Cactus

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Liliana Blum

El día en que Inti iba a mudarse a la casa de Daniela, ella se tomó la tarde libre. Puso música, se preparó un té de yerbabuena, se puso a hacer respiraciones profundas de las que recomiendan en la televisión, y fue a la ventana para fumarse tres cigarros. Juntó la ceniza en un montoncito, pero el aire se la llevó. Se apoyó sobre los codos: un par de palomas caminaban sobre la azotea del vecino. Mantuvo el humo del cigarro dentro al ver un perro callejero sorteando los vehículos; cuando el animal logró llegar hasta la banqueta del otro lado, Daniela dejó escapar el humo. Se fijó en la gente: le pareció increíble que todos se movieran aletargados, indolentes, al tiempo que ella moría de nervios. Sus uñas eran prueba de eso: de tanto morderlas se habían vuelto apenas unos cuantos milímetros de queratina sobre las yemas sangrantes de sus dedos.

Después de un rato de pasear de un lado a otro de la casa, fue al baño y tiró sus pastillas anticonceptivas al escusado. Jaló la palanca: aquellas bolitas blancas dieron vueltas en espiral, pequeños huevecillos que se perdían bajo el agua. Cerró la tapa y se sentó sobre ella. Las separaciones entre los azulejos ya no eran blancas. La cortina del baño estaba manchada de moho en la orilla inferior. La parte que debía sostener el rollo de papel de baño se había roto y por eso tenía que ponerlo sobre el tanque del agua. Cada vez que lo necesitaba, tenía que contorsionarse para tomarlo. ¿Tendría Inti algún problema con eso? ¿Esperaría que ella reparara los desperfectos y limpiara todo aquello? ¿Lo haría él?

El timbre sonó poco antes de las ocho de la noche. Daniela se arregló el cabello frente al espejo, se mojó la cara, y bajó las escaleras corriendo. Tropezó en el último escalón, y estuvo a punto de caer, pero recuperó el equilibrio apoyándose contra la pared. Abrió la puerta con fuerza, apurada, como si de eso dependiera la salvación de alguien, o como si temiera que él fuera a cambiar de opinión, diera la media vuelta y desapareciera para siempre de su vida. Pero Inti estaba allí, con sus cuarenta años, sus ojos hermosos, una expresión de culpabilidad y una maleta colgando de cada mano. Al fondo, junto a una camioneta, el amigo que le había ayudado con la mudanza se confundía con el paisaje de la calle.

Sin hablar, comenzaron a meter sus pertenencias en la casa: maletas, cajas, bolsas, una maceta con una enorme biznaga, un ventilador de piso, una bicicleta, algunas bolsas con víveres no perecederos. Daniela había despejado la mitad del clóset para él, compactando su ropa hacia uno de los lados. También regaló la ropa que no volvería a usar, fuera porque ya no le gustaba o era demasiado pequeña y había perdido la esperanza de regresar a esa talla. Días antes, compró una cajonera usada para lo que hiciera falta. El resto del espacio podrían compartirlo.

Ya solos, Daniela le ofreció a Inti prepararle algo de comer, pero él no aceptó. Ella tampoco tenía hambre, así que se pusieron a desempacar en silencio total; solo a veces él preguntaba en dónde podía guardar algún objeto, y ella contestaba puntual y escueta, como las secretarias feas que solo esperan la hora de salida. Daniela hubiera querido hablar, pero no podía. Quizá deberían de haberlo dejado todo y lanzarse a hacer el amor sobre la cama desnuda, con pasión, desmesurados, ¿no era esto lo que habían estado esperando, al menos desde que se conocieron y Daniela supo que él era el hombre de su vida? Pero en lugar de eso, se dieron a la tarea de asimilar metódicamente las pertenencias de Inti a la casa.

Daniela pensó en sus propios padres. ¿Qué tan cerca se puede vivir de alguien sin tener intimidad? ¿Y si esto fuera el inicio de un gran fracaso? Por un segundo sintió ganas de salir, cerrar la puerta y correr, correr. Pero en el fondo sabía que de hacerlo, apenas llegara a la esquina querría regresar. Inti colocó la maceta del cactus en una esquina, cerca del cristal por donde se colaba la oscuridad del jardín; ella supo que con él en la casa sería más difícil esconderse. Los dos estarían expuestos, vulnerables, el uno ante el otro. Sin embargo, tampoco era posible imaginar la vida sin él. Tenía en sus manos los objetos de la cotidianidad de su amor, que de ahora en adelante serían los suyos también. El polvo iría a acumularse tanto en sus libros y como en los de Inti. La mayonesa iba terminarse más rápido y los trastes sucios se duplicarían. En la coladera de la ducha, el drenaje iría tapándose con los cabellos de ambos. Usarían el mismo rastrillo para las axilas de Daniela y la barba de él y a veces se recriminarían el uno al otro por la falta de filo. La vida en común.

Varias horas más tarde, ya con todo acomodado, merendaron en silencio: pan dulce, café con leche, y plátanos. Él dijo que el cactus se regaba con unas gotas apenas una vez por semana, que eso era importante saberlo, pues era una planta delicada; Daniela respondió que el café lo guardaba en el refrigerador, en un bote metálico de esos de galletas, para mantenerlo seco. Ambos se quejaron de la humedad y del calor, con el hartazgo y cansancio de los matrimonios que rascan el fondo del frasco sin encontrar ya temas de conversación. Se fueron a la cama, intercambiaron algunos comentarios sobre las últimas noticias de la nota roja y, alegando el cansancio por la mudanza, se fueron a dormir sin más.

La primera noche que él durmió en su cama, Daniela tuvo un sueño con la exmujer de Santos y con su hija pequeña. Las veía en la calle, se saludaban y ellas se acercaban sonrientes; al poco rato ya eran amigas y reían juntas. La nena le daba la mano a Daniela para caminar por la calle: la idea era ir a encontrar a Inti que las esperaba en algún lugar. De pronto, de la nada, un auto atropellaba a la niña. Daniela se quedaba mirando aquella manita cercenada aún prendida a su propia mano. La ex se le venía encima a golpes y le arrancaba el cabello a puños. Daniela se despertó; tenía el pulso tranquilo. No se alteró; en el sueño tampoco se defendía. Se dejaba hacer porque merecía aquello.

Se incorporó con cuidado para no despertarlo. Lo contempló mientras dormía, tratando de no ser demasiado intensa, no lo fuera a sentir. ¿Tenía celos, se sentía insegura? Así dormido, con los párpados temblando y una expresión incierta en la cara, él parecía soñar con alguien más. ¿Y si pensaba en la madre de su hija? ¿Estaría buscando a su exmujer en Daniela, sustituir un cuerpo por otro, un cambio de fachada, pero su corazón en el mismo lugar, como los cimientos de una casa? ¿O había alguien más? Alguna vez leyó que los hombres solo se enamoran una vez, pero siempre buscan tener una mujer al lado porque no pueden estar solos por cuestiones prácticas. Necesitan el sexo y llegar a una casa habitada.

Daniela bajó a la cocina y se prometió no decirle a Inti que se ahogaba en ese mar de celos al pensar en su pasado inmediato. Sirvió un vaso con leche y sacó las galletas de la alacena. Estaba casi segura que esa debilidad nocturna era la causa de su aumento de peso, pero le resultaba difícil despertarse de madrugada y no terminar haciendo lo que ahora hacía. Sopeando las galletas en el vaso, intentó recordarse en cuál cama dormía Santos esa noche y en las que habrían por venir. Qué importaban los sueños, producto del inconsciente y de las ondas cerebrales. Lo mismo podría soñar con un monstruo que con su abuelo muerto. Si Santos se había mudado con ella era porque la amaba, ¿no?

La leche le provocó náuseas; de un tiempo acá le sucedía con ciertos alimentos. Se levantó y sin saber por qué, en lugar de vaciar la leche en el fregadero, lo hizo sobre el cactus. Las gotas blancas resbalaron por los gajos verdes hasta perderse en la tierra húmeda. Quizá el sueño tuviera que ver con que la niña había irrumpido en su relación. La exmujer le tenía prohibido a Inti ver a su hija, así que desde que comenzaron a salir como pareja, Daniela solo sabía de su existencia, pero nada más. Su exmujer y él jugaban ese juego cruel de algunos padres, el estira y afloja con los hijos, la pensión alimenticia y las visitas, ese juego en el que al final todos terminaban tirados en el fango y con las manos ensangrentadas.

Él había tenido una mala racha en su negocio de herramientas, así que lo traspasó y quedó varios meses desempleado, durante los que no pudo contribuir a la manutención de la niña. Por eso perdió la posibilidad de verla. En el último mes, sin embargo, tras negociar en sesiones con una terapeuta que cobraba un dineral por hora, la exmujer impuso sus condiciones y se obligaron a llegar al acuerdo de que podría tener contacto con su hija si prometía ponerse al corriente con sus deudas. Aquello coincidió con que obtuviera plaza como profesor en una universidad técnica enseñando materias básicas de matemáticas y física, así que empezó a depositarle el dinero a su exmujer casi de inmediato. Pero como tenía que pagar el mes corriente y todos los anteriores, se quedaba sin un peso cada quincena. A pesar de eso, estaba feliz: al fin podía ver a su hija, una nena preciosa de tres años. Daniela, que se hacía cargo de la situación sutilmente invitándolo a comer y pagando las cuentas si decidían salir a tomar algo, le propuso que vivieran juntos. Podría ahorrarse el dinero que pagaba de renta y salir de sus deudas más pronto. Lo dijo casi sin pensar: ¿no se amaban? Era lo más lógico.

A las dos semanas de estar viviendo juntos, Daniela le abrió un espacio a la hija en su hogar. La casa solo tenía sala-comedor, cocina, un baño y dos recámaras, una de ellas, no hubo más opción que sacrificar el estudio de Daniela. Fue una decisión tomada por ella misma. Tal vez más adelante acondicionaría un espacio para ella en la terraza, si pudiera conseguir un toldo. O trabajaría sobre la mesa del comedor, no necesitaba mucho más: era correctora de estilo para una revista para mujeres y articulista ocasional. Le bastaba cualquier superficie, una computadora y listo. Aun así, sintió que estaba renunciando a algo fundamental. Se repitió varias veces: es más importante, mucho más importante, el cuarto para la nena. Significa que acepto a mi compañero con todo su pasado, con lo que es importante para él. Cuando él se fue a dar su clase a la universidad, Daniela sacó sus propias pertenencias, sus libros, sus papeles, sus adornos, y puso todo en cajas. Comenzó a pintar con brocha gorda el cuarto de color rosa. La nena estaba en su fase de princesas, lo cual le resultaba al mismo tiempo adorable, predecible, y algo triste. Ninguna hija suya sería presa tan fácil de la mercadotecnia y el consumismo, se dijo al tiempo que colocaba unas cenefas con la Bella Durmiente y sus pajaritos ayudantes.

El cuarto quedó listo: una cama pequeña y colcha de la Cenicienta, con todo y la calabaza, ratones y sabueso viejo; un pequeño buró también rosado, con una lámpara cuyo pie era el cuerpo de Blanca Nieves y arriba en la pantalla, los siete enanos de Disney, de regreso de la mina. Un cuadro de la Sirenita y su cangrejo patiño. La niña llegó con un vestidito blanco, sonriendo tímida, con una pequeña mochila con su ropa para el fin de semana. El acuerdo era que pasaría dos días cada semana con su padre, siempre y cuando no hubiera algún compromiso social. Inti las presentó: Daniela, Ana Gaby; Ana Gaby, Daniela. Las dos sonrieron sin mostrar los dientes. Eso está bien, pensó Daniela. Había visto en un programa del Discovery que una sonrisa mostrando los colmillos era una amenaza velada entre los grandes simios. Platicaron sentadas en la orilla de la cama y comenzaron a relajarse un poco. De todas formas, ellos no dieron ninguna señal de que fueran una pareja en frente de la niña.

Esa noche tampoco hicieron el amor. La niña estaba en el otro cuarto. Ninguno de los dos intentó nada. Daniela podría haber asegurado que estaba embarazada. Se durmió pensando en un bebé imaginario y propio. Nunca mencionó lo de las pastillas en el escusado. Igual, no era un método adecuado para alguien como Daniela que con frecuencia olvidaba tomarlas por un día o dos. Tirarlas había sido más bien un acto de honestidad con sí misma. A escondidas en el baño registraba su temperatura basal cada mañana. Si era la correcta, buscaba a Inti por la noche. Lo despertaba. Lo besaba. Lo tocaba. Él respondía lento, atolondrado, como si fuera un hombre viejo, y al final hacían el amor despacio y sin fuerzas; a ella la invadía la tristeza. Entonces se apuraba a fingir un orgasmo y esperaba a que él terminara y cayera dormido a los pocos minutos. Los siguientes días se abocaba a examinar su cuerpo buscando cualquiera de los cambios que, según había leído, indicaban la preñez. ¿Quizá le crecían los pechos? Esa náusea matinal. El apetito inusual. Unos cólicos fuera de época. Sueño, mucho sueño que no podría atribuírsele a un desvelo previo. Entraba en el cuarto de Ana Gaby y tocando su vientre plano imaginaba una cuna de mimbre y encaje blanco. Esa noche podría haber jurado que estaba embarazada.

Pero llegó el humor nefasto, la retención de agua que le impedía usar anillos, el terrible alfileteo en los ovarios y las ganas de exterminar a quien se cruzara en su camino. El preludio de la sangre. Una mañana orinó en la ducha y vio salir el líquido rojo contaminado por trozos de endometrio y de ilusiones por ser madre. Desnuda, se sentó en el azulejo con el agua cayéndole encima a llorar todas las lágrimas del mundo. Él estaba desesperado por usar el baño. Abrió la puerta y la vio allí; se apresuró a cerrar la llave. No le preguntó qué pasaba ni la ayudó a ponerse de pie; la acusó de desperdiciar un recurso precioso. ¿Qué estaba pensando? Daniela no supo qué decir. Una gota insistía en caer sobre su cabeza, tortura medieval. Santos corrió a traer herramientas para arreglar la cebolleta. El hombre de tu vida, el que puede romper tu corazón o hacerte feliz, te ignora si lloras, pero se ocupa por arreglar la tubería de tu casa, pensó Daniela. ¿Era también una expresión de amor?

Mientras su plomero personal salvaba al planeta evitando que unas gotas se escaparan, Daniela colocó una toalla sanitaria sobre su pantaleta y se vistió en silencio. Fue a la cocina a preparar café, pero no fue capaz de tomarlo. Lo vació sobre el cactus y salió a la terraza a fumar. El matrimonio, más que un papel o una ceremonia dispendiosa, se trataba a fin de cuentas de dos personas viviendo juntas bajo el mismo techo. El error era pensar que esa convivencia pudiera alterar las matemáticas. Uno más uno siempre es igual a dos, a pesar de lo que digan las canciones o los poetas. No hay nada más que uno mismo y el otro. Y eso nunca basta.

Por la tarde llegó la hija de Inti para quedarse el fin de semana. Los tres salieron a comprar un helado. Al caminar por la calle rumbo a la nevería, Ana Gaby tomó la mano de Daniela y la de él y se intentó columpiar, pero ella no la levantó. Se sentía exhausta. La niña se quejó e Inti miró a Daniela de una manera en la que no la había mirado antes. Ya con el helado, llegaron hasta un parque cercano y se sentaron en una banca a comerlo. Había juegos y la niña dejó el suyo para ir a subirse a la resbaladilla. En la banca de junto, un par de señoras platicaban mientras sus hijos competían por los columpios. Inti comía su nieve en silencio, concentrado en el espacio, en la nada. Las dos mujeres se quejaban de lo cansadas que estaban. Igual que la exmujer de Inti, igual que todas sus amigas que tenían hijos. Al parecer el cansancio era uno de los temas de conversación preferidos de las madres, junto con los hábitos alimenticios, dormitivos y defecatorios de sus hijos, así como los pros y contras de llevarlos a las guarderías, lo difícil que resulta llevar una rutina de ejercicio, las manías y defectos de los respectivos maridos. Esas mujeres tenían lonjas en el vientre, las piernas flácidas y una profunda cara de hastío, a pesar del maquillaje.

Daniela dijo que no se sentía muy bien por los cólicos y regresó a la casa. Tuvo problemas para mover las piernas y poner un pie enfrente del otro. A pesar de lo mucho que le gustaba caminar, arrastró las suelas contra el empedrado y regresó con los zapatos cubiertos de polvo. Antes de conocer a Inti, tuvo una relación mediocre de varios años. Él, por su parte, venía de un matrimonio corto y malo, por lo que le había contado. ¿Y si fuera que ambos tenían roto el corazón y confundieron al otro por algo que no era? ¿Y si todo este presente era el resultado de un espejismo que persistía porque ninguno de los dos se había atrevido a tocarlo? Encendió un cigarrillo y fumó adentro de la casa, a pesar de que habían acordado no hacerlo, por el olor y las visitas de la niña.

En la casa no había ninguna foto de ellos dos juntos. Las paredes estaban adornadas aún con los cuadros de ella. Lo único que delataba la presencia de su novio era aquel cactus que comenzaba a verse enfermo: durante los últimos días había vertido muchos líquidos en él. Daniela se acercó a la maceta y apretó la punta encendida del cigarrillo contra la piel verde: se escuchó un silbidito y un olor a quemado entró por su nariz. La biznaga tenía ahora un cráter negruzco. Encendió otro cigarrillo, inhaló varias veces hasta quemarse la garganta, y volvió a apagarlo contra la planta. Lo repitió varias veces más hasta dejar toda la superficie cacariza, herida. Pensó en esos niños que van a dar a la Cruz Roja, torturados por padrastros solapados por las madres enamoradas.

Inti y Ana Gaby llegaron más tarde, las caras rojas y sudando; Daniela ya tenía los ojos secos y terminaba de preparar macarrones con queso, la comida favorita de la niña, según especificaba la lista de instrucciones o sugerencias que había dejado la exmujer para cuando su hija estuviera allí. Estaba pegada en el refri con un imán en forma de manzana que él le había traído de Nueva York. Encendieron el ventilador del techo. Daniela acercó a la mesa un plato con bocadillos de jamón serrano y queso Brie, y un platito con macarrones. En una taza de la Bella Durmiente sirvió leche para la niña, y en un par de copas, vino para los adultos. No tuvieron que hablar entre ellos porque Ana Gaby relataba emocionada sus andanzas en los juegos del parque. Al terminar, él se quedó a recoger la cocina y lavar los platos; Daniela llevó a la niña a su cuarto. Le puso la piyama y leyó algunas páginas de un libro de cuentos clásicos, pero la niña se quedó dormida mucho antes. Guardaron silencio fingiendo interesarse en el resumen de noticias en la televisión. Él le preguntó cómo se sentía y ella dijo que mejor.

Él tardaría varias semanas más en notar la ausencia de su cactus. De todas formas, el clima húmedo tropical no era lo más apropiado para una planta así.

(De: Tristeza de los cítricos)