera para ganar dinero. Cuando llegué
al valle estaba todavía en la etapa de postcura. No tenía apetito ni energía.
Lo único que quería era dormir y dormir, de doce a catorce horas al día.
De vez en cuando compraba un frasco de jarabe, me lo bebía con dos pastillas
y me encontraba bien unas cuantas horas. Para comprar ese jarabe, el elixir
paregórico, hay que firmar, y yo no quería quemarme demasiado en las boticas.
Sólo se puede comprar jarabe con una frecuencia determinada, para que el
boticario no se avive. Si no, te cierra la puerta o te sube el precio. A
principios de octubre recibí una carta de la agencia de fianzas en la que
me decían que mi juicio saldría dentro de cuatro días. Llamé a Tiger y me
dijo: «No hagas caso. Pediré un aplazamiento.» A los pocos días recibí una
carta de Tige diciendo que había conseguido un aplazamiento de tres semanas,
pero que no creía que pudiera retrasar el juicio otra vez más. Le llamé
por teléfono y le dije que iba a hacer un viaje a México. Me dijo: -Estupendo,
magnífico. Diviértete lo más que puedas tres semanas y estáte aquí de vuelta
para el juicio. Le pregunté qué posibilidades había de obtener otro aplazamiento.
Me dijo: -La verdad, no muchas. No hay nada que hacer con este juez. Tiene
una úlcera que le da la lata. Decidí hacer lo necesario para quedarme en
México en cuanto llegase allí.
DOCE
Tan pronto como estuve en México, empecé a buscar drogas.
O por lo menos tuve siempre inten ción de hacerlo. Como ya dije antes, huelo
los barrios donde hay droga. La primera noche iba paseando por la calle
Dolores y vi un grupo de yonquis delante de un tugurio chino, el Exquisito
Chop Suey. Los chinos son difíciles de calar. Sólo hacen negocios con otro
chino. De manera que pensé que tratar de conseguir algo de aquellos individuos
era perder el tiempo. Un día iba yo por San Juan de Letrán y pasé junto
a una cafetería que tenía una fila de azulejos de colores alrededor de la
puerta de entrada, y el suelo de los mismos azulejos. La cafetería era de
un inconfundible estilo Próximo Oriente. Al pasar alguien salió de la cafetería.
Era un tipo de los que sólo existen dentro de los límites de un ambiente
de droga. Lo mismo que un geólogo que busca petróleo se guía por ciertas
apariencias de las rocas, hay algunos signos especiales que indican la proximidad
de la droga. La droga se encuentra a menudo junto a los barrios ambiguos
o de transición: en el 14 Este cerca de la Tercera en Nueva York; Poydras
y St. Charles en Nueva Orleans; San Juan de Letrán en México. Tiendas que
venden piernas ortopédicas, pelucas, mecánicos dentales, fabricantes al
por menor de perfumes, pomadas, novedades, esencias, aceites. Un punto en
el que los negocios dudosos se cruzan con los barrios chinos. Hay un tipo
determinado de personas que se ve ocasionalmente por estos vecindarios que
tiene conexión con la droga aunque no es ni un adicto, ni un vendedor. Pero
en cuanto se le ve, la aguja del indicador se mueve, la horquilla se dobla.
La droga está cerca. Su lugar de origen es el Próximo Oriente, probablemente
Egipto. Tiene nariz recta y ancha. Los labios finos y amoratados. La piel
de la cara tirante y suave. Es básicamente obsceno más allá de cualquier
acto o práctica viles. Lleva la señal de un cierto comercio u ocupación
que ya no existe. Si la droga desapareciese de la tierra, seguiría habiendo
yonquis vagando por los barrios de la droga, sintiendo el fantasma pálido,
vago, persistente de la carencia, de la enfermedad de la droga. Esta clase
de individuos andan por los lugares en los que en otro tiempo ejercieron
su anticuado e innombrable comercio. Inmutables. Sus ojos negros tienen
la calma de un insecto ciego. Parece como si se alimentase de la miel y
los jarabes del Levante que va absorbiendo a través de su trompa. ¿Cuál
es esa actividad ya perdida? Sin duda alguna cualquier tipo de servidumbre
que tuviera que ver con la muerte, aunque no un embalsamador. Quizá almacene
en su cuerpo algo -una sustancia para prolongar la vida- que sus amos puedan
extraerle periódicamente, ordeñar. Está especializado en realizar, como
un insecto, alguna función de inconcebible vileza. Visto desde fuera, el
bar Chimu se parece a cualquier otra cantina, pero nada más entrar sabes
que estás en un bar de maricas. Pedí una copa en la barra y miré alrededor.
Tres maricas mexicanos hacían posturas delante de la máquina de discos.
Uno de ellos se deslizó hacia donde yo estaba, con gestos estilizados como
una bailarina de un templo y me pidió un cigarrillo. Había algo arcaico
en aquellos movimientos estilizados, una gracia de animal depravado, bello
y repulsivo a la vez. Le veía moverse a la luz de fuegos de campamento,
gestos ambiguos que se difuminaban en la oscuridad. La homosexualidad es
tan antigua como la especie humana. Uno de los maricones estaba sentado
ante una mesa junto al tocadiscos, absolutamente inmóvil y con la serenidad
de un animal estúpido. Me volví para ver más de cerca al chico que se había
aproximado. No estaba mal. Le pregunté: -¿Por qué triste? No era una gran
frase, pero no estaba allí para charlar. El chico sonrió dejando ver unas
encías muy rojas y unos dientes agudos y muy separados. Se encogió de hombros
y dijo algo de que no estaba triste o no lo estaba especialmente. Eché una
mirada al salón. -Vámonos a otro lugar -dije. El chico asintió. Bajamos
por la calle hasta un restaurante abierto toda la noche, y nos sentamos
en una mesa. El muchacho puso su mano sobre mi pierna bajo la mesa. Sentí
que el estómago se me anudaba con la excitación. Me tomé el café de un trago
y esperé impaciente a que el chico se terminase la cerveza y fumase un cigarrillo.
El chico conocía un hotel. Pasé cinco pesos a través de la reja. Un viejo
abrió la puerta de una habitación y dejó caer una toalla andrajosa sobre
la silla. -¿Llevas pistola? -preguntó el muchacho. Estaba seguro de que
me la había visto. Dije que sí. Doblé los pantalones y los coloqué sobre
una silla. Puse encima de ellos la pistola. Y puse la camisa y los calzoncillos
encima. El chico doblaba su traje azul ya gastado con mucho cuidado. Se
quitó la camisa y la colocó sobre la chaqueta en el respaldo de una silla.
Tenía la piel suave y del color del cobre. Se acercó y se sentó junto a
mí en la cama. Más tarde nos fumamos un cigarrillo, nuestros hombros se
tocaban bajo la manta. El chico dijo que tenía que irse. Nos vestimos los
dos. Me pregunté si esperaría que le diera dinero. Decidí que no. Ya fuera,
nos separamos en una esquina, nos dimos la mano. En México no hay más que
un vendedor: Lupita. Lleva veinte años en el negocio. Empezó con un grano
de droga y sobre ese grano levantó el monopolio del negocio de la droga
en Ciudad de México. Lupita pesa ciento treinta kilos y decidió empezar
a usar droga, para adelgazar, pero sólo le adelgazó la cara y el resultado
no es demasiado positivo. Cada mes, poco más o menos, contrata un nuevo
amante, le regala camisas, trajes y relojes de pulsera y luego, en cuanto
tiene bastante, le da pasaporte. Lupita paga para operar abiertamente, como
si tuviese una tienda de ultramarinos. No tiene que preocuparse de los chivatos
porque hasta el último pasmarote del Distrito Federal sabe que vende droga.
Tiene preparados utensilios guardados en frascos con alcohol para que los
yonquis lleguen a su tugurio, se pinchen allí mismo y salgan limpios de
polvo y paja. Cuando un poli necesita dinero para tomarse una cerveza, va
hasta el negocio de Lupita y espera que salga alguno, con la esperanza de
que lleve encima una papelina. Por diez pesos, el guardia le deja marcharse.
Por veinte, hasta le devuelve la droga. De vez en cuando un ciudadano mal
aconsejado empieza a vender papelinas de mejor calidad a mejor precio, pero
no dura mucho. Lupita tiene una oferta permanente: diez pápelas gratis a
cualquiera que le avise de cualquier otro vendedor en el Distrito Federal.
Entonces, Lupita llama a uno de sus amigos de la Brigada de Estupefacientes
y se llevan detenido al vendedor. Lupita también hace de perista. Si alguno
da un buen golpe, lanza sus tentáculos para s aber quién o quiénes están
en el asunto. Los ladrones le venden al precio que ella marca porque si
no se chiva a la bofia. Se sabe todo lo que pasa en los bajos fondos hampones
de la Ciudad de México. Allí sentada, repartiendo sobrecitos como una diosa
azteca. Lupita vende su material por papelinas. Se supone que es heroína.
En realidad es pantopón cortado con azúcar, leche en polvo o cualquier otra
porquería que al final parece arena y se queda en la cuchara sin disolver
después de cocerla. Empecé a comprar las pápelas de Lupita por medio de
Ike, un antiguo yonqui que me encontré. Ya llevaba tres meses sin nada entonces,
y en sólo tres días volví a estar colgado. Cuando mi mujer se dio cuenta
de que estaba volviendo a adiccionarme, hizo algo que nunca había hecho
antes. Estaba yo cociendo un pinchazo a los dos días de haberme conectado
con el viejo Ike, cuando mi mujer agarró la cuchara y tiró la droga al suelo.
Le crucé la cara dos veces y se tiró sobre la cama, sollozando. Luego se
volvió y me dijo: -¿Es que no quieres hacer nada de nada? En cuanto estás
colgado sabes lo aburrido que eres. Es como si se fuera la luz. Oh, bueno,
haz lo que te dé la gana. Estoy segura de que de todas maneras tienes más
escondida. Tenía más escondida. Las papelinas de Lupita costaban quince
pesos cada una. Eran como la mitad de fuertes de una cápsula de dos dólares,
el mismo precio, en los Estados Unidos. Si se está colgado se necesitan
como mínimo dos pápelas de ésas para fijarse, justo para fijarse y nada
más. Para colocarse de verdad harían falta cuatro. Me pareció un precio
abusivo, teniendo en cuenta que en México todo era más barato y yo creía
que me iba a encontrar la droga a precio de saldo. Y aquí estaba, pagando
el doble por un material de peor calidad que en casa. Ike me dijo: -Tiene
que cobrar muy caro porque tiene que comprar a la bofia. Así que pregunté
a Ike: -¿Y cómo anda la cosa de recetas? Me dijo que los matasanos solamente
podían recetar morfina en solución. La cantidad más alta que podían poner
en una receta eran quince centigramos, más o menos dos granos y medio. Decidí
que saldría mucho más barato que lo de Lupita, y empezamos a atacar a los
matasanos. Localizamos a unos cuantos que estaban dispuestos a hacer una
receta por cinco pesos, y con cinco más nos la despacharían. Los matasanos
mexicanos no son como los de Estados Unidos. Nunca te montan el número del
profesional. El que está dispuesto a firmarte, te firma sin que le tengas
que colocar ningún rollo. En Ciudad de México hay tantos médicos que cantidad
de ellos no sacan ni para comer. Conozco unos cuantos que se morirían de
hambre si no vendieran recetas de morfina. Yo pagaba la droga de Ike y la
mía, y eso era mucho dinero. Pregunté a Ike qué tal estaba lo de vender
en Ciudad de México . Dijo que era imposible. -No durarías ni una semana.
Seguro que conseguirías un montón de clientes dispuestos a pagarte quince
pesos por un pinchazo de morfa de la buena, como la que nos dan con las
recetas. Pero en cuanto estén sin dinero y se despierten enfermos se irán
corriendo a Lupita y se lo contarán a cambio de unas cuantas pápelas. O
si los trinca la bofia hablarán como cotorras. A algunos no tendrán ni que
preguntarles. Dirán inmediatamente: «Suélteme y le cuento quién anda vendiendo
droga.» Y la bofia te lo manda a comprarte un chute con dinero marcado y
ya está. Te jodes sobre la marcha. Son ocho años por vender material, y
no se admite fianza. Ya han venido a verme algunos: «Ike, sabemos que estás
sacando recetas. Toma cincuenta pesos y consígueme una a mí.» A veces traen
relojes buenos o trajes. Yo les digo que lo he dejado. Claro que se pueden
sacar doscientos pesos al día, pero no duraría ni una semana. -¿Y no se
podrían encontrar cinco o seis buenos clientes? -Me conozco hasta el último
pasado de México. Y no me fiaría de ninguno de ellos. De nin guno. Al principio
nos despachaban las recetas sin demasiados problemas. Pero a las pocas semanas
las recetas se acumulaban en las farmacias en las que despachaban M y empezaron
a no querer darnos más. Parecía que no iba a haber más remedio que volver
a Lupita. Una o dos veces nos quedamos secos y tuvimos que comprarle a ella.
La morfina de las farmacias era buena y había subido nuestra dosis, y necesitábamos
dos papelinas de quince pesos de los de Lupita para estar bien. Y treinta
pesos por pinchazo era bastante más de lo que yo podía pagar. Tuve que dejarlo,
reducir la cantidad hasta poder pasar con dos sobres de Lupita al día. Y
si no, encontrar otra fuente de aprovisionamiento. Uno de los médicos que
hacía las recetas sugirió a Ike que solicitara un permiso del gobierno.
Ike me explicó que el gobierno mexicano daba permisos a los drogadictos
para suministrarles una cantidad determinada de morfina a precio de coste.
El doctor hacía una solicitud para Ike por cien pesos. Le dije: «Adelante.
Apúntate», y le di el dinero. No tenía muchas esperanzas de que el asunto
funcionase, pero funcionó. Diez días más tarde tenía un permiso del gobierno
para comprar quince gramos de morfina al mes. El permiso tenía que ir firmado
por el médico particular y por el jefe del Consejo de Sanidad. Luego se
iba con él a una botica y te lo servían. El precio andaba por los dos dólares
el grano. Me acuerdo de la primera vez que le despacharon el permiso. Una
caja entera de tacos de morfina. El sueño de un yonqui. Nunca había visto
tanta morfina junta en mi vida. Puse el dinero, y nos repartimos la mercancía.
Siete gramos al mes me permitían ponerme unos tres granos al día, más de
lo que nunca había tenido en los Estados Unidos. Y así me vi provisto de
droga abundante por treinta dólares al mes, cuando en los Estados Unidos
pagaba trescientos al mes. En todo ese tiempo no entré en contacto con ninguno
de los otros yonquis de México. La mayoría de ellos conseguía el dinero
para su droga robando. Resultaban peligrosos. Eran todos soplones. Ni uno
sólo de ellos resultaba seguro, ni para fiarle el precio de una papelina.
Nada bueno puede sacarse andando con personajes así. Ike no robaba. Se las
arreglaba vendiendo pulseras y medallas que parecían plata. Tenía que ganarles
por la mano a sus clientes porque su plata falsa se ponía negra en cuestión
de horas. Una o dos veces le detuvieron, acusado de fraude, pero yo lo sacaba
pagando. Le dije que se buscara otro cuento que fuese absolutamente legal,
y empezó a vender crucifijos. Ike había sido mechero en los Estados Unidos
y decía que había llegado a sacarse más de cien dólares al día en Chicago,
con una maleta de muelle en la que iba metiendo los trajes. Uno de los laterales
de la maleta se cerraba y abría con un muelle. Todo lo que sacaba se lo
gastaba en coca y M. Pero en México Ike no quería robar. Decía que hasta
los mejores ladrones se pasaban la mayor parte del tiempo a la sombra. En
México los delincuentes conocidos pueden ser enviados a la prisión de las
Tres Marías sin juicio. No existen los ladrones de clase media, de camisa
y corbata que se las apañan bien, como en los Estados Unidos. Hay grandes
negocios con influencias entre los políticos, y desharrapados que se pasan
media vida en la cárcel. Los de los grandes negocios suelen ser jefes de
policía y altos funcionarios. Ese es el panorama de México, e Ike no tenía
influen cias para trabajárselo. Un yonqui al que yo veía de vez en cuando
era un yucateca de piel oscura al que Ike llamaba «el hijoputa negro». El
Hijoputa Negro se trabajaba el negocio de los crucifijos. En realidad era
muy religioso, y todos los años iba de peregrinación a Chalma, andando de
rodillas el último cuarto de camino, sobre guijarros, con dos personas que
le ayudaban y sujetaban. Después de eso, estaba puesto para un año. Nuestra
Señora de Chalma es, a lo que parece, la santa patrona de los yonquis y
de los delincuentes de poca monta porque todos los clientes de Lupita iban
de peregrinación una vez al año. El Hijoputa Negro tiene alquilado un cuchitril
en la iglesia y vende papelinas de droga cortada abusivamente con azúcar
glaseada. Yo veía al Hijoputa Negro de vez en cuando, y sabía muchas historias
suyas por Ike. Ike odiaba al Hijoputa Negro como solamente un yonqui puede
odiar a otro yonqui. -Ese Hijoputa Negro nos quemó esa botica. Se fue allí
diciendo que le mandaba yo. Y ahora el boticario no quiere servirme más
recetas. Así se me iban pasando los meses. A finales de cada uno siempre
he tenido una gran sensación de inseguridad cuando ando sin material, y
una agradable sensación de seguridad cuando tenía aquellos siete granos
bien reservados y guardados. Una vez a Ike le cayeron quince días en la
cárcel municipal -que llaman el Carmen - por vagancia. Yo estaba sin pasta
y no pude pagar la multa, y no pude verle hasta después de tres días. Su
cuerpo se había encogido y todos los huesos de la cara se le salían. Los
ojos le brillaban de dolor. Yo llevaba un trozo de opio envu elto en celofán
metido debajo de la lengua. Lo metí den tro de una naranja cortada y se
lo pasé. A los veinte minutos, estaba colocado. Miré alrededor y me di cuenta
de que los drogadictos formaban un grupo claramente definido, igual que
los maricones que se exhibían en una esquina del patio. Los yonquis estaban
juntos, agrupados, hablando y repitiendo una y otra vez su condición de
yonquis. Todos los yonquis de México llevan sombrero, si lo tienen. Todos
se parecen, como si llevasen todos el mismo traje, de alguna manera extraña
que escapa a una clasificación exacta. La droga les ha marcado con su sello
indeleble.
Ike me contó que los presos suelen robarles los pantalones a los novatos.
-Aquí hay una gente imposible. Vi varios individuos que andaban en ropa
interior. El comandante detenía a las mujeres y parientes que traían droga
a los presos y les sacaba todo lo que tenían. Cazó a una mujer que le traía
una pápela a su marido, pero no tenía más que cinco pesos. Le quitó el traje
y lo vendió por quince pesos y la mujer se volvió a su casa envuelta en
una sábana vieja. El penal estaba atestado de soplones. Ike tenía miedo
de guardar un poquito del opio que le había traído yo por si alguno de los
otros presos se lo quitaba o le denunciaba al comandante. Empecé a quedarme
en casa metiéndome tres o cuatro picos al día. Para hacer algo, me matriculé
en la Universidad de México. Los estudiantes me parecieron un montón de
infelices, pero, en realidad, no me fijaba demasiado en ellos. Cuando se
pasa revista a un año de droga, parece que no haya sido nada. Solamente
se destacan los períodos de carencia. Se recuerdan unos pocos pinchazos
de los primeros, antes del hábito, y los de cuando se ha estado verdaderamente
enfermo. (Hasta en México hay días en los que todo sale mal. En que la farmacia
está cerrada o el dependiente tuyo tiene libre, el matasanos está de viaje
en alguna fiesta y no hay manera de conseguir nada.) La droga cortacircuita
el sexo. El impulso de sociabilidad no-sexual procede del mismo lugar que
el del sexo, y así, cuando estoy colgado de la H o de la M, no soy sociable.
Si alguien quiere hablar conmigo, muy bien. Pero no siento necesidad de
conocer a nadie. Cuando me descuelgo de la droga, entro muy a menudo en
un período de sociab ilidad incontrolada y me enrollo con el primero que
esté dispuesto a escucharme. La droga lo chupa todo, y no da a cambio más
que la seguridad contra la carencia de droga. De vez en cuando reflexionaba
sobre el negocio en el que estaba metido, y decidía hacer una cura. Cuando
uno está atiborrado de droga, parece fácil dejarlo. Se dice uno: «Ya no
le saco ningún gusto al pico. Para eso es mejor dejarlo.» Pero en cuanto
te empiezas a sentir enfermo, la cosa cambia. Durante el año o así que estuve
drogado en México, empecé unas cinco curas. Probé a reducir los pinchazos,
probé la cura china, pero no funcionó ninguna. Después del fracaso chino,
hice unas cuantas papelinas y se las di a mi mujer para que las escondiera
y me las fuera dando según un plan previsto. Ike me ayudó a preparar las
pápelas, pero su cabeza no calculaba bien, y el plan de reducción empezaba
con dosis fuertes y luego terminaba de repente, sin reducción progresiva.
Así que me fabriqué mi propio plan. Aguanté un cierto.tiempo siguién dolo,
pero no tenía motivación suficiente. Ike me pasaba material bajo cuerda
y me proporcionaba excusas para los pinchazos extras. Sabía que no quería
seguir tomando droga. Si hubiera podido tomar una decisión única, hubiera
decidido no volver a probar la droga. Pero al llegar el proceso efectivo
de dejarla, no tenía fuerzas suficientes. Eso me producía un sentimiento
de desesperación terrible, veía como fracasaban todos los planes que me
imponía, como si no tuviera control verdadero de mis actos.
TRECE
Una mañana de abril me desperté un poco enfermo. Me quedé
tumbado mirando las sombras que se formaban en el techo blanco. Recordaba
otra vez hacía muchos años en que estaba tumbado en la cama junto a mi madre
contemplando las luces de la calle co rrer por el techo y las paredes. Sentí
una aguda nostalgia de silbidos de tren, pianos que suenan calle abajo,
hojas quemadas. La carencia de droga en grado leve siempre me trae los recuerdos
mágicos de la infancia. «Nunca falla -pensé-. Es como un pinchazo. Me pregunto
si todos los yonquis consiguen un material tan maravilloso.» Me fui al cuarto
de baño a ponerme una inyección. Tardé mucho rato en pinchar una vena. La
aguja se me resbaló tres veces. Y la sangre se me escurría por el brazo.
La droga se extendió por mi cuerpo, una inyección de muerte. El sueño desapareció.
Miré para abajo, la sangre que corría desde el codo a la muñeca. Sentí una
súbita compasión por la carne y las venas violadas. Enjugué con ternura
la sangre del brazo. -Voy a dejarlo -me dije en voz alta. Me preparé una
solución de opio y dije a Ike que estuviese unos cuantos días sin aparecer.
Me dijo: -Espero que puedas, muchacho. A ver si lo consigues. Que me muera
o me quede paralítico si no digo la verdad. A las cuarenta y ocho horas
los residuos de morfina que había en mi cuerpo desaparecieron. La solución
apenas podía con la enfermedad. Me la bebí toda con dos nembutales y dormí
varias horas. Cuando desperté tenía la ropa empapada en sudor. Los ojos
me lloraban y escocían. Sentía todo el cuerpo irritado y con picores. Me
retorcí en la cama, combando la espalda para estirar brazos y piernas. Levanté
las rodillas, sujetando los muslos con las manos cruzadas. La presión de
mis manos disparó el gatillo del orgasmo de la carencia de droga. Me levanté
y me cambié de ropa. Quedaba un poquito de opio en la botella. Me lo bebí,
salí a la calle y compré cuatro tubos de tabletas de codeína. Me tomé la
codeína con té caliente y me sentí mejor. Ike me dijo: -Te lo estás haciendo
demasiado de prisa. Déjame que te prepare yo una solución -le oía mientras
estaba en la cocina recitando los componentes de la mezcla-. Un poco de
canela por si acaso empiezan los vómitos... un poco de salvia para el cagar...
unos clavos para limpiar la sangre...
Nunca en mi vida había probado nada tan espantoso, pero aquella mezcla calmó
mi malestar dejándolo a un nivel tolerable, me sentía un poco alto todo
el rato. No estaba alto por el opio, sino por el tónico para la carencia.
La droga es una inyección de muerte que mantiene al cuerpo en situación
de emergencia. Cuando el suministro se corta, esas reacciones de emergencia
continúan. Las sensaciones se agudizan, el adicto tiene conciencia del funcionamiento
de sus visceras hasta un punto incómodo, el peristaltismo y las secreciones
son incontrolables. Independientemente de su edad, el adicto que lo está
dejando queda sometido a los excesos emotivos de un niño o un adolescente.
Hacia el tercer día de usar el preparado de Ike, empecé a beber. Nunca había
sido capaz de beber cuando estaba drogado, o enfermo por falta de droga.
Pero ahora ingería opio, y comer opio es distinto a inyectarse heroína.
Es posible mezclar opio y bebida. Al principio comenzaba a beber a las cinco
de la tarde; después de una semana, comenzaba a las ocho de la mañana, estaba
borracho todo el día y toda la noche y me despertaba borracho a la mañana
siguiente. Al despertarme me tragaba un poco de bencedrina, sanicin y un
trozo de opio con un café solo y un lingotazo de tequila. Luego me tumbaba,
cerraba los ojos y trataba de reconstruir la noche y el día anteriores.
La mayor parte de las veces tenía en blanco a partir del mediodía. Algunas
veces se despierta uno de un sueño y piensa: «Gracias a Dios que eso no
era verdad.» Al construir un período olvidado, se piensa: «Dios mío, ¿he
hecho todo eso?» Las líneas entre lo que se dice y lo que se piensa están
difusas. «¿Dije aquello o solamente lo pensé? » Después de diez días de
cura mi aspecto se había deteriorado sorprendentemente. Tenia la ropa manchada
y ridícula a causa de las bebidas que me había derramado por encima. Nunca
me lavaba. Había perdido peso, me temblaban las manos, estaba siempre tirando
cosas, tropezando con las sillas, y cayéndome. Pero parecía que tenía energías
sin límites y una capacidad para ingerir alcohol que nunca había tenido
antes. Mis emociones se desbordaban por todas partes. Me sentía incontrolablemente
sociable y hablaba con el primero que pillaba. Coloqué confidencias íntimas
del peor gusto a perfectos desconocidos. Varias veces hice las más crudas
proposiciones sexuales a personas que no me habían dado el menor pie para
ello. Ike aparecía cada pocos días: -Estás bebiendo, Bill, estás bebiendo
y volviéndote loco. Tienes un aspecto terrible. Tienes una cara terrible.
Mejor sería que volvieras a pincharte, de seguir bebiendo así. Estaba en
una cantina barata junto a la calle Dolores, en Ciudad de México. Llevaba
bebiendo unas dos semanas. Y estaba en una mesa con tres mexicanos, tomando
tequila. Los mexicanos iban muy bien vestidos. Uno de ellos hablaba inglés.
Un individuo de edad madura, corpulento, de cara triste y dulce, cantaba
y tocaba la guitarra. Estaba sentado al final de la barra. Yo me alegraba
de que sus canciones hicieran imposible la conversación. En esto entraron
cinco policías. Pensé que igual me registraban, de modo que me quité la
pistola y la funda del cinturón y la dejé caer debajo de la mesa, junto
con un trozo de opio que llevaba guardado en un paquete de cigarrillos.
Los guardias se tomaron una cerveza en la barra y se largaron. Cuando metí
la mano bajo la mesa la funda estaba allí, pero la pistola había desaparecido.
Ahora estaba en otro bar con el mexicano que hablaba inglés. El cantante
y los otros dos mexicanos se habían ido. El local estaba iluminado con una
tenue luz amarillenta. Una cabeza de toro de mirada agresiva montada sobre
una placa presidía el local, sobre la barra de caoba. Las paredes estaban
decoradas con fotos de toreros, algunas dedicadas. Sobre la puerta batiente
de cris tal esmerilado, habían grabado la palabra «Saloon». Me descubrí
leyendo una y otra vez aquella palabra: «Saloon.» Tenía la sensación de
llegar a mitad de una conversación. De la expresión del otro hombre deduje
que me había quedado a mitad de frase, pero no pude recordar qué estaba
diciendo, qué iba a decir ni sobre qué estábamos hablando. Supuse que hablábamos
de la pistola, «creo que intentaré comprarla de nuevo». Me di cuenta de
que el hombre tenía el trozo de opio en la mano y le daba vueltas. -¿Cree
usted que tengo aspecto de yonqui, eh? -dijo. Le miré. Tenía la cara delgada,
los pómulos altos. Sus ojos eran de ese color gris castaño tan corriente
en las gentes de sangre mezclada de europeo y de indio. Llevaba traje gris
claro y corbata. Su boca era fina, con expresión amarga; sin duda era una
boca de yonqui. Hay gente que tiene aspecto de yonqui sin serlo, lo mismo
que hay gente que parece marica y no lo es. Son tipos em barazosos. -Voy
a llamar a un guardia -dijo, dirigién dose hacia el teléfono que estaba
colgado de una columna. Arrebaté el teléfono de su mano y le empujé contra
la barra tan fuerte que la hizo tambalearse. Me dirigió una sonrisa. Tenía
los dientes cu biertos de una película marrón. Se dio vuelta, llamó al camarero
y le enseñó el trozo de opio. Yo salí y llamé un taxi. Recuerdo que volví
a mi apartamento a buscar otra pistola, un revólver de gran calibre. Estaba
en un estado de rabia histérica, aunque ahora no puedo recordar exactamente
por qué.
Me
bajé de otro taxi y caminé calle abajo hasta el bar. El hombre estaba apoyado
en la barra, con la chaqueta gris echada por encima de los hombros. Se volvió
hacia mí con la cara sin expresión alguna. Dije: -Sal fuera delante de mí.
-¿Por qué, Bill? -preguntó. -Venga, camina. Saqué el pesado revólver del
cinturón, montándolo mientras lo levantaba y apreté la boca contra el estómago
del individuo. Con la mano izquierda agarré la solapa de su chaqueta y le
empujé contra la barra. No me di cuenta hasta después de que el hombre había
usado mi nombre de pila correctamente y de que probablemente también el
camarero lo conocía. El hombre estaba absolutamente tranquilo, tenía la
cara sin expresión, el miedo controlado. Vi que alguien se aproximaba por
mi derecha, por detrás, y giré levemente la cabeza. El camarero se acercaba
con un guardia. Me di vuelta irritado por la interrupción. Hundí la pistola
en el estómago del guardia. -¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro?
-pregunté en inglés. No estaba hablando a un guardia material, en tres dimensiones.
Estaba hablando al guardia que va y viene en mis sueños, un hombre difuso,
oscuro, irritante, que siempre aparece cuando estoy a punto de pegarme un
picotazo o irme a la cama con un chico. El camarero me co gió del brazo
y me lo retorció, alejándolo del estómago del guardia, que sacó imperturbable
su viejo 45 automático y me lo apoyó con firmeza contra el pecho. Sentí
la frialdad del cañón a través de mi camisa de verano. El estómago del guardia
seguía hinchado. No lo había contraído ni ocultado. Dejé relajarse mi mano
con la pistola y noté que me la quitaba. Levanté los brazos a medias, con
las palmas para fuera, en un gesto de rendición. -Muy bien, muy bien -dije.
Y luego añadí-: Bueno. El guardia apartó su 45. El camarero examinaba mi
revólver apoyado en la barra. El hombre del traje gris continuaba de pie
sin expresión alguna. -Está cargado -dijo el camarero, sin dejar de mirar
el arma. Yo quise decir: «Naturalmente, ¿para qué sirve una pistola descargada?»,
pero no dije nada. La escena era irreal, plana y sin referencias, como si
me hubiera introducido en el sueño de otro, el borracho que se despierta
a mitad de la escena. También yo era algo irreal para los otros, un extraño
de otro país. El camarero me miraba con curiosidad. Se encogió levemente
de hombros con un cierto disgusto perplejo y se metió el revólver en el
cinturón. No había odio en la sala. Tal vez me hubiesen odiado si me hubieran
visto más cercano a ellos. El guardia me cogió con fuerza por el brazo y
dijo: -Vamonos, gringo. Salí de allí con el guardia. Me sentí fláccido y
manejaba las piernas con dificultad. Una vez tropecé y el policía me levantó.
Yo trataba de hacer plausible la idea de que aunque no tenía dinero encima
podía pedirlo prestado a algún amigo. Mi cerebro estaba dormido. Mezclaba
español e inglés y la palabra prestar se ocultaba en algún archivo secreto
de la mente, al que no tenía acceso a causa de la barrera mecánica de alcohol
allí instalada. El guardia movió la cabeza. Yo trataba de hacer un esfuerzo
para mejorar su concepto. De pronto el guardia se detuvo. -Ándale, gringo
-dijo, y me dio un leve empujón en el hombro. Se quedó allí un minuto mirándome
caminar calle abajo. Dije adiós con la mano. El guardia no me respondió.
Se dio vuelta y volvió por donde habíamos venido. Me quedaba un peso. Entré
en una cantina y pedí cerveza. No había cerveza de barril y la botella costaba
un peso. Había un grupo de jóvenes mexicanos al fondo de la barra, y me
puse a hablar con ellos. Uno de ellos me enseñó una placa de policía secreta.
Seguramente falsa, decidí. Hay un policía falso en cada bar de México. Me
encontré bebiendo tequila. Lo último que recuerdo es el gusto punzante del
limón que chupaba con el vaso de tequila. A la mañana siguiente me desperté
en una habitación desconocida. Miré alrededor. Un cuchitril. Un cuchitril
barato. Cinco pesos. Un armario, una silla, una mesa. Veía a la gente que
pasaba por fuera, a través de las cortinas echadas. Planta baja. Mi ropa
estaba apilada sobre la silla. La chaqueta y la camisa sobre la mesa. Saqué
las piernas de la cama y me senté tratando de recordar qué había sucedido
después del último vaso de tequila. Estaba en blanco. Me levanté e hice
inventario de mis efectos. Estilográfica desaparecida. De todas maneras
se salía... nunca he tenido una que no se saliera... navaja desaparecida...
tampoco importa... comencé a vestirme. Estaba tembloroso. -Necesito un par
de cervezas... con suerte puedo encontrar a Rollins en casa. Era un largo
paseo. Rollins estaba delante de su piso, paseando su pastor noruego. Era
un individuo de mi edad, corpulento, de facciones duras, guapo, con pelo
negro rizado, un poco canoso en las sienes; llevaba una chaqueta de sport,
de las más caras, pantalones de tweed y chaleco de ante. Nos conocíamos
desde hacía treinta años. Rollins escuchó mi relato de la noche anterior.
-Vas a conseguir que te levanten la tapa de los sesos, llevando esa pistola
-me dijo- ¿Para qué la llevas? No te enterarías ni de contra quién disparabas.
Te has dado golpes contra los árboles de Insurgentes dos veces. Te metiste
contra un coche. Te rescaté y me amenazaste. Te dejé allí para que llegases
por ti mismo a casa y no sé si lo conseguiste. Estamos todos hasta arriba
de tu comportamiento en estos últimos tiempos. Si hay algo que no me gusta
tener a mi alrededor y que a nadie le gusta tener a su alrededor es un borracho
con una pistola. -Tienes razón, desde luego -dije. -Bien. Estoy dispuesto
a ayudarte en lo que quieras. Pero lo primero que tienes que hacer es dejar
la bebida y recuperar la salud. Tienes un aspecto fatal. Y luego será mejor
que procures ganar algo de dinero. Por cierto, supongo que estarás sin blanca,
como siempre -Rollins sacó la cartera-. Toma cincuenta pesos, es lo más
que te puedo dejar. Me emborraché con los 50 pesos. A las nueve de la noche
se me había acabado el dinero y volví a mi apartamento. Me tumbé e intenté
dormir. Cuando cerré los ojos vi una cara oriental, con los labios y la
nariz comidos por la enfermedad. La enfermedad se extendió, convirtiendo
la cara en una masa ameboide en la que flotaban unos ojos blandos de crustáceo.
Poco a poco se fue formando una cara nueva alrededor de aquellos ojos. Una
serie de caras, jeroglíficos, distorsionadas camino del lugar terminal al
que lleva la vida humana, en el que la forma humana ya no puede seguir conteniendo
el horror que ha crecido dentro de ella. Lo miraba con interés. «Me ha llegado
el delirio», pensé ante la evidencia. Me desperté con un principio de terror.
Seguí tumbado, con el corazón latiendo de prisa, intentando descubrir qué
me había asustado. Creí oír un leve ruido abajo. -Hay alguien en la casa
-dije en voz alta, y supe instantáneamente que era así. Saqué mi carabina
del 30 del armario. Me temblaban las manos. Apenas pude cargarla. Se me
cayeron al suelo varios cartuchos antes de poder meter dos en la recámara.
Las piernas se me doblaban constantemente. Bajé las escaleras y encendí
las luces. Nadie. Nada. Tenía un gran tembleque, y encima notaba la falta
de droga. -¿Cuánto hace que no me pincho? -me pregunté. No podía recordarlo.
Empecé a revolver la casa entera en busca de droga. Hacía algún tiempo había
guardado un trozo de opio en un agujero que había en una de las esquinas
de la habitación. El opio se había deslizado bajo el tillado, fuera de mi
alcance. Intenté recuperarlo inútilmente unas cuantas veces. -Esta vez lo
cogeré -dije irritado. Con manos
temblorosas
me fabriqué un gancho con una percha y empecé a tratar de pescar el opio.
El sudor me goteaba de la nariz. Me raspé las manos con los bordes astillados
del agujero. -Si no consigo cazarlo de una manera, lo haré de otra -dije
enfadado, y me puse a buscar un serrucho.
No lo encontré. Corrí de una habitación a otra, tirando cosas y vaciando
cajones por el suelo en un frenesí creciente. Sollozando de rabia traté
de levantar las tablas con las manos. Finalmente tuve que rendirme y me
quedé tumbado en el suelo pataleando y rabiando. Recordé que había un poco
de Dionin en el cajón de las medicinas. Me levanté para ir a mirar. Quedaba
sólo una tableta. La tableta, al cocer, quedaba lechosa y tuve miedo de
inyectármela en la vena. Un temblor involuntario y repentino de mi mano
me sacó la aguja del brazo y la inyección se derramó sobre la piel. Me quedé
sentado contemplando mi brazo. Por fin dormí un poco y desperté al día siguiente
con una tremenda resaca depresiva. La enfermedad de carencia, aplazada por
la codeína y el opio, adormecida por semanas de constante beber, volvía
con plena fuerza. «Tengo que conseguir codeína», pensé. Revisé mi ropa de
arriba abajo. Nada. Ni un cigarrillo. Ni un centavo. Fui al cuarto de estar
y revisé el sofá, en los intersticios entre el asiento y el respaldo. Metí
la mano por allí. Un peine, un trozo de tiza, un lápiz roto, una moneda
de diez centavos, otra de cinco. Sentí un choque doloroso que me mareó y
saqué la mano. Sangraba por un corte profundo en el dedo. Una hoja de afeitar,
sin duda. Arranqué un trozo de una toalla y me vendé el dedo. La sangre
empapó en seguida y empezó a gotear en el suelo. Volví a la cama. No podía
dormir. No podía leer. Permanecí tumbado mirando al techo, estoicamente.
Una caja de cerillas pasó navegando ante la puerta, camino del cuarto de
baño. Me incorporé con el corazón palpitando. ¡El viejo Ike, el vendedor!
Ike aparecía a menudo por la casa y manifestaba su presencia como un espíritu,
tirando algo al suelo o golpeando en las paredes. Ike apareció en la puerta.
-¿Cómo van las cosas? -preguntó. -No muy bien. Tengo el tembleque. Necesito
un pinchazo. Ike asintió. Dijo: -Sí, para eso no hay como la M. Me acuerdo
de una vez en Minneapolis... -Déjate ahora de Minneapolis. ¿Tienes algo?
-Tengo, pero no aquí. Tardaré unos veinte minutos en traerlo. -El viejo
Ike estaba sentado, hojeando una revista, levantó los ojos-. ¿Por qué? ¿Quieres
un poco? -Sí. -Ahora mismo lo traigo. Estuvo fuera dos horas.
-Tuve que esperar a que el tipo volviera de almorzar para abrirme la caja
del hotel. Guardo mi material en la caja fuerte para que nadie me lo encuentre
encima. En el hotel les digo que es oro en polvo que utilizo... -Pero ¿lo
tienes? -Sí, lo tengo. ¿Dónde están tus trastos? -En el cuarto de baño.
Ike volvió del cuarto de, baño con los utensilios y se puso a cocer una
dosis. Continuaba hablando: -Estás bebiendo y te estás volviendo loco. No
resisto verte dejar este material y meterte en otro peor. Conozco muchísimos
que dejan la droga. Muchos que no pueden pagarle a Lupita. Quince pesos
la pápela y hacen falta tres para colocarte. Empiezan a beber inmediatamente
y no duran más de dos o tres años. -¿Qué pasa con ese pinchazo? -dije. -Sí,
un minuto. La aguja está obstruida -Ike se pasó los dedos por el borde de
la solapa, buscando una crin para limpiar la aguja. Seguía hablando-: Me
acuerdo de una vez en Mary Island. íbamos en barco y el coronel se emborrachó
y se cayó al agua y casi se ahoga a causa de sus dos pistolas. Nos costó
Dios y ayuda sacarle de allí -Ike sopló a través de la aguja-. Ya está libre.
Había un tipo que andaba por lo de Lupita, que iba de listo. Le llamaban
el Sombreros porque se lo hace robándole el sombrero a la gente y echando
a correr. Llega junto a un autobús cuando va a arrancar. Alarga la mano
y engancha un sombrero y ¡zas!, desapareció. Tendrías que verle ahora. Las
piernas despellejadas y llenas de heridas y suciedad. ¡Dios mío! La gente
pasa junto a él y ni le mira. Ike estaba con el cuentagotas en una mano
y la aguja en la otra. Dije: -¿Qué pasa con ese pinchazo? -¿Quieres mucho?
¿Vale con 50 miligramos? Creo que valdrá con 50. El pinchazo tardó un buen
rato en surtir efecto. Al principio pegaba despacio, luego iba creciendo
con fiereza. Me quedé tumbado en la cama como si estuviese metido en un
baño caliente. Seguí bebiendo. Unos días más tarde perdí el conocimiento
en el Ship Ahoy, después de estar bebiendo tequila sin parar durante ocho
horas. Unos amigos me llevaron hasta casa. A la mañana siguiente tenía la
peor resaca de mi vida. Empecé a vomitar a intervalos de diez minutos hasta
que eché bilis verde. Entonces apareció el viejo Ike: -Tienes que dejar
de beber, Bill. Te estás volviendo loco.
Nunca había estado tan malo. Las náuseas me agitaban el cuerpo convulsivamente.
Ike me sujetó mientras soltaba unas cuantas cucharadas de bilis en el retrete.
Me puso un brazo por los hombros, me apretó y me ayudó a volver a la cama.
Hacia las cinco de la tarde dejé de vomitar y conseguí mantener en el estómago
un poco de mosto y un vaso de leche. -Aquí apesta como a meados. Uno de
los gatos debe haberse meado debajo de la cama -dije. Ike olisqueó alrededor
de la cama. -No, aquí no hay nada -siguió olfateando por la cabecera donde
yo estaba tumbado envuelto en almohadas-. Bill, eres tú el que huele a meados.
-¿Qué? -empecé a olerme las manos horrorizándome como si descubriera que
estaba leproso-. ¡ Dios mío! -dije sintiendo el estómago frío de miedo-.
¡Tengo uremia! Ike, tienes que salir a buscar un matasanos. -Muy bien, Bill.
Te traeré uno inmediatamente. -¡ Y no vuelvas con uno de esos mangantes
de recetas de cinco pesos! -De acuerdo, Bill. Me quedé allí intentando controlar
el pánico. No sabía mucho sobre envenenamiento por uremia. Una mujer a la
que había conocido ligeramente en Texas había muerto de eso después de beberse
una botella de cerveza por hora, día y noche, durante dos semanas. Me lo
había contado Rollins. Se hinchó entera y se puso como negra, le dieron
unas convulsiones y se murió. La casa entera olía a orines. Me relajé procurando
sintonizar mis vísceras y descubrir qué era lo que les pasaba. No notaba
ninguna enfermedad grave ni signos de muerte. Me sentía cansado, machacado,
melancólico. Y allí me quedé, en el cuarto oscuro, con los ojos cerrados.
Llegó Ike con un médico y encendió la luz. Un médico chico, uno de los vendedores
de recetas de Ike; dijo que no era uremia, puesto que podía mear y no me
dolía la cabeza. Pregunté: -¿Y por qué huelo tan mal? El doctor se encogió
de hombros. Ike dijo: -Dice que no es nada importante. Que tienes que dejar
de beber, que es mejor que vuelvas a lo otro a que bebas así. El médico
asintió. Oí que Ike, ya en el vestíbulo, le pedía al matasanos una receta
de morfina. -Ike, no creo que ese médico sepa nada. Hazme el favor. Vete
a ver a mi amigo Rollins, te apuntaré la dirección, y dile que me mande
un buen médico. Tiene que conocer alguno porque su mujer ha estado enferma.
-Muy bien, de acuerdo, pero creo que estás tirando el dinero -dijo Ike-.
Este médico es muy bueno. -Sí, tiene muy buena letra. Ike se rió y se encogió
de hombros: -Muy bien -dijo. Al cabo de una hora volvió con Rollins y otro
médico. Cuando entraron en el apartamento, el doctor olfateó y sonrió y,
volviéndose hacia Rollins, asintió con la cabeza. Tenía una cara redonda
y sonriente, oriental. Me hizo un reconocimiento rápido y me preguntó si
podía orinar. Luego se volvió hacia Ike y le preguntó si tenía ataques.
Ike me dijo: -Pregunta si has estado loco alguna vez. Le he dicho que no,
que sólo algunas veces haces cosas raras. Rollins hablaba en su español
titubeante, buscando cada palabra: -Esto señor huele muy malo, y quiere
saber por qué. El doctor explicó que tenía uremia incipiente, pero que el
peligro ya había pasado. Tendría que dejar de beber durante un mes. Cogió
una botella vacía de tequila que había por allí: -Una más de éstas y estará
usted muerto -dijo. Recogió su instrumental. Hizo una receta de antiácido
que tenía que tomar cada pocas horas, me estrechó la mano, se la estrechó
a Ike y se fue. Al día siguiente me entró un hambre voraz y comí todo lo
que pude encontrar. Estuve tres días en la cama. El metabolismo alcohólico
había dejado de operar. Cuando empecé a beber de nuevo, bebí con normalidad,
y nunca antes de media tarde. No probé la droga.
CATORCE
Por aquella época los estudiantes acudían al Lola durante
el día y al Ship Ahoy por la noche. El Lola no era exactamente un bar. Era
una cervecería o taberna pequeña. Había un gran cajón de cerveza, de soda
y de hielo a la izquierda de la puerta, según se entraba. Un mostrador con
un tubo de metal encima, cubierto de cuero amarillo, se extendía por uno
de los laterales de la habitación hasta una máquina de discos. A lo largo
de la pared opuesta al mostrador se alineaban las mesas. Los taburetes habían
perdido hacía tiempo los tacos de goma que iban bajo las patas y cada vez
que la criada los empujaba para barrer hacían un chirrido insoportable.
En la parte trasera había una cocina en la que un cocinero andrajoso chamuscaba
cosas en grasa rancia. En el Lola no había pasado ni futuro. Era una sala
de espera. Una vez estaba sentado en el Lola leyendo los periódicos. Después
de un rato dejé el periódico y miré alrededor. En la mesa de al lado estaban
hablando de lobotomía. «Seccionan los nervios.» En otra mesa dos hombres
jóvenes intentaban ligar con unas chicas mexicanas. «Mi amigo es muy, muy...»
Buscaba la palabra. Las chicas reían tontamente. Las conversaciones tenían
una falta de relieve de pesadilla, hablando de dados trepados sobre las
sillas metálicas, agregados humanos desintegrándose en la locura cósmica,
sucesos dispersos en un universo moribundo. Llevaba ya dos meses sin drogarme.
Cuando se deja la droga, todo parece plano, pero se recuerda la organización
del tiempo en pinchazos, el horror estático de la droga, la vida escurriéndose
por el brazo tres veces al día. Cogí una página de historietas que había
en la mesa de al lado. Era de hacía dos días. La volví a dejar. Nada que
hacer. Ningún sitio a donde ir. Mi mujer en Acapulco. Volví a mi apartamento
y divisé al viejo Ike cuando estaba llegando. Hay alguna gente a la que
se reconoce a cualquier distancia; de otros, no se puede estar seguro hasta
estar tan cerca como para tocarlos. Los yonquis son en general fácilmente
detectables. Hubo un tiempo en el que mi tensión arterial se elevaba de
placer a la vista del viejo Ike. Cuando se está enganchado, el vendedor
es como la amada para el amado. Se espera su especial manera de caminar
por el pasillo, su llamada especial, se busca su cara entre las que nos
cruzamos por la calle. A veces se produce una alucinación en la que el más
mínimo detalle de su exterior aparece como si estuviera delante de uno,
en la puerta, haciendo la eterna broma del vendedor: «Siento tener que disgustarle,
pero no he conseguido nada.» Contemplando el juego de la esperanza y la
ansiedad en la cara del otro, saboreando la sensación de poder benevolente,
el poder de dar y quitar. En Nueva Orleans, Pat montaba siempre ese número.
Y en Nueva York, Bill Gains. El viejo Ike juraba siempre que no tenía nada,
y luego me deslizaba un sobrecito en el bolsillo y decía: -Mira, en realidad
te quedaba un poco a ti. Pero ahora yo estaba descolgado. Claro que un pinchazo
de morfina podría ser agradable más tarde, cuando me fuera a dormir, o mejor
un spidbol, mitad cocaína y mitad morfina. Alcancé a Ike a la puerta del
apartamento. Le puse una mano sobre el hombro y se volvió hacia mí, sonriendo
con una cara de yonqui desdentado, como una vieja, al reconocerme. -Hola
-me dijo. -No te he visto desde hace siglo s -le dije-. ¿Dónde has estado?
Se rió. Dijo: -He estado en el bote. De todas maneras, no quería aparecer
por aquí porque sabía que te habías descolgado. ¿Lo has dejado del todo?
-Sí, lo he dejado. -Entonces no querrás un pico, ¿verdad? -Ike sonreía.
-Hombre... -noté un atisbo de la antigua excitación, como cuando se encuentra
a alguien con quien se acostaba uno antes y de pronto se nota otra vez la
misma excitación y los dos saben que volverán a acostarse juntos. Ike hizo
un gesto de quitarle importancia: -Tengo aquí cien miligramos. Para mí no
son suficientes. Y tengo un poco de coca también. -Vamos adentro -dije.
Abrí la puerta. El apartamento estaba oscuro y mohoso; ropas, libros, periódicos,
vasos y platos sucios, desperdigados por sillas, mesas, el suelo sucio.
Quité un montón de revistas de un sofá desvencijado. -Siéntate -dije-. ¿Tienes
el material contigo? -Sí, lo llevo encima. Se abrió la bragueta y extrajo
un paquetito rectangular de papel, la envoltura del yonqui, con una esquina
encajada en la otra. Dentro de ese paquete había otros dos más pequeños,
doblados de forma semejante. Los colocó sobre la mesa. Me miró con sus ojos
castaños brillantes. Su boca, desdentada y de labios apretados, daba la
impresión de estar cosida. Fui al cuarto de baño a buscar mis utensilios.
Aguja, cuentagotas, un trozo de algodón. Pesqué una cucharilla entre un
montón de platos sucios en el fregadero de la cocina. El viejo Ike rasgó
una larga tira de papel, la mojó con la boca y la enrolló alrededor del
extremo del cuentagotas.
Colocó la aguja en medio del anillo del papel mojado. Abrió uno de los sobrecitos,
cuidando de no derramar el contenido, y lo echó con un movimiento de muelle
sobre el papel brillante. -Este es de coca -dijo-, ten cuidado, es muy fuerte.
Vació el sobre de morfina en la cucharilla, y añadí un poquito de agua.
Más o menos medio grano, calculé. Más cerca de cuarenta miligramos que de
cien. Puse una cerilla encendida bajo la cuchara hasta que la morfina estuvo
disuelta. La cosa no se calienta nunca. Añadí un poco de coca con la punta
de la hoja de un cuchillo y se disolvió instantáneamente, como la nieve
que cae sobre el agua. Me enrollé una corbata arrugada en el brazo, y lo
até fuerte. Sentía la respiración entrecortada por la excitación y me temblaban
las manos. -¿Querrás pincharme tú, Ike? El. viejo Ike deslizó un dedo suavemente
a lo largo de la vena sujetando el cuentagotas entre el pulgar y el índice.
Ike era bueno. A pesar de ello sentí la aguja deslizarse en la vena. Sangre
roja, oscura, brotó dentro del cuentagotas. -Bien -dijo-. Suéltalo. Aflojé
el lazo, y el cuentagotas se vació dentro de la vena. La coca me golpeó
la cabeza; un agradable entumecimiento y tensión, mientras la morfina se
extendía por el cuerpo en ondas relajantes. -¿Ha estado bien? -preguntó
Ike sonriendo. -Si Dios ha hecho algo mejor se lo ha guardado para El -contesté.
Ike estaba limpiando la aguja, haciendo pasar agua a través de ella. -Bueno
-dijo Ike como sin darle importancia -, cuando pasen lista allá arriba estaremos
presentes, sin duda. Me senté sobre el diván y encendí un cigarrillo. Ike
fue a la cocina para hacer una taza de té. Comenzó una nueva entrega de
la interminable saga del Hijoputa Negro: -El Hijoputa
Negro
está surtiendo ahora. a tres tipos. Carteristas los tres, y bastante bien
cotizados en el oficio. Pagan a la policía. Les da como cuarenta miligramos
en cada pinchazo a quince pesos y ahora que se las arregla bien, el muy
hijoputa, ni me habla. Pero no durará ni un mes, ya lo verás. En cuanto
cacen a uno cualquiera de sus tres tipos le cazarán a él. Se acercó hasta
la puerta de la cocina y chascó los dedos: -No durará ni un mes. -Tenía
la boca sin dientes, torcida por el odio. Cuando rompí la fianza y me fui
de los Estados Unidos, la co sa de la droga parecía todavía algo nuevo y
muy especial. Había síntomas iniciales claros de una histeria nacional.
Louisiana aprobó una ley que consideraba delito ser adicto. Como no se especifica
lugar ni tiempo, ni se define con claridad el término «adicto», no se necesitan
pruebas especiales ni siquiera importantes para detener a uno bajo semejante
ley. No hacen falta pruebas y, por tanto, no hace falta juicio. Esta es
legislación de estado-policía: penar una forma de ser. Otros estados estaban
emulando a Louisiana. Vi que mis posibilidades de escapar a una condena
disminuían de día en día mientras el sentimiento de oposición a las drogas
crecía hasta convertirse en una obsesión paranoide, como el antisemitismo
bajo los nazis. Y decidí romper la fianza y vivir permanentemente fuera
de los Estados Unidos. Desde México, a salvo, contemplaba la campaña antidroga.
Leía cosas sobre niños drogados, y senadores que pedían la pena de muerte
para los traficantes. Algo no me sonaba bien. ¿Quién quiere niños como clientes?
Nunca tienen suficiente dinero y siempre se les va la lengua en los interrogatorios.
Los padres descubren que el chico se droga y van a la bofia. Deduje que
o bien los vendedores de los Estados Unidos se habían vuelto tontos o que
toda la historia de los niños drogados era un camelo para mover y elevar
el sentimiento antidroga y hacer aprobar algunas leyes nuevas. Fugitivos
del rollo iban apareciendo por México. -Seis meses por señales de aguja
con la ley de vagos y adictos en Califo rnia. -Ocho años por tener una jeringa
en Washington. -De dos a diez por vender en Nueva York. Un grupo de jóvenes
caía todos los días por mi casa a fumar yerba. Había un tal Cash, un músico
que tocaba la trompeta. Pete, un rubio corpulento que hubiera podido servir
de modelo a un cartel de «el perfecto muchacho norteamericano». Johnny White
que tenía mujer y tres hijos y era igual que cualquier joven americano medio.
Martin, un chico moreno y guapo de origen italiano. Nada de extravagancias.
Todo el mundo hipster ha pasado a la clandestinidad. Aprendí el nuevo vocabulario
del rollo: «mierda» por yerba, «bosteo» por arresto, «legal» una palabra
polivalente que indica cualquier cosa o cualquier situación agradable o
sin problemas con la policía. E inversamente, todo lo que a uno no le gusta,
no es «legal». Oyendo a estos personajes me formé una imagen de la situación
en los Estados Unidos. Un caos absoluto en el que no puede saberse quién
ni dónde se está. Los yonquis de toda la vida me decían: -Si ves a un hombre
pincharse en el brazo, puedes estar seguro de que no es un agente federal.
Eso ya no es verdad. Martin me dijo: -Llega un tío y dice que está enfermo.
Tenia los nombres de unos cuantos amigos nuestros de San Francisco. De modo
que los otros dos tíos le ponen bien con caballo y se estuvo con ellos picándose
más de una semana y entonces se los llevan. Yo no estaba por allí cuando
sucedió porque no me caía bien aquel tío y además en aquellos momentos yo
no estaba con caballo. Y el abogado de los dos tíos que cayeron en la trampa
descubrió que el tío era un agente federal de la de estupefacientes. Un
agente, no un soplón. Consiguió hasta su nombre. Y Cash me contó algunos
casos en que dos tíos se pegan un pinchazo juntos y entonces uno va y saca
la placa. -¿Cómo se puede salir de eso? -dijo Cash-. Esos tíos están también
en el rollo, son tíos como tú y como yo, sólo hay una pequeña diferencia:
trabajan para el Tío Sam. Ahora que la brigada de estupefacientes se ha
propuesto encarcelar hasta el último adicto de los Estados Unidos, necesitan
más agentes para hacer el trabajo. Y no sólo más agentes, sino agentes de
una clase muy distinta. Igual que durante la prohibición, cuando los mendigos
y vagabundos inundaban el departamento correspondiente, en la actualidad
los adictos-agentes se enrolan en la brigada para tener droga gratis e inmunidad.
La adición no se puede fingir. Un adicto conoce a otro adicto. Los adictos-agentes
se las arreglan para ocultar su adicción o, quizá, son tolerados porque
resultan eficaces. Un agente que tiene que buscar un contacto o ponerse
enfermo pondrá especial celo en su trabajo. Cash, el trompetista, cumplió
seis meses por la ley de vagos y adictos. Era un joven alto y delgado con
una perilla deshilachada y gafas oscuras. Llevaba zapatos con gruesas suelas
de crepé, camisas carísimas de pelo de camello y una chaqueta de cuero que
se abrochaba delante con un cinturón. Se notaba que llevaba por lo menos
cien dólares encima de camisería. El dinero era de su mujer y Cash se lo
gastaba. Cuando lo encontré ya le quedaba muy poco. Me dijo: -Las mujeres
vienen a mí. Yo no me preocupo de ellas. Lo único que me gusta de verdad
es tocar la trompeta. Cash era un verdadero gorrón para la droga. Resultaba
difícil decirle que no. Me prestaba pequeñas cantidades de dinero, pero
siempre menos de la droga que gastaba y luego decía que me había dado tanto
dinero que ya no le quedaba nada para comprarse pastillas de codeína. Me
contó que estaba dejando la droga. De la que llegó a México, le di medio
grano de M y se quedó dando cabezadas. Supongo que el material que venden
ahora en los Estados Unidos está rebajado completamente, es como papel.
Después de aquello se dejaba caer por allí todos los días y me pedía «medio
fije». O si no se lo gorroneaba al viejo Ike, que era incapaz de negarle
algo a un yonqui enfermo. Le dije a Ike que lo echara, y le expliqué a Cash
que yo no me dedicaba al negocio. Siempre tenía un poco a mano para alguna
emergencia, un amigo que llegaba de viaje enfermo o así, y que el viejo
Ike tampoco estaba realmente metido en el negocio. Desde luego no estaba
en el negocio para no hacer negocio. En resumen, que no éramos la sociedad
de beneficencia para yonquis. A partir de entonces no volví a ver a Cash
muy a menudo.
QUINCE
El peyote es la nueva moda en los Estados Unidos. No está
incluido en la ley Harrison, y puede comprarse por correo a los herboristas.
Yo no había probado nunca el peyote y pregunté a Johnny White si se podría
conseguir peyote en México. Me dijo: -Sí, hay un herborista que lo vende.
Nos ha invitado a todos a que vayamos a su casa y tomemos peyote con él.
Puedes venir si quieres. Quiero ver si tiene algo que pueda llevarme a Estados
Unidos para vender allí. -¿Y por qué no te llevas peyote? -No aguanta. Se
pudre o se seca en unos pocos días y pierde la fuerza. Nos fuimos a casa
del herborista y sacó un tazón de peyote, un rallador y una tetera llena.
El peyote es un pequeño cactus y sólo se come la parte de arriba que queda
sobre el nivel del suelo, a la que se llama botón. Los botones se preparan
rascándoles la corteza y la pelusa y rallándolo luego hasta que parezca
ensalada de aguacate. La dosis media para un principiante es de cuatro botones.
Nos tomamos el peyote con el té, para bajarlo. Yo tuve arcadas varias veces.
Finalmente conseguí tragarlo y me quedé sentado esperando a que sucediera
algo. El herborista sacó también una corteza que dijo que era como opio.
Johnny lió un cigarrillo de aquello y lo hizo circular. Pete y Johnny decían:
-¡Terrible! ¡Esto es lo más grande! Fumé un poco y noté un cierto mareo
y dolor de garganta. Pero Johnny compró un poco de aquella corteza maloliente
con intención de ven dérselo a los desesperados drogadictos de los Estados
Unidos. A los diez minutos empecé a encontrarme mal a causa del peyote.
Todos me dijeron: -Aguántate, hombre. Me aguanté otros diez minutos, y luego
me fui hacia el retrete dispuesto a arrojar la toalla, pero no pude vomitar.
Todo mi cuerpo se contraía en un espasmo convulsivo, pero el peyote se negaba
a salir y también se negaba a quedarse abajo. Por fin el peyote subió como
una pelota maciza de pelos, totalmente sólida, atascándome la garganta.
La sensación más horrorosa que he soportado en mi vida. Después, comencé
a subir lentamente. El peyote te coloca de una forma parecida a la bencedrina.
Es imposible dormir, las pupilas se dilatan. Todo parece una planta de peyote.
Iba en el coche con los White, Cash y Pete. íbamos a casa de Cash, en las
Lomas. Johnny dijo: -Fíjate en la orilla, junto a la carretera. Parece una
planta de peyote. Me di vuelta para mirar, pensando: «Qué idea tan estúpida.
La gente es capaz de decir cualquier cosa», pero parecía de verdad una planta
de peyote. Todo lo que veía parecía una planta de peyote. Las caras se nos
hinchaban bajo los ojos y los labios engordaban a causa de alguna acción
de la droga sobre las glándulas. Parecíamos indios au ténticos. Los otros
decían que se sentían primitivos y andaban tirados por la hierba haciendo
las cosas que imaginaban que hacían los indios. Yo no sentí nada muy distinto
de lo ordinario, excepto que estaba alto como con anfetaminas. Nos pasamos
la noche hablando y escuchando los discos de Cash. Cash me contó que unos
cuantos amigos de San Francisco se habían descolgado de la droga con peyote.
-Parece ser que en cuanto empezaron a tomar peyote no quisieron más. Uno
de esos yonquis se vino a México y empezó a tomar peyote con los indios.
Lo tomaba incesantemente y en grandes cantidades: hasta doce botones en
una dosis. Murió de una enfermedad que se diagnosticó como polio. Sin embargo,
pienso que los síntomas de envenenamiento por peyote y de la polio son idénticos.
No pude dormir hasta el día siguiente al amanecer, y además tuve una pesadilla
cada una de las veces que conseguí amodorrarme. En uno de los sueños me
había entrado la rabia. Me miré en el espejo, se me había cambiado la cara,
y empecé a aullar. En otro, me había adiccionado a la clorofila. Yo y otros
cinco adictos a la clorofila estábamos en el vestíbulo de un hotel barato
de México esperando para comprar. Nos volvíamos verdes y además una adicción
a la clorofila es imposible de quitar. Un pinchazo y te has quedado colgado
para toda la vida. Nos convertíamos en plantas. Los jóvenes de ahora parecen
estar faltos de energía e incapaces de disfrutar espontáneamente de la vida.
La mera mención de la yerba o la droga les galvaniza como una inyección
de coca. Dan saltos y dicen: «¡Demonios!» .«¡Terrible!», «Tío, ¡venga ya!»,
«¡Vamos a pegarle!» Pero si se pegan un pinchazo, se derrumban en una silla
como un niño resignado que espera que la vida vuelva a traerle el biberón.
Descubrí que sus intereses eran muy limitados. Especialmente me di cuenta
de que parecían menos interesados en el sexo que los de mi generación. Algunos
de ellos decían que no experimen taban placer alguno con el sexo. Muchas
veces he creído equivocadamente que un joven era homosexual observando su
indiferencia hacia las mujeres, para descubrir luego que no lo era en absoluto,
sino que simplemente era un tema que no le interesaba nada. Bill Gains arrojó
la toalla y se trasladó a México. Fui a buscarle al aeropuerto. Venía colocado
con heroína y gufbols. Llevaba los pantalones salpicados de sangre de haberse
fijado en el avión con un imperdible. Se hace un agujero con un imperdible,
se coloca el cuentagotas sobre (no en) el agujero y la solución penetra.
Con este método no se necesita aguja, pero hace falta ser un yonqui veterano
para que funcione bien. Hay que emplear la presión exacta al introducir
la solución. Yo lo intenté una vez y la droga se fue a un lado y lo perdí
todo, pero cuando Gains hace un agujero en su carne, el agujero permanece
abierto esperando la droga. Bill era un veterano. Conocía a todo el mundo
en el negocio. Tenía una reputación magnífica y podía conseguir droga mientras
hubiera alguien que la vendiera. Me imaginé que si Bill había hecho las
maletas y se había largado de los Estados Unidos la situación tenía que
ser desesperada. -Claro que puedo conseguir -me dijo-. Pero si me quedo
allí terminaré con diez años encima por lo menos. Nos pegamos un pinchazo
juntos y nos pusimos a hablar de qué era de éste y aquél. -El viejo Batt
se murió en la Isla. Luis el Campanillas está acabado. Tony y Nick también.
Hermán no consiguió la condicional. Al Bocadillo le cayeron de cinco a diez.
Marvin el camarero se murió de una sobredosis. Recordé la manera en que
Marvin se desvanecía siempre que se pinchaba. Le veía tendido en la cama
de algún hotelucho barato, el cuentagotas lleno de sangre colgado de la
vena como una sanguijuela de vidrio, y la cara poniéndosele azul alrededor
de los labios. -¿Y qué es de Roy? -pregunté. -¿No lo sabes? Estaba acabado
y se colgó. En Tombs. Al parecer la bofia tenía a Roy bajo tres acusaciones,
dos de robo y una de droga. Le prometieron que retirarían los cargos si
denunciaba a Eddie Crumm, un vendedor de siempre. Eddie solamente vendía
a personas que conociese bien y conocía a Roy. La bofia hizo un careo con
Roy después de que cogieron a Eddie. Le engañaron. Retiraron la acusación
de las drogas, pero no las dos por robo. Y Roy tendría que seguir a Eddie
a Riker's Island, donde Eddie cumplía condena indefinida, que es la máxima
en una prisión municipal. Tres años, cinco meses y seis días. Roy se colgó
en Tombs, cuando esperaba ser transferido a Ricker's. Roy siempre había
tenido y manifestado una opinión puritana e intolerable sobre los soplones:
-No comprendo cómo un soplón puede vivir consigo mismo -me dijo una vez.
Pregunté a Bill sobre los niños adictos. Movió la cabeza y sonrió con una
sonrisa secretamente feliz: -Sí, ahora Lexington está lleno de jovencitos.
En esa época yo no estaba colgado, pero tampoco, ni mucho menos, limpio
para el caso de un susto imprevisto. Siempre tenía por allí algo de yerba
y la gente venía a mi habitación como a una barraca de inyecciones. Estaba
tentando a la suerte sin sacar un centavo. Decidí que iba siendo hora de
cambiar de aires y dirigirme hacia el sur. Cuando se deja la droga, se deja
una manera de vivir. He visto yonquis dejarlo, salirles bien, y terminar
muriéndose a los pocos años. Entre los ex adictos es frecuente el suicidio.
¿Por qué un yonqui lo deja por propio deseo? Es una pregunta que nunca se
sabe cómo responder. Ninguna exposición consciente de las desventajas y
los horrores de la droga puede darte el impulso emocional de abandonarla.
La decisión de dejar la droga es una decisión celular. Y una vez que has
decidido dejarla no podrás volver a la droga permanentemente lo mismo que
no podías alejarte de ella previamente. Las cosas se ven distintas cuando
se regresa de la droga, como un hombre que ha estado ausente mucho tiempo.
Había leído sobre una droga llamada yagé utilizada por los indios de las
fuentes del Amazonas. Se dice que incrementa la sensibilidad telepática.
Un científico colombiano aisló un elemento del yagé o ayahuasca, al que
llamó telepatina. Sé por propia experiencia que la telepatía es un hecho.
No tengo interés alguno en demostrar la telepatía ni ninguna otra cosa a
nadie. Lo que quiero es conocimiento práctico, utilizable, de la telepatía.
Lo bueno en cualquier relación es contacto al nivel no verbal de intuición
y sentimiento, es decir, contacto telepático. Al parecer no soy el único
interesado por la ayahuasca. Los rusos están utilizando esta droga en experimentos
sobre trabajo forzado. Pretenden inducir estados de obediencia automática
y control de pensamiento, literal. El truco fundamental. Nada de aprendizaje,
nada de rollos, tan sólo introducirse en el psiquismo de otro y dar órdenes.
El asunto fracasará, sin duda alguna, porque la telepatía no es en sí misma
una estructura unidireccional, ni una estructura de emisor y receptor. Decidí
ir a Colombia a buscar yagé. Bill Gains se ha enrollado con el viejo Ike.
Mi mujer y yo separados. Me siento dispuesto a irme al Sur en busca del
éxtasis ilimitado que se abre en vez de cerrarse como la droga. El éxtasis
es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la libertad momentánea de
las exigen cias de la carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa. Tal
vez encuentre en la ayahuasca lo que he estado buscando en la heroína, la
yerba y la coca. Tal vez encuentre el fije definitivo.
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