Cachorritos

Por Karina Micheletto

Imagen: Guadalupe Lombardo

Alguna anteojera hay que inventarse. Algún modo de hacer como que no están, para que no resulte insoportable. Porque lo es. Ninguno de nosotros podría, de lo contrario, caminar esquivando niños y niñas que piden en la calle, que duermen en la calle, que viven en la calle. Ya en los vagones del subte los vemos; bajamos y hay más en la estación. Tienen la edad de nuestros hijos. Por lo menos ahí están calentitos, pensamos. Qué consuelo: echamos a andar y hay más; más cada día. Volvemos del trabajo, ya anochece y siguen ahí, esperando el camión cartonero que los levantará junto con toda la basura que juntaron.

Una cálida ola de solidaridad nos envolvió en este invierno, junto con todas las frazadas que juntamos, con movidas maravillosas como las de Red Solidaria. Tuvo que morir alguien de frío para que empezáramos a verlos, viviendo y muriendo, en la calle. Pero aunque se anuncie la primavera, ellos siguen ahí.

Las madres que piden con sus hijos ya tienen sus lugares casi fijos por Florida, a determinadas horas del día. A una la observaba especialmente porque su niño era un poco mayor que la media, tenía unos once años. Esos nenes que ya pueden “manejarse solos” están un poco menos en las calles, si tienen algo parecido a una casa se quedan ayudando, cuidando a los más chicos, les toca la suerte de faltar menos a la escuela. Pero este estaba siempre ahí, sentadito junto a su mamá, envuelto en una frazada. Y envuelto también por una compañía que lo tomaba por completo: la de un celular. Todos los días lo veía casi inmóvil, encorvadito, mirando fijo la pantalla y cada tanto riéndose, o respondiendo con algún gesto a eso que veía. Me hacía pensar qué gran protección, qué “pantalla” resultaba esa pantalla, que lo aislaba de su realidad. Las mamás de clase media hacemos lo imposible por evitar eso para nuestros hijos –“nene, cortá el telefonito que te deja pavote”–, pero para esta mamá y para este hijo, la pantalla era una forma de salvación. Un reparo.

Un día esa mamá, además de su hijo con su celular, llevó a su rincón un cachorrito. Un cachorrito de perro, quiero decir. Un cachorrito adorable. Así lo entendieron de inmediato los transeúntes que, para cuando hice el recorrido inverso de regreso, ya le habían dejado una cucha con dibujos de colores, flamante. Una cunita adorable. Al otro día, además de la cunita ese perro ya tenía un comedero y alimento. Y al día siguiente, las bolsas de balanceado lucían apiladas. Hubo más: además de dejarle cosas, la gente empezó a detenerse y charlar con esa mamá. Le preguntaban, se preocupaban, la aconsejaban. Establecían, a partir del perrito, contacto humano. Esta sucesión se dio exactamente así, brutal en su exposición.

Tiempo después recorrí esa misma calle en plan de paseo con mi sobrina quinceañera, que ama los perros y colabora en refugios que los rescatan de la calle. La señora con el nene, el celular y el perrito ya no estaban, pero había otros cachorros humanos tirados por Florida. Ninguno le llamó la atención. Podría asegurar que no los vio, excepto, tal vez, cuando tuvo que esquivarlos. En cambio sí pegó grititos de amor y corrió a acariciar cada perrito que cruzó, suelto o con correa. Mi sobrina es una encantadora adolescente y su cruzada salva perros –a la que dedica mucho tiempo, esfuerzo y recursos de sus padres– puede resultar simpática, atendible a los entusiasmos de la edad. Tomo su comportamiento como ilustrativo del de tantos adultos, que enfocan vidas, levantan deditos, se creen habilitados a pedir –dinero, indignaciones, votos– en función de cruzadas por el estilo, exclusiva y excluyentemente. Todo un recorte sintomático.

Los humanos contemporáneos están empeñados en tratar a las mascotas como si fueran sus pares. Las visten y las peinan, les otorgan todo tipo de atributos, les festejan el cumpleaños, los llevan al spa, los vuelven influencers, les dan obra social, les buscan hospedaje en los Airbnb de mascotas (todo esto también es real). En las ciudades las mascotas tienen cada vez más lugares asignados, viajan en subte, disfrutan de espacios verdes especiales, de cafés y museos pet friendlies. Los candidatos se muestran con perros y perritos en campaña y así “se humanizan”. La expresión “vida de perros” ya ha quedado fuera de uso.

A los que venimos “del campo”, nos resulta más fácil ubicar este comportamiento como anómalo, o en todo caso propio de una época, distinto a las anteriores. Crecimos más rodeados de bichos y con alguno que otro podemos establecer una relación de cariño y cuidado especial, darle un nombre al que responde, compartir rutinas, hasta descubrirle “modos de ser”. Yo he tenido de mascota a un cordero que encontramos sin mamá, lo llevamos a la ciudad y lo paseábamos por ahí, hasta que tuvimos que devolverlo al campo porque creció y empezó a tumbar a cabezazos a mi hermanito, que andaba a su misma altura. Era el “Cordero Juan”, y en el campo nadie nunca pudo comerlo porque ya tenía nombre, y además se comportaba como un perro. Pero jamás, ni remotamente, se hubiese considerado la posibilidad de darle “cuidados paliativos” si enfermaba, operarlo o internarlo, prescribirle homeopatía. Una idea como la de “oncólogo de gatos” hubiera movido a desconcierto y –-con las disculpas anticipadas a todos los profesionales veterinarios que se ganan honradamente la vida como tales– me sigue pareciendo extraña.

La categoría de mascota, la definición de animal en oposición a lo humano, es evidente, se ha corrido. Y la industria –médica, alimentaria, de entretenimiento–, ni lerda ni perezosa, corrió a la par: solo en la Argentina, este segmento mueve más de 26 mil millones de pesos anuales. Estas líneas no están pensadas para poner en discusión la categoría ontológica que pueda alcanzar un perro. El mercado ya ha saldado ese debate (las redes también, ¿o acaso hay algún video de cachorritos adorables que no se vuelva viral?).

Las preguntas que se instalan cuando camino por Florida son otras. ¿Qué nos lleva a los humanos contemporáneos a empatizar cada vez más con los animales? ¿Y qué nos lleva a disociarnos de los de nuestra misma especie, a considerarlos tan ajenos, al punto de volverlos invisibles? Tengo para mí que una y otra no son tendencias disociadas, que expresan síntomas del mismo núcleo: el mismo impulso de época que nos permite humanizar con naturalidad y sin cuestionamientos a los animales y sus cachorros, es el que nos lleva también a deshumanizar a los nuestros, hasta volverlos invisibles. O, al menos, soportables.

Hemos quedado muy solos, los humanos, hoy. Los que están en las calles, los que se mueren ahí mismo de hipotermia, como conviene nombrar al hambre y al frío. Los que estamos alimentados y calefaccionados, en la medida de lo posible, en nuestras casas, junto a la amable compañía de nuestras mascotas.

07/09/19 P/12

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