Caminar sobre el agua

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Alice Munro

Esta era una parte del pueblo donde aún vivía bastante gente mayor, aunque muchos se habían mudado a los bloques de apartamentos del otro lado del parque. El señor Lougheed tenía unos cuantos amigos, o tal vez sería mejor decir conocidos, con quienes se encontraba prácticamente a diario de camino hacia el centro, en la parada del autobús o en los paseos frente al mar. De vez en cuando jugaba a las cartas con ellos en sus cuartos o apartamentos. Era miembro de un club de petanca y de un club que traía películas de viajes y las proyectaba, en una sala del centro, durante el invierno. Se había apuntado a esos clubes no por un verdadero deseo de sociabilizar, sino como precaución contra sus tendencias naturales, que podían llevarle, pensaba, a acabar convertido en una especie de ermitaño. Durante todos los años que pasó tras el mostrador de una farmacia había aprendido a lidiar en todo tipo de conversaciones con toda clase de gente, a deslizarse afablemente por la conversación sin dejar de rumiar sus propios pensamientos. Practicaba la misma técnica con su mujer. Su objetivo era dar a la gente lo que creía que necesitaba, y continuar a lo suyo, solo y en paz. Aparte de su mujer, poca gente había sospechado nunca qué se traía entre manos. Pero ahora que ya no estaba obligado a dar nada a nadie, en el sentido cotidiano del día a día, de vez en cuando se ponía a propósito en una situación donde tuviera que hacerlo, porque creía que en cierto modo le iba bien. Si dependiese solo de él, ¿con quién hablaría? Con Eugene, nada más. Acabaría por ser un incordio para Eugene.

Fue en el paseo frente al mar cuando el señor Lougheed oyó por primera vez lo que Eugene había estado sugiriendo.

—Dice que puede caminar sobre el agua.

El señor Lougheed estaba seguro de que Eugene no había dicho tal cosa.

—Todo consiste en pensar en el peso fuera del cuerpo, según él. No hay nada que no puedas controlar si te lo propones. Eso es lo que dice.

Quienes hablaban eran el señor Clifford y el señor Morey, sentados en el banco del mirador recuperando el aliento.

—La mente sobre la materia.

Invitaron al señor Lougheed a sentarse, pero prefirió quedarse de pie. Era alto y delgado y, si mantenía un paso razonable, no perdía el resuello.

—Eugene habla mucho de esa clase de cosas, pero es mera especulación —les aclaró. No dio importancia al tono con que hablaban de Eugene, aunque sabía que en parte estaba justificado—. Es muy inteligente. No está chiflado.

—Tendremos que esperar a la demostración para dar nuestro veredicto.

—O él está chiflado, o lo estoy yo. A menos que sea Jesucristo.

—¿Qué demostración? —preguntó el señor Lougheed con cautela, temiéndose lo peor.

—Va a demostrarlo echando a caminar desde el muelle de Ross Point.

El señor Lougheed dijo que estaba seguro de que Eugene solo bromeaba. El señor Clifford y el señor Morey le garantizaron que no era ninguna broma, sino un compromiso serio. (El señor Clifford y el señor Morey, diciendo que iba en serio, se reían por lo bajo y movían la cabeza con aire burlón, mientras el señor Lougheed, diciendo que iba en broma, fruncía el ceño y se mantenía distante.) La cita sería el domingo por la mañana. Estaban a viernes. Las diez fue la hora exacta elegida, para que algunos pudieran ir a misa después de que el caminar o no caminar se acabara. Pero, tal como el señor Lougheed sospechaba, ni el señor Clifford ni el señor Morey estaban delante cuando se acordaron esos detalles, hablaban de oídas nada más. El señor Morey lo oyó mientras jugaba a las cartas con amigos, y el señor Clifford en la Sala de Lectura del Israel Británico.

—Está en boca de todo el mundo.

—Bueno, pues quizá debería estar en menos bocas, porque Eugene no es ningún tonto, o al menos no tanto como para proponer semejante disparate —contestó secamente el señor Lougheed, y reanudó su paseo. Atajó hacia casa por una ruta más corta que la de costumbre.

Llamó a la puerta de Eugene, que estaba enfrente de la suya, al otro lado del pasillo.

—Adelante —dijo Eugene con una voz serena pero de advertencia.

El señor Lougheed abrió la puerta y sintió el golpe de una ráfaga de viento fresco del océano que entraba por la ventana de Eugene, subida hasta el tope.

Eugene estaba sentado en el suelo de madera delante de la ventana, con las piernas dobladas y retorcidas de aquella forma que parecía tan antinatural y que, según él, ahora le resultaba totalmente natural. Llevaba puestos unos vaqueros, nada más. El señor Lougheed contempló la esbeltez, la delicadeza, del torso de aquel hombre joven. ¿Qué trabajo podía hacer, cuántos kilos podía levantar? Y sin embargo, era capaz de hacer todas esas contorsiones, de retorcer y estirar su cuerpo en las posturas más angustiosas que quepa imaginar, y que él aseguraba que eran placenteras, por supuesto. Se lo tomaba muy en serio.

—Siéntate —dijo Eugene—. Enseguida salgo.

Se refería a que iba a salir de la meditación, que era como terminaba sus ejercicios. A veces se sentaba a meditar sin molestarse en cerrar la puerta. El señor Lougheed, al pasar, siempre apartaba la mirada. No quería ver la expresión de la cara de Eugene. ¿Éxtasis, se suponía que era? Le escandalizaba, le consternaba tanto, en algún lugar recóndito de su ser, como si hubiera visto a alguien haciendo el amor.

Eso le había ocurrido, también.

En la planta baja de la casa vivían tres jóvenes. Se llamaban Calla, Rex y Rover. Rover parecía un nombre puesto en broma, para un chico delgaducho, enfermizo, con cuerpo de un chaval de doce años y algunos días cara de cincuentón. El señor Lougheed lo había visto durmiendo en la moqueta del pasillo, como un perro. Aunque Rex y Calla no dejaban de ser también nombres raros, más apropiados para un animal y una flor; ¿serían esos los nombres que les habían puesto sus padres? Al señor Lougheed le daba la impresión de que hubieran llegado hasta allí sin padres, sin ninguna experiencia de tronas o triciclos o carretillas; parecían haber brotado tal cual, armados como iban, de la tierra. No cabía duda de que así era como se veían a sí mismos.

Un día al entrar en la casa se fijó en que la puerta del apartamento de la planta baja estaba abierta. Tal vez alguien acababa de salir corriendo. Al fondo del pasillo —a plena vista, sin embargo, no debajo de la escalera— había dos figuras enredadas una con la otra. Rex y Calla. La chica llevaba una de sus habituales faldas largas, y parecía estar a cuatro patas, gruñendo y forcejeando como si la hubieran empujado. Tenía la falda echada por encima de la cabeza, estaba medio atrapada y sofocada por la tela. El señor Lougheed no vio nada más que una rodaja de carne esponjosa, su trasero, y que enseguida cubrió el chico que la montaba. Advertir la presencia del señor Lougheed fue lo que quizá le hizo soltar un bramido, de placer y de asombro a la vez, y abalanzarse hacia delante, con lo que tanto él como la chica se desplomaron y su conexión esencial probablemente quedó rota por el momento; sus voces se unieron, sin embargo, en risas que al señor Lougheed le parecieron no solo desvergonzadas sino llenas de sorna. O sea que de quien había que reírse era de él, por ser testigo, por escandalizarse de su copulación.

No estaba escandalizado, le hubiera gustado decirles. Cuando era niño e iba a la escuela, la llamada Escuela de Piedra en la Quinta Demarcación del Ayuntamiento de Killop, había sido parte del público que pagó para ver un espectáculo a cargo de uno de los Brewer y su hermana pequeña. Tuvo lugar en la entrada del aseo de los chicos, un lugar infecto. No fue un simulacro. Nadie necesitaba creer que se habían inventado aquel asunto.

Pero, si no estaba escandalizado, ¿cómo estaba? El corazón se le puso a cien, sentía un embotamiento lúgubre. Al llegar a su cuarto se tuvo que sentar. Durante un rato los oyó reír. Imaginó sus partes peludas moviéndose al unísono, con una violencia inflamada y ajena, entre las embestidas, acabando en aquella risa. Como animales. No, rectificó. Los animales iban a lo suyo sin llamar la atención de nadie, y con solemnidad. Lo que le molestaba, le había dicho a Eugene, lo que le molestaba de esta generación, si se trataba de una cuestión generacional, era que no podían hacer nada sin alardear. Por qué tanto aspaviento por todo, preguntó. No podían cultivar una zanahoria sin echarse flores.

Un ejemplo. Había una tienda de camino al centro que solía frecuentar porque le gustaba ver los cajones a lo largo de la acera, llenos de hortalizas deformes con un poco de tierra todavía pegada. Le recordaban a las hortalizas que había en las verdulerías cuando era niño, y en el sótano de su propia casa. Pero la gente joven de la tienda, con su pelo largo y rebelde y diademas indias y disfrazados con petos de rayas y ropa interior llena de agujeros (¿qué era eso sino un disfraz? Ningún granjero en su sano juicio, por pobre que fuera, se presentaría en el pueblo con tal atuendo), y sus sermones moralistas sobre horticultura y comida, le indignaban tanto que había dejado de entrar allí. Se daban demasiada importancia. Pan se había hecho toda la vida, nabos se habían cultivado toda la vida. Aquello era artificial, en cierto modo era más artificial que los supermercados.

—Creo que son más aburridos que artificiales —dijo Eugene con sensatez—. Como los primeros cristianos. Debían de ser aburridos.

—No durarán. Esa forma de trabajar el campo fracasará.

—Puede ser. Pero hay gente que construye su vida práctica sobre una filosofía y es muy próspera. Los huteritas. Los menonitas.

—Tienen otra mentalidad —dijo el señor Lougheed. No es que no se diera cuenta de cómo sonaba: tozudo, cascarrabias, viejo.

Ahora, cuando Eugene acabó de salir de la meditación y se puso de pie, se estiró y le preguntó al señor Lougheed si quería tomar un té. El señor Lougheed dijo que sí. Eugene enchufó la tetera eléctrica y se puso a ordenar un poco sus cosas. Siempre tenía la habitación bien arreglada. Dormía en un colchón tendido en el suelo, pero ponía sábanas, y las sábanas estaban limpias, las llevaba a la lavandería. Los libros estaban en unas estanterías de tablas y ladrillos o apilados en el suelo y los alféizares de las ventanas. Tenía cientos de libros, casi todos de bolsillo, eran lo que predominaba en el cuarto. El señor Lougheed a menudo ojeaba los títulos, sintiéndose intimidado e inútil. De Heidegger a Kant. Sabía quién era Kant, desde luego, aunque no hubiera leído ninguna obra suya, solo un esbozo sobre él en Historia de la filosofía. Quizá en otro tiempo había sabido quién era Heidegger, pero ya no se acordaba. No había ido a la universidad. En su época no hacía falta ir a la universidad para ser farmacéutico, solo necesitabas ponerte de aprendiz, como hizo él con su tío. Más adelante, sin embargo, había pasado por un período de leer en serio. Nada de ese nivel, no obstante. Sus conocimientos le permitían reconocer los nombres y poco más. Maestro Eckhart. Simon Weil. Teilhard de Chardin. Loren Eiseley. Nombres respetados. Nombres luminosos. Y el caso era que Eugene no solo coleccionaba esos libros, planeando leerlos poco a poco algún día. No. Los había leído. Eugene había leído prácticamente todo lo que había que leer sobre esos temas tan importantes, tan exigentes. Filosofía. Religión. Misticismo. Psicología. Ciencia. Eugene tenía veintiocho años y podía afirmarse con certeza que había pasado los últimos veinte leyendo. Tenía títulos. Había ganado becas y premios. Menospreciaba todo eso, o al menos le restaba importancia, como disculpándose. Había hecho incursiones en la enseñanza, pero ningún otro trabajo estable, por lo visto. En algún momento había sufrido un colapso nervioso, una crisis larga de la que aún, quizá, creía estar recuperándose. Sí, tenía el aire de alguien que medía y vigilaba su convalecencia. Era mesurado, incluso en sus movimientos ágiles y su buen talante. Se cortaba el pelo como un paje medieval. El pelo y los ojos le brillaban, suaves y astutos, de un castaño rojizo. Llevaba un bigote fino, que no le ayudaba a aparentar la edad que tenía.

—He oído esa historia de caminar sobre el agua —dijo el señor Lougheed, procurando adoptar un tono jocoso.

—¿Miel? —preguntó Eugene, y dejó caer una buena cucharada en el té del señor Lougheed.

El señor Lougheed, que prefería el té sin endulzar, aceptó con aire distraído una cucharilla.

—No le he dado crédito.

—Ah, sí —dijo Eugene.

—Dije que no serías tan tonto.

—Te equivocabas.

Ambos sonreían. La sonrisa del señor Lougheed era sutil pero esperanzada, táctica. La de Eugene era franca y bondadosa. Y aun así, ¿a qué venía esa franqueza? No era natural, era trabajada. Eugene, que sabía de historia militar y misticismo y astronomía y biología, que podía hablar sobre arte indio (de ambos continentes) o sobre el arte del envenenamiento, que como una vez le había dicho el señor Lougheed podría haber hecho una fortuna en los tiempos de los concursos televisivos (Eugene se había reído y había dicho que gracias a Dios, por el bien de su alma, esos tiempos quedaron atrás); Eugene, en todos los movimientos cotidianos e intercambios de la vida, encarnaba la superación, frente a algo que no mencionaba. ¿Su colapso nervioso? ¿Su sabiduría desbordante? ¿Su capacidad de comprensión?

—Tal vez lo entendí mal —dijo el señor Lougheed—. Entendí que la idea era caminar sobre el agua.

—Exacto.

—¿Y cuál es el objetivo?

—El objetivo es caminar sobre el agua. Si es posible. ¿Tú crees que lo es?

Para eso el señor Lougheed no pudo encontrar una respuesta.

—¿Es alguna clase de broma?

—Podría ser —dijo Eugene, y aun así tan alegremente—. Una broma que va en serio.

La mirada del señor Lougheed se había desviado hacia un estante de otro tipo de libros que Eugene leía, y que a él no le parecía que encajaran demasiado con los de la primera categoría. Esos libros estaban escritos o versaban sobre personas que hacían profecías, trataban de cuerpos astrales y experiencias telepáticas y poderes sobrenaturales y toda clase de patrañas o artes de magia, si preferías llamarlo así. El señor Lougheed incluso le había pedido prestados a Eugene algunos de esos libros, como le pedía otros, pero no era capaz de leerlos. La incredulidad le atascaba el cerebro. Utilizando una palabra de cuando era joven, le dijo a Eugene que todo aquello lo dejaba «patidifuso». No podía creer que Eugene se lo tomara en serio, ni siquiera cuando el propio Eugene le aseguraba que sí.

Un poco después del incidente en el pasillo de la planta baja, el señor Lougheed había vuelto a casa un día y había encontrado un signo pintado en su puerta. Era una especie de flor, con pétalos finos rojos pintados toscamente, y unos pétalos negros intercalados, que se estrechaban en sentido inverso. Un círculo rojo en el medio y un círculo negro, un agujero negro, dentro. Tocó la pintura y notó que estaba húmeda, aunque no mucho, hoy en día había pinturas que se secaban enseguida. Llamó a Eugene para que se asomara a echar un vistazo.

—No es nada —dijo Eugene—. Por lo menos nada de que preocuparse. No lo reconozco. Es solo algo que se han inventado.

El señor Lougheed tardó un minuto o dos en captar el sentido de sus palabras.

—No es un símbolo —dijo Eugene.

—Símbolo —repitió el señor Lougheed.

—Como un hechizo. Hay una diferencia entre esto y un símbolo de verdad, igual que habría una diferencia entre un galimatías y un conjuro auténtico, aunque podrían sonar como un galimatías por igual a alguien que no esté iniciado.

—No me preocupaba que fuera un… símbolo —reaccionó el señor Lougheed—. ¿Es a lo que te refieres, a una especie de símbolo mágico? Me preocupaba que me pintarrajearan la puerta. No tienen por qué subir aquí y no tienen por qué pintar nada en mi puerta.

—Bueno, supongo que lo hicieron como una broma. O puede que lo hicieran como un desafío. Son muy infantiles, Rex y Calla son increíblemente infantiles. Rover solo parece infantil, en el fondo es un misterio. Puede que tenga un alma anciana.

El señor Lougheed no estaba interesado en la edad del alma de Rover. Estaba interesado, y perplejo, ante la posibilidad de que algo así, un signo en una puerta, pudiera tener un significado real para alguien que no fuese tonto de remate.

—¿A ti… —preguntó con viva e incontenible curiosidad— a ti te alarmaría encontrar un símbolo en tu puerta? ¿Creerías que podría provocar un efecto real?

—Desde luego.

—A mí me resulta casi imposible de creer —dijo el señor Lougheed. Pensó, suspiró, y dijo con más firmeza—: A mí me resulta imposible de creer.

—Punto muerto —dijo Eugene cordialmente.

El señor Lougheed pensó que debería haberse dado cuenta entonces, debería haberse dado cuenta del calado de ese tipo de ideas, y ahora no le habría desconcertado tanto.

—El mundo que nosotros aceptamos, ya sabes, la realidad exterior —estaba diciendo Eugene con toda tranquilidad—, no es en absoluto tan rígido como nos han llevado a creer. Responde a más métodos de control de los que estamos programados para aceptar. —Cuando le exponía algo al señor Lougheed, tendía a hablar con esas frases vehementes y moduladas. Cuando hablaba con el trío de abajo, utilizaba un lenguaje entrecortado, hipnótico y vago para comunicarse con ellos más o menos al mismo nivel—. Sus supuestas leyes no son definitivas. La ley en la que estás pensando dice que un cuerpo como este —le dio unos golpecitos en el hombro al señor Lougheed— no puede desplazarse sobre el agua porque no puede alcanzar la ingravidez.

Aún podía tratarse de una broma.

—¿Crees que hay gente que ha caminado sobre ascuas ardiendo y sin quemarse la piel?

—He leído al respecto.

—Es común. ¿Has visto imágenes? ¿Te lo crees?

—Parece real.

—Pero tienen pies de carne y hueso y cubiertos de piel, que según lo que todos sabemos deberían quemarse, ¿verdad? Entonces, ¿no dirías que tenemos que reconocer que la mente puede en ciertos casos controlar la materia hasta el punto de que hay leyes que dejan de ser válidas?

—Me gustaría ver cómo la mente controla la ley de la gravedad.

—Se ha dado. Se ha dado. Hay gente que a fuerza de voluntad es capaz de elevarse del suelo varios centímetros.

—Hasta que no vea con mis propios ojos esa papelera levantarse y flotar por encima de mi cabeza —dijo el señor Lougheed con absoluta convicción, aunque intentando mantener el buen humor—, no creeré nada semejante.

—Camino a Emaús —dijo Eugene.

Conocía incluso la Biblia. Era la única persona de menos de cuarenta años con quien el señor Lougheed se había topado que la conociera. Sin contar a los testigos de Jehová.

—Una papelera no puede controlar su propio ser, no puede utilizar la energía. En cambio, si una persona capaz de utilizar cierta clase de energía estuviera aquí sentada donde estás tú ahora…

Se puso a hablar de una mujer en Rusia que podía desplazar muebles pesados a través de una habitación sin tocarlos. La fuerza residía en el plexo solar, según ella.

—Pero ¿qué te hace pensar —dijo el señor Lougheed— que tú tienes esos poderes? ¿Que puedes utilizar la energía o detener el flujo de la gravedad o lo que sea?

—Si pudiera detener algo, sería por un minúsculo lapso de tiempo. Solo unos segundos. No soy más que un neófito. Pero bastaría para hacer pensar a la gente. Y además estoy interesado en abandonar el cuerpo. Nunca he sido capaz de abandonar este cuerpo.

—Has de asegurarte de que puedas volver a entrar.

—Hay quien puede. Hay quien lo ha hecho. Algún día será una habilidad que se aprenda, como patinar. Supongamos ahora que echo a andar sobre el agua y mi cuerpo aparente, este cuerpo, se hunde como una piedra… Existe una posibilidad de que mi otro cuerpo se eleve, y que yo sea capaz de mirar hacia abajo, dentro del agua, y me vea a mí mismo.

—Te veas ahogado —dijo el señor Lougheed.

Eugene se rio, aunque no de un modo muy tranquilizador.

La cuestión que el señor Lougheed quería dilucidar era: ¿qué había detrás? Había algo detrás de esta historia, algún juego o farsa que no captaba. Si Calla o Rex hubieran hablado así, asumiendo que pudieran hablar largo y tendido, no habría sospechado nada. Con Eugene la simpleza tenía que ser una trampa, y si había cuajado, más todavía.

—Entonces, ¿el objetivo de todo es sacudir a la gente, por así decirlo? ¿Hacer que duden de sus sentidos?

—Podría tener ese efecto.

—¿Cómo te metiste en esta historia?

—Empezó casi como una broma. Estaba hablando con esas dos ancianas, ya sabes, las hermanas, la ciega y la otra, no sé cómo se llaman…

—Sé a quién te refieres.

Eugene charlaba con los viejos, y los viejos sentían predilección por él; lo veían como un gentil embajador de la árida tierra de la juventud.

—Estábamos hablando de estos temas y dije que era una posibilidad. Se ha hecho, a decir verdad, caminar sobre el agua. Recientemente, quiero decir. Me preguntaron si estaría dispuesto a intentarlo y dije que sí.

—Quizá fue un poco presuntuoso por tu parte —dijo el señor Lougheed meditabundo, con picardía.

—Sí, lo sé. Esa noche cuando estaba meditando dejé que la pregunta entrara en mi conciencia: ¿hago esto por mi propio ego? Llegué a la conclusión de que no importaba. Por qué lo hago no importa. Fuera lo que fuese que me metió la idea de hacerlo en la cabeza, en eso debo confiar. Tal vez el sentido del acto en sí me trascienda. Sé cómo suena. Pero simplemente me estoy prestando, me dejo utilizar. La cosa fue a más. Iba a hacerlo solo ante aquellas dos ancianas, pero no pude hacerlo al momento porque quería tiempo para prepararme, y por eso quedamos para el domingo, y ahora oigo a gente comentándolo por la calle, gente a quien no conozco de nada. Estoy asombrado.

—¿No te preocupa pensar que podrías quedar como un tonto delante de tanta gente?

—Esa es una expresión que no significa nada para mí, la verdad. «Quedar como un tonto.» ¿Cómo puede alguien quedar como un tonto? Hacer el tonto, sí, mostrar al tonto, pero ¿el tonto no eres tú mismo, no está siempre ahí? Muéstrate. ¿Qué otra cosa vas a hacer?

Aferrarte a la cordura, si es posible, podría haber contestado el señor Lougheed, pero no se le ocurrió hasta más tarde. Y aunque se le hubiera ocurrido entonces, el momento de decirlo había pasado.

Al abrir la puerta el domingo por la mañana, el señor Lougheed encontró un pájaro muerto. Quiso creer que lo había traído un gato. Se colaban gatos en la casa; Calla o Rover les daban de comer, dejaban el tufo a orina en el vestíbulo de la planta baja. Recogió el pájaro, lo llevó abajo y lo sacó al patio trasero. Un arrendajo azul. Admiró su intenso color. A pesar de que no eran aves admirables, los arrendajos. Se había criado en una granja y no podía evitar censurar así todas las formas de vida vegetal y animal. Se acordó de una mujer que visitó la granja en una ocasión, una señora de cierta edad, admirando exaltada la belleza de un campo lleno de mostaza silvestre. Llevaba una especie de sombrero rosa palo o beis, de gasa, si ese era el tejido, y el sombrero ridículo se mezclaba con la ridícula exaltación de la mujer, en su memoria, y habían pervivido hasta ese día. Por supuesto fueron las miradas y luego las palabras de los adultos las que le señalaron dónde se hallaba el ridículo.

Pretendía enterrar el pájaro, pero no pudo encontrar nada con lo que cavar un agujero. La puerta del sótano estaba rota. Antes había algunas herramientas dentro, pero suponía que se las habían llevado. El suelo del patio trasero era duro como el cemento, de todos modos. Había piedras por todas partes, cristales. Tiró el pájaro al cubo de la basura.

Había vivido en esa casa doce años, desde que traspasó el negocio y se mudó aquí para estar cerca de su hija casada. Su hija se había marchado de la ciudad con su familia, pero él se quedó. La casa y el patio estaban descuidados ya entonces, aunque ni él ni nadie previó el abandono en el que habían caído actualmente. La vivienda había pertenecido a una tal señorita Musgrave, que era de una familia adinerada. Entonces ella aún vivía en las habitaciones de la planta baja donde Rex, Calla y Rover vivían ahora. Poco después de mudarse, el señor Lougheed sacó la guadaña y empezó a segar la hierba alta en los rincones del patio. Pensaba cortarla y dejar el pasto decente, un favor para toda la comunidad. Apenas se había puesto manos a la obra cuando una ventana se abrió de golpe y una voz chillona y grosera (alcohólica, de hecho) le gritó.

—¡Esto es propiedad Musgrave!

Resultó ser la señorita Musgrave, que estaba loca, pero con una de esas locuras rutinarias. En la farmacia había conocido a señoras como ella, que entraban con el pintalabios torcido y el sombrero también, trampeando con las recetas, adulando, mintiendo, indignándose. La señorita Musgrave había muerto hacía mucho, y él casi añoraba aquellas locuras rutinarias. Se quedó solo con la pandilla actual, y se le escapaba, siempre se le escapaba, juzgar si estaban locos o no. Incluso Eugene. Sobre todo Eugene.

La gente se había empeñado en convencerlo de que se marchara de allí. ¿Por qué no se iba? No le gustaban los bloques de pisos, decía, no le gustaban las alturas, no quería meterse en el jaleo de una mudanza. Había algo más. Sea lo que fuera que aprendía aquí, no se arrepentía de haberlo aprendido. Escuchaba a sus contemporáneos hablar y pensaba que la cabeza se les resquebrajaría como un huevo si supieran una décima parte de lo que había que saber. En el fondo no lamentaba haber visto la escena de Rex y Calla, o haber leído el periódico que Rover vendía y le había arrojado un día en plan de burla. Leyó hasta la última palabra de aquella gaceta a pesar de que las letras borrosas le hacían daño a los ojos. La impresión pésima, las faltas de ortografía, unos dibujos que parecían manchurrones, posiblemente obscenos, así como las necesidades que se reconocían en los anuncios clasificados y un editorial que discrepaba con los empleados del ayuntamiento —a quienes se aludía de principio a fin como artistas de mierda y cretinos— le irritaron y le crisparon los nervios; pero continuó leyendo, con una extraña apreciación de un mensaje que podía destellar casi demasiado rápido para que el ojo lo captase, como alguna clase de propaganda de la que había oído hablar en televisión.

Pero esa actuación de Eugene era una cosa que no pensaba ir a ver. Le ofendía demasiado, le ponía demasiado incómodo. Se preparó el desayuno, que como de costumbre consistía en dos rebanadas de pan integral tostado, un huevo cocido y té. No oyó a Eugene, y supuso que había salido más temprano. Mientras desayunaba recordó una sensación que había tenido en el patio trasero, mientras sostenía el pájaro en la mano y pensaba en la señora del sombrero de gasa y el campo de mostaza y en sus padres. Había recordado algo más, a partir de eso, y ahora se dio cuenta de que había estado recordando un sueño. Sabía que debía de haberlo soñado de nuevo esa noche, y le pareció que no tenía más opción que sentarse e intentar ver qué parte podía rescatar.

Ese sueño, que se había repetido asiduamente desde la madurez, tenía su origen en un suceso real que vivió cuando era niño, en la granja, con su hermano mayor, Walter, y su hermana Mary, que moriría de difteria con apenas dieciocho años. En mitad de la noche oyeron que sonaba el teléfono, tres timbrazos largos. Todas las familias de la calle tenían su número de timbrazos —el suyo, que el señor Lougheed aún recordaba, eran dos largos y dos cortos—, pero tres timbrazos largos eran una alerta general, una señal para que todo el mundo en la línea atendiera el teléfono. El padre del señor Lougheed, en la cocina, justo debajo del dormitorio de los chicos, contestó a gritos. Nunca aceptó el principio del teléfono, y parecía confiar en la potencia de su voz para cubrir la distancia que fuese necesaria. Con los gritos, todos se levantaron y bajaron, y vieron a su padre ponerse las botas y la chaqueta —era mayo, primavera, pero las noches seguían siendo frescas— y, aunque el señor Lougheed no se acordaba de qué se dijo en concreto, sabía que su padre les había contado adónde iba, y que su hermano Walter pidió permiso para acompañarlo y se lo dieron, así como él también lo pidió y se lo negaron, con el argumento de que era demasiado pequeño y no podría seguirlos.

Iban a perseguir a un chico loco, un hombre joven, en realidad, de diecinueve o veinte años, que había vivido en la siguiente demarcación del municipio. El señor Lougheed no recordaba qué datos dio su padre sobre este chico aparte de su nombre, que era Frank McArter. Frank McArter era el menor de una familia numerosa católica, pobre y honrada. Se lo habían llevado de casa durante un tiempo después de que padeciera una serie de ataques, pero había vuelto curado, y vivía allí tranquilo cuidando de sus ancianos padres, ahora que sus hermanos y hermanas se habían marchado. El señor Lougheed no creía que su padre hubiera mencionado en aquel momento que la razón de que hubieran llamado a todos los hombres para ir en busca de Frank McArter era que esa misma tarde, probablemente antes de que oscureciera (y antes del ordeño, desde luego, porque fueron los mugidos de las vacas sin aliviar los que hicieron que un vecino que pasaba por la calle entrara), había matado a su padre en el granero, usando una horqueta y la hoja de una pala, y después a su madre en la cocina, usando la misma pala, que debió de haberse llevado desde el granero para tal fin.

Esos eran los hechos. El sueño, por lo que alcanzaba a precisar, los contenía pero no los revelaba. Despierto disponía de toda esa información sobre el asesinato, el doble asesinato, en la memoria, aunque no recordaba bien cuándo o cómo se había enterado. En el sueño, nunca entendía con claridad a qué venía la urgencia y todo el revuelo, solo sabía que tenía que encontrar sus botas y apresurarse a salir con su padre y su hermano (si se apresuraba, en el sueño, no lo dejaban atrás). No sabía adónde iba y hasta que llevaba un rato acompañándolos no se le ocurría que iban a buscar algo. Quizá al principio avanzaran con facilidad y alegría, pero a menudo se demoraban por fuerzas invisibles que los confundían y los desviaban, con lo que el señor Lougheed acababa por separarse y se descubría de pronto haciendo cosas como mezclar una fórmula en la farmacia o cenando con su mujer. Entonces, arrepentido y desesperado, demasiado tarde, a través de vecindarios inhóspitos y desalentadores, y siempre en un clima gris, donde apenas se revelaba nada, intentaría volver a donde debería haber estado. Nunca llegaba al final del sueño. O nunca se acordaba. Tal vez eso era todo. La primera vez que tuvo ese sueño, sus padres y su hermana ya habían muerto, pero su hermano aún vivía, en Winnipeg, y pensó en escribirle para preguntarle por Frank McArter y si aquella noche lo habían encontrado o no. En ese punto había una laguna en su memoria. Nunca le escribió, sin embargo —o cuando escribió, no le hizo la pregunta, porque se olvidó, y si se hubiera acordado se habría sentido ridículo de todos modos—, y después su hermano murió.

Este sueño siempre le dejaba un peso en la conciencia. Suponía que era porque todavía acarreaba, durante una parte del día, la presencia de los difuntos, el padre y la madre, el hermano y la hermana, cuyos rostros no podía recordar con nitidez cuando estaba despierto. ¿Cómo expresar la solidez, la complejidad, la realidad de esas presencias, aun cuando tuviera a alguien a quien expresársela? Casi intuía que debía existir un lugar donde se movieran con independencia, con irreductible autoridad, más allá de su mente; costaba creer que fuesen obra de su imaginación. Una experiencia común. Recordaba a su propia madre, desayunando en la mesa y diciéndole con una voz de asombro que rayaba en la protesta: «¡He tenido un sueño donde aparecía tu abuela! ¡Vaya si era ella!».

También le hizo pensar en la diferencia entre entonces y ahora. Era abismal. Nadie podía abarcar desde una época como aquella hasta esta otra, ¿cómo lo había conseguido? ¿Cómo un hombre podía conocer al padre y la madre del señor Lougheed, y ahora conocer a Rex y Calla? Se le ocurrió, y se le había ocurrido antes, que después de todo había que reivindicar cómo la mayoría de la gente de su edad capeaba el temporal. Quizá era sensato dejar de darse cuenta, creer que este era todavía el mismo mundo en el que estaban viviendo, con algunas aberraciones espantosas pero subsanables, sin comprender nunca cómo se había alterado todo el plan.

El sueño lo había puesto en contacto con un mundo del cual el mundo en el que ahora vivía parecía una imitación sumamente casual: en textura, podría decirse, en nitidez, en autoridad. Era verdad, por supuesto, que había perdido facultades. Aun así. El peso de la vida, su trascendencia, de alguna manera había desaparecido. Los sucesos ahora tenían lugar en un paisaje deteriorado, y eran de igual, o de ninguna, importancia. El señor Lougheed viajando en un autobús por las calles de la ciudad o incluso por el campo no se habría extrañado mucho de ver cualquier cosa que a uno se le pasara por la cabeza: una mezquita, por ejemplo, o un oso blanco. Pareciera lo que pareciese, resultaría ser otra cosa. Las chicas del supermercado se ponían faldas de enea para vender piñas, y en una gasolinera había visto a un empleado que llevaba un sombrero de bufón con cascabeles, un sombrero de tonto, mientras limpiaba los parabrisas. Cada vez había menos sorpresas.

A veces en los discos que ponían abajo oía una melodía absolutamente clara y familiar, intacta. Y sabía lo que pasaría, sabía cómo acabaría ridiculizada y la tergiversarían, la reventarían y la destrozarían hasta dejarla irreconocible. Esas parodias eran bromas que se hacían en todas partes, y debía darse por hecho que a la gente le gustaban.

El muelle de Ross Point era un embarcadero destartalado y en desuso desde hacía tiempo, que desaparecía casi por completo cuando subía la marea y con la marea baja se deslizaba hasta que el extremo se hundía en el océano. El señor Lougheed, al doblar el recodo por el paseo frente al mar —al final había tenido que ir, estaba demasiado inquieto para quedarse al margen—, albergaba la esperanza de no ver a nadie allí, descubrir que se lo había imaginado todo, o, más bien, que era un engaño que los otros habían tramado. Pero no fue así, vio gente reunida. Allí no había escalones; los escalones estaban medio kilómetro más atrás y un poco más adelante, pasado Ross Point, pero el señor Lougheed consiguió bajar por la duna, agarrándose de las retamas, y sin pensar en el riesgo de romperse un hueso hasta más tarde. Caminó a paso rápido por la playa.

Las primeras personas a quienes reconoció estaban corriendo por el muelle y saltando de una pilastra de cemento rota a la otra. Rex y Calla y Rover y varios de sus amigos indistinguibles. Calla iba envuelta en lo que parecía —lo que era— una vieja colcha de felpilla, con la mitad de las borlas rosas y marrones arrancadas. Retozaban, chapoteaban descalzos en el agua. Un chico en la orilla estaba tocando una flauta, o un instrumento similar a una flauta, como el que tenía Eugene, un caramillo. Tocaba bien, aunque de forma monótona. Las dos ancianas hermanas estaban allí, la ciega con el bastón blanco levantado mientras hablaba, señalando el agua. Recordaba a Moisés en el mar Rojo. La otra hablaba con ella, dándole explicaciones. El señor Clifford y el señor Morey y unos cuantos viejos más, juiciosos, charlando, se habían apostado no demasiado cerca. En total habría tres docenas de personas, todas de más de sesenta o por debajo de treinta. Eugene estaba sentado en el muelle, bastante lejos, solo. El señor Lougheed había imaginado que llevaría un atuendo especial para la ocasión, una túnica basta o un taparrabos, si lograba dar con una prenda de ese tipo, pero iba con sus vaqueros habituales y una camiseta blanca.

Uno de los viejos se sacó un reloj del bolsillo y anunció, como sin dirigirse a nadie en particular:

—Veo que son las diez en punto.

—¡Las diez, Eugene! —gritó Rex, que había saltado al agua y estaba desnudo de cintura para arriba, mojado hasta los muslos.

Eugene permanecía de espaldas a todos, con las rodillas dobladas, la cabeza sobre las rodillas.

—Santo, santo, santo —entonó Rex, echando hacia atrás la tupida cabeza, con los brazos abiertos en cruz.

—Deberíamos cantar —dijo una chica.

En el mismo momento dos señoras ensombreradas, delante del señor Lougheed, hablaron entre sí.

—No esperaba que vinieran tantos individuos de esos.

—Yo no he venido a escuchar sacrilegios.

La chica empezó a cantar por su cuenta, compitiendo con el chico que tocaba el caramillo. Daba vueltas vacilantes en la orilla, tarareando, mientras un pañuelo de muchos colores suaves ondeaba al viento anudado a su cuello. Al cabo de un rato las dos señoras delante del señor Lougheed se miraron, carraspearon, asintieron y cantaron a coro con voz dulce y temblorosa, modesta pero decidida:

We gather together to ask the Lord’s blessing,

He chastens, and hastens, His will to make known…[3]

—¡Que empiece el espectáculo! —gritó el señor Morey con bravuconería.

—¿Qué ocurre? —preguntó la hermana ciega—. ¿Ha echado a andar por encima del agua?

Eugene se levantó y se alejó hacia el final del muelle. Caminó sin vacilar hasta el agua, que le cubrió los tobillos, luego las rodillas y después los muslos.

—Por dentro más que por encima —dijo el señor Morey—. ¡Reza una oración, muchacho!

Rover se acuclilló en las piedras y comenzó a entonar en voz alta:

—Om, om, om, om…

—¿Qué, qué? —dijo la hermana ciega, y la chica que estaba tarareando dejó de cantar un instante para exclamar: «¡Oh, Eugene! ¡Eugene!», con voz de tierna desesperanza, de renuncia.

So from the beginning, the fight we were winning…[4]

Eugene caminó con el agua hasta la cintura, hasta el pecho, y el señor Lougheed rugió con una voz que pensaba que había perdido:

—¡Eugene, sal ahora mismo del agua!

—¡Ingravidez! —gritó el señor Morey en el mismo momento—. ¡Activa la ingravidez!

Eugene inclinó la cabeza y se sumergió del todo.

La chica que cantaba lanzó un chillido de alegría.

El señor Lougheed había bajado hasta el muelle y había empezado a caminar por la pasarela. Vio a Calla, envuelta en su colcha como una mujer de la Biblia, y le preguntó:

—¿Sabe nadar?

«¡Nada, nada!», exclamó el payaso de Rex, y se tiró al agua, mientras la hermana que no era ciega giraba dando vueltas y suplicaba: «¡Que alguien lo ayude! ¡No dejen que se ahogue!».

Eugene apareció, agarrado a los tablones donde el muelle emergía del agua. Se puso de pie, chorreando, y se mantuvo allí erguido apartándose el pelo de los ojos mientras una chica gritaba: «¡Un monstruo marino, un monstruo marino!». Los hombres, guiados por el señor Morey, aplaudieron con ironía.

El muchacho del caramillo no había parado de tocar ni un segundo.

—Así es como acabas, por caminar sobre el agua —dijo el señor Morey.

—No permitas que nadie lo atormente —dijo la hermana ciega—. Ha hecho lo que ha podido.

Eugene fue despacio hacia ellos, sonriendo.

—Ni siquiera sé nadar —dijo, tomando aire con alegría. Sonaba casi triunfal—. He gateado por el muelle. Podría haberme levantado antes, pero me gustaba estar bajo el agua.

—Vete a casa y cámbiate de ropa si no quieres pescar una pulmonía —le dijo el señor Lougheed.

—Entonces, qué, ¿era solo una broma? —preguntó una de las señoras que cantaban el himno.

Y aunque no se dirigía a él, el señor Lougheed se volvió y le contestó con aspereza:

—¿Qué esperaban?

Las dos señoras se miraron, apretando los labios ante el exabrupto.

—Siento que no haya sido lo que todos esperabais —dijo Eugene, elevando suavemente la voz y mirando alrededor—. La culpa es solo mía. No he llegado al punto al que aspiraba haber alcanzado en el control de mí mismo. Sin embargo, si bien ha sido decepcionante para vosotros, ha sido muy interesante y maravilloso para mí, y he aprendido algo esencial. Quiero daros las gracias.

Las señoras aplaudieron bondadosamente, y algunos de los jóvenes se unieron a ellas, con aplausos exagerados. Unas y otros tenían más en común de lo que imaginaban, pensó el señor Lougheed. Jamás lo habrían reconocido, pero ¿acaso no tenían expectativas similares? ¿Y qué provocaba semejantes expectativas? La desesperación, encontrarse al final del camino. No obstante, el orgullo se lo impedía.

Sin hablar nada más con nadie, se marchó solo. Siguió la playa y subió los escalones preguntándose cómo se las había ingeniado para bajar el terraplén sin romperse una pierna, que a su edad sería fatal, y todo por aquella tontería. Caminó más de un kilómetro bordeando el mar hasta una cafetería que sabía que estaba abierta los domingos. Se sentó durante un rato largo tomando una taza de café y luego volvió andando. Se oía música por las ventanas abiertas de la planta baja de la casa, las ventanas de la señorita Musgrave; el tipo de música que ponían siempre. Subió las escaleras y llamó a la puerta de Eugene, y desde fuera gritó:

—¡Solo quería saber si te habías quitado esa ropa mojada!

No hubo respuesta. Al cabo de un momento abrió la puerta. Eugene nunca la cerraba con llave.

—¿Eugene?

Eugene no estaba, ni tampoco estaba allí su ropa mojada. El señor Lougheed había visto antes el cuarto sin que Eugene estuviera en casa, cuando había ido a devolverle un libro. Y verlo entonces no le había inquietado como en ese instante. La ventana estaba subida del todo, para empezar. Eugene solía bajarla cuando salía, por miedo a que la lluvia mojara los libros o se levantara viento. Ahora estaba soplando un poco de viento. Habían volado papeles de encima de la librería y estaban desperdigados por el suelo. Por lo demás, todo se veía en orden. La manta y las sábanas estaban dobladas al pie del colchón, como si ya no pensara volver allí a dormir.

El señor Lougheed llamó a la puerta de la planta baja. Calla abrió.

—Eugene no está en casa, ¿sabes adónde ha ido?

Calle se volvió y preguntó hacia el interior, que estaba oscurecido por unas cortinas rojas y moradas, sábanas teñidas, siempre cerrado.

—¿Alguien ha visto a Eugene?

—Se fue hacia el campo de golf. Hacia el este.

—¿Para qué lo buscas? —dijo Rex cordialmente, apoyándose en el hombro de Calla.

Alguien desde el fondo gritó:

—Pregúntale si le gustó la puerta.

—Pregúntale si le gustó el pájaro.

No había sido el gato, entonces. Calla le sonrió. Tenía una cara ancha, dulce y blanca, blanca como la tiza, salpicada de espinillas.

—Gracias —dijo el señor Lougheed. Ignoró a Rex.

—¿Para qué anda buscando a Eugene? —dijo otra voz desde el fondo, probablemente la de Rover, con un gimoteo hueco. Esa voz ofrecía una insinuación que el señor Lougheed en el acto y para siempre fingió no haber oído.

—¿Quieres un higo? —dijo Calla.

Se fio de lo que le dijeron, qué otra cosa iba a hacer. Se encaminó hacia el este, siguiendo la costa, desandando el mismo camino de aquella mañana. Pasado el muelle, ahora desierto, pasada la cafetería donde había tomado el café, hasta el campo de golf. Era una tarde agradable, había mucha gente paseando. A veces creía ver a Eugene. Al parecer, la mitad de los hombres jóvenes del mundo llevaban vaqueros y camisetas blancas, eran bajos y delgados y tenían el pelo más o menos igual de largo. Se descubrió observando las caras de la gente y deseando preguntarles: «¿Han visto a un muchacho?». Pensó que tal vez encontraría a alguien que hubiera estado en el muelle esa mañana. Buscó al señor Clifford o al señor Morey, pero estaba demasiado lejos, estaba fuera de su territorio.

El otro lado del campo de golf era una zona de maleza silvestre, arbustos que casi alcanzaban la altura de un hombre. Había rocas resbaladizas hasta el agua. Nada de playa en esa parte. El agua parecía bastante profunda. Un hombre estaba de pie sobre las rocas, sosteniendo el hilo de una cometa. Había barcas mar adentro, con velas rojas y azules. ¿Podría caerse un hombre aquí y que nadie se diera cuenta? ¿Podría un hombre deslizarse silenciosamente en el agua sin perturbar la calma, y desaparecer?

Ese mismo día, más temprano, en realidad mientras estaba sentado tomando café en aquella cafetería, le había venido algo al pensamiento, una escena que interpretó como el final de su sueño. Era una escena nítida y detallada, que afloró sin esfuerzo de alguna parte, ya de un sueño o de la memoria, y no comprendía cómo podía haber aflorado de la memoria.

Iba caminando detrás de su padre a través de hierba alta y gris. Era gris porque la noche tocaba a su fin y todo se podía ver con claridad aunque todavía no hubiera salido el sol. Por lo visto se habían separado de los otros hombres de la partida de búsqueda. Estaban cerca de un río, y al cabo de poco treparon por la ribera y llegaron a un camino de tierra. El camino conducía hasta un puente, que cruzaba el río, y el señor Lougheed, que por supuesto era un niño en esta escena, se adelantó corriendo hacia él. Antes de llegar a la mitad se le ocurrió de pronto qué estructura tan insólita, y decididamente insegura, era aquella. Faltaban tablones del suelo, y las vigas metálicas parecían en cierto modo abolladas, como si el puente fuese un juguete que alguien hubiera pisoteado. Miró atrás buscando a su padre, pero su padre no estaba; era de esperar. Entonces tuvo que mirar abajo por el hueco del suelo donde al puente le faltaba un tablón y en las aguas poco profundas del río que fluía entre las rocas blancas vio el cuerpo de un chico, tendido boca abajo. Que en el sueño, si eso es lo que era, parecía una imagen tan natural como las piedras, e igual de límpida y blanca.

Lógicamente su conciencia despierta no podía recibir esta imagen con tanta indiferencia, y se preguntó si se trataría de Frank McArter, si de veras aquel muchacho después de matar a sus padres se habría tirado al río. No había forma de averiguarlo.

Una vez había sufrido lo que el médico después le dijo que era un pequeño derrame, en el que una línea blanca en zigzag, cegadora, estuvo danzando en un rincón de su campo visual durante cuarenta y ocho horas, más o menos, y luego desapareció. No había secuelas, esas cosas no eran infrecuentes, le explicó el doctor. Ahora el sueño, o el final del sueño, rondaba los márgenes de su conciencia de un modo similar. Esperaba que se desvaneciera al cabo de un tiempo. Y esperaba que, cuando recobrara la serenidad, también se desvanecieran esos temores o pensamientos extraños de Eugene metiéndose en el agua —suicidio no sería la palabra que habría elegido para hablar del tema, ni Eugene tampoco; seguro que tenía una manera extravagante y esquiva para describirlo— para los que el espectáculo de esa mañana tal vez había sido solo un ensayo, un simulacro.

Estaba muy cansado. Finalmente llegó a un banco vacío y se sentó allí largo rato, preguntándose si alguna vez reuniría las fuerzas para volver caminando a casa.

—La puerta de Eugene no tiene la llave echada y su ventana está abierta —le dijo a Calla.

A su espalda la habitación estaba silenciosa. Ella le sonrió igual que antes. Pensó en observarle los ojos, pero por lo que pudo ver eran normales. Estaba tan exhausto, tan abatido que tuvo que agarrarse al poste de la escalera.

—Siempre deja la puerta abierta —dijo Calla.

—Tengo razones para estar preocupado por él —dijo el señor Lougheed, temblando—. Creo que deberíamos ponernos en contacto con las autoridades.

—¿La policía? —dijo Calla en voz baja, horrorizada—. Oh, no puedes hacer eso. No se te ocurra hacer eso.

—Creo que ha podido sucederle algo.

—Quizá se haya marchado.

—De ser así, ha dejado todas sus pertenencias.

—Quizá lo haya hecho. Quizá simplemente, ya sabes, quizá de repente se le haya ocurrido que quería irse, y se ha ido.

—Creo que estaba disgustado. Creo que quizá haya intentado…, quizá haya ido a meterse en el agua otra vez.

—¿Tú crees? —dijo Calla. Había esperado que se sorprendiera, que exclamara que no, que incluso sonriera al escuchar semejante idea, pero en lugar de eso dio la impresión de que dejaba que la posibilidad floreciera lenta, seductoramente, dentro de su cabeza—. ¿Crees que ha podido hacer eso?

—No lo sé. Creo que estaba afectado. Creo. Me resulta difícil advertir si uno de vosotros está afectado o no.

—Él no era uno de nosotros —dijo Calla—. Era bastante mayor.

Al cabo de un instante añadió:

—Quizá haya querido hacer eso, de todos modos. Es una posibilidad. Y si eso es lo que iba a hacer, entonces nadie debería impedírselo, ¿verdad? O sentir lástima de él. Yo nunca siento lástima de nadie.

El señor Lougheed dio media vuelta.

—Buenas noches, ¡eh! —dijo Calla, persuasivamente—. Siento que no te gustara la puerta.

El señor Lougheed pensó por primera vez en la vida que quizá no sería capaz de llegar hasta el final de la escalera. Dudaba que le alcanzaran las fuerzas incluso para eso. Tal vez tendría que irse a un bloque de apartamentos, como los demás, si quería continuar.

(De Algo que quería contarte)