Cambiemos que me hiciste mal, y sin embargo…

Por Liliana Viola

Imagen: Bernardino Avila

La gran incógnita en estas elecciones no son los indecisos sino todo lo contrario: los decididos. O más concreto: los paradójicamente decididos que declaran su voto reincidente previa enumeración de los desmanes de estado que ellos mismos atribuyen a Cambiemos. Se habla de suicidio cívico o de voto loco. Más que loco, voto ludópata que apuesta a lo perdido por perdido, una remake masoca de aquel que en el dicho popular se quema con leche y al ver una vaca llora, sólo que en esta versión, sin secarse las lágrimas se manda un segundo sorbo y obliga a beber a los demás. Pero lo cierto es que estas imágenes más ofensivas que reflexivas, como la metáfora desgastada de la grieta tan visitada por este gobierno, resultan insuficientes para abordar un fenómeno complejo y cuya luz muy probablemente iluminaría el entramado político y social de la Argentina, más allá del momento electoral. Aunque también.

Porque si la primera pregunta es: cómo es posible que luego de un documentado lamento –por la caída del consumo, de empleo, de beneficios sociales, sistema de salud, jubilaciones, aumento de impuestos, deuda externa…– el votante damnificado concluya que volverá a votar a ese candidato que no cumplió ni promesas ni expectativas, la pregunta que sigue es: ¿cuánto falta para que estos “decididos” salgan de su limbo y pasen al purgatorio de los indecisos, a los cielos de un partido político por fuera de las dos opciones mayoritarias, o al partido con el que “al final hay que reconocer que estábamos mejor”?

En la puerta de ese limbo se acaba de apostar el presidente Macri a su manera, y así es que vía tuit busca liberar a sus “decididos” de toda tentación de razonamiento: «No se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones. Es tu autoridad, tu confianza, tu credibilidad, la que tus relaciones valoran para acompañarte en tu decisión.” Y a continuación, como para dar por terminado el asunto que evidentemente lo pone en riesgo dado que está claro que él tampoco puede justificar su voto, invita a subir a las redes una confirmación de fe pret a porter –“Yo lo voto”– que incluye foto elegida por él mismo y todo. Macri habla como el pastor de una liturgia marketinera que sabe que la fe, como el deseo de consumo o la de seguridad garantizada por un Estado disciplinador, se contagia, que la fe mueve montañas y no merece ni admite explicaciones y mucho menos, pruebas.

En este camino de la devoción habrá que reconocerle a Lilita Carrió, siempre pionera, el haber hecho punta en el impulso al voto devoto, al voto sagrado. Lo dijo en un tuit: “Yo apoyo ciegamente a Macri, porque mi causa es la República”. Claro que la República, un concepto que lenta y sospechosamente ha ido desplazando a “democracia”, “pueblo”, “patria”, es en su versión una muñeca de plástico bautizada “Republiquita”, parienta cercana del bebito gigante que sacan a pasear los antiderechos como “el argumento sin razonamiento” más efectivo contra la Ley del Aborto legal Seguro y Gratuito. ¿No era el mismísimo Alfonsín quien decía, promediando los 80 que la Argentina había recuperado la República (se refería a los aspectos formales básicos e imprescindibles arrebatados por la dictadura) pero que aún nos estaba faltando recuperar la democracia (comer, educarse, acceso a la salud)?

“La Republiquita está viva. Y va a ganar en octubre” celebró Lilita con otro tuit el anuncio de la fórmula Macri/Pichetto posando con una muñeca con ojos desorbitados o arrancados, no se ve bien. Confirmando la homilía, la otra semana, el periodista de La Nación Jorge Fernández Díaz tildó a los votantes de Roberto Lavagna (es decir, los que no votan a Macri) de «esos muñecos que ponen en peligro la República».

Por una Republiquita sin muñecos

El riesgo de volverse un nadie, un indeseable, un muñeco, tal vez sea una de las condenas más temidas en una sociedad que se muestra muy amarreta en el reparto de carnets de ciudadanía. “Muñeco”, según el diccionario de lunfardo, es “persona innominada” lo mismo que ñato y coso, ese individuo sin identidad que en la segunda acepción suma degradación económica y social por parte de la patronal: “muñeco también es el estibador que no trabaja, quedándose el capataz con su jornal, haciéndolo figurar presente.”

Concentremos ahora en esa persona innominada, muñeco, ñato, coso, apenas una sombra despojada de la condición de ciudadanía, que no se va a presentar en ninguna lista de ningún partido, que jamás llegará a ocupar un cargo, pero que allí está, a veces como amenaza, a veces como juguete.

Es muy significativa la aparición de ñato o muñeco en los comentarios que proliferaron en torno del caso Chocobar. ”Chocobar persiguió a un ñato al que «testigos» le señalaron.” “¿Qué pensarías si un ñato entra a tu casa, te roba, viola a tu mujer, tus hijos, te cocina el perro con papas al horno, te sodomiza, te orina, te defeca… –dice, por ejemplo, el usuario vendetta 1965 en el portal Infierno Rojo inspirado en un viejísimo paso de comedia de Olmedo convertido en tragedia bajo la doctrina Bullrich– y cuando se está yendo vos lo corrés (aunque tu vida no corre peligro y el está desarmado) y le pegás dos corchazos en la espalda… Y viene un ñato y te dice, sabe qué señor, mató a un inocente excediéndose en su legítima defensa…”

La lógica aparece nuevamente suspendida mientras se le otorga al Estado la facultad de institucionalizar la violencia, un Estado que si ha despojado a la mayor parte de la población de expectativas y de beneficios, se muestra preparado para aplacar el estallido social de un posible default. Los ojos de Lilita y su muñeca se cierran nuevamente mientras según el informe de la Correpi en 2017 por ejemplo, 725 personas fueron asesinadas por la represión estatal en 721 días de gobierno. Es cierto que los decididos no suelen incluir en su libro de quejas el modo en que este gobierno genera ñatos y promete su exterminio. Pero, ya hay señales claras de que podrían ir apartándose del rebaño. ¿No sería acaso una acción como mínimo en defensa propia en un contexto en que el riesgo de volverse un muñeco es cada vez más alto? Porque cerrar los ojos también implica entregarse y olvidar una ley básica, que es la ley del más fuerte cuyos brazos levanta el arbitro neoliberal en el ring. “Qué le vas a hacer, ñato”, decía, vencido Torito en el final del cuento pugilístico de Cortazar: «Cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula.”

08/08/19 P/12

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